LAS CATACUMBAS 

CAPÍTULO VI

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Las calles de Roma eran amplias y limpias, con muchas casas y edificios públicos. Grandes avenidas, jardines y fuentes, con hermosas esculturas que representaban dioses o animales fantásticos.

A Xochi y Pilli les pareció Roma una ciudad alegre donde la gente caminaba sin prisa y tenía cara simpática. Después de andar muchas cuadras, llegaron a una pequeña colina, ya en las afueras de la ciudad. Tomaron un caminito estrecho por entre los árboles; un caminito que daba muchas vueltas, pero que Cornelio Plinio Rómulo, conocía muy bien.

Finalmente, llegaron a una gran piedra y el viejo se metió por entre una grieta. Apenas cabía, pues era muy estrecha. Al entrar, se encontraron en un túnel que no era totalmente oscuro porque le entraba luz por unos agujeros abiertos en el techo.

—iSíganme! —dijo Cornelio.

Los túneles se cruzaban y Xochi y Pilli seguían de cerca a Cornelio para no perderse.

De pronto, escucharon un ruido de agua y llegaron a un sitio maravilloso, con más luz y una cascada cristalina.

—iQué lindo lugar! —dijo Pilli.

—Me recuerda a nuestra tierra —comentó Xochi.

—Lo tengo igual como es mi casa en la tierra de los dioses. Aquí estoy tranquilo, puedo tocar mi kítara y cantar. Me gusta el silencio y el ruido del agua.

Un poco más adentro se encontraban las habitaciones del viejo. Encima de una mesa que había en medio del salón, estaba colocado un frutero lleno de deliciosas frutas.

—Pueden tomar las frutas que deseen. Esta será su casa mientras estén en Roma. —Les dijo Cornelio.

El viejo se recostó en un sillón.

—Creo que me he vuelto casi como humano, ahora me fatigo cuando camino. ¿O serán los años?— y soltó una carcajada: ¡Ja, ja, ja, jo, jo!. . . ¡Creo que tengo unos cuatro mil quinientos años!

Los niños comieron uvas y duraznos deliciosos y se recostaron en sillones que parecían camas.

—Las catacumbas. . . —dijo Cornelio con voz tranquila— En este lugar, hace más de ochocientos años, se escondían los seguidores de Jesucristo, los primeros cristianos, porque los romanos los perseguían para matarlos. Yo los oía cómo cantaban a su dios. Su oración era cantada y todos entonaban la misma melodía. Cantaban en griego o en hebreo hermosas poesías de alabanza, llamadas himnos y salmos. Este canto se ha conservado y actualmente se canta en otro idioma, el latín, en las iglesias, que son los templos de los cristianos. Los monjes son los hombres que se dedican al servicio de su dios; ellos saben de memoria todos estos cantos y los cantan de una manera muy bella.

—Actualmente —les seguía contando el viejo dios—, esta religión ha crecido mucho, hay monasterios donde los monjes se dedican a la ciencia, a la música y la oración. Su canto se parece a este de los antiguos cristianos en las catacumbas. Todos cantan la misma melodía, lenta y sin acompañamiento de instrumentos. Llevan diez siglos cantando de la misma manera.

—¿Y por qué no usan instrumentos? —preguntó Pilli.

—Para ellos los instrumentos son malos, tal vez por el recuerdo de lo que fueron en los primeros siglos del cristianismo, cuando los romanos los usaban sólo para el placer y las fiestas. Desde entonces, los prohibieron y todavía cantan sin acompañamiento.

—¿Cómo se llama este canto de los cristianos? —pregunto Xochi con interés.

—Se le llama "canto gregoriano" en honor de un papa cristiano, el papa Gregorio. 

—¿Y.... qué es un papa? —preguntaron al tiempo los niños.

—El papa es el jefe de los cristianos. Vive aquí en Roma y es muy poderoso.

—Quisiéramos oír el canto gregoriano, debe ser muy bello —insinuó Xochi.

—Yo los voy a llevar al monasterio de los benedictinos; allá los monjes me han recibido en varias ocasiones y he trabajado con ellos. Todo forastero que llega es bien atendido. Mañana iremos allá.

—Pero, cuéntanos: ¿tienen instrumentos? Porque sería muy triste que no los conocieran —dijo Pilli.

—Claro que hay instrumentos, pero estos son para el pueblo, para estar alegres y danzar. La música de la iglesia es muy diferente a la del pueblo.

—iAh! ya entiendo —exclamó la niña—. Una música para alabar a su dios y otra para estar alegres. No es mala la idea, ¿verdad?

—Pero, hay algo que seguramente no te va a gustar —le dijo maliciosamente el viejo a la niña.

—¿Qué es?

—Las mujeres no pueden cantar esos cantos, les está prohibido.

—¿Cómo?... preguntó Pilli como si no hubiera oído bien.

—Que tú no puedes cantarlos —le repitió Xochi, riéndose.

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—Pues, si me gustan los cantaré —respondió Pilli disgustada.

—Bueno, mañana iremos donde los monjes; ahora debemos descansar.

Los niños le pidieron a Cornelio que tocara la kítara un rato antes de dormir. Xochi sacó su ayotl, acompañó rítmicamente y Pilli danzó alegremente. Cuando se acostaron a dormir estaban muy cansados.

—Xochi, qué bueno fue encontrar a Cornelio, es un dios muy sabio.

—Sí, ha vivido mucho, y ha visto tantas cosas que será un buen maestro para nosotros.

—Buenas noches, Xochi.

Buenas noches, que descanses —contestó el niño bostezando.

En las catacumbas había un silencio profundo. Parecía como si el agua también se hubiera callado. Xochi y Pilli se durmieron pensando en todo lo que habían hecho ese día. A Pilli le pareció oír los cantos de los primeros cristianos en las catacumbas, cuando caminaban en fila y se dirigían a un sitio más amplio donde de reunían a rezar y a cantar. Soñó toda la noche con esos cantos y le parecieron bellísimos; tan suaves y llenos de emoción.

Cuando amaneció, una luz rosada entraba a la cueva por varios agujeros del techo.

—¿Descansaron, niños? — les preguntó el viejo.

—Fue una linda noche en medio de los cantos de los cristianos.

—Yo también soñé con ellos —dijo Xochi—. Sólo que yo era uno de los cantantes y también Pilli, Cornelio y muchos de los dioses de nuestra tierra. Los veía a todos reunidos cantando a varias voces.

—Un momento —lo interrumpió el viejo—. Ellos no cantaban a varias voces. Siempre a una voz, o sea todos cantando lo mismo. Todavía, después de mil años, siguen cantando a una voz.

—iNo puede ser! —dijo incrédula Pilli—. ¿No saben cantar sino a una voz?

—Esto lo van a oír en el monasterio, para que se convenzan.

—Cornelio, yo quiero bañarme en la fuente, ¿puedo?

—Claro que puedes hacerlo, Xochi; bañémonos y después saldremos.

Los tres se bañaron en el agua fresca, comieron unas frutas deliciosas y se vistieron para salir.

Era un hermoso día de sol cuando comenzaron a bajar la colina. Al salir, el viejo les dijo:

—Esta entrada es secreta, nadie sabe que existe. Así puedo estar tranquilo; la encontré un día que estaba paseando por esta colina. Los niños se fijaron que en realidad era muy difícil distinguir la entrada a las cuevas.

El monasterio quedaba lejos. Xochi y Pilli tenían sus ayotl mágicos y sólo les habría bastado pararse encima para estar en el lugar a donde querían ir, pero Cornelio les dijo que caminaran para conocer la ciudad. Por el camino les iba explicando:

—Este es un templo cristiano, hay muchos en Roma. Allá se ve otro templo. Se les llama iglesias. Muchas veces, junto al templo, está un "monasterio" donde viven monjes o monjas, estudiando y rezando a su dios. En los monasterios está toda la sabiduría. El pueblo es diferente, sólo trabaja y no puede educarse.

—Esto es triste, ¿no? —observó Pilli.

—¡Yo quisiera llegar pronto! —dijo impaciente Xochi— ¿Es largo el camino?

—No te impacientes —le dijo Cornelio—. Veo que estás aprendiendo rápido los defectos de los hombres —y se rió—: ja, ja, ja... eso que sientes se llama "impaciencia" y es propia de los hombres, no de los dioses.

Después de caminar una hora, vieron un edificio grande, de paredes oscuras y muy pocas ventanas, construido al pie de iglesia.

—Hemos llegado. Aquí viven mis amigos los monjes benedictinos; se alegraran de vernos.

La puerta de entrada era maciza y muy grande, tanto que Pilli observó:

— iQué puerta tan inmensa!

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—Vamos a golpear —dijo Cornelio Plinio levantando un aldabón de bronce. Lo dejó caer y sonó un golpe seco. Al poco rato se abrió la rejilla y asomó la cabeza un viejo calvo.

—Buen día —les dijo—. ¿Qué se les ofrece? iAh!. . . pero si es nuestro amigo Cornelio, el sabio —dijo, cerrando la rejilla y abriendo la puerta.

—Hace tiempo que no venías por aquí —dijo el monje y fijándose en los niños—: hoy vienes bien acompañado.

—Buenos días viejo hermano, vengo con mis amigos de visita, especialmente a escuchar los cantos de los monjes en la iglesia.

—Llegan a tiempo, pronto comenzará la misa y podrán asistir a ella. Sigan por favor.

Dentro del edificio, había un claustro con un patio en medio, lleno de flores muy bien cuidadas.

—¡Qué hermosas flores! —exclamó Xochi.

—Los monjes aman las flores, como pueden ver —dijo el viejo.

—¡Escuchen!... —dijo Xochi quedándose quieto—. Oigo un canto, deben estar en la iglesia.

—No, apenas van hacia la iglesia —le explicó el hermano portero.

—Van cantando por los corredores y los monjes salen de sus celdas y se unen a la procesión. Si quieren vamos a verlos.

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