EL PIREO

CAPÍTULO II

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En la tierra de los dioses el amanecer es como en la tierra de los hombres. Primero, el cielo se va aclarando con un color rosado, después se vuelve un poco amarillo y finalmente, sale el sol. Se va sintiendo un calorcito delicioso y miles de pájaros comienzan a sentir un cosquilleo en la garganta que los hace soltar cantos hermosísimos. Este monto del amanecer es muy importante para los dioses, nunca dejan de presenciarlo; no desperdician ningún momento en que puedan ver cosas bellas. Si asistiéramos a un amanecer en la tierra de los dioses, veríamos a todos ellos, viejos y jóvenes esperando la salida del sol con los ojos brillantes de emoción.

Algunos hombres no han visto jamás un amanecer, y otros, lo han visto pero sin emocionarse, quién sabe por qué razón.

Xochi y Pilli gozaban mucho viendo el amanecer. A veces al niño se le ponía tan roja y caliente la nariz de la emoción, que tenía que refrescársela echándose gotitas de rocío.

Los niños se encontraron cuando el sol ya estaba alto en el cielo y los pájaros habían dejado un poco sus cantos.

—Hola Pilli, ¿viste el amanecer hoy?

-Sí, claro. Estaba más rosado el cielo, todos lo notaron.

-¿Qué pensaste de nuestra idea?

—Sentémonos, Xochi.

Los niños se sentaron sobre unas piedras y comenzaron a hablar.

Después de cambiar ideas llegaron a un acuerdo: Irían a visitar al padre de los dioses para pedirle permiso de viajar donde los hombres. Podrían llegar primero a Grecia, pues ya conocían algo de este sitio por lo que les había contado el viejo de las barbas azules. Allá conocerían algunas personas relacionadas con el arte para poder ayudar en algo. Los dioses tienen ideas muy brillantes que pueden ser útiles a los seres humanos. Y en relación con la música, Xochi y Pulí eran muy entendidos: cantaban, danzaban y tocaban los instrumentos musicales de los dioses.

El padre de los dioses tenía una figura magnífica y era tan sabio que tomaba las decisiones importantes, como decir sí o no al viaje de Xochi y Pilli.

Los niños conversaron largo rato con él y le contaron entusiasmados su idea de ir donde los humanos. Los escuchó tranquilamente, y cuando terminaron de hablar les dijo:

— ¡Vamos a preparar todo para vuestro viaje! Sé que tendrán contratiempos y disgustos, cosa que no sucede en nuestra tierra. Pero ya que lo desean tanto y  tienen la voluntad de ayudar a los hombres, podrán ir. Las costumbres de ellos y su forma de pensar es muy distinta a la nuestra. Deberán acostumbrarse a esta idea. En el momento en que quieran regresar podrán hacerlo, pero recuerden que ellos necesitan muchas veces del auxilio de los dioses y si ustedes van es para ayudarlos, no por sola curiosidad.

Xochi y Pilli estaban muy serios escuchando al padre de los dioses. Este continuó:

El dios Kai se encargará de enseñarles sus costumbres para que sepan cómo deben comportarse. También se encargará de hacerles "vestidos", túnicas con las cuales los hombres se cubren el cuerpo; es la costumbre: No deben olvidar nunca esto: ¡Ellos no pueden llegar a saber quiénes son ustedes! Correrían grave peligro si lo supieran. Antes del viaje les daré unos ayotl con poderes especiales que les podrán ayudar en momentos difíciles.

El "ayotl" es un instrumento musical muy usado entre los dioses; es el caparazón de la tortuga, que al golpearlo con un palito, produce un sonido seco, fuerte o piano según la fuerza con que se golpee. Las tortugas a quienes les quitan el caparazón, se vuelven muy ágiles y hasta pueden subir a los árboles.

El padre de los dioses despidió a los niños enviándolos donde el dios Kai, y deseándoles felicidad.

Durante muchos días Xochi y Pilli visitaron a Kai quien les enseñó todo lo que se debe saber para realizar un viaje donde los humanos:

Las costumbres de: comida, vestido, fiestas, educación, etc., etc..

Que querían decir las palabras: odio, envidia, orgullo, poder, sentimientos desconocidos entre los dioses. La mente de niños grababa todo lo que Kai les contaba y sentían después como si siempre lo hubieran sabido.

El día que les pusieron los vestidos, Pilli no pudo contener la risa al ver a Xochi enredado en la túnica; no podía caminar bien, y para correr, le tocó levantársela porque le arrastraba por el suelo. La túnica de Pilli era más corta, así que no tuvo problema.

Había pasado ya el tiempo de preparación y llegó el día en que los niños debían partir. Todos los dioses sabían del viaje y se habían reunido junto al mar que conecta la tierra de los dioses con la de los hombres. Les habían preparado un barquito de vela pintado en colores ocres, pequeño pero muy seguro. El padre de los dioses  les mandaría un viento favorable que les ayudarla a llegar hasta Grecia. Allí estaba él con su magnifica figura, despidiendo a los niños.

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Xochi y Pilli se acercaron y el Padre les habló así:

—Les entrego esta embarcación, donde siempre estaré yo para ayudarlos. En ella podrán viajar por los mares y visitar varios países de los hombres. Yo mandaré vientos que la lleven siempre a lugar seguro.

Un dios que estaba junto a él le entregó dos ayotl.

—Estos ayotl tienen poderes especiales —dijo el padre de los dioses—. Si alguna vez están en apuros, deben pararse encima de ellos y desear encontrarse en otro lugar. Procuren siempre llevar los ayotl. ¡Pueden serles muy útiles!

Cada caparazón estaba sujeto con una correa y el padre de los dioses los colgó del cuello de Xochi y Pilli.

—Además, les doy el poder de hablar y entender los idiomas de los hombres. —Colocó sus manos sobre los oídos y la boca de los niños.

Todos estaban alegres, no era una despedida triste. Los dioses comenzaron a cantar muy bello, a varias voces, en forma "polifónica", para despedirlos y los niños subieron al barquito. Poco a poco éste se fue alejando hasta que los cantos ya no se escucharon más.

-¿Cómo te sientes, Pilli?

—Feliz, ¡muy feliz! —dijo la niña.

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El agua estaba tranquila, no se sentía viento, y sin embargo los niños veían la vela del barquito inflada, e iban a toda velocidad.

El viaje duró dos días enteros del tiempo de los dioses; quién sabe cuántos del tiempo de los humanos, porque. . . ¡es tan distinto!

Cuando divisaron tierra estaba amaneciendo apenas y se veían muchas luces de antorchas encendidas que alcanzaban a iluminar el cielo.

Llegaron a un puerto de Grecia llamado "El Pireo". A pesar de ser oscuro todavía, se notaba mucho movimiento; los hombres cargaban bultos de un lado para otro y los cientos de barquitos anclados, se movían con el trajín de las mercancías.

—Pilli, creo que debemos anclar un poco lejos para no llamar tanto la atención.

—Sí, yo creo lo mismo; tal vez allá, a la izquierda. . . —dijo señalando un sitio aislado—. Hay árboles y menos gente, ¿no crees que es buen lugar?

—Bueno. ¡Vamos hacia allá!.

Los niños arreglaron la vela de modo que el barquito se dirigió hacia el sitio escogido para anclar.

Nadie notó siquiera que se acercaban, así que pudieron anclar tranquilamente.

Lo primero que tomaron Xochi y Pilli antes de desembarcar, fueron los ayotl que les había dado el padre de los dioses. Además, cada uno tomó un talego donde llevaba su ropa, sandalias y frutas que era la comida preferida de los dioses.

El barquito quedó anclado debajo de unos árboles gigantes y los niños comenzaron a caminar, lentamente, entre el gentío. Nadie se fijaba en ellos, parecían dos niños griegos. Hasta había algunos niños vestidos igual. Lo único un poco extraño eran los ayotl que llevaban colgados.

Unos niños que estaban jugando con bolitas en el suelo, los vieron acercarse, pero siguieron jugando. Xochi y Pilli se pararon delante a verlos jugar.

—iDále tú, te toca! —dijo uno de ellos.

—No respiren que ya le voy a dar y además. . . ¡voy a ganar! —dijo el niño a quien le tocaba el turno. Todos contuvieron la respiración y el niño, sosteniendo una bolita en la palma de la mano, le dio un golpe con los dedos y la lanzó hacia un hueco que estaba hecho en la tierra. La bolita se fue directo y cayó dentro del hueco. Todos los niños lanzaron un grito de admiración al mismo tiempo:

-¡¡Yaaaahh...!!

El ganador fue recibiendo, de cada uno, una bolita como premio; reunió seis bolitas.  ¡Estaba feliz!

Xochi y Pilli estaban encantados con el juego y querían jugar también, pero no tenían bolitas. Xochi sacó del talego un durazno inmenso traído de la tierra de los dioses y lo mostró al niño que había ganado. Este entendió enseguida lo que Xochi quería y dándole dos bolitas, recibió a cambio el durazno.

Otro niño miró a Xochi y le dijo: -¡Yo quiero también de esa fruta! —y buscó dos bolitas para cambiarle.

Pilli sacó un durazno de su talego y se lo cambió por las dos bolitas.

Xochi y Pilli entraron en el juego y al poco rato ya estaban jugando muy bien y ganando muchas bolitas. Pilli le hizo una señal a Xochi para que no ganara tanto, pues los otros niños se podrían dar cuenta de que ellos eran seres diferentes; así que jugaron con algunos errores a propósito. Al final del juego ya eran muy amigos de los otros niños.

—¿,De dónde vienen ustedes? No los habíamos visto antes —dijo uno de ellos.

—Venimos de muy lejos —dijo Pilli—, recordando que no podían decir nombres de lugares sin estar muy seguros.

—¿,Cómo te llamas? —le preguntó a su vez Pilli.

—Tolomeo. Me gusta conocerlos y si están recién llegados, yo les ayudaré. ¿Piensan quedarse mucho tiempo?

—Tal vez, pero todavía no lo sabemos. Les agradeceríamos mucho que pudieran ayudarnos, no conocemos a nadie y no sabemos a dónde ir.

—¿Cómo llegaron hasta aquí?— preguntó otro de los niños.

—Vinimos en un barco que tenemos anclado cerca de aquí —contestó Xochi.

-¡Quisiéramos conocerlo! —dijeron como si estuvieran de acuerdo todos los niños.

Soltaron la risa por la ocurrencia, y Xochi, levantándose, les dijo:

— Bueno, vamos a ver nuestro barquito.

Los niños se dirigieron a la playa, guiados por Xochi. Cuando llegaron, subieron al barquito y admiraron su belleza, y sobre todo; quedaron encantados de que Xochi y Pilli fueran sus dueños y supieran navegar solos.

—Algún día los llevaremos a pasear en nuestro barco —dijo Xochi muy serio.

¡Qué idea tan buena! —comentó Tolomeo—. Ahora, tenemos que irnos porque nuestro maestro nos espera.

—Quisiéramos ir con ustedes, ¿será posible? —Pregunto Xochi.

—Tendríamos que preguntarle antes a nuestro maestro. ¡Vengan con nosotros! ¿Cómo te llamas tú?

—Yo me llamo Xochi.

—Y yo, Pilli —dijo la niña.

—Bueno. ¡Vamos rápido para no llegar tarde!

Los niños griegos caminaron hacia la escuela. Iban muy contentos con los nuevos amigos.

Después de un cuarto de hora llegaron a la escuela. Xochi y Pilli esperaron afuera, mientras los otros niños entraban. Al poco rato apareció Tolomeo quien los invitó a entrar; el maestro había dado el permiso.

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