Boletín Cultural y Bibliográfico No. 23
En el segundo capítulo (Dos estrategias para la organización de
la Instrucción Pública entre 1818 y 1821) se desarrolla el
argumento en torno a la necesidad que tenía el naciente Estado
republicano de combinar la guerra con la política, de lo cual la
expresión más clara es la Instrucción Pública. En la década de 1820
se creía que la I. P. traería civilización, progreso y seria el
instrumento más idóneo para formar ciudadanos. En ese campo se
debía realizar una ruptura radical que superara el legado de la
educación colonial. Se consideraba, en ese sentido, que la I. P.
debería unificar y no dividir; de ahí que se conciban dos
tendencias: o que debe defender la moral, o que debe observar la
ley. En esa dicotomía se va fraguando la contradicción entre el
poder moral de la iglesia y el poder político del Estado.
El tercer capítulo (El desplazamiento de la intelectualidad
tradicional y la organización de la I. P.) parte del análisis del
Congreso de Cúcuta de 1821, momento en el cual se empieza a hablar
del filósofo inglés Jeremías Bentham, que está relacionado
directamente con la I. P. El autor afirma rotundamente que los
grandes vencedores de Cúcuta fueron J. Bentham y la I. P. (pág.
53). En este capítulo se analiza detalladamente el comienzo del
conflicto Iglesia-Estado, partiendo de la premisa de que ese
enfrentamiento es asumido por el Estado desde una estrategia
múltiple: reducción del clero regular, conversión del clero secular
en funcionarios del Estado, reducción de la Iglesia como capa de
intelectuales autónomos, exclusión de la Iglesia del discurso
político que intenta ser monopolizado por el Estado, se relega a la
Iglesia al ámbito de lo privado quedando bajo la tutela del Estado,
y se modifican las relaciones entre el Estado y la curia romana. El
autor pone de relieve cómo en los intentos de
"modernización" del Estado y de construcción de
la Sociedad Civil la I. P. desempeña un papel de primer orden.
El análisis de las relaciones Iglesia-Estado constituye uno de
los mejores logros del libro. Se hace un pormenorizado análisis del
inicio de ese conflicto, superando ampliamente a los trabajos
conocidos sobre el tema {como las investigaciones de Jorge Villegas
o de Fernán González). Se profundiza en aspectos poco conocidos,
como el de los conventos menores, la reacción de las regiones ante
la supresión de esos conventos, y la reducción del poder de la
Iglesia como casta de intelectuales autónomos.
En este mismo capítulo se destacan las contradicciones
inherentes al modelo de I. P. impulsado por el naciente estado
republicano: la empleomanía, la distancia que separa a la élite de
la "plebe", el centralismo político de la
capital. Elemento éste tan significativo que se puede concluir que
el plan de estudios básico de la I. P. estaba diseñado para hombres
"blancos" de la capital (pág. 86). En realidad,
el discurso de la 1. P. es construido desde arriba, sin la
participación de esos sectores, aduciendo que no se puede amparar
el "jacobinismo". De todo este amplio análisis el
autor saca una conclusión central: el sistema de I. P. no beneficia
a la población pobre.
El capítulo tercero está muy bien construido. No tiene
artificios teóricos externos ni abusa de las citas textuales. Es
muy equilibrado, en realidad es lo mejor de todo el libro.
En el capítulo cuarto (La I. P. una estrategia múltiple.
1826-1834) se trabaja a partir de las nociones de 'poder político'
y 'poder moral', como las dos estrategias básicas que se enfrentan
desde la década de 1820. En una el control es del Estado, en la
otra es de la Iglesia. El eje analítico del capítulo gira alrededor
del código de I. P. de 1834 -código que se discutió durante ocho
años y nunca se aprobó. En ese código se define a la educación como
un servicio público y un deber social. La I. P. es diseñada por el
Estado como fundamentadora del consenso y la unidad nacional. En el
fondo, el poder político tiene tres estrategias básicas:
homogeneizar, unificar, igualar. De las tres, la última, lo indica
Echeverry con gran claridad, es la más ficticia, porque no puede
haber igualdad real donde de entrada se sostienen como lógicas las
desigualdades de oportunidad, talento, inclinación y destino.
El código genera resistencias, que aglutinan a clérigos,
militares y poderes locales. Para desarrollar esta resistencia el
autor trabaja con el principio de
|incertidumbre (¿el mismo
de la física de Heisenberg?) cuya conceptualización y desarrollo no
aparecen nada claros y antes, por el contrario, confunden al lector
(véase pág. 121). Seguidamente se recalca cómo la Iglesia, en
verdad, pese a estar "aminorada" por el Estado,
nunca perdió su hegemonía, pues logró unificar una serie de
aparatos e intelectuales que le facilitan su enfrentamiento con el
poder político. Éste, a su vez, emplea diferentes métodos para
contraatacar a la Iglesia: recurre a la familia como el espacio
donde se configura la moral de los futuros hombres de la patria.
Usando una terminología militar que se podría moderar, el autor
concluye: "La estrategia del poder político presenta en el
período descrito un desdoblamiento en dos tácticas: una ofensiva y
de ataque que buscaba copar en un solo movimiento totalizante las
posiciones de articulación de la verdad, la moral y el derecho, y
otra que se configura como una maniobra de repliegue y distensión,
repliegue hacia la sociedad civil y distensión con los poderes
locales y la Iglesia. Esta segunda táctica es sólo una maniobra de
movimiento, puesto que en su ejecución la estrategia del poder
político {para la I. P.) no hace entrega de ningún sujeto,
institución o discurso que haya estado bajo su hegemonía"
(pág. 147). El capítulo quinto (Focos de resistencia al plan
Santander y al Código del 34) es bastante extenso (125 páginas). Se
parte de la consideración de los focos de resistencia en las
provincias, en las que se configura un bloque de fuerzas que
desarticula la estrategia estatal de la I. P. Se muestran las
contradicciones del plan Santander (págs. 180 y sigs.), que
establece un control de lo real antes que exista lo real, porque se
partía del supuesto de que "la ley lo puede
todo". El plan fracasa por la escasez de fondos, el
desconocimiento de la realidad nacional, la diversidad regional y
la traslación mecánica de instituciones francesas al ámbito
nacional. Estos elementos, aunque son mencionados por el autor, no
son observados como obstáculos materiales al plan Santander. Sin
considerarlos a fondo, entonces parece que el fracaso del plan se
deba a la pura voluntad de Santander o a la fortaleza de la
oposición. Esta es una gran debilidad analítica del autor, que no
parece comprender que el estudio puramente discursivo es
insuficiente para captar cualquier momento histórico.
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