CAPÍTULO XVI

 

En ese tiempo los estilos no tenían nombre, pero hoy se llama "Barroco" a esta época donde el adorno estaba presente, no sólo en la música, sino en la pintura y la arquitectura.

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A la época en que estuvieron Xochi y Pilli con Conchita en España, en el siglo XI,  cuando escucharon las cántigas del rey Alfonso X, se le llama "Medioevo". Y a la época de Inglaterra, con Henry y María, "Renacimiento".

Akbal le comentó esa noche a Xochi:

— Creo que vamos a tener más sorpresas mañana. Me figuro que no sólo la música habrá cambiado, sino también los instrumentos.

— iSeguro que sí! No te imaginas lo emocionante que ha sido para nosotros, ver el cambio de los humanos, de los griegos hasta hoy.

Al día siguiente se encontraron con el joven Leonardo, quien los llevó al Ospedale della Pietá. Tuvieron que tomar una embarcación para llegar. Los recibió una mujer con delantal blanco, el ama de llaves, quien los hizo seguir a una salita.

— ¿Desean visitar a alguna de las señoritas?

— No señora — respondió Leonardo. — Queremos algunos minutos con el padre Vivaldi.

— El está en este momento tomando su merienda. Pero, tan pronto termine, le diré que unos jovencitos desean verlo. ¿Vienen a hablar por la niña? ¡Qué linda es! — dijo acercándose a Pilli.

Leonardo se rió:

— No señora, no es para eso. Simplemente queremos saludarlo.

— Está bien. El padre Vivaldi no tardara. La señora se retiró y Pilli comentó riéndose:

— Si me llego a descuidar, me dejan aquí.

— Le caíste muy simpática a la señora — le dijo Xochi en broma.

Leonardo les explicó que en el Ospedale, había solamente jóvenes, hijas de nobles o huérfanas que se dedicaban al estudio de la música. Entre ellas tenían una orquesta que ya era famosa en muchas partes.

— Al padre Vivaldi le gusta tanto la música, que a veces se olvida hasta de decir la misa. Algunos dicen que está un poco loco, pero yo no lo creo. Es una persona maravillosa y toca el violín como los ángeles. Es muy amigo de mi padre y, en algunas ocasiones, me ha dado lecciones de violín.

El Prete rosso no se hizo esperar mucho. Se escucharon sus pisadas rápidas y al poco rato, apareció en la puerta un  hombre joven, como de treinta años. Su cabello era rojo y vestía una vieja sotana negra.

Tan pronto vió a Leonardo, lo abrazó diciéndole:

— Mi querido Leonardetto. ¡Qué gusto de verte! ¿Cómo se encuentra tu padre?

— Bien, padre Antonio. Le manda saludos.

—¿Qué te trae por aquí? Hace mucho tiempo no te veía.

— He traído a unos nuevos amigos. Son extranjeros y querían conocerlo.

— A ver... A ver... Unos amigos tuyos, que también son amigos míos, ¡por supuesto!

Saludó a Xochi y Pilli preguntándoles sus nombres.

— Y... ¿por qué querían conocerme?

— Nos encanta la música, señor — le contestó Pilli.

— ¡Ah!... entonces... hablamos el mismo idioma.

Todos rieron de la ocurrencia de Vivaldi.

— Y quieren conocer el Ospedale, qué estamos trabajando en música, tocar  los instrumentos, etcétera. ¿Verdad?

Los niños estaban encantados con la simpatía del padre Vivaldi.

— Si quieren, pueden quedarse ahora, y volver cuando deseen. Esta es su casa.

— Yo debo irme, padre Antonio. Mi madre me espera.

— Bien Leonardetto. Gracias por traerme a tus amigos. Me encantan los jóvenes interesados en la música. Saluda a tu padre de mi parte. Que no olvide que hace un año prometió visitarme.

Los niños quedaron solos con Vivaldi. Era un hombre tan caluroso y sencillo, que desde el primer momento, inspiró confianza en los niños.

— A las doce tenemos ensayo con la orquesta. Mientras tanto, quiero llevarlos a la cocina para que coman algo.

La misma señora que los había recibido, partió una deliciosa torta de almendras y les sirvió un pedazo a cada uno. La comieron encantados con una espumosa taza de chocolate.

— Como ven, a mí me cuidan muy bien. ¿Cierto Teresa? — le dijo a la señora del delantal blanco.

— En este momento las niñas también deben estar tomando su merienda. Después tendremos un ensayo de dos horas.

A las doce en punto estuvieron en el salón de los ensayos. Cuando entraron, ya habían llegado las niñas y se oía un gran alboroto. Al entrar el padre Vivaldi, se callaron y ocuparon sus asientos. Xochi, Pilli y Akbal se sentaron, a su vez, junto a la orquesta.

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Ensayaremos hoy, el concierto en La menor. Laura, pasa adelante con tu violín. Tocarás la parte del solista.

Una linda niña de quince años, de cabellos rubios y ojos azules pasó adelante. Se paró frente al atril donde estaba colocada la partitura del solista. Su parte la había estudiado, y la sabía perfectamente. Este concierto en La menor había sido compuesto por el propio Vivaldi, la semana anterior.

La orquesta que la acompañaba, era una orquesta de "Cámara", compuesta únicamente por doce instrumentos, en este caso, de cuerdas: violines, violas, violoncellos y contrabajos.

Los niños se impresionaron mucho con la hermosa música de Vivaldi y con la interpretación de Laura.

Al final, las compañeras de Laura golpearon suavemente los atriles con los arcos, para demostrar su admiración por lo bien que había tocado.

Vivaldi presentó a los niños y les explicó un poco sobre la siguiente obra que ensayarían.

— Esta obra lleva acompañamiento de clavicémbalo instrumento muy de moda en ese tiempo.

Pilli se interesó especialmente en esta obra, ya que el clavicémbalo era un instrumento parecido al virginal, que había aprendido a tocar en Inglaterra. Le pidió al padre Vivaldi que la dejara tocar el clavicémbalo.

— ¡Encantado! — le dijo el prete rosso. — Aquí está la partitura.

La invitó a sentarse y Pilli se acomodó en el asiento frente al hermoso clavicénbalo del Ospedale. Comenzó a leer las notas de la partitura, con gran facilidad. Sus deditos corrían por el teclado como por arte de magia.

Vivaldi no sabía qué pensar de lo que estaba viendo y escuchando.

— Tocas muy bien. Así es como quiero que se toque esta obra.

— Xochi y Akbal podrían tocar el violín, padre.

— ¡Muy bien, muy bien! Deben tocar tan bien como tú.

Les pasó, a Xochi y a Akbal, dos violines:

— Hoy, la orquesta es mixta — les dijo a las niñas sonriendo.

Ellas estaban muy divertidas con esta extraña visita: tres niños músicos, que tocaban las obras como si las hubieran estudiado antes.

La obra tocada por Pilli en el clavicémbalo, salió perfecta. Xochi y Akbal tocaron muy bien el violín, como nunca antes lo había escuchado el padre Vivaldi.

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El estilo de las obras de Vivaldi era muy especial. Había compuesto muchos conciertos para violín, flauta, oboe, violas, y además muchísimas óperas. Parecía que no tuviera tiempo sino para escribir música.

Conocer a Xochi, Pilli y Akbal, lo llenó de alegría y, mientras permanecieron en  Venecia,
no quería sino tenerlos en el Ospedale. 

Pilli aprendió en el clavicémbalo la hermosa música de un compositor llamado Scarlatti. La voz de Xochi y Pilli era admirada por todos, y el violín de Akbal sonaba tan bello, que las niñas del Ospedale se pasaban horas y horas escuchándolo. Claro está que las niñas buscaban la disculpa de escucharlo, y algunas lo que querían era admirar la apostura de Akbal.

Los niños nunca nombraron a Monteverdi como su maestro, pues éste había muerto hacía sesenta y tres años. Eran muy prudentes para que nadie fuera a sospechar que no eran humanos.

Vivaldi, conversando un día con ellos, les contó que en el norte de Europa, más exactamente, en Alemania, había gran interés por la música.

— He oído decir que en Holanda y Alemania hay muy buenos organistas. iLa música llegará muy lejos! — dijo profetizando.

Xochi intervino:

— La música de ahora se puede escribir. Anteriormente no se podía hacer, porque no existía la escritura musical. Recuerdo que el canto Gregoriano era muy difícil de escribir.

Pilli no sabía qué hacer con lo que había dicho Xochi. El padre Vivaldi le corrigió. 

— No es que "recuerdes", sino que has aprendido que el Gregoriano no se podía escribir, querrás decir.

El pobre Xochi a veces olvidaba que tenía que comportarse como un humano:

—Sí padre, eso quise decir.

—Además — dijo Pilli — los instrumentos no eran tan perfectos como ahora.

Vivaldi les explicó cuándo había comenzado el gran cambio de la música:

—Fue con el gran Monteverdi, hace cien años. El se adelantó a su época escribiendo en un estilo nuevo, muy propio de él. ¡Cómo me hubiera gustado conocerlo!

Akbal miró a Xochi y Pilli, e inmediatamente les vino el recuerdo de Monteverdi.

—¡Es tan bello enseñar! — continuó el Prete rosso. — Entre las niñas que estudian aquí, algunas son ya compositoras. Otras, muy buenas violinistas, trompetistas o flautistas. La orquesta toca mis obras y puedo escucharlas tan pronto las escribo.

En verdad, la vida del padre Vivaldi estaba por entero dedicada a la música. Llegó a componer más de cuatrocientos conciertos para violín, flauta y otros instrumentos. Además compuso muchas óperas y obras corales. Vivaldi sí era el compositor más importante de 1700 en Italia. Así se cumplió exactamente el deseo de Xochi, Pilli y Akbal. 

Los niños visitaron a Vivaldi durante varios días. Aprendieron mucho de él y pasaron horas deliciosas tocando música en el Ospedale y comiendo las deliciosas tortas que preparaba Teresa, el ama de llaves.

Llegó el día en que debían partir. Vivaldi les había hablado mucho sobre la música en el norte de Europa, así que decidieron, de común acuerdo, ir a Alemania.

— Yo pienso — les dijo Xochi — que debemos ir a Alemania, pero no en esta misma época.

— Sí — opinó Akbal. — Sería mejor si nos adelantáramos un poco en el tiempo. Así podríamos ver la música más perfeccionada.

— Eso está muy bien. Pero creo que debemos conocer primero a un gran organista en Alemania. Podría ser el maestro Buxtehude, de quien nos ha hablado Vivaldi.

— Está bien — dijo Pilli. —Trasladémonos a Alemania en esta misma época, y luego podremos pasar unos años más adelante.

Los niños adoraban la música para órgano, y muchas veces iban a San Marcos a escucharlo. Ya sabían que a las cinco de la tarde, el organista comenzaba a estudiar. Se sentaban en mitad de la iglesia para escuchar mejor. Algunas notas del órgano los hacía estremecer y a veces, todo quedaba en profundo silencio, para luego volver a comenzar.

Cuando se despidieron del padre Vivaldi, éste les aconsejó viajar a la ciudad de Lübeck.

—En esta ciudad verán cosas interesantes. Lo más importante es que podrán conocer a Dietrich Buxtehude, quien ya debe tener cerca de setenta años. He oído hablar de algunos jóvenes músicos muy importantes, como un tal Haendel, que se encuentra actualmente en Florencia y otro llamado Teleman. Será un viaje muy largo, pero ustedes están muy jóvenes, pueden viajar por todo el mundo si lo desean.

Se despidieron del padre Vivaldi agradeciéndole todo lo que les había enseñado de música en esos pocos días que habían pasado en Venecia.

Fueron directamente a la iglesia de San Marcos. Querían transportarse a Alemania desde allí. La catedral, como era tan grande, tenía algunos rincones solitarios y oscuros, donde una persona normal no se atrevería a meterse por miedo tal vez a los fantasmas, pero esto no les preocupaba a los niños. Ellos no sentían miedo. Eran las seis de la tarde, y el órgano estaba sonando en ese momento bellísimamente con las notas de una "Fuga".

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Xochi, Pilli y Akbal colocaron los ayotl en un rincón, y envueltos en la hermosa música del órgano, desearon encontrarse en la ciudad de Lübeck, Alemania, más exactamente, escuchando al organista Dietrich Buxtehude.

En pocos instantes, los niños sintieron que se encontraban en otro lugar: en una iglesia, donde también estaba sonando un órgano. 

Se encontraron en el coro de la iglesia, frente a un inmenso órgano, tocado por un viejito de peluca blanca, vestido con un viejo abrigo negro.

Estaba tan concentrado en su música, que no se dió cuenta de la presencia de los niños.

Durante una hora estuvieron parados, escuchándolo.

Sí. Era el más grande organista que los niños habían escuchado hasta entonces: sus pies volaban por los pedales, y sus manos recorrían los tres teclados con gran maestría.

Era un órgano enorme, con cincuenta y cuatro registros para los diferentes sonidos.

Cuando finalmente dejó de tocar, sacó del bolsillo de su abrigo un pañuelo de color rojo, y se secó la frente sudorosa.

Akbal tosió pasito, para que Buxtehude se volviera a mirarlos.

Tan pronto los vió, dijo en alemán:

— Vaya, vaya. . . ¡Si tengo compañía! No los sentí entrar. ¿Hace tiempo están ahí parados?

Sí señor —  le respondió Pilli. — Estábamos fascinados escuchándolo.

- ¿Y. . .  por qué?. . .¿Les gusta el órgano?

Si señor — dijo Xochi. — Nos gusta la música y en especial el órgano. 

- ¿Han escuchado alguna vez una "fuga" para órgano? Si nó. . . escuchen ésta. La he compuesto hoy mismo. Para escribir las fugas hay que saber mucho "contrapunto".

Comenzó a tocar una fuga bellísima. El mismo "tema" o melodía era repetido varias veces por las diferentes voces del órgano. Las manos y los pies del maestro se movían con una rapidez increíble.

Xochi miraba a Pilli dándole a entender lo admirado que estaba de oír esta obra tan bella y difícil. Cuando sonó el último acorde, los niños estaban emocionados y la nariz de Xochi rojísima.

— ¡Qué bello toca usted el órgano! — exclamaron.

— Amo este instrumento. ¡Es mi vida! — dijo sencillamente Buxtehude.

Invitó a Xochi a sentarse a su lado.— Te enseñaré algo.

Con una pequeña indicación, Xochi entendió lo que el maestro le enseñaba y al poco rato estaba tocando con él, como si hubiera ensayado antes.

— Eres un estupendo músico — dijo mirándolo el organista. —Tienes un talento superior. He conocido a varios jóvenes muy buenos músicos como tú; recuerdo que hace tres años vino a visitarme un joven llamado Federico Haendel. Toco muy bien el violín y el órgano. Este jóven es un gran compositor; su primera ópera ya fue estrenada en Hamburgo, el año pasado.

Xochi y Pilli estaban encantados con el viejo Buxtehude. Los dejó sentar frente al órgano y tocarlo. Era un hermoso instrumento en el cual se podía interpretar la difícil música de esa época.

Buxtehude les siguió hablando sobre las visitas que había recibido:

— Cada año recibo a muchas personas. Pero de todas las visitas, la más hermosa es la que me hizo el año pasado un joven de veinte años, llamado Juan Sebastián Bach. Este muchacho recorrió más de trescientos kilómetros, a pie, para venir a verme. ¡Nunca lo olvidaré!

— ¿El quería estudiar con usted? — preguntó interesada Pilli.

— Sí, hija. Quería aprender las nuevas técnicas para tocar el órgano y para componer música. Yo le enseñé muchas cosas. Todo lo que he aprendido en los cuarenta años que llevo de organista aquí. Estuvo conmigo cuatro meses y tenía permiso solamente de un mes. Ojalá no haya tenido problemas.

Lo que no sabía Buxtehude, era que a Bach se le había formado un gran problema, al quedarse más de lo permitido.

— Este joven Bach — continuó diciendo Buxtehude, — llegará a ser el más grande compositor de esta época. Toca el órgano muy bien, sus composiciones son perfectas, y por sobre todo, ama la música. Ustedes, que están jóvenes, podrán alcanzar a conocer sus obras y entonces, se acordarán del viejo Buxtehude.

El año en que Xochi, Pilli y Akbal visitaron a Buxtehude, fue el de 1706, el mismo año en que estuvieron con Vivaldi en Venecia.

Al oír hablar de este joven Juan Sebastián Bach, quisieron conocerlo personalmente pero pensaron que sería mejor encontrarlo más adelante, cuando fuera un hombre mayor.

— Ahora tiene veintinún años — hizo cuentas Akbal. — En 1746 tendrá sesenta y un años. ¿Les parece bien que lo veamos a esta edad?

— Creo que está bien — dijo Xochi.

— Pero, ojalá esté vivo aún en 1746.

— No me gustaría llegar cuando ya hubiera muerto  —dijo Pilli.

— Sí, pero tú sabes que los humanos no tienen segura su vida. No saben si morirán jóvenes o viejos.

Hablando así, los niños se trasladaron cuarenta años más tarde, al sitio donde debían encontrar a Juan Sebastián Bach.

 

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