Reseña derecho: Crímenes prestigiosos
Crímenes prestigiosos
El asesinato de Gaitán y otros procesos famosos
Tiberio Quintero Ospina
Editorial ABe, Bogotá, 1988,329 págs.
La ficción policial, ese artificio inteligente, ha tenido pocos
cultores en nuestro medio. Este libro sugiere un acercamiento,
siquiera tangencial, a ese género básicamente imaginario que
precisa desdeñar la realidad para no caer en la crónica roja,
género apenas perdurable en una obra maestra como "A sangre
fría" de Truman Capote.
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Podría sugerirse que la realidad supera a la ficción. Lo que
puede ser cierto con la realidad no publicada. La que accede al
conocimiento público, como en este caso, suele ser un tanto
prosaica, si es que no degenera en sordidez o en atroz caricatura
de una violencia apta apenas para una antología del horror. Y es
que la ficción reclama cierto tipo de lector suspicaz; el que sabe
leer con incredulidad. Los crímenes de este libro apenas insinúan
misterios por descubrir y más bien eluden la estratagema
desconcertante o el ardid ingenioso. Desde luego, el propósito del
libro puede ser otro; digamos, jurídico. En el proceso por el
asesinato de Gaitán, para hablar del que da nombre al libro,
proliferan las hipótesis. Tras el nefasto "día del odio",
9 de abril de 1948, se tejieron toda especie de suposiciones. Desde
la de Haya de la Torre, quien proclamó, sin saberse por qué, que
ese crimen no era colombiano, hasta la del maestro Echandía, quien
declaró contundentemente que no fueron los conservadores los
asesinos, pasando por la discutida participación de Fidel Castro, o
por la implicación de la policía nacional o de miembros de las
fuerzas armadas. Surgieron autores intelectuales a montones y con
tal cantidad de pruebas aplastantes contra todo personaje destacado
a quien se quisiera hacer daño por la vía dudosa de la infamia, que
fuerza sería concluir que todos lo hicieron, si el absurdo no se
impusiera a despecho incluso del informe de Scotland Yard, que
denuncia la contaminación de Agatha Christie a través de la
sospecha de que dos asesinos inconexos hubieran coincidido en el
momento mismo del crimen.
De tantas confesiones falaces, algunas adulan la poderosa
imaginación colombiana. "Cuanta razón tuvo Bacon, escribió
Jordán Jiménez, el investigador del caso, al decir que los testigos
no se cuentan sino que se pesan". "La gente estaba
dispuesta, para parodiar a Mark Twain, a recordar cualquier
cosa", recuerda el autor.
Entonces sólo queda o persiste la sospecha de que todas las
hipótesis son infundadas y de que harto más importante es el
descubrimiento, la certeza de que en este país abundan no sólo los
criminales sino los difamadores profesionales.
Y es que los inventores de asesinos se olvidan de utilizar
la navaja de Occam, que tan bien manejaran Guillermo de Baskerville
y Sherlock Holmes y que se sostiene en el principio lógico de que
no se deben multiplicar las explicaciones y las causas sin que haya
una estricta necesidad, pues en el caso de marras la investigación
del magistrado Jordán Jiménez, recomendado, aunque parezca un
anacronismo, por el propio Gaitán, demuestra,y es deducción
compartida por los jueces del caso, los agentes del ministerio
público, los enviados de Scotland Yard y los psiquiatras de
Medicina Legal, que no hubo sino un autor, tanto material como
intelectual, Juan Roa Sierra, y que su único móvil fue el
resentimiento, un resentimiento similar al de los asesinos de Uribe
Uribe, entre el rencor y la adoración o el fanatismo. Y como señala
Quintero Ospina, para descartar autores intelectuales (pág. 32),
¿es dable imaginar que se le confíe plan tan arriesgado a un
perturbado mental?
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Mas he leído que, contra la lógica más elemental (págs. 18 y
19), del reconocimiento del cadáver de Roa y del hecho indiscutible
de que el hombre linchado por la enardecida multitud fuese Roa,
infiere el autor que Roa, y sólo él, fue el autor del
asesinato.
Segunda referencia es el estudio del sonado crimen del doctor
Mata, o crimen de Calderitas (Chipaque), escrito en 1959, cuando
casos como ese todavía eran noticia. Se trata un episodio donde no
hay mucho que rescatar, salvo acaso el original método matallanesco
para desaparecer personas, consistente en la misteriosa pérdida de
seres envueltos en líos judiciales, o las dotes consumadas de actor
del doctor Mata, refinado delincuente, o la defensa memorable que
hizo el doctor Isaías Hernán Ibarra y que propiciara la exclamación
de Otto Morales: "Que absuelvan a Matallana pero que no lo
suelten"; o para el abogado, en último término, algunas
reflexiones lúcidas sobre la coparticipación y la premeditación
criminal.
Si bien se trata de un caso conmovedor, es relativamente
sencillo, pues las pruebas son abrumadoras y de una contundencia
tal, que el autor habla de un "manantial de certidumbre"
y se empeña en demostrar perogrullescamente la peligrosidad de
Matallana, el típico delincuente compulsivo en la clasificación de
Mauro Torres.
Si una moraleja deja ese episodio, es la de hacer resaltar la
capacidad infinita de maldad y de disimulo que anidan en el ser
humano.
En un tercer lugar, se trata, con alguna extensión, y dando un
salto atrás en el tiempo, del proceso de Russi, abogado boyacense
de antepasados italianos, de alta y erguida talla, capa azul de
paño, pobre, altivo y resentido (decía que la suerte siempre lo
acarició con su garra de hiena). Se le tildó de socialista, palabra
terrible en la época (mitad del siglo XIX), pues fue secretario de
la Sociedad Democrática, que hacía guerra abierta a la Compañía de
Jesús, o porque alguna vez escribió que a los ojos de Dios es obra
meritoria robar lo superfluo a los ricos para dar lo necesario a
los pobres.
Exasperado, como Roa Sierra, contra el caudillo en quien
depositó su confianza y sus sueños, por algún favor incumplido -se
rumoraba que José Hilario López celebró su triunfo presidencial del
brazo de Russi- incubó un odio feroz contra la sociedad.
Pero aquí se hace notar que en materia criminal es fundamental
aquello de "el cristal con que se mire", pues el
tenebroso asesino que dibujó Cordovez Moure, en esta obra trata de
convertirse en una víctima de la opinión pública, del rumor, del
chisme malintencionado, tarea que iniciara Alberto Miramón en Tres
personajes históricos.
Es inocultable la acentuada mala voluntad contra Russi, de la
que habla Joaquín Tamayo; en su contra pesó el que defendiera en
los estrados a los ladrones y, al leer a Quintero Ospina, muy bien
documentado, queda claro que se pretermitieron las formas en un
proceso arbitrario e injusto, con evidente desprecio de la
legalidad, no muy raro en la época, y que se violó flagrantemente
el principio de la irretroactividad de la ley penal tras haberse
conformado un jurado abiertamente contrario al reo, lo que no lleva
a desvirtuar la acusación de la propia víctima próxima a morir, ni
la culpabilidad de Russi, lo más importante en este caso, a pesar
del meritorio alegato de defensa del propio incriminado, transcrito
íntegramente por el autor.
Un poco extraño es este libro, pero aceptando que se trata de un
proceso famoso que vale para hacer una reflexión acerca del ya
mentado tema del cristal con que se mire, resulta el secuestro y
asesinato, en 1932, del hijo de Lindbergh, un niño de veinte meses,
la mayor noticia desde la resurrección, como llamó un periodista,
sin duda estadounidense, a un crimen que el propio Al Capone
calificó de infamia. Es un enfoque puramente periodístico, o, si se
quiere, un resumen de la obra clásica de Quentin Reynolds. El autor
desea hacer resaltar la importancia de la prueba indicaría
"que acorraló con fuerza incontenible al criminal" (pág.
301). Pero no menciona para nada las dudas que siempre asaltaron al
director del FBI, Edgar Hoover, ni el juicio que 45 años más tarde
promoviera la viuda de Hauptmann, el presunto asesino, muerto en la
silla eléctrica, contra el fiscal de Nueva York, por violación
patente de los derechos civiles de su esposo. Y ciertamente el
enfoque atiende poco al inexplicable suicidio de una joven de la
servidumbre de los Lindbergh y al hecho de que nunca se identificó
plenamente al bebé que se encontró muerto, tanto que hoy hay más de
un individuo que pretende ser el hijo de Lindbergh.
De mayor interés son los estudios de personalidad de los
criminales. El análisis de Roa Sierra, un miserable,en la acepción
de Víctor Hugo, inclinado a la hechicería, delirante esquizoide,
rosacrucista, guaquero, explorador de tesoros, persuadido de que en
él habían reencarnado el adelantado Jiménez de Quesada y el general
Santander. En el caso del doctor Mata, el estudio de la perfecta
pareja criminal de Sighele -los llamados íncubo y súcubo-, al
estilo de Yago y Casio en Otelo.
En sí mismo el relato discurre en un lenguaje más policivo o
cuartelario que literario, cuando no naufraga en una redacción de
práctica forense, y fluctúa entre la descarnada crónica roja y la
simple transcripción del sumario, lo que lo hace aparecer un tanto
confuso, con la saña de una repetición "por cuestiones
metodológicas" en el largo y cruento caso de Matallana
LUIS H. ARISTIZÁBAL