Boletín Cultural y Bibliográfico No. 23
Dice Simone Weil que la distancia es el alma de la belleza y en
la distancia existente entre la obra de arte y su receptor reside
el "aura" que la arrebataba del remolino del
consumo en el que sucumben las mercancías. En este aspecto reside
uno de los engaños más habituales de la industria cultural para con
sus clientes: pretender el acercamiento de la obra estética al
consumidor queriendo abolir la diferencia entre el arte y la vida y
buscando con ésto incluir el arte en el repertorio de los bienes de
consumo de la sociedad.
Y a pesar de que todo el arte no se hace consumible, la actitud
para con él tiende a apoyarse en la actitud respecto de los bienes
de consumo. Acaso por eso los clientes de la industria cultural se
rebelan contra la autonomía de la obra artística ya que ésta la
convierte en algo mejor de lo que ellos creen que es. Para escapar
de este asedio el arte reacciona, no sólo modificando concretamente
sus usos y procedimientos, sino teniendo que soportar seguir siendo
lo que no quiere ser: arte, entretenimiento en el sentido inferior
que le confiere el mercado. En su intento de romper el cerco
comercial el arte ha recaido en una soledad a la que no lo
acompañan los asiduos de la industria cultural.
Pero el capítulo que tal vez permite apreciar mejor el punto de
vista del autor respecto de sus intenciones estéticas es el que
cierra el libro y que lleva por título "La literatura, un
lenguaje por fuera del poder". En él analiza Medina Cano
las posibilidades del lenguaje en la tarea de abrir posibilidades
de expresión en medio de un mundo y una sociedad cerrados. Aquí la
soberanía del texto respalda la soberanía de los hombres que lo
producen, pues "la ruptura que establece el texto abre la
posibilidad de pensar un momento anterior a todo lenguaje
articulado cuya textualidad es perpetuamente distinta, nueva y
muda. Es ese lenguaje sin condición de nacimiento, sin
antecedentes: el grado cero de la escritura". Lo que se
presenta en este punto es un horizonte abierto y retador para
romper el marco de las interpretaciones posibles de la realidad
hacia una mirada nueva que inaugure sentidos inéditos en la
sensibilidad y comprensión del mundo y la vida. Este reto que ha
sido acatado por los escritores con mucho temor y temblor, pero
también con la dicha de lo novedoso, se constituye en la única
ínsula donde es posible la Libertad con la que sueña el hombre,
sueño irrealizable en últimas, pero cuyo papel es el de instigar la
imaginación y la fantasía. Esta relación necesaria y libre entre la
vida, la creación artística y la utopía la formula Adorno cuando
dice que "se instala en el corazón de las antimonías
contemporáneas el hecho de que el arte quiera y deba ser utopía con
tanta mayor decisión cuando que ésta queda obstruida por la
realidad funcional y, de otro lado para no traicionar a la utopía
en el resplandor y consuelo que le son propios que no pueda llegar
a serlo. Pues si la utopía del arte llegara a su realización,
significaría el fin temporal del mismo".
Sobre estos y otros aspectos relevantes del mundo cultural
moderno apuntan los escritos de Federico Medina Cano, con los
cuales quiere llamar la atención de los trabajadores de la cultura
y el arte en un momento en que nos preguntamos con énfasis sobre el
sentido de la producción cultural nacional y los valores que avalan
y critican; cuestión que consideramos prioritaria en la tarea de
enrumbar su labor hacia el progreso real del hombre.
RICARDO RODRÍGUEZ MORALES
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