LA TIERRA DE LOS DIOSES

CAPÍTULO I

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Las aventuras de Xochi y Pilli comenzaron hace varios siglos y aún no han terminado, porque este es el momento en que no han regresado a su tierra y se sabe que no están muertos porque... ¿acaso los dioses mueren?

Xochi y Pilli vivían en un lugar muy bello, habitado por seres muy especiales, que tal vez nosotros no podamos entender. Estos seres se llaman dioses y tienen muchas cualidades: son buenos, alegres, sin complicaciones, gozan con el aire, danzan y tocan músicas bellísimas.

Para los dioses el tiempo es muy largo; un año para nosotros, puede ser mil años para ellos. Claro que hay dioses viejísimos, pero también hay dioses jóvenes y dioses niños.

Xochi y Pulli eran niños cuando comenzaron su aventura; tal vez como dos niños humanos de ocho y nueve años.

Xochi era un niño de cabellos oscuros y crespos. Tenía la naricita redonda y cuando sentía una emoción fuerte, se le ponía roja y caliente. Era muy sensible a las cosas bellas; por ejemplo, si veía una flor, lo primero que hacía era olerla, después tocarla, y luego le miraba largo rato y gozaba, y reía y conversaba con ella. Lo mismo sucedía si escuchaba una música que le gustara: comenzaba a sentir caliente la nariz y si le gustaba mucho, sentía que los ojos se le ponían también calientes, y a veces le salían lágrimas de emoción. Por lo demás, era un niño muy fuerte; podía correr muchos kilómetros sin cansarse. Tenía una voz bellísima y su gran afición era cantar imitando a los pájaros o improvisando melodías.

Pilli era una niñita muy hermosa también, de pelo crespo pero más oscuro que el de Xochi, había sido su compañera de juegos y cantos desde que eran muy pequeños.

Pilli podía cantar hasta una altura altísima, lo que entre los humanos se llama "soprano coloratura". Le salían unos sonidos tan bellos que casi no los podemos imaginar. Claro que Xochi no podía subir tan alto, pero tampoco sentía envidia porque los dioses no sienten envidia.

Desde que eran pequeños, salían a pasear de la mano y a gozar de las bellezas del bosque, de los colores de las flores y de los sonidos que se escuchaban por todas partes. Cuando improvisaban melodías o cuando danzaban se sentían tan felices que les costaba trabajo parar. El color de su piel era oscuro. El sol y el aire les había tostado la piel volviéndolos más morenos de lo que eran.

Sabían que existían otros lugares donde habitaban seres parecidos a ellos, pero que no eran muy felices; que lloraban de "tristeza", palabra que no significaba nada para los dioses, o que hacían guerras, y lo peor. . . que dejaban de vivir de un momento a otro.

Xochi y Pilli a veces hablaban de estos seres, porque habían oído historias sobre ellos y querían saber más y más cosas; pero entre los dioses eran muy pocos los que conocían algo sobre los humanos. Vivían demasiado felices y tranquilos para ocuparse de ellos. Pero quién sabe por qué razón Xochi y Pilli querían enterarse sobre la vida de los humanos.

—Pilli, ¿tú crees que los humanos sean como nosotros?

—Yo creo que si; deben tener piernas y ojos y nariz, ¿no crees?

—Tal vez sí. ¡Me gustaría conocerlos!

—Tú sabes que eso es muy difícil; no sabemos dónde están.

—¡Claro que sí sabemos! No tú, ni yo, pero algunos dioses sí lo saben. Por ejemplo, el viejo de las barbas azules, el que vive en el castillito al otro lado del lago. El sabe mucho sobre los humanos. ¿Por qué no vamos a verlo y le preguntamos?

—Bueno, vamos a verlo, pero no hoy. Ya está oscuro y no debemos molestarlo. Vamos mañana temprano.

Así, los niños se fueron a descansar con la ilusión de visitar al día siguiente al viejo de las barbas azules.

La noche en la tierra de los dioses es diferente a la nuestra. No es totalmente oscura sino un poco azulosa y las estrellas se ven más cerca, alumbrando los árboles, las flores y el agua de los lagos. Un paseo por la noche en este lugar es maravilloso. El silencio es tan profundo y continuo que se vuelve música. El color de las cosas en tonos azules oscuros y las estrellas se ven tan cerca como si se pudieran acariciar con la mano.

Al día siguiente, Xochi y Pilli se encontraron temprano y comenzaron a caminar hacia el castillito. Se fueron por el borde del lago pues el viejo de las barbas azules vivía en el extremo opuesto.

El lago era muy extenso, de agua transparente y se podían ver en el fondo las casitas de las sirenas, construidas con corales y conchas de varios colores. Los frutos más variados crecían debajo del agua y les servían de alimento. Xochi y Pilli metieron la cabeza bajo el agua para saludarlas y ellas les colocaron en la boca unas fruticas rojas, deliciosas, parecidas a las cerezas. También alcanzaron a oír algo de lo que las sirenitas conversaban. Era un idioma de murmullos en donde los sonidos subían o bajaban, según lo que quisieran decir.

-muuumuuuuuumuuuuu

Mas o menos sonaba así, pero es muy difícil escribirlo.

Más adelante trataron de saludar a otras sirenas, pero éstas no les hicieron caso; ni siquiera los miraron. Unas tortugas que estaban tostándose las barrigas al sol, los invitaron a hacer lo mismo pero Xochi les dijo:

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—Debemos ver hoy mismo al viejo de las barbas azules, otro día volveremos.

Y un tortugo gigante que oyó esto, se ofreció a llevar a los niños sobre su concha. Pilli estuvo fascinada con la idea, así que se montaron y emprendió el tortugo el camino a un paso. . . lento. . . lento. . .lentísimo. . ., que si no es por Xochi y Pilli deciden bajarse, todavía no habrían llegado.

El castillito todo blanco, hecho de corales y conchas, como las casas de las sirenas, no tenía puertas. Todos podían entrar cuando quisieran a conversar con el viejo de las barbas azules. Era un dios muy sabio que había vivido muchísimos años y en varias ocasiones había estado con los humanos.

—Sigan niños— dijo el viejo al ver a Xochi y Pilli.

—Gracias. Buenos días— saludaron los niños.

Ya veo que han caminado largo rato. Siéntense y conversamos. Tú —y señaló con el dedo a Pilli—, debes ser hija de "Pillihué", te pareces a ella.

—Si señor, soy hija de "Pillihué".

—Y tú, ¿quién eres? —dijo mirando a Xochi.

Mi padre es "Palloc". Hemos venido para que nos cuentes algo sobre los humanos. Queremos saber cómo son.

—Yo conozco a los humanos hace mucho tiempo —dijo en voz baja el viejo—. Se parecen a nosotros en el cuerpo, pero no en el modo de pensar.

Los niños no entendieron bien lo que quería decir el viejo. Este continuó:

—Son unos seres muy extraños que sufren por algunas cosas sin importancia y a veces no gozan como nosotros, con las cosas sencillas. Además, siempre están preocupados por lo que les va a pasar y esto los hace vivir intranquilos.

—¿Y es cierto que dejan de vivir de un momento a otro? —preguntó Pilli.

—Sí, niña, es cierto —el viejo se puso más serio de lo que estaba— Los dioses también mueren, pero nuestra vida es más larga que la de ellos. Además, a nosotros esto no nos preocupa, simplemente vivimos y somos felices. Ojalá los humanos pensaran como nosotros. Se evitarían muchas tristezas.

Esta última frase dejó pensativos a Xochi y Pilli que permanecieron callados por un rato.

—iDínos! ¿Ellos tienen música? ¿Cantan y bailan como nosotros? —Preguntó de pronto Xochi.

—Si, ellos tienen música pero no la utilizan como debieran. Hay algunos humanos que jamás cantan y que tienen miedo de gozar con el movimiento del cuerpo. Son seres muy extraños. ¡Yo no he logrado entenderlos todavía!...

-Cuéntanos. ¿Cuándo estuviste la última vez con los humanos?

-Sí, ¡cuéntanos! —le pidió Pilli.

-Pero es que esas son historias muy largas —dijo el viejo.

-No importa, cuéntanos algo —rogó Pilli, insistiéndole.

-Bueno, vamos a ver. . . —dijo en tono pensativo el viejo.

-Yo fui especialmente a visitar y a ayudar a un hombre admirable que vive en un lugar llamado Grecia. Su nombre es Pitágoras. Es un hombre muy sabio que se dedica a estudiar y a tratar de explicar los problemas del mundo. Vive en un pueblecito llamado Crotona y tiene discípulos que le ayudan y aprenden de él. Se pasa muchas horas pensando y trabajando con los números. La música la explica por medio de los números. Cuando yo llegué a su escuela, me exigió que estuviera dos años sin hablar, pensando en las preguntas que iba a hacer después. Trabajé con él algún tiempo, especialmente ensayando con los sonidos que dan las cuerdas.

El viejo se paró y se dirigió a un baúl que tenía en un rincón de la pieza. Lo abrió y sacó dos marcos de madera de distinto tamaño, cada uno con una cuerda templada.

—Esto lo traje de Crotona, del taller de Pitágoras. El descubrió que si una cuerda templada da un sonido, al ponerle un palito por la mitad y tocarla de nuevo, da un sonido más alto que es familiar del primero.

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Enseguida tocó la cuerda más larga y dijo a los niños:

—Escuchen:

—Taaaa. . .n

y tocó la más corta:

Tiiii. . .n

—Y así, si divido la cuerda en partes más pequeñas, cada sonido nuevo está relacionado con los otros.

Los niños estaban fascinados. Nunca habían pensado que los sonidos tuvieran una explicación.

—Pitágoras trabajaba mucho, y yo nunca le dije quien era —continuó el viejo—. Estuve largo tiempo con él y aprendí que algunos hombres son muy especiales, se dedican a estudiar mientras que otros están sólo pensando en el poder y en las guerras. Grecia es muy importante. No sólo Pitágoras sino muchos otros hombres están dedicados al estudio de las ciencias y las artes. Los templos son hermosos, muy grandes, con columnas y pisos de mármol. Hay unos sitios al aire libre llamados "Teatros", donde se reúne la gente a ver actuar a otros hombres. Esto sí es maravilloso: danzan, cantan y hablan para el público que los escucha.

Los ojos de los niños estaban brillantes escuchando las palabras del viejo.

Xochi lo interrumpió:

—¿Nosotros podemos ir allá? Yo quisiera conocer a los griegos.

—Muchos dioses han ido por algún tiempo donde los humanos, pero para poderlo hacer hay que tener el propósito de ayudarlos. Y... ¿quieren saber algo? —dijo bajando la voz—: Algunos dioses se han quedado para siempre y no han querido volver a la tierra de los dioses. Esto es muy raro, pero ha sucedido.

—Y, ¿qué debemos hacer para obtener el permiso de ir donde los humanos? —preguntó Xochi.

—Primero, deben pensarlo más tiempo y cuando estén decididos, hablar con el "Padre de los dioses". Lo más importante, ya lo saben, es ir dispuestos a ayudarlos en algo; si no es así, no podrán ir.

El viejo miró a Xochi y a Pilli con una sonrisita porque sabía todas las sorpresas que iban a tener cuando estuvieran en la tierra de los hombres.

Por último les dijo:

—Cuando yo era joven también quise conocerlos. Estuve varias veces entre ellos y tuve experiencias muy bellas. Les deseo un viaje feliz y espero me visiten cuando regresen.

Se paró y apretó la mano de los niños, colocándoles la otra mano en el hombro. Esta era la señal de despedida y saludo entre los dioses.

Xochi y Pilli salieron pensativos de la casa del viejo de las barbas azules. Ahora querían  comenzar a pensar seriamente en la posibilidad de ir donde los humanos.

Al regresar ya estaba oscuro y el silencio era profundo. Caminaron cogidos de mano, a veces callados y a veces comentando algo de lo que les había contado el viejo.

—¿En qué podríamos ayudar a los hombres, Xochi? Saber en qué se les puede ayudar es bien difícil, ¿no crees?

—Podría ser en la música o en la danza, o en cualquier otra cosa.

—No sé, pero me han entrado muchos deseos de conocer a los griegos después de todo lo que nos ha contado el viejito.

— Deben ser muy especiales, ya viste el entusiasmo con que nos habló de ellos.

—Tenemos que pensar la manera de ir y lo más importante, que nuestro padre nos dé el permiso.

—Pensémoslo bien y mañana hablaremos sobre esto —dijo Xochi.

Los niños siguieron caminando en la oscuridad, sin sentir ningún temor porque los dioses no sienten miedo de cosas como la oscuridad. Saben que todo es lo mismo, sólo que no se puede ver porque no hay luz.

—Hasta mañana, Pilli —dijo Xochi estrechándole la mano y apoyando la otra mano en el hombro de la niña.

— Hasta mañana, Xochi.

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