A los campesinos del Putumayo, con la esperanza de contribuir a que sus voces sean escuchadas y sus propuestas tenidas en cuenta.

AGRADECIMIENTOS

En este trabajo se concretan el aprendizaje sobre la situación en que se encuentran los campesinos del Putumayo, y la discusión académica permanente con cuatro profesores que conformaron el comité de tesis de doctorado en el departamento de antropología de la Universidad de Harvard: David Maybury-Lewis, Sally Falk Moore, Jean Jackson y Begoña Aretxaga.

|Quiero agradecer, en primer lugar, a los campesinos y dirigentes del movimiento cocalero del Putumayo, quienes por medio de su práctica social y de su interlocución me inspiraron y contribuyeron a que este trabajo pudiera realizarse.

A David Maybury-Lewis, por el apoyo que me brindó desde que entré al doctorado, y por su permanente confianza en mis capacidades y trayectoria como antropóloga en Colombia. Su perspectiva latinoamericana permitió que el trabajo no se limitara al caso colombiano e insertarlo en el contexto latinoamericanista, para entender así, con más claridad, el problema estudiado, a la luz de otras situaciones similares pero a la vez muy diferentes.

A Jean Jackson le debo la decisión de presentarme a la Universidad de Harvard; en ella he encontrado apoyo académico, editorial y personal. Su interés y conocimientos sobre Colombia me dieron la oportunidad de recibir sus comentarios sobre diferentes trabajos finales relacionados con el país. No encuentro palabras para agradecer su paciencia y dedicación; además, su empuje para la finalización de este libro fue definitivo.

A Sally Falk Moore, de quien aprendí sobre antropología política y legal; ella me abrió un panorama muy enriquecedor para el trabajo en Colombia, y a través de sus cursos el alcance de la antropología se amplió hacia la comprensión de la conformación del estado-nación; las comunidades locales, objeto de análisis antropológico, se transformaron en casos que permitían ahondar y profundizar discusiones más amplias y supralocales; y el vínculo entre lo local y lo nacional empezó a tener sentido, lo que espero se refleje en este libro. A Sally le agradezco también su interés en mi desarrollo académico y personal, sus consejos y su ejemplo como mujer profesional.

A Begoña Aretxaga por su dirección académica. Sus cursos cambiaron por completo el rumbo de mi proyecto de investigación; a través de ellos pude reflexionar sobre mis experiencias de campo en Colombia y sobre el papel de la antropología en el análisis e interpretación de situaciones de conflicto y violencia. Las discusiones que sostuvimos durante todas las fases del trabajo de campo fueron muy enriquecedoras, esclarecedoras y definitivas para la conceptualización final de este trabajo. Nunca me cansaré de decir que Begoña ha sido la fuente de inspiración de este proyecto. Desde que volví de campo la primera vez, mi proyecto de investigación se fue delineando a través de la discusión del material con ella, y a medida que escribía la disertación recibí magníficas sugerencias.

A Margot N. Gill, decana administrativa de la facultad de postgrado de artes y ciencias, quien me apoyó económica y moralmente para terminarla disertación, que en un momento dado vi obstaculizada debido a problemas de salud. Margot antepuso mi salud y bienestar a cualquier consideración económica y de una manera muy especial me impulsó a tomar las decisiones correctas. Gracias a ella pude contar con el tiempo necesario para terminar este libro sin presiones económicas.

A las personas que me alojaron en sus casas durante el trabajo de campo, quienes estuvieron prontas a responder a mis preguntas y a dirigirme en la investigación. A Gaby Lorena Reyes, auxiliar en campo, sin quien no hubiera podido moverme como lo hice en una zona en conflicto. Su familia me recibió siempre con las puertas abiertas y me hizo sentir parte de ella. A ellos mis agradecimientos.

A todos lo funcionarios oficiales que dedicaron parte de su tiempo a contestar mis preguntas y a reflexionar conmigo sobre los sucesos que tuvieron lugar en julio y agosto de 1996. A Nancy Sánchez le agradezco que me facilitara las grabaciones que realizó durante la mesa de negociación en Orito y durante las reuniones posteriores a la firma de los acuerdos. Así mismo, a Teófilo Vásquez por haberme proporcionado los borradores del Acta de acuerdo de Grito; estos materiales se convirtieron en el eje etnográfico del trabajo. A Eduardo Díaz y Jaime Navarro por su confianza y por haber compartido conmigo, sin reservas, sus impresiones personales y oficiales del movimiento.

A Santiago y Ana Manuela, mis hijos, que me acompañaron desde que empecé el doctorado, les debo el apoyo incondicional a lo largo de estos siete años; ellos asumieron este trabajo de grado como una empresa suya y estuvieron siempre listos a ayudarme y a llamarme la atención cuando veían que desfallecía; pero, sobre todo, me dieron el cariño necesario para continuar adelante, enfrentando conmigo cualquier contratiempo. A mi madre y a mis hermanos, por ayudarnos en todo lo que estuvo a su alcance durante el tiempo que duró el doctorado.

A Lucía Volk, mi compañera en el mismo, con quien tuve la oportunidad de vivir el año y medio que tomó la escritura de este libro, lo cual significó compartir alegrías, frustraciones, éxitos, miedos, depresiones y todos los sentimientos que genera el enfrentar, día a día, la escritura de un libro. Pero sobre todo, por la amistad que creció durante estos siete años.

|A Andy Klatt, mi amigo del alma, mi compañero durante el último año, con quien tuve la oportunidad de discutir algunos planteamientos, pues conoció a fondo el trabajo; sus preguntas permitieron aclarar el texto y hacerlo más legible. Su cariño, su interés por el conflicto en Colombia y la admiración por mi trabajo hicieron más fácil la finalización del mismo.

A Marta Herrera, con quien me une una amistad de muchos años que se ha traducido en el apoyo mutuo en nuestro trabajo y, por consiguiente, en nuestros doctorados; ella elaboró los mapas que ilustran este libro. A María Lucía Sotomayor, con quien viajé por primera vez a la bota caucana y luego al valle de Sibundoy. Su amistad de muchos años es invaluable.

|Quiero agradecer, además, a todas las personas que de una u otra forma estuvieron vinculadas a este trabajo: a Luz Piedad Caicedo, por la clasificación de la documentación de prensa; a Magdalena Arango, por su ayuda con la búsqueda de fotografías y videos del movimiento; a Mónica Ruán y Margarita Sandino, por el trabajo en la clasificación de información; y a Patricia Morales, por su ayuda con la trascripción de entrevistas. A César Rozo, con quien viajé a Puerto Asís y Mocoa al iniciar el trabajo de campo y me colaboró en la búsqueda inicial de información en estos municipios.

A Henry Salgado y a Elsy Castillo, con los que tuve oportunidad de recoger e intercambiar información, pues como miembros del equipo de investigación del Instituto Colombiano de Antropología y de Colciencias trabajaron sobre los mismos eventos en Guayare y Caquetá, respectivamente.

A Colcultura y al Ministerio de Cultura, que me permitieron adelantar los estudios de posgrado a través de sendas comisiones de estudios. A los miembros del Instituto Colombiano de Antropología e Historia, que siempre han creído en mi trabajo y desde sus diferentes posiciones me acompañaron en esta jornada, desde sus inicios hasta el final; durante la comisión de estudios estuvieron listos a apoyarme y cuando estuve enferma hicieron todo lo posible por ayudar a mi recuperación.

Este trabajo no hubiera podido realizarse sin el apoyo financiero de las siguientes entidades: en Estados Unidos, The Wenner-Gren Foundation for Anthropological Research, the United States Institute of Peace, The Mellon Foundation, The Cora Du Bois Charitable Trust y The Edmund J. Curley Scholarship. En Colombia, el Instituto Colombiano para el Fomento de la Ciencia y la Tecnología -Colciencias- y el Instituto Colombiano de Antropología e Historia.

Quiero mencionar también a los amigos que me ayudaron de una u otra manera durante la estadía en Cambridge: a Pia Maybury-Lewis por estar pendiente de mi bienestar y el de mi familia; a Richard y Pilar Brunnet, mi familia en Natick, siempre dispuestos a colaborar en lo que necesitara; a Linda Ordogh por los cuidados que me dispensó; a Bret Gustafson, Ben Penglase y Kathleen Gallagher por su amistad durante estos siete años; y a todos los compañeros del departamento de antropología de la Universidad de Harvard, que me dieron voces de aliento y me impulsaron a terminar el trabajo, cuando insistían en que ya estaba por terminar.

|Por último, agradezco a Juan Andrés Valderrama quien editó la tesis de doctorado y la convirtió en libro. Él contribuyó a aclarar algunos pasajes del texto y a discutir algunos de los conceptos aquí presentados, |movido por su interés en el objeto de estudio y por lograrla claridad para los lectores.

INTRODUCCIÓN

Queremos que Colombia y el mundo sepan, de una vez
que nosotros no cultivamos coca por gusto, sino porque
nos obligan a ello, y no es la guerrilla la que nos obliga, es
el propio gobierno: no hay alternativas.
( |Apuntes de un paro campesino, 1999).
 

Después del paro cocalero de 1996 fuimos conscientes de
que no se sembraba comida. Ahora estamos cultivando
plátano y yuca, pero obligados por la guerrilla. Por causa de
la coca los campesinos preferimos comprar la comida,
para sembrar sólo coca.
( |Líder campesino en Yapurá, 1998).

Estos testimonios sintetizan, desde la perspectiva de los campesinos, por qué se expandió el cultivo de coca en la región amazónica de Colombia, e introducen su posición ambivalente entre el estado y la guerrilla, referentes centrales para comprender su situación y, por tanto, ejes del análisis que se presenta en este libro.

Se trata de la convivencia cotidiana de actores diversos con intereses diferentes, opuestos y en conflicto que, sin embargo, convergen en una región; en consecuencia, es difícil determinar los límites de acción de los unos en relación con los otros. Sobresalen entonces las alianzas estratégicas, las negociaciones, las manifestaciones de resistencia y, más aún, el desvanecimiento de las fronteras que separan un grupo del otro, lo cual lleva a que los adjetivos usados con frecuencia para caracterizar dichas relaciones sean |ambivalentes y |ambiguas. El cultivo de coca ha puesto de manifiesto en el ámbito nacional e internacional problemas estructurales de la región amazónica colombiana, que buscan develarse en el presente libro por medio del análisis del siguiente evento.

EL EVENTO

El 1 de marzo de 1996 y de acuerdo con el |International narcotics act de 1986 estados Unidos descertificó al gobierno colombiano por cuanto sus esfuerzos contra el narcotráfico (cultivos ilícitos y comercio) no alcanzaban los parámetros determinados por ese país. Esta declaratoria implicaba la suspensión de la ayuda antidrogas, la supresión de las preferencias arancelarias a las exportaciones del país, el veto de Estados Unidos a las solicitudes de Colombia ante el sistema financiero multilateral, así como la suspensión del sistema de garantías a las inversiones de Estados Unidos en Colombia (De Rementeria, 1996: 58). Como respuesta a este hecho el gobierno del presidente Ernesto Samper (1994-1998) incrementó las fumigaciones aéreas de las plantaciones de coca en la región amazónica, así como el control de la venta de cemento y gasolina, insumos necesarios para el procesamiento de la pasta de coca. Durante julio, agosto y septiembre de 1996 cerca de doscientos mil campesinos, incluidos colonos, mujeres, niños y población indígena, marcharon desde sus predios rurales hacia los pueblos más cercanos y hacia las capitales departamentales, para manifestarse en contra de la aplicación y el cumplimiento de las leyes que combaten los cultivos ilícitos, su principal fuente de subsistencia.

El presente trabajo se centra en el análisis de este evento, el paro de los campesinos |cocaleros de los departamentos de Putumayo, Caquetá y Guaviare, y de la baja bota caucana, como un |evento de diagnóstico, | 1 de problemas estructurales de la amazonía colombiana. La paradoja que subyace a este evento es que los campesinos cocaleros sólo han recibido atención del estado central a raíz de la expansión de la economía de la coca en esta región del país. En este libro se analiza cómo viven y experimentan los campesino cocaleros esta paradoja, campesinos que han sido estigmatizados como auxiliares de la guerrilla y delincuentes que actúan fuera de la ley, pero que, a la vez, demandan reconocimiento político y participación ciudadana, proponiendo un plan alternativo de sustitución que no ha recibido la atención necesaria por parte del estado.

EL MOVIMIENTO |COCALERO, UN CASO DE RECOMPOSICIÓN DE IDENTIDADES COLECTIVAS

Como eje central del libro sostengo que ha emergido y está en proceso de configuración un movimiento social de pequeños campesinos cocaleros que se evidencia a partir de 1994, como respuesta a las acciones del estado sobre la región amazónica en el marco de la guerra contra las drogas. Este movimiento social comparte las características que define Archila (1995: 254) para los movimientos sociales: " |acciones sociales colectivas, más o menos |permanentes, orientadas a enfrentar injusticias, desigualdades o exclusiones, es decir, que denotan |conflicto y que tienden a ser propositivas. Todo ello en |contextos históricos determinados". El rechazo de su exclusión y su interés en proponer soluciones a su situación están en la base del movimiento cocalero.

En este caso, el objeto de análisis pone en evidencia cómo el estado a partir de la representación de la amazonía occidental como una región habitada por gente desarraigada, dedicada a actividades ilegales, ya sea por relacionarse con las Farc o con el narcotráfico, por medio de la aplicación de políticas de represión acordes con esta percepción, incide en la emergencia de un movimiento social que asume su identidad colectiva como cultivadores de coca o |cocaleros, buscando resignificar este rótulo que no sólo los estigmatiza y los criminaliza sino que los invisibiliza.

Se pone en escena aquello que Joseph y Nugent (1994) insisten en que debe retomarse para analizar el estado desde una perspectiva sociocultural y política desde la localidad, lo que implica una mirada relacional entre éste y las clases populares. Como el objetivo central del movimiento social era hacerse visible como grupo social autónomo frente a la guerrilla y a los narcotraficantes y, sobre todo, lograr su reconocimiento como ciudadanos putumayenses, se trataba de un movimiento que no puede entenderse como tal sin entrar en interlocución o en contestación con las políticas del estado para la región amazónica, así como de la política internacional de lucha contra la droga.

Pero, además, este movimiento social se inscribe dentro de los "nuevos movimientos sociales" | 2 ,  tal como han sido llamadas aquellas nuevas formas de acción colectiva que como señala Escobar (1992) ponen en evidencia luchas sobre significados. Uno de los ejes del movimiento cocalero y de la negociación va a ser la discusión sobre el significado de |actor social, en un contexto de ilegalidad. El caso del movimiento |cocalero ilustra la emergencia y configuración de identidades colectivas pero, sobre todo, muestra el contexto relacional sin el que no puede entenderse la asunción, por parte de un grupo social subalterno, de una identidad adscrita por un grupo hegemónico, que se asume para ser contestada de manera que se hace evidente el proceso de recomposición de identidades a partir de la acción colectiva. Se trata también de una identidad colectiva que moviliza y articula posiciones subjetivas, buscando una hegemonía política e ideológica regional. Quiero subrayar la Importancia que tiene en la configuración del movimiento social asumir asta identidad como pequeños campesinos cultivadores de coca, pues la discusión abierta de su condición de cultivadores de coca es la que permite negociar con los representantes del estado pero, sobre todo, proponer alternativas para la región, que mas allá de erradicar la coca buscan lograr que se les reconozca como actores sociales e interlocutores válidos para discutir las políticas y los programas que se dirigen a la misma. En este orden de ideas, se analizara cómo se resignifican nociones de ciudadanía, representación política y participación. La exclusión que sienten los habitantes da la región amazónica ha significado para ellos la negación de su ciudadanía y reclamarla es un acto político con significado cultural e identitario de reconocimiento de pertenencia a una región que buscan sea incluida al estado-nación.

En cuanto a la temporalidad, su genealogía puede extenderse a los paros cívicos realizados por los habitantes de la región desde la década de 1980, y que han tendido a la constitución de un movimiento social como respuesta a su abandono y marginamiento por parte del estado. A esa situación se le imputa la propagación del cultivo de coca, de manera que este pone en evidencia esta situación estructural de la amazonía en el contexto nacional. Cultivar coca fue el hecho que le permitió a los habitantes de la amazonía occidental destacar la problemática económica de la región amazónica de la cual al gobierno hablo hecho caso omiso o había menospreciado hasta el momento, en que se desató el movimiento.

|EL TRABAJO DE CAMPO EN UN TERRITORIO EN CONFLICTO

El trabajo de campo se llevó a cabo durante 1998 y el primer semestre de 1999, y se realizo intensivamente en los municipios de Puerto Asis, departamento de Putumayo, y Piamonte baja bota caucana (véase el mapa 2). Sin embargo también recorrí otros municipios del Putumayo con el fin de establecer comparaciones dentro del departamento.

A partir de 1997 Puerto Asís se convirtió en lugar de residencia de los paramilitares; desde allí empozaron a incursionar a otros lugares buscando combatir a las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia -Farc- que no sólo ejercen dominio territorial sino autoridad sobre la población del Putumayo. Caquetá, Guaviare, la baja bota caucana y Meta, tal como se evidenció durante el movimiento cocalero de 1996 (véase el capítulo 4). Durante mi trabajo de campo los paramilitares y las Farc llevaban un estricto control de los no residentes que entraban y salían de Puerto Asís para establecer el motivo por el que estaban en la región y confirmar o descartar su trabajo como informantes de uno u otro grupo. Dentro de una guerra de inteligencia que se instauró desde 1997, con la llegada de los paramilitares a la zona (véase el capitulo 8).

En Puerto Asís logré que mucha gente del pueblo me concediera entrevistas, sin sentirse frente a una espía o a una posible enemiga que podía usar en su contra la información que me ofrecía: por el contrario, la gente, funcionarios, lideres, comerciantes y habitantes del pueblo en general mostró interés en el trabajo que realizaba. Para ellos la historia de sus luchas debía escribirse y sus interpretaciones del problema del cultivo de la coca difundirse. Aprendí ciertos códigos de seguridad que se manejan en el pueblo: cuidar el paso por ciertos lugares para no ser identificada como informante de una u otro bando, no hablar mas de lo necesario con personas que sólo eran conocidas y se acercaban a saludar, entre otros. Por recomendación de la gente, por ejemplo, no visité la cárcel en donde había campesinos productores u recolectores de coca y choferes que habían sido aprestados transportando pasta de coca o productos para su procesamiento. Según ellos, por esto podían asociarme con los narcotraficantes. También por seguridad me aconsejaron que debería entrar y salir de Puerto Asis y no permanecer todo el tiempo en esta zona porque podía levantar sospechas. Debía comportarme de acuerdo con la imagen que se maneja en la zona de los investigadores, personas que llegan, trabajan unos meses y se van. Para no permanecer todo el tiempo en Puerto Asís extendí el trabajo de campo al municipio de Piamonte.

La baja bota caucana presenta una situación privilegiada para el estudio de la marginalidad de la región amazónica, definida en relación con la administración del departamento del Cauca y el estado central. Por otra parte comparte todas las características sociales, culturales, políticas y económicas de la amazonía occidental, incluidas la intensificación del cultivo de coca durante las ultimas dos décadas y la presencia dominante de la guerrilla. Por estas razones el trabajo en esa región me sirvió para entender los sentimientos que generan el abandono y desconocimiento en sus habitantes, su manera de asumir la exclusión y la búsqueda de inclusión en el estado-nación colombiano.

Por tanto, aunque este libro se centra en el caso del movimiento social de los |cocaleros en el Putumayo, en él se utiliza el trabajo en la baja bota caucana para contrastar ampliar y profundizar el análisis del movimiento social en el Putumayo, por cuanto este tuvo lugar también en esta región. Además la creación del municipio de Piamonte en la |baja bota, en 1996, me permitió observar el comportamiento del las Farc en este proceso, por cuando se trataba de la entrada de la administración oficial a una región en donde ejercían por completo gobierno y autoridad; han estado en la región por región por varias décadas y sus habitantes están acostumbrados a tratar todo al tiempo con el comandante del frente, de manera que en las conversaciones cotidianas se habla de ellas desprevenidamente. Por otra parte, los jefes de las juntas de acción comunal y los miembros de la comunidad acuden periódicamente a reuniones convocadas por las Farc para trabar asuntos diversos, reuniones que después se comentan abiertamente entre la gente, lo cual me ayudó a entender el papel de este grupo en dichas regiones, desde la perspectiva de sus habitantes.

LOS LÍDERES NATURALES, ACTORES CENTRALES DEL MOVIMIENTO COCALERO

La etnografía que presento es la del movimiento de los campesinos cocaleros en el putumayo, con referencias a la baja bota caucana. Centré mi trabajo en los líderes del Movimiento Cívico por el Desarrollo Integral del Putumayo que dirigieron dicho movimiento y a quienes entrevisté; también tuve acceso a sus discursos durante las diferentes fases del proceso, lo que me permitió transcribirlos y analizarlos a lo largo de este libro. Los líderes de ese Movimiento son los actores centrales de esta etnografía; ellos estuvieron interesados en que se escribiera la historia del movimiento y me prestaron toda la colaboración necesaria. Además, el objetivo de mi trabajo en la región de esta manera redundó en mi seguridad.

En su análisis del Movimiento Indígena Pan-Maya en Guatemala Warren (1998) señala que todavía está por escribirse una historia social de los intelectuales públicos en Latinoamérica, África y otras regiones poscoloniales. Considero que los líderes del Movimiento Cívico son intelectuales campesinos [ |peasant intellectuals] en el sentido que le da Feierman (1990) al término. Se trata de los campesinos que organizan movimientos políticos para mejorar sus condiciones de vida y alcanzar justicia social de acuerdo con su definición de esta; es decir que crean un nuevo discurso político. Feierman analiza este discurso político que emerge y que transmiten los campesinos para el caso de la comunidad de Shambaai en Tanzania. Por medio del estudio de la posición social de estos intelectuales campesinos como directivos de organizaciones o educadores, busca entender la relación que se establece entre la cultura local y la cultura dominante o el poder nacional. Los intelectuales campesinos, situados entre el discurso público y el poder dominante, median entre la creación activa de un lenguaje político y una continuidad de larga duración, así como entre la sociedad local y la sociedad global. Tal como lo señala Warren (1998: 25) "los intelectuales locales pueden carecer de credenciales formales, pero son reconocidos como productores de conocimiento confiable e intérpretes de la realidad social". Las comunidades reconocen a los líderes como tales y, por consiguiente, tienen en cuenta y respetan su interpretación de la realidad y las soluciones que proponen; además, ellos desempeñan un papel central como mediadores entre las comunidades locales, el gobierno nacional y los organismos internacionales.

En los siguientes capítulos se examinan estas interpretaciones y los argumentos que se esgrimieron durante la mesa de negociación; de este modo, espero contribuir a la historia social de los intelectuales públicos de la que habla Warren. Mi principal objetivo es darle voz a estos actores subalternos para acercarnos desde sus perspectivas y experiencias a lo que significa para ellos el cultivo de coca y el conflicto armado. Para lograrlo, uno de los objetivos centrales del presente libro es entender cómo moldean sus discursos y cuáles son sus argumentos. Por tanto, he querido que las voces de los habitantes del Putumayo y la baja bota caucana formen parte central de este trabajo, por lo que transcribo las intervenciones de los líderes campesinos en la mesa de negociación, las entrevistas que realicé y las declaraciones que hacían a la prensa y otros medios de comunicación.

Los líderes de este movimiento son también colonos; algunos llegaron hace veinte años de otras regiones del país; otros han vivido en la zona por más tiempo pero se definen como |líderes naturales. Un líder sindical agrario nacional explica qué significa ser |líder natural:

Se le llama |líder natural al que empieza allá [se refiere al campo], se queda allá y es un líder de base. Todos hemos estado en ese proceso, sólo que cuando entendemos que la organización debe cualificarse y ligarse a otro tipo de objetivos, políticos y económicos de carácter nacional, entonces ya no nos consideran tan naturales. Pero a mí me parece que uno sigue siendo |líder natural porque es un campesino; no se hizo líder en la academia, por decir algo, aunque algunos tienen la posibilidad de mejorar sus niveles académicos. Sin embargo, uno sigue siendo un líder natural, porque no se hizo líder en las aulas, se hace líder, va escalando peldaños, unos más rápido, otros más lento, otros con más suerte, otros con menos, pero es así (entrevista a líder sindical de Fensuagro, Bogotá, 1998).

En esta definición de |líder natural es definitivo ser campesino; es decir, es necesario ser un miembro de la comunidad interesado en promover su bienestar. A medida que se recibe educación y se sale del nivel local se tiene acceso a un capital cultural y social | 3 que permite articular las luchas locales a las nacionales; parece entonces que se deja de ser |líder natural, pero como se expresa claramente para estos líderes es importante seguir siendo reconocidos como campesinos, pues su ascendencia es la que les da la legitimidad como representantes de estas comunidades. En este caso, esta definición de líder natural puede equipararse al concepto de intelectual campesino al que se refiere Feierman.

Algunos de estos campesinos se convirtieron en líderes después de participar en espacios abiertos por el gobierno central en las regiones en el marco del Plan Nacional de Rehabilitación -PNR-, creado en 1982 durante la presidencia de Belisario Betancur (1982-1986), "en respuesta a la agudización de los conflictos sociales y el surgimiento de nuevas manifestaciones de violencia". Su objetivo era "crear las condiciones mínimas de infraestructura económica y social, la mayor vinculación e integración de aquellos sectores de la población que tradicionalmente habían estado excluidos del proceso de desarrollo económico, político y social del país" (Plan Nacional de Rehabilitación, 1994). Desde 1982, los municipios de la amazonia occidental y la baja bota caucana quedaron incluidos como municipios PNR. En todos se establecieron consejos de rehabilitación, concebidos como asambleas populares que deliberaban en el municipio; allí se sentaban funcionarios oficiales con representantes de la comunidad para "la canalización de las demandas de la comunidad y asegurar el adecuado manejo de los recursos asignados por el Plan, para el desarrollo de una actividad política más democrática y para la promoción de un liderazgo político" (Plan Nacional de Rehabilitación, 1994). En estos consejos de rehabilitación los líderes y representantes de las comunidades aprendieron a negociar con el gobierno, a conocer y ejercer la política participativa; además, el PNR dictó cursos de capacitación de líderes, que se recuerdan en la región como uno de los grandes logros del Plan, porque por medio de sus líderes las comunidades pudieron plantear al gobierno sus proyectos y necesidades.

Estos líderes se definen como tales en cuanto a su capacidad para gestionar con el estado las necesidades de la comunidad. Foweraker (1995) ha señalado que gran parte de la práctica política de los líderes de los movimientos sociales en Latinoamérica se dirige a desarrollar una efectiva |capacidad de gestión o "habilidad para lograr que las cosas se hagan o que las demandas se cumplan". Estos espacios de negociación y de promoción de la participación social organizada se incorporan a la cultura política de estas regiones y la negociación con el estado se convierte en el eje central del movimiento social que emerge en contra de la fumigación de la coca, pero sobre todo, para presionar al estado para que cumpla con sus obligaciones constitucionales.

Por medio del trabajo con los líderes y participantes en este movimiento cocalero, logré en primer lugar, trazar la historia del Movimiento Cívico por el Desarrollo Integral del Putumayo, que lo lideró. En segundo término, seguir la emergencia de las marchas de 1996 y las redes que se hicieron evidentes en la región de la amazonia occidental para que estas tuvieran lugar, así como el papel de las Farc en la organización del movimiento. En tercer lugar, analizar la mesa de negociación que se estableció entre estos líderes y los representantes del estado nacional, regional y local y, por consiguiente, sus demandas al estado de reconocimiento como actores sociales y, más aún, como ciudadanos putumayenses. En cuarto lugar, examinar la percepción y formación del estado en la localidad, así como las divisiones que se presentan dentro de él, central y regionalmente.

ALGUNAS ACLARACIONES ACERCA DE ESTE LIBRO

Por último, es necesario explicar que antes de convertirse en libro este trabajo se presentó como tesis de doctorado al departamento de antropología social de la Universidad de Harvard, en enero de 2001, lo que debe tenerse en cuenta para entender por qué algunos capítulos, como el primero y el segundo, tratan muy por encima aspectos que en Colombia han sido objeto de extensos análisis. A los lectores extranjeros debía presentárseles una visión somera de la historia de violencia del país, de la aparición y consolidación del cultivo de coca y sus diferencias con otros países andinos, entre otros asuntos, con el fin de lograr una mejor comprensión del problema abordado. Tal vez para los investigadores colombianos dichos aspectos pudieran haberse obviado, pero para un público colombiano más amplio, al que también busco llegar, esta visión general cumple un papel importante para la comprensión de la situación de los campesinos cultivadores de coca en el Amazonas colombiano.

Con el fin de hacer más accesible el trabajo a los lectores de habla española, las citas de autores extranjeros han sido traducidas por mí; por tanto, asumo los errores que puedan encontrarse. En cuanto a las entrevistas, cuando lo consideré necesario por razones de seguridad omití el nombre del entrevistado o lo cambié. En otros casos el nombre real del entrevistado sí figura, por considerar que no lo ponía en peligro o porque este apareció en los medios de comunicación que cubrieron las marchas.

En cuanto a la temporalidad, vale la pena aclarar que el libro reporta la situación del cultivo de coca y de las organizaciones sociales que emergieron entre 1996 y 1999. En algunos momentos hago referencia a 2000, cuando se considera necesario aclarar, pero los datos recogidos entre 1998 y 1999 son predominantes. En el epílogo, escrito en octubre de 2001, busco hacer un seguimiento a los procesos que vi emerger durante esos años.

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