Ficha bibliográfica
Titulo:
Boletín Cultural y Bibliográfico No. 17
Autores: Biblioteca Luis Ángel Arango - Banco de la República
Edición original: Bogotá: 1981
Edición en la biblioteca virtual: Bogotá: febrero de 2007
Notas: Publicación cuatrimestral de la Biblioteca Luis Ángel Arango del Banco de la República, que presenta importantes artículos sobre las distintas disciplinas de investigación en el campo cultural
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Reseña derecho: Crímenes prestigiosos

Crímenes prestigiosos

El asesinato de Gaitán y otros procesos famosos

Tiberio Quintero Ospina

Editorial ABe, Bogotá, 1988,329 págs.

La ficción policial, ese artificio inteligente, ha tenido pocos cultores en nuestro medio. Este libro sugiere un acercamiento, siquiera tangencial, a ese género básicamente imaginario que precisa desdeñar la realidad para no caer en la crónica roja, género apenas perdurable en una obra maestra como "A sangre fría" de Truman Capote.

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Podría sugerirse que la realidad supera a la ficción. Lo que puede ser cierto con la realidad no publicada. La que accede al conocimiento público, como en este caso, suele ser un tanto prosaica, si es que no degenera en sordidez o en atroz caricatura de una violencia apta apenas para una antología del horror. Y es que la ficción reclama cierto tipo de lector suspicaz; el que sabe leer con incredulidad. Los crímenes de este libro apenas insinúan misterios por descubrir y más bien eluden la estratagema desconcertante o el ardid ingenioso. Desde luego, el propósito del libro puede ser otro; digamos, jurídico. En el proceso por el asesinato de Gaitán, para hablar del que da nombre al libro, proliferan las hipótesis. Tras el nefasto "día del odio", 9 de abril de 1948, se tejieron toda especie de suposiciones. Desde la de Haya de la Torre, quien proclamó, sin saberse por qué, que ese crimen no era colombiano, hasta la del maestro Echandía, quien declaró contundentemente que no fueron los conservadores los asesinos, pasando por la discutida participación de Fidel Castro, o por la implicación de la policía nacional o de miembros de las fuerzas armadas. Surgieron autores intelectuales a montones y con tal cantidad de pruebas aplastantes contra todo personaje destacado a quien se quisiera hacer daño por la vía dudosa de la infamia, que fuerza sería concluir que todos lo hicieron, si el absurdo no se impusiera a despecho incluso del informe de Scotland Yard, que denuncia la contaminación de Agatha Christie a través de la sospecha de que dos asesinos inconexos hubieran coincidido en el momento mismo del crimen.

De tantas confesiones falaces, algunas adulan la poderosa imaginación colombiana. "Cuanta razón tuvo Bacon, escribió Jordán Jiménez, el investigador del caso, al decir que los testigos no se cuentan sino que se pesan". "La gente estaba dispuesta, para parodiar a Mark Twain, a recordar cualquier cosa", recuerda el autor.

Entonces sólo queda o persiste la sospecha de que todas las hipótesis son infundadas y de que harto más importante es el descubrimiento, la certeza de que en este país abundan no sólo los criminales sino los difamadores profesionales.

Y es que los inventores de asesinos se olvidan de utilizar la navaja de Occam, que tan bien manejaran Guillermo de Baskerville y Sherlock Holmes y que se sostiene en el principio lógico de que no se deben multiplicar las explicaciones y las causas sin que haya una estricta necesidad, pues en el caso de marras la investigación del magistrado Jordán Jiménez, recomendado, aunque parezca un anacronismo, por el propio Gaitán, demuestra,y es deducción compartida por los jueces del caso, los agentes del ministerio público, los enviados de Scotland Yard y los psiquiatras de Medicina Legal, que no hubo sino un autor, tanto material como intelectual, Juan Roa Sierra, y que su único móvil fue el resentimiento, un resentimiento similar al de los asesinos de Uribe Uribe, entre el rencor y la adoración o el fanatismo. Y como señala Quintero Ospina, para descartar autores intelectuales (pág. 32), ¿es dable imaginar que se le confíe plan tan arriesgado a un perturbado mental?

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Mas he leído que, contra la lógica más elemental (págs. 18 y 19), del reconocimiento del cadáver de Roa y del hecho indiscutible de que el hombre linchado por la enardecida multitud fuese Roa, infiere el autor que Roa, y sólo él, fue el autor del asesinato.

Segunda referencia es el estudio del sonado crimen del doctor Mata, o crimen de Calderitas (Chipaque), escrito en 1959, cuando casos como ese todavía eran noticia. Se trata un episodio donde no hay mucho que rescatar, salvo acaso el original método matallanesco para desaparecer personas, consistente en la misteriosa pérdida de seres envueltos en líos judiciales, o las dotes consumadas de actor del doctor Mata, refinado delincuente, o la defensa memorable que hizo el doctor Isaías Hernán Ibarra y que propiciara la exclamación de Otto Morales: "Que absuelvan a Matallana pero que no lo suelten"; o para el abogado, en último término, algunas reflexiones lúcidas sobre la coparticipación y la premeditación criminal.

Si bien se trata de un caso conmovedor, es relativamente sencillo, pues las pruebas son abrumadoras y de una contundencia tal, que el autor habla de un "manantial de certidumbre" y se empeña en demostrar perogrullescamente la peligrosidad de Matallana, el típico delincuente compulsivo en la clasificación de Mauro Torres.

Si una moraleja deja ese episodio, es la de hacer resaltar la capacidad infinita de maldad y de disimulo que anidan en el ser humano.

En un tercer lugar, se trata, con alguna extensión, y dando un salto atrás en el tiempo, del proceso de Russi, abogado boyacense de antepasados italianos, de alta y erguida talla, capa azul de paño, pobre, altivo y resentido (decía que la suerte siempre lo acarició con su garra de hiena). Se le tildó de socialista, palabra terrible en la época (mitad del siglo XIX), pues fue secretario de la Sociedad Democrática, que hacía guerra abierta a la Compañía de Jesús, o porque alguna vez escribió que a los ojos de Dios es obra meritoria robar lo superfluo a los ricos para dar lo necesario a los pobres.

Exasperado, como Roa Sierra, contra el caudillo en quien depositó su confianza y sus sueños, por algún favor incumplido -se rumoraba que José Hilario López celebró su triunfo presidencial del brazo de Russi- incubó un odio feroz contra la sociedad.

Pero aquí se hace notar que en materia criminal es fundamental aquello de "el cristal con que se mire", pues el tenebroso asesino que dibujó Cordovez Moure, en esta obra trata de convertirse en una víctima de la opinión pública, del rumor, del chisme malintencionado, tarea que iniciara Alberto Miramón en Tres personajes históricos.

Es inocultable la acentuada mala voluntad contra Russi, de la que habla Joaquín Tamayo; en su contra pesó el que defendiera en los estrados a los ladrones y, al leer a Quintero Ospina, muy bien documentado, queda claro que se pretermitieron las formas en un proceso arbitrario e injusto, con evidente desprecio de la legalidad, no muy raro en la época, y que se violó flagrantemente el principio de la irretroactividad de la ley penal tras haberse conformado un jurado abiertamente contrario al reo, lo que no lleva a desvirtuar la acusación de la propia víctima próxima a morir, ni la culpabilidad de Russi, lo más importante en este caso, a pesar del meritorio alegato de defensa del propio incriminado, transcrito íntegramente por el autor.

Un poco extraño es este libro, pero aceptando que se trata de un proceso famoso que vale para hacer una reflexión acerca del ya mentado tema del cristal con que se mire, resulta el secuestro y asesinato, en 1932, del hijo de Lindbergh, un niño de veinte meses, la mayor noticia desde la resurrección, como llamó un periodista, sin duda estadounidense, a un crimen que el propio Al Capone calificó de infamia. Es un enfoque puramente periodístico, o, si se quiere, un resumen de la obra clásica de Quentin Reynolds. El autor desea hacer resaltar la importancia de la prueba indicaría "que acorraló con fuerza incontenible al criminal" (pág. 301). Pero no menciona para nada las dudas que siempre asaltaron al director del FBI, Edgar Hoover, ni el juicio que 45 años más tarde promoviera la viuda de Hauptmann, el presunto asesino, muerto en la silla eléctrica, contra el fiscal de Nueva York, por violación patente de los derechos civiles de su esposo. Y ciertamente el enfoque atiende poco al inexplicable suicidio de una joven de la servidumbre de los Lindbergh y al hecho de que nunca se identificó plenamente al bebé que se encontró muerto, tanto que hoy hay más de un individuo que pretende ser el hijo de Lindbergh.

De mayor interés son los estudios de personalidad de los criminales. El análisis de Roa Sierra, un miserable,en la acepción de Víctor Hugo, inclinado a la hechicería, delirante esquizoide, rosacrucista, guaquero, explorador de tesoros, persuadido de que en él habían reencarnado el adelantado Jiménez de Quesada y el general Santander. En el caso del doctor Mata, el estudio de la perfecta pareja criminal de Sighele -los llamados íncubo y súcubo-, al estilo de Yago y Casio en Otelo.

En sí mismo el relato discurre en un lenguaje más policivo o cuartelario que literario, cuando no naufraga en una redacción de práctica forense, y fluctúa entre la descarnada crónica roja y la simple transcripción del sumario, lo que lo hace aparecer un tanto confuso, con la saña de una repetición "por cuestiones metodológicas" en el largo y cruento caso de Matallana

LUIS H. ARISTIZÁBAL