Boletín Cultural y Bibliográfico No. 23
Una reflexión a la vez triste y afortunada se me ha impuesto
tras esta lectura. Sus libros son viajes a los infiernos. Vallejo,
un Millón moderno, no ha sido prohibido simplemente porque en
Colombia la literatura no es importante sino un arte menor que no
alcanza a ser oficialmente subversivo.
En
|Años de indulgencia el "canta, oh
musa" se convierte por arte de birlibirloque en una
invocación de bruja, no muy inesperada, y en un apretado catálogo
de demonología que recuerda los espaciosos cortejos del diablo de
Germán Espinosa, anunciando quizá desde el comienzo un burlesco
culto satánico, aberración que constituye hoy la última moda.
Apelando al procedimiento preconizado por Albert Roussel, que
consiste en contrastar palabras con sonidos similares pero con
significados distintos, con algo de titiritero y mucho de
culebrero, Vallejo no puede ser en modo alguno catalogado como un
escritor de la línea "paisa", de esa que hoy
encabeza un Manuel Mejía Vallejo y que sólo ha sido grande con un
Tomás Carrasquilla, y que no es sino un eslabón más de esa nuestra
literatura provinciana, así catalogada no porque trate temas de
provincia sino por su falta absoluta de universalidad, de visión
totalizadora de las cosas.
Aquí el pesimismo se ha hecho literatura, como en Céline:
"Pobre niña ciega, Colombia, paloma. Ya tus ríos se
secaron, tus montañas se desmoronaron, tus volcanes se apagaron y
no queda a quien matar", dice por ahí, para agregar hacia
el final: "Yo no soy el fracasado, la fracasada es
Colombia. Yo no soy el asesino, la asesina es Colombia".
¿Es Vallejo un escritor subversivo? Su propia respuesta es simple y
suficiente: "Subversiva es la realidad".
Pero en el fondo de todo este fárrago se descubre una impotencia
latente: la imposibilidad esencial de captar la realidad, porque
"todo es según la venda de los ojos que miran",
como a menudo repite, desesperanzadamente. La vida, para Vallejo,
es un viaje de ácido, y el hombre, fundamentalmente, un error
chambón de quien lo haya hecho.
En esta obra, el personaje puede ser la Nueva York de Jackson
Heights, esa Colombia exiliada y pervertida, la aniquilación del
individuo, la termitera, en donde el metro es apenas un camino más
a la alucinación, por donde transcurren escurridizas las manías y
fobias del escritor, fobias contra los negros, "esos
tizones susceptibles", contra los puertorriqueños, contra
las cosas sagradas, contra Octavio Paz, compendio del éxito, de ¡a
aceptación social, del non plus ultra y de todos los odios
reprimidos, hasta caer en los pozos sin fondo del denuesto
vargasvilesco contra todos los políticos y personajes
imaginables.
El Amazonas River Aquarium contempla a nuestro autor rumiando
resentimiento de cineasta incomprendido y exiliado a fuer de
censurado. El que hace cine en Colombia, en su opinión, es un
sujeto "peor que un marido borracho y mujeriego y
calavera", y el cine es un pretexto para hacer
tangencialmente crónicas de la mendicidad bogotana, de una Bogotá
de fines de los sesenta, con el papa Pablo VI a bordo.
Lo importante finalmente es que Vallejo es un espléndido
narrador. Su escritura es pirotecnia verbal y a la vez maroma de la
imaginación. Es un gran baúl donde hay de todo; todo lo pasa por
una criba, lo convierte, lo desmenuza, lo revierte, lo fulmina, lo
aniquila. A veces derrocha metáforas o símiles ingeniosos. En otras
ocasiones es sardónico: "Escapado de la trampa de los
fantasmas, respiro esta dulce mañana, por este parque, a pulmón
pleno, el
|smog. ¡Qué delicia! ¡Qué delirio! ¡Qué
embriaguez!".
Hay, a lo largo de estas páginas mucha vida, plenitud de vida.
Nos queda el sabor de que la vida en la calle algo enseña; así sea
al odio. La orgía viene a ser el símbolo de esa búsqueda infinita,
que ningún ser humano ha finalizado aún: "Y en pos de la
belleza, la escurridiza belleza, ahí vamos, mi hermano y yo, al
remolino, a buscarlos...", exiliados entre los exiliados,
proscritos de los proscritos, parias de los parias, limpiadores de
basura en edificios donde viven las lacras y basuras de la
sociedad, estiércol humano que aún aspira a capturar la inasible
belleza en donde sea, así sea en el infierno, no el del más allá,
sino el del más acá.
LUIS H. ARISTIZÁBAL
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