EL LIBERALISMO, SUS PROGRAMAS Y LA CUESTIÓN RELIGIOSA
 

 

Presentación

  

Asociada, de ordinario, la vaga palabra Política con la idea de Partido, da lugar a confusiones que la Iglesia ha querido evitar distinguiendo, en el punto de vista religioso, entre política fundamental, que es la que comprende, en doctrine, los grandes principios de derecho cristiano y, en la práctica, los intereses religiosos; y política secundaria, la que ni en doctrina ni en práctica dice relación con los principios ni con los intereses del catolicismo. Con la advertencia de que llamarla secundaria es solo relativamente a lo religioso, sin que implique negar que carezcan de importancia nacional las cuestiones que esta segunda política en vuelve, ni desconocer que seen vitales los intereses que representa, sino solo que, no tocando con la religión, son, en tesis general, material libremente opinables para creyentes, y respecto de las cuales la Iglesia se desentiende.

¿Qué puntos abarca la política fundamental? Su determinación corresponde, teórica y prácticamente, a la Iglesia y, en su nombre, al Sumo Pontífice.

¿Qué puntos abraza la política secundaria? Su señalamiento pertenece, en teoría a las ciencias políticas y jurídicas, y en la práctica, al Estado y, en su nombre, a los gobiernos, a los legisladores y a los jefes de partido.

Respecto a la política fundamental, una vez que la Iglesia expone su pensamiento o su voluntad, con claridad suficiente, no caben divergencias doctrinales entre católicos, pues eso seria incompatible con su profesión de tales, ni caben tampoco divergencias en la práctica, porque quebrantarían el deber de obediencia y envolverían rebelión.

Pero respecto a la política secundaria, la Iglesia admite que exista entre católicos diversidad de paraceres teóricos, que es lo que sirve de base a los diferentes partidos políticos; paraceres y partidos que el Papa declare lícitos, aunque recomendándoles que en su acción práctica no se aparten de las leyes morales. El Papa permite sodas las convicciones honradas, sodas las opiniones honestas o sinceras no reñidas con la justicia.

La Iglesia tiene deslindados perfectamente los campos de estas dos políticas, a fin de evitar que de su confusión resulten dos abusos: que haya católicos que exploten la religión en provecho de un partido, y que haya sectarios que ataquen la religión pretextando que solo atacan a un partido.

Conducta prudentísima, pues establecida—por la confusión de las dos políticas—solidaridad entre la religión y un partido, resulta necesariamente que la religión se profane empleándola como medio de triunfo de ese partido; o que utilizando éste como medio de hacer triunfar la religión, se la compromete hasta el punto de hacerla cargar con odiosidades o culpas que no le corresponden.

De ahí que, aun reconociendo el Papa la necesidad de que la organización católica tenga un credo único y común, "pues siendo el pensamiento el principio de la acción, síguese que no pueden concertarse las voluntades si cada uno piensa de diferente modo que los demás", en todo cave, ese credo no puede fundarse en ningún partido, sujeto como estaría a la discusión, sin más guía que la razón humane, lo que dificultaría la unidad de la doctrina, "pues la ciencia de las cosas es muy difícil y la razón humana naturalmente es flaca y propensa a dividirse en multitud de opiniones, expuestas a frecuentes engaños, por influencia de impresiones exteriores o de las pasiones que o roban completamente o a lo menos disminuyen la facultad de percibir la verdad". (Encíclica Sapientiae Christianae).

Como simple ciudadano, todo católico puede pues, afiliarse a este o al otro partido politico, tiene su criterio individual o colectivo y estará en su perfectísimo derecho para tratar de realizarlo, individual o colectivamente con su grupo político, siempre que en la elección de los medios respete las leyes de la moral, pues fuera de esta restricción s us apreciaciones no entran en la esfera de lo religioso, limitada a las doctrinas y a la discipline católica, en las cuales no entra tampoco directamente nada que sea discutible dentro del dogma, lo que podría ocasionar disensiones que el Papa quiere evitar entre católicos, aún a costa de los mayores sacrificios.

 

Creencias religiosas y opiniones públicas

 

La Iglesia nada tiene que ver con los bandos políticos. Ella jamás ha contado a sus hijos por partidos ni por agrupaciones que no sean las naturales divisiones establecidas en su seno por los distintos grados de la jerarquía eclesiástica; no reconoce liberales ni conservadores, como no reconoce provincial o regiones geográficas; en ninguna parte del credo de la Iglesia consta la obligación de un católico de afiliarse en un partido político; de suerte que es un abuso exigir, a nombre de la religión, el apartamiento de uno para enrolarse en otro. Así como en el ejército de una nación pueden entrar individuos católicos y otros que no lo sean, pues allí no se trata de religión sino de milicia, y para ser soldados no necesitan llamarse católicos y así como en las academies de historia, de jurisprudencia, de medicina o de la lengua, pueden entrar también miembros que sean católicos y otros que no lo sean, porque en esos organismos se trata de otra cosa que de creencias: así, en un partido político pueden entrar miembros de diferentes religiones, con tal de que admitan el programa de la comunidad; así, en una asociación católica pueden ingresar miembros de diferentes partidos o que no pertenezcan a ninguna, con tal de que coincidan íntegramente en la creencia y fines de la asociación; y así como para ser conservador, aquí o en otro país, no se requiere necesariamente ser católico, pues efectivamente, conservadores hay que no lo son, para ser católico no empece el ser liberal, como de hecho lo prueba la experiencia. No tratándose de religión en el liberalismo, es tan lícito a un católico alistarse en él como en el ejército, en las academies o en cualquiera otra sociedad, no relacionada directamente con la religión, o que no tiene fines religiosos o que, si no expresa en sus bases principios católicos, tampoco expresa ninguno anticatólico.

 

El programa liberal

 

No puede exigírsenos, como exigimos a los conservadores, que consignemos expresamente en nuestro programa soluciones a cuestiones religiosas, porque siendo partido constitucional y legalista, no necesitamos hacerlo, pues dando por resueltos en la Constitución, que hemos aceptado, y en el régimen legal derivado de ella, que hemos aceptado también, las cuestiones fundamentales, implícitamente hemos reconocido ya—como de derecho, ya como de puro hecho—las soluciones dadas a los problemas que se desprenden de las relaciones entre el Estado y la Iglesia. Solo nos corresponde presentar programas parciales, prácticos y variados, sobre la base de una declaración de principios general es, que sirvan para diferenciarnos de los demás partidos, o que aun siendo, en parte, comunes con ellos, denoten cuál es nuestra tendencia y cuáles nuestros procedimientos, para que al escoger el pueblo entre nosotros y los conservadores, sepa bien por qué y para qué lo trace, ya que a lo que principalmente está llamado un partido es a la aplicación concrete de principios y procedimientos de conducta ante los hechos de la vida real.

No baste, por tanto, que un partido se llame liberal para calificarlo por eso solo de heterodoxo; hay que examinar su programa para deducir de ahí su calificación dogmática; si en él se incluyen principios o procedimientos condenados por la Iglesia, estará en pugna con ella; si no los incluye, nada tendrá ella que hacer con él.

La variabilidad y contingencies de los programas de partido no excluyen, antes exigen, como base de unidad orgánica y carácter distintivo, ciertas bases generales, expresadas en la denominación que adoptan y en declaraciones que, si no revisten carácter doctrinal ni envuelven profesión de verdaderos principios, en el sentido estricto y filosófico de la palabra, a lo menos expresan un sistema o una tendencia.

El liberalismo colombiano es una agrupación con un programa completo que abarca soluciones para todas las cuestiones políticas, económicas, administrativas y de cualquier otro género que pueden influír en la vida y prosperidad de la nación. Entre esas soluciones, forzosamente ha de haber algunas discutibles, pero ninguna de ellas se opone a la doctrine ni a la moral católicas; pertenecen, por tanto, a la política secundaria, respecto de la cual, la Iglesia ha dejado plenísima libertad a los católicos, como queda dicho.

En el programa liberal no hay para qué incluír profesiones de fe, porque como partido que aspire a ser gobierno no es escuela que represente teorías sino organismo de programa práctico, programa que se modifica y reconstruye al través de los años, según se presentar los problemas públicos o según lo exija, estando en la oposición, la necesidad de ofrecer soluciones distintas a las del partido que está en el poder, así como cuando llegue a ser Gobierno, el cambio de punto de vista lo obligará, probablemente, a variar algunas de esas soluciones para adaptarlas a los medios que ofrezcan las circunstancias.

Mientras en el programa liberal no se plantee problema alguno relacionado con las doctrinas o con los intereses de la religión, un católico puede sin reato de conciencia, pertenecer al partido, a reserve de separársele o negarle su concurso en el cave de que se propongan soluciones disconformes con esas doctrinas o con esos intereses.

En el programa liberal no hay un solo punto de política fundamental católica; los que lo formularon no se permitieron invadir, por paraje alguno, un campo que, por habérselo reservado la Iglesia, consideraron que les estaba vedado. Por eso todos los artículos de ese programa son de política secundaria.

Véase el programa liberal, según el Plan de marzo:

"Con respecto a los intereses generales de la República, los objetos de la organización del partido son los siguientes.

1. Dar a los problemas políticos, económicos y sociales, soluciones conformes con la libertad, que es la característica del liberalismo.

2. Hacer del partido un órgano propulsor y moderador, personificando en él la aspiración nacional de cuidar el orden pero agregándole una manifiesta voluntad de progreso.

3. Trabajar sin reserves y como partido constitucional, por la conservación de la paz interna y por e] mantenimiento de la legalidad.

4. Buscar en las instituciones e introducir en las costumbres la mayor armonía posible entre la obediencia a la ley y el respeto a la autoridad, por una parte, y la efectividad de las libertades y garantías prometidas al ciudadano—que forman el objeto esencial del establecimiento de las nacionalidades—por otra.

5. Disponer mejor los órganos constitucionales, por un sistema de conexiones recíprocas que produzcan movimientos coordenados y una acción general y continua, cuyo resultado sea obtener mayor eficiencia del Poder legislativo, del ejecutivo y del judicial, que hoy no corresponden suficientemente a su importancia y a su costo: constituír un Poder electoral independiente, y regular las relaciones entre los cuatro Poderes, de modo de evitar choques e invasiones o usurpaciones de uno de ellos sobre los otros, y de que su interdependencia no impida fijar y hacer efectiva la responsabilidad legal y la moral.

6. Trazar con precisión las órbitas de lo nacional, de lo departamental y de lo municipal a fin de clasificar cada día mejor—así en las atribuciones como en los presupuestos—los intereses generales, los seccionales y los locales, y procurar especialmente el ensanche gradual de las instituciones departamentales y municipales, que conceder el manejo de los asuntos públicos a las colectividad es que tienen en ellos interés especial y conocimiento directo.

7. Introducir progresivamente el espíritu democrático en la organización de los servicios públicos, para asegurarles a los funcionarios la libertad civil, atenuando primero y eliminando después el poder personal de tipo cesáreo que hoy caracteriza estos servicios, en todos los grados de la escala.

8. Velar por la libertad en la emisión y por la honrada computación del sufragio popular, como la garantía más perfecta contra la tendencia a perturbar la paz pública.

9. Defender la libertad en la emisión del pensamiento, de palabra y Por la Prensa.

10.Sostener el principio de asociación libre y espontánea, como uno de los agentes más poderosos en la tarea de mejorar la condición de la especie humana.

11.Vigilar constantemente la conducta de los funcionarios públicos, con el objeto de impedir los abusos y de mantener el ejercicio de la autoridad dentro de los límites de la ley, de la probidad y del respeto debido a la dignidad personal, seguridad, propiedad y reputación de los ciudadanos.

12.Estimular, extender y mejorar la educación universal, especialmente la instrucción pública primaria.

13.Trabajar por el establecimiento, ensanche, conservación y mejora de buenas vías de comunicación.

14.Velar por la equitativa distribución y fiel inversión de las contribuciones nacionales.

15. Inspirar su legislación y sus actos en el sentimiento cristiano de la fraternidad; oponerse a la concesión de monopolios regales, que traen como consecuencia la concentración de la riqueza en unas pocas manos; y procurar, por el contrario, que ella se distribuya lo más equitativamente posible por medio del desarrollo de las medidas de previsión social, protección al trabajo y asistencia pública.

16.Levantar en lo internacional la bandera de la Patria, para hacer respetar su soberanía territorial y todas las derivaciones de este derecho, sobre normas de firmeza y dignidad.

Artículos de Plataforma para 1912 y 1913

1.Mejora del sistema del voto incompleto para asegurar la representación proporcional de los partidos; reemplazo del sistema de listas por el de cédulas personales, sobre la base del censo electoral permanente, llevado por las municipalidades; suspensión del voto a las clases pasivas del Ejército, de la Policía, de la Gobernación, de la Gendarmería y de los Resguardos.

2. Establecimiento de la instrucción pública primaria obligatoria.

3. Autonomía de la Universidad y reforma general de la instrucción pública.

4. Adopción de medidas especia}es para hacer efectivo el amparo de las garantías individuales.

5. Inteligencia entre el Estado y la Iglesia, en forma concordataria, para hacer más efectiva la independencia recíproca de las dos potestades.

6.Atenuación, por medio de una reforma constitucional, del sistema de gobierno llamado presidencial, en lo que respecta a la formación y mantenimiento del Ministerio.

7.Expedición de la ley de autonomía municipal, en que se consagre la elección del Alcalde y demás funcionarios del Distrito por el Concejo.

8.Elección de los Gobernadores, sobre ternas presentadas por las Asambleas.

9. Medidas para la estabilidad del cambio y aplicación de rentas más cuantiosas a la amortización del papel moneda.

10.Fundación de establecimientos de crédito hipotecario y agrícola.

11.Nacionalización del Ejército, haciendo efectivo el servicio militar obligatorio.

12. Reforma de la tarifa de Aduanas, sobre el principio de la protección racional a las industrias del país.

13. Conservación y equitativa distribución de los baldíos, cuya repartición, ordenada entre los trabajadores es la más segura prenda de bienestar general y de buen desarrollo de las instituciones republicanas.

14. Adaptación a las condiciones peculiares de Colombia de los principios de legislación obrera vigente en otros países, como accidentes del trabajo, habitaciones para obreros, cajas de ahorro y amparo a los ancianos desvalidos.

15. Intervención para que se dé al problema de Panamá una solución que consulte el decoro nacional y los intereses de la República.

16. Construcción de caminos a la Amazonía colombiana, colonización de esos territorios, navegación de sus ríos y recuperación de las regiones usurpadas por el Perú.

17. Liberación del tributo que el comercio del Norte de Santander, Casanare y San Martín paga a Venezuela, y del que los Departamentos del Pacífico pagan al Perú por sal.18. Investigación y planteamiento de medidas adecuadas para combatir el alcoholismo y las enfermedades contagiosas".

¿Cuántas de las proposiciones del Programa y de la Plataforma tiene que ver con la religión? ¿No son problemas administrativos, independientes de toda definición canónica? Un solo punto, sobre cuarenta, se roza con ella, y eso indirectamente: el arreglo de las relaciones entre el Estado y la Iglesia, que más adelante se precisará; pero aun allí se exige la forma concordataria, es decir, la inteligencia de las dos potestades, tratando de potencia a potencia, para la celebración de un pacto voluntario. Los liberales no queremos someter a la Iglesia al yugo de leyes unilateral es, hechas sin ella o contra ella. Informamos nuestra conducta en el respeto sincero y dedicado de los principios religiosos y nos abstendremos cuidadosamente de perturbar las conciencias con temeridades arbitrarias y con imprudencias. Nosotros queremos inaugurar la era de la pacificación definitiva, en el reino incontestado e incontestable de la libertad. El liberalismo necesita y quiere ser una esperanza, no un temor.

Estas son cuestiones de hecho, que no se discuten. Si el programa liberal fuera sometido al examen del Papa, de seguro no encontraría en él una sola proposición condenable. "Todo eso, diría, son puntos de política secundaria, libremente opinables, en que la Iglesia nada tiene que ver. Puede ser deplorable que ese partido político colombiano haya adoptado el nombre de Liberal, malsonante, en cierto sentido, para la Santa Sede y ocasionado a confusiones, aunque ya ha tenido en Francia la consagración católica, en el partido de la Acción liberal y así pudieron bien los Obispos de ese país ordenar, durante las últimas elecciones, preces "por el triunfo de la Causa liberal"; pero la esencia de los propósitos del liberalismo colombino es sane y la de sus soluciones será o no aceptable en el orden de lo realizable y lo acertado, dentro de las posibilidades del país; mas en ello la Iglesia no interviene".

El liberalismo reconoce que para determinar qué doctrinas se contienen en la Revelación, solo la Iglesia docente tiene misión para ello, y en la Iglesia su Doctor supremo, el Sumo Pontífice romano; el liberalismo reconoce que en cuestiones de fe, en las cuales él para nada se mete, el árbitro es el que preside la Iglesia, cuyas decisiones deben seguir resueltamente cuantos se precien de católicos; el liberalismo se abstiene cuidadosamente de ingerirse en cosas que no son de su resorte; ~ un partido laico, en cuanto no tome la religión para constituírse en su defensor profesional ni la tome para constituírse en su profesional enemigo y asaltante.

Los liberales colombianos hemos tenido buen cuidado de no revolver puntos de credo católicos con otros de administración, son los conservadores los que, por falta de estudio o de sindéresis, o por hábitos arraigados, o por conveniencias calculadas en que ya no es admisible la buena fe, incluyen en sus programas puramente políticos, más o menos aceptables, puntos de política fundamental, sea de religión o de moral, improcedentes en un programa de partido. Han querido confundir el credo, que debe ser fijo e invariable y de carácter exclusivamente religioso, con el programa de las disposiciones transitorias y variables, aconsejado por las circunstancias. Lo primero es doctrinal y dogmático; lo segundo, disciplinario y discutible. De suerte que los liberales, al no incurrir en la misma confusión, se muestran más respetuosos de la Iglesia, y en definitiva mejores católicos, que los pretendidos defensores de ella.

 

El partido católico

 

Partido Católico, nunca se juntaron un sustantivo y un adjetivo que representen ideas más antitéticas. Partido: la porción de un todo; Católico: universal (del griego cata, sobre, y olos, entero), es decir lo difundido en todos los lugares y lo existente en todos los tiempos. La sola etimología baste pare persuadir de que no deben aproximarse dos voces que están en pugna tan manifiesta. Podría decirse que gritan y se dan de bofetadas al verse juntas.

El carácter propio de los partidos es presentar soluciones de gobierno opuestas entre sí; encerrarse en determinadas doctrinas e instituciones; levantar en el seno de una misma sociedad la bandera en discordia, por la diversidad del criterio que aplican y la rivalidad de los intereses que sustentan; y por cuanto se mueven dentro de un orden secundario y luchan por el triunfo de aspiraciones especiales, no solo pueden subsistir a un tiempo dentro de un mismo país, sino que es natural y necesario que así suceda, sin que de la lucha implacable que se mueven, el orden social aparezca perturbado en sus organismos esenciales, desde que giren dentro de la paz y de la ley.

Al contrario, el carácter propio del dogma católico es no desechar por malo a priori ninguno de los sistemas por los cuales se gobiernan o pueden gobernarse los hombres, siempre que el poder se ejerza con justicia; es la capacidad de hermanarse con la república, con la monarquía o con la aristocracia, pare penetrar en las instituciones y tratar de fundirlas en el crisol del cristianismo, sin que por ello pierdan su forma y sello originales. El catolicismo ni quite ni pone rey: prescribe obediencia y respeto a las autoridades legítimas, aunque no sean católicas. El catolicismo es muy superior a las cuestiones dinásticas y a las intrigas políticas.

Por esto, el criterio católico, que en religión define cuanto hay que definir, en política resulta un concepto vago, que no define ni puede definir nada concreto; que no debe servir pare levantar parcialidades sino pare pacificar conciencias; que no encierra su vida en determinadas instituciones políticas, sino que se acomoda con las opuestas, por lo mismo que es un principio fundamental, destinado a ser como el Alma mater del orden social, dentro del cual quepan, sin estorbarse, escuelas y partidos enemigos, y dentro del cual se sucedan instituciones distintas. Dentro de las Iglesias caben escuelas organizadas con sus propias banderas, huestes y jefes, como la tomista, la agustiniana, la escotista y la molinista, pero no las banderías políticas que nieguen la ortodoxia a los demás y aun la licitud de sus soluciones, porque dichas escuelas no preconizan ningunas de esa clase.

En otros términos: el dogma religioso ha de ser, por su misma naturaleza, un principio superior en cuyo seno desenvuelvan las sociedades sus manifestaciones de vida, con la variedad infinita que en lo humano revisten las doctrinas y los intereses. La religión ha de ser como la clave del edificio que a todos cobije, y bajo el cual los pueblos desarrollen su existencia. Debe, por consiguiente, colocarse por encima de toda división o discordia, pare que constituya cemento de unidad de creencias, bajo una sola autoridad, generalmente acatada. Todo lo cual es inconciliable con la naturaleza de los bandos políticos. Aplicar el nombre de partido a la defensa de los principios e intereses religiosos es violentar el sentido común y desgarrar los fundamentos de la fe.

Es rebajar y comprometer el nombre católico, convertirlo en enseña de un partido, porque es exhibir a los católicos con aspiraciones e intereses distintos de los de la Patria y como dispuestos a subordinar el bien del Estado a sus miras particulares; doble falta en una nación de mayoría católica, pues así se arriesga a presentar el catolicismo como minoría, donde es casi la totalidad del país. Y cosa más grave aún: al cubrirse un partido con el nombre de la religión; al hacerla descender a la liza polvorienta de las justas políticas, la expone a los golpes y denuestos de los combatientes, la convierte en punto de mire de los adversarios o como puesta en el juego de los partidos. Divisiones políticas fundadas en divergencias religiosas, no son buenas ni pare la política, ni pare la religión, ni pare la Patria. Ni al Estado ni a la Iglesia conviene que las facciones que se agitan en la arena de las contiendas civiles, levanten, una en frente de otra, banderas de religión.

Veamos algunos de ]os inconvenientes que apareja la aparición de un partido católico en un país. Apenas constituído, por fuerza se organizará al frente, pare resistirle, como ha sucedido en Bélgica, otro partido que de hecho aparecerá como anticatólico, aunque no se llame tal, desde que combate al primero; y así todos los católicos que sumisamente no obedezcan los mandatos de los Jefes del partido católico, con solo hacerse a un lado pondrían en dude su ortodoxia, todo lo cual será como hacer entrar al país por el camino de las guerras de religión o por lo menos sujetarlo a la acrimonia peculiar de las luchas en que la religión interviene. Con más, que los que atacasen al partido católico siempre podrían alegar que lo hacían, no por lo que tuviese de religioso, sino por lo que tuviese de político, pues no habiendo deslinde sino confusión de campos, no habría sofisma donde expresamente no se había querido distinguir.

¿Y las dificultades de programa? ¿Quién lo dictaría? Existiendo divisiones o divergencias, como no podría por menos, ¿sería la porción más numerosa? ¿Difícil averiguarlo; averiguado, era gubernamental u oposicionista? Si lo primero, sujetaría la Iglesia a la influencia oficial; si lo segundo, le acarrearía la hostilidad del Gobierno. O pare soltar la dificultad, ¿dictaría el Papa el programa? Eso no está en las atribuciones de la Santa Sede: determinar puntos políticos, ajenos a la religión, es precisamente la intrusión que se denomina clericalismo.

¿Y quién sería el Jefe del Partido católico? ¿Seglares pare lo político, y el Papa y los Obispos pare lo religioso ? Pero entonces, ¿ en casos de conflictos de autoridad, quién prevalecería? ¿O los Prelados mandarían en ambos campos? ¿O se les concedería a los seglares intervención en lo religioso? ¿Por qué refundido lo político con lo religioso?, pare que pudiese ser Partido católico, sería imposible dirigirlo en lo primero sin que eso trascendiese a lo segundo, y viceversa, lo que daría razón o pretexto a los gobiernos o a los partidos adversos pare invocar motivos políticos con el fin de justificar medidas irreligiosas.

No menos insolubles serían las dificultades que ofrecerían la práctica de la organización interna y de la acción política del Partido católico, no habiendo deslinde de jurisdicciones, inconvenientes inseparables de la solidaridad de los intereses religiosos con los de orden inferior. Los Prelados no podrían dirigir la unidad orgánica indivisible político-religiosa, siendo así que pare el Papa es condición indeclinable que sean dichos Prelados los Jefes exclusivos de esa clase de organismo y los directores únicos de su acción, con subordinación apenas a la jefatura del Papa mismo. Supóngase que el partido político así constituído llegara al Poder, como es natural que sucediera, dentro de las alternativas de la política moderna; entonces el Gobierno de la nación sería una teocracia, forma tenida como aberrante en la actual civilización; y supóngase que en virtud de la propia ley de las mudanzas, el Partido encabezado por los Prelados cayera del poder; ¿ qué sucedería ? Primero, una reacción anticatólica y, lo que es más, irreligiosa, tanto más violenta cuanto se hiciera esperar; y segundo, la ruptura de relaciones entre el Estado y la Iglesia, y la imposibilidad de que los Prelados continuaran ejerciendo la jefatura de un partido en la oposición, so pena de colocarse en una actitud desairada, si no revolucionaria contra la legitimidad.

Al constituír un partido exclusive o principalmente confesional, cuyos secuaces afecten llamarse "católicos ante todo", arriesgan a introducir en la política la teología, por no decir la casuística, so cape de religión; se obligan a estar siempre consultando su conducta con los Prelados, y se condenan a ver sus opiniones, sus escritos, sus discursos y sus votos sometidos a la férula de la crítica de beatos incompetentes, o reprobados en nombre de la religión por doctores de circunstancias, por teólogos de azar o por simples iluminados; situación delicada pare necesidad es parecer independientes, y la segunda, conservar libertad de movimiento.

Fatalmente se verán situados entre los que están a toda hora listos a acusarlos de desviaciones de la línea rígida de la ortodoxia, y los adversarios suspicaces, listos también a acusarlos de que, tras el disfraz de la religión, lo que persiguen es la organización de una teocracia, o sea el gobierno directo de la Iglesia.

A su turno, los Prelados y los sacerdotes verían su cause comprometida por los excesos e intemperancias de sus aliados, especialmente por la violencia de una prensa llamada religiosa, que no parece trabajar adrede en otro empeño que en hacer caer de la consideración pública una cause que pare defenderse nunca necesitó apelar a injuries, calumnies y sarcasmos, que más bien le hicieron daño.

Finalmente, el título mismo de partido católico es una traba que dificulta la marcha de sus miembros. Para hacer política hay que situarse exclusivamente en el terreno político. Uncidos a un mismo yugo el buey político y el religioso, unas veces más fuerte éste y otras aquel, jamás trazaron surco recto.

En resumen: la organización de los católicos en un partido político, con soluciones religiosas mezcladas a soluciones políticas, es la identificación de lo religioso con lo político, que tan funesta ha sido pare la Iglesia y que ella, con tanta razón, rehuye reproducir y trace todo lo posible por evitar. La acción católica no exige necesariamente ejercitarse desde un partido político, o por medio de él; las fuerzas católicas pueden agruparse y dirigirse independientemente de los organismos políticos creados, con una historia no siempre 1impia y con antecedentes no siempre honrosos.

Por regla general, la Santa Sede ha sido adversa a la formación de un partido católico. Constantemente ha declarado su firme resolución de que, pare organizar las huestes católicas, se prescinda de toda consideración puramente humane y se tomen como base los grandes principios cristianos, ajenos a la política; constantemente ha reconocido a los católicos plena libertad de opiniones en asuntos meramente políticos y libertad de acción dentro de las reglas del derecho cristiano, pues lejos de exigir el sacrificio del propio parecer en estas material, deja a cada cual que conserve el suyo, apenas subordinado al interés religioso y al espíritu de caridad, que tolera y respeta las opiniones contrarias, quizá por aquello de que "Dios ha dejado el mundo a las discusiones de los hombres".

"Partido católico" es, pues, una locución deplorable. "Los católicos de todos los partidos" es mucho más exacta y cosa muy distinta, de que puede hablarse y tratarse. Es lo que propiamente se llama "la unión católica" por la cual tanto trabajó León XIII en España, esperando—como aquí también podría esperarse—que al resolver de las deliberaciones de la unión; quienes a ella hubiesen concurrido, al repartirse por las filas de los diferentes partidos a que pertenecieran, difundirían en ellas el espíritu de paz, orden y armonía de que irían inspirados, con lo que transformarían el carácter de las luchas políticas y les imprimirían un sello de calma, seriedad y patriotismo de que hasta ahora carecen por completo.

Los católicos pueden y deben llevar la honradez de propósitos, la sinceridad de convicciones y la devoción por el bien común al partido a que estén afiliados, u esforzarse allí por disminuír los defectos de la vida política, por dar un toque de idealismo a los conflictos sociales y por facilitar la acción y los acuerdos patrióticos, sin perjuicio de volver luego a trabajar por la religión en un terreno que les es común con los demás creyentes y sin perjuicio de que la misma unión católica pueda tener trascendencia política, pero solo en cuanto la política se relacione directamente con los intereses religiosos.

Verdad es que esta conducta requiere un hábito de libertad, una sazón de sentido civil, y una aptitud pare distinguir que tardarán mucho en adquirir los colombianos, pero que no es imposible que alcancen, si se proponen corregir los viejos vicios de intolerancia, si desechan el dogmatismo que ponen en todas sus palabras y acciones y si de buena fe buscan la cooperación pare la defensa del orden verdadero y pare la promoción del progreso patrio.

 

Los problemas nacionales

 

Los problemas actuales no solo en Colombia sino en el mundo entero, pueden dividirse en tres categorías; los técnicos y administrativos, los económicos y sociales, y los de cultura y educación.

Los del primer orden se refieren a los servicios públicos: defensa nacional, caminos, ferrocarriles, navegación, telégrafos, teléfonos, colonización, reforma de la legislación, descentralización administrativa, autonomía municipal; en una palabra: perfeccionamiento de las instituciones existentes, para edificar una Colombia grande, sobre los cimientos heroicos que le dieron sus fundadores.

Los del segundo orden comprenden el sistema tributario y la política del trabajo, tendiente a abolir o a debilitar siquiera las causas de malestar, a suavizar las relaciones entre el capital y el trabajo y a prevenir o aplacar los conflictos entre patrones y obreros, por medio de una legislación social previsora, en vez de aguardar a que los conflictos se presenten, cuando ya no habrá libertad para resolverlos, sino que se irán haciendo más y más violentos con el rodar de los años. Comprende también, especialmente la política agraria, encaminada a mejorar los métodos agrícolas, en gran parte primitivos o atrasados, y a variar las costumbres semifeudales en que se encuentra la propiedad en varios Departamentos, a fin de utilizar mejor las energías físicas y morales de los agricultores

Los del tercer orden tocan con la reforma de la enseñanza, particularmente para dirigirla hacia la habilitación de los educandos para la lucha práctica de la vida

Con el fin de dar adecuadas soluciones a estos tres órdenes de problemas, ¿para qué se necesita organizar aquí un partido católico ni uno anticatólico? Fuerza es confesar que en el mundo ocupa hoy el problema religioso un lugar muy subalterno entre los que agitan la opinión pública. Gran bien gozará Colombia el día en que aquí suceda otro tanto; pero mientras dure esta lucha aguda entre el fanatismo y la tolerancia, no habrá tranquilidad ni paz verdadera en esta tierra, ni mientras sigan dominándola los que solo sueñan con restaurar el Nabucodonosor de la reacción en un país que siempre se mostró partidario de la libertad humana.

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