Reseña narrativa: La novela del vagabundeo El fuego
secreto
La novela del vagabundeo
El fuego secreto
Fernando Vallejo
Editorial Planeta, Bogotá, 1987, 188 págs.
El fuego secreto es la segunda novela de una propuesta trilogía
de Vallejo, El río del tiempo, de la que ya ha aparecido además la
primera parte, Los días azules (Editorial Planeta, 1987). Varios
aspectos contribuyen a darle a El fuego secreto una relevancia
particular dentro de la novela colombiana reciente. El fuego
secreto, como premonitoriamente se implica ya desde el título, es
un drástico ejercicio de iconoclastia y dolor. La novela recrea la
vida de un antihéroe de los "bajos" fondos de Medellín de los años
sesenta. Un narrador que se describe a sí como "viejo" y amargado
intenta reconstruir en el recuerdo (y para el recuerdo) la vida de
Jesús Lopera, "santo" y compinche juvenil ("escribo para recordarlo
a él", pág. 8). El recuento de esta vida constituye mucho más que
el agravamiento de una benévola experiencia picaresca, y llega a
ser toda una excursión vital por el terreno de lo prohibido: el
incipiente ambiente gay y marihuanero de esas épocas lejanas, que
ya constituyen para muchos una cuasiépica de la bacanería. Los años
del ruido y la reciedumbre, los años de una "colonización"
antioqueña de un cuño muy diferente de la celebrada por las épicas
fundacionales del occidentecolombiano
 |
El fuego secreto es una peculiar forma de la novela de educación
(o Bildungsromani), la novela de vagabundeo. El narrador,
ostensiblemente
llamado también Fernando Vallejo, hace su aprendizaje de las
costumbres sexuales (y otras) por imitación de Jesús Lopera. A la
muerte de éste, el "Fernando" narrador rememora su vida reciente.
Como en la novela del vagabundeo, hay una concepción espacial y
estadística de la heterogeneidad del mundo. La poderosa carga
iconoclasta del relato radica en la vertiginosa, abundante prédica
de virtudes negativas (la negación del recato y la sexualidad
"seria"), en la desacralización de unos mitos desde casi siempre
reputados sólidos (las virtudes ejemplarizantes de la imagen de
Bolívar, por ejemplo, o la pujanza de Medellín y su gente) y de
unos espacios muy concretos: Medellín ("ciudad de cantinas, de
burdeles y de iglesias. Matadero, puteadero, rezandero", pág. 132)
y Bogotá ("capital de la mugre", pág. 153). La iconoclastia en
Vallejo, a diferencia de la de Gardeazábal, por ejemplo, no se
detiene un instante en la pose, porque tiene una dimensión
adicional, que es la ira desbordada.
Como quedó indicado, la estructuración básica de la novela es la
de un narrador (joven-viejo) que relata primariamente la vida y
obras de Jesús Lopera, héroe de barrio que durmió con centenares en
Medellín y aspiraba a acostarse algún día con toda su mitad
masculina. El interés de Jesús por establecer estadísticamente el
número de hombres disponibles parece estar muy en consonancia con
la afición antioqueña por las cuentas, y que ya otro había
satirizado con lo de "¿cuánto vale? y ¿cuánto me
rebaja?" como característica de su gente. En el proceso de narrar
la vida de otro, "Fernando" termina contando su propia vida. Este
"Fernando" del relato hace gala de ser consciente de estar narrando
una historia que tiene la verosimilitud de la experiencia vivida,
compartida, o por lo menos presenciada: "no soy novelista de
tercera persona" (pág. 116), advierte para justificar su rechazo de
la naración omnisciente. "¿y cómo sabe usted qué pensó o qué
no pensó si usted no es novelista de tercera persona?" (pág. 105),
se admonesta el narrador ante el constante peligro de "hacer
hablar" a los personajes
El relato está dirigido a un "usted" cuya exacta configuración no
cono cemos: ¿es otro yo?, ¿un oyente o lector
pacato?, ¿o extranjero? De todas maneras, lo que a ese
hipotético oyente o lector le llega es una confesión. De ahí que el
lenguaje de El fuego secreto deba mucho a lo oral, y eso es
apropiado porque le rebaja la dependencia de lo "literario"
entendido como lo pulcro y depurado. La novela de Vallejo, por el
contrario, depende para sus efectos de los "detritus" de la calle y
del burdel..
El relato de las aventuras y desventuras de Jesús Lopera conduce
la novela a través de los negados escenarios del placer: las calles
dellegendario barrio Guayaquil -esa geo grafía del pecado- y los
lupanares de Envigado, todo a bordo de esa "cama ambulante" que es
el Studebecker (¿Studebaker?) de las parran das de
"Fernando" y su hermano. La irreverencia llega al paroxismo de usar
como mobiliario del placer el catre que un día perteneció al
general U ribe U ribe. Que si esto es verídico o no, importa poco.
Lo significativo es la intención y el logro, la práctica efectiva
del escándalo. Un paralelo, por lo demás, con el avieso personaje
de Goytisolo en Reivindicación del conde Don Julián, que mancilla
el honor español aplastando insectos en las "respetables" páginas
de los clásicos españoles. En ambos casos, el eficaz ataque va
dirigido a una etnia y no sólo a un estrato social. No es gratuita
la referencia aquí a Don J ulián. La novela de Vallejo retrotrae el
ataque: "Pero ¿España cerril? ¿No es un pleonasmo?"
(pág. 118). En El fuego secreto la critica de la supuesta
verraquera paisa conduce al narrador a revelar con nombres y
apellidos -que pueden ser verídicos o no-las vidas de ciertos
antioqueños de renombre. En ambos casos también la intención es
dañar (honores, reputaciones, etc.) y ametrallar una mitología
enraizada en las yerbas de la aceptación. No se trata, pues, de
circunscribirse a un cómodo épater-le-bourgeois ni de asustar
solteronas.
Al igual que años antes la prota gonista de ¡Que viva la
música!, los de El fuego secreto actúan según el
consejo de Blake: los caminos del exceso conducen a la sabid
uria (" Bienaventurados ladrones, borrachos, lascivos,
prevaricadores, marihuanos, que no abarcáis en la estrechez de
vuestro espíritu todo el exceso de la tierra", pág. 121). La ética,
pero una ética invertida, es entonces una clave del mundo en que
Chucho Lopera es el héroe. Esa relativización la grafica el Gusano
de Luz, combinación de burdel y hogar para los tripulantes del
"Studebecker", localizado en alguna montaña cerca de Medellín:
observatorio privilegiado de esa ética invertida, los buenos (que
son los malos) están arriba; los malos (que son los buenos) están
abajo, en el valle de lágrimas del Aburrá. El del Gusano de Luz es
un mundo en el que tener más de veinte años es estar ya en la
vejez. Comenta Fernando que "lo que el Gusano de Luz tenía en común
con mis convicciones era una íntima fragilidad: nos habían
construido sobre pilotes hundidos en el desbancadero" (pág. 67).
Toda ética, inversa o no, parece entonces desaparecer con el
derrumbe del Gusano, una noche cualquiera. Hasta la cama de Uribe
Uribe.
A pesar del intento de golpear hasta la muerte el ethos
antioqueño, el mundo de "Fernando" el narrador es partícipe de
asuntos tan paisas como la hipérbole. Las antioqueñadas se le salen
por aquí y por allá. Los de Grecia, por ejemplo, "no son ríos, son
riítos, riachuelos ... Les hecho [sic] el solo Cauca, y que no es
de los más bravos, a todos los ríos juntos de la Hélade" (Pág.
142). La narración llega al punto en que, conocida ya la actitud de
los personajes ante tantas cosas, el narrador "Fernando" debe
recurrir más y más a la ilustración en vez de la narración, y por
tanto se va arrimando, con peligro para su eficacia, a esa trampa
que es el costumbrismo. El episodio del coito en la iglesia está
presentado minuciosamente (el énfasis es más en el placer del
sacrilegio). por "Fernando". Al ser sorprendido, la ilustración y
la narración se estorban innecesariamente: •• 'Ah
condenado impío, pervertido, malnacidos, desgraciados ... '. Era el
sacristán que venía de la torre" (pág. 95). Más adelante:"
'¿Qué van a tomar?', pregunta Salvador ... 'Hay aguardiente'
" (pág. 97).
El fuego secreto, con todo, logra una consistencia básica que
está en la base de su eficacia demoledora. El término de la novela
es la última noche de juventud de Fernando, cuando éste vuelca por
accidente un candil en el bar Miami. El incendio que resulta
engloba gradualmente toda la ciudad de manera apocalíptica. Si la
razón del relato era "recordar" a Jesús, el "fuego purificador" del
incendio limpia de recuerdos la ciudad, y por tanto anula la
posibilidad de exten der estas historias en el tiempo, a la vez que
hace necesaria la propia existencia de la novela. El ciclo de
juventud de Fernando se cierra, también la existencia misma de
Medellín: verdadera apoteosis anti-oqueña.
GILBERTO GÓMEZ OCAMPO