EL JEFE DE LOS JUGLARES

 

CAPÍTULO VII

Roma de noche era bella en esa época del año. Era verano y la gente estaba fuera de las casas tratando de buscar aire fresco. Cornelio caminaba muy alegre, con los niños cogidos de la mano.

—Pasemos por la plaza de los pinos, deben estar los "juglares" haciendo sus pruebas, tocando y cantando. Me gusta verlos y quiero que ustedes los conozcan.

—¿Y quiénes son los "juglares"?

—Son músicos y actores que van por los pueblos divirtiendo a la gente con sus acrobacias, sus historias y su música.

—Será divertido verlos, ojalá estén — dijo Xochi.

Después de caminar algunas cuadras, llegaron a la plaza iluminada con antorchas. Había mucha gente formando un corrillo alrededor de los juglares. En la calle se encontraban dos carretas cubiertas donde viajaban estos artistas ambulantes.

—Está difícil meternos entre tanta gente —dijo el viejo Cornelio.

—Podemos con los ayotl —dijo Xochi.

—Claro que sí. Je, je, je. Este es un buen momento para usarlos. Xochi y Pilli colocaron sus caparazones de tortuga en el piso; Cornelio se paró encima de uno, Xochi encima de otro y Pilli en medio de los dos, con un pie en cada ayotl. Los tres desearon encontrarse en un buen sitio desde donde pudieran ver el espectáculo. No fue sino pensarlo y como por encanto se encontraron sentado en primera fila. Las personas que estaban al lado, no sabían qué había pasado, de dónde habían salido esas tres personas, pero pronto siguieron viendo a los juglares y se olvidaron del asunto.

Dos actores estaban haciendo unas acrobacias dificilísimas al compás de una pandereta que tocaba un tercero. Este número fue muy celebrado y Xochi y Pilli también aplaudieron con entusiasmo.

—Qué cosa tan difícil, Cornelio —dijo —. Creo que yo no podría hacerlo.

—Je, je niñito. . . ¡No olvides quién eres!

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Después de las acrobacias, un juglar comenzó a tocar una melodía en la flauta,  y otro a cantar cuando terminaba la música: flauta, canto, flauta, canto. El uno cantaba la historia de un rey llamado Carlomagno y de las batallas que había ganado, y el otro contestaba con la flauta. Fue hermoso. Siguieron otros actos no menos interesantes durante una hora y, cuando terminaron, los niños se acercaron a los actores para conversar con ellos.

Les contaron a los niños que venían de España, recorriendo varios pueblos, contando historias y haciendo felices a las gentes con sus cantos y bailes.

—Yo quisiera ser un "juglar" como tú —le dijo Pilli a un hombrecillo más pequeño de lo normal.

—Yo te enseñaría muchas cosas, pero esta vida es muy dura. En ocasiones tenemos que recorrer grandes distancias para llegar a algún lugar. Antes de llegar a Roma, tuvimos que andar durante ocho días; los pies se me hincharon. . . ¡Míralos! —Le mostró los pies chiquiticos, colorados e hinchados— ¡No me caben en las sandalias!

—Pobrecito— dijo Pilli conmovida.

Cornelio, mientras tanto, estaba conversando con el jefe de los juglares, viejo amigo suyo.

—¿Qué has traído de nuevo en este viaje, amigo? —le preguntó el dios.

—En España hemos aprendido muchas cosas. ¡Ese pueblo sí tiene vida! Su gente es alegre y siempre está contando historias de reyes y princesas; hemos aprendido mucho de ellos en este viaje. Pero especialmente, hemos conseguido un instrumento maravilloso; te lo voy a mostrar.

El jefe se dirigió hacia una de las carretas; entró en ella y al rato apareció con una especie de guitarra en la mano. De unos sesenta centímetros de largo, era un instrumento de cuerdas que tenía una barriga redonda, la caja de resonancia. Estaba hecho de madera clara y oscura, con incrustaciones de marfil (colmillo de elefante). ¡Una verdadera obra de arte!

—¡ Y si oyeras como suena! —le dijo a Cornelio—. Yo estoy apenas aprendiendo a tocarlo. Se llama "laud" y lo han traído a España desde el oriente. Me lo regaló un gran amigo árabe.

Cornelio lo tomó entre las manos y llamó a Xochi.

—Ven Xochi, mira este instrumento. ¿No lo habías visto antes? ¡Tócalo!

—Claro que sí, es nuestro... —Cornelio le picó el ojo para que no siguiera hablando.

—Tú sabes tocarlo, niño? ¡Tómalo y por favor, alegra mi oído con sus dulces notas! —le dijo el jefe haciendo gestos de actor.

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Ese instrumento, Xochi, Pilli y Cornelio lo conocían muy bien, era uno de los principales instrumentos de los dioses. Cornelio no quería que los juglares lo supieran porque seguramente se pondrían a hacer preguntas, por eso le había dado a entender al niño que no hablara más. Xochi tomó el laud y comenzó a tocar.

Las notas sonaban bellas y con un timbre muy claro. Tocó varias melodías, algunas, de la tierra de los dioses y otra que le había enseñado Tolomeo en Grecia.

-¡Qué hermoso tocas! Tienes que enseñarnos. Vamos a estar en Roma cinco días. En este tiempo podrás enseñarme, ¿verdad?

—Creo que sí, si practicas lo que te enseñe —dijo Xochi riendo.

—Seré un buen alumno, ya verás —le contestó el jefe.

 Los invitó a acompañarlos al lugar donde estaban alojados, una posada en las afueras de la ciudad. Subieron todos a las carretas y en poco tiempo llegaron a la posada. La dueña los estaba esperando con una comida caliente que a Xochi y a Pilli les encantó. Gozaban mucho con la comida de los humanos, pues era muy diferente a la comida de los dioses; por ejemplo, nunca habían probado la sal, el picante o los alimentos calientes.

—El buen comer es uno de los motivos que me retiene entre los humanos —le comentó Cornelio a Xochi en voz baja.

—¡A mí también me encanta!

Después de la comida, la dueña aprovechó que estuvieran los juglares en su casa y organizó una fiesta con los demás huéspedes. Todos bailaron las danzas populares, o sea las que bailaba el pueblo sus fiestas, en grupos o por parejas. Xochi y Pilli las aprendieron muy rápido y bailaron con otros niños que había en la casa, con las personas mayores y con los juglares. Cornelio también gozó muchísimo y a veces soltaba una de sus estruendosas carcajadas:

—Ja, ja, ja ¡Por eso estoy aquí! Ja, ja,

—¡Qué divertido, Cornelio!, — decía Pilli dando vueltas. ¡ Podría danzar toda la noche.

Al final, estaban muy cansados y cuando se despidieron, el jefe comprometió a Xochi para volver al día siguiente a darle la lección de laud.

— Mañana vendremos. Te agradecemos tu amabilidad y la hermosa música que nos has dado —le dijo Xochi.

—Hasta mañana —se despidió Cornelio.

Hasta mañana todos —les respondió el jefe, acompañándolos hasta la puerta.

Cornelio y los niños caminaron un rato, pero cuando nadie los estaba viendo, se pararon encima de los ayotl y desearon estar en las catatumbas. Estaban muy cansados para caminar. Los dioses, cuando están entre los humanos, pierden algunos de sus poderes, como es, el de no cansarse. Tal vez se deba a la alimentación; si comieran sólo frutas, como en su tierra, podrían resistir sin cansarse. En un instante estuvieron cada uno en su cama, en las catacumbas, descansando.

Los cinco días siguientes fueron a la posada de los juglares. El jefe aprendió a tocar el laud, casi tan bien como Xochi. Con un dios como profesor se aprende más rápido y el propio jefe estaba maravillado de cómo entendía las explicaciones y cómo podía mover de rápido los dedos sobre las cuerdas del laud. ¡Nunca había aprendido algo con tanta rapidez!

—Deberían viajar un tiempo con nosotros —les dijo un día el jefe. —Creo que todos estarían de acuerdo en que se unieran a nuestro grupo. 

—¿Hacia dónde se dirigen ahora? —le preguntó Cornelio.

—Vamos a Francia. Será largo el camino.

—Mañana te daremos la respuesta. Vamos a discutirlo esta noche. ¿Verdad, niños?

—Sí, será mejor hablarlo antes —dijo Pilli.

Esa noche, entre el silencio de las catacumbas, comentaron Cornelio y los niños la posibilidad del viaje.

—Yo no iría —dijo el viejo dios—. Quiero estar tranquilo por un tiempo, y la vida de los juglares es muy activa. Pero creo que a ustedes si les conviene ir. Será una gran experiencia viajar a Francia donde la música está un poco más adelantada que aquí en Italia.

—¿Qué quieres decir con que "está" más adelantada? —pregunto Pilli.

—En París hay algunas escuelas en donde ya comienzan a inventar nuevas formas para la combinación de los sonidos.

—Eso es los que quiero oír —dijo entusiasmada Pilli—. A mí, sí me parecía raro que los humanos cantaran solamente a una voz.

—Pero no te ilusiones, Pilli —le explicó Cornelio—. Esto es apenas un comienzo. Yo sé que los hombres se van a demorar por lo menos cuatrocientos años o sea, hasta el siglo XV, para llegar a cantar a cuatro o más voces. Y recuerda que éste es apenas el año 1030, o sea, el siglo XI.

—¿Y por qué nosotros no podemos ayudarlos para que aprendan a cantar a varias voces? —preguntó la niña.

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—Tú sabes que nosotros no podemos meternos a cambiar el destino de los hombres —le dijo Xochi.

—Sí, es cierto, los hombres deben cambiar y progresar por su propio esfuerzo, nosotros los dioses, aunque queramos cambiarlos no podemos —dijo sabiamente Cornelio.

—Las ayudas que demos a los hombres, son ayudas pequeñas, como lo que hicimos con el hermano Bruno en el monasterio, ¿cierto Cornelio? —preguntó Xochi.

—Sí, esas son las ayudas de los dioses a los hombres. Hacer algo que normalmente se va a demorar cuatrocientos años o sea cuatro siglos, i sería una locura! Claro que sí se les pueden dar buenas ideas, pero hay que dejarlos a ellos solitos....solitos... —dijo Cornelio, y se rió maliciosamente—: Je, je, je... y así solitos, a veces se van por el camino equivocado y salen con una cosa muy distinta; je, je, je.

A los niños no les gustó la idea de que Cornelio no fuera. El viejo era tan bueno y tan sabio que les daba tristeza separarse de él.

—Otro sentimiento de los humanos. —les dijo Cornelio—. No deben sentir tristeza de que nos separemos. Recuerden cuando salieron de nuestra tierra, ¿sintieron tristeza?

—Es cierto, no debemos estar tristes Xochi, tú sabes que cuando queramos, podemos volver donde Cornelio.

Así, los niños decidieron unirse al grupo de juglares y comenzar el viaje a Francia.

Al día siguiente, fueron los tres a la posada. Xochi y Pilli llevaban sus talegos con ropa, los ayotl y el aulos. Antes de partir, le recomendaron a Cornelio que cuidara del barquito y que fuera a verlo de vez en cuando.

—Váyanse tranquilos, niños; disfruten de la compañía de los juglares y observen cómo ellos aman la música, la poesía y la danza. Y tú, amigo —dijo dirigiéndose al jefe—: que vayan contigo hasta que ellos lo deseen, únicamente.

—Sí, entiendo — contestó el jefe.

— Adiós Cornelio —dijeron los niños.

Cada cual se acomodó en su sitio. Estaban listos para emprender el largo viaje.

Las carreteras comenzaron a moverse, lentamente, para salir de Roma y tomar el camino hacia Francia.

—¡Adióoos. . .! —Los despidió con la mano el viejo dios y se fue caminando, sin prisa, hacia las catacumbas.

En el día; rodaban las carreteras lentamente porque los caminos eran bastante malos y por la tarde, se detenían en una posada para descansar. A veces se encontraban con otro grupo de artistas y paraban para preguntarles de dónde venían y qué traían de nuevo. Cierta vez encontraron a un grupo de más de doscientas personas, jóvenes, ancianos y niños que se dirigían hacia el sur.

— ¡Vamos a tierra santa, Somos peregrinos! —les contestaron a los juglares.

Otra vez, al pasar por un pueblito pequeño, ya en Francia, encontraron a un hombre joven, alto y con barba colorada, vestido elegantemente, con un paje a su lado, cantando con una hermosa voz y acompañándose con un "órgano portátil". Varios niños lo rodeaban y escuchaban con atención sus canciones. Las carretas de los juglares se detuvieron y el jefe les dijo:

—Podemos bajar a descansar un rato. En una hora continuaremos.

—Pilli, vamos a ver a ese hombre, quiero oír lo que canta —le dijo Xochi a la niña.

Los niños corrieron hacia el grupo que rodeaba al músico. Estaba cantando la historia de un caballero que le rogaba a su dama que lo quisiera, y le expresaba su amor de muchas maneras. A veces la historia narraba algo conmovedor y los niños que escuchaban, ponían sus caritas tristes. El canto del hombre era tan expresivo, que les hacía sentir toda la emoción de la historia. Cuando terminó, los niños estaban callados y tristes. El hombre, que en realidad era un "trovador", o sea, un poeta músico ambulante, no resistió ver esa cara de tristeza de los niños y les dijo:

—¡Vamos, anímense! Les voy a enseñar una canción con estribillo, y todos la cantaremos.

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Extraño LAUD con cabeza de animal (S. XI)

-¡Bravo, bravo! —dijeron entusiasmados los niños.

A ver, repitan el estribillo:

— "Ya llegó el caballero para encontrar mujer.
Salgan todas para verlo y que pueda escoger".

Los niños repitieron varias veces la letra del estribillo y cuando ya lo sabían, el trovador les enseñó la música y se las hizo cantar formando círculo alrededor de él. Enseguida, les dijo:

—Mientras yo canto, ustedes se mueven en rueda y cuando yo deje de cantar, se paran y cantan el estribillo. ¿Entienden?

—Sííííí. . .—contestaron en coro los niños y también Xochi y Pilli que ya sabían el estribillo y estaban listos para entrar en el juego.

La canción, era la historia de un caballero que iba de pueblo en pueblo buscando una dama para casarse. Se detenía en cada lugar, pero no le gustaban las niñas por alguna razón, hasta que finalmente encontró la que le gustaba y con esa se casó. El trovador cantaba las estrofas y entre cada una, los niños cantaban el estribillo:

"Ya llegó el caballero para encontrar mujer.
Salgan todas para verlo y que pueda escoger".

Fue divertidísimo y Xochi y Pilli estaban felices de ver la alegría de todos los niños. Cuando terminaron, el trovador les dijo:

—Como esta canción hay muchas y quisiera enseñárselas. ¿Se dan cuenta de lo alegres que hemos estado? Es por la música. La mejor manera de no estar tristes es cantando y bailando. Recuerden siempre esto. Hoy he estado muy feliz con unos niños tan queridos. Mañana estaré de nuevo en este sitio; sólo mañana, porque debo continuar el viaje de regreso a mi castillo. Salí de él hace seis meses y ya es hora de regresar.

—¿Tú tienes un castillo? ¿Y tienes esposa e hijos? —le preguntó una niña pequeñita.

—Si, tengo esposa y cuatro hijos que están esperando mi regreso.

—Llevo muchas cosas que contarles y enseñarles de este viaje.

—¿Vives lejos? —le preguntó otro niño.

—Me faltan unos tres días de camino, solamente.

Los niños siguieron hablando con el caballero y Xochi y Pilli regresaron a la carreta, que ya estaba lista para proseguir el camino.

Ya en la carreta, los niños se sentaron a comentar el encuentro con el trovador.

—Xochi, que canción tan divertida la que nos enseñó el músico. ¿Cierto?

—Sí, fue muy divertido.

—Parece que los niños gozan mucho con esas canciones.

—Sí, —les explicó el jefe de los juglares que iba sentado al lado de ellos—. Hay muchas canciones, para todas las oportunidades. A veces los mismos trovadores, que suelen ser personas importantes, como el hombre que estaba en la plaza, las componen, los niños las aprenden y se las enseñan a otros. Esa que cantaron era un rondó.

—Es una buena forma de divertirse —dijo Pilli.

La carreta siguió, lentamente, y Xochi y Pilli no perdían detalle del viaje. Los pueblitos eran hermosos y sus gentes alegres y atentas con ellos. Varias veces pararon y armaron el espectáculo en la plaza del pueblo. Xochi tocaba el laud y también la flauta de pico. Pilli cantaba con su hermosa voz, bellas melodías de la tierra de los dioses, cambiándoles la letra al idioma del lugar, para que pudieran entenderle. El jefe de los juglares estaba encantado con ellos y deseaba que se quedaran el mayor tiempo posible acompañándolos pero recordaba las palabras de Cornelio al despedirse y sabía que no podría detenerlos cuando ellos quisieran irse.


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