Ficha bibliográfica
Titulo: Boletín Cultural y Bibliográfico No. 23
Autores: Banco de la República. Biblioteca Luis Ángel Arango. Bogotá Colombia.
Edición original: Bogotá:1986
Edición en la biblioteca virtual: Diciembre 2006
Notas: reseñas y artículos sobre arte, literatura e historia.
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| Boletín Cultural y Bibliográfico No. 23

En el segundo capítulo (Dos estrategias para la organización de la Instrucción Pública entre 1818 y 1821) se desarrolla el argumento en torno a la necesidad que tenía el naciente Estado republicano de combinar la guerra con la política, de lo cual la expresión más clara es la Instrucción Pública. En la década de 1820 se creía que la I. P. traería civilización, progreso y seria el instrumento más idóneo para formar ciudadanos. En ese campo se debía realizar una ruptura radical que superara el legado de la educación colonial. Se consideraba, en ese sentido, que la I. P. debería unificar y no dividir; de ahí que se conciban dos tendencias: o que debe defender la moral, o que debe observar la ley. En esa dicotomía se va fraguando la contradicción entre el poder moral de la iglesia y el poder político del Estado.


El tercer capítulo (El desplazamiento de la intelectualidad tradicional y la organización de la I. P.) parte del análisis del Congreso de Cúcuta de 1821, momento en el cual se empieza a hablar del filósofo inglés Jeremías Bentham, que está relacionado directamente con la I. P. El autor afirma rotundamente que los grandes vencedores de Cúcuta fueron J. Bentham y la I. P. (pág. 53). En este capítulo se analiza detalladamente el comienzo del conflicto Iglesia-Estado, partiendo de la premisa de que ese enfrentamiento es asumido por el Estado desde una estrategia múltiple: reducción del clero regular, conversión del clero secular en funcionarios del Estado, reducción de la Iglesia como capa de intelectuales autónomos, exclusión de la Iglesia del discurso político que intenta ser monopolizado por el Estado, se relega a la Iglesia al ámbito de lo privado quedando bajo la tutela del Estado, y se modifican las relaciones entre el Estado y la curia romana. El autor pone de relieve cómo en los intentos de "modernización" del Estado y de construcción de la Sociedad Civil la I. P. desempeña un papel de primer orden.

El análisis de las relaciones Iglesia-Estado constituye uno de los mejores logros del libro. Se hace un pormenorizado análisis del inicio de ese conflicto, superando ampliamente a los trabajos conocidos sobre el tema {como las investigaciones de Jorge Villegas o de Fernán González). Se profundiza en aspectos poco conocidos, como el de los conventos menores, la reacción de las regiones ante la supresión de esos conventos, y la reducción del poder de la Iglesia como casta de intelectuales autónomos.

En este mismo capítulo se destacan las contradicciones inherentes al modelo de I. P. impulsado por el naciente estado republicano: la empleomanía, la distancia que separa a la élite de la "plebe", el centralismo político de la capital. Elemento éste tan significativo que se puede concluir que el plan de estudios básico de la I. P. estaba diseñado para hombres "blancos" de la capital (pág. 86). En realidad, el discurso de la 1. P. es construido desde arriba, sin la participación de esos sectores, aduciendo que no se puede amparar el "jacobinismo". De todo este amplio análisis el autor saca una conclusión central: el sistema de I. P. no beneficia a la población pobre.

El capítulo tercero está muy bien construido. No tiene artificios teóricos externos ni abusa de las citas textuales. Es muy equilibrado, en realidad es lo mejor de todo el libro.

En el capítulo cuarto (La I. P. una estrategia múltiple. 1826-1834) se trabaja a partir de las nociones de 'poder político' y 'poder moral', como las dos estrategias básicas que se enfrentan desde la década de 1820. En una el control es del Estado, en la otra es de la Iglesia. El eje analítico del capítulo gira alrededor del código de I. P. de 1834 -código que se discutió durante ocho años y nunca se aprobó. En ese código se define a la educación como un servicio público y un deber social. La I. P. es diseñada por el Estado como fundamentadora del consenso y la unidad nacional. En el fondo, el poder político tiene tres estrategias básicas: homogeneizar, unificar, igualar. De las tres, la última, lo indica Echeverry con gran claridad, es la más ficticia, porque no puede haber igualdad real donde de entrada se sostienen como lógicas las desigualdades de oportunidad, talento, inclinación y destino.

El código genera resistencias, que aglutinan a clérigos, militares y poderes locales. Para desarrollar esta resistencia el autor trabaja con el principio de |incertidumbre (¿el mismo de la física de Heisenberg?) cuya conceptualización y desarrollo no aparecen nada claros y antes, por el contrario, confunden al lector (véase pág. 121). Seguidamente se recalca cómo la Iglesia, en verdad, pese a estar "aminorada" por el Estado, nunca perdió su hegemonía, pues logró unificar una serie de aparatos e intelectuales que le facilitan su enfrentamiento con el poder político. Éste, a su vez, emplea diferentes métodos para contraatacar a la Iglesia: recurre a la familia como el espacio donde se configura la moral de los futuros hombres de la patria. Usando una terminología militar que se podría moderar, el autor concluye: "La estrategia del poder político presenta en el período descrito un desdoblamiento en dos tácticas: una ofensiva y de ataque que buscaba copar en un solo movimiento totalizante las posiciones de articulación de la verdad, la moral y el derecho, y otra que se configura como una maniobra de repliegue y distensión, repliegue hacia la sociedad civil y distensión con los poderes locales y la Iglesia. Esta segunda táctica es sólo una maniobra de movimiento, puesto que en su ejecución la estrategia del poder político {para la I. P.) no hace entrega de ningún sujeto, institución o discurso que haya estado bajo su hegemonía" (pág. 147). El capítulo quinto (Focos de resistencia al plan Santander y al Código del 34) es bastante extenso (125 páginas). Se parte de la consideración de los focos de resistencia en las provincias, en las que se configura un bloque de fuerzas que desarticula la estrategia estatal de la I. P. Se muestran las contradicciones del plan Santander (págs. 180 y sigs.), que establece un control de lo real antes que exista lo real, porque se partía del supuesto de que "la ley lo puede todo". El plan fracasa por la escasez de fondos, el desconocimiento de la realidad nacional, la diversidad regional y la traslación mecánica de instituciones francesas al ámbito nacional. Estos elementos, aunque son mencionados por el autor, no son observados como obstáculos materiales al plan Santander. Sin considerarlos a fondo, entonces parece que el fracaso del plan se deba a la pura voluntad de Santander o a la fortaleza de la oposición. Esta es una gran debilidad analítica del autor, que no parece comprender que el estudio puramente discursivo es insuficiente para captar cualquier momento histórico.