El liberalismo clásico

 

Para comprender el sentido de esa asombrosa aventura que fue la consolidación del liberalismo como doctrina política, debemos situarnos en la Europa continental del siglo XVI. En esos años ocurrieron hechos que cambiaron la cara y el destino del mundo: los grandes descubrimientos se sucedían, el comercio comenzaba a adquirir dimensiones planetarias, la producción abandonaba definitivamente su carácter pueril de simple economía de subsistencia para trocarse en ilimitada, por obra de las invenciones técnicas, y el viejo anhelo de libertad individual obtenía ritmo irreprimible. En suma, las fuerzas productivas sea hallaban en pleno desenvolvimiento.

Esta revolución, desde luego, no se dio de manera súbita. Desde varias centurias atrás se percibían los cambios que habrían de conducir a ese resultado. ¿Cómo seguir tolerando una organización económica que limitaba el número de explotaciones? ¿Cómo soportar más un sistema en el que el siervo estaba siempre adscrito a la gleba y el aprendiz a su oficio, todo meticulosamente reglamentado y a base de monopolios? En vez de lo señores feudales, que carecían de la noción del cambio, por lo cual la Edad Media . fue antes que otra cosa el reinado de la fijeza y del tradicionalismo, había que abrirle la ruta a tantas energías sociales en ebullición.

Desde el siglo XI se observaba el desarrollo de las ciudades en diferentes partes de Europa, las que tropezaban con el estorbo de los gremios profesionales. Esas ciudades, en las que dominaban los comerciantes y artesanos, eran centros de individualismo, rodeados por la inmensa red señorial con su severa organización jerárquica. El comercio internacional, al tomar vuelo, corría a cargo de hombres de gran iniciativa, que naturalmente procedían a romper los cuadros estrechos en que se venían moviendo las actividades productivas y de intercambio. Era lógico entonces que la primera demanda de los comerciantes fuera la de la libertad. Otro núcleo económico iba a actuar dentro de esa misma dirección: fue el constituido por quienes habían obtenido del rey el privilegio de explotar las minas. Con base en los ricos yacimientos de plata de Hungría, el Tirol y Bohemia, se formaron considerables fortunas personales. Hombres de presa como los Fuggers, de Alemania, y Jacques Coeur en 'Francia, obtuvieron señaladas preeminencias, entre otras, la de ser banqueros de los reyes. Jacques Coeur llegó a establecer 300 factorías en Inglaterra y en Bélgica. Debe destacarse en ese período la estrecha alianza de la burguesía mercantil, financiera y manufacturera con el monarca, fenómeno que tanto contribuyó al establecimiento del Estado moderno.

Para ese desarrollo, de tipo industrial especialmente, era necesaria la conjunción de dos factores: la acumulación de capital, el cual ya existía, según acabamos de decir, y una creciente masa de trabajadores proletarizados. En la ilustrativa descripción que de esa época hace Jacques Pirenne (1), se ve cómo pequeños menestrales que tejían paños con lanas facilitadas por comerciantes, acabaron por estar al servicio de éstos, como obreros. Igualmente señala aquel historiador que algunos miembros de la nueva clase de negociantes, al encontrarse estrechos en el marco municipal fueron a instalar sus talleres en el campo, sin duda en busca de mano de obra más barata. Todo esto fue desintegrando el feudalismo, y así encontramos que en 1415 Florencia eliminó definitivamente la servidumbre del hombre de la gleba, y casi un siglo después ocurrió lo mismo en los Países Bajos.

No debe creerse sin embargo que toda Europa experimentó al mismo tiempo esta mutación de signo capitalista. Eso ocurrió en la parte Occidental, no así en la Oriental, que debió seguir por un extenso período dentro de los cuadros tradicionales, ajena por tanto a la sacudida del Renacimiento y al despertar del individualismo y de las ansias libertarias.

Acabamos de mencionar el Renacimiento. Sin el potente desarrollo económico y social a que hemos aludido, él no habría sido posible, como también es cierto que su influencia se hizo sentir inmediatamente en la velocidad que adquirió ese desarrollo. Sin duda fue en el terreno jurídico donde primero se percibió el ímpetu renacentista. Y era natural. La joven burguesía, ebria del deseo de afirmar su personalidad, no podía regirse por las normas de tipo feudal, las que lo menos que hacían era impedir que se manifestara la libre personalidad. Esto implicaba la resurrección del Derecho Romano, y por eso él se propagó por la Europa continental. Si el comercio entre naciones estaba adquiriendo el volumen y la regularidad de que hemos hablado, era necesario que el hombre de negocios tuviera delimitados y asegurados sus derechos.. Y dentro de esa indispensable ordenación jurídica, el hoy llamado Derecho Internacional debía obtener particular relieve, ya que por obra del' comercio, de radio muy extenso, se ponían en relación individuos de un país con los de otros. E1 Estado Nacional, comenzaba a ser un hecho, y de ahí se desprendía la existencia, por lo menos en boceto, de una comunidad internacional.

La fundación de varias universidades en el siglo XV, aunque sometidas al principio a la Iglesia, atendió a la necesidad de impulsar no sólo la ciencia del Derecho, sino otras, vitales para el desarrollo iniciado. Cuando un artista como Leonardo da Vinci, al par que contribuía al resurgimiento de la estética y de todas las formas de belleza hablaba de la importancia que tendría para la agricultura 1a técnica de la irrigación, se situaba en el espacio del hombre del cuatrocientos, ávido de creación individual, y de ahí que propiciara la vuelta al mundo clásico y que exaltara la necesidad de amaestrar la naturaleza para que le sirviera a la raza humana.

Al fundir en plomo los caracteres impresos en madera, Gutemberg iba a hacer posible hacia 1440 la difusión rápida de las obras científicas y literarias, al tiempo que se generalizaba en Europa la fabricación de papel, asombroso invento de la China y del Asia Central. El Renacimiento, en suma, no fue sólo un episodio brillantísimo en lo que se relaciona con el arte, sino una secuencia de innovaciones en los diversos órdenes del conocimiento, cuyo resultado fue la afirmación del ser humano como sujeto del cambio social y de la historia. Mientras más cundía el gusto de la emancipación individual, el hombre de esa época sentía que se ensanchaba su fe en el destino que le esperaba. No fue cosa del azar que el genio representativo de ese tiempo, Leonardo, hubiera descubierto la irrigación de la sangre y presentido la teoría de la gravitación universal. Debió haber sido muy intensa la euforia de esos días cuando un personaje exclamó en pleno arrobamiento: ¡Oh, qué gran milagro es el hombre!

De ahí que para volver al período que hemos tomado como punto de partida, la iniciación del siglo XVI, digamos que tiene razón Pirenne cuando afirma que no fue el descubrimiento de América el que creó las condiciones de una economía nueva, sino que, a la inversa, fue el desarrollo del capitalismo el que empujó a Occidente a la búsqueda de otras rutas para el tráfico, las cuales, una vez consolidadas, precipitaron y ampliaron el ritmo de la economía capitalista, en proporciones tales que habría de transformar por completo el equilibrio del planeta.

Debemos tener presente que no sólo había aparecido el capitalismo. Otro fenómeno no menos importante surgió como punto cenital de la evolución descrita: fue el colonialismo. De ese modo la conquista y la colonización de América y del Asia quedaban inscritas en el orden de las cosas, con todo lo que aquéllas significaban para que el sistema capitalista pudiera implantarse como fenómeno mundial. Era lo que más tarde habría de llamar Kipling "la carga del hombre blanco".

De los soberanos de la primera mitad del siglo XVI fue sin duda Carlos V el que mejor entendió lo que estaba sucediendo. Coronado rey de España en 1516 y Emperador en 1519, gracias al apoyo de los banqueros Fuggers, sintió que su deber era extender su dominación sobre otros pueblos y de ahí su divisa orgullosa: ¡plus ultra! En ese mismo año de 1519 Hernán Cortés empezaba la Conquista de México y dos decenios después formaban parte del Imperio Español toda la costa del Pacifico y la América Central y del Norte. Lo que muestra mejor la clarividencia de Carlos V fue el convencimiento a que llegó de que no podían subsistir y ser gobernadas por la misma política dos regiones tan dispares como la Europa Occidental, volcada ya hacia el capitalismo, y la Central que todavía se inscribía en el orden feudal. Por eso en 1522 procedió a dividir el Imperio, con base no en criterios geográficos sino económicos. El se quedó con la parte marítima, es decir la Occidental, y le dejó a su hermano Fernando I la Continental, o sea la atrasada. El mar era en aquella emergencia, España, Italia y los Países Bajos, como quien dice la fracción del Imperio con apetencias no sólo capitalistas sino colonizadoras, para lo cual era imprescindible el control de la navegación ultramarina. El ecumenismo de su religión, la católica, había de ayudar a Carlos V a hacer del Imperio algo sinónimo de dominación universal.

A1 comenzar a integrarse al mercado mundial, el hombre de la nueva época tenía que actuar en términos planetarios. El criterio del éxito, en este caso la acumulación de la ganancia, era el que en definitiva decía si se había escogido el buen camino. Cualquier error era castigado con la ruina. A la luz del sistema que se estaba inaugurando, el que obtiene riqueza cumple una tarea que la sociedad debe aplaudir, ya que el bien social es el resultado de las acciones ejecutadas por ese individuo que se comporta como bravo en una organización del tipo de la capitalista, selvática por naturaleza. Como señala Laski (2), antes del advenimiento del sistema capitalista los hombres vivían dentro de una ordenación en que las instituciones efectivas -Estado, Iglesia o gremios- juzgaban el acto económico con criterios ajenos al mismo acto. Ahora el juicio económico se manifestaba según que el interesado hubiera triunfado o no en la actividad emprendida. O sea que según el autor citado, el movimiento del feudalismo al capitalismo es el tránsito de un modo de vida en el que el bienestar individual es el efecto de la acción socialmente controlada, a un conjunto de conceptos en los que el bienestar social aparece como el resultado de la acción individualmente controlada.

 

 

Las tres direcciones de la evolución

Se hallaba por tanto la sociedad en frente de un tipo humano distinto: era el nuevo empresario, el administrador, el comerciante, y ¿por qué no decirlo?, el aventurero. Ese tipo, desconocido antes, tuvo tiempo para cuestionar el dogma y para abrir los horizontes científicos, lo cual se presentó en tres direcciones:

a) La reforma de la Iglesia: aunque lanzado a la vida pública en uno de los años cenitales, Lutero no puede considerarse como uno de los guías espirituales de la nueva época. Su posición fue ambivalente: por su culto de los valores medioevales, por su principio tutelar "el justo se salva por la fe", por su defensa de la tesis tomista del justo precio, por su condenación del préstamo a interés y por su adhesión a la causa estrictamente nacional, el predicador alemán demostraba que no era apto para entender el capitalismo. Pero sí le prestó un eminente servicio al minar la autoridad de Roma, al denunciar la opulencia desafiante en que vivían las gentes que rodeaban al Papa y negocios tan torpes como la venta de indulgencias, aunque ésta se disimulara con el noble pretexto de la necesidad de terminar la Capilla Sixtina. Ésa acumulación de riquezas en manos de un núcleo ocioso y su condenación por el rudo reformador, le permitían entrever la creciente clase burguesa, la posibilidad, que luego fue un hecho, de la confiscación de esa inmensa suma de bienes materiales para lanzarlos al torrente de los intercambios.

Del mismo modo le servía al capitalismo, individualista por esencia, la campaña de Lutero dirigida a la interpretación libre de las Escrituras. No hay que olvidar que la imprenta estaba ya a la disposición de todos, por lo cual se multiplicaban las ediciones de la Biblia.

Mucho más positivo en el empeño de despejarle la vía al capitalismo fue el aporte de Calvino. Este hizo de la conciencia individual la base de la fe, punto a que no pudo llegar Lutero, quien anteponía la decisión del príncipe terrenal a la del individuo. Calvino entonces se nos presenta como el reformador que batalló con su intransigencia, bien conocida, por devolverle al catolicismo los dos principios básicos, el del individualismo y el de la universalidad, que eran justamente los que el capitalismo más necesitaba. Si tenemos por otro lado en cuenta que el dictador de Ginebra autorizó el préstamo a interés, que era partidario de que se extendiera la ciencia, y que comulgaba con la tesis de los últimos canonistas medioevales de que el principio del justo precio es ya insostenible, entendemos por qué su doctrina y su obra se extendieron con fuerza en los países capitalistas, aunque esa doctrina y esa obra se vieron deslustradas por la propensión de Calvino a las persecuciones religiosas y a llevar el combate contra los herejes a exageraciones que estremecen.

De todas maneras, la reforma significó el desmoronamiento en la parte espiritual del orden económico del medioevo. Removidas las restricciones morales, el capitalismo podía caminar con piernas incansables. Cuando algunos teóricos atacaban la abundancia de días festivos, no lo hacían por el gusto de provocar la cólera del Vaticano, sino porque el nuevo sistema tenía un altísimo valor del tiempo. Así elaboró la magnífica consigna: el tiempo es oro. Vino en consecuencia un desarrollo tal de la técnica de la relojería, que fue posible medir hasta los segundos y hacer que cada quien pudiera adquirir a bajo precio el maravilloso artefacto.

b) Los Humanistas. Nos referimos concretamente al movimiento de renovación espiritual aparecido a comienzos del siglo XVI y que lleva aquel nombre, aunque otros prefieren llamarlo el de los Erasmistas. El jefe de fila de ese grupo, Erasmo de Rotterdam, publicó en 1508 "E1 Elogio de la Locura", ataque ingenioso y cáustico a la teología escolástica. A su vez, Tomás Moro dio a conocer en 1516 su "Utopía", libro en el cual el pensador inglés, llevado por su pasión democrática, llegó a sostener el comunismo de bienes. Los dos hombres, Erasmo y Moro, se conocieron poco después y de allí emanó una amistad que fue fecunda para la marcha de las ideas. En torno de ellos cuajó una constelación de agitadores intelectuales, estilo Luis Vives, el español, que pusieron al día un nuevo humanismo que giraba en torno de la libertad del espíritu. Para dar ejemplo de ella, Erasmo supo resistir las tentaciones de Roma para que aceptara el capelo cardenalicio. A fin de apreciar lo que significó ese aporte, hay que tener en cuenta la atinada observación de Pirenne de que no es cierto que Lutero hubiera fundado la libertad de conciencia, ya que no hizo otra cosa que desplegar el principio de autoridad; pues del Papa lo transfirió a la Biblia y de ésta al respectivo monarca temporal. El luterano debe por tanto inclinarse ante el Estado, como debe hacerlo ante el Creador mismo. Esto nos permite comprender por qué uno de los primeros actos de Erasmo fue romper con el reformador protestante. Es claro que los humanistas en mención eran cristianos, pero dentro de esa religión colocaban muchos granos de tolerancia y de racionalismo. Armados de sus libros, de su influencia en la educación y de su multiforme capacidad polémica, los erasmistas le infligieron golpes irreparables a la intolerancia y a los desvaríos religiosos.

Por eso supieron enfrentarse a monarcas como Felipe II que quisieron destruir en la cuna esos avances de la libertad de pensamiento, para establecer un imperio que combinaba la ortodoxia católica con el absolutismo político. Mientras los erasmistas alentaran, allí donde hubiera un conato reaccionario ahí estaban su presencia y su acción. Hablando de ellos escribió Germán Arciniegas: (3) "No es poco el riesgo que implica reclamar de los grandes una conducta severa, cuando las cortes se han relajado, ni sostener la teoría de la paz frente a guerreros ambiciosos y triunfantes -entonces hasta el Papa tenía ejércitos y los usaba-, ni contraponer la idea de un gobierno justo para el hombre libre a la política de cálculo frío e inescrupuloso de los nuevos Estados, ni alzarse contra el poder de la burguesía que comienza a enriquecerse con las máquinas para defender a quienes iban hundiéndose en una pobreza precursora de la de los tiempos modernos".

c) Desarrollo de la ciencia y de la técnica. Los grandes descubrimientos, la creación de un mercado mundial y los avances de la libertad del espíritu, tenían que suscitar un progreso inusitado de la ciencia y de la técnica. Es evidente que la navegación oceánica exigía la colaboración de la astronomía y de la física, que para atender la producción fabril de escala era preciso construir máquinas tejedoras, que para explotar la metalurgia había que aprender a hacer perforaciones a gran profundidad, y que inclusive el nuevo arte militar hacía indispensables audaces avances en la ingeniería. Como dice Laski; a fines del siglo XVI se veía. claro el decurso en virtud del cual las investigaciones emprendidas socavaban la influencia de la fe sobre la mente y conducían a la elaboración de una nueva cosmogonía, con ayuda de la cual el hombre afincaría su poder sobre el universo físico.

A poco vendría Bacon a decir que merced a tantos descubrimientos se había cambiado "la faz y el estado de las cosas en todo el mundo", y a exaltar la importancia que tiene el saber, no por el deleite que produce sino "por el poder que el saber confiere". Bacon no fue sólo un pensador que pedía más y más experimentos, el abandono de los prejuicios y el empleo de la razón, sino un hombre de Estado, condición en la cual defendió la usura, con lo que demostraba que le daba mayor importancia a las necesidades de la economía que a los principios teológicos. Una de las ideas formidables que expresó fue ésta: "Hay que obedecer a la naturaleza para poder gobernarla". Obedecerla sí, es decir, descubrir el ritmo que ella sigue, pero eso se hace para algo, para ponerla, con un sentido utilitario, a disposición de los hombres. Para ser más exactos, lo que requería ese dominio sobre la naturaleza era la urgencia de activar la producción y el comercio.

Todos estos fueron hitos capitales en el proceso iniciado por el Renacimiento.

 

 

El liberalismo

El sistema capitalista, cuyos balbuceos y primeros pasos hemos tratado de anotar, necesitaba una doctrina política que expresara sus relaciones con el Estado, con la opinión pública, con el hombre mismo, como sujeto de derechos, y desde luego con los otros Estados. Fue el liberalismo. Este debía en primer término interpretar el hecho de que el nuevo sistema económico exigía una amplia apertura hacia el individualismo, y de ahí la ofensiva intelectual contra las viejas formas de organización social que al colocar al individuo dentro de una telaraña de reglamentaciones, le quitaba toda libertad de movimiento, como también había que combatir al papado, el cual mediante las redes restrictivas del dogma o la inmovilización de inmensas propiedades, reducía el juego del espíritu creador y el ámbito en que se mueven las fuerzas productivas: Es decir, el hombre que el liberalismo tenía por delante era un ser lleno de iniciativas y de atrevimiento.

De ese modo dice Laski (4): "Los fundamentos de una doctrina liberal, por decirlo así, se establecen en el siglo XVI. Existe una disciplina social cuyas sanciones son independientes del ideal religioso. Hay un Estado que se basta a sí mismo. Una disposición intelectual consciente, quizá un poco inquietamente consciente de que una limitación del derecho especulativo es también una merma al derecho del poder material. Tenemos un nuevo mundo físico, tanto en el sentido geográfico como en el ideológico. Puesto que el contenido de la experiencia es nuevo también, se requieren postulados nuevos para su interpretación. Su carácter se está definiendo en el campo de la teoría social no menos que en los de la ciencia y de la filosofía. Su contenido es material y de este mundo, en vez de serlo espiritual y del venidero. Es expansivo, utilitario, confiado en sí mismo. Pone adelante el ideal del dominio sobre la naturaleza por razón de la tranquilidad y comodidad que conferirá tal dominio. Es en su esencia el punto de vista de una nueva clase que, con la autoridad, está convencida de que puede remoldear los destinos del hombre en forma mejor que en el pasado. Ha apuntado la filosofía sobre la que se propone proceder".

O sea, para decirlo en forma más abreviada, hacía falta una doctrina que legitimara tantas oportunidades de riqueza que había venido creando el proceso de que hemos dado cuenta. El liberalismo es por tanto la justificación filosófica y política de las prácticas y expectativas creadas por el sistema capitalista.

El liberalismo así basado en la evolución de la época vino al mundo con el vigor y con el peso que le daban antecedentes de cinco siglos. Respirando el aire de su tiempo, se fusionó desde sus orígenes con la noción de libertad, lo que le dio desde entonces la predisposición a enfrentarse a todas las modalidades del privilegio, y a las pretensiones de la autoridad de salirse de ciertos límites. Se esbozaba así el Estado constitucional y el catálogo de derechos sin los cuales no se concibe la acción del hombre en la sociedad. Pero a quiénes beneficiaba el reconocimiento de esa tabla de derechos y de libertades? Aquí aparece el gusano en el fruto: naturalmente a los miembros de las clases poseedoras, circunstancia que en aquel momento no empañaba el lustre de la doctrina liberal, pero que habría de traerle dificultades sin medida cuando en el seno de las ciases trabajadoras empezaran a brotar reclamaciones dictadas por el afán igualitario y por el sentimiento de la dignidad.

Pero el liberalismo no es sólo un conjunto doctrinario; es también un modo de ser, una conducta: en ese sentido ha sido escéptico por naturaleza, tolerante y enemigo de todos los expedientes que conduzcan a la regimentación y al unanimismo.

Para poder fijar con exactitud el pensamiento liberal frente a las libertades, hay que recordar dos frases que definen el cambio ocurrido: en la Edad Media había regido el principio de que "sólo puede hacerse lo que está permitido expresamente". Ahora regía éste: "Es permitido todo lo que no está prohibido expresamente".

El vasto complejo de libertades y derechos defendidos por el liberalismo se formó por la confluencia de las tres corrientes enumeradas por Werner Sombart (5):

Una corriente de derecho natural, o sea, la apelación a los inalienables derechos económicos del hombre; una corriente filosófica-metafísica, consistente en la creencia en una armonía preestablecida dentro de una comunidad formada por seres independientes unos de otros, y una corriente utilitaria constituida por los intereses del empresario capitalista, del comerciante y del artesano que ha logrado independizarse de su gremio.

Para ser más concretos, esas libertades pueden reducirse a dos series: las de carácter económico, que en una u otra forma provienen de la propiedad privada. Las principales son:

1) La libertad de industria, o lo que es lo mismo, la libertad de ejercer la actividad que uno quiera, como quiera y donde quiera;
2) La libertad de contratación, y
3) La libertad de apropiación, que se descompone en la libertad de utilización de bienes, en la de enajenación y en la de sucesión hereditaria, que es tanto como decir la libertad de extender el derecho de propiedad más allá de la muerte.

Como se ve, las libertades económicas son de naturaleza capitalista, lo cual nos permite sostener que no tienen por qué prolongar su vigencia una vez que desaparezca ese sistema. El hecho de que hayan girado en torno de la propiedad privada, condujo a que después de varios siglos de existencia, se encuentren en los últimos tiempos frente a una contradicción con las. corrientes de orientación socialista, las que afirman que es concebible una sociedad en la cual aquel tipo de libertades desaparezca sin ningún deterioro para el hombre, antes con positivas ventajas para su desarrollo, como lo veremos en su hora. En síntesis, la circunstancia de que el liberalismo hubiera hecho desde su aparición causa común con la propiedad privada de estirpe capitalista, la que permite la explotación de unos hombres por otros, le confiere a esa doctrina política, en dicho dominio, un carácter transitorio, por lo cual no deberá tener cabida en el mundo futuro.

Muy distinta es la situación del segundo grupo de libertades individuales y políticas, que a nuestro entender deben subsistir aunque cambie el sistema. Las principales son:

a) La libertad de pensamiento, de conciencia y de expresión;
b) El derecho a la vida y a la seguridad;
c) La inviolabilidad del domicilio y de la correspondencia;
d) La libertad de conciencia, de pensamiento y de expresión;
e) El derecho a no ser condenado sin ser oído y vencido en juicio;
f) el derecho a tener una nacionalidad, a salir de su país y a volver a él;
g) La libertad de asociación y de organización;
h) El derecho al sufragio y a las diversas formas de participación ciudadana, y
i) El derecho a la existencia de las minorías y de la libertad de la oposición.

Es de advertir que en el decurso de los tiempos esas libertades y derechos han sido enriquecidos con otros, como los de carácter social, y que forman parte de las declaraciones de derechos del hombre, sean éstas de carácter universal, regional o nacional. Inclusive en los últimos años se han propuesto otros, muy novedosos, como la garantía de la estabilidad de la moneda y el derecho a la información.

Los fundadores del liberalismo tuvieron en cuenta las dos aspiraciones centrales del hombre, la libertad y la igualdad. Como no era posible que en aquel instante de ascenso de una clase a costa de las otras, esas dos aspiraciones fueran equiparadas, el liberalismo optó por la libertad. Era lógico, porque en ésta veía la garantía para el individuo de desplegar su acción sin imposiciones de los que ejercieran el mando. La lucha por la igualdad quedaría para épocas posteriores, y ante la imposibilidad de que el liberalismo la hiciera suya por las jerarquías sociales a que él dio lugar, pasó a convertirse en el principio animador del socialismo.

A1 hacer el liberalismo el escogimiento de la libertad, y al dejar a un lado la igualdad, creaba una situación que por el momento no era perceptible: era una situación tensa, inestable, de combate, porque a medida que la sociedad se iba haciendo cada vez más compleja, los anhelos de igualdad empezaron a tomar ímpetu y fuerza. Hoy sabemos que dentro de un conglomerado verdaderamente democrático, no debe haber libertad sin igualdad, ni igualdad sin libertad.

Pero el liberalismo no podía contentarse en los días iniciales con resolver el problema de cómo se debe gobernar, es decir a base de reconocer las libertades para buscar de ese modo limitaciones a la autoridad. Había que preocuparse también por atender la otra magna cuestión: ¿quién gobierna? Las respuestas posibles eran tres: gobierno de uno solo, de varios o de muchos. La opción se inclinó por la última, y así, aun dentro de las épocas absolutistas que siguieron a la aparición del liberalismo, éste se mostró partidario de la democracia representativa, como manera de que las clases nuevas que habían tomado la conducción de la sociedad participaran en el manejo del Estado. Por democracia representativa, en la acepción que se le dio en aquella época, entendemos la constitución de los órganos de gobierno mediante el voto, libertad de cada uno para sufragar según la opinión formada de la manera más libre posible, igual valor del voto de los ciudadanos, posibilidad de elección entre varias alternativas, principio de la mayoría numérica tanto en el escogimiento de los representantes como en las deliberaciones, y respeto a las minorías, las que deben estar protegidas contra todo atropello de las mayorías.

 

 

Las ideas de John Locke

Con estos antecedentes estaba preparada la atmósfera intelectual para que apareciera el pensador que habría de fijar de una vez por todas el ideario del liberalismo. Fue John Locke. Nacido en 1632 en Inglaterra, médico de profesión, lo cual le dio una finísima sensibilidad para lo que tuviera que ver con el organismo social y con las ciencias experimentales, Locke no formó su ideario político al calor del país natal sino en el ambiente helado del destierro. Obligado a alejarse de la patria por ser miembro activo de la oposición al rey católico Carlos II, después de errar por algunas naciones y de ponerse en contacto con los disidentes y heterodoxos de varias capitales, Locke se instaló en Holanda. Si como dice Paul Hazard, "no hay una escuela más ruda y mejor que el exilió", el ambiente de la libérrima Holanda era el más adecuado para fecundar un cerebro en trance de receptividad como el de John Locke, por lo cual fue allí donde escribió las dos obras que le abrirían las puertas de la fama, "El ensayo sobre el entendimiento humano" de carácter filosófico, pieza maestra del empirismo, y "El ensayo sobre el gobierno civil qué es donde está su pensamiento político. En el destierro había madurado y consolidado su amor por la libertad y todas sus reflexiones giraban en torno de la idea de que Inglaterra, en lo cual no se equivocaba, estaba a punto de romper con el absolutismo monárquico, para convertirse en la tierra de elección de las garantías individuales y morales que ennoblecen al individuo. En ese estado de espíritu volvió al suelo natal en 1688, cuando Guillermo de Orange desembarcó allí para derrocar a los Estuardos y ; dar cumplimiento desde el trono a las palabras inscritas en sus banderas: por la libertad, por la religión protestante y por el Parlamento. Como quien dice, el ataque frontal al absolutismo. Guillermo hizo honor a sus promesas, y de ese modo Inglaterra, gracias a la revolución incruenta de 1688, se convirtió en la primera monarquía constitucional.

El derrocamiento del Estuardo Jacobo II había sumido en la confusión mental a muchos whigs, o liberales, que aunque felices porque eso hubiera ocurrido, no dejaban de inquietarse ante el hecho de que un rey hubiera sido despojado de la corona, rey despótico, perseguidor y todo lo que se quisiera, pero que al fin y al cabo era el monarca legítimo. Como lo recuerda muy bien Jean Jacques Chevallier (6), a tranquilizar esos espíritus fue a lo que se le consagró Locke, para lo cual estableció la distinción entre poder legislativo y poder ejecutivo; ambos. limitados, limitación vigilada y asegurada por el pueblo mediante el derecho de insurrección. Se insinuaba así una de las ideas centrales del liberalismo, la separación de poderes.

En la concepción de Locke, el poder ejecutivo es decididamente responsable y está subordinado al Parlamento, lo cual le da el golpe de gracia a los regímenes absolutistas, y sienta las bases para que la doctrina liberal se haya manifestado en todas partes defensora de las prerrogativas del órgano legislativo. Pero por encima del aparato de la autoridad está el derecho de insurrección. Según Locke, cuando el pueblo se considere en condición miserable, puede rebelarse contra quienes quiera que sean los gobernantes, no importa que éstos sean "sagrados y divinos, que desciendan. o hayan sido autorizados por los cielos, que hayan venido de donde quieran, siempre sucederá lo mismo". Además, Locke insiste en que los hombres no se rebelarán "por cualquier pequeño manejo de los asuntos públicos, y en que el gobierno por consentimiento, junto con él derecho del pueblo a rebelarse, es la mejor muralla contra la revolución".

Sobré este punto observa el tratadista W. Ebenstein (7): "La insistencia de Locke en que hay una ley superior a la ley del Estado ha llevado a la idea, tan profundamente arraigada en las tradiciones de las naciones democráticas, de que la obediencia a la ley es una muy alta virtud cívica, pero no la más alta. Los oponentes al gobierno democrático han insistido en que haciendo que la norma política dependa del consentimiento del gobernado "hace que quede un fermento para la rebelión frecuente", como dijo Locke. Locke no niega eso, pero afirma que su hipótesis no invita a la anarquía y a la rebelión más que cualquier otra, y qué todo depende de la situación, buena o mala, en que se encuentren los gobernados. Cuánto más se mantengan las vías de libre comunicación y consentimiento en una sociedad, menos se da la necesidad de una revolución".

Locke, como casi todos los pensadores de su tiempo, partió de la base del estado de naturaleza ,y del contrato original para llegar a la sociedad política y al gobierno civil. ¿Cómo fundar sobre esos cimientos la libertad, cuya existencia y defensa eran la razón de su obra? Locke da la respuesta: es por medio de los derechos naturales, vigentes en el estado de naturaleza, como el hombre va a protegerse de los abusos del poder al llegar al estado de sociedad. Es decir, según Locke, al alcanzar ese elevado punto de la evolución, el ser humano no renuncia a esos derechos; ellos persisten, y es sobre esa persistencia sobre la que está fundada la libertad. "La razón, dice el pensador inglés, enseña a los hombres que como todos son iguales e independientes, nadie debe hacerle daño a otro en relación con la vida, la salud, la libertad y su bien". Y es claro, si alguien le hiciera daño a otro acabaría haciéndoselo a sí mismo.

Pero aquel estado de naturaleza ¿no será una de tantas fantasmagorías de que se nutre la insaciable capacidad de ensoñación de los hombres? No, contesta Locke. Ese estado existió y existe todavía, para demostrar lo cual aporta dos ejemplos: el primero es el de la sociedad primitiva, tipo de organización en el que la comunidad actúa como un todo para repeler o castigar una transgresión. Así, en caso de un asesinato, todo el grupo tiene derecho a sancionar el ilícito, por lo cual el miembro de él que mata al asesino no comete delito alguno, pues obra como el agente que restablece la santidad de la norma. Se trata, como es claro, de una sociedad indiferenciada y sin órganos de autoridad. El segundo ejemplo se refiere a una sociedad compleja, como son las naciones desarrolladas de nuestro tiempo. Es seguro que ellas se rigen por la ley internacional, pero cuando no hay una justicia internacional, como no la había en los tiempos de Locke, encargada de dirimir las controversias entre Estado, aquél que sufre una agresión tiene derecho a castigar al responsable. Es esa, ciertamente, una forma de estado de naturaleza.

A1 describir el sistema de sociedad y de gobierno, chocan las teorías de los dos grandes antagonistas: Hobbes y Locke. El primero formuló la filosofía del conservatismo, el segundo la del liberalismo: Cuando los súbditos instalan al soberano en su puesto le transfieren todos los poderes, he ahí la suprema enseñanza de Hobbes. De ese modo el gobernante no tiene deberes hacia los asociados, por lo cual dentro de esta concepción no cabe la idea de contrato entre la autoridad y los gobernados. En cambio, el que ejerce el mando, según Locke, jamás se convierte en el ser autoritario hobbesiano, pues sigue siendo un instrumento para realizar los propósitos que la sociedad establece.

Esta es, sin duda, la gran revolución doctrinaria efectuada por Locke: en la teoría del carácter divino de los gobernantes, sólo éstos tenían derechos; en cambio, en la que él defiende, sólo el pueblo tiene derechos y el gobierno es apenas un tutor, limitado por tanto y que puede ser removido. En síntesis, para Locke, a diferencia de Hobbes, nadie le confiere a la autoridad derecho alguno contra el pueblo.

Como se ve, el principio de la libertad está vivísimo en el pensamiento y en la acción del filósofo que comentamos. Pero no sólo el de la libertad, también el de la propiedad. Esta es tan importante, 'que la sociedad civil se constituye precisamente para defenderla. El derecho de propiedad es de tal modo necesario al desarrollo cabal del individuo que éste lo tenía en el estado de naturaleza. Pero el espíritu fino de Locke no podía entender ese derecho de otra manera que limitado, como es limitada la capacidad del hombre para consumir los bienes de que se apropia por medio del trabajo. Bien se ve que Holanda e Inglaterra estaban aún lejos del capitalismo salvaje de hoy que acumula por el mero deleite de acumular. El sistema de vida que parece aconsejar Locke es tranquilo y prudente, y si el hombre está ya instalado cómodamente en la sociedad civil es para que disfrute de las cosas y de los bienes con mesura.

Llegado a ese hermoso punto de la evolución que es la sociedad civil, Locke comprende que para asegurar el reinado de la libertad y para garantizar en consecuencia que no quedaría margen para la arbitrariedad, había que redondear su tesis ya esbozada de la separación de poderes. De ahí que hubiera hablado de tres: el Legislativo, que organiza la manera como la fuerza del Estado debe ser empleada para proteger a los asociados; el Ejecutivo, que asegura la aplicación de las leyes positivas en el interior; y para el exterior, es decir, para todo lo que concierne a la paz, a la guerra y al comercio, hay un tercer poder, ligado al Ejecutivo, llamado poder Confederativo. Es lógico, es necesario que esos poderes, sobre todo los dos primeros, estén en manos distintas, para que no haya tentación de abuso, como puede ocurrir si están reunidos en una sola persona o en un grupo. Con un siglo de anticipación, Locke anuncia a Montesquieú.

No podía faltar una referencia á la mejor forma de gobierno. Locke la encuentra en el precepto de que sea el mayor número el que decida. Es la democracia representativa, sólo que en esa época aún no se postulaba la participación del hombre común en la fijación de los destinos colectivos. Pero de todas maneras hay que buscar el consentimiento de los más. Esa palabra consentimiento aparece muy a menudo en la pluma de Locke. Si se trata de un recorte al derecho de propiedad, él dice que se requiere siempre que el propietario consienta, y en el vasto espacio de los cambios sociales, se debe procurar que éstos sean producto del consentimiento. Inglés hasta los tuétanos, lo cual lo predisponía a pensar hondamente, según observa Paul Hazard, él creía que así podrían hacerse las grandes transformaciones. La revolución de 1688, que le dio el triunfo a la burguesía y que Locke saludó con júbilo, pudo ocurrir sin causar sufrimientos y espasmos, porque las clases dirigentes consintieron en ella. Y las otras dos revoluciones que Inglaterra ha tenido, la de 1832, también incruenta y que llevó al poder a las clases medias a través de la ampliación del voto, y la de 1945, que marcó el ascenso de los trabajadores británicos a las alturas del mando, se realizaron de ese modo, según explica W. Ebenstein, porque en ambas operó el consentimiento de los que tenían mucho que perder y de los que tenían mucho que ganar.

 

 

El liberalismo y el Estado

Una época como la personificada por Locke no podía esquivar el enorme tema del Estado. El se halla presente en las lucubraciones del filósofo. Cuando éste hablaba de derechos naturales, o sea, de la vida, de la libertad y de la propiedad, de hecho tocaba los predios del poder político. Si se tiene en cuenta lo dicho anteriormente, se comprende con facilidad que ese siglo XVII, transido de individualismo, de simpatía hacia el orden constitucional, de fe en el hombre con éxito, para lo cual debía tener todos los caminos expeditos, sólo podía sentirse bien con una filosofía que implicara el mínimo de intervencionismo estatal. El rechazo de las reglamentaciones excesivas de la época medioeval debía contar mucho en ese modo de pensar.

Por lo mismo que sólo la monarquía constitucional podía realizar el nuevo orden y aquellas obras requeridas por una economía en expansión, era obvio que el deber de comerciantes y de manufactureros consistía en mantener la alianza con el poder público a efecto de que las fuerzas sobrevivientes del feudalismo entraran en liquidación. Era una alianza en la cual la burguesía dictaba las condiciones: los impuestos serían votados por el Parlamento, la judicatura sería independiente del Ejecutivo, y el ejército estaría bajo la dependencia del órgano legislativo. Sería, pues, una monarquía limitada la que los mercaderes e industriales aceptaban, y por eso oportuna e inoportunamente le recordaban al rey la lección explosiva de Locke: hay derecho a la insurrección cuando quiera que el monarca viole las normas preestablecidas.

Pero la tesis del Estado abstencionista no puede tomarse como una verdad absoluta. Era imposible que en un período como aquél, sacudido por vientos contrarios en lo económico, en lo social, en lo moral, la autoridad política pudiera cruzarse de brazos. El capitalismo incipiente, como sucede hoy, le pedía simultáneamente al Estado que se mantuviera a distancia del proceso de producción y de cambio e interviniera para que la actividad del empresario pudiera realizarse. Era el reino del pragmatismo.

La escuela económica prevaleciente en el siglo XVII, la mercantilista, ilustra muy bien lo que venimos diciendo. La importancia reconocida en esa época al comercio exterior, del cual se afirmaba que constituía la riqueza de las naciones, llevaba directamente al intervencionismo del Estado. Sin la acción de éste no es posible que la actividad mercantil opere con la máxima seguridad y en el radio más dilatado posible. La protección estatal era de vida o muerte a fin de que como decía la Escuela, siempre se exportara más de lo que se importara, y para destruir las numerosas barreras al intercambio que quedaban como residuos del medioevo. Mientras el capitalismo no hubiera llegado a su plenitud, había que recurrir a los monopolios, a la protección y a las reglamentaciones.

La riqueza de los pueblos se medía entonces por la balanza comercial favorable y por las reservas de oro y plata con que se contara. Saber qué se importa y en qué cantidad es por eso de interés vital y no puede dejarse a cargo de los particulares. Como decía rudamente William Cecil, "nunca se roba más al reino de Inglaterra que cuando entran en él mayor cantidad de mercancías de las que salen". El ilustre Bacon, más mesurado, decía lo mismo cuando en 1616 explicaba que "se cuidaría de que la exportación excediese en valor a la importación, pues entonces el saldo debería entregarse necesariamente en moneda o en metal".

Las frecuentes guerras de ese tiempo le creaban al gobernante la necesidad imperiosa de tener en las arcas de la tesorería una buena provisión de oro y plata. Bastarse a sí mismo es la aspiración a la cual todo lo sacrifica un país que tiene siempre un pie en la guerra. Una balanza comercial favorable se convierte de ese modo en el desiderátum. Si el Estado debía intervenir, lo único que se le pedía era que no lo hiciera en forma arbitraria. Era un movimiento paralelo al del mundo científico, en el que muchos sabios estudiaban apasionadamente el cosmos a fin de que en él no hubiera sorpresas ni golpes del azar.

El comercio era en esa época el que mandaba y habría que esperar un siglo para que la industria ocupara el primer lugar. Pero también la consolidación de ésta, como forma suprema de "la riqueza de las naciones", exigiría por un tiempo la intervención del Estado, mediante el establecimiento de tarifas, el embargo de importaciones, la prohibición de exportar obreros .especializados y herramientas, la producción en el país de las materias primas indispensables, la inspección de la calidad de los productos, la fijación de subsidios a quienes establezcan industrias nuevas, tal como lo señala Eric Roll en su erudita "Historia de las doctrinas económicas". Sólo más tarde, una vez consolidada la industria, vendría el auge del lesezferismo.

Aquel Estado, aun cuando era intervencionista, le daba muy poca importancia al problema social. La desigualdad entre propietarios y trabajadores, entre ricos y pobres, les parecía a los pensadores y políticos de entonces algo dictado definitivamente por la naturaleza. Se trataba de que unos hombres son ahorradores y ascetas, por lo cual tienen derecho a la prosperidad, y de que otros son holgazanes y dilapidadores, lo que los condena de por vida a la pobreza. Es muy poco por tanto lo que las autoridades pueden hacer en favor de los últimos, ya que los compromisos de ellas son con los propietarios. Estaba bien que éstos expulsaran a los labradores de sus tierras para cercarlas; a los desalojados, lo mismo que a los proletarios urbanos, les quedaba el recurso de vender su fuerza de trabajo como mercancía. El propio Locke, tan dueño de lo que afirmaba, no tenía inconveniente en sostener que el mundo, por el hecho de ser mundo, estaba dividido funda mentalmente en dos clases, la de los ricos, a los que debe impartirse una instrucción que los habilite para manejar tanto sus asuntos como los del Estado; y la de los pobres, cuyo deber es obedecer, y a quienes por tanto sólo cumple impartirles algunas enseñanzas, como la de la religión a fin de que sean dóciles, y uno que otro oficio manual como tejer e hilar.

Claro que en la época de Cromwell (siglo XVII) el problema social ya se sentía, por la fiebre acumulativa de los empresarios urbanos y rurales, y de ahí que en el curso de la revolución encabezada por aquél, en orden a obtener la libertad constitucional, se hicieran sentir los "Niveladores" y los comunistas agrarios, pero la época no estaba madura para un cambio social de esas proporciones. El destino de los obreros, de los campesinos y de los aprendices, era el mismo de toda revolución burguesa, como la de 1789 en Francia, ayudar a la derrota de las clases reaccionarias y a implantar la hegemonía de las clases medias. Una filosofía que combinaba el respeto a la riqueza con el respeto a Dios, se expresaba así en la pluma de un escritor de esos días: "Si el hombre es afable y religioso, esto es, grande y rico, hará una armonía más dulce y melodiosa en los oídos de Dios que si fuera pobre y de baja condición".

 

 

El siglo XVIII o la embriaguez de la libertad

Si el siglo XVII fue el de la consolidación del liberalismo en los países más adelantados, el XVIII fue el de su plenitud. Esto se puede ver a través de las enseñanzas de Adam Smith, de las tesis de la escuela fisiocrática y de la monumental obra de los filósofos de la Ilustración.

Acabamos de ver que la escuela mercantilista tuvo muchos elementos de intervencionismo. En el siglo XVIII había de ser de otro modo: la producción capitalista se había desarrollado en tal forma que parecía inconcebible que surgiera otra diferente: la acumulación de capital tenía tales dimensiones que todo convergía hacia lo que vino enseguida: la gran revolución industrial. Era lógico por tanto que en el país de mayor progreso, Inglaterra, apareciera el hombre que formulara las leyes de una economía que cuenta exclusivamente con la iniciativa privada y con la libre competencia, y que tiene confianza inquebrantable en una mano invisible que lleva a todas las gentes, aunque en apariencia trabajen sólo por su bien personal, a trabajar en realidad por el bien común. Nada distinto esperaba una sociedad que pensaba únicamente en términos de expansión.

Nacido en 1723, Smith, al contemplar lo mucho que su país había realizado y lo muchísimo que aún podía hacer, obró siempre de acuerdo con la idea simple de que hay un orden natural, más sabio que el que pueden crear los hombres. Obrar de acuerdo con ese orden, adaptar a él la organización social y la conducta humana, he ahí la regla suprema de vida. Ese orden, claro está, esas leyes naturales, surgen y se imponen espontáneamente, y por tanto cualquier brote de intervención de la autoridad afecta la armonía universal, altera el equilibrio y disminuye la utilidad económica.

En tales condiciones, era natural que Smith impugnara la escuela mercantilista y echara en su obra capital "La riqueza de las naciones" las bases de otra, la libertad, que tenía en el librecambio el primero de los dogmas. Sería locura desde el punto de vista económico producir en el país un artículo que puede comprarse más barato en el extranjero. El empresario debe tener libertad para que sólo acometa la producción de lo remunerativo. Lo primero entonces, es cerrarle a una nación atrasada todo empeño de construir una estructura industrial, pues para hacerlo tendría que recurrir a los procedimientos que Smith considera heréticos: la protección, la creación de privilegios en contra de los intereses de los consumidores, las reglamentaciones, los subsidios. Esa nación debe limitarse por tanto a producir aquello de que la naturaleza lo ha dotado, las materias primas y los alimentos. Así Smith se nos presenta como el economista de los países ya desarrollados, del mismo modo que en el interior de cada sociedad coloca, según veremos, todas sus preferencias del lado de las clases altas.

Según Smith, dentro del orden natural ya mencionado, la conducta humana es movida por seis fuerzas: el amor de sí mismo, la simpatía, el deseo de ser libre, el sentido de la propiedad, el hábito del trabajo y la tendencia a permutar una cosa por otra. La filosofía liberal está encerrada ahí. A1 poner la simpatía a continuación del amor a sí mismo, lo hizo sin duda para evitar que éste arrastre al individuo a ejecutar actos contrarios al interés de los demás. El sentido de la propiedad, el hábito del trabajo, la libertad contractual y el deseo de ser libre, tienen en Smith una clara connotación capitalista y muestran con elocuencia la manera como él contribuyó a los avances del liberalismo.

El área dentro de la cual puede y debe moverse el gobierno queda trazada de antemano: defender a los nacionales contra la agresión extranjera, prestar debidamente el servicio de justicia para que los negocios puedan desenvolverse, hacer y sostener las obras que como las carreteras, los puertos, los puentes, sobrepasan la capacidad económica de los particulares, y que son en extremo necesarias; y desde luego algo de educación para aumentar la productividad de la mano de obra. Lo demás debe ser extraño al sector público, porque si quisiera hacer más, sería tanto como poner en duda la bondad del orden natural.

La obra teórica de Smith fue una obra comprometida con la sociedad de la época y por eso tuvo éxitos inmediatos. En su Historia de las doctrinas económicas, Eric Roll anota con razón que entre las fuerzas que libertaron al comercio inglés de las reglamentaciones y que suprimieron los derechos excesivos de importación y los tratados comerciales restrictivos, el papel jugado por "La riqueza de las naciones" fue de primera importancia Como lo fue en todo lo que se relaciona con el estímulo a la producción. Para el negociante de cualquier género debía tener prestigio sagrado una teoría que le, quitaba a sus actividades toda sombra infamante. Hacer dinero a cualquier precio, acumularlo, se volvió título de buena conducta social, así quedaran maltrechos muchos de los competidores y hubiera lamentos del lado de los asalariados.

Porque estos últimos se llevaron la peor parte en la doctrina de Smith. Reglamentar las condiciones de trabajo, intervenir de cualquier modo en los jornales, era pecado contra el catecismo de la escuela. Por eso se ha dicho con razón que él representaba los intereses de una sola clase. ¿Qué tal, por ejemplo, un sindicato? Eso habría sonado a escándalo, pues era ni más ni menos que un monopolio. Lo mismo podría decirse de la fijación colectiva de los salarios. Para los heridos en la guerra a muerte de la competencia, quedaban algunos socorros en la forma de la beneficencia y de la caridad. La burguesía conquistadora debía contar con una mano de obra resignada, llena del santo temor de Dios, desde luego muy barata y hasta donde se pudiera, productiva.

El culto de la propiedad privada y de la iniciativa individual llevó, con su terrible lógica, a Smith a conclusiones descarnadas, llenas de una despiadada verdad, como la que hace del Estado el ente que se ha organizado históricamente para defender la propiedad. No fue, pues, Marx como se ha dicho, el autor de ese descubrimiento, base de la concepción materialista de la historia. Casi con un siglo de anticipación Smith escribió lo siguiente: (8) "El gobierno civil, en la medida en que está instituido para defender la propiedad, en realidad está instituido para defender al rico contra el pobre, o a los que tienen alguna propiedad contra los que no tienen ninguna". Otro tanto podría decirse de las enfáticas afirmaciones dé Smith en el sentido de que el trabajo es la fuente del valor por lo cual la medida de éste es la cantidad de trabajo incorporada en una mercancía.

 

 

Los fisiócratas

Pero como observa Laski, Smith no estaba solo. El problema era tan vasto, la evolución en curso tocaba tantos registros, que debían reflejarse en más de una cabeza. El filósofo Hume, el pensador político Burke, aunque de raíz conservadora este último, llegaron a parecidas conclusiones.

Pero son los fisiócratas, los que mejor indican la dirección del pensamiento. Aludiremos a esa escuela, no tanto en sus aspectos económicos, que son los que la definen, como en sus manifestaciones políticas, sobre todo en lo que tiene que ver con la libertad y con las relaciones entre el individuo y el Estado.

Esa eximia pléyade de economistas y de hombres de gobierno no podían aparecer sino en el siglo XVIII y en un país agrícola, como era la Francia de esa época. En ellos volvemos a encontrar la tesis de que la sociedad humana está regida por leyes naturales que ningún legislador de carne y hueso puede modificar. Y cuando surge la pregunta de cuáles son los rasgos esenciales de ese orden natural, viene una respuesta de clara estampa burguesa: ellos consisten en el derecho a disfrutar de los beneficios de la propiedad, en el derecho a buscar el interés personal, siempre que esa libertad no estorbe la de los demás. Pero es en la exaltación de la propiedad de la tierra donde está el meollo del pensamiento de la escuela.

Francia no presentaba todavía los elementos que hacían de Inglaterra una región industrial. La explotación del suelo, actividad predominante a la sazón, llevó a los fisiócratas a la conclusión de que sólo la agricultura tiene la virtud de crear un excedente. Muy distante de los mercantilistas, para los cuales la riqueza de las naciones se debe al comercio, los fisiócratas centran su sistema en el cultivo de la tierra. Por eso tampoco podían compartir el entusiasmo que Smith y Ricardo habrían de expresar por la industria.

Como señalan los historiadores de las doctrinas económicas, el análisis central de los fisiócratas se localizó en la búsqueda del excedente, o sea la diferencia entre la riqueza que se produce y la que se consume para poderla producir. Ese excedente lo da la agricultura, por lo cual la magna cuestión que siempre ha preocupado a los economistas, la de saber cuál es el trabajo productivo, ellos lo definieron en el sentido de que sólo el trabajo agrícola da el buen resultado de que lo invertido en la manutención del operario y en el empleo de insumos como las semillas, es inferior en termino medio a los productos que se obtienen. Smith y Ricardo demostrarían que también en la industria aparece el excedente, pero los fisiócratas sostenían que para poderse dedicar a la industria y al comercio, el hombre necesita resolver la cuestión previa de disponer de una buena cantidad de subsistencias, que sólo la tierra puede asegurar.

Pero lo interesante para nuestro estudio es relievar la contribución de los fisiócratas al avance del liberalismo. Ella fue grande, porque para ellos, en lo cual coincidían con Smith, cualquier reglamentación estatal complica el proceso económico y por énde lo hace menos productivo. La intervención en todas sus formas debe desaparecer, para que puedan brillar las leyes de la naturaleza. Reiterando tesis conocidas, ellos aseguraban que si el propietario es libre para perseguir su propio interés acabará necesariamente trabajando por el bien común. Unos propietarios razonables, como se suponía que eran todos en esa época dominada por la fe en la razón, llegarán forzosamente a enmarcar su acción dentro de normas tan sabias y prudentes que toda la comunidad obtendrá beneficio.

¿Que hay males en el mundo? Seguramente. Pero lo que se debe tener siempre presente es que la capacidad de los gobiernos para corregirlos es precaria, pequeña y sujeta a equivocaciones.

Ultima manifestación teórica de una era en que el feudalismo se derrumbaba, la fisiocracia ejerció sobre los grandes acontecimientos que siguieron una influencia que se mantuvo aún en el siglo XIX.

 

 

La democracia representativa

A poco de iniciarse la segunda mitad del siglo XVIII, Rousseau expuso en el Contrato Social su sistema filosófico y político al formular la teoría dé que el pueblo es el único soberano y de que por tanto sólo el puede dictar las leyes, las que son de ese modo la expresión pura de la voluntad general. O sea que Rousseau abogó por la democracia directa, la que tiene vida cuando el pueblo se reúne y da a conocer qué es lo que desea. Esa tesis revolucionaria, dueña de un inmenso poder de seducción, tenía como marco una ciudad pequeña, Ginebra, de la cual Rousseau se declaraba "ciudadano", en la que era posible que todos los habitantes se congregaran en un solo sitio a formular sus determinaciones, que el gobierno se encargaría de ejecutar. El autor del Contrato Social fue siempre enemigo de la democracia representativa, en la que una entidad, el Congreso, dicta las leyes. Esa enemistad venía de que la voluntad general, según él, es inalienable, indivisible y absoluta, y de que sólo pertenece al pueblo.

La evolución social, y sobre todo la magnitud de los Estados nacionales, hacen imposible que el conjunto del pueblo se reúna, y determinan por tanto la impracticabilidad de la construcción rousseauniana, por lo cual el liberalismo hizo suya la fórmula de la democracia representativa, basada en el sufragio, tal como Locke la había diseñado en forma incompleta, que después Montesquieu habría de redondear. Ese tipo de democracia, con la consiguiente separación de poderes, funcionaba ya en Inglaterra, y fue allí donde Montesquieu la vio en aplicación. Así pudo él publicar en 1748 su obra capital, El espíritu de las leyes, que habría de asegurarle puesto de honor en la historia del pensamiento.

 

 

La Ilustración

Si aceptamos el dicho de que las grandes épocas son propiedad de una nación, podemos admitir que el siglo XVIII fue francés y alemán el XIX. Con la misma razón se puede afirmar que el XVII fue inglés y ruso el siglo XX.

Continuando en el XVIII, que es el que traemos entre manos, él merece ciertamente ser considerado como francés. ¡Qué combustión en los espíritus, qué fermento de ideas, qué capacidad de la inteligencia para discurrir en términos de cambio! El brillante grupo de la Ilustración ejemplifica muy bien los desplazamientos que experimentaba la nación latina en el campo de las opiniones.

El dominio de la burguesía era ya un hecho social, y sólo cabía esperar unos años para que se afirmara el poder real de esa clase, inclusive por la vía de la ruptura revolucionaria. Con la burguesía llegaban al mando no sólo determinados estratos sociales sino un conjunto de ideas que tenían que ver con el culto de la razón, con la fe en la supremacía de la ciencia y con la convicción de que en la sociedad humana operaban las leyes del progreso. La lucha contra el antiguo régimen, simbolizado por el poder autoritario, por los privilegios y por las supersticiones, no se iba a adelantar sólo en nombre de realidades económicas, como el desarrollo de las fuerzas productivas, sino de un pensamiento filosófico y político imbuido de la idea de que acabamos de hablar.

"Los filósofos" o sea los grandes pensadores del siglo XVIII, no descansaban en la denuncia del enemigo contra el cual amotinaban todas las energías: era aquél que decía que la voluntad divina, y no la voluntad general, era la fuente de la autoridad, y para el cual el mantenimiento de la organización social dependía de que en la cúspide de la escala hubiera una crema dispensadora de experiencia, de sabiduría y de "savoir vivre". Para ese enemigo de las nuevas corrientes, la democracia que proclamaban las clases medias, y desde luego la libertad, iban contra el orden de las cosas, porque acabarían por darle el poder a la chusma y por entronizar la anarquía, ante el alud. de apetitos desencadenados.

Como observa el sociólogo norteamericano Horowitz (9), los filósofos lanzados a la batalla social, se constituyeron en los personeros de las demandas del pueblo, entendido éste como el conglomerado que no forma parte del mundo del privilegio. Defensa de la mujer, defensa de la juventud, y por consiguiente necesidad de reorganizar el sistema educativo, defensa de la libertad de prensa, todo eso y mucho más fue objeto de sus desvelos. Era que el saber ya no se consideraba como derecho de unos cuantos sino como propiedad de todos. Horowitz, quien dedica a los filósofos páginas entusiastas, afirma que algunos de ellos, como Diderot, Helvetius y Condorcet, no se dieron cuenta de que estaban al servicio de determinada clase, la burguesía en este caso, y por eso se comportaron como un sector diferente y unificado, con un programa de reconstrucción social muy distinto del que pudiera presentar otro grupo. Sea de esto lo que fuere, lo cierto es que los filósofos cumplieron un papel revolucionario al contribuir al derrocamiento del antiguo régimen. Fueron por eso intelectuales comprometidos y su compromiso, a sabiendas o no, era con la clase que quería establecer el orden capitalista en vez del feudal.

Por eso emprendieron la tarea, casi sobrehumana por ambiciosa, de escribir una obra que contuviera todo el saber de su tiempo. Ella había de servir de fulminante para prender la mecha de una organización social libertaria. Fue la Enciclopedia. El lema de la burguesía "libre comercio, industria libre y hombres libres" animaba aquellas páginas próceres.

El rol cumplido por el movimiento de la Ilustración lo fija muy bien Horowitz en este. párrafo (10): "Los filósofos enseñaron a la clase media el valor de la ciencia y la virtud de la libertad; representaban efectivamente el espíritu filosófico de la burguesía, no obstante que no representaban el sentido común. Los dos "espíritus" se encontraban en armonía sólo porque en ese momento de la historia francesa la burguesía era capaz de hablar por la "humanidad" en general". La Ilustración en Francia se convirtió a sí misma en un movimiento entre intelectuales para asegurarse como fuerza política, "introduciendo la significación de la ideología como factor decisivo en la evolución humana". Lo mundano de la filosofía de la Ilustración francesa encontró su realización en las ideas de igualdad y progreso. Las palabras de Condorcet proporcionan una manifestación directa de esa circunstancia: "Nuestras esperanzas en cuanto a la futura condición de la especie humana pueden ser reducidas a tres puntos: destrucción de la desigualdad entre las diferentes naciones; el progreso de la igualdad dentro de una misma nación y, finalmente, la verdadera mejoría del hombre. Transfiriendo la teoría a la actividad social, los filósofos se convirtieron en los sumos sacerdotes de la futura revolución democrática-burguesa".

Cuando los hombres de la Ilustración se enfrentan a temas como el de la propiedad, aparece el concepto de clase: "Es la propiedad la que hace al ciudadano; todo hombre que tenga propiedades en él Estado está interesado en él, y cualquiera que sea el rango que convenciones particulares le asignen, será en el plan de propietario; es en razón de sus posesiones como debería hablar y como adquiere el derecho de hacerse representar".

Igual sentimiento se afirma cuando la Ilustración se refiere a las clases inferiores. Había que dejarlas, pensaban, que se mecieran en la idea de que son iguales a las otras clases, pero impedirles que llevaran esas ideas a la práctica. Y era lógico: si hay que mantener la propiedad privada, de hecho la desigualdad se perpetúa. La civilización que se buscaba establecer descansaría sobre el trabajo de inmensas legiones de gentes que no poseen nada. Voltaire lo dijo en el Diccionario Filosófico (11): "La raza humana, tal como está, no puede subsistir si no existe una infinidad de hombres útiles que no poseen absolutamente nada: pues es cierto que un hombre próspero no abandonará su propia tierra para ir a labrar la vuestra; y si tenéis necesidad de un par de zapatos no será el secretario del Consejo Privado el que os los va a hacer. La igualdad es, a. la vez la cosa más natural y la más fantástica".

Algo más: aun cuando la Ilustración iba contra las supersticiones, Voltaire llegó a pensar que era preciso mantenerlas como manera de conservar al pueblo en situación subalterna. Si no existiera el freno de la religión, pensaba él, ¿qué seguridad tendría el amo ante los ataques de odio y de envidia de su siervo? La idea de Dios era necesaria para garantizar el orden social. "¿Qué otro freno (12) se podría poner a la codicia, a las transgresiones secretas e impunes, sino la idea de un Señor Eterno que nos ve y que juzgará hasta nuestros más secretos pensamientos?".

En síntesis, los hombres de la Ilustración, por más entusiastas que fueran de la idea de igualdad, estimaban que es inevitable, más aún, deseable la división entre ricos y pobres. Las Declaraciones de derechos que se expedirían a fines del siglo estarían inficionadas de ese morbo.

Claro que hubo pensadores de la Ilustración que tuvieron clara conciencia de las sinrazones de esa división. Fue el caso de Helvetius, quien como lo señala Horowitz llegó a tocar los linderos del socialismo utópico. ¿Tienen los pobres en realidad un país?, preguntaba. Y daba esta respuesta (13): "¿Debe el hombre sin propiedades algo al país donde no posee nada? ¿No favorecerá el extremadamente indigente, estando siempre al servicio de los ricos y de los poderosos, con frecuencia las ambiciones de ellos? ¿Y no tiene el indigente demasiadas carencias para poder ser virtuoso? ¿No podrían las leyes unificar el interés de la mayoría de los habitantes con los de su país, por la subdivisión de la propiedad? Después del ejemplo de los lacedemonios, cuyo territorio estuvo dividido en treinta y nueve mil lotes y repartido en treinta y nueve mil familias que formaban la nación, no podría asignarse, en caso de excesivo incremento de habitantes, una extensión mayor o menor a cada familia, pero siempre en proporción del número de personas que la componen?".

Y en esa época en que tanto se hablaba de leyes, Helvetius hacía consideraciones sensatas como ésta: (14) "La multiplicidad de las leyes, frecuentemente contrarias entre sí, obliga a las naciones a emplear a ciertos hombres y corporaciones de hombres para interpretarlas. No será que estos hombres o corporaciones de hombres, encargados de su interpretación, cambian insensiblemente las leyes y las convierten en instrumentos de su ambición? Y finalmente, ¿no nos enseña la experiencia que donde hay muchas leyes hay poca justicia?".

Sumergido en una corriente superior a sus fuerzas, sin una clase trabajadora organizada y consciente que recibiera su mensaje, Helvetius no podía hacer más de lo que hizo: dejar un testimonio de que sus miras iban más allá de las que prevalecían entre sus compañeros y de que veía nítidamente las limitaciones del movimiento de que formaba parte.

 

 

Las declaraciones de derechos

El largo recorrido descrito en estas páginas habría de rematar triunfalmente en las dos revoluciones del último cuarto de ese siglo, la norteamericana y la francesa. Ambas recogieron el legado de ideas que se habían ido decantando, las mismas que se impusieron después en la América Latina. De ese legado victorioso destacamos los dos aspectos, estrechamente conectados entre sí y que tienen que ver con nuestro estudio: el constitucionalismo y las declaraciones de derechos.

Los elementos que integran el constitucionalismo son éstos: (15) a) Un sistema en el cual el pueblo se gobierna a sí mismo y qué emana de una amplia discusión y decisión en las urnas; b) el poder de todos los funcionarios está limitado por los derechos fundamentales reservados a ese mismo pueblo; c) todos los magistrados que ejercen el poder son escogidos directa o indirectamente por los electores, y d) esas personas elegidas, por lo mismo que tienen poderes limitados a cierto número de años, están automáticamente sometidas a la confirmación o no de la confianza en elecciones que se efectúan periódicamente.

En cuanto a derechos, la Declaración Norteamericana habla de que todos los hombres nacen iguales y de que han sido dotados por el Creador de ciertos derechos inalienables, entre los cuales están la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad. Y para asegurarlos, los gobiernos se constituyen sobre la base de que derivan sus poderes del consentimiento de los gobernados ( punto a ) del constitucionalismo) y de que cuando quiera que un régimen se convierte en destructor de los bienes trazados, el pueblo tiene derecho a alterarlo o abolirlo y a instituir uno que interprete su voluntad.

La Declaración Francesa establece que los derechos del hombre son la libertad, la, propiedad, la seguridad y la resistencia a la opresión. La diferencia entre los dos textos es grande, pues el francés menciona expresamente la propiedad, cosa que no hace el norteamericano, el cual en cambio pregona "el derecho a la felicidad". Es una concepción distinta de las dos civilizaciones y culturas, explicada por un historiador norteamericano, citado por Charles A. Beard, el cual dice que los filósofos franceses eran en el fondo unos pesimistas, por lo cual pensaban que la felicidad es inalcanzable en este mundo. Esa era la enseñanza cristiana, la cual promete eterna dicha después del tránsito por este valle de miserias. Consecuente con esa idea, los franceses no acogieron la proposición de La Fayette quien, impresionado por su experiencia en Norteamérica, les propuso a sus compatriotas una declaración en la que figuraba como derecho la búsqueda de la felicidad. En cambio, el optimismo desbordante de los colonizadores de lo que hoy son los Estados Unidos, su condición de pioneros en un país-continente, las hazañas a que invita la constante ampliación de la frontera, los predisponían a pensar en la felicidad como uno de los bienes terrenales y a disminuir la importancia de la propiedad. Y viéndolo bien, al tratarse de una organización burguesa, ¿qué urgencia había en remachar el concepto de la propiedad?

El rasgo común de esas declaraciones es su individualismo. Fieles a la tradición de escuelas como la fisiocrática, los constituyentes pensaron que el orden natural se realiza por la búsqueda libérrima del interés del individuo. Nada de obstáculos que se opongan al logro de libertades como las económicas, es decir, la de trabajo, la de comercio y la de industria. En estas formulaciones de derechos del siglo XVIII encontramos la imponente presencia de Rousseau. Como advierte el profesor Vedel de la Universidad de París (16), del filósofo de Ginebra venía la demostración rigurosa de derechos independientes de la sociedad y del Estado. Por eso son derechos naturales, es decir, que nada le deben a las convenciones de los hombres y a la benevolencia de la autoridad. "El Contrato Social" se abre diciendo: "El hombre es libre". La declaración francesa de derechos expresa en su artículo primero: "Los hombres nacen y permanecen libres".

¿Pero contra quién es necesario defender a ese hombre para que siempre sea libre? Aquí viene una de las limitaciones del pensamiento de Rousseau. El contestaba diciendo: no contra la ley, que por ser expresión de la voluntad general no puede oprimir al individuo. El peligro viene del ejecutivo, que es un poder a través del cual se manifiesta una voluntad particular. Rousseau no vio lo que vemos hoy: que también la ley puede ser opresiva, y que las minorías están siempre a merced de las mayorías. De todas maneras, del autor del Contrato Social tomó mucho el liberalismo para hacerse el campeón, según hemos visto, de las amplias facultades del legislativo y de las restricciones de las que incumben a la rama ejecutiva.

 

 

Conclusiones

El liberalismo, según hemos señalado, se formó de un modo aluvional. Cada época, cada región y cada pensador, aportó algo a su estructuración como doctrina política. En el siglo XVIII, a los doscientos años de iniciado el proceso de formación, tenía cuerpo y alma. Estaba por tanto en condiciones de ser artículo de exportación.

A la América Latina llegó en la misma centuria por intermedio de España. La monarquía liberal de Carlos III hizo de agente propagador en esta parte del mundo, pero hubo que esperar hasta el siglo siguiente para que esa escuela de pensamiento se encarnara en un partido político, es decir, en una institución que pudiera presentar su candidatura a la dirección del Estado. Fue eso lo que ocurrió en la Nueva Granada en 1849. El nuevo partido no tuvo que aguardar mucho tiempo, pues en el mismo año asumió, a través del General José Hilario López, las responsabilidades del gobierno.

En otro trabajo (17) afirmamos que con base en las influencias exteriores y en la reflexión de hombres como el doctor Ezequiel Rojas, quien redactó el programa de la nueva colectividad, ésta, como sucedió en la Europa Occidental y en los Estados Unidos, se hizo adalid de las siguientes reivindicaciones:

Abolición de la esclavitud;
Libertad absoluta de imprenta y de palabra;
Libertad religiosa;
Libertad de enseñanza;
Libertad de industria y comercio, inclusive el de armas y municiones;
Desafuero eclesiástico;
Sufragio universal, directo y secreto;
Supresión de la pena de muerte y dulcificación de los castigos;
Abolición de la prisión por deudas;
Juicio por jurados;
Disminución de las funciones del Ejecutivo;
Fortalecimiento de las provincias;
Abolición de los monopolios, de los diezmos y de los censos;
Libre cambio;
Impuesto único y directo;
Abolición del Ejército;
Expulsión de los jesuitas.

Ese trasplante tenía sin embargo vicios originales de gran magnitud. El liberalismo europeo, tal como lo hemos expuesto, tuvo su asiento en un sistema económico que significó inconmensurable progreso humano, el capitalismo, y una clase social que le dio forma y lo impuso: la burguesía. En la Nueva Granada no teníamos en aquel momento ni ese sistema ni esa clase. Ocurrió entonces que los sectores en capacidad de absorber la nueva doctrina fueron los intelectuales, los artesanos, la vasta capa de comerciantes y los escasos profesionales. De ahí el carácter popular que tuvo el liberalismo al comienzo y que duró unos años. Pero el poder real estaba en otra parte: en la aristocracia proveniente de la Colonia, en los señores de la tierra, en los dueños de esclavos y en los militares que venían de las guerras de independencia. Las mesnadas rurales obedecían las órdenes del propietario o del cacique, y los bajos fondos de las escasas ciudades, carecían de antecedentes de formación política. No eran ciudadanos sino súbditos. Declaraciones deslumbrantes como la libertad absoluta de imprenta y de palabra y la del sufragio universal, muy poco les decían a esas masas por la imposibilidad intelectual y material de ejercer esos derechos. La democracia que el liberalismo postulaba era una democracia sin el pueblo, aristocrática, en la cual los avances doctrinarios que se hacían eran más concesiones de arriba que conquistas de abajo. Todo estaba organizado para que de esas libertades hiciera uso sólo una minoría.

Por falta de una burguesía con sentido del desarrollo, no se podía esperar que el liberalismo constituyera aquí una batida en regla contra el orden feudal de la .tierra. Este había de seguir indefinidamente, pues no puede llamarse revolución anti-feudal la desamortización de bienes de manos muertas decretada poco después, porque es sabido que esos bienes, tan pronto como salieron al mercado libre fueron rematados por quienes tenían capacidad económica de hacerlo, de modo que lo que hicieron fue fortalecer el latifundio. De ese modo el liberalismo dejó de cumplir en Colombia su tarea histórica: hacer la revolución democrático-burguesa.

Si alguien se hubiera preguntado en esa época en qué etapa de la civilización nos encontrábamos, habría tenido dificultad en contestar. En extensiones considerables vegetaban comunidades que se emparentaban con las que habían encontrado los españoles, otras que correspondían a formas de esclavismo como acontecía en el trabajo de los campos o de las minas, los de más allá se enmarcaban en la servidumbre. En las zonas urbanas había rudimentos del capitalismo, caso del comercio, y mucho de explotación individual o familiar de pequeños talleres, o sea el artesanado, y desde luego la manufactura.

Aquí viene otra incongruencia: en occidente el liberalismo operaba dentro de los marcos del Estado nacional; como expresión de una sociedad integrada. Aquí esa integración no era posible, por las fronteras económicas y raciales, aún lingüísticas, entre las provincias y regiones, las que por el atraso de las vías no podían comunicarse. Una orden de Bogotá llegaba difícilmente a Panamá o al viejo Cauca. Y para colmo de los desvaríos, a poco se estableció el régimen federal, que era una manera de debilitar al Estado y de impedir la unidad nacional. Faltaba por tanto la voluntad de vivir juntos de que habla Renán como precondición de la nacionalidad, ese sentimiento de pertenecer a un todo superior, en este caso la patria, concepto no bien formado en aquellos tiempos. Era lógico entonces que el poder político no funcionara a base de instituciones, forma elevada de la civilización, sino que tuviera más bien un carácter individualizado, en el que la voluntad de un caudillo civil o militar tenía más fuerza que las leyes dictadas en el Congreso, y en cuanto a la justicia que el peón conocía, no era la impartida por la rama jurisdiccional del Estado sino la que administraba discrecionalmente el hacendado.

El hecho es que aún hoy, en el último cuarto del siglo XX, los convulsionados y castigados pueblos de la América Latina, suspiran por la vigencia, entre otros, de los principios políticos que el liberalismo universal acuñó en su larga marcha: constituciones escritas, elecciones libres y sinceras, separación efectiva de los órganos de poder y garantía de los derechos que tutelan al ser humano.

Aquellas naciones a las cuales les ha ido menos mal, tienen que contentarse con una forma de democracia, la democracia restringida, que no fue la prometida en los buenos tiempos del liberalismo.

En tales condiciones, fue una hazaña, un golpe favorable de los dados el que el liberalismo, como manera de pensar y de organizar la vida en común, hubiera subsistido.


1. Historia universal Tomo II, pág. 351 y siguientes, Barcelona, 1953.
2. El liberalismo europeo. Fondo de Cultura Economica, Mexico, 1939, pag. 20
3. América en Europa, Buenos Aires, 1975, pág. 61.
4. É1 liberalismo europeo, pág. 111.
5. El apogeo del capitalismo. Fondo de Cultura Económica, México 19l6, pag. 64.
6. Les grandes oeuvres politiques, de Machiavel a nos jours, París, 1949, pág. 89.
7. Los grandes pensadores políticos, Madrid, 1965, pág. 477.
8. Cita tomada de Eric Roll, Historia de las doctrinas Económicas, México, 1955, pág. 159.
9. Fundamentos de sociología política. Fondo de Cultura Económica, México, 1977, Pág. 48.
10. Op. cit., pág. 51.
11. Dictionnaire philosophique, París, 1964.
12. Cita tomada de Laski, op. cit., pág. 303.
13. Cita tomada de Horowitz, obra mencionada, pág. 63.
14. Tomada de Horowitz, op. cit., pág. 64.
15. Charles A. Beard, The Republic, New York, 194b, pág. 16.
16. Cours de Droit Public, París, 1950-51, pág. 20.
17. 1as ideas liberales en Colombia, 1849-1914, Bogotá, 1970, pág. 26.
 
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