Boletín Cultural y Bibliográfico No. 23
En una dirección inversa, Fanny Buitrago intenta contrarrestar
la univocidad cotidiana (cuyo rasgo más sobresaliente es la
violencia) con situaciones de tipo fantástico o, más precisamente,
milagroso. Un ejemplo: en el primer cuento, "¡Cuidado! Hay
leones en la Avenida 19", una adivina rumana se instala
con su espectáculo en el "patio colonial aledaño a la
iglesia de las Aguas, Tercera arriba" (pág. 17). Esta
"extraordinaria mentalista (...) doblaba cucharas;
enloquecía relojes, barómetros, fotocopiadoras; hipnotizaba
animales; retorcía el oro; interpretaba el violín y el piano a
distancia. Clavos, tachuelas, remaches y adornos metálicos se
desprendían ante el fuego de sus pupilas estrábicas" (pág.
16). Además, traía en su equipo a "quince bailarines que
trabajaban desnudos, sin decorados, con sonido y luz pintados
íntegramente en dorado. Dos caballos ajedrecistas, imitadores de
Anatoli Karpov, Bobby Fisher, Osear Castro. Nueve gallinas sabias,
expertas en programación de computadoras, cálculo diferencial,
complicados juegos de salón. Hasta un ballet ejecutado por
delfines" (pág. 16).
Aunque estas situaciones se ubican en un contexto irónico -al
final se descubre que Larissa Calinescu, la médium, no es rumana,
sino una gringuita de Miami-, no dejan de acercarse peligrosamente
a los recursos y a la imaginería de Gabriel García Márquez. (Quizás
sobre decirlo, pero un libro incluido en una colección titulada
|Nueva Narrativa debería, por decoro personal y profesional,
explorar territorios menos transitados por la literatura colombiana
e hispanoamericana).
Este énfasis en las descripciones es la mayor insuficiencia del
libro. En teoría literaria existe una figura conocida como
"editorialización". Se refiere a los casos en que
el narrador omnisciente de tercera persona desplaza el foco
narrativo y pierde la supuesta objetividad que lo caracteriza. Es
decir, a los momentos en que el autor proyecta en el discurso
opiniones que son suyas, no de la narración, y que favorecen a un
personaje o a una ideología. La editorialización es muy frecuente
en las novelas decimonónicas, pero en ese contexto su empleo se
considera un rasgo primitivo de narración. Modernamente, ha vuelto
a utilizarse mucho -Kundera en Europa y Monterroso en América
Latina son ejemplos ilustres-. Con todo, su finalidad es muy
distinta a la perseguida por los narradores del siglo XIX.
Con seguridad, Fanny Buitrago perseguía ese objetivo. No
obstante, el sarcasmo que pretende realizar corresponde mucho más a
lo que se ha descrito como editorialización, que a lo que se
entiende por ironía. (Las verdaderas ironías son invisibles.
Además, confinan al escritor en la soledad: si el lector las
descubre, entonces no eran tan finas y, si la pasa por alto,
entonces no cumplen su cometido). Veamos tres ejemplos, de los
muchos que pueden hallarse en el libro: "Así el joven
adquiriría el lustre europeo que los votantes del género femenino
encuentran absolutamente irresistible" (pág. 13);
"Se alejó entre la multitud hostilizada por el frío, esa
multitud dueña de una agresividad totalitaria, levadura diaria en
Bogotá" o "(...) el mundo es una película en
tecnicolor a través de los comerciales. Allí se dominan
innumerables sortilegios para obtener la auténtica felicidad,
espantar la tristeza, encender el amor y eternizar la juventud.
Definitivamente, la belleza es un artículo de fácil adquisición y
Sunsilk, el shampoo de las estrellas de Hollywood" (pág.
57).
Lo inconveniente de este proceder es que no logra matices. A tal
punto, que acaba precipitando al narrador en la misma polaridad
obtusa del fanatismo que desea combatir. Creer,
|como
narrador, que los medios de comunicación masiva son la
etiología de la estupidez humana, significa
sustentar opiniones inventadas hace 30 o más años -cuando el
nadaísmo existía y en los happenings se destruían televisores-,
pero que ya no son de ninguna manera reales. Un buen cuento como
"Tiquete a la pasión", escrito con más
reticencia, hubiera evadido esa polaridad y ganando en fuerza
narrativa. Sus defectos, en cambio, son salvados con mucha destreza
en el ya citado "De condición mortal". Sin duda,
se trata del mejor cuento del libro, y lo es porque no incurre en
costumbrismos innecesarios, porque el "milagro"
se asocia sutilmente con las "chivas" de los
telenoticieros y radiocadenas, y porque la crítica a los mass media
surge como una reflexión que se hace el lector, no como un agregado
editorial del autor. Si en los demás cuentos Fanny Buitrago hubiera
consignado la misma economía, tal vez no sería éste uno de los
muchos, infinitos libros que nuestra memoria debe olvidar.
MARIO JURSICH DURAN
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