Ficha bibliográfica
Titulo:
Boletín Cultural y Bibliográfico No. 17
Autores: Biblioteca Luis Ángel Arango - Banco de la República
Edición original: Bogotá: 1981
Edición en la biblioteca virtual: Bogotá: febrero de 2007
Notas: Publicación cuatrimestral de la Biblioteca Luis Ángel Arango del Banco de la República, que presenta importantes artículos sobre las distintas disciplinas de investigación en el campo cultural
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Reseña narrativa: Reseña de una crónica esperada La tercera muerte de Santiago Nasar

Reseña de una crónica esperada

La tercera muerte de Santiago Nasar
Eligio García
Editorial La Oveja Negra, Bogotá, 1987, 221 págs.

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El libro pormenoriza tres sucesos, el primero de sangre, los otros dos artísticos. Relata las circunstancias del fútil asesinato de Cayetano Genti le en el pueblo de Sucre en 1951, a manos de los hermanos Chica, que se creyeron obligados a vengar el honor
que aquél mancillara en la persona de su hermana Margarita; describe el dilatado proceso de gestación de la novela Crónica de una muerte anunciada, iniciado con la impresión inolvidable que embargó a Gabriel García Márquez cuando se enteró de este incidente que involucraba personajes queridos y culminado en 1979, cuando de pronto se dio cuenta de que tras la historia de violencia se agazapaba una historia de amor que había que escribir sin más demoras; y trae la crónica del rodaje de la película homónima que en las ciudades de Mompós y Cartagena filmó Francesco Rosi en 1986, luego de haber logrado la aquiescencia o de haber recibido el encargo del autor (Eligio García no pone esto en claro) y, tal parece, luego de descubrir que 'la historia de amor era la de una violencia.

La triple exposición es suficientemente ilustrativa. Para fortuna del lector, fue posible gracias a la privilegiada coyuntura de Eligio García, cuya familia estuvo cerca de los hechos, escribió la novela y mantuvo un prudente control sobre la filmación de la película. No obstante, Eligio García no se ufana de sus proximidades. Más bien elogia al premio Nobel en tercera persona mientras se ocupa a fondo en su trabajo de cronista.

Su libro no deja piedra por mover.
"A medio camino entre el reportaje y el diario de filmación", es un recuento cumplidísimo del modo como el hecho cotidiano -una desgracia, para el caso de Colombia- desata a veces una reacción en cadena de versiones artísticas. Y, más aun, de cómo la mención de García Márquez se ha convertido en caja de resonancia que redobla este fenómeno cultural. Pero los subproductos no son siempre libros como éste, en el que la minucia periodística (fuertemente teñida del estilo y amenidad de GG M) Y el profesional empeño de atar todos los cabos recompensarán al lector que desee saber cómo es que nace, crece y se reproduce el Arte con mayúscula en Macondo.

Y serviría también como compendio de la que podría llamarse visión garciamaravillante, no siempre originada en el propio autor, que tánto peso tiene sobre las letras del país. Se trata de una serie de presupuestos y de exclamaciones que no pueden faltar en una obra que toque el tema GGM. A riesgo de parecer inoportunos, podrían señalarse algunos de los más comunes

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Está el prurito emulativo de encontrar hálitos de portento no ya en la literatura sino en la vida y aledaños de Gabriel García. Así, aquí los consuetudinarios accidentes de rodaje, como que a un maquillador le dé un infarto o que alguien se rompa las narices por un arrojo de la interpretación, dan pie para hablar del "misterioso sino trágico que parece acompañar siempre las realizaciones cinematográficas basadas en la literatura de García Márquez".

Para no hablar de las coincidencias. Si por el alboroto de la filmación Luisa Santiaga Márquez Iguarán se antoja de volver a ver al viejo párroco de Sucre y resulta que éste se hospeda en una iglesia en donde se rueda una escena de la cinta, a Eligio García le parece que "la historia había podido ser concebida sólo por un escritor fantástico como Julio Cortázar, Halo Calvino, Jorge Luis Borges o el mismo García Márquez",

Otro rasgo, por cierto muy del gusto nacional, es el de ventilarse en los remolinos de marquilla de camisa (Roma-París-Nueva York) en que revolotean la vida y las cosas de García Márquez. Este amor arrobado por los aeropuertos, los despertares con jet-lag y las tarifas de larga distancia, la certificación del trajín glamoroso que nos disipe cualquier duda sobre su universalidad, en este libro da lugar a que se insista en las estrellas internacionales y se deje en plano segundísimo a los artistas criollos que hacen el bulto en estas "coproducciones" y cuyas opiniones al respecto deben de ser voluminosas y, por qué no, acaso críticas.

También está el afán, un poco inconsecuente ante el continuo pasmo ante la magia, de teorizar sobre la disyuntiva arte-realidad, ese dudoso alegato partidista que todavía tiene adeptos. Como si no bastara su escrupulosa exposición para que el lector saque sus propias conclusiones, en caso de encontrarlo conveniente, el autor señala puntos no siempre muy claros: "Francesco Rosi descarta el hecho verídico para dedicarse a la indagación y recreación de la realidad y la mitología de la novela".

Esto se hace para insinuar -como mínimo- que García Márquez sintetizó la mencionada disyuntiva, con lo cual la especulación teórica muestra el cobre del encomio. Así, los venerables recursos retóricos (hipérbole, conmutación, etc.) que el escritor emplea con infalible instinto, tienden a aparecer como técnicas novedosas producidas por su "prestidigitación maravillosa ".

Y si el Nobel descubre el agua tibia, ni qué decir de sus epígonos. Tras los preliminares aspavientos del suspenso, Eligio García declara haber develado dos enigmas de la obra de Rosi. Uno, que la película se arma como un puzzle; aunque sería muy difícil encontrar un director que, así no filme a GG M, no conciba como puzzles sus películas, tal es la estructura del cine. Y, dos, que este acertijo se resuelve con la declaración de Rosi según la cual "el amor engendra violencia", un chispazo que tiene unos dos mil quinientos años de existencia.

Es evidente que estas vehemencias obedecen en parte al codiciable nivel de perfección que alcanzan las obras de García Márquez, en parte al entusiasmo o "sabrosura" con que él mismo habla de ellas. Pero se han convertido en algo así como requisitos formales, similares a los moldes que tenemos para ensalzar la madre, la amistad o la patria. Y esta tal vez no sea la mejor forma de expresar admiración, pues se corre el peligro de la publicidad, esa tierra de nadie que no tiene que ver ni con el arte ni con la realidad.

CARLOS JOSÉ RESTREPO