Boletín Cultural y Bibliográfico No. 23
De cualquier modo, ya sea una novela o un libro de cuentos, lo
que más define a
|¡Líbranos de todo mal! es la mezcla de
fanatismo, religión y política. Como se sabe -o debería saberse-,
en sociedades como la hispanoamericana, en donde la religión
vértebra la totalidad de la vida, la esfera sagrada y la esfera
pública tienden a confundirse. O dicho de otra forma: la actividad
política (cuyo ejercicio, para ser eficaz, debe concebirse como un
deber civil y no, como suele hacerse, en términos de cruzada
ortodoxa) es pensada como la prolongación, por otros medios, de los
fueros exclusivos de la piedad y la mística. Esa noción deísta del
Estado no sólo se advierte en la iconografía política -Belisario
Betancur o Misael Pastrana Borrero pintados como santos-
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, en la facilidad con que ideas y convicciones
son llevadas al fanatismo o en el hecho, más bien folclórico, de
estar el país consagrado -incluso institucionalmente- al Sangrado
Corazón de Jesús, sino sobre todo en los mesianismos de toda clase
que surgen en vísperas de crisis.
En esa línea, los héroes de
|¡Líbranos de todo mal! son
fanáticos de muy diversa índole. Políticos, como en
"¡Cuidado! Hay leones en la Avenida 19";
religiosos, como en "Esperar al rey", castrenses,
como en "Comerciales para caviar" o, incluso,
fanáticos risibles, como es el caso de "El vengador
errante contra el enemigo público número uno". En todos
ellos, sin embargo, por más que sus móviles sean distintos, existe
una idea cuyo imprimatur es metafísico: la de que el mundo se ha
degradado y hay, por tanto, que restituirlo a su unidad primigenia.
Por razones que no viene al caso analizar, el fanático se siente
predestinado para esa misión; igualmente, por razones que tampoco
son del caso en una reseña, localiza el origen del Mal (con
mayúsculas) en alguien o en algo: un político, un objeto, una
institución.
A veces, sus acciones contra la Encarnación del Mal son
humorísticas (por ejemplo, en "El vengador
errante...", un bibliotecario, a raíz de una pena de amor,
se ensaña contra el televisor como causa de la estupidez humana y
la falta de lectura entre los jóvenes. Por consiguiente, decide
destruir al "enemigo público número uno" en toda
la ciudad, "lo mismo en grandes mansiones como en ranchos
de invasión. Justo y equitativo" (pág. 91). En otras
ocasiones, sin embargo, esa realidad asume dimensiones siniestras,
como cuando el Mal es político y se identifica con personas que
deben ser asesinadas. (El título, que es una versión irónica de la
última frase del Padre Nuestro -en el original no lleva
exclamaciones-, alude no sin humor a esa doble condición del
fanatismo).
Los evidentes excesos del fanático le sirven a este libro para
ironizar sobre diversas actividades y vicios de nuestra sociedad
-la adicción al televisor, la fe ingenua en las propagandas (que
aquí se presenta como una desviación negativa del sentido religioso
de la fe), la tozudez, la banalidad-, pero, con demasiada
frecuencia ese propósito deriva en un énfasis ajeno a la
ironía.
Por una parte, Fanny Buitrago no ha podido eludir los peligros
de lo que puede llamarse "costumbrismo
contemporáneo" o, más exactamente, "costumbrismo
ciudadano". Como lo sugería la ubicación geográfica de los
cuentos hecha al comienzo de la reseña, una desaforada vocación de
realismo atraviesa las páginas de
|¡Líbranos de todo mal! El
lector que conozca la Avenida 19 y el Centro de Bogotá podrá
constatar que, efectivamente, existen el restaurante La Fragata,
los Estudios Gravi y las pizzerías que allí se mencionan
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. Esa familiaridad hace incurrir con
frecuencia a Fanny Buitrago en los detalles pintorescos e incluso
turísticos: "Viajaron casi dos horas, silenciosos, entre
la barahúnda de los pasajeros que tomaban cerveza, kumis,
aguardiente en cada estación, los tristes ladridos del perro en su
guacal y el lloriqueo intermitente de un niño iracundo. En cada
pueblo subían y descendían los campesinos cargando palomas y
arrendajos enjaulados, gallinas amarradas, bultos con naranjas o
habichuelas. Tuvieron por un rato un corderito que dormía
beatíficamente, a pesar del niño iracundo. Nubes de mujeres
zarrapastrosas se acercaban a vender miel perfumada, moras de
estación, uvas negras empañadas por los insecticidas, manojos de
flores que se marchitaban y corrompían visiblemente" (pág.
38) o también "El desorden resultaba ofensivo. Taxis,
busetas y automóviles particulares copaban la doble vía,
estorbándose unos a otros. Transeúntes y vendedores cruzaban por
todos lados sin respetar las señales de tránsito. Había un
estrellón -dos busetas y un campero-bloqueando el semáforo de la
26. Gritos, palabrotas, sonar de cláxones y motores, mezclándose en
un caos auditivo. Al lado, entre cubetas y baldes plásticos, lirios
acuáticos, gladiolos rojo sanguaza, dalias y siemprevivas, tres
mujeres enlutadas discutían precios. La dueña de
|María María
saludó a don Remberto efusivamente, la boca llena de arroz y un
hueso de puerco entre las manos. Tenía las uñas sucias. Almorzaba
sin moverse del banco, el portacomidas entre las piernas"
(pág. 76).
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Ver al respecto las páginas 64 y 65 de La comunidad elige.
Bogotá, Procomún, 1988.
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A propósito, en apoyo de lo dicho anteriormente: En ¡Líbranos
de todo mal! los lugares de referencia claves son siempre las
iglesias -de San Diego, las Aguas, las Mercedes, etc.
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