|
El
pequeño mundo de Wassily Kandinsky
Por Gloria Cristina Samper
En 1922, Wassily Kandinsky vive
en Alemania tras una estadía de seis años en Moscú, su ciudad natal. Llega inicialmente
a Berlín en 1921 encargado de establecer contactos con escuelas e instituciones de
vanguardia. Sin embargo, a inicios del 22 conoce al arquitecto Walter Gropius quien lo
invita a conformar su equipo de maestros en la recientemente fundada escuela de la
Bauhaus.
La Bauhaus, que se había creado en 1919 con la idea de unir en una sola escuela técnica
experimental la enseñanza de la arquitectura, la pintura y la escultura, como oficios de
artesanos sin prejuicios clasistas, recibe a Kandinsky para
ayudarlo a enfocar y concentrar el trabajo práctico y teórico que venía desarrollando
años atrás. Inicia sus clases enseñando teoría de la forma y luego pintura, en el
taller de pintura mural. Sus investigaciones sobre la psicología de la forma y la teoría
de los colores se cristaliza dando paso a un cambio en su producción y en el desarrollo
de sus escritos teóricos.
Ya desde los primeros años de la década del 10, Kandinsky había hecho sus primeras
incursiones en la abstracción pura, buscando eliminar por completo los elementos
representativos, para trabajar sus composiciones a partir de líneas libres, formas y
colores. Desde este momento resuelve abandonar también los títulos referenciales para
bautizar sus obras con analogías musicales o simplemente con títulos de clasificación y
no de descripción. Surgen entonces sus composiciones, sus vibraciones y sus variaciones,
así como sus cuadro sobre fondo blanco, cuadro con mancha roja o ángulos acentuados.
En su afán por lograr una pintura no objetual pero también una justificación teórica
para ella, escribe en 1910 De lo espiritual en el arte, que se convertiría en la
obra más traducida y publicada del pintor. Presentado como un escrito teórico, Kandisky
busca de manera emotiva cimentar las bases para el camino del arte abstracto. Bases que
serán desarrolladas durante su permanencia en Weimar mediante variaciones con retículas,
líneas rectas oblicuas, cuñas y algunas formas libres, así como con la relación e
interacción de los colores.
Es en este contexto que produce una carpeta con 12 xilografías, de la cual, la colección
de arte del Banco de la República tiene un grabado. Pequeños mundos II
de 1922 es una pieza que corresponde a este momento de cambios fundamentales en la obra de
Kandinsky. En ella se puede apreciar una composición cuya base es el triángulo, el
triángulo se mueve despacio, de manera imperceptible hacia abajo y hacia arriba; donde
«hoy» está el vértice, estará «mañana» la otra sección, nos explica. Sobre
él se desarrolla, como problema pictórico, una preocupación del artista que consiste en
la relación entre forma y color. Será recurrente en esta época la limitación
cromática a los colores primarios, amarillo, rojo y azul, para buscar entre ellos un
equilibrio y una sintonía perfectos con la forma. En este caso, el color se ve aún más
limitado a un juego de tensiones entre el azul y el amarillo, animado por unas formas que
siguen siendo bastante libres y alejadas aún de la geometría que predominaría sus obras
posteriores.
Lo que Kandinsky nos quiere demostrar en esta serie de la cual tenemos un ejemplo en
Bogotá, es la posibilidad de crear pequeños universos autónomos o independientes de la
realidad. Allí radica el problema de sus investigaciones pictóricas del momento: cómo
generar un arte vivo, equilibrado y emocionalmente fuerte, sin que deba limitarse a las
formas y objetos que se encuentran en el mundo real. Esta preocupación se basa además en
una observación que hiciera años antes frente a una obra de Monet, la cual lo
consagraría como el padre del arte abstracto: muy en el fondo surgió en mi la
primera duda sobre la importancia de un objeto como el elemento necesario en la
pintura. Más tarde profundizaría esta idea afirmando que la producción plástica
se mueve por una necesidad interior y que si el artista es capaz de ir más allá de la
realidad, entonces será capaz de tocar el alma del espectador.
Y en efecto, frente a esta pieza gráfica de Kandinsky el espectador se siente movido
emocionalmente. A pesar de ser una obra de pequeño formato, resulta particularmente
encantadora por su capacidad de generar en quien la mira una lectura que lo lleva
adentrarse en la composición para descubrir en ella su movimiento, el efecto del color y
el lenguaje interno de las formas y los colores. Descubrirá entonces junto con Kandinsky
que determinados colores son realzados por determinadas formas y mitigados por
otras. En todo caso, los colores agudos tienen mayor resonancia cualitativa en formas
agudas (por ejemplo el amarillo en un triángulo). En los colores que tienden a la
profundidad, se acentúa el efecto por formas redondas (por ejemplo, el azul en un
círculo). y añade que,Está claro que la disonancia entre forma y color no
es necesariamente desarmónica sino que, por el contrario, es una nueva posibilidad y por
eso, armónica. |