Boletín Cultural y Bibliográfico No. 23
Habría ciertas tendencias comunes en la periferia: tendencia
hegemónica de los partidos, hipertrofia del aparato estatal (no es
aventurado conjeturar que esa hipertrofia también es propia de
países altamente desarrollados) y existencia de una burocracia
ociosa.
La tesis es que los esquemas válidos para el estudio de los
estados del centro del capitalismo no son válidos en la periferia.
Sin embargo, me pregunto, ¿desde cuándo somos periféricos? No
encuentro ninguna razón para suponer, por ejemplo, que la
Constitución nuestra de 1821 correspondiera a un país
periférico.
Continuando con la exposición sucinta del tema, el derecho
constitucional comparado debe partir de un principio único, la
realidad del Estado capitalista como relación invariable de
dominación, a lo que nos preguntamos, no sin cierta desazón, ¿para
qué tanto desarrollo posterior, si se peca desde la base?
El análisis recurre a continuación a un estudio de las grandes
clasificaciones de los sistemas de derecho, pasando por el estado
socialista, y por la gran familia del common-law, a la que se
dedica un amplio e iluminador espacio.
La constitución aparece como fruto de un trámite político que
convierte en norma un principio esencial del Estado Capitalista
(pág. 59) y que evoluciona de acuerdo con los cambios en las
relaciones de producción.
La segunda parte inicia el estudio del Estado Liberal antifeudal,
con el advenimiento del "individuo", un ser
teóricamente libre que acude a los mercados como comprador y
vendedor. En el enfoque histórico, no solamente muy completo sino
novedoso, se concluye, entre otras muchas cosas, que la gran
revolución europea es la culminación o el grado más alto del
absolutismo; luego examina los sistemas de control de la
constitucionalidad del derecho y el papel cumplido en todo el
proceso por la Iglesia católica (basta agregar que la conclusión es
rutinaria), para desembocar dentro de la dialéctica hegeliana en la
crisis del Estado Liberal con la llegada del Estado Planificador
que llevará indefectiblemente, aunque el autor no lo diga
expresamente, pero Marx sí lo dijo, al triunfo final del
socialismo, así sea por la "praxis" de las armas,
sí la lógica no funciona en su plenitud.
Hay un extenso e interesante acápite acerca de los derechos
humanos, aunque no se ve muy bien que su salvaguarda pertenezca más
a un estado intervencionista que a un estado liberal, o que su
bandera pueda ser esgrimida por un estado capitalista menos que por
un estado marxista.
Antes de terminar, una advertencia. No es que queramos defender
el sistema capitalista, puesto que no tiene defensa posible, salvo
la de que no fue intencionalmente creado por mentes sistemáticas
como una panacea para la humanidad.
La obra de Cáceres da la impresión de querer destruir las
generalizaciones aceptadas dentro de la ciencia política,
obviamente sin proponer nada a cambio, labor corrosiva de comején,
como también quizá lo es este comentario, que tampoco es original
ní novedoso. Y es que toda la discusión es trasnochada y ya casi
intrascendente. No obstante, hay que volver a ella, por un hecho
cuando menos sorprendente, sí no grotesco: con motivo de la
celebración de los cien años de la actual Constitución colombiana,
este libro se hizo acreedor a un importante premio. El libro es
útil, no lo niego, en la medida que contiene una buena cantidad de
información, bien ordenada y expuesta. Pero es natural que en un
medio intelectual a menudo indigente como el nuestro premiemos, si
no las ideas, que acaso constituyan plusvalía y explotación, por lo
menos el volumen, el trabajo incorporado, al obrero-autor. Me
parece apenas paradójico que la actual crisis de los sistemas
comunistas vea a un tiempo que su más recalcitrante ortodoxia sea
premiada entre nosotros, como en este caso. En otras palabras, el
Estado premia, por ignorancia sin duda, a los enemigos del Estado
pasando por alto también, unos y otros, que ya ni siquiera son
enemigos.
LUIS H. ARISTIZÁBAL
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