Boletín Cultural y Bibliográfico No. 23
Con todo, esta preponderancia expresa de la subjetividad no
constituye un método emotivo o emocional historiográfico: es una de
las características esenciales del ensayo que se ocupa con la
historia y que suele llamarse de modo general "estudio del
carácter" con sus subdivisiones de "retrato,
perfil, característica, figura, semblanza". Pero si los
resultados de ese ensayo son: "...hacer ver que la
Amétrica tropical e india debe poseer y estimular a sus
historiadores y artistas, capaces de entender a los grandes hombres
que ha producido, y no importar biografías y monumentos de Europa;
no encargar esas obras a un Emil Ludwig, a un Iván Mestrovic, a un
Muller. Es cuestión de dignidad. Y, ante todo, de auténtica
conciencia americanista" (pág. 88) y que Bolívar
"tuvo como ninguno la conciencia de la libertad para los
pueblos y los hombres de América" (pág. 88), entonces el
ensayo contiene demasiado poca sustancia. "Hacer ver que
la América tropical es india" debe "estimular a
sus historiadores y artistas" es una trivialidad. Para eso
no es preciso escribir un libro. Pero para que no se importen
"biografías y monumentos de Europa" es necesario
que los historiadores de la "Amé rica tropical e
india" no rehuyan, precisamente "por cuestión de
dignidad" y "de auténtica conciencia
americanista", la discusión crítica con los
"monumentos de Europa". Pero si Fernando González
y Henao Hidrón consideran que Emil Ludwig, Iván Mestrovic, Muller y
Stefan Zweig son "monumentos de Europa", entonces
sólo cabe suponer que la Europa de la que ellos quieren
independizarse es un espejismo. La biografía es un género nacido y
perfeccionado en Europa, y sus cumbres no son ni Ludwig ni Zweig,
sino Plutarco y Droysen, entre muchos más. Y si Fernando González
postuló un tipo de biografía engendrado en la "América
tropical e india", no hay otro camino para ello que
conocer a fondo los modelos del género que pretende cultivar, poner
en tela de juicio sus presupuestos y fundamentar por qué la
biografía que debe surgir en esa América debe diferenciarse del
modelo y cómo se diferencia de él. El otro resultado, esto es, que
ninguno como Bolívar tuvo conciencia de la libertad para América
("los pueblos y los hombres" dice Henao Hidrón
tautológicamente : ¿hay pueblos sin hombres?, no es un resultado a
lo que cabría llamar un resultado de la meditación emocional o
emotiva de Fernando González. Es simplemente una comprobación: sin
esa conciencia, Bolívar no hubiera libertado a "nuestra
América".
El historiador con método propio no es lo uno y carece de lo
otro. Y el "filósofo de la autenticidad", que
reconoce tener "ocho por ciento de filósofo" y
que siente asco por la "filosofía conceptual", no
se molesta, por tanto, en determinar lo que es filosofía:
"Entiendo por filósofo el que se rebuja en las cosas de la
vida, las resuelve, parece que vaya a tumbar el edificio del
universo, y luego se para al pie de los árboles o en los rincones
de la casa, como a escuchar, bregando por encontrar una sinergia
entre él, el universo mundo y lo desconocido, que está por detrás o
por dentro" (
|Cartas a Estanislao, citada en pág.
243). Con menos palabras, el filósofo es el que se sorprende y
pregunta. Y la filosofía es sorpresa y pregunta. Pero esta
determinación ya popular de la filosofía y del filósofo es sólo el
comienzo de la filosofía y, vista en esta generalidad, no es
específica de la filosofía sino de toda teoría. ¿Pero basta esta
manera de considerar las cosas para formular una teoría, sea de la
"autenticidad" o de la
"egoencia"? La pregunta que inicia el último
capítulo, esto es, la de si Fernando González "fue un
filósofo y no tan sólo un escritor o ensayista" es una
pregunta hoy vana. Convertida en la pregunta preferida de las
discusiones sobre Ortega y Gasset, ésta deja el campo abierto a
toda clase de especulaciones. Es decir, que González "no
fue un filósofo, porque no creó un sistema y menos una
doctrina", como reza la cita de A. Saldarriaga (pág. 24),
es tanto como asegurar que la filosofía es sistema y doctrina;
¿pero no es eso, en medida mayor, la teología? La pregunta está mal
planteada y peor respondida. "Un sector predominante del
pensamiento tradicional, ha creído que la filosofía es amiga de la
razón y enemiga de la vida", afirma Henao Hidrón. Aparte
de que el vocablo sector con el adjetivo predominante no
corresponde a la compleja variedad de la historia del pensamiento
filosófico, es necesario preguntar por los ejemplos más
representativos de este "sector
|predominante". ¿Aristóteles quizá? ¿Hegel o Kant?
Tras esta afirmación se percibe la simplificación de la historia de
la filosofía con la que Ortega y Gasset pretendió justificar su
pretendido "sistema" de la "metafísica
de la razón vital". Henao Hidrón no cita en la
Bibliografía a Ortega y Gasset ni a nadie en el que se apoya o a
quien recurra para la determinación de estos y otros conceptos.
Pero la sospecha de que tras estas, frases asoma el simplificador
Ortega es certidumbre, si se tiene en cuenta que nadie fuera de él
ha cometido semejante esquematización. La pregunta de si Fernando
González u Ortega y Gasset fueron filósofos o simplemente
ensayistas no es una pregunta por si ellos dejaron un
"sistema" o una "doctrina",
sino por el rigor, la coherencia, la cualidad y la adecuada
fundamentación crítica de su pensamiento. Nada de esto se encuentra
en Fernando González.
Pero su antiintelectualismo expreso y su supuesta teoría de la
"egoencia", su culto del Yo, requieren una
investigación sobre sus fuentes, que el enemigo de leer para, en
cambio, meditar no cita, aunque una de ellas fue muy difundida,
especialmente en los círculos intelectuales del
"sector" cafetero-industrial del país (el
greco-vasco-judeo-quimbaya: Antioquia y Caldas): Maurice Bàrres. La
derecha manizalita, Silvio Villegas principalmente, era fervorosa
admiradora de los autores de la llamada "Action
fransaise": Barres, H. Massis, especialmente. Dos fueron
los rasgos esenciales en la obra de Barres: su antiintelectualismo
y su culto al Yo (expuesto en su trilogía novelesca
|El culto del
Yo, de 1892). Pero la mención de esta posible fuente o segura
coincidencia no tiene interés primariamente histérico-literario,
sino político. Antiintelectualismo y culto del Yo -en sus diversas
versiones regíonalistas- abonaron el terreno para la aceptación y
nostalgia del Duce y del Führer. En este contexto
histórico-ideológico ha de interpretarse el libro de Fernando
González sobre Juan Vicente Gómez, Mi compadre (1934).
El devoto jurista cierra su desmelenado homenaje a su mentor con
una cita de Ernesto Cardenal que "revela la opinión de su
compatriota José Coronel Urtecho: González es tan importante en la
literatura latinoamericana como Vallejo y Borges, 'aunque más
profundo que Borges'" (pág. 248). Enemigo político de su
compañero poético, ¿quiere con esto desacreditar Ernesto Cardenal a
Coronel Urtecho? El comercio y el provincialismo pueden explicar
muchas exageraciones, pero no logran fundamentar insensateces como
laque se encuentra en la contrasolapa, es a saber la afirmación de
que el semidiletante y ampulosamente desaliñado Fernando González
es "uno de los más importantes pensadores de todos los
tiempos". El libro devoto de Henao Hidrón demuestra lo
contrario.
RAFAEL GUTIÉRREZ GIRARDOT
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