Boletín Cultural y Bibliográfico No. 23
La Exposición de Arte Contemporáneo del Hemisferio Occidental,
realizada en Bogotá a finales de 1945 con participación de obras de
José Clemente Orozco y Diego Rivera (México), de G. Bellows
(Estados Unidos) y de Ignacio Gómez Jaramillo (Colombia) le sirvió
a Engel para comparar el estado de nuestra plástica con la del
resto del continente. A partir de esta exposición sus trabajos van
mostrando mayor comprensión del fenómeno artístico nacional. En
1946, su actitud hacia el arte abstracto se había modificado, y
llegó a decir que la obra de Edgar Negret era
"interesante". Este comentario ingenuo se vio
confrontado, en 1947, con otro, escrito por Jorge Gaitán Duran para
la misma revista, también sobre Negret, en el que se presentaba en
forma solidaria la obra de este artista, como la manifestación
generacional de la "realidad trágica de nuestro
siglo". Igualmente, el artículo destacaba un comentario
.sobre la obra de Eduardo Ramírez Villamizar, descrita por Gaitán
Duran como "un arte concebido dentro de ciertas líneas,
quizá algo abstracto, pero que no frenan su impulso lírico, fuerte
aluvión trágico, tensión sanguínea y agonista". Estos
comentarios muestran un interés apasionado por las motivaciones de
los jóvenes artistas que para el momento lanzaban nuevas propuestas
estilísticas. La presencia de Jorge Gaitán Duran en Revista de las
Indias y el pulso de sus comentarios mostraban otros rumbos a la
crítica artística, salidas de la visión de un proyecto cultural más
ambicioso que inspiró la fundación de Mito.
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Propaganda que
se publicaba en las contracubiertas de la revista.
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Un tipo de proyecto como ese, desgraciadamente, estaba ausente
de la obra crítica de Walter Engel. Con el transcurrir del tiempo
esta carencia se convertiría en gran limitante para su labor.
Al finalizar el decenio del cuarenta, la actividad artística en
la capital empezaba a mostrar gran auge. Una inusitada expectativa
en el mundo artístico es descrita por Engel para el año de 1948; se
trataba de la Gran Exposición Interamericana de Pintura, que habría
de celebrarse en el Palacio de Comunicaciones con motivo de la
realización de la Conferencia Panamericana. Los graves sucesos del
9 de abril, que marcarían el comienzo de un sangriento proceso para
Colombia, ocasionaron pérdidas irreparables para el arte, al ser
incendiada la sede donde se iba a efectuar la exposición
mencionada. El propio Walter Engel redactó una nota para Revista de
las Indias titulada "Nuestra protesta", en la que
informaba sobre las pérdidas y las obras salvadas.
Paradójicamente, después de estos sucesos la producción
artística colombiana cobró gran impulso, como si se tratara de
exorcizar el recuerdo del famoso "bogotazo", o
como si el destino nacional tuviese que crear un interregno de
sangre para anunciar el advenimiento de otra nueva época. Al
multiplicarse el número de exposiciones, se abrieron las
condiciones para un mercado de obras de arte (elementos apenas
descritos por el personaje en mención); parecería que una nueva
etapa se iniciaba en las relaciones sociales y económicas del país.
Un año antes de estos sucesos se había inaugurado la Galena de Arte
de la Avenida Jiménez. Este acontecimiento fue recibido en los
medios artísticos con gran expectativa, pues, tal como lo señaló
oportunamente Engel, "serviría de estímulo económico a los
artistas".
En 1948 el centro de la atención de nuestro personaje fue el
llamado Salón de los 26, realizado en el Museo Nacional. La figura
central de los 26 fue, según Engel, Alejandro Obregón. Al nombrar
de nuevo a esta figura de la plástica nacional, el crítico
reconoció haberse equivocado en el pasado, cuando lo había
presentado como un artista "preocupado antes que todo en
valores y efectos [...] meramente estéticos", es decir, de
un formalismo sin contenido. Al corregir su apreciación, reconoce
que, además de preocupación estética, las realizaciones de Obregón
son de "honda expresión humana". De la lista de
los 26 menciona también al ya consagrado Luis Alberto Acuña; a
Enrique Grau, quien para ese momento, según el critico,
"abre el camino a la verdadera pintura" (antes
había dicho que el valor de Grau estaba en su disposición para la
ilustración y el dibujo); a Wiedemann, a quien califica como el
artista "sometido a un proceso constante de renovación
artística"; a Ignacio Gómez Jaramillo, para quien la nota
de presentación es la de ser el gran maestro en el
"equilibrio" entre todos los componentes del
grupo; a Hernando Tejada, quien es destacado porque su obra está
encaminada hacia una visión más amplia, "presente en el
conjunto de su obra"; a Lucy Tejada, de quien dice que es
portadora de una "gran sensibilidad" en la
composición de su obra; a Edgar Negret, a cuya escultura reconoce
un "ritmo casi pictórico en el uso del
vacío".
En este artículo escrito con motivo de la exposición de los 26,
mostraba un acercamiento más emocional y maduro a la comprensión de
las expresiones que comportaban "rupturas", de
muchas de las obras de los citados artistas; los trabajos de
pintores como el caldense Alipio Jaramillo son mencionados por
Engel, porque a través de ellos tienen la oportunidad de comentar
las obras de artistas que "practicaban" un febril
nacionalismo y que tenían como mentores a figuras como la del
mexicano Siqueiros; con ello quería aportar al debate sobre estas
tendencias y avanzar en su papel de crítico, que poco a poco se
había ido alejando de las simples crónicas que escribió al
principio.
Leyendo a Walter Engel no se deja de pensar que su labor de
difusión del arte representó el comienzo de una actitud
intelectual, no exenta de los riesgos que la crítica conlleva al
intentar desterrar la mediocridad y valorar la verdadera creación,
cuando se parte de un débil y borroso referente que contraste la
gestión crítica con la producción realizada en el medio artístico
concreto, sobre todo sí se tiene en cuenta que a la revista que lo
patrocinó le faltó visión para utilizar la potencialidad que
ofrecía la red de colaboradores y la presencia de otros críticos en
los países donde circulaba.
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