CAPÍTULO XI

 

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Se pararon sobre sus ayotl y desearon encontrarse en el siglo XVI. Cuando llegaron era una tarde fría de otoño, el piso estaba cubierto de hojas secas, de un lindo color amarillo. Los árboles se movían por el viento y caía una lluvia delgada.

— Hace frío, Pilli. Metámonos dentro de esa casa de madera.

Los niños corrieron hasta una construcción alta, de madera oscura, sin ventanas. Al entrar, los saludó el relincho de un caballo. Era una caballeriza con seis hermosos caballos que estaban comiendo tranquilamente protegidos del frío.

— ¡Qué hermosos caballos, Pilli.

— Sí, mira este blanco, me gustaría montarlo.

Los niños se acercaron sin temor a los caballos y los acariciaron. Pilli se subió sobre el lomo del caballo blanco.

— Súbete tú también, Xochi.

Xochi se montó sobre un hermoso potro negro.

— ¡Qué lindos y mansos! — dijo Pilli—. Deben estar acostumbrados a que los monten.

— Quedémonos hoy aquí. Afuera está lloviendo mucho. Cuando escampe iremos a buscar un pueblo y a averiguar en dónde estamos.

— Sí, creo que es lo mejor — contestó Pilli.

Los niños se acostaron sobre la paja fresca y durmieron tranquilamente toda la noche. Sólo se oía el ruido de la lluvia suave al caer sobre el techo del establo y la respiración de los caballos.

Tan pronto amaneció, Xochi se asomó a la puerta. El sol comenzaba a calentar y las gotas de lluvia que habían quedado prendidas sobre las hojas, brillaban con una luz rosada como si fueran estrellitas.

— Pilli. ¡Ven a ver esto!

La niña asomó la cabeza y salieron fuera del establo.

— ¡Qué maravilla! se parece a nuestros amaneceres, Xochi.

Se quedaron largo rato mirando las luces de las gotas de agua y los cambios del cielo a medida que el sol iba subiendo. Además, todo olía a musgo fresco. ¡Era una mañana maravillosa! De pronto, oyeron voces de personas que se acercaban. Era un viejo y dos niños; un niño y una niña de la misma edad de Xochi y Pilli.

— Mira quiénes están allí, Steve. Parecen dos seres venidos del cielo — dijo el niño mirando a Xochi y a Pilli vestidos con sus túnicas blancas.

La niña, que tal vez era un poco más pequeñas que Pilli, quiso acercarse a ellos.

—¡Buenos días, quiero que sean mis amigos! — gritó.

¡No te acerques, María, pueden hacerte daño! — le dijo el niño.

— ¡Ve tú, Steve! ¡Pregúntales quiénes son!

El viejo se acercó a Xochi y a Pilli.

— ¿Quiénes son ustedes, y qué hacen aquí en el establo?

— Somos viajeros y estamos conociendo su país. ¿Cómo es el nombre de este país, señor? — preguntó Xochi.

— Inglaterra, niño. Pero. . . ¿Cómo es que no lo sabes?

— Llegamos apenas ayer, señor.

Los dos niños se habían acercado lentamente hasta que estuvieron cerca de Xochi y Pilli.

— ¿De dónde vienen? ¿de qué país?—les preguntó intrigado el niño.

— Venimos de España.

— ¡lmposible! ¿Vienen de tan lejano país? y. . . ¿cómo saben hablar nuestro idioma eh? — les preguntó dudoso.

A Pilli se le ocurrió decir:
— Lo hemos hablado desde chicos

— Bueno, no más preguntas. ¡Dejen en paz a estos niños! —dijo el viejo Steve. Deben estar hambrientos. Vamos a la casa.

— No se preocupe por nosotros señor; hagan lo que tenían que hacer. Después iremos con ustedes — intervino Xochi.

El viejo entró al establo seguido de los niños. Tomó los cubos de madera donde bebían los caballos y salió para llenarlos con agua fresca.

— ¿,Podemos ayudar? —pregunto Xochi.

— Sí, gracias — contestó el viejo—. Traigan ustedes otros cubos.

Se dirigieron a un pozo cercano al establo y llenaron los cubos con agua fresca. Luego volvieron a entrar.

Los colocaron en su sitio y el viejo, tomando un rastrillo, comenzó a ponerles paja fresca a los caballos.

— Steve, ¿puedo cepillar a mi yegua?— le preguntó la niña.

— Sí, pero ten cuidado.

La niña descolgó un cepillo, de varios que estaban colocados en la pared y se puso a cepillar la crin y la cola de la hermosa yegua blanca que Pilli había estado montando.

— Nosotros también podemos ayudar — dijo Pilli.

— Bueno, tomen cepillos ustedes también, pero tengan mucho cuidado con los caballos.

Estuvieron durante una hora cepillando y acariciando los caballos. Los cuatro niños, Xochi, Pilli, Henry y María estaban de grandes amigos cuando terminaron.

— Me gusta mucho haberlos conocido, Xochi. Estaremos en el campo, de vacaciones, durante varios días y no tenemos amigos cerca. ¡Nos gustaría mucho que estuvieran con nosotros! Steve, ¿pueden quedarse?

— Creo que no hay inconveniente, niño Henry; pero... pregúntenles si quieren quedarse!

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— ¡Ah sí! Perdonen Xochi y Pilli. ¿Les gustaría quedarse unos días con nosotros en el campo? Nuestros padres se encuentran en Londres y nosotros estamos bajo el cuidado de Steve.

— ¿Te gustaría, Pilli? — le preguntó Xochi.

— Tal vez sí, podemos quedarnos algunos días.

¡Qué dicha! — gritó María—. ¡Ya no estaremos solos!

Steve cerró la puerta del establo y los cuatro niños emprendieron el camino de regreso, detrás de él. El sol ya estaba más alto y se sentía un calorcito delicioso, Xochi y Pilli llevaban sus mochilas y, por supuesto, los ayotl mágicos.

— ¿Para qué llevan esos caparazones de tortuga? — preguntó Henry.

— Son instrumentos musicales de nuestra tierra, se llaman ayotl.

— ¿Les gusta la música?

— Sí, es lo que más nos gusta. Los instrumentos musicales y el canto de los pájaros 
-le contestó Pilli.

— A mi también me encanta la música. Estoy aprendiendo a tocar el "Virginal"— dijo María.

— Ese instrumento no lo conocemos. ¿Verdad, Xochi?

— Yo se los mostraré y ya verán lo bello que suena.

Conversando y riendo llegaron a la casa de campo de la familia Milton. Era una hermosa casa con techo de paja y jardines con las más bellas flores. Tenía quince habitaciones y en ocasiones llegaban muchos amigos y familiares para quedarse por temporadas, organizando partidas de caza, bailes y sesiones de música.

Xochi y Pilli notaron la gran diferencia entre esta época en que habían llegado a Inglaterra, el año 1606, a comienzos del siglo XVII, y la época del siglo XIII cuando estuvieron en España en casa de Conchita. Claro está que habían llegado donde una familia de la aristocracia, muy culta y respetable, pero.. . ¡Qué diferencia con España! Los humanos habían cambiado mucho en esos tres siglos.

La casa de campo de la familia Milton era muy bella, rodeada de prados y jardines donde los niños podían jugar libremente.

—Sigan niños! les dijo el viejo Steve al llegar a la casa.

Entraron seguidos por el viejo.

Por dentro, la casa era más hermosa aún que por fuera. Los muebles bellísimos, tapices hechos a mano, en las paredes colgados hermosos cuadros de pintores famosos. Un retrato de los padres de María y Henry, colgaba encima de la chimenea. Todo estaba en su sitio y cada salón muy bien decorado.

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Xochi y Pilli se sintieron muy a gusto en esa casa desde un principio y ya eran grandes amigos de Henry y María que les mostraban todos los sitios de la casa y les explicaban los detalles de cada uno.

— Aquí está el "Virginal" — dijo María—. Corrió hacia el instrumento, parecido a los pianos actuales, pero pequeñito. Se sentó y mientras tanto los otros niños se acercaron.

— iToca la danza que me gusta! — le pidió Henry.

— Está bien. Esta pieza la dedico a mis nuevos amigos Xochi y Pilli.

— Gracias, princesa — le contestó Xochi haciendo una reverencia.

Los niños rieron con la ocurrencia de Xochi y María empezó a tocar. Era una danza rápida y corta llamada Giga, que la niña tocó con mucha seguridad sacándole al virginal sonidos suaves y bellos.

— ¡Qué lindo tocas, María! — le dijo Pilli cuando terminó.

— ¡Qué instrumento tan extraño! — dijo Xochi examinándolo por todos lados. ¿Cómo se llama lo que tocas con tus dedos?

— Estas son las teclas, pero por dentro del mueble están las cuerdas. Al tocar una tecla, una plumita que hay por dentro, pellizca la cuerda y ésta suena. Hay muchas cuerdas. Una para cada sonido. Escucha:

— Tin ... tan... tin ... ton... — sonaban las cuerdas el undir las teclas.

— ¡Es maravilloso, qué gran invento! — dijo Xochi.

— ¡Hagamos un conjunto de música! — se entusiasmó Pilli. — Saca tu aulos, Xochi, y yo acompaño con el ayotl. Henry, ¿tienes algún instrumento?

— Sí, puede ser un tamborín — abrió el armario y sacó un pequeño tambor.

— María, ¿puedes tocar la misma danza? Creo que puedo tocarla también — le pidió Xochi.

La niña empezó a tocar mientras Xochi hacía en el aulos otra melodía que iba perfectamente de acuerdo con la que ella tocaba. Pilli y Henry acompañaron rítmicamente la danza. ¡Se oía maravilloso!

— ¡Qué lindo! — Exclamó Henry al terminar. — Toquemos otras danzas.

María tocaba las melodías una vez para que Xochi las aprendiera. Con una sola vez bastaba; con su oído superior Xochi y Pilli podían repetir una melodía después de oírla solamente una vez. Steve, que estaba escuchando desde un rincón de la sala, no lograba comprender el poder de estos niños, pero tampoco decía nada. Henry y María eran todavía pequeños para entender que lo que Xochi y Pilli estaban haciendo, no lo pueden hacer los seres normales.

— ¡Qué divertido! — decía María. — Repitamos la primera danza.

Los niños tocaron durante largo rato, danzaron y se divirtieron muchísimo.

— Nunca había tenido unos amigos como ustedes, Xochi. A nuestros padres les encantará conocerlos.

— ¿Y dónde están tus padres? — preguntó Pilli.

— Ellos se encuentran ahora en Londres, pero en tres días vendrán a recogernos para ir a la ciudad.

Los niños salieron al jardín y siguieron conversando. Xochi y Pilli querían saber hasta qué punto había adelantado la polifonía. Henry y María les podían informar, ya que eran unos niños que estaban recibiendo una educación muy completa, inclusive en música.

— Todavía se canta polifonía solamente en la iglesia? — preguntó Xochi.

— No, desde hace muchos años aquí en Inglaterra se canta polifonía secular, con letra en nuestro idioma, el inglés.

— Yo creo que se cansaron de sólo cantar en latín — dijo riendo María.

— Sí; ¿se imaginan cantando sólo música religiosa? ¡Debía ser muy aburrido!— dijo Henry.

— Cuidado con lo que dices, Henry — lo reprendió Steve, que estaba escuchando la conversación.

— Perdona Steve, no quise ofender a nadie. Sólo pienso que sería triste no conocer los madrigales. Aunque las misas son bellísimas, me gustan más los madrigales; hay algunos que se cantan hasta a seis voces.

— ¡Cómo nos gustaría oír todas las formas de polifonía!  — dijo Pilli.

— Yo creo que nuestros padres nos llevarán a una misa si se lo pedimos. Aunque en Inglaterra está prohibido actualmente el culto católico, hay algunas iglesias que pueden, de vez en cuando, celebrar la misa. Nuestros padres son católicos y a veces nos llevan al oficio religioso.

— Y los madrigales que tú dices, la polifonía secular. . . ¿dónde la podemos escuchar? — preguntó Pilli interesada.

— Eso sí es más fácil; en algunas casas se reúnen grupos que cantan madrigales cuando hay alguna fiesta. Aquí han venido en algunas ocasiones a cantar, no solamente música inglesa sino también "villancicos" españoles, o "madrigales" italianos. ¿Recuerdas la última navidad, María?

— Sí, ¡fue lindo! Estuvimos ocho días aquí en el campo celebrando la navidad. Nos reunimos sesenta y dos personas, contando los sirvientes. Cuatro amigos de nuestros padres, dos hombres y dos mujeres cantaban hermoso toda clase de madrigales y en todos los idiomas del mundo.

— ¡No exageres María! — le dijo Henry.

— Sólo cantaron en italiano, en inglés y en español.

— Sí, es verdad. Pero eran bellas esas canciones. También vino mi maestra de música y tocó bellísimo el virginal.

— Deben ser hermosas esas reuniones— comentó Pilli.

— Sí —dijo Henry. — Y en las fiestas también danzan los niños; es divertidísimo.

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— En las cacerías también nos dejan participar a los niños —dijo entusiasmada María. — Yo fui por primera vez esta navidad, montando mi yegua blanca. Recuerdo que mi padre cazó un zorro grandísimo. ¡El más grande que yo haya visto!

Los niños siguieron conversando animadamente, de todos los temas. A Henry y María les pareció que Xochi y Pilli sabían muchas cosas así que les preguntaban y armaban conversaciones interminables con ellos. Hablaban de flores, animales, del modo de ser de las personas, de música, de cacería y de muchos otros temas.

Para los niños Milton, la llegada de Xochi y Pilli fue como un sueño maravilloso. Jugaban juntos, tocaban música o cantaban, conversaban horas enteras y se enseñaban mutuamente las danzas que cada uno sabía.

Xochi y Pilli les enseñaron las danzas griegas que habían aprendido en la escuela de Tolomeo, las danzas de los juglares y las que habían aprendido en España, en la fiesta de Conchita. Por su parte, Henry y María les enseñaron las danzas de moda en el siglo XVI, como la giga, el minuet, la bourré, el pasepied, la passacaglia, la courrante y muchas otras.

— No puedo creer que todas estas danzas sean inglesas — le comentó Xochi a Henry.

— No, yo no he dicho que todas sean inglesas. Hay danzas francesas, italianas, españolas y de otras partes, pero todas se conocen aquí y tenemos conjuntos de música muy buenos que las tocan para que se bailen en las fiestas. Cuando estemos en Londres podrás oír los conjuntos de música.

— ¡Deben ser hermosos! — dijo entusiasmado Xochi. — Me encantará escucharlos.

Mientras los niños conversaban en la biblioteca, Pilli y María estaban muy ocupadas en la cocina haciendo pastelitos, acompañadas por una criada. Se habían llenado la cara y las manos de harina pero se sentían felices.

— ¡Cómo te llenaste de harina! — le dijo Pilli a María.

— iTú estás lo mismo ja,ja... Llamemos a los niños para que prueben nuestras galleticas — dijo María y salió corriendo a llamar a Xochi y Henry.

— ¡Si no se apuran, no les tocarán galleticas! — les gritó María desde la puerta de la biblioteca.

— ¡Vamos, Xochi! — dijo Henry, y salieron corriendo hacia la cocina.

Las galletas, en forma de animalitos, quedaron deliciosas y los niños las comieron calientes, recién sacadas del horno.

—¡Mmmmmmmmh qué delicia! se parecen a las que hacía Conchita, — comentó Xochi. — Yo quiero más.

— Debemos guardar algunas para nuestros padres, que vendrán mañana — dijo María.


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