Colección Banco de la República

 


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Eladio Velez en Casa de Moneda

Dentro del programa de exposiciones retrospectivas de maestros colombianos, en el mes de marzo se inauguró la exposición Paisaje, frutas, retrato. Eladio Velez 1897-1967 curada por Alberto Sierra. Esta exposición hace un recorrido por la producción de un destacado artista antioqueño cuya obra está representada en la colección de arte del Banco. A continuación se presenta un extracto del texto Eladio Vélez como sí mismo, de Alberto Sierra y Patricia Gómez, y que hace parte del catálogo, para entender mejor la obra de Eladio Vélez:

Marina
1928
Pintura, óleo sobre tela
60 x 80 cm
registro 1704

 

Autorretratos. Para comenzar: ¿Qué es lo aún no dicho de Eladio Vélez? ¿Quién es el retratista, el pintor de atmósferas, el de los interiores antioqueños, íntimos, sosegados y plenos de domesticidad?

En su autorretrato de juventud la mirada es altiva, tenaz y desafiante, cualidades que mantuvo siempre firmes en la identidad como un pintor cuyo idioma fundamental es la pintura misma. En sus autorretratos de mediados del siglo, Eladio Vélez irradia serenidad y una clara elegancia; está el corbatín o el lazo de seda, el brazo cruzado, la mirada inquisitiva. En la esquina inferior derecha del cuadro hay un tono de óleo rojo, un elemento de puntuación visual recurrente en su obra. Permanece la intensidad y quizá un poco de vanidad y arrogancia; una madurez, fruto del entendimiento de su diferencia con los artistas colombianos de su generación, aquellos que fueron sus amigos y en ocasiones también sus contradictores. En el año 29 la mirada es desafiante; en el 51 tiene aire de reposo, rodeado por sus cuadros. Es Eladio, el individualista, el personalísimo, el que fue siempre fiel a sus postulados, a la verdad de la pintura.

Ciudades y paisajes. De las acuarelas de los años 18 y 19, a la gran ciudad: el paisaje con casas de 1917 cede el paso a las composiciones urbanas estrechas, densas, construidas verticalmente, rematadas en diáfanos cielos. El sentimiento que da origen a Paisaje urbano con mujer en la calle, de 1924, reaparece en los nuevos paisajes de París, Roma y Florencia, plenos de luces y sombras. En Venecia, en el año 27, pinta en acuarela la vista de un puente rematado en un edificio común. Del bosquejo al óleo, poco cambia; la mujer sentada en el muro es reemplazada por el gondolero. Eladio no privilegia la perspectiva monumental. Sus lugares son en gran medida corrientes, carentes de señas particulares de identidad, plenos de una cotidianidad cálida y amable. […] Sus espacios urbanos están llenos de transeúntes que vienen y van; la presencia es de personas sin contacto: podría entenderse como expresión inconsciente de la percepción de vacuidad de la ciudad. Sin embargo, su realismo señala su interés en los asuntos específicamente pictóricos de la composición: el color, la dinámica de los planos, la materialidad del óleo frente a la transparencia y versatilidad de la acuarela, su interés por los impresionistas, en particular su personal admiración por Cézanne.

Eladio Vélez es uno con su obra. Habita en ella, está en el paisaje, vasto e ilimitado, como un observador. Fascina la forma de no privilegiar una pintura de opinión, cuyo trasfondo sea "otro" que lo pintado. Es la fidelidad a pintar el mundo como lo que es, como él lo vive y está en él. El pintor estadounidense, Edward Hopper (1882-1967) dijo: "Creo que jamás he tratado de pintar el paisaje norteamericano; he tratado de pintarme a mí mismo". La verdad de la naturaleza está en el derrumbe, en la mancha ocre que rompe los verdes; es la naturaleza entendida como verdad, una verdad a veces inquietante, desligada de la mirada idealizante o moralista.

Eladio pinta el paisaje colombiano como si no hubiera otro mundo, "como si fuera el único en el mundo y no hubiera otra cosa que hacer". Desprovisto de todo afán interpretativo, hace con su pintura un relato donde la arquitectura, el hombre o el progreso son incidentes, descargados de una significación más allá de su propia autonomía. Juega con el paisaje infinito donde la luz blanca, los cielos nublados, las montañas azuladas, verdes y moradas de Antioquia son la atmósfera irrepetible, irreemplazable. Están allí como una necesidad. Después de las alamedas de París, del Parque de Luxemburgo (1928), hay en las acuarelas y oleos de los años cuarenta, una apertura del horizonte, un espacio sin limites que recuerda a Walt Whitman y su canto al vasto espacio de los Estados Unidos. La experiencia de los años europeos no cambió a Eladio en el sentido de sentir vergüenza por lo propio, por lo provincial. Tampoco lo convirtieron en un americanista exaltado ni en un abanderado social. […]

Cézanne y el arte de ver las manchas. La obra de Paul Cézanne fue paradigmática para Eladio. El pintor francés representa la búsqueda de una modernidad que no existía. […]. De Cézanne toma el arte de ver, lo relativo de la vista […]. En Eladio los sucesivos planos cortados son percibidos como manchas, masas y planos, como en la acuarela de Titiribí, del 59, o El paisaje con montañas y casas, del 58, o La invendible, de 1960.

Interiores, bodegones, retratos. El tratamiento de interiores en la obra de Eladio, de un intimismo cálido, amable y cariñoso, saca a la luz su exquisitez compositiva y cromática, el escrupuloso estudio de la composición. Mas allá de esto, está la recreación de un ambiente domestico en el ámbito de la vida privada de su casa, o la de sus amigos. En la misma forma, como unos microcosmos en la intimidad de su casa, están los maravillosos bodegones. […]

Para Eladio Vélez, el realismo implícito en la imagen pictórica neutral, en sus retratos en interiores, coincide con la obra de Edward Hopper en su capacidad de retener el sentido de las cosas y de los lugares a partir de una actitud analítica, de bajo perfil e introspectiva. En la calidez de su intimidad doméstica, retratada en su trabajo, hallamos la clave que lo marcó como el pintor que hizo de su propia individualidad y visión del mundo un personalísimo paradigma.

 

 


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