CAPÍTULO X

 

A las siete de la noche comenzaron a llegar los invitados; algunos en coche, y otros a caballo o en burro. Felicitaban a Conchita y se saludaban unos a otros en medio de gran algarabía. 

El baile comenzó casi de inmediato al compás de unas danzas muy bellas como "el  Rondó" " la Carola", "el Virelai", que eran las principales danzas de moda en ese tiempo. Los músicos tocaban: uno, flauta de pico, llamada "recorder", otro viola, el instrumento que Xochi y Pilli habían visto en la iglesia; y el otro, tambor, que a veces cambiaba por  otros instrumentos de percusión como la pandereta o el triángulo. Las danzas eran rápidas tanto que Pilli se mareó de dar tantas vueltas. Cuando una danza terminaba, enseguida comenzaba la otra, así durante dos horas seguidas, bailando sin descanso.

— Xochi. ¡No sé cómo no se cansan!

— Todos están felices y no sienten cansancio.

Los niños también danzaron sin parar y al poco rato habían aprendido los pasos y movimientos de las diferentes danzas.

Al final del baile, llegó el momento de la comida. En España no había fiesta completa sin danza, comida y vino.

Los invitados se retiraron a los lados del salón mientras los sirvientes colocaban las mesas en su sitio. Cuando estuvieron listas, todos se sentaron a esperar el gran momento de la comida.

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— Conchita, yo puedo ayudarte a partir la carne — le dijo Xochi.

Conchita dudó un momento, pero con todo, le pasó un cuchillo inmenso esperando que Xochi se lo devolviera tan pronto intentara partir la carne. Pero no fue así. Xochi cortó las piernas de cerdo y de cordero con una habilidad tal, que Conchita se quedó aterrada. En pocos momentos estaban listas las tajadas de carne y los invitados comenzaron a servirse. Conchita estaba feliz; miraba a Xochi con emoción y pensaba:

— No sé quienes podrán ser estos niñitos; pero... !los quiero tanto!

La comida fue semejante al baile, Xochi y Pilli no podían creer que los invitados y la propia Conchita, comieran tanto. Durante dos horas seguidas comieron y bebieron y después algunos invitados no podían levantarse de la mesa, no sólo por la comida sino por la cantidad de vino que habían tomado.

Cuando finalizó la fiesta, los que pudieron levantarse se despidieron de Conchita y se fueron para sus casas, pero algunos se quedaron dormidos en sus sitios roncando estruendosamente. Una familia entera, papá, mamá y dos hijos se quedaron dormidos el uno encima del otro, pues habían tomado tanto vino, que las piernas se les doblaban al levantarse. Esto no le molestaba a Conchita; lo único que quería era dar felicidad a sus invitados, aunque hubieran bebido más de la cuenta.

Xochi y Pilli se fueron a su cuarto a descansar y sintieron cuando Conchita entró sin hacer ruido, los arropó bien y le dio un beso a cada uno.

Durmieron profundamente y al día siguiente se levantaron temprano para ayudar a arreglar la casa. Los sirvientes y los niños comentaban sobre la fiesta; Conchita se les acercó y les dijo:

— Buenos días hijitos, espero que hayan descansado. Cuando terminen quiero hablarles de algo importante.

— Sí señora — le contestaron los niños.

Ellos no se imaginaban lo que les iba a decir Conchita, pero ella lo había pensado largamente esa noche y estaba decidida: invitaría a Xochi y a Pilli a quedarse a vivir con ella. Se sentía muy sola y le pareció que estos dos niños tan simpáticos eran la compañía ideal. Cuando terminaron el trabajo, los hizo sentar junto a ella y les dijo sin rodeos:

— Sé que apenas los conocí hace dos días, pero les he tomado mucho afecto y quisiera que vivieran conmigo.

— Gracias Conchita — le contestó Xochi mirando a Pilli, quien dijo en la misma forma como les había hablado Conchita:  

Nos ha gustado mucho España, y tú especialmente, pero no podemos quedarnos. Debemos seguir nuestro viaje.

— Aquí en Sevilla podrán estudiar música y yo les ayudaré en todo — dijo, tratando de convencerlos.

— No es que no queramos quedarnos, Conchita. Estamos haciendo un viaje muy largo y debemos continuarlo — le explicó Pilli.

Conchita no entendió lo que Pilli quería decirle, pero tampoco quiso insistir. Pensó que tal vez los niños querían volver donde sus padres o algo así:

— Yo los entiendo — dijo un poco triste—. Este es un lugar extraño para ustedes y seguramente quieren regresar a su casa.

— Si, Conchita — le dijo Xochi.

— Pero... ¿Volverán a visitarme?

— No lo sabemos — le respondió el niño—, quien no sabía decir mentiras ni prometer algo sin saber si lo iba a cumplir.

Conchita les ofreció su casa para que se quedaran cuanto quisieran y también les prometió llevarlos a ver de cerca los instrumentos musicales del rey Alfonso, que tenían guardados en la catedral de Sevilla.

Xochi y Pilli estuvieron tres días más en la casa de Conchita. Los llevó una tarde a conocer los instrumentos del rey, que tenían cuidadosamente guardados en el convento cercano a la iglesia catedral.

— ¡Qué hermosos son, Conchita! — dijo Pilli admirada.

— Sí, son bellos.

— Si me dejaran tocarlos. . . — dijo Xochi— mirando al monje que los cuidaba.

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Los instrumentos del Rey Alfonso

Pilli y Xochi desearon a un tiempo que los dejaran tocar los instrumentos, y el monje mismo se los ofreció.

Conchita no entendía por qué se los había dejado tocar, si esos instrumentos nadie podía tocarlos. ¡Eran un tesoro!

Los tocaron uno a uno, sacándoles los más bellos sonidos que dejaron perplejos a Conchita y al monje. No se explicaban cómo estos dos niños tan pequeños tomaban en sus manos, por primera vez, unos instrumentos tan difíciles de tocar, como las violas o las flautas, y les sacaban sonidos celestiales.

Con esto, Conchita se acabó de convencer de que Xochi y Pilli eran seres especiales y sintió temor de preguntarles detalles de su vida; temor de escuchar, de pronto, verdades inexplicables para ella.

Los niños pensaban partir pronto y por la noche, antes de dormir, estuvieron hablando sobre el viaje.

— Xochi, creo que debemos dejarle algún recuerdo a Conchita. ¡Ha sido tan cariñosa con nosotros!

— Claro, yo también lo había pensado pero... no sé qué pueda ser.

— Pensémoslo entre los dos. ¡Así se nos ocurrirá lo mejor!

Los niños se miraron el uno al otro, fijamente, durante un rato, abrieron la boca y al mismo tiempo comenzaron a decir lentamente:

— ¡Un - pá-ja-ro -que- can-te - be-llí-si-mo!.

— Bueno — dijo Xochi—. Mañana saldremos a conseguir un pájaro, le enseñaremos a cantar y se lo dejaremos de recuerdo.  

— ¿Y para dónde iremos después, Xochi?

— Yo había pensado que sería emocionante viajar a un lugar donde ya esté bien desarrollada la polifonía. ¿Recuerdas que Cornelio nos dijo que se demoraría cuatro siglos en perfeccionarse?

— Sí, recuerdo que nos habló de cuatrocientos años.

— Y fíjate que ahora ya cantan a tres voces.

— Sí, pero todavía no es bien bello.

— Yo creo que si nos trasladáramos al siglo XVI, podríamos oír bellezas — dijo Xochi.

— ¡Tal vez sí!   ¡Es lo mejor que podemos hacer!  

Los niños durmieron tranquilos y al día siguiente se levantaron temprano para ir a conseguir el pájaro a Conchita. El mercado de flores y pájaros quedaba un poco lejos pero caminaron felices pasando por las calles empedradas de Sevilla, admirando las flores que la gente tenía en sus puertas y ventanas. En el mercado había mucha bulla, mercaderes de varios países, negros, árabes con sus turbantes, vendiendo toda clase de pájaros.

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— Debemos escoger uno que tenga facilidad para el canto. Tú sabes que aquí entre los humanos hay algunos pájaros que no cantan, Pilli.

Un hombre alto y barbudo, vendía cinco pájaros hermosísimos, cada uno en su jaula. Los niños se detuvieron a mirarlos. El hombre les dijo:

— Acérquense a mirar los hermosos pájaros de la corte del sultán A-Yamín. ¡Son únicos en el mundo!

Uno de los pájaros, de plumaje negro y pecho azul, coronado de plumas azules, soltó un canto prolongado y altísimo. Xochi se estremeció y miró a Pilli.

— ¡Es uno de nuestros pájaros, Xochi! — dijo la niña en voz baja.

— Sí, ¡Quien sabe cómo habrá llegado hasta aquí!

— Pobrecito, metido en esa jaula. ¡Cómo estará de triste!

¿Cuánto vale este pájaro, señor? — le preguntó Xochi.

— Solamente seis monedas de oro. Este animal es un tesoro y vale mucho más, pero por ser a ustedes se los dejaré en ese precio.

— Xochi, ¿cómo haremos para conseguir ese dinero?

— Ya verás. Se me ocurre una idea.

— Señor, nosotros sabemos imitar el canto de todos los pájaros. ¿Podríamos trabajar para usted, a cambio de este pajarito que nos gustó?

— ¿Cómo que saben cantar como los pájaros? ¡ Eso no lo creo!

Mire,señor — dijo Xochi—, escuche y verá: ¡Canta como nuestro pájaro! — le dijo a Pilli refiriéndose al pájaro negro como si ya fuera de ellos!

Pilli soltó un canto altísimo, igual al del pájaro, y tan largo, que el mercader se quedó aterrado.

— Y yo también puedo cantar — dijo Xochi silbando un poco más bajo pero hermoso también. — Usted puede anunciarnos como los "niños pájaros" y nos podemos vestir con plumas si quiere, y recoger mucho dinero. A cambio nos dará el pájaro.

— Está bien, creo que podemos hacer el trato. Preparemos todo y comenzaremos esta tarde.

El mercader se puso inmediatamente a escribir un letrero anunciando a "los niños pájaros" y a conseguirles disfraces con plumas. La noticia se regó como pólvora por todo el mercado y todos estaban pendientes de escuchar a los niños.

Xochi y Pilli se pusieron los vestidos de plumas, se colocaron en medio de un círculo de gente y cuando el mercader les indicó, comenzaron a cantar como los pájaros de la tierra de los dioses, de una manera tan bella que. . . ¡nosotros los seres humanos no podemos imaginar! El mercader pasaba enseguida un canastillo delante de la gente e iba recogiendo monedas. A las seis de la tarde, cuando se comenzaron a retirar, el mercader contó el dinero que había recogido.

— En total han sido catorce monedas de oro, niños. Tomo seis para mí y el resto para ustedes; se lo merecen. ¡Yo nunca había oído algo semejante!

— ¡No gracias! — le contestó Xochi—. Nosotros no necesitamos dinero. Más le sirve a usted.

El mercader quiso colocar el pájaro en la jaula más bella que tenía para dársela a los niños, pero estos tampoco la aceptaron.

— Lo único que queremos es el pájaro, sin la jaula.

— Pero se escapará — dijo, sin comprender, el mercader.

— No se irá. ¡Mire! — le respondió sacando el pájaro y colocándolo sobre su hombro.

El pajarito miró a los niños como si supiera quiénes eran y cantó bellísimamente.

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Se despidieron del mercader quien no lograba entender qué era lo que había pasado esa tarde. Nunca había ganado tanto dinero en tan corto tiempo y nunca había visto seres tan extraños como esos niños. Los vio alejarse del mercado con el pajarito en el hombro de Xochi, hasta que se perdieron de vista.

Conchita los estaba esperando con una comida deliciosa. Xochi y Pilli le contaron de su visita al mercado de pájaros y cómo habían conseguido ese hermoso pajarito para ella.

— Pero se escapará si no lo metemos en una jaula. — dijo preocupada.

— No. ¡El no se irá! estaba muy triste encerrado en la jaula. Esta clase de pájaros se llama "Suesué" y no están acostumbrados a estar encerrados. Vamos. . . ¡Canta para que Conchita te oiga!.

El pájaro Suesué cantó suavecito una melodía muy bella y cautivó inmediatamente a Conchita.

— ¡Qué hermosura, cómo cantas de bello! — le dijo tiernamente y lo tomó en su mano—. Nunca había visto de estos pajaritos. ¿Cómo dijiste que se llama?

— Suesué.

— Yo lo llamaré "Xochipilli", en recuerdo de ustedes. ¿Les parece bien? 

Los niños rieron de la ocurrencia de Conchita.

— Debemos irnos esta misma noche — le dijeron.

— Pero.. . ¿cómo se van a ir de noche? mejor mañana. ¿No les da miedo? Esta noche es muy oscura, no hay luna.

— No, Conchita — le contestó Xochi—. No nos da miedo.

— Bueno, no puedo hacer nada por detenerlos. Me han dado mucha felicidad en estos días y siempre los recordaré. Yo sé que ustedes son unos seres diferentes, pero no quiero saber nada más. ¡Quiero guardar el recuerdo más hermoso  de Xochi y Pilli! — les dijo, con voz emocionada.

— Gracias por todo, Conchita.

Arreglaron sus cosas, se colgaron los ayotl y se despidieron de Conchita y del pajarito Suesué.

Salieron a la calle empedrada y comenzaron a caminar lentamente. Al frente de algunas casas había antorchas encendidas y pocas personas transitaban por las calles.

— Bueno, Xochi, dejamos a España. Pero. . . ¿Cuál será el país a donde debemos ir?

— Alejémonos un poco de la ciudad para trasladarnos con calma. ¡No quiero que alguien nos vea!

Caminaron un rato hasta salir de la ciudad; tomaron un camino solitario y se detuvieron junto a un riachuelo. La noche no era totalmente oscura; cuando sus ojos se acostumbraron a la oscuridad podían ver el camino, los árboles, las casas y el riachuelo.

Se acercaron a la orilla y llenaron sus ayotl de agua fresca para beber.

¡Qué agua tan fresca, Xochi!

— Sí, Pilli. . . ¿sabes?, siento algo raro al dejar a Conchita.

— Yo también pero no sé qué será, tal vez es lo que los humanos llaman "tristeza".

Ojalá no nos dure mucho, porque no me gusta.

—Vámonos ya, Xochi — le dijo la niña.


 

 

 

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