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Juan Antonio Roda permanece en la
colección de arte
Por Gloria Cristina Samper
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Juan Antonio Roda,
Autorretrato,
1982. |
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Su memoria se remonta a los
últimos días de abril o comienzos de mayo de 1948, cuando en los preliminares de una
sesión cinematográfica en el Tívoli, en la barcelonesa calle Caspe, el noticiero No-Do
proyectó las espantosas imágenes del "bogotazo": los hechos del 9 de abril,
premonitoriamente, fueron las primeras noticias contemporáneas que Roda tuvo de un país
al que ni remotamente sospechaba se habría de trasladar siete años más tarde. (R.
H. Moreno-Durán - Boletín Cultural y Bibliogáfico. Número 38, 1995)
En efecto, Juan Antonio Roda llegó a Colombia en 1955, para quedarse a
desarrollar su obra hasta el día de su muerte el pasado 29 de mayo. Deja tras de él un
profundo legado en el arte colombiano y un espacio vacío entre quienes lo conocieron.
Desde los primeros momentos comenzó a vincularse a la escena artística del país. No
sólo desarrolló el cuerpo de su obra de una manera aplicada y dedicada, sino que se
convirtió en una figura influyente para la academia, la crítica y las discusiones
culturales. Roda fue profesor de las universidades Nacional y de los Andes, así como
director de la Escuela de Bellas Artes de ésta última. Participó en debates y fue
jurado de salones, y fue maestro de varias generaciones de artistas que hoy lo recuerdan
con gratitud y nostalgia. En su obra llega al límite del caos, al trabajar
intensamente los nexos entre la realidad pictórica figurativa y abstracta. Cuando
enseñaba, sus palabras y gestos conducían a una apreciación del modelo o de la obra en
la que conjugaba espacios, color y pinceladas. Su participación en asesorías
artísticas, salones o juntas indicaban que se había vinculado cabalmente en la vida
artística colombiana. Su conversación sobre literatura, cine, teatro, música o temas
políticos y cotidianos tenían correspondencias de color y movimiento, recuerda Beatriz
Gonzalez, alumna suya en los años 60.
Y es que Roda
conquistó poquito a poco, con paciencia y dedicación cada pedazo de terreno que le fue
perteneciendo hasta ubicarse al final de su vida en la tierra más fértil del arte
colombiano moderno. Esto lo confirma Carmen María Jaramillo quien acertadamente lo ubica
junto a Alejandro Obregón, Edgar Negret, Eduardo Ramírez Villamizar, Guillermo Wiedemann y Enrique Grau, entre el grupo de los primeros modernos que
expresan total desinterés frente al planteamiento nacionalista de sus antecesores y
manifiestan, desde su obra, la necesidad de una renovación en los terrenos formal y
conceptual, y la importancia de generar una apertura hacia el arte internacional, pero
desde una propuesta que no pretenda reflejar las vanguardias europeas o
norteamericanas. [
] Ellos van a ser los artistas más significativos de
este grupo que, pese a no constituir un movimiento ni proferir manifiestos, generan desde
Colombia planteamientos propios del arte moderno. Algunos han dado en llamarlos el grupo
trabista en virtud del significativo intercambio de ideas que mantuvieron con la crítica
argentina Marta Traba, quien desde sus escritos y a partir de sus gestiones, respalda su
trabajo y contribuye a proyectarlo tanto en el campo nacional como hacia el
exterior."
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Juan Antonio Roda
Risa 1, 1972
Aguatinta y aguafuerte sobre papel
Colección Banco de la República |
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Hoy, nos podemos alegrar de que
en la colección de arte del Banco quedara Roda bien representado con varias de las
importantes series que trabajó desde los años 50. Se destacó como dibujante, pintor y
grabador, y trabajó siempre en series que no permanecían fieles ni a la figuración, ni
a la abstracción, sino que se movían entre una y otra con gran libertad. La siesta, de
1957, es la pieza más temprana que tiene la colección. A ella le siguen obras de los
años 60 pertenecientes a sus series abstractas Escorial y Tumbas y su serie figurativa
Cristos (sala 2 de la exhibición permanente). Cuando en 1971 Roda resuelve dedicarse de
lleno al grabado, desarrolla hasta 1976 cuatro series importantes: Retratos de un
desconocido, Risa, El
delirio de las monjas muertas y Amarraperros. De ellas la colección guarda un Retrato de un desconocido de 1971, y la serie completa de los ocho
grabados de Risa
de 1972, en los cuales las figuras femeninas aparecen enigmáticas detrás de unos trazos
maravillosos de gran dibujante.
De los años 80, época en que retorna a la pintura, nos queda un óleo impactante por su
colorido y composición. Se trata de Montaña 7 de 1988 en la cual la relación con el
título se presenta con una alusión a su forma triangular alrededor de la cual una
maraña de fuertes trazos predominantemente rojos, azules y grises forman un universo de
color que anticipa sus reflexiones sobre la riqueza del trópico. Su último trabajo se
concentró en este tema al cual llamó La
lógica del trópico, mismo título que lleva la obra más reciente del Banco, de
1997.
De las múltiples exposiciones que realizó en su vida, vale la pena mencionar tres: por
un lado, la selección que hizo Marta Traba de su serie Las Tumbas para inaugurar el
actual Museo de Arte Moderno de Bogotá en 1963. Por otro lado, las dos retrospectivas que
se hicieron de su obra; la primera, Juan Antonio Roda 1963-1972 en el Museo de Arte
Moderno de Bogotá en 1972 y la segunda, en 1992, en la Biblioteca Luis Ángel Arango con
la curaduría de Carolina Ponce de León, Juan Antonio Roda: habitar la Pintura,
1938-1992.
Nos quedan sus cuatro nocturnos de El escorial de 1996. Ellos corresponden a un trabajo de
ilustración que hizo a los cuatro nocturnos de El Escorial del libro de poemas Crónica regia de
Álvaro Mutis. En ellos tuvo la oportunidad de regresar a un tema fascinante para él
trabajado en los años 60 y mantenerse vinculado a otra pasión que fue la literatura.
Esto nos permite retomar las palabras de Fernando Quiroz en 1991: Estaba convencido
de que sería escritor. Era un lector desaforado. Y de tanto leer, creyó que esa pasión
que alteraba sus sentidos era la del hombre que quiere recrear el mundo con palabras. Pero
no era así: cuando trataba de componer un párrafo, no soportaba que sus manos se
sintieran inmóviles mientras encontraba la palabra precisa. Entonces dejaba que el lápiz
se deslizara a su antojo, y la hoja terminaba convertida en un dibujo. De manera que
cuando descubrió su verdadera vocación, Juan Antonio Roda ya tenía muchas historias
contadas con imágenes.
Finalmente, nos queda en la memoria su personalidad de gran artista y gran persona que no
se intimidaba al encontrarse con el público más sofisticado o el más común, como nos
lo demostró en la charla tan amena que dio el 4 de mayo de 2001 en las salas de la
colección. En ella contestó de la manera más clara pero con gran rigor, a la pregunta
de un mecánico de profesión que asistió ese día: ¿Para apreciar su obra debe uno
saber de arte? Claro que sí!, si no, sería como tratar de arreglar un carro
sin saber de mecánica.
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