La Social Democracia

 

En el socialismo contemporáneo pueden discernirse dos corrientes principales: Una, la socialista propiamente dicha, de la cual acabamos de fijar las grandes líneas; la otra es la social-demócrata, de la que vamos a ocuparnos.

La Social Democracia

 

En el socialismo contemporáneo pueden discernirse dos corrientes principales: Una, la socialista propiamente dicha, de la cual acabamos de fijar las grandes líneas; la otra es la social-demócrata, de la que vamos a ocuparnos.

La social-democracia ha tenido notorios avances en los últimos tiempos, y así se ha extendido a varios países de Europa en los que domina o está a punto de dominar: Alemania, Austria, Suiza, Dinamarca, Noruega, Suecia, Holanda e Inglaterra. Hoy cuenta igualmente con notable influencia en España y Portugal, lo mismo que en algunas naciones de Asia y Africa. De sus progresos en la América Latina hablaremos más adelante.

Nos parece que el modo mejor de fijar las ideas y tendencias de la social-democracia es tomar como punto de referencia al partido que es considerado como el de más largo recorrido, el más fuerte y el de mayor poder de irradiación en nuestros días: el social-demócrata alemán.

 

 

La social-democracia alemana

Fundada en 1869 por Augusto Bebel y Wilhelm Liebknecht, figuras egregias del socialismo mundial, ambos marxistas, la SPD (seguiremos usando la sigla alemana) fue el punto de cristalización de un proceso de más de veinte años en los que el movimiento obrero había registrado visibles progresos. El desarrollo industrial de Alemania había comenzado aproximadamente con la revolución de 1848, la que como hemos dicho conmovió a la Europa Occidental. Impulsado por la ampliación del mercado interno, debida al aumento de la población, al ascenso de los salarios y a los descubrimientos científicos y tecnológicos, el capitalismo fue ocupando el lugar del artesanado tradicional, de la manufactura y de la economía campesina cimentada en la gran propiedad de la tierra.

La producción se fue "socializando", en el sentido de que eran muchos los obreros que contribuían a la fabricación del mismo objeto, lo que suscitaba en ellos la conciencia de que era inicuo un sistema en el que esta producción social daba lugar a la apropiación individual de la mercancía creada.

Marx y Engels seguían desde Londres los pasos del proletariado de su patria y trataban de orientarlo a fin de que tomara la única ruta que conduce a la liberación: la revolucionaria. Los intelectuales que en Alemania actuaban al lado de los trabajadores se movían en la misma dirección, y por eso en 1878 el marxismo se convirtió en la doctrina oficial del partido.

Pero en éste había también una tendencia reformista, inspirada en la acción y el pensamiento de un líder multifacético, Fernando Lassalle, que alcanzó a hacer una deslumbrante carrera hasta que a los 39 años halló la muerte en un duelo por asuntos amorosos. El, siguiendo las huellas de Hegel, veía en el Estado al supremo pedagogo y organizador de la sociedad; por encima de las clases. Por eso no podía aceptar la tesis marxista sobre extinción paulatina del Estado. Lo esencial era que los trabajadores se lo tomaran, lo cual era posible a través del sufragio universal. Como en la década del 60 Alemania no había logrado aún la unidad nacional, Lassalle abogaba por un Estado unitario, salido del voto secreto de todos los ciudadanos, que se dedicara a realizar obras en provecho de los desposeídos y que pusiera especial ahínco en el desarrollo de las cooperativas. Poco amigo de la lucha de clases, Lassalle pensaba que para derrotar a la burguesía el proletariado podría unirsé inclusive con el Emperador, la aristocracia y el ejército. La orientación que de él emanaba era, como se ve, legal y pacífica y estaba bañada en las aguas del reformismo.

El hecho fue que al fundarse el partido, si bien fue colocado bajo la enseña del antagonismo de clases, le abrió amplio espacio a reformas como la supresión de los impuestos indirectos, la enseñanza gratuita, la limitación de la jornada laboral de las mujeres y de los niños, el derecho de asociación y el fomento oficial de las cooperativas.

Como a poco de fundado el partido tuvo éxitos electorales tan vistosos como la obtención de la cuarta parte de los votos emitidos, empezó a fulgir ante los militantes el miraje del Parlamento y del significado de la función legislativa. Así fue como la SPD llegó a ser el primer bando socialista que envió sus diputados a dicho órgano, uno de los cuales fue precisamente Bebel. Naturalmente había sectores que no abandonaban la fe en la revolución, pero a poco se convirtió en verdad lo que dice el publicista francés Joseph Rovan en su obra Histoire de la Social-Democratie Allemande (59), que tan útil nos ha sido, que el alma de dicha organización política estaba dividida entre las reformas y la utopía revolucionaria.

Esta situación se aclara si se tiene en cuenta que los integrantes de la SPD eran demócratas al mismo tiempo que socialistas, y como demócratas pensaban que una revolución no se debe planear sino cuando cuenta con el apoyo de la mayoría del pueblo. También obró la circunstancia de que desde el principio se estableció que podían ingresar al partido los pequeños burgueses urbanos y rurales.

Debe destacarse igualmente el papel que entró a jugar poco después la aparición de lo que andando los años habría de llamarse la aristocracia obrera. Por la alta calificación de algunos trabajadores, en un país de tan marcada vocación técnica como Alemania, desde aquella época se hizo sentir la influencia política de ese sector, ampliamente remunerado. En nuestro siglo esa influencia ha sido mayor, como lo explica Ardaiev en su estudio sobre el programa de la SPD (60), lo cual se ha reflejado en el aburguesamiento del partido.

Por una de tantas astucias de la historia, la tendencia reformista de la social-democracia encontraba eco en la evolución del capitalismo: éste tiene que reformarse para subsistir. A los trabajadores les quedaba fácil entonces aprovecharse de los vaivenes propios del sistema para obtener ventajas. El mismo Estado, después de adelantar una política represiva en contra del joven proletariado, resolvió, bajo el impulso férreo del canciller Bismark, dictar medidas benéficas que iban desde la legislación sobre accidentes de trabajo hasta las primeras regulaciones que se conocían en Europa sobre seguridad social.

Pero de todas maneras en el fondo de la social-democracia subsistía la contradicción. Viendo el margen favorable que había para las reformas, pues fue entonces cuando empezó a hablarse de "posibilismo", un fuerte núcleo recomendaba esa línea. A1 mismo tiempo, la doctrina marxista iba ganando adeptos en Europa. Alemania, patria de los fundadores, no podía escapar al contagio, y fue así como en el Congreso de 1878 el partido se declaró marxista. En ese año aparecieron en dicho país dos obras medulares, el Anti-Duhring de Engels y La Mujer, de Bebel, alegato elocuente este último en favor de la liberación femenina. Esos textos daban la impresión de que habían uniformado las mentes y derrotado la influencia que aún quedaba de Lassalle. Los acontecimientos posteriores habrían de mostrar la fugacidad de esa victoria.

A todas éstas el capitalismo continuaba su ascenso. La indemnización pagada por Francia como resultado de su derrota en la guerra del 70, acentuaba la industrialización. Los medios de producción se concentraban y los trusts nacientes, financiados por la Banca, obtenían visible influjo en el poder político. ¿Era eso un mal o un bien? El más ilustre de los marxistas residentes en Alemania, él que definía todos los problemas teóricos, Karl Kautsky, decía que era un bien, porque dialécticamente a mayor concentración de la riqueza correspondería un mayor crecimiento del proletariado y una profundización de su conciencia política.

En el congreso de Erfurt en 1891 tuvo el partido uno de sus momentos cenitales. Cuatro años antes, en las elecciones, había derrotado a Bismark, lo cual era mucho decir. Parecía llegada la hora del radicalismo. Eso se reflejó en el programa aprobado en aquel congreso, en el que encontramos párrafos tan ortodoxos como éste (61): "Unicamente la transformación de la propiedad individual de los medios de producción en propiedad colectiva y la transformación de la forma de producción capitalista en forma de producción socialista, puede hacer que la gran industria y la productividad siempre creciente del trabajo social dejen de ser para las clases hasta aquí explotadas un manantial de miseria y de opresión, para convertirse en fuente de bienestar y perfeccionamiento armónico universal".

Pero la realidad se empeñaba en alucinar a los militantes con la tentación de la vía parlamentaria. ¿No sería esa la mejor de todas las vías? En 1890 la SPD había obtenido 1'427.000 votos (19,7% del total); en 1893 alcanzó a 1'786.000 (23,28.% del total) para llegar en 1903 a 3'110.000 (31,7% de la masa de electores). Columpiándose entre las reformas y la revolución, la social-democracia justificaba la definición punzante de Kautsky cuando dijo en esos días que se trataba de "un partido revolucionario que no hace revoluciones". El mismo Bebel, con su inmensa autoridad, justificaba en 1891 las dos líneas al enfrentarse al extremismo de los jóvenes (62): "El inmenso aflujo y la confianza de las masas obreras, los hemos logrado solamente porque ellas ven que nosotros obramos en la práctica en beneficio suyo y que no nos limitamos a remitirlas al porvenir del Estado socialista del cual nadie sabe cuándo vendrá".

Había sin embargo quienes creían que la SPD era esencialmente un vivero revolucionario. El mismo Lenin, quien militaba en la social democracia rusa, decía en 1907: "Es la social democracia alemana la que ha sostenido siempre el punto de vista revolucionario del marxismo". Anticipándonos un poco a los hechos, debemos recordar que los dos dirigentes de la revolución rusa, Lenin y Trotsky, tuvieron la esperanza, mejor la seguridad, que sólo abandonaron en 1923, de que los socialistas alemanes se tomarían el poder, lo cual a su juicio era vital para defender la Revolución de Octubre.

 

 

El revisionismo

La tendencia reformista en la SPD no dormía, y de ello fue expresión teórica el revisionismo, movimiento de la última década del siglo, que tuvo fuerte impactación en el partido. Eduardo Berstein había empezado en él su carrera como marxista, pues por algo fue amigo incondicional de Marx y de Engels, con quienes convivió en Londres. Sin embargo se fue apartando de la ortodoxia, como resultado de la atención con que seguía y del modo como interpretaba la evolución del capitalismo y de la clase obrera en Inglaterra y Alemania. Por eso sostuvo tesis como éstas:

En primer lugar, la experiencia demuestra que no es cierto lo que había dicho Marx que el capitalismo se concentra en las manos de unos pocos, lo cual implica, decía Berstein, que tampoco se ha producido la proletarización de las clases medias urbanas y rurales. En segundo lugar, no se ven los signos que anuncien el derrumbamiento del capitalismo, fenómeno que Engels esperó hasta su muerte. Y algo más grave, que a nuestro entender constituye la esencia del revisionismo: se pueden abrigar dudas acerca de que ese derrumbamiento ocurra.

De esas dos ideas-fuerzas, Berstein sacaba estas conclusiones:

a) El proletariado no debe luchar solo, sino unido a las clases intermedias, aunque algunas de éstas tengan características burguesas;

b) La social-democracia debe concentrar sus empeños en arrancarle al capitalismo todas las concesiones posibles en favor del pueblo; en desarrollo de lo anterior es tarea del partido pugnar por la democratización del Estado y por utilizarlo para el lleno de los fines que se acaba de señalar;

c) Lo que determina al socialismo a la acción no es la lucha de clases ni razones de tipo económico. Si el capitalismo se desploma, será principalmente por razones éticas, por la condenación que de él haga la conciencia humana, por el triunfo que a la larga obtendrá el bien sobre el mal. La social-democracia debe entonces basar su actuación en esas consideraciones, no en las pretendidas leyes científicas del materialismo histórico.

d) Un partido socialista que engloba una parte notable del electorado, con entronques además en el sector sindical y en el cooperativo, puede alcanzar sus fines por medios constitucionales, evitándole a la comunidad los trastornos de una sacudida violenta. Es cuestión de fuerza: a mayor poder de presión, por la movilización de agrupaciones afines, mayor margen para las reformas y menor necesidad de recurrir a los espasmos revolucionarios.

e) Una conquista de los trabajadores que se concreta en medidas legislativas, tiene más consistencia y duración que las logradas por la fuerza. Y ello porque en el caso de las reformas prevalece el intelecto, en tanto que en los golpes revolucionarios prevalece la emoción. En consecuencia, en vez de abogar por la destrucción del Estado actual, tal como lo aconseja el marxismo, lo procedente es utilizar las múltiples posibilidades que aquél ofrece para darle satisfacción a los anhelos de los sectores subalternos;

f) En esta época de avances sobrecogedores en la fabricación de armas, controladas todas por las agencias gubernamentales, es infantil pretender que masas inermes puedan enfrentárseles. Las luchas callejeras, las barricadas, todo eso hay que mandarlo al desván de las cosas inútiles. Un instrumento poderoso como es la huelga política sólo debe ser empleado en casos extremos, cuando se cierran los caminos jurídicos, y

g) Las fuerzas productivas no han alcanzado todavía el desarrollo indispensable para proceder a suprimir las clases sociales. Proponerse ese empeño en nombre del socialismo, equivale a reducir el nivel de vi a de las gentes, lo contrario de lo que se busca.

Estos y otros argumentos de Berstein, piezas maestras del oportunismo reformista, son explayados en su libro "Socialismo evolucionista", aparecido en 1899. A él pertenece éste párrafo diciente: "Los campesinos no se reducen en número; las clases medias no desaparecen; las crisis no son profundas ni largas; la miseria y la servidumbre no aumentan. Lo que aumenta es la inseguridad, la dependencia, la distancia social, el carácter colectivo de la producción, la inutilidad funcional de los propietarios de la riqueza".

En el fondo del pensamiento de los revisionistas estaba la duda acerca de la capacidad de la clase trabajadora para tomar el poder y ejercerlo eficazmente. "A pesar, decía Berstein, de los considerables progresos que ha hecho la clase obrera desde el punto de vista intelectual, político y económico a partir de la fecha en que escribían Marx y Engels, no la considero todavía lo bastante adelantada para manejar el poder político" (63). Por eso, ante la enorme pregunta de si el proletariado debe seguir su lucha como organización política autónoma o como fracción de un amplio partido del pueblo, sus preferencias iban al segundo término de la alternativa.

Los razonamientos de Berstein, en suma, ponían en duda la posibilidad y aún la necesidad del advenimiento del socialismo (64).

Rosa Luxemburgo no se equivocó al darle a las tesis de Berstein la importancia que alcanzaron en seguida, y que hoy se manifiestan, en esos o parecidos términos, en la social-democracia. A refutarlas dedicó ella mucha parte de su libro clásico, "Reforma y revolución", donde demostró que las clases dirigentes y el Estado, a medida que el movimiento obrero se afianzaba, tendían a recortar o a dificultar los procedimientos de que él se valía, como el propio sufragio universal y la huelga. La historia reciente de Inglaterra lo acreditaba.

La argumentación de Rosa Luxemburgo iba encaminada, no sólo a reafirmar la exactitud de las formulaciones del marxismo, sino a hacer evidente que para los verdaderos socialistas entre reforma y revolución hay un vínculo indestructible, sin que la una excluya a la otra. Por medio de la primera en efecto se avanza hacia la segunda, que entra en acción cuando aquélla se vuelve ineficaz. Es lo opuesto a la concepción de Berstein, en la que la reforma hace inútil la revolución.

Rosa Luxemburgo rebatió la afirmación bersteiana de que el capitalismo tiene un poder de adaptación tan asombroso que puede esquivar las crisis y la pendiente que lo lleva a la ruina. Todas las medidas que según Berstein le sirven a dicho sistema para renovarse, tales como la formación de monopolios, el progreso en la condición material de los trabajadores, el perfeccionamiento de los mecanismos de crédito, todo eso que según Berstein libra al capitalismo del colapso económico, tiene, de acuerdo con nuestra expositora, un límite intraspasable, el que hace que en ciertos momentos entren a jugar papel definitivo el socialismo y la revolución.

Con agudeza propia de su inteligencia, Rosa Luxemburgo muestra que en vez de situarse en las amplias avenidas abiertas por el marxismo para analizar la evolución mundial en curso, lo que hace Berstein es desandar la historia. Aquella insistencia en que el capitalismo puede resistir todas las pruebas, aquella repudiación de la lucha de clases, y el principio reiterado de que por las buenas pueden conseguir el todo, eso no es más que el regreso al socialismo pre-marxista, al socialismo utópico.

Carlos Kautsky, a su turno, guardián todavía de la heredad marxista, le dedicó mucho tiempo en la prensa, en la tribuna y en los libros a refutar sin clemencia los enunciados de Berstein, sin que su estrella le anunciara que veinte años después ellos pasarían a ser la columna de su pensamiento. De su larga polémica con Berstein salió su obra "La doctrina socialista" que tuvo tanta repercusión. Según él, Berstein cometió el error de confundir el caso inglés, en el cual es posible que un partido socialista llegue legalmente al poder y realice las aspiraciones del proletariado, con la situación alemana, en la que las cosas son distintas. "Lo que aquí nos espera, decía Kautsky, no es la democracia sino el golpe de Estado, la supresión de los derechos electorales por el Parlamento y los trabajos forzados para los huelguistas". Ante esos peligros de la reacción, sólo la victoria de la clase obrera por los medios que estén a su alcance realizará el socialismo. La SPD no puede contentarse por tanto con ser el adalid de las reformas democrático-burguesas sino que debe ser la vanguardia de la revolución social. A la pregunta de si la democracia puede atenuar los antagonismos de clase, Kautsky se remitía a la experiencia, la que daba una respuesta negativa.

En cuanto a las tesis económicas de Berstein, Kautsky, basado siempre en la evolución de Alemania, sostenía que la exacerbación de la concurrencia por el mercado entre los empresarios, favorecía directamente al gran capital, es decir a su concentración, por el hecho de que la pequeña y mediana industria, a las que el revisionismo daba tanta importancia, quedaban trituradas. En lo que hace al número de obreros, también era un hecho que crecía, en forma más rápida que el aumento de la población, y esto sólo podía explicarse por la proletarización de los sectores intermedios.

Para Kautsky era una evidencia la agravación de la miseria, según la predicción marxista. Y así escribía (65) : "Posible es que puedan escapar a esta miseria fracciones de la clase obrera especialmente favorecidas por la suerte, y que puedan elevarse a otras condiciones de vida que hagan posible la comparación con las condiciones de la vida burguesa. Pero también para ellas subsistirá la tendencia a la agravación de la miseria que domina en todo el régimen capitalista; estos obreros están expuestos sin cesar al peligro de perder su situación privilegiada, volviendo a caer en la miseria, lote común de la clase obrera, por consecuencia de una crisis, de un invento, de una coalición de fabricantes, de la concurrencia de otras capas inferiores del proletariado".

Y según su observación, cuando en determinado país son más favorables que en otros las condiciones de los trabajadores, afluyen a él asalariados dé diversas regiones ( "exportación de la miseria" ), con el resultado de que a la postre se reduce el nivel de vida en la nación próspera. Todo esto, respaldado por cifras estadísticas que omitimos, agrava la hostilidad entre las clases y aumenta la resistencia de los oprimidos.

 

 

La guerra mundial y la social-democracia

No se habían apagado los ecos de la querella desatada por el revisionismo cuando se anunciaron los síntomas de lo que había de ser la primera guerra mundial. El 4 de agosto de 1914, a los tres días de haber estallado, la SPD votó unánimemente los créditos que para conducirla pidió el gobierno del Kaiser. Aún Karl Liebknecht, pacifista revolucionario, hijo de uno de los fundadores del partido, los votó para mantener la disciplina. La bella tesis del internacionalismo proletario rodaba por el suelo. La excusa que se dio era la conveniencia de que Rusia y el mundo se desembarazaran de un régimen anacrónico y sanguinario, como el personificado por el Zar. Pero pronto empezaron los arrepentimientos en la parte más sensible de la SPD. Cuando llegó el momento de conceder otros créditos, Karl Liebknecht se negó a ello; en 1915, veinte diputados socialistas se pronunciaban contra la guerra. El carácter imperialista de ella era cada día más visible, a pesar de lo cual la SPD se negaba a reconsiderar su posición belicista. La escisión que se veía venir se presentó en 1917, cuando los sectores de izquierda fundaron el partido Social Demócrata Independiente, del cual hizo parte el puñado más radical, dirigido por Rosa Luxemburgo y por Karl Liebknecht: fue el famoso grupo "Espartaco", del cual salió en 1919 el Partido Comunista alemán.

La revolución rusa de 1917 llenó de alborozo al sector más avanzado de Alemania, a tiempo que producía malestar en las filas moderadas del socialismo. Al terminar la conflagración y al derrumbarse el imperio del Kaiser, tantas fuerzas represadas irrumpieron con violencia. La revolución estalló efectivamente, y así Ebert, como jefe de la SPD, ocupó la presidencia de la nueva república. A poco fue manifiesto lo que tantos augures señalaban: la social democracia se encontró de pronto ante realidades que no esperaba y que no sabía cómo manejar. ¿Qué hacer con una revolución? El desconcierto fue inmenso. Ebert y sus amigos pensaron por el momento que lo mejor era retener al Kaiser, para que con su autoridad le hiciera frente a la tormenta social que se aproximaba. A poco la SPD decidió aliarse con los partidos burgueses, que naturalmente la usaron hasta desgastarla. Veinte años antes Kautsky había dicho que la social-democracia era una organización revolucionaria... que no hace revoluciones.

Huelgas salvajes, manifestaciones monstruosas, formación apresurada de Consejos de obreros y soldados, crímenes horrendos de carácter oficial como el asesinato en enero de 1919 de Rosa Luxemburgo y de Liebknecht, todo eso y mucho más se sucedió con rapidez alucinante. Cuando todo volvió a su nivel, se vio que el orden social anterior seguía intacto, con algunos toques de modernidad. La Constitución de Weimar, avanzada en algunos aspectos pero sin ser de inspiración socialista, apenas disimulaba el hecho de que la distribución del poder económico y cultural seguía favoreciendo a los dueños del dinero. Alemania y el mundo se encontraron ante una inmensa ocasión perdida. El infierno hitlerista que vino pocos años después, tuvo mucho de expiación por tantos pecados y desfallecimientos.

La Segunda Internacional, que venía actuando como agencia coordinadora de partidos de izquierda desde 1889, reflejó y padeció aquella crisis. Los días de gloria que había conocido por el ascenso general del socialismo, se oscurecieron en vísperas de la guerra por la irrupción de los nacionalismos. La Internacional Socialista dejó de existir prácticamente en 1914.

 

 

La social-democracia alemana de hoy

Obligados a abreviar por razones de espacio, anotaremos que después de las dos guerras mundiales el capitalismo alemán se ha seguido consolidando, dentro de los altibajos peculiares del sistema. La SPD, mientras fue oposición, defendía los intereses obreros, a veces victoriosamente, dentro de los márgenes que permitía el orden existente. Pero su mira se dirigía a fines más altos: el acceso al poder político, aunque para ello tuviera que pagar como precio el abandono de queridas posiciones doctrinarias.

Fue así como en el Congreso de Bad Godesberg, reunido en 1954, el partido, por una mayoría imponente de 324 votos contra 16, decidió borrar de su programa toda referencia al marxismo y a la lucha de clases. La vocación reformista de la SPD adquirió así el sello de un hecho histórico. Rovan observa (66) que en esa época las masas asalariadas de Alemania se sentían menos excluidas de la sociedad, menos alienadas, y más convencidas, como lo había enseñado Lassalle un siglo antes, de que el sendero electoral puede llevar al control de las palancas de mando. Para facilitar la captación de electores católicos, en Bad Godesberg se hizo el reconocimiento de que la ética cristiana es una de las bases del socialismo, y de que lo prudente es renunciar a tener un solo fundamento filosófico, lo que era tanto como señalar limitaciones al materialismo dialéctico.

En el plano económico, dicho Congreso decidió suprimir la alusión a las nacionalizaciones y reconocer la importancia de la libre empresa, "siempre que se oriente según las necesidades colectivas, y no de acuerdo con el lucro privado". En el terreno social se abogó por la cogestión, o sea la participación de los trabajadores en el manejo de la empresa, al lado del patronato. En política exterior, la SPD se declaró conforme con la defensa nacional en el plano de la OTAN lo que implica la amistad y la colaboración con los Estados Unidos.

Nos encontramos así con un gran partido de filosofía muy vaga en cuanto a su concepción del socialismo, pero sí muy nítido en lo que se refiere al alejamiento de toda postura revolucionaria. Willy Brandt, quien encarna a la perfección el espíritu de Bad Godesberg, emergió de allí como el hombre del porvenir, al que habría de corresponder siete años después, una vez ampliada la masa electoral, regentar el gobierno.

El designio más importante de Brandt como Canciller fue el de la Ostpolitik (política de apertura hacia el Este), o sea, la aceptación por la Alemania Federal de hechos cumplidos, lo que implica la renuncia por su parte de cualquier conducta guerrera respecto de los países que han escogido el socialismo. Son ellos los que deben, según el raciocinio de Brandt, dar los pasos conducentes a la conquista de la democracia interna. Ponerlos en la pista de la auto-determinación es él secreto de la Ostpolitik. La evolución de la Europa Occidental hacia las, fórmulas propias de la social-democracia, estilo germano, ayudaría al entendimiento con el Oriente socialista.

En la actualidad, comienzos del decenio de los 80, la SPD, continúa en el gobierno, gracias a la colaboración con los liberales. Helmut Schmidt, el Canciller, es un hombre formado en los ejércitos de Hitler, lo que le valió caer en manos de los ingleses durante la guerra. Situado políticamente a la derecha de Brandt, él ha continuado el desarrollo de la Ostpolitik, mediante tratados con Polonia y la República Democrática Alemana, y en el orden interno, de las pautas acordadas en Bad Godesberg. Así, en lo económico el régimen se inclina cada vez más hacia la libre empresa, y en lo social, hacia el alza de salarios y las prestaciones a los desocupados, y desde luego, hacia la extensión de la seguridad social. Pero son el robustecimiento de la política de la cogestión y el control de la inflación, mantenida al nivel razonable del 5,8%, las piedras angulares de la acción de la SPD en lo que mira a los trabajadores.

Willy Brandt conserva la jefatura del partido y la presidencia de la Internacional Socialista, revivida en 1919. Esta ha conocido éxitos relevantes bajo su dirección, ya que se ha extendido a varios puntos del orbe capitalista. El ejemplo de los logros que ha alcanzado la SPD en el gobierno, los dineros que reparte generosamente y la fuerte personalidad de Brándt, hacen de la Social Democracia alemana uno de los centros mundiales con mayor capacidad de irradiación. Desconocerlo, sería equivocarse en materia grave.

Lo anterior nos ayuda a comprender por qué la Social Democracia ha tomado la senda reformista y propone ese rumbo como modelo. Lo que falta por explicar es la razón que la ha inducido a que en política exterior ella, y la Internacional Socialista, se hayan inscrito con tanta decisión en la órbita del Atlántico Norte y de los Estados Unidos.

Uno de los mejores análisis que hemos encontrado es el hecho por Ceres, grupo de izquierda del socialismo francés, publicado por Reperes, su órgano de expresión, en junio de 1977. Allí se dice que ese gigante económico, la Alemania Federal, está socavado por su vulnerabilidad estratégica. Ella tiene al frente las tropas socialistas del Pacto de Varsovia, ya que sus fronteras con la. República Democrática Alemana se extienden a lo largo de 1.700 kilómetros. El 30% de los habitantes de la Alemania Federal y el 25% de su industria están ubicados sobre dichas fronteras. Además, el 45% del total de la población vive en el 7% del territorio nacional, lo que significa que en caso de ataque no dispone de posibilidad de repliegue. De ese modo, el grueso de los efectivos humanos y de los equipos de producción estaría expuesto al fuego enemigo. Esto, unido al hecho de que a la República Federal no se le permite la posesión de armas nucleares, determina la urgencia de alianzas que hagan viable su seguridad.

De ahí que Willy Brandt sostenga que la defensa no sólo de Alemania sino del Occidente, no se concibe sin el compromiso por parte de Norteamérica y de la OTAN. En su libro "La paz en Europa", él dice: "En el caso terrible de un conflicto mundial; Europa es incapaz de defenderse sola, y no veo venir el tiempo en que pueda hacerlo". Esa circunstancia, y el hecho de la división de Alemania en dos países, uno de ellos miembro del Pacto de Varsovia, determinan que la SPD abogue con tanto ardor por el rearme nacional y por la política de alianzas.

 

 

Socialismo y social-democracia en España

La España de hoy nos ofrece el espectáculo viviente del conflicto entre las dos líneas doctrinarias de que hemos venido hablando. Desde su fundación por Pablo Iglesias en 1879, el Partido Socialista Obrero Español (P.S.O.E.) venía actuando como una organización revolucionaria y marxista. A1 recobrar la legalidad después de la era de Franco, el partido se sintió consolidado en esa actitud al fusionarse con el que venía dirigiendo el profesor Enrique Tierno Galván, o sea el Partido Socialista Popular, de inequívoca filiación a la escuela de Marx.

Pero por el innegable desarrollo del capitalismo en la Península, por la diversificación creciente de la clase obrera y por los contactos con otras formaciones de la izquierda europea, en el seno del P.S.O.E. empezó a cobrar fuerza la corriente social-demócrata, estimulada además por la circunstancia de que a causa de la situación fluida que vive ahora España, hay la posibilidad cercana de que el partido llegue a ser gobierno, a favor de las combinaciones electorales. El líder mejor dotado entre los aparecidos después de lo que allá denominan "la larga noche autoritaria", Felipe González, en su carácter de Secretario General, personifica esa tendencia, y así es uno de los vicepresidentes de la Internacional Socialista y elemento muy adicto a Willy Brandt.

El forcejeo entre las dos líneas, perceptible desde antes, estalló en el Congreso del partido, en mayo de 1979. La corriente marxista y revolucionaria se impuso, con el resultado de que González se negó a presentar su nombre para la reelección como Secretario. Reunido de nuevo en septiembre siguiente para acabar con la acefalía, el Congreso acordó fórmulas que buscaban darle gusto a unos y a otros, pero que tal vez descontentaron a todos. González fue reelegido Secretario General, al tiempo que se tomaban medidas para atajar el deslizamiento del partido hacia la social-democracia. El asunto candente, su definición o no como organización marxista, fue soslayado por una serie de esguinces, y así se acordó adoptar el marxismo como instrumento teórico, crítico y no dogmático para el análisis y la transformación de la realidad nacional, pero se le relativizó hasta el punto de decir que el partido "se servirá tanto de los aportes marxistas como no marxistas que contribuyeron a hacer del socialismo la gran alternativa W nuestro tiempo en favor de la emancipación".

El mismo pensamiento de González no está libre de contradicciones y de ambigüedades. Donde mejor está expresado es en la larga entrevista a la ya citada revista parisiense "Reperes", en la cual se declara partidario de la Social Democracia, al tiempo que muestra francamente las limitaciones de ésta. A la pregunta de qué acepta la burguesía de la Social Democracia y qué rechaza, González da esta respuesta acertada: "La burguesía acepta todo de los socialistas, salvo la construcción del socialismo. Cualquier medida que atente contra los fundamentos reales del poder del capital será rechazada".

González registra los logros alcanzados por los obreros en las áreas del mundo regidas por la Social Democracia, como las escandinavas, pero admite honestamente que a pesar de ello las , estructuras del actual sistema siguen incólumes. "Se podría decir, afirma, que la gestión social-demócrata ha estabilizado un cierto número de países capitalistas, pero sobre la base de una mejor presencia social de la clase trabajadora".

González se da cuenta de los peligros que entraña el abandono por ese tipo de socialistas de todo gesto revolucionario. "Esta limitación reformista, agrega, de la práctica política de los partidos socialistas ha tenido por consecuencia, en el caso de la Social Democracia, que puede continuar hasta llegar al abandono por esos partidos de la teoría política revolucionaria, en un primer tiempo, y aún, en un segundo tiempo, al abandono del lenguaje político revolucionario. A1 final de lo cual tanto el objetivo último como la práctica cotidiana de esos partidos se encuentran totalmente insertos en el cuadro de la sociedad establecida". Como resultado, González ve con buenos ojos que en el interior de los partidos socialistas haya una corriente de izquierda, a condición de que no llegue a institucionalizarse.

Á pesar de esas observaciones de buen sentido, González, movido por el pragmatismo y por el afán de todo político de manejar pronto las palancas gubernamentales, acaba defendiendo las tesis social-demócratas... "yo pienso, dice, que la actitud de la clase obrera respecto de la Social Democracia está marcada, al mismo tiempo, por la confianza y por la rutina. Los trabajadores saben que los partidos social-demócratas van a obrar legalmente en la defensa de una serie de reivindicaciones que los favorecen.

Pero saben también que las mejoras no irán más allá de una elevación relativa de sus actuales condiciones de vida. Es decir que confían en la Social Democracia para mejorar las cosas poco a poco. Pero no esperan de ella una transformación radical de la sociedad. Escoger la Social Democracia significa escoger una serie continua de avances en el cuadro de la sociedad establecida".

La posición atlántica, personificada en la OTAN, que es la de los partidos social-demócratas después de 1945, goza de las simpatías de González, siempre que se pueda modificar con el tiempo. Para él la opción social-demócrata en política exterior está seriamente condicionada por la actual situación geopolítica mundial. Un cambio de esa situación en Europa, que puede comenzar con la llegada al poder de los partidos socialistas y comunistas de la Europa del Sur, tendrá seguramente gran influencia para modificar la opción atlántica.

Ya hemos dicho que en el P.S.O.E. hay otra tendencia inspirada en el socialismo genuino, que piensa de manera distinta en cuanto a los deberes y responsabilidades de la organización. Por boca del profesor Tierno Galván, ella sostiene que a los países de la zona del Mediterráneo les toca desarrollar un modelo de socialismo, popular e insurgente, que defendiendo las libertades públicas e individuales, se empeñe a fondo en la creación de una sociedad distinta. Para él, en España, y en general en el mundo hispano parlante, existe una clase obrera capaz de llevar a término una transformación de esa índole.

 

 

La social-democracia en América Latina

La América Latina es hoy tierra privilegiada para la Social Democracia. Muchas organizaciones liberales se bañan en esas aguas en busca de remozamiento y de nuevos atractivos. Hasta 1979 habían adherido a la Internacional Socialista los siguientes partidos: el Radical de Chile, el Laborista de Barbados, el Nacional Popular de Jamaica, el Revolucionario-Democrático Dominicano, el Socialista Popular de la Argentina y el de Liberación Nacional de Costa Rica. Tres figuran como miembros consultivos: el Revolucionario del Paraguay, Acción Democrática y el Movimiento Electoral del Pueblo, los dos últimos de Venezuela.

No comprendemos bien las razones por las cuales la Social Democracia ha adquirido tan vasta audiencia en zonas sub-desarrolladas como las que acabamos de citar. Se explican sus progresos en sociedades industrializadas, exentas de las necesidades de la acumulación de capital, escasas de mano de obra, y que son el asiento de clases ricas que a cambio de la seguridad que se les da de que seguirá en pie el sistema económico y social dentro del cual han prosperado, acceden a hacerles a los trabajadores ciertas concesiones. No sucede lo mismo en las áreas del mundo en desarrollo, pobres en capital, en las que los, sectores dirigentes son propensos al monopolio y de una avaricia sin límites, por lo cual como. decía Ferri, prefieren dar su sangre antes que aceptar recortes en la propiedad privada. Tal vez el atrincheramiento de la burguesía en las estructuras actuales, fingiendo desplazamientos hacia la izquierda, explica la adhesión de dichos sectores a los postulados de la Social Democracia.

Venezuela, un país gobernado hasta 1979 por Acción Democrática, Miembro Consultivo como hemos dicho de la Internacional Socialista, no mejoró la condición de los obreros a pesar de la bonanza del petróleo. Devorados por una inflación sin precedentes y por una deuda exterior que compromete el porvenir de varias generaciones, humillados por el aumento de los tugurios y de la población marginal y por la insolencia de unas clases altas que llevan el tren de vida de los magnates norteamericanos, los trabajadores de Venezuela no han conocido los beneficios de que se ufanan sus congéneres de Alemania Federal, de Austria o de Escandinavia.

El ex-presidente de Venezuela, Carlos Andrés Pérez, social-demócrata convencido, ha denunciado con energía el egoísmo y la posición negativa de los gobiernos de la Internacional Socialista europea respecto de los derechos que asisten a los países del Tercer Mundo, a pesar de lo cual persevera en la creencia (67) de que es posible la coordinación de los partidos social-demócratas de Europa, la América Latina y otros continentes, de lo cual resultarían ventajas sin medida para las regiones rezagadas. Así, como es plausible la franqueza con que el ex-presidente señala la explotación de esas áreas por parte de las desarrolladas, nos parece excesiva la ilusión que él pone en la expectativa de que una buena mañana empezará a fulgir el sol de un nuevo y justiciero Orden Económico Internacional. En todo caso retengamos las. denuncias de, Pérez: "Estamos en presencia de un nuevo orden político mundial que se fue forjando con las realidades objetivas del mundo en que vivimos. Desconocer este hecho es el error de los grandes países industrializados, cuando oponen resistencia tan tenaz al nuevo Orden Económico Internacional que ha de ser y tiene que ser la secuencia inevitable del nuevo orden político mundial".

Pérez, al igual que todos los social-demócratas, estima que son indispensables los cambios estructurales para que las naciones pobres puedan disfrutar de una economía propia y de la soberanía plena. Para eso les bastará, según sus conceptos, recorrer la vía media que hay entre capitalismo y comunismo. Para él lo malo no es el capitalismo sino "sus vicios y abusos", sin ver que mientras subsista ese sistema los vicios y abusos serán el pan de cada día. Leamos sus palabras (68): "Los vicios y abusos del capitalismo deben ser juzgados severamente para corregir sus desmanes y ponerlo al servicio de la capitalización internacional".

Dirigiéndose a la América Latina después de un encuentro social-demócrata en Caracas, Willy Brandt echa agua fría en las tesis de Pérez, pues fue muy cauto en la promesa de que vayan a cambiar en plazo corto las políticas gubernamentales de las potencias ricas respecto de los países pobres, aunque las primeras, como acontece en la Alemania Federal, estén dirigidas por la Social Democracia. Por eso manifestó que una cosa son las conversaciones de partido a partido, y otras las de gobierno a gobierno, e inclusive llegó a decir que muy probablemente hay que entregar la esperanza de un Nuevo Régimen Económico Internacional a las generaciones que vienen. Así afirmó (69): "Me parece deseable que justamente cuando las posiciones a nivel gubernamental hayan llegado a petrificarse, las conversaciones a nivel de partidos amigos contribuyan a flexibilizar estas posiciones y a lograr una mejor comprensión mutua".

Algunos de los ideólogos de la social-democracia en la América Latina tienen la honradez de decirnos que el triunfo de esa modalidad política no implicaría cambios de consideración. Es el caso del costarricense Luis Alberto Monge, quien sostiene en su estudio "Democracia-social, democracia-formal y empresa privada" (70) que la empresa privada sólo tiene futuro en esta parte del mundo si se adapta a los principios de la Social Democracia. Es decir, que ésta se constituye en garante del desarrollo del capitalismo. Es lógico que esa línea "transaccionista" con los intereses particulares contribuya a la falta de definición ideológica del Partido Liberación Nacional de Costa Rica. El mismo Luis Alberto Monge lo reconoce en otro estudio al escribir (71): "En Liberación Nacional llevamos veinticinco años enfrascados en un debate o en una pugna, a veces fraterna y otras veces un poco áspera, en busca de una definición y de una estructura social-demócrata costarricense. Hemos realizado algunos progresos en el esclarecimiento de las metas social-demócratas, pero estoy entre los que consideran que hemos avanzado con demasiada lentitud hacia los objetivos de la democracia social".

Un informe oficial de dicho partido lo explica igualmente; conviene recordarlo, pues seguramente esa situación corresponde a algo común en organizaciones similares del hemisferio: "la alianza heterogénea de sectores sociales para luchar contra el régimen de antes de 1948, tuvo una influencia perniciosa en la futura organización del partido, pues se han mantenido resabios de esa época que han dificultado la profundización de nuestra democracia interna y la participación más efectiva de los obreros y campesinos".

Los riesgos de que el anti-comunismo lleve a la Social democracia a caer en situaciones muy cercanas a la derecha, fueron señalados por un hombre que subrayó con una muerte heroica la adhesión a la causa popular. Fue el guatemalteco Alberto Fuentes Mohr, caído en enero de 1979 en la lucha contra la dictadura militar de su patria, y quien siempre quiso evitar que la inscripción de su partido en la Social Democracia pudiera llevarlo a apoyar los intereses creados. Estos conceptos de Fuentes Mohr tienen mucho de testamento político (72). "En términos generales, sin embargo, los socialistas democráticos de América Latina deberían ser particularmente cuidadosos de no caer en situaciones que los hagan derivar hacia la derecha a través de su oposición a determinados grupos izquierdistas. El anti-comunismo como posición política no puede aceptarse en un continente en el cual toda tendencia democrática ha sido perseguida al amparo de esa fórmula. Los socialistas democráticos, es verdad, no podremos renunciar nunca a determinados principios de la democracia representativa tales como la libre expresión del pensamiento, el derecho a disentir y una concepción pluripartidista de la política. En esto nos seguiremos diferenciando de otros sectores de izquierda y en un momento dado ello podría originar limitaciones en la creación de alianzas. Pero al menos en el corto y posiblemente en el mediano plazo, nuestros principios son cotidianamente violados por la alianza oligárquico-imperialista y es contra este enemigo que nuestras baterías deben estar dirigidas. Nuestra tarea, conservando nuestra identidad ideológica, debe ser la de crear una unidad lo suficientemente amplia y flexible para encontrar una apertura democrática o para afianzar las incipientes democracias existentes".

 

 

La social-democracia en Colombia

A partir de 1978 se nota especial simpatía en algunos círculos liberales de Colombia por la social-democracia. No es sólo simpatía: es la convicción de que esa tendencia es la única tabla de que puede agarrarse el liberalismo en estas horas trágicas. La crisis se exterioriza en los siguientes puntos:

a) Por el crecimiento económico iniciado en 1945, dicho partido padece hoy el predominio incontrolado de las capas burguesas que se incrustaron en él desde el siglo XIX, con el resultado de que los núcleos populares que desde los comienzos de esa organización depositaron en ella su confianza, no tienen hoy mayor ascendencia y posibilidades de participación. Es, pues, un partido inhabilitado para dar respuesta a las demandas que vienen de abajo. El policlasismo de que siempre se jactaba esa colectividad, se ha traducido en los últimos años en el reinado de los elementos burgueses.

b) Por ese fenómeno, el liberalismo no sólo ha relegado a plano secundario la defensa de los intereses de la mayoría sino que en los dominios político y filosófico ha conocido mutaciones muy significativas. El partido entra en la década de los 80 en condiciones totalmente extrañas a su credo inicial, como la restricción de las libertades y el ataque a derechos fundamentales del ser humano. Los dos últimos gobernantes liberales, López Michelsen y Turbay Ayala, han extremado la defensa del orden constituido en forma que llena de alegría y de envidia al conservatismo. El extremado poder de los monopolios, muchos de cuyos gestores se proclaman liberales, impone una política que se expresa en rigurosas medidas de seguridad, para reducir a la inacción a las clases subyugadas. Cualquier intento dirigido a obtener otra forma de redistribuir la riqueza y el ingreso es asimilada a conatos de alteración del orden consagrado.

c) El Frente Nacional, que desde 1958 hasta hoy, con denominaciones y maneras diversas, es el sistema de gobierno por ser el que más conviene a las clases y partidos dirigentes, ha llevado a que ni el liberalismo ni el conservatismo se decidan a andar cada uno por su lado. Se necesitan el uno al otro, se complementan, se reclaman. Pero lo inquietante es que el punto de convergencia ha ido pasando del centro a la derecha, lo que quiere decir que en esos desplazamientos es el liberalismo el que ha cedido doctrinalmente más terreno.

d) Burocratizadas hasta el extremo limite, sin más designio que el reparto milimétrico de los empleos y de todas las ventajas que depara el mando, las dos colectividades antiguas han llegado al punto ideal con que las clases altas habían soñado: aquél en que éstas, libres de agitaciones doctrinarias incómodas, que a veces daban lugar a enfrentamientos nocivos, pueden dedicarse a los negocios y a los beneficios que trae consigo una sociedad adquisitiva.

En tales condiciones, no vemos cosa fácil que el liberalismo pueda revitalizarse mediante las abluciones en el ideario social-demócrata. Concebimos mal la posibilidad de que los grupos situados en lo más elevado de la jerarquía, se avengan a aceptar principios contra los cuales todavía subsisten desconfianzas y recelos. En cuanto -a las bases populares, es casi seguro que aspiran a comportamientos más radicales que los ofrecidos por aquel esquema. Las masas liberales, y hay que reconocer que siguen siendo numerosas, sólo despertarán al llamado que se les haga, ciertamente en nombre de ese partido, pero que prometa entrar en el análisis de los fundamentos mismos del sistema que nos gobierna. Dentro de la lógica propia, del capitalismo en las áreas subdesarrolladas, la burguesía colombiana será cada día más intransigente en la defensa de las posiciones que ocupa, lo que la hace reacia a las transacciones y al compromiso.

Nuestra creencia es la de que la concordancia del liberalismo nacional con la social-democracia corresponde más al pasado que al futuro. Cuando un conductor como Uribe Uribe a comienzos de este siglo reclamaba para su partido y para él el título de socialista de Estado, y cuando pedía reformas laborales avanzadas para una clase obrera que aún no existía, era porque el estudio de la evolución europea había dejado en su cerebro la idea de que se necesitaba aquí una nueva modalidad política que fuera capaz de mantener dentro de diques prudentes al capitalismo en gestación. Cuando veinte años después, al ver los primeros pasos de un proletariado que nació combatiendo, intelectuales de las calidades de Sanín Cano, de Luis Tejada, de Armando Solano y José Mar proponían la socialización del liberalismo, estaban reconociendo que ante la postración de ese partido sólo la regeneración ideológica podía insuflarle de nuevo la voluntad de dominación. López Pumarejo y Gaitán, en los años de la República Liberal, de 1930 a 1946, se movían entre los mismos carriles doctrinales, aunque el primero no hubiera hablado nunca de adhesión al socialismo. En la década del 60, el Movimiento Revolucionario Liberal tuvo ademanes de ese tipo, antes de que sucumbiera ante el halago de las posiciones y granjerías para los jefes.

Pero fue en 1936 cuando el matiz social-demócrata, sin usar la palabra, fue pergeñado con mayor nitidez por un joven político liberal extremadamente sensible a la marcha de las ideas. Carlos Lozano y Lozano sostuvo que para sobrevivir dignamente, el liberalismo debía fusionarse con el socialismo, un socialismo sin dientes, ya que lo despojaba de la lucha de clases, pero que en todo caso, iba dirigido contra la dictadura de los que tienen mucho. Así decía: (73) "Redimir a la canalla que sufre, que espera, que trabaja, que perece en las guerras civiles y que vota en los comicios, es el deber del Partido Liberal en el gobierno y en la oposición".

Esa concepción de un socialismo de buenos modales había adquirido para entonces cierto prestigio en medios evolucionados de Occidente que deseaban que la sociedad avanzara, pero economizándole los padecimientos inevitables que vienen con la intensificación de los antagonismos de clase. Lozano y Lozano volvía los ojos llenos de admiración hacia las naciones escandinavas "en las que el grande y funesto Carlos Marx no ha tenido ni tiene influjo alguno. Era allí donde se había operado la síntesis entre liberalismo y socialismo".

Destacados hombres públicos de hoy creen que la crisis del liberalismo colombiano es de tales dimensiones que sólo cambiando de piel y posiblemente de nombre, es decir, haciéndose social-demócrata, puede enfrentarse al porvenir. El más pertinaz de todos ellos, Jorge Mario Eastman, Presidente del Parlamento Latinoamericano e intelectual muy preocupado por las cuestiones doctrinarias, sostuvo en 1978 que ya era tiempo de que el viejo partido, haciéndole honor a su pasado, siempre abierto a las cosas nuevas, se orientara en esa dirección. Así dijo en la ponencia que llevó a la reunión de la Internacional Socialista; efectuada en Lisboa: "En los anteriores principios fundamentales de mi partido es fácil advertir una convergencia o identidad con los que proclaman los partidos socialistas democráticos articulados en la Internacional Socialista que hoy dirige el ex-canciller germano-occidental, señor Willy Brandt. Esos valores tampoco son un hallazgo para el liberalismo colombiano de hoy, dado que a partir de finales de la centuria pasada los asimiló y consolidó. Desde entonces el pensamiento social y político de mi partido se ha inspirado en el de una pléyade de pensadores y líderes entre los que destacan, por sus ideas igualitaristas, Rafael Uribe Uribe ( 1859-1914), Alfonso López Pumarejo ( 1886-1959) y Jorge Eliécer Gaitán (1903-1948)".

Un político nuevo, Néstor Hernando Parra, analizó muy bien las razones de tipo económico que militan en favor de la solución social-demócrata. De ello hay testimonio en el trabajo que presentó, en el mismo año de 1978, al Taller Ideológico de la social-democracia reunido en San José de Costa Rica (74) "Alguna salida, por difícil que sea, tiene que encontrar el pueblo indoamericano. La de la dictadura militar que tantas naciones nuestras han ensayado, con la esperanza; de que con la fuerza de las armas se logre disciplina social, está desgastada. La de la dictadura del proletariado no es la anhelada por un pueblo que tiene tradición y conciencia política de la libertad. Queda la vía social-democrática que combina la posibilidad económica, la posibilidad política, la posibilidad social y la posibilidad cultural a través de la libertad, que procura iguales derechos e igualdad de oportunidades de la vida en sociedad a través de la justicia, y que produce, como consecuencia moral y política, la solidaridad entre los miembros de una sociedad".

En 1979 dos expresidentes de la república, Darlo Echandía y Alfonso López Michelsen, se declararon partidarios de ese viraje, pues no ven otro signo de salud. .En su desazón, el primero de ellos no vaciló en decir que "llamarse hoy liberal es una vergüenza".

Una muestra de la apatía que en materia de principios políticos existe en el liberalismo es que hasta hoy, comienzos de 1980, no ha habido una discusión a fondo sobre esas propuestas, y ninguna de las directivas fantasmales que tiene ha promovido un debate sobre el particular ni emitido una opinión. Una de las pocas voces autorizadas que se han escuchado es la del dirigente Hernando Agudelo Villa quien en conferencia pronunciada en noviembre de 1978 reconoce, en lo cual coincide con Eastman, que en las reformas constitucionales de 1936, 1945 y 1968 hay muchos de los principios actuales de la social-democracia, pero en esa oportunidad y en otras posteriores, formuló críticas muy sensatas como éstas:

a) La social-democracia se preocupa más por el control y la planeación que por la propiedad de la industria, y de ahí que para ella la libre competencia y la iniciativa del empresario son elementos vitales de la política económica;

b) El esquema social-demócrata se basa en principios que sólo pueden aplicarse en las sociedades ricas, donde hay exceso de capitales y donde puede mejorarse la situación del pueblo, sociedades que por lo demás se nutren de la explotación de la periferia y de las ventajas que les reporta el intercambio desigual;

c) En países como el nuestro, de clamorosas desigualdades entre los que tienen y los que no tienen, la social-democracia no puede servir de catalizador del cambio sino de conservación de lo que hay, con lo que adquiere automáticamente un tinte moderado.

 

 

Conclusiones generales

Al final de esta larga disertación podemos decir que la social-democracia se presenta hoy como un movimiento de indudable importancia en las regiones desarrolladas del mundo, donde los núcleos socio-económicos poderosos se resignan a hacer ciertas concesiones a las mayorías, a cambio de que se mantenga el orden actual. Esta posibilidad no existe en las zonas rezagadas donde son congénitos desniveles que sólo pueden corregirse por medio de modificaciones sustanciales en el régimen de propiedad.

Teniendo en cuenta lo anterior, la social-democracia tiende a ser la ideología de la aristocracia obrera que se ha formado al amparo del progreso de los países opulentos, interesada por tanto en el mantenimiento de la presente ordenación.

Todo esto conduce a que los partidos social-demócratas tengan una ,viva filosofía anti-comunista que, naturalmente los predispone a servir de ariete para dividir al movimiento obrero. Esto se vio claramente en la reunión de los gobernantes del mundo Occidental, efectuada hace pocos años en Puerto Rico, en la que el Canciller Helmut Schmidt declaró, con el aplauso entusiasta de Carter y en nombre de la Social Democracia, que se formaría una Santa Alianza contra Italia, en el caso de que los comunistas llegaran por cualquier medio al gobierno.

El plano inclinado en el que la social-democracia se ha venido moviendo, la ha constituido en pieza de relevo para ejercer las responsabilidades oficiales cuando se desgasten los partidos burgueses. Uno de los hombres de Estado más inteligentes del capitalismo internacional, Giscard D'Estaing; no oculta su juego de dividir a la izquierda francesa para contar con una social-democracia fuerte, que pueda ser llamada en cierto momento a hacerle frente a la borrasca social. En una entrevista decía Giscard en 1976 (75) : "La social-democracia es una variante con preocupaciones sociales de la estructura común de la sociedad europea, tal como nosotros la podemos concebir... Cuando yo digo que la alternación es una forma de regulación de una democracia fuerte y tranquila, yo estimo que, por ejemplo, para Francia una alternación con la social-democracia podría ser contemplada".

Volviendo, ya para terminar, al caso del liberalismo colombiano, si su ingreso a la Social Democracia se hace sobre los presupuestos doctrinarios dados por ella para el ámbito europeo, es claro que no representará mayor avance político. Tanto más cuanto que en 1980 se han añadido otras voces de malestar y de desesperación a las ya oídas sobre el presente y el futuro del liberalismo. El ex-presidente Carlos Lleras Restrepo lo definió como "un buey cansado", y que como colectividad está "en disgregación".

Hay una situación inesperada, a la cual pueden prenderse como a una tabla en medio del remolino los liberales que se pronuncian por la afiliación a la Social Democracia, y es el conato de la Internacional Socialista por remozar su credo y su estrategia. Desde 1976 ella está en trance de dejar de ser exclusivamente europea, por lo cual hoy tiene al Tercer Mundo en el centro de sus afanes. Mas para poder echar raíces en los convulsionados suelos de Asia, Africa y América Latina, la Internacional ha visto que le urge hacer planteamientos inéditos en ella. Así, hoy habla de lucha enérgica contra el colonialismo, el atraso, el imperialismo y naturalmente contra la violación de las libertades y en general de los derechos del hombre. Como demostraciones de la nueva política, tenemos la solidaridad de la Internacional Socialista con la revolución de Nicaragua, con la que ahora avanza en El Salvador, con los brotes de insurgencia en Guatemala y con la marcha de Jamaica hacia un modelo más justo de organización social.

Sin duda ha obrado en este cambio, no sólo el cálculo de extender el número de prosélitos, sino la convicción que hoy seguramente tienen los responsables de la Internacional de que si no obran de ese modo no podrán oponerse con éxito al adversario que hoy apunta -y pensamos en la América Latina- que es nada menos que la Democracia Cristiana, hoy dominante en Venezuela, fuertemente arraigada en Chile, y que participa actualmente en la Junta de Gobierno que en El Salvador efectúa las ampliamente conocidas y repudiadas sevicias contra el pueblo.

Esa evolución de la Social Democracia, que hace falta ver si se consolida, halló expresión en lo que mira a esta parte del mundo en la primera Conferencia Regional de la Internacional Socialista para la América Latina y el Caribe reunida en Santo Domingo en marzo de 1980, donde hubo acuerdo sobre los siguientes puntos:

Es realidad innegable la influencia del imperialismo en el área, así como es un hecho el predominio de las firmas multinacionales, que encuentran su aliado en la burguesía de cada país;

Con el apoyo de esas empresas y de esos aliados se han establecido en varias partes regímenes de tipo autoritario, más aún, fascista, que mantienen a los trabajadores en estado de sobre-explotación;

La democracia formal que rige en otras naciones del área es ineficaz para hacer efectiva la libertad y la participación del pueblo en los destinos comunes, por lo cual se ve lejano el acceso de él al disfrute de los bienes creados y la vigencia de derechos como el del pleno empleo

Debe ser tarea común pugnar por la legalización de los partidos en varias naciones, por el regreso de los exiliados a su patria y porque en casos como el colombiano sean respetados los derechos humanos y los políticos.

Se menciona también en la Declaración Final la circunstancia de que con dicha Conferencia se inicia la unidad de las fuerzas anti-imperialistas y socialistas de la América Latina, Europa y Asia.

Siendo importantes estos avances, que permitirían hablar de dos Internacionales Socialistas, una que opera en Europa y otra en las zonas subdesarrolladas, es obvio que la Social Democracia no llega hasta el punto de preconizar la liquidación del capitalismo, pues sabemos que ella se contenta con un socialismo meramente distributivo, por lo cual deja en pie la propiedad privada sobre los medios de producción, que es el aspecto que define al capitalismo. Este puede aceptar ciertas formas de redistribución del ingreso, pero a condición de que se mantengan intactas las piedras sobre las cuales reposa. Con todo, ya es algo que en la Declaración Final de la mencionada conferencia se diga "que sólo habrá paz en el mundo cuando los explotados de hoy sean los hombres y mujeres libres del mañana".

En esta evolución de la Social Democracia no podía faltar el lado pecaminoso: siendo ahora Alemania Federal concurrente serio de los Estados Unidos en el dominio económico, no puede descartarse la posibilidad de que el naciente imperio se valga de la Social Democracia como vehículo de penetración. Un simpatizante de ella, James F. Petras, de la Universidad de New York, lo dice sin rodeos: "Resulta difícil escapar a la conclusión de que la bandera rosa de la Social Democracia abre el camino al marco verde del capital alemán".

En el caso de los liberales colombianos que abogan por la inserción de su partido en la Social Democracia, se observa la incongruencia de que muchos de ellos defienden la administración Turbay Ayala, que ha merecido la reprobación de organismos tan respetables como Amnistía Internacional, por la sistemática conculcación de los derechos humanos, administración caracterizada además por su política de dejar hacer en frente de los grandes conglomerados económicos, con el consiguiente desequilibrio en el reparto de las ganancias, por la militarización del país y por la dimisión del Estado en el compromiso de asegurarles a los asociados el goce de bienes esenciales como la seguridad personal, la salud, el empleo y tantos otros sin los cuales no se concibe al hombre contemporáneo.

Por otro lado los liberales colombianos que suspiran por la conversión de su partido a la Social Democracia, no le han explicado todavía a la opinión cuáles son los planes que llevarán adelante una vez lograda esa reencarnación.


59. París, 1978, pág. 58.
60. Recherches Internationales a la lumiére du marxisme, París, 1959.
61. Kautsky, op. cit., pág. 197.
62. Rovan, op. Cit., pág. 87.
63. Kautsky. La doctrina socialista, pág. 229.
64. Rovan, op. cit, pág. 101 y siguientes.
65. Op. Cit., pág. 165.
66. Op. cit., pág. 284.
67. Revista Nueva Sociedad, Nos. 31 y 32 de 1977, Caracas.
68. Nueva Sociedad, Nos. 31 y 32 de octubre de 1977, Caracas.
69. Nueva Sociedad, Nos. 31 y 32 de octubre de 1977, Caracas.
70. Citado por Alberto Fuentes Mohr en su colaboración al libro Perfiles de la social-democracia en Latinoamérica, San José de Costa Rica, 1979, pág. 50.
71. Citado por Fuentes Mohr en el mismo libro.
72. Colaboración de Fuentes Mohr al libro citado, pág. 53.
73. Gerardo Molina, Las ideas liberales en Colombia., de 1935 a la iniciación del Frente Nacional, Bogotá, 1977, pág. 111.
74. Colaboración al libro ya citado, Perfiles de la social-democracia en Latinoamérica, pág. 32.
75. Revista Reperes, No. 44, junio de 1977, París.
 
 

 

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