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12 .
JORGE
ELIECER GAITAN
A. Discurso programa de su candidatura presidencial
(1945)
B. El programa de Gaitán
(1947)
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JORGE ELIECER GAITAN
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A. Discurso-programa de su
candidatura presidencial (1945)
Casi todos los movimientos
sociales y políticos que han transformado a un país o alterado la historia del mundo han
aparecido en forma sorpresiva. Pero estaría equivocado quien obtuviera de tal hecho, la
índole de su naturaleza, porque siempre, al profundizar en la investigación histórica,
se ha encontrado en cada uno de los grandes actos humanos colectivos una serie de
antecedentes metódicos, que pueden seguirse desde su iniciación embrionaria hasta su
culminación en la forma definitiva de su fuerza y contenido.
Al contacto de las realidades
vividas; de los anhelos destrozados; de las ansiedades legítimas incumplidas; de los
clamores de justicia no escuchados; de las afirmaciones de la verdad desconocida o negada;
del bien o del amor ultrajados, van formándose, metódica y silenciosamente pero de
manera inexorable, nuevas formas de anhelo, distintas concepciones de equilibrio, diversas
inquietudes de la voluntad hacia un sistema más adecuado y justo de la vida. Y cuando
estos elementos irrumpen en un momento dado, el calor de un pretexto de apariencia exigua
pero profundo y demoledor como una chispa sobre materias inflamables, quienes habían
creído dotar a su poder; a su dominio, a su sistema, de unas características de
apariencia indestructible, son los primeros poseídos por una sensación de sorpresa y
desconcierto.
Tal fue lo que experimentaron
los poderes que mantenían la hegemonía del mundo ante la presencia de la nueva
concepción de vida que aportaba el cristianismo. Y una incredulidad desorientada recibió
los primeros indicios de turbión anónimo, desheredado y proscrito que se lanzaba a
transformar la política y la filosofía universales en el crisol de la Revolución
Francesa.
No ha operado jamás de otra
manera el proceso histórico. Nunca en la sucesión de los acontecimientos se han
presentado actos milagrosos. En la trayectoria que han seguido todas las civilizaciones y
en las tormentas donde se han cumplido transformaciones esenciales, han actuado en
dramática y fecunda contraposición, dos fuerzas que culminan en dos estados
psicológicos. De un lado aquellos a quienes el poder, como siempre, adormece y estanca; a
quienes la embriaguez del dominio recorta y amengua en su ambición creadora; a quienes el
ejercicio del mando destruye el impulso de la inconformidad; a quienes por actuar en
ambientes de beneficiados se les hace sordo el oído para escuchar el clamor subterráneo
que se incuba y vibra como un presagio de tempestad. De otro lado aquellos que producen
este mismo clamor; los que fuera, en la escuela, en el rancho desolado del campesino, en
el taller sonoro del artesano, en el alma de la madre y en el seno de la juventud; en la
mente del industrial y del comerciante, van gestando un nuevo destino de vivir; una nueva
ansiedad en la forma y en la organización de la sociedad.
Y como la vida verdadera es
dinámica, anhelo de superación, voluntad de progreso, presencia de mejores concepciones,
un día, cualquier día, el distanciamiento de esas fuerzas encontradas, la una visible y
radiante, la otra culta y adiva, llegan a la saturación y se presentan altivas y
batalladoras. Y en medio del silencio narcisista o contra la represión violenta; por
encima de la propaganda engañosa que intenta falsear la realidad, de los socavones de la
conciencia colectiva van brotando nuevos filones, van poniéndose en circulación nuevas
ideas. Sobreviene el choque. Y de él quedan un nuevo sistema y un método nuevo, fundados
en la marcha inexorable del progreso humano.
Tal hecho evidente constituye
una explicación, siquiera sea muy fugaz, de vuestra presencia en este recinto para
expresar el respaldo a un movimiento, que en el presente caso yo encabezo, en la más
vasta e imponente de las manifestaciones políticas de que haya noticia en los anales
ciudadanos de Colombia.
El destino providencial
del hombre
Yo no creo en el destino
mesiánico o providencial de los hombres. No creo que por grandes que sean las cualidades
individuales, haya nadie capaz de lograr que sus pasiones, sus pensamientos o sus
determinaciones sean la pasión, la determinación y el pensamiento del alma colectiva. No
creo que exista ni en el pretérito ni en el presente un hombre capaz de actuar sobre las
masas como el cincel del artista que confiere caracteres de perennidad a la materia
inerte. El dirigente de los grandes movimientos populares es aquel que posee una
sensibilidad, una capacidad plástica para captar y resumir en un momento dado el impulso
que labora en el agitado subfondo del alma colectiva; aquel que se convierte en antena
hasta donde ascienden a buscar expresión, para luego volver metodizadas al seno de donde
han salido, las demandas de lo moral, de lo justo, de lo bello, en el legítimo empeño
humano de avanzar hacia mejores destinos.
Si tenemos en cuenta las
circunstancias en que este movimiento ha podido lograr tan caudaloso impulso, podemos
comprobar cuál es su armonía, con el querer de la realidad nacional. No se ha logrado al
amparo de una mecánica política que viola acomodaticiamente y en acuerdo con sus
intereses los estutos del partido, al cual pertenecen estas masas entusiasmadas; ni
halagando en cada municipio y en cada aldea la aspiración personal de los caciques que se
constituyen en comités o en directorios; ni falsificando registros electorales; ni
gozando del apoyo financiero de especuladores que llegan a la política sin la sagrada
ambición de salvar principios, sino con la codicia de realizar inversiones provechosas;
ni al amparo de convenciones y directivas que falsean la opinión popular; ni con el
patrocinio de la prensa opulenta sino más bien luchando contra su engaño o contra su
silencio; ni con las influencias oficiales que directa o indirectamente coaccionan el
espíritu de los ciudadanos en municipios y departamentos.
No ha contado este movimiento
con nada de este artificio que constituye y sostiene el país político. Lejos de ello,
marcha contra la existencia y el aprovechamiento de esos recursos para adulterar la verdad
democrática y buscar restaurar los principios y los fundamentos de esa verdad, sometidos
a la alquimia de la simulación.
En frente de este movimiento
cuya realización representa el clímax de un largo proceso, algunos podrán preguntarse
cuál es la causa que lo ha producido y cómo se ha verificado el hecho insólito de que
los poseedores de todas las preeminencias y de todos los privilegios se encuentren
solitarios, en tanto que aquellos a quienes se suponía solitarios se hallen en tan
poderosa campaña. Y no podrán, ni ellos ni quienes traten de encontrar una explicación
eventual, hallar otra distinta a la de que él interpreta el angustioso anhelo de mirar
hacia el porvenir, con el pensamiento y la acción que agitan a la mayoría absoluta de
los hombres que hemos tenido la fortuna de nacer en esta patria grande, noble e ideal.
Restauración moral de
la República
Nos ha bastado proclamar que
aspiramos a la restauración moral y democrática de la República. Y esa fórmula
diáfana y sencilla ha sido entendida por las gentes de Colombia con toda la fuerza real y
trascendente que encierra su contenido. Solo los que integran y especulan con el país
político no encuentran en ella mérito ni sustancia, unos por dañada intención y otros
por culpable ceguera. Con fundamento sólido los pensadores y exégetas del mundo
presente, cuya misión consiste en organizar los elementos dispersos de que se compone la
verdad social de un país, nos recuerdan con énfasis que el primordial de los problemas
que confronta la actualidad es el problema moral. Y cuando dicen problema moral no
enuncian una frase vana de significación teórica, ni una simple norma de carácter
doméstico para la convivencia entre los miembros de la familia, ni aun la simple
pulcritud en el manejo de los bienes públicos. Ellos saben, y nosotros lo sabemos
también, que la moral, socialmente entendida, es todo eso y algo más que todo eso.
Cuando decimos moral, definimos la fuerza específica de la sociedad.
Las leyes de la vida exigen
para su conservación que los organismos mantengan el régimen de equilibrio que les es
propio entre sus elementos componentes. Y si a la sociedad se la ha considerado como un
organismo es porque en ella actúan diferentes elementos, a veces contrapuestos, que en su
equilibrio le dan unidad, sostienen su existencia y permiten su progreso. La moral es la
más evidente, real y concreta de todas las realidades sociales. Porque es un derivado,
una culminación de experiencias, de rectificaciones y de ensayos, de angustias rechazadas
y de alegrías conseguidas, que en la intensidad de un largo proceso llegan a constituir
la norma de la conducta, el método de hombres que viven en común, sobre la base de
limitar sus designios, conservar sus derechos, impedir los abusos, santificar la verdad y
desarrollar el trabajo en una escala ascendente de compensaciones merecidas. Cuando estas
normas se quebrantan o se amenguan, se produce como consecuencia inexorable la anarquía.
La moral, unidad de conducta en el tiempo y en el espacio hacia un fin determinado de
civilización y de cultura, se extiende a todas las relaciones entre los hombres, desde
las materiales hasta las que se desarrollan en el más alto plano de la espiritualidad.
No es de esperar que los
hombres que tienen de la política una concepción simplemente mecánica; que gozan de la
sensualidad del mando por el mando mismo; del poder por el poder mismo y de la ganancia
por la ganancia en sí, puedan sentirse impresionados por la consideración o el respeto
de estos principios, porque su buen éxito depende de la inexistencia de estas normas.
Basta recordar la época
crepuscular de los diversos ciclos de la civilización humana para descubrir que esos
ocasos han sido señalados por el quebrantamiento de las normas de la moral; lo mismo en
la agonía de la civilización egipcia que en las postrimerías del Imperio Romano; en la
decadencia del Renacimiento lo mismo que en la desaparición de las monarquías absolutas.
Período de
transformación de la civilización humana
A los hombres de las actuales
generaciones nos ha correspondido el doloroso privilegio de asistir a la transformación
de uno de los períodos de la civilización humana. Es doloroso, porque la crueldad y la
violencia, que son propias de estas transformaciones, martirizan y desangran a la
humanidad que las padece; pero es privilegio porque con fe actuante en un destino mejor,
nos es dable convertimos en el eslabón que vincule las buenas cosas ganadas en el pasado,
a costa de luchas cruentas, con las ventajas que el futuro debe traer a la humanidad.
Las democracias acaban de
librar victoriosamente, en sangrientos campos de batalla, con denuedo y sacrificio
increíbles, la más dramática y heroica contienda de la historia contra el más
estruendoso sistema de descomposición moral de nuestro tiempo sintetizado en el nazismo y
el fascismo. La abominable ostentación de estas cristalizaciones del mal no radicaba
propiamente en su estructura material, en su organización, en sus nombres, en sus grandes
equipos militares, en la acumulación de elementos destructores. Todo ese poderío no era
sino el instrumento para lograr la victoria de la violencia contra las normas morales de
la civilización cristiana. El hombre, según esos principios bárbaros, no representa un
valor por sus atributos intelectuales sino por su impersonal aceptación del dominio y el
sentimiento de los detentadores del poder. La honradez no es una cualidad indispensable en
el mismo grado que la habilidad y la sumisión al servicio del sectarismo. La ciencia no
representa una luz en el descubrimiento de la verdad, sino un elemento utilizable para las
perversas intenciones de la política predominante. A su servicio, la prensa ignora
maliciosamente la realidad del mundo o desfigura los hechos con el solo criterio de la
utilidad que tal conducta representa para las fuerzas imperantes. La piedad humana se
convierte en una sensiblería, indicio de debilidad. Lo importante no es la doctrina sino
la táctica. La mecánica política del estado significa más que los principios éticos,
los cuales se convierten en un bagaje irrisorio. La sinceridad es un impedimento y la
hipocresía un invencible instrumento de lucha. La doctrina es un pretexto y la obra una
simulación. Todo se convierte para aquellas fuerzas del mal en un medio para conspirar
contra la clemencia, para destruir la igualdad de las razas, para desconocer el derecho de
los débiles, para encadenar la libertad de los espíritus, para demoler la lealtad
familiar, para tergiversar la verdad científica, para adulterar la expresión sincera del
arte. Todo se utiliza con los principios morales, o sea contra las normas de conducta,
conquistadas por la humanidad al cabo de profundos afanes y varoniles luchas para
transitar decorosamente por el camino de la vida.
Dicha dramática situación
ha sido el natural epílogo de la utilización impiadosa que las fuerzas minoritarias
hicieron de las grandes conquistas logradas por la ciencia y por la técnica en el
iluminado siglo XIX. Los extraordinarios valores que la civilización aportó; la obra
persistente y prodigiosa de la química, la mecánica, la electricidad; de los
descubrimientos biológicos, de las comunicaciones, fueron usufructuados sin obedecimiento
a consideraciones de moral social ninguna y con el único objetivo de dar mayor ventaja a
los grupos preponderantes. De ahí que descubrimientos y conquistas que han debido
aligerar la carga de desventuras que soporta la humanidad, se trocaran en fuentes de mayor
sufrimiento, mayor explotación y mayor miseria.
Cuando la codicia sin nombre
necesitó provocar guerras, la sangre de los hombres tuvo que pagar su tributo. Si los
fabricantes de la muerte en un país tenían que unirse con los fabricantes adversarios,
así lo hacian. Si las lujuriosas fuerzas del oro en Inglaterra encontraban ventajoso el
aceitar con su dinero la homicida maquinaria germana, no había vacilación para proceder.
No existiendo sino la
perspectiva del usufructo de las pequeñas minorías oligárquicas, sin obedecimiento a
una conducta interior presidida por los principios inmanentes de bien, de derecho y de
verdad, las fuerzas dominadoras se limitaron en un principio a negar la legitimidad de los
reclamos de la necesidad humana, guardando silencio sobre los problemas sociales. No
sirviendo de valla este silencio, impotente como todos los silencios contra la voz de las
gentes que reclaman justicia, vino la represión violenta; insuficiente ésta para apagar
el fuego interno de las conciencias ofendidas, se empleó la simulación. Y así el mundo
presenció el espectáculo de un fascismo y un nazismo sostenidos, estimulados y
mantenidos por el apoyo de los más afanosos ganadores de bienes con el menor esfuerzo,
que hacían alarde de principios socialistas, no porque tal fuera el propósito, sino
porque el disfraz servía para el mejor aprovechamiento de las fuerzas renovadoras por la
lujuria de su empeño.
Todo ese proceso culminó con
el poderío material sin precedentes que produjo el cataclismo guerrero y la empresa de
destrucción más grande que la historia haya contemplado. El instrumento material fue
destruido, pero queda la tarea, quizás más ardua, de empeñarse contra las causas de
desajuste social que lo engendraron.
Y como se trata de un proceso
de carácter histórico; y, como el pueblo colombiano vive dentro de la historia, aun
cuando hasta nuestro suelo no hubieran llegado las fortalezas móviles de acero, los
síntomas de la universal descomposición que va más allá de los hombres y de la
estructura externa de los partidos se han hecho sentir en la conciencia nacional. Por todo
ello podemos afirmar que nuestro programa no encuentra su sola base en las: simples
afirmaciones circunstanciales para fines del momento. Nuestro objetivo interpreta esa
expresión de fuerzas defensivas que cada país moviliza cuando siente en peligro sus
virtudes esenciales, con el mismo tesón con que el organismo individual, sin casuística
ni vanas alegaciones, apresta sus defensas y organiza sus ejércitos contra los elementos
que tratan de perderlo en esa gran contienda silenciosa que a cada hora y a cada instante
se libra entre la vida y la muerte.
También así queda explicado
por qué nunca hemos entendido que el tremendo desajuste que de tiempo atrás registra la
vida colombiana pueda ser circúnscrito a causas simplemente transitorias, anecdóticas o
efímeras, sino que es el resultado de una abominable realidad histórica que no puede ser
corregida con ardides estratégicos, con jugadas circunstanciales, con habilidades
curialescas, con simples enmiendas burocráticas, sino abocándola en conjunto, con un
cambio de frente, con la creación de un clima distinto.
No pueden tener carácter
circunstancial, anecdótico o personal los síntomas del ambiente que contemplamos y cuyas
más visibles demostraciones son la impresionante inversión de las jerarquías
intelectuales y morales en la dirección o la gerencia de la cosa pública, y el
desplazamiento de todos los valores por el repugnante héroe electoral. Ni el químico, ni
el agricultor, ni el ingeniero, ni el mecánico, ni el electricista, ni el agrónomo, ni
el médico, ni el industrial, ni el técnico, pueden ocupar por sí mismos sitio en la
dirección pública del país a pesar de ser las verdaderas fuentes creadoras. El ganador
de elecciones impera sobre los fueros de la capacidad y se ha convertido en la verdadera
fuente de influencias ante las más altas dignidades. Una atmósfera desoladora de
miserias cotidianas ha ido desbastando en el ánimo de las juventudes el ímpetu de la
ambición creadora, el goce de la seria investigación científica, la paciencia en la
preparación que exige una victoria merecida. El Estado en sus aspectos varios es mirado
como botín de guerra hasta por el más modesto empleado, quien ve en el cargo una
remuneración a su transeúnte tarea eleccionaria, pero no un sitio de servicio.
De todo ello proviene la
opacidad de las fuerzas del ideal que todos advierten y que constituyen el venero
insustituible de toda realización, sin que haya necesidad de ponderarlas pues todos saben
en qué consisten aunque no puedan definirlas, como no es posible definir ninguna de las
entidades fundamentales de la especie, ni el amor, ni la vida, ni la muerte. Impera un
maridaje inadmisible entre política y negocios, el cual contradice el sentido que los
colombianos tenemos de aquélla, pues bien sabemos que cuando las altas dignidades se
otorgan solamente como premio al esfuerzo y a la virtud, resultan compensación mucho más
seductora que la misma del dinero. La corrupción interna de los partidos se ha elevado a
niveles que causan desconcierto. El proceso de selección de los escogidos a través de
asambleas, convenciones y comités está convertido en bolsa negra de todas las
concupiscencias, retrayendo de la política, o sea del servicio público a quienes por
tener profesiones y oficios no quieren arriesgarse en ajetreos para los cuales se sienten
cohibidos por la dignidad de su vida.
La corrupción electorera
Una propaganda aviesa ha
reemplazado el convencimiento y convertido en capitanes de revolución a satisfechos
gozadores de la cosa pública y en agentes reaccionarios a los hombres de avanzada. El
respeto a la Constitución y a la ley está suplantado por la habilidad para los pretextos
tendientes a justificar su violación. De este caos surgen militares que olvidan nuestra
incancelable devoción por las normas de la vida civil y pretenden hacernos retroceder a
tiempos primitivos con mengua de nuestras costumbres cívicas, y quienes aplican sanciones
con desprecio de normas constitucionales y legales de universal acatamiento en el mundo
civilizado. La obra y la realización son sustituidas por el fatigante método de las
promesas. La mayoría ciudadana está ausente del deber de intervenir en las elecciones,
mientras en algunos lugares los políticos intentan la corrupción por medio de la compra
del voto, y en otros establecen el imperio de los mismos vicios de fraude de ayer y
anteayer. Se habla espectacularmente de la defensa de los hogares obreros y de la clase
media, al mismo tiempo que las entidades públicas desarrollan la más escandalosa labor
de propaganda alcohólica y de estímulo al juego. Los funcionarios se ufanan de su
creciente triunfo en el comercio de tósigos embriagantes que la raza paga al precio de su
degeneración. En fin, es innecesario continuar enumerando lo que todos sabemos y todos
confesamos, con la diferencia de que unos lo decimos en público y otros practican la
táctica de callarlo, pues juzgan más importante la conservación de sus privilegios, que
reposan sobre la santidad de la mecánica política.
Un movimiento
afirmativo
De aquí la diferencia que
para cualquier observador resulta patente entre el objetivo de la literatura política de
hoy y la que inspiraba la de los grandes varones de la nacionalidad. El encomio, estímulo
y defensa de las virtudes primordiales del hombre, que eran esencia en las admoniciones
políticas de un Santiago Pérez, de un Miguel Antonio Caro, o de un Rafael Uribe Uribe,
tendría hoy el valor de una ingenua y cándida impertinencia. Y, sin embargo, ¿qué vale
en un país de incipiente formación como el nuestro, hablar de reformas en la mecánica
administrativa, de cambio en la conformación de la estructura del Estado, de logro de
posiciones para uno u otro partido, si el gran valor de donde arranca y en donde confluye
todo el empeño de la actividad pública, o sea el hombre, se mueve en un ambiente que no
sólo es propicio sino que antes perjudica las bondades fundamentales de donde lo demás
proviene? Si el clima no es estimulante y apto para formar la voluntad tenaz e indomable;
para acrecentar la noción de las obligaciones contraídas con la comunidad, no hablemos
de obra fundamental ninguna, pues sólo el hombre concebido en la plenitud de sus
atributos físicos, morales e intelectuales, es capaz de realizar el ideal de un pueblo
disciplinado, justiciero y fuerte.
Por eso a quienes nos
inculpan de que hacemos una obra negativa de censura, les decimos que como este es un
movimiento que arranca de los orígenes de un gran problema nacional y de un delicado
momento histórico, incapaz de satisfacerse con el solo tratamiento localizado de hechos
que son efecto y no causa, la forma al parecer negativa, representa un valor afirmativo de
muy definidos perfiles. Quien sólo tiene como perspectiva de acción la objetividad limitada,
puede emplear la sola forma positiva. Pero cuando la concepción es orgánica, cuando se
aspira a interpretar la modalidad funcional de un estado social entonces el método de
expresión tiene que ser otro, por la vastedad de lo contemplado. De ahí que el derecho
emplee un modo al parecer negativo cuando establece que todo lo que no está prohibido por
la ley es permitido. De ahí que el decálogo cristiano, resumen esencial de una
civilización, se exprese en forma aparentemente negativa al decir: no matarás, no
robarás. Cuando nosotros censuramos hechos, procedimientos y actitudes, pretendemos
afirmar que debemos hacer todo lo contrario y que tenemos la sensación de poderlo
realizar.
Un movimiento en marcha
Se me podría observar que en
medio de ese desorden se han hecho cosas buenas y con gusto lo reconozco. Pero afirmo que
en la concepción de la lucha por el Estado no puede prevalecer la psicología del avaro
que se regodea con las riquezas obtenidas, sino la del navegante que deja atrás el camino
recorrido y sólo se preocupa por vencer el escollo que obstaculiza su ruta, poniendo
todos los medios para salvar las dificultades futuras, con el ansia permanente de llegar
al puerto perseguido.
Y como siempre se ha dicho
que la mejor manera de probar el movimiento es la de moverse, puedo afirmar que nuestra
lucha ha tenido la fortuna de poner en función su programa, casi apenas iniciada. ¿No
estamos acaso dando el ejemplo de que sí hay medios capaces para luchar contra el grave
mal de la indolencia ciudadana respecto de los grandes problemas públicos? ¿No estamos
demostrando a la juventud, con la más práctica y por eso más fecunda de las lecciones,
que en política la sinceridad y la verdad no conducen al fracaso? ¿Que se puede ser leal
consigo mismo, que el triunfo en la vida no hay que esperarlo del caprichoso patrocinio de
nadie, sino de la propia energía acumuladora, cuando la conciencia arde como una llama en
permanente holocausto a la verdad? ¿Que ante la conciencia pública el prestigio de los
hombres depende del historial de su propia existencia y no del alzamiento o el vituperio
dispensados sin acato a una valorización de méritos intrínsecos? ¿Y no es por sí
misma una saludable revolución de las viciadas costumbres políticas ésta de que estamos
dando ejemplo ahora, según la cual la designación de los mandatarios de un pueblo dejó
de ser patrimonio exclusivo de reducidas asociaciones que laboran en el camino de la
maniobra, lejos de la voluntad popular que apenas simulan respetar?
La verdadera democracia
Porque la otra sencilla
enunciación que hemos hecho es la del sentido democrático auténtico de la República.
Restaurar la democracia hemos dicho. En lo político, la democracia se expresa por la
libertad que exista para hacer oposición a las fuerzas que tienen la personería del
Estado.
En un régimen democrático
la existencia de la oposición no se explica ni por generosidad, ni por benevolencia de la
fuerza gobernante. Es apenas expresión del funcionamiento de la democracia, que así
limita, contiene y estimula al que manda, sustrayéndolo a la posibilidad de cualquier
abuso. Ello quiere decir que la oposición no puede estar condicionada a las necesidades
del gobierno, sino que en presencia de los actos de éste determina las fuerzas de
contrapeso que en su entender sean justas; que lo serán si los actos del gobierno dan
base a su éxito, o sufrirán el descrédito por inocuas cuando resulten infundadas o
pérfidas.
Y en el funcionamiento del
Estado esas fuerzas de equilibrio están representadas por la autonomía de las funciones
que son propias a cada una de las ramas del poder público, el ejecutivo, el legislativo y
el judicial, en orden a la armonía de un Estado de derecho. Cuando sus determinaciones se
hallan influidas por quienes llevan la personería del ejecutivo, la fuerza equilibrante,
esencial a la democracia, sufre rudo quebranto y los males en la práctica pasan a ser
ilimitados. Nadie en Colombia puede negar de buena fe que no es urgente dar efectividad a
dicha norma. Por su parte el órgano legislativo necesita recuperar su dignidad y la
autonomía que le es propia. Congresos que aparezcan como simples emisarios de la voluntad
del ejecutivo según casos que todos conocemos, atentan contra la sustancia de la
democracia. No puede haber pretexto, razón, ni causa para que existan parlamentos que no
se inspiren en su propia conciencia sino en el halago o el temor para subordinarse a las
decisiones del órgano ejecutivo. El país sabe que esa autonomía funcional del
Parlamento no actúa y que debe se restaurada.
También hemos invitado a las gentes a la
defensa de la democracia como realidad actuante y no como simulación verbal, porque los
colombianos saben que la vida del municipio, base de todo desarrollo armónico, se halla
bajo el imperio de gamonalatos de cuyo dañado albedrío dependen los bienes municipales,
sin otro propósito que el de obtener ventajas en el orden burocrático o en el orden
económico para el grupo predominante de turno, o para los suyos, o para quienes les
proporcionan la ayuda electoral. De ahí que los repugnantes gamonalatos, a pesar del
desprecio unánime que por ellos se siente, sean tratados por el país político con todos
los miramientos, en forma que de su voluntad ignara depende el nombramiento y la
estabilidad de nuestros empleados y funcionarios y hasta la propia orientación de las
obras públicas.
Naturalmente que todo esto y mucho más, parte del presupuesto de que
haya la energía suficiente y la decisión inquebrantable de hacer coincidir la obra con
las intenciones enunciadas. Porque en el solo plano de los propósitos y de los programas,
entendidos como una enumeración catalogada, nadie en Colombia tiene derecho a quejarse.
Esa queja logra fundamento cuando se pide que las intenciones se concreten en realidades y
los programas en hechos. Mucho hemos hablado del problema de la tierra, pero las buenas
intenciones no corresponden a la realidad operante, pues al contrario, nadie ignora que
las normas legales expedidas sólo lograron colocar en peor situación a trabajadores y
propietarios.
Mucho se ha hablado del
órgano judicial, pero lo cierto es que después de tanto esfuerzo verbal sigue vigente la
existencia de un cuerpo dependiente de la intriga personal o política, con la sola
variante del sitio en donde ésta debe hacerse. La justicia sigue confinada en sucios
recintos, que le roban todo respeto a la grandeza de su cometido y sus servidores carecen
de instrumentos de trabajo y de seguridad en el porvenir.
Con no menor énfasis se ha
hablado de la necesidad de una carrera diplomática y por ahí existen unas leyes
inoperantes por sobre las cuáles actúan el capricho, el regalo amistoso o la necesidad
de satisfacer con este ramo, olvidos, supresiones e incompetencias. Todo en mengua del
prestigio internacional del país, que no puede fundarse ni sostenerse con la imprevisión
y el azar característicos de nuestra diplomacia. Y esto sucede a la hora en que la mayor
parte de las naciones suramericanas lograron ya organizar sus cancillerías con la
tendencia de fijar una política internacional coherente y de prestar apreciables
servicios en lo interno por la eficacia de sus departamentos técnicos. Tampoco ha sido
escasa la literatura sobre una carrera administrativa, pero lo cierto es que las normas
logradas no cambiaron en mucho la esencia del problema y que continúa sometida al mismo
criterio de la recomendación y el capricho.
Los ciudadanos quieren y
necesitan una administración fácil, rápida, eficaz no entrabada por el papeleo inútil
ni por el molondrismo enmarañado que convierte en problema heroico la resolución de sus
pedimentos o demandas. Y esto no puede lograrse con teóricas normas llamadas a enriquecer
los polvorientos archivos, sino con una dinámica humana, con el ejemplo real de los
jefes, con el ascenso para el que trabaja y es capaz, con la exclusión de los ineptos.
Muy abundosos en la expresión verbal hemos sido en relación con el problema de la
inmigración extranjera. Otros países de nuestra América han derivado inmensos
beneficios de ella y los han logrado por tener un sistema y poseer un objetivo. En cambio
nosotros la hemos dejado en brazos del azar, sin método y condicionada también al
mercado de las influencias. Nosotros, lo mismo que los demás pueblos jóvenes,
necesitamos el aporte de una inmigración que desarrolle actividades técnicas y
creadoras; que ofrezca posibilidades de adaptación estable y de compenetración con
nuestro medio. Pero en nada nos favorece la afluencia de elementos que permanezcan como
extraños; que representen una simple especulación interna, diaria e improductiva; que
desalojen a los connacionales de las actividades que desarrollaron con su propio esfuerzo,
que utilicen medios de corrupción para su medro, o que lleguen con el solo ánimo de
hacer rápida fortuna mediante la explotación de nuestros trabajadores humildes, a
quienes tratan con insolencia que contrasta con el servilismo empleado ante quienes gozan
de influencias y poder.
Nadie podrá olvidar lo mucho
que se ha hablado sobre reforma penal y carcelaria, pero a pesar de las buenas medidas
teóricamente concebidas y dictadas, continúa en pie una gran tarea de realizaciones que
logren la solución de este problema, el que en la práctica es ejemplo de adefesios y
símbolo de innoble barbarie. La consigna del mundo moderno en administración pública se
resume en la eficiencia y ésta no puede existir sin la organización; y la organización
es fruto de un empeño real, decisivo y humano, no producto de la simple enunciación. No
son pocos los dineros que gastamos en educación, higiene y labores agrícolas, pero ello
no da el rendimiento que podía esperarse, por falta de una adecuada armonía entre los
órganos y entidades que los tienen a su cargo, con los fines que deben proponerse. Para
impedir las saludables rectificaciones saltará siempre el mundillo de los caciques, de
los intereses y los interesados del país político. Más importante que la obra, que para
ellos sólo representa un halago electoral, les resulta el controlar la facultad de hacer
nombramientos, de dispensar contratos, que son la base esencial de su indigno poder.
No puedo acompañar a quienes
piensan que la capacidad ejecutiva del mandatario; la energía que utiliza para vencer
obstáculos y saltar sobre los prejuicios; la decisión de no esquivar el cuerpo a los
problemas, constituye un serio indicio de temperamento dictatorial. Esa ha sido la
concepción y la propaganda de las dictaduras modernas contra la democracia. Pero el
pueblo no puede seguirla. Ella es fórmula decadente, inepta para las realizaciones,
fácil para el desgreño, ausente de seriedad, rica de verbalismo. Yo tengo el concepto de
que la democracia, repudiando la escoria de los ineptos que a su sombra pretenden
alimentar su pereza, es un sistema que puede ser más eficiente que la dictadura.
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