Boletín Cultural y Bibliográfico No. 23
Pero estos logros se ven amenazados por ese
"cataclismo" con que se cierra un poema de
significativo título:
|Nos estamos quedando sin palabras
(págs. 88-90), al que paradójicamente le sobran versos.
Y ahora pasemos a la sección "Poesía mística".
SÍ Laura Victoria se ha dedicado al estudio de las profecías
bíblicas, esto no tiene por qué ser tomado como una inclinación a
la mística y menos como poesía de tal
"naturaleza". Esa confusión significaría que un
egiptólogo debe mostrarse sólo de perfil (como las representaciones
de los artistas del Nilo antiguo) y andar trepado en un
camello.
El texto central de la segunda parte de
|Crepúsculo se
titula
|La encarnación (págs. 105-1 15). No me atrevo a
llamarlo poema y me apuro en decir que
|no va más allá de ser
una clase de catecismo compuesta en verso. Una cosa es la mística
(
|que nunca jamás ha sido definida con palabras, excepto con
una que no es más que un acuerdo con el
|sonido del silencio
- aquella canción de Paul Simón de la época de
|El graduado -
, es decir,
|inefable) y otra cosa es la poesía. Para
juntarlas hay que conseguir, en primera instancia, un tipo especial
de poeta: aquel que, a su vez, es místico. Y en segunda instancia
hay que tenerle una desconfianza de la patada al lenguaje, o
considerarlo insuficiente. Cuando la
|persona poética
exclama:
|Potente voz en mi silencio mora
y los sentidos en su ardor calcina;
voz que abismada de ansiedad
domina
sin palabra, sin tiempo y sin
aurora.
[Voz eterna, pág. 116]
queda confirmada nuestra sospecha: esa "voz
eterna" es la de la tradición en que se inscribe el libro
de Laura Victoria, que no es la tradición de santa Teresa ni mucho
menos de Miguel de Molinos (a quien la Inquisición le hizo saborear
el aceite de ricino de
|illo tempore) sino la del gran Rubén
y de José Asunción (y la de Efrén Rebolledo).
Por otro lado, y retomando nuestra reflexión sobre la moral o la
ética, cabe indicar que la
|persona poética que cree en esas
"verdades permanentes" (pág. 109), que hemos de
asociar a la doctrina cristiana, nos desconcierta por completo
cuando saca de la manga un consejo del ojo por ojo y ese otro del
que se duerme como tortolita y aparece después en la olla de los
tallarines:
Corazón, sé valeroso,
nunca muestres tu tristeza
y si quieren destrozarte
paga en la misma moneda.
|Cuando pretendan dejarte
coge tú la delantera,
si te traicionan, traiciona,
si te quieren, recompensa.
[Coplas, //, pág. 92]
Estas estrofas, claro, se hallan en la primera sección del
libro, la que, según Gustavo Páez Escobar, pertenecería a los
"legajos de sus versos quemantes de otras épocas"
(pág. 15). ¿En dónde quedaría la coherencia entre doctrina
religiosa y puesta en práctica? ¿En dónde ese propósito de enmienda
que, según el misal, empieza cuando el sacerdote imparte la
bendición en el confesionario?
La devoción a la poesía tiene su precio, por más que uno sienta
que la
|inspiración sale del fondo de nuestras convicciones.
Y el valor de toda poesía será el de las palabras, que nunca están
a la venta, por más soplo divino que les caiga.
EDGAR O'HARA
|