Boletín Cultural y Bibliográfico No. 23
Casi el libro quisiera hacernos ver a un poeta que lo fue por no
haber alcanzado la especulación filosófica. Hay un punto de partida
y llegada, enunciado en las dos primeras líneas del capítulo
inicial: "La poesía de Machado está dominada por un tema
único: la soledad". Bajémosle el volumen a la frase y
digamos que toda lírica auténtica tiene como único tema la soledad,
y que ella apela al centro irreductible que hay en cada uno. Pero
el tema de la soledad se ha unido al de la reflexión, pues el
pensamiento es pensamiento que se genera en soledad, incluido en
ella el sentido y el sentimiento del "otro" y del
mundo, que es -no las ideas- donde está la vida.
No se ha de tratar, pues, de aislar químicamente la
"tentación metafísica" del canto ni de encontrar
el manantial de éste en ella, no ha de tratarse aún de cotejarlos o
de depositar el mérito del uno en la certeza de la otra, ni de
decir: puesto que ha pensado, vamos a sus poemas para ver qué ha
pensado, ello dentro del equívoco del título del libro (mejor
habría sido: la reflexión en Antonio Machado). Y hay una convicción
en Machado que puede desconcertar (de hecho lo hace), según la cual
toda obra poética implica una metafísica por parte del poeta, que
sería anterior a los poemas. Lo que hay que ver aquí es la esencial
diferencia entre el hombre que sufre y el poeta que crea; el hombre
que sufre es el mismo que piensa y no el yo creador, ante cuya
aparición afloran facultades como la imaginación y la intuición;
pero no es la distancia entre uno y otro ser (que hace o lleva a
Machado a inventar a Mairena) sino la diferencia en cualidad en los
actos de uno y otro:
Hay dos modos de conciencia:
una es luz, y otra, paciencia.
Una estriba en alumbrar
un poquito el hondo mar;
otra, en hacer penitencia
con caña o red, y esperar
el pez, como pescador.
En esta iluminación entra en juego la intuición, e intuir es
ver; así, dirá Machado: "Para el poeta sólo hay ver y
cegar, un ver que se ve, pura evidencia, que es el ser mismo, y un
acto creador, necesariamente negativo, que es la misma
nada". En vano es que se nos diga, por ejemplo, que
Machado leía a Kant y a Bergson, pues al cabo el mismo Machado
sugirió que formaban parte de su fantasía, o que en su caso fueron
lecturas puestas al servicio del instante -como conciencia en que
se hace el poema, aun de la tensión lírica interior -que también es
mental- anterior al poema. Existe un pensamiento poético que cobra
vida en el instante de la composición y al cual sin duda hay que
enmarcar en el pensamiento general sobre la vida, pero que, aun en
el caso de la metafísica privada, no es reflexión: "El
pensamiento poético -dice Machado-, que quiere ser creador, no
realiza ecuaciones, sino diferencias esenciales, irreductibles;
sólo en contacto con lo otro, real o aparente, puede ser fecundo.
Al pensamiento lógico o matemático, que es pensamiento
homogeneizador [. . .] se opone el pensamiento poético,
esencialmente heterogeneizador". Hay que decir que si bien
acertó Machado en la invención de Mairena (las palabras transcritas
son de éste), no llegó a convertirlo en la figura auténticamente
moderna del heterónimo,- con voz distinta, como en el caso del
portugués Pessoa.
Estudios como el clásico de Ramón de Zubiría sitúan más
coherentemente el problema: "Poesía y filosofía se mueven,
pues, en direcciones contrarias y sus instrumentos operatorios
tienen que ser, por consiguiente, opuestos e irreconciliables. El
filósofo opera por medio del pensamiento lógico; el poeta por el
pensamiento poético". Y a lo que Mairena llega con la
ayuda de la reflexión no es a la certeza o la fe sino a la duda;
hay sí, allí, una tabla de consejos y sentencias para ejercer el
oficio de vivir y aceptar el ser, no para hacer claridad sobre él.
Los términos reflexión y poesía parecerían traducirse en una
fórmula personal según el planteamiento del libro aquí glosado:
Machado y Mairena o al contrario, cruzándose cada uno en la senda
del otro.
JAIME GARCÍA MAFFLA
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