CAPÍTULO VIII

 

El viaje duró dos meses. Se detenían a veces tres días en un pueblo, donde, además de presentar sus números, aprendían las canciones y danzas de la región. Xochi y Pilli aprendían todo "por arte de magia" como decía el jefe. Este sabía que los niños eran diferentes a los demás, pero no les preguntaba nada; era un hombre prudente que respetaba cualquier secreto que pudieran tener.

Por el camino iban viendo, a lo lejos, los castillos de los señores y las interminables siembras de uvas.

Pilli pensaba todos los días en llegar a París y visitar el monasterio donde cantaran no a una, sino a varias voces; le preguntó al jefe:

—Cuéntame jefe, ¿tú has ido antes a París?

—Sí, he ido, Pilli, dos veces.

—¿Y has oído cantar a varias voces?

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—No, eso nunca lo he oído, pero sé que ya comienzan. Hay algunos monjes dedicados a esto. Yo creo que lo primero que deben hacer es perfeccionar más la escritura musical; tú sabes que todavía no la han inventado bien y que todo lo que cantamos lo aprendemos de otros que nos lo enseñan, de memoria. iUna ciencia no puede progresar si no hay forma de escribirla! — dijo sabiamente el jefe.

—Creo que esa es la razón. Quisiera ir a una de esas escuelas donde están comenzando a cantar a dos voces. Creo que Xochi y yo podríamos ayudar en algo. Los dos cantamos a dos voces.

—Nunca los he oído, ¿por qué no cantan algo?

—Esta bien. Xochi, ¿cantamos la canción del amanecer?

—Bueno — dijo Xochi.

Esta vez, cantaron los niños en su idioma; Pilli una melodía y Xochi otra melodía distinta, pero las dos juntas se oían hermosísimo. El jefe estaba pálido de emoción e hizo parar la carreta para escuchar mejor.

— Increíble! ¿Cómo lo hacen? ¡Yo nunca había oído algo semejante! ¿Quién les enseñó eso? —les preguntó sin poderse contener.

—En nuestro país todos saben cantar "polifonía" — contestó simplemente Xochi.

—Ustedes cantan como los ángeles del cielo — les, dijo—. Los llevaré a una escuela en París donde trabajan varios músicos amigos míos, que se pondrán felices de conocerlos. Ustedes pueden ayudarlos mucho. ¡Tienen que hacerlo! ¡Por el bien de la música.

—Nos encantará conocer a tus amigos— le dijo Pilli.

Las carretas emprendieron nuevamente el camino y finalmente llegó el día en que divisaron la gran ciudad de París. Era un día frío y lluvioso, el verano había pasado y comenzaba el otoño; ya no se sentía el calor tremendo que hacía en Roma y los juglares, a pesar del mal tiempo, se sentían felices de llegar a París.

—¡París, miren a París!— gritaban los conductores de las carretas.

—Qué bueno, ya pronto estaremos en París— dijo el jefe.

París era, en ese entonces, una ciudad muy importante. Como estaban en una época de continuas guerras, le habían construido sus habitantes una gran muralla de piedra, para protegerla. Las carretas de los juglares entraron por una gran puerta e inmediatamente se encontraron en una calle empedrada, al estilo de las mejores calles de Roma. La ciudad era bella, no tanto como Roma, según le pareció a Xochi, pero sí la más hermosa e importante que habían visto desde su partida con los juglares. Fueron directamente a la posada del "Cheval" que quiere decir "Caballo", cuyo dueño era amigo del jefe. Todo el mundo se sentía feliz con la llegada de los juglares porque les traían música y alegría.

—Veo que vienen cansados — dijo el dueño del "Cheval". Sigan, sigan... ¡descansen en su casa!

Los juglares fueron atendidos por varios criados, quienes bajaron instrumentos, baúles con ropa y disfraces y enseguida, les sirvieron comida y bebida. En la posada había mucha animación con su llegada, porque todos sabían que iban a ser días de fiesta mientras estuvieran los juglares.

— Esta noche debemos descansar tranquilos, mañana haremos la fiesta — les dijo el jefe.

Xochi y Pilli se acostaron en un cuarto pequeño aunque no tan limpio que les  habían preparado .                                                                                               

—Hoy fue un viaje muy largo para llegar a París, Xochi, que descanses.

—Lo mismo te deseo, Pilli.

A pesar de la bulla que había en la posada, los niños durmieron profundamente. Por la mañana, muy temprano, cuando apenas comenzaba a salir el sol, oyeron el ruido de pasos de los criados que comenzaban a trabajar, el cacareo de las gallinas y el canto de los gallos. Los niños se alistaron para bajar a desayunar. Ya estaban todos los huéspedes tomando caldo y comiendo delicioso pan recién sacado del horno.

—Buenos días, niños — los saludaron los juglares.

—Buenos días a todos — respondieron Xochi y Pilli.

—¿Qué tal noche pasaron?

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—Dormimos profundamente —contestó Pilli.

—Después del desayuno iremos a ver a mis amigos. Quiero que los conozcan hoy mismo —les dijo el jefe.

—Gracias señor — le respondió Xochi.

—Xochi, ¡qué pan tan delicioso!

—No comas tanto; te puedes volver muy gorda.

—Creo que me estoy volviendo glotona.

—Contrólate, Pilli — le dijo el niño, riendo.

Los niños tomaron el desayuno y después salieron a conocer un poco los alrededores de la posada. Estaba haciendo sol; el aire era fresco y se sentía una brisa suave. Las casas eran bajas, algunas de un solo piso, pintadas de blanco y otras de color de barro. Al frente de la posada había un letrero que decía "Le Cheval" y debajo un caballo parado en las patas traseras.

—Me gusta París, Xochi — dijo la niña.

—Sí, se ve que es una ciudad tranquila.

Por el frente de la posada pasó un grupo de niños, con papeles bajo el brazo; se dirigían seguramente a la escuela. Una viejita con un canasto en la mano, saludó a Xochi y Pilli como si los conociera. Después, se acercaron dos jóvenes conversaron y entraron en la posada, para tomar el desayuno; al entrar, los saludaron.

Después de un rato, el jefe apareció en la puerta y llamó a Xochi y Pilli.

—Podemos salir ya para donde mis amigos.

—Ya estamos listos.

Los tres comenzaron a caminar y de pronto, Pilli se devolvió corriendo y entró en la posada.

—Ya vuelvo, espéreme un momento que se me quedó algo.

Al poco rato apareció con los ayotl y los talegos. Xochi se rió, pero tomó el suyo y se lo colgó del cuello.

—¿Por qué siempre van con esos caparazones de tortuga? — les preguntó el jefe.

—Es buena suerte — le respondió Pilli.

Esa era una época en que la gente creía en la magia y la brujería y las personas andaban normalmente con amuletos para la buena suerte, así que al jefe le pareció normal y no preguntó más. Pasaron por varias plazas pequeñas en donde había siempre una iglesia, a veces con su monasterio, como en Roma. En algunas casas se veían letreros como "Maitre Luis zapatero" o, "Magister Benois Astrólogo". . . Después de caminar un buen trecho, llegaron a un convento, parecido al monasterio benedictino en Roma. El jefe les dijo:

—Hemos llegado, espero que estén mis amigos.

Esta vez, la manera de llamar era con campanita.

—¿Quién es? — se abrió la puerta y apareció la figura de un hombre jorobado, vestido con una túnica negra.

—Buen día hermano, ¿estará fray Bartolo?

—Sí está, sigan. Se encuentra trabajando. Pueden pasar, sin pena niñitos, esta es la casa de dios y de ustedes.

Pilli se asustó cuando el jorobado trató de acariciarle la cara con su mano huesuda.

—iQué preciosa niñita! Sigan, sigan,  con toda confianza.

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Pilli se prendió de la mano del jefe buscando protección. Los pobres Xochi y Pilli sentían a veces en la tierra de los humanos, unas cosas que jamás habían sentido en su tierra, por ejemplo, el miedo, el hambre o la tristeza. El dios Cornelio les había explicado por qué tenían que sentirlas y Pilli lo entendía muy bien. Este convento era muy extraño; las pequeñas ventanas no dejaban casi pasar la luz, y los corredores eran muy estrechos. Desde el primer momento Xochi y Pilli se sintieron raros en ese lugar, y no sabían por qué. El jefe sabia dónde encontrar a fray Bartolo, pues ya había estado antes allí.

Entraron a un salón grande, de techo muy bajo en donde se encontraban dos hombres: uno, escribiendo a la luz de una vela, en pleno día, y otro, mirando por la ventana. Los dos se volvieron a mirar al jefe y a los niños cuando entraron al salón.

—Buen día, hermano Bartolo. Hemos venido a visitarte.

—¿Eres tú, mi viejo amigo? Me alegro de verte. Hace tanto tiempo que no recibo visitas. Sólo de mi amigo Abelardo, el astrólogo.                                                    

Los   niños miraron al astrólogo un hombre muy extraño, alto y palidísimo, con ojos enrojecidos, todo vestido de negro y con los cabellos blancos que le llegaban hasta los hombros.

—Buen día tengan ustedes — dijo Abelardo.

—¿Qué te trae por acá? — continuó fray Bartolo.

Hemos venido para saludarte y saber en qué van tus trabajos de música.

—¡Ah! mis trabajos de música... — y se paró de un brinco como movido por un resorte—. ¡Miren lo que he logrado! tomó un pergamino de encima de la mesa y se lo mostró al jefe.

—iDos sonidos diferentes al mismo tiempo.! Me ha llevado diez años perfeccionar esta técnica. Se canta por intervalos de quintas. ¿No es maravilloso? y además. . . ¡ya puedo escribirlo! — No cabía en sí de la excitación.

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