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PROLOGO
Doctrina y organización del liberalismo a
través de la historia colombiana
Por Otto Moralez Benítez
I
. La independencia y los partidos
Al país lo han acostumbrado
a consentir que la definición de lo que puede aceptarse como doctrina de los partidos
políticos, surge muchos años después de la Independencia. Pero, también, con
frecuencia se hace referencia a que Francisco de Paula Santander se puede considerar como
padre intelectual del liberalismo y a Simón Bolívar como síntesis del pensamiento
conservador. Pero poquísimas veces se ha tratado de establecer cuáles son sus
diferencias. Que fueron muy profundas desde el punto de vista ideológico. Como es
elemental, trabajaron en armonía para obtener ciertas victorias contra el imperio
español. La lucha por la emancipación los unió y los mantuvo en convivencia fraternal.
Pero en cuanto se avanzó hacia señalar qué es el Estado, cuáles sus funciones y la
concepción de los deberes de éste y de los ciudadanos, principiaron a manifestarse las
discrepancias. El cambio de las tesis que rigieron en la Colonia y la conquista por las
republicanas, fue impulsando el aliento de las nuevas motivaciones. Y éstas no eran
coincidentes. Antes, cada cosa venía del imperio.
Nada se dejaba al azar. No se
tenía derecho, por lo tanto, a definir ninguna de las materias que rozaban con la vida
comunitaria.
Alcanzada la autonomía, se
demanda precisar qué se espera y, con especialidad, de qué manera se va a cumplir con el
mandato que se ha recibido. Entonces los signos de la identidad doctrinaria van emergiendo
con mucho vigor. Es decir, los que van a formar el nuevo país. Para esto se hace
inevitable que luzcan dinámicas las opiniones. Estas, no pueden estar sueltas, porque si
ello acontece, no hay disciplina administrativa. Para que aquellas destellen se demanda
que sean diáfanas las ideas que guían y gobiernan. Y, entonces, necesariamente tienen
que irrumpir los partidos.
Y éstos, ¿qué son? Son
organizaciones en torno de las cuales se aglutinan los diversos grupos sociales,
predicando la identidad en ciertos pensamientos cardinales para encauzar el destino de un
país. Ellos definen los temas que guían su acción. Cubren los más diversos asuntos.
Los matices son, a veces, sutiles y, más adelante, acentúan sus rasgos, hasta
resplandecer sus definiciones. Para éstas, deben sus enunciados levantarse con precisión
frente a cada asunto. El origen de esos enunciados, van destacándose lentamente. En
cuanto hay que tomar decisiones en materias administrativas, destellan los criterios.
Estos son de variadísima riqueza en la diversa gama de asuntos que demandan atención
pública. Y en algunos casos, como los partidos anhelan dirigir y comprometer a la
comunidad, también es explícita la conducta que debe observarse como manera de
comportamiento social. Las personalidades que dirigen las colectividades, le dan carácter
a ciertas ideas. Estas son más nítidas y eficaces cuando las dirigen hacia fines
colectivos, determinados líderes. Porque las expresan con más fuerza, con mayor arrebato
de certeza. Las lanzan a la circulación ciudadana con ímpetu de persuasión. Las
presentan con clarividencia. Y ellas por ese arrebato, contagian y señalan caminos.
Explican sus alcances y estos cubren parte de las ansiedades de la gente. Se manifiestan
sin dubitaciones. Las gentes, entonces, combaten por ellas. Al frente, están los otros
criterios, disímiles y separados. La comunidad va tomando posiciones. Las doctrinas así
se van integrando. Es un lento proceso de definiciones. Y con cada una de éstas, se
produce un deslinde. No hay tema que no se roce. Cada uno de éstos implica un matiz que
puede ser sutil, a veces; y, en otros casos, tajante, capital, de singularísimo valor.
Nada se excluye en lo que conforma el destino de un país. Su importancia es
incuestionable: ellos definen las actitudes, posiciones, tendencias, creencias. Son un
conjunto armónico. Dan cauces. A los ciudadanos les entregan instrumentos de navegación
y los grupos humanos hallan un camino. Las personas no tienen ni oportunidad, ni tiempo,
ni calidades, para reexaminar cada tema nacional de carácter político, económico,
social, cultural. Pero el partido sí debe tener una definición de cada aspecto. Y,
entonces, su conducta pública la ciñe a sus postulados. En lo privado le permite al
individuo tener unos apoyos ideológicos para explicar su postura personal, la de su
grupo, acentuando lo que él considera mejor para la patria.
La formación de aquellos, da
principios para mirar y apreciar cada acto. En la medida en que se gobierne y que se
trancen las disputas las periodísticas, las parlamentarias, las de agitación en la
plaza pública o en las guerras las gentes adhieren y lo hacen con ardentía. La
solidaridad con el partido, es ejemplar y fuerte. Muy decidida. Las personas llegan al
sacrificio. Se entrelaza una amalgama de ideas, de posiciones públicas, de ademanes, de
luchas. El partido contrincante, según el temperamento social que representa, lleva a los
enfrentamientos. Estos, a pesar de sus durezas, logran que se vuelvan clarividentes, así,
en la confrontación, juicios, conceptos, inclinaciones. Que obedecen a unas ideas o que,
con cada acontecimento y postura, terminan por encauzar a una parte de la población.
Los partidos y el
futuro
Los partidos no pueden ser
capillas cerradas. Al contrario, lo que anhelan es tener adherentes y que sean numerosos.
Con una opinión robusta, logran aglutinar la voluntad cívica. Su tendencia es dar
soluciones. Crean, también, ilusiones. Mantienen a la comunidad en vigilia. Ofrecen rutas
para lo inmediato e igualmente para el futuro. Manejan lo actual y dejan las luces
encendidas para el porvenir. Son siempre los guiadores que alimentan la esperanza. Sus
prospectos logran mantener a la gente, esperando algo. Pueden pasar años para que se
apliquen sus enunciados, y así le aconteció al liberalismo cuando la dictadura de la
Regeneración, hasta cuando se instalaron los años de la República Liberal. Fueron
cuarenta y cinco años. Sus adeptos cada día renovaban la confianza de lo que acontecía.
Por ello mismo, no se dispersaban sus adherentes. El mundo de la política lo gobierna la
ensoñación. El partido es el gran orientador hacia el mañana. Es como una gran
religión que mantiene encendidas las luces de la cofradía. Ello es lo que le da
fortaleza. Esta, es de carácter espiritual que ata, alienta, revive las fuerzas en las
horas inciertas que se viven. Que, a veces, son verdaderos túneles, tenebrosos,
tétricos, pero la doctrina indica que esa antorcha liberará al hombre de esas
pesadumbres. A la doctrina se le toma y acepta con reverencias y con la confianza de que
la claridad ideológica, favorecerá la salida. Son, por lo tanto, los templos donde se
cantan los himnos a los sueños del futuro. La bandera del partido otea sobre los
vientos adversos indicando que, a su sombra, nos aglutinamos hoy, y lo haremos en el
mañana, porque allí se levantará la de la patria para confundir la suya con ésta, que
es el porvenir.
La colectividad lo que anhela
es aplicar una tesis desde el Estado. Para eso, éstas se escriben y se conciben. Además,
se amplían con las reflexiones que presentan sus escritores y orientadores. Pero para que
así acontezca, se requiere que exista un partido organizado, que tenga una disciplina.
Cuando éstos se disgregan y se convierten en grupos que lo usufructúan electoralmente
por personas a veces sin suficientes calidades intelectuales. Para que un sistema
intelectual sea eficaz y cumpla su cometido, debe existir una vigilancia de cómo se
aplica. Esta función es del partido. Este no existe sólo para asistir a unas elecciones,
como pueden creer algunas gentes.
También existen, fuera de
dar soluciones, para despertar adhesiones hacia el futuro. Sus principios deben conducir a
la integración de una cultura nacional, con respeto de las ancestrales, y buscar los
perfiles de la auténtica.
II.
Las ideas del prócer Granadino Francisco de Paula Santander
Invariablemente se ha dicho
que el liberalismo colombiano tiene su origen en las ideas del gran prócer granadino,
héroe de la Independencia, general Francisco de Paula Santander, gran conductor de
batallas y de hazañas. Entra muy joven al gobierno. Participa como actor principal en la
creación de la República. Con energía sostiene que nada del gobierno debe ser para
provecho de los libertadores, pues su misión se debe enderezar en favor de la comunidad y
del Congreso, al cual respetó y estimuló en su misión. El dijo que «bastante bien ha
hecho, en mi concepto, con sólo haber evitado graves y fuertes males». Consideró que su
vigilancia, ayudaría al bienestar moral de la patria.
Fue un gobernante
excepcional. Lo hizo en medio de la guerra. Cuando inició su tarea de precisar los cauces
del Estado, era insegura la independencia de Antioquia y en Popayán las tropas de la
libertad sufrían descalabros. A pesar de estas circunstancias adversas, fue admirable su
comportamiento, pues, sin dubitaciones, obró ceñido a la ley. Declara con visión: «Un
gobierno antiguo, dura por la misma virtud de lo que lo apoya. Uno nuevo, necesita
despertar confianza; seguridad de que no será abatido». Tuvo una actitud que revela su
temperamento y destaca, sin sutilezas, su ubicación ideológica. Su actividad la
enderezó para formar un partido civil, donde los militares no determinaran ni sus
creencias ni su comportamiento. Es esencial mucha lucidez política y una dinámica mental
muy profunda, para no ceder ante una clase militar que venía de rozar la gloria en el
continente. Su vocación estaba en la cercanía de las reflexiones civiles. Y no ocultó
éstas, ni las dejó vencer por amenazas, ni las doblegó a los caprichos momentáneos.
El expresó con mucho
énfasis que tomaba el poder cuando el país oscilaba «entre los escollos de la guerra y
la política». Con energía manifiesta que su programa es cumplir lo que ordena la Carta,
dar existencia legal a Colombia, que se viva en el reino de las leyes. Que a ellas se
sometan los «hombres erguidos por la victoria». Con naturalidad, anota las dificultades
que entraña un estado nuevo: «Yo no vine al gobierno a organizar y conservar, sino a
crearlo todo».
Se refiere a Bolívar en
términos de amistad, que implica respeto, solidaridad y franca cordura en los adjetivos.
Levantó, permanentemente las más altas loas para Bolívar, con los sustantivos de más
encomio. Sus cartas son finas por la limpieza de su actitud, con reconocimientos para
aquél. Sin una palabra amarga, inclusive cuando Bolívar le notifica que deja de ser su
amigo. En el exilio, no manuscribe una frase turbia, una frase desviada, un epíteto
rencoroso. Se dirigió a Bolívar con serena grandeza. Santander tuvo voluntad republicana
y ese sentimiento y convicción así se lo manifestó a aquél. Ya sabemos que sin
Santander no hubiera existido ni Ecuador, ni Perú, ni Bolivia para la grandeza histórica
de nuestro pueblo. Santander piensa y se expresa con gran certeza formal. Es un gran
escritor público y así hay que proclamarlo. Tiene otra virtud cada vez que se dirige a
Bolívar que es no ocultarle su posición y sus creencias. Le plantea los temas con serena
dignidad, sin apelar a la lisonja ligera ni doblegar sus principios. Pero lo hace sin
altanería. Dentro de una invariable fortaleza espiritual con claros acentos en sus ideas.
Es ejemplar este proceder de ético ademán intelectual.
Las cartas de 1826
Hay dos cartas suyas, una de
julio 6 y otra de octubre 18 de 1826, que es necesario repasar cada vez que se indague por
el origen de los partidos en Colombia. Su contenido se demora en temas muy cabales, como
los de la libertad y la dictadura. Son definiciones básicas dentro de cualquier cuerpo de
doctrina. Pensamos que deslindan parte esencial de lo que caracteriza al liberalismo. Es
su origen doctrinario y así lo registramos, como también en otros documentos de Vicente
Azuero y de José María Córdova, los cuales analizaremos más adelante. Son escritos de
vislumbre conceptual y de rigor doctrinario. Esas son las razones para proclamarlas como
orientadores del comportamiento comunitario.
En la primera misiva,
Santander se detiene en el análisis de la reconquista que planea España. Para evitarla,
situará ocho mil hombres en la isla de Cuba. Además, se esperan un navío y una fragata.
México propone a Colombia firmar un armisticio con España. Lo preocupa demasiado lo que
ha venido ocurriendo en Venezuela, lo que se conoce en la historia como La
Cosiata. El comportamiento de Páez lo considera grave por la repercusión que
tiene, «por el descrédito dice que nos resulta en el exterior, y por el
entorpecimiento que ha opuesto a la brillante marcha interior que llevaba la República».
Agrega: «
Yo
soy
amigo de las leyes por convencimiento, y las sostendré, como ciudadano; soy militar, y
debo sostenerlas en calidad de tal; soy magistrado y actualmente el primer magistrado de
la República, y mi deber es morir en la demanda sosteniendo el régimen constitucional.
Prefiero ser víctima de la rebelión, a que la República y el mundo liberal me tilden de
traidor».
Para darnos cuenta de la
trascendencia de lo que sucedía, leamos al historiador venezolano Eloy G. González en su
libro Dentro de la Cosiata:
«Yo no le llamo malvado al
general Páez: yo le llamo, y es por origen, por educación, por fatalidad
individual ,un primitivo; con todos los impulsos, con todo el ardimiento, con toda
la ingenuidad de primitivo. Los sucesos de 1826 escribía en el ocaso de su
vida, me llenan todavía de amargura y arrepentimiento».
Destaca Santander cómo puede
ser la política internacional y cómo concibe, con grandeza y con excepcional brillo de
administrador público, una futura alianza: «... si lográsemos que la antigua Venezuela
permaneciese unida a Nueva Granada, se podría pretender una federación entre Colombia,
Guatemala y Perú, y ojalá que siquiera venga a quedar Venezuela federada con Nueva
Granada y Perú, sin haber pasado por una guerra interna. Creo que un imperio del Potosí
al Orinoco sería muy fuerte y poderoso, y que nos reconciliaría con Europa».
Luego entra en materia
política. Le expresa: «Voy a hablar a usted con mi corazón en las manos y con toda
franqueza y sinceridad de mi carácter y de la generosa amistad de usted». Principia por
presentarle el panorama de expectativa política que se ha creado al hablar del posible
establecimiento de una monarquía en nuestro medio. Le presenta una serie de interrogantes
que revelan su inquietud y la de sus habitantes: «Quién es el emperador o rey en este
nuevo imperio? ¿Un príncipe extranjero? No lo quiero, porque yo he sido patriota y he
servido 16 años continuos por el establecimiento de un régimen legal bajo las formas
republicanas».
Más adelante le declara con
limpia actitud humana e intelectual:
«
Yo
no
imagino que usted sea capaz de entrar en tal plan, porque sería tener muy mezquina idea
de toda la grandeza e inmensidad de su gloria y reputación. Por otra parte, usted me ha
dicho cien veces que morirá republicano y que se irá de América antes que abrazar
semejante partido, y yo lo creo firmemente porque ninguno mejor ni más que usted puede
pesar toda la pérdida que va a hacer en tal caso en la opinión del mundo, y a todo lo
que expone su inmarcesible gloria y su inmaculada reputación. Sí, mi general, sea usted
siempre republicano, el mismo Bolívar que nos ha dado patria, y usted vivirá eternamente
en la posteridad y en los corazones libres, elevado sobre cuantos verdaderos héroes
reconoce la historia y admira el mundo».
Termina con una apreciación
dialéctica: «No hay nada vitalicio y las leyes tienen vigor por su propia fuerza».
La del 18 de octubre
En este mensaje le dice que
ha recibido varias cartas de Bolívar que «aún no me sacan de la duda en que estoy sobre
las resoluciones que haya usted adoptado o que piense debidamente adoptar en los presentes
disturbios políticos... La locura y ligereza de Guayaquil y Quito nos impiden presentar a
Colombia delante del mundo liberal unida bajo el régimen político que una vez adoptó,
consolidadas sus instituciones e ilesas las fórmulas porque se deben pasar nuestras
ulteriores reformas... En mi carta anterior dije a usted y le rogué por lo más caro a su
corazón, que no aprobase las escandalosas actas de Guayaquil y Quito, y que menos
recibiese a su horrible dictadura que le conferían de un modo tan tumultuoso y bajo
principios tan falsos y exagerados».
Más adelante, Santander le manifiesta lo grave que es
ceder frente al desorden, porque este puede repetirse, más adelante, inclusive contra el
mismo Bolívar Y luego, le dice:
«Es, pues, mi más ardiente deseo saber que usted ha
ofrecido, o que va a ofrecer al pueblo colombiano sostener sus leyes fundamentales,
cumpliéndole la promesa que sobre esto le ha hecho tantas veces. Estas solas palabras
derramarán el consuelo y la alegría en toda la República, y preservarán para siempre
la gloria y reputación de usted de toda mengua. Llegó la ocasión más preciosa de que
usted se haga superior a sus deseos de ver adoptado el código boliviano, precipitando la
convocatoria de la gran convención: la vez primera que una insurrección ha amenazado
destruir las instituciones, ¿cómo no ha de ponerse usted del lado de ellas para
sostenerlas inviolables?»
Le indica, en frases de
respetuosa admonición, lo que es aceptar tumultos, tratar de reunir una convención sin
haberse cumplido las disposiciones de la Constitución de 1821, o imponer la boliviana. Es
decir, el más amigo de los amigos políticos, no habla con tanta precisión, respeto y
afán de que se conserve la gloria de Bolívar intacta. Es la mayor demostración de
limpieza espiritual de Santander:
«No quisiera ni suponer por
un momento que usted tuviese por conveniente abrazar algún otro partido que no fuese el
de sostener la Constitución, porque no puedo expresar a usted bastantemente cuál sería
mi pesadumbre. Un padre adorado, expuesto al más inminente peligro de muerte, no
excitaría en mi corazón tanto dolor, como el considerar a todo lo que usted exponía su
gloria y reputación que yo amo con idolatría y por cuya conservación daría mi
sangre».
Esta carta de octubre le da
indicaciones de cómo se pueden operar
cambios si es que llegaren a necesitarse. Le hace
explícitas las fórmulas, siempre que manifieste Bolívar que respetará el régimen
constitucional. Le repite cuáles son sus ambiciones de hombre de gobierno republicano:
«Abogo sólo por el sostenimiento de las instituciones bajo el poderoso influjo de usted
para granjearnos la reputación de firmes sostenedores de los principios, de fieles
observantes de nuestras promesas y de amigos del orden político: para poner a cubierto
nuestra patria de ulteriores sacudimientos; para darle garantía a cualquier reforma legal
que se haga debidamente; para hacernos dignos de la confianza del público europeo y
americano; y para que se conserve brillante y resplandeciente la gloria de usted».
No admite Santander que haya
equívocos. No pretende que su razonar se oculte ni que aparezca débil su rechazo a la
monarquía. Su sentido de la libertad que ha sido principio del liberalismo
colombiano aparece muy explicito: «Por desigualdad tan disforme no se ha combatido,
ni yo he cooperado a la independencia del país para que los colombianos queden
representando la escena infame y peligrosa de someterse al poder del más fuerte, a
despecho de leyes y de autoridades legítimas».
III.
Lecciones de derecho
público de Vicente Azuero
Vicente Azuero nace en la
provincia comunera de Santander del Sur. Oiba es su lugar de origen, en 1787. Su familia
la integran señalados varones que lucharon por la libertad y por los asuntos que
inquietaban a su pueblo. Lo escribí hace varios años:
«En ese medio fue discurriendo
la niñez de Vicente Azuero. De manera que estaba rodeado de un ambiente histórico, donde
la palabra libertad tenía audiencia en la emoción de sus paisanos. Pero también
existía un fuerte impulso de la sangre, que iría a golpear el continente del corazón.
Su apellido estaba unido a capitanes y mártires de la misma revolución comunera. Muchos
de sus antepasados supieron del suplicio, y a algunos los alcanzó a rozar la muerte con
su pavor trágico. Por los caminos de la sangre y del recuerdo, Vicente Azuero fue
comprendiendo el valor esencial de la democracia. En su hogar escuchó lecciones de dura ardentía contra la injusticia social y contra los
déspotas. Allí le amaneció un tierno impulso por la solidaridad con el pueblo. Miembro
de la familia que produjo a varios de los capitanes de los comuneros: a Isidro Plata,
Emigdio Benítez Plata y Miguel Gómez Plata, fusilados en 1816; a Antonia Santos Plata,
la heroína legendaria; a Diego Femando Gómez Plata, el magistrado integérrimo; a Juan
de la Cruz Gómez Plata, convencionista, senador, obispo de Antioquia; a Pablo Francisco
Plata, y Patricio Plata Azuero, ilustres canónigos; a Manuel Plata Azuero, médico y
maestro; a Joaquín Plata, parlamentario; a José María Plata, parlamentario también,
hacendista y mártir de sus convicciones; a cien más distinguidos servidores de la
independencia y de la República».
De él debe repasarse un
texto su presentación a Bolívar cuando éste regresa del Perú, que es otra
página que fortalece el origen del liberalismo colombiano.
«En San Bartolomé recibió
el título de abogado en 1817. Vive perseguido, entonces, por los genízaros que lo
destinan a las cárceles y a los continuos asedios persecutorios. Logra, de inmediato, el
reconocimiento de jurista y es profesor de amplia nombradía en la universidad en derecho
público. Se le juzga de la misma categoría, por sus méritos académicos, como a José
Félix de Restrepo. Con los secretarios del Interior y de Hacienda, con el senador
Jerónimo Torrés, el canónigo José María Estévez y el doctor José Fernández Madrid
hace parte de la comisión, que nombró el gobierno, para recomendar el plan educativo,
referente a universidades, colegios y casas de educación. No hay que ocultar que
Santander promulgó el más completo plan de estudios en el continente. Fue varias veces
catedrático de legislación y de economía política. Con Ezequiel Rojas divulgó a
Bentham y Tracy. Era hombre de formación filosófica. Mantenía fervor por Bentham
especialmente cuando repetía su consigna: «La mayor felicidad para el mayor número».
Después de la independencia,
era difícil crear una conciencia jurídica. Se derrumbaba un sistema sin que existiera
uno que, inmediatamente, lo sustituyera. Es cuando Santander lucha contra toda primacía
militar. Era conservar el gobierno civil contra la fuerza. Vicente Azuero, científica y
políticamente atacó las instituciones españolas. A su inteligencia se le deben los
proyectos de autonomía municipal. Se inclinaba por una descentralización del poder.
Propuso acabar con la alcabala, que detenía la producción. A la vez, redacta el Código
Penal y de Procedimiento, buscando que desaparecieran las Leyes de Partidas.
En 1835 es comisionado por el gobierno para
elaborar un tratado de legislación universal que, de acuerdo con palabras del ministro
Lino de Pombo, debía «acomodar a lo que la religión del país, la moral y las leyes
requieran». Anota que Azuero, por fortuna, «ha manifestado (devoción) por los buenos
estudios de legislación».
En 1835 su proyecto
sobre el tabaco tiende a arrendar las factorías a quien dé mejores garantías al Estado.
Lanza varias iniciativas para ir orientando la administración republicana: de qué manera
manejar la exportación de metales preciosos; qué inmigración de españoles debía
tolerarse y como operaría el comercio con España. Concibe reglas sobre la vagancia.
Fortalece las organizaciones regionales.
Su proyecto de reforma
administrativa tiene un singularísimo alcance. Siempre tuvo Vicente Azuero la
preocupación de fortalecer los organismos regionales. Consideraba que el exceso en la
centralización, paralizaba las posibilidades de las comarcas. En 1844 llevó al Congreso
un proyecto sobre varias reformas a la ley orgánica del régimen adrninistrativo. En él
se disponía: a) que las Cámaras de provincia quedaban facultadas para reglamentar todo
lo relacionado con la educación, las comunicaciones y los ramos de la industria y el
comercio; b) se aumentaban los fondos de rentas provinciales, creciendo el número de
materias imponibles y decretando el máximo de contribuciones directas; c) el ejecutivo y
los gobernadores sólo podían suspender los actos de las Cámaras, con la obligación de
éstas, al reanudar el periodo, de estudiar con preferencia los actos objetados; d) se
reducían los cargos públicos onerosos; e) se fortalecían los consejos, señalando los
periodos ordinarios de sesiones y la obligatoriedad de citarlos frecuentemente a
extraordinarias; f) se creaban los consejos comunales. En 1840 rinde un «Informe como
miembro de la Cámara sobre el modo de proceder a la reforma de la Constitución», en el
cual se revelan, una vez más, sus profundos conocimientos en el derecho público y su
claridad en las tesis de Estado que debían primar en Nueva Granada.
En el mismo año da un informe al Congreso sobre
cómo reformar
la Constitución, destacando el grupo de ideas que deben primar en Nueva
Granada en su concepto integral del Estado.
Durante algunos años ocupa cargos en la Alta
Corte y fue consejero de Estado. Su afán fue desarrollar los principios de la
Constitución y la aplicación sin desvíos, de la ley.
Esa época está convulsionada por muchos hechos
que agitan el ritmo de avance republicano: La Cosiata de Venezuela, con Páez
a la cabeza; las alarmas que produce la Constitución Boliviana; los acontecimientos
políticos que acontecen en Bolivia y Perú. La intromisión de Antonio Leocadio Guzmán,
quien escribe la exaltación de aquel mamotreto y predica que por «necesidad de Estado»
debe investirse a Bolívar de «facultades dictatoriales».
Vicente Azuero obedece a una
gran y seria formación jurídica. Considera, y lo predica, que el Estado, el gobierno, no
puede descuidar el frente de la claridad institucional. Repite la enseñanza de lhering:
«Toda disposición arbitraria e injusta, emanada del poder público, es un atentado
contra el sentimiento legal de la nación, y por consecuencia contra su misma fuerza».
Cuando Bolívar anuncia su regreso del Perú,
Vicente Azuero escribe una página luminosa, que, por su concepción jurídica de los
deberes del Estado y de los ciudadanos y por sus principios políticos, la consideramos
origen de las ideas de nuestro partido. Es la «Exposición de los sentimientos de los
funcionarios públicos así nacionales como departamentales y municipales y demás
habitantes de la ciudad de Bogotá hecha para ser presentada al Libertador -Presidente de
la República», de 1826. El memorial comienza declarando: «Señor: ¿qué podré yo
deciros digno de vuestra gloria? El mayor de los bienes es la libertad y el más grande de
los hombres el que sabe conquistarla para los otros... Mientras Bolívar exista, existe la
República. Al lado de esta gloria, cuál viles me parecen los cetros, las coronas, los
imperios !».
En los años del 26 y del 27
se discuten en la Nueva Granada las ideas que guiarán la vida colombiana en el futuro. Es
un momento de definiciones ideológicas. Don Vicente Azuero, con esta página, presenta
rutas clarividentes. El análisis lo centra en monarquía, democracia, totalitarismo,
vigencia y alcance de la ley, defectos del poder omnipotente de un hombre. Azuero, una vez
más, ratifica que es un escritor con clara dinámica formación ideológica. Además, que
goza de un indiscutible brillo y que su prosa está asistida de belleza formal. Hace
algunos años escribimos una síntesis del contenido de esta exposición.
Vicente Azuero examina el
panorama político y resuelve escribir su exposición para el Libertador. Es un estudio en
el cual comienza por hacerle el recuento de La Cosiata y lo que aquella
turbación implicaba para el futuro de la Nueva Granada. Más adelante le dice cómo aquí
las gentes escuchan recelosas a quienes predican la dictadura, la Constitución Boliviana,
y que sólo el poder absoluto en manos de Bolívar puede hacer la felicidad. No hay
subterfugios estilísticos. Azuero recuerda los apartes más esenciales de los discursos
del Libertador ante los congresos neogranadinos. Revive sus palabras para que ellas sirvan
de marco a su acción futura. También hace una exaltada defensa del régimen
constitucional que regía en 1826. Recuerda que la Constitución de Cúcuta establece que
no puede ser reformada en los próximos diez años. Finalmente hay un análisis de la
Constitución Boliviana, donde la severidad jurídica va unida a la seguridad democrática
del razonamiento. Es un estudio sereno y valeroso. En ese momento irrumpir contra las
tesis del Libertador era casi un sacrilegio. Se necesitaba un poco de sentido heroico para
contrariar sus designios que hacían aparecer omnipotentes sus aduladores y amigos.
Vicente Azuero advierte cómo la Constitución que recomienda el Libertador no se acomoda
ni a la esencia filosófica del movimiento de independencia ni está acondicionada a las
peculiares modalidades sociales y económicas de América. Que ella contraría inclusive
la misma organización racial, que no tiene medios de hacer las selecciones aristócratas
que la Constitución prevé. Lo mismo que no concibe que todo el esfuerzo del pueblo
americano vuelva a los príncipes europeos, cuando su empeño estuvo en desconocerlos
irreversiblemente. Los juicios de esta página revelan cómo se iba formando el
pensamiento democrático en Nueva Granada. Cómo una conciencia civil que fuertemente
buscaba su sustentación popular, se manifestaba en la plenitud de su contenido
ideológico. Lo reproducimos para buscar la fuente intelectual de su orientación
política. Además, es muy desconocido y ya hemos visto que lo consideran como parte de
nuestra Acta de Independencia. En él encontramos la frase que sintetiza lo que Colombia
siempre desea para sus héroes, sus sabios y sus conductores y lo que esencialmente ella
debe simbolizar: «Que Bolívar sea grande, pero que Colombia sea libre».
El estudio nos interesa en
cuanto revela cómo se fue integrando el pensamiento democrático en la Nueva Granada.
Allí le declara Azuero a Bolívar: «V. E. hizo concebir a sus conciudadanos la noble
gloria de tener por compatriota al primer campeón de la libertad». Le recuerda su
hermoso juramento en 1821: «Quiero ser ciudadano, para ser libre y para que todos lo
sean... Se ha dicho que un país cuya suerte depende de un solo hombre, no puede ser
independiente: que su existencia es precaria, que se clama por la esclavitud, (cuando) se
consigna la libertad en las manos de un dictador».
Proclama en esa página que «una Constitución
como la propuesta para Bolivia, cuyo gobierno es igualmente central, y su Poder Ejecutivo
mucho más poderoso que el de Colombia, como que es vitalicio, hereditario, el presidente
inviolable y el pueblo excluido de la elección», no se acomoda con el espíritu de
nuestro pueblo.
Recalca que no es bueno intentar la reforma de
la Constitución de 1821, pues no se han cumplido los diez años que ella señala para
intentarlo. Anota que lo propuesto en la Constitución Boliviana no es siquiera una
monarquía constitucional porque el presidente puede elegir el sucesor del
trono y destituir al vicepresidente. Conducirá a «una monarquía despótica». No hay
dudas de que degenerará en despotismo. Que el principio que nos debe gobernar es el de
rechazar la «arbitrariedad de los soberanos, la opresión de los poderosos y el
anonadamiento del pueblo.., la historia no presenta sino monumentos de horror por donde
quiera que se ha entronizado el poder perpetuo».
Después hace amplias consideraciones de la
necesidad de los gobiernos alternativos y cómo la invención de la imprenta, el progreso
de las ciencias políticas y de la civilización, ha conducido a que las masas tengan
mayor participación en crear su propio destino.
Recalca que el poder supremo demanda un cuerpo
intermedio, que se llama nobleza. La Cámara Vitalicia que contempla la boliviana mata la
¡gualdad, vendría a producir en Colombia unos privilegios». Anota que se tendría que
inventar «esa diferencia de rangos y de sangres, que era desconocida entre nosotros». Y
declara con maestría que aceptamos la «forma popular representativa, fundada en la base
de la igualdad y sin reconocer magistrados vitalicios, mucho menos irresponsables».
De ese texto, se concluye en el vigor que deben
tener la Constitución y las leyes, con respeto al Parlamento, al cual se someterán, para
su examen, las novedades de la administración. Concluye que los grandes azotes son las
guerras y las dictaduras.
Vicente Azuero tuvo presencia activa en la formación de la
nacionalidad a través del periodismo. Fundó Gaceta
de Colombia, La Indicación, Los Pensamientos. Colaboró en La Bandera Tricolor de Rufino Cuervo. Editó El Observador Colombiano. Cuando Bolívar asumió
la dictadura, dirigía El Conductor. Se ordenó
suspenderlo y que su director fuera encarcelado, se intentó asesinarlo, y, finalmente,
fue exiliado a Kingston.
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