Reseña narrativa: Reseña de una crónica esperada La
tercera muerte de Santiago Nasar
Reseña de una crónica esperada
La tercera muerte de Santiago Nasar
Eligio García
Editorial La Oveja Negra, Bogotá, 1987, 221 págs.
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El libro pormenoriza tres sucesos, el primero de sangre, los
otros dos artísticos. Relata las circunstancias del fútil asesinato
de Cayetano Genti le en el pueblo de Sucre en 1951, a manos de los
hermanos Chica, que se creyeron obligados a vengar el honor
que aquél mancillara en la persona de su hermana Margarita;
describe el dilatado proceso de gestación de la novela Crónica de
una muerte anunciada, iniciado con la impresión inolvidable que
embargó a Gabriel García Márquez cuando se enteró de este incidente
que involucraba personajes queridos y culminado en 1979, cuando de
pronto se dio cuenta de que tras la historia de violencia se
agazapaba una historia de amor que había que escribir sin más
demoras; y trae la crónica del rodaje de la película homónima que
en las ciudades de Mompós y Cartagena filmó Francesco Rosi en 1986,
luego de haber logrado la aquiescencia o de haber recibido el
encargo del autor (Eligio García no pone esto en claro) y, tal
parece, luego de descubrir que 'la historia de amor era la de una
violencia.
La triple exposición es suficientemente ilustrativa. Para
fortuna del lector, fue posible gracias a la privilegiada coyuntura
de Eligio García, cuya familia estuvo cerca de los hechos, escribió
la novela y mantuvo un prudente control sobre la filmación de la
película. No obstante, Eligio García no se ufana de sus
proximidades. Más bien elogia al premio Nobel en tercera persona
mientras se ocupa a fondo en su trabajo de cronista.
Su libro no deja piedra por mover.
"A medio camino entre el reportaje y el diario de filmación", es
un recuento cumplidísimo del modo como el hecho cotidiano -una
desgracia, para el caso de Colombia- desata a veces una reacción en
cadena de versiones artísticas. Y, más aun, de cómo la mención de
García Márquez se ha convertido en caja de resonancia que redobla
este fenómeno cultural. Pero los subproductos no son siempre libros
como éste, en el que la minucia periodística (fuertemente teñida
del estilo y amenidad de GG M) Y el profesional empeño de atar
todos los cabos recompensarán al lector que desee saber cómo es que
nace, crece y se reproduce el Arte con mayúscula en Macondo.
Y serviría también como compendio de la que podría llamarse
visión garciamaravillante, no siempre originada en el propio autor,
que tánto peso tiene sobre las letras del país. Se trata de una
serie de presupuestos y de exclamaciones que no pueden faltar en
una obra que toque el tema GGM. A riesgo de parecer inoportunos,
podrían señalarse algunos de los más comunes
:
Está el prurito emulativo de encontrar hálitos de portento no ya
en la literatura sino en la vida y aledaños de Gabriel García. Así,
aquí los consuetudinarios accidentes de rodaje, como que a un
maquillador le dé un infarto o que alguien se rompa las narices por
un arrojo de la interpretación, dan pie para hablar del "misterioso
sino trágico que parece acompañar siempre las realizaciones
cinematográficas basadas en la literatura de García Márquez".
Para no hablar de las coincidencias. Si por el alboroto de la
filmación Luisa Santiaga Márquez Iguarán se antoja de volver a ver
al viejo párroco de Sucre y resulta que éste se hospeda en una
iglesia en donde se rueda una escena de la cinta, a Eligio García
le parece que "la historia había podido ser concebida sólo por un
escritor fantástico como Julio Cortázar, Halo Calvino, Jorge Luis
Borges o el mismo García Márquez",
Otro rasgo, por cierto muy del gusto nacional, es el de
ventilarse en los remolinos de marquilla de camisa
(Roma-París-Nueva York) en que revolotean la vida y las cosas de
García Márquez. Este amor arrobado por los aeropuertos, los
despertares con jet-lag y las tarifas de larga distancia, la
certificación del trajín glamoroso que nos disipe cualquier duda
sobre su universalidad, en este libro da lugar a que se insista en
las estrellas internacionales y se deje en plano segundísimo a los
artistas criollos que hacen el bulto en estas "coproducciones" y
cuyas opiniones al respecto deben de ser voluminosas y, por qué no,
acaso críticas.
También está el afán, un poco inconsecuente ante el continuo
pasmo ante la magia, de teorizar sobre la disyuntiva arte-realidad,
ese dudoso alegato partidista que todavía tiene adeptos. Como si no
bastara su escrupulosa exposición para que el lector saque sus
propias conclusiones, en caso de encontrarlo conveniente, el autor
señala puntos no siempre muy claros: "Francesco Rosi descarta el
hecho verídico para dedicarse a la indagación y recreación de la
realidad y la mitología de la novela".
Esto se hace para insinuar -como mínimo- que García Márquez
sintetizó la mencionada disyuntiva, con lo cual la especulación
teórica muestra el cobre del encomio. Así, los venerables recursos
retóricos (hipérbole, conmutación, etc.) que el escritor emplea con
infalible instinto, tienden a aparecer como técnicas novedosas
producidas por su "prestidigitación maravillosa ".
Y si el Nobel descubre el agua tibia, ni qué decir de sus
epígonos. Tras los preliminares aspavientos del suspenso, Eligio
García declara haber develado dos enigmas de la obra de Rosi. Uno,
que la película se arma como un puzzle; aunque sería muy difícil
encontrar un director que, así no filme a GG M, no conciba como
puzzles sus películas, tal es la estructura del cine. Y, dos, que
este acertijo se resuelve con la declaración de Rosi según la cual
"el amor engendra violencia", un chispazo que tiene unos dos mil
quinientos años de existencia.
Es evidente que estas vehemencias obedecen en parte al
codiciable nivel de perfección que alcanzan las obras de García
Márquez, en parte al entusiasmo o "sabrosura" con que él
mismo habla de ellas. Pero se han convertido en algo así como
requisitos formales, similares a los moldes que tenemos para
ensalzar la madre, la amistad o la patria. Y esta tal vez no sea la
mejor forma de expresar admiración, pues se corre el peligro de la
publicidad, esa tierra de nadie que no tiene que ver ni con el arte
ni con la realidad.
CARLOS JOSÉ RESTREPO