Boletín Cultural y Bibliográfico No. 23
La segunda etapa (1959-1970) comienza con un ambicioso plan de
colonización dirigido por la Caja Agraria en la margen derecha del
río Ariari. Programa que confrontó muchos problemas, pues partió de
un hecho irreal: se declaró la vega del río Ariari como baldía.
Así, cuando se empezaron a distribuir las parcelas, los
funcionarios de la Caja y los colonos "oficiales"
se encontraron con que gran parte de lo que se aspiraba a repartir
estaba ya ocupado por los primeros colonos. Ante esta situación, la
Caja tuvo que comenzar a repartir terrenos donde los hubiera; se
comenzó así a colonizar la sabana, lo cual trajo el más estruendoso
fracaso y llevó a que los nuevos colonos buscaran tierras para
establecerse en la reserva natural de la Sierra de la Macarena. El
programa benefició a los antiguos colonos, pues les permitió
acceder a los servicios de la Caja Agraria.
Así mismo, se estableció en Granada el batallón Vargas, el cual
iría a cumplir, además de un control militar, un ambicioso programa
cívico-militar. El triunfo de la Revolución Cubana influyó en la
creación de este contingente militar, pues con base en ello el
Estado y las FF. AA. tuvieron muchos argumentos para adelantar
proyectos en contra de la influencia comunista. Para ello se contó
con la colaboración económica y militar de los Estados Unidos, que,
a través de la AID y del programa de asistencia militar
estadounidense (Pam), colaboró estrechamente con el plan de acción
cívico-militar. Este programa, a diferencia del anterior, contó con
mejor suerte, pues el ejército, mediante distintos mecanismos,
logró ganarse la simpatía de los habitantes del Ariari.
Si bien el libro tiene grandes aciertos, sobre todo en la parte
factual, también presenta grandes desaciertos en la parte teórica y
conceptual. Por ejemplo, reiteradamente el autor usa el término
|autodefensa de masas campesinas, el cual no es
suficientemente explicado y, dados los actuales momentos que vive
el país, podría dar lugar a mal entendidos. Así mismo, el autor
hace un buen esfuerzo en historiar un proceso regional de
colonización en el cual la violencia ha desempeñado papel
protagónico. Sin embargo, Londoño Díaz desconoce los avances que al
respecto han logrado Luis Duque Gómez (1967), Catherine Legrand
(1988), Carlos Miguel Ortiz (1985), entre otros. Sin embargo, los
testimonios presentados por el autor son lo suficientemente
contundentes en mostrar la conjunción de ambos factores.
Sin embargo, lo más sorprendente es que Londoño Díaz ni siquiera
menciona las obras que sobre el mismo fenómeno por él estudiado se
han escrito para la región y que se han citado con anterioridad y
que le hubieran permitido adelantar algunas comparaciones valiosas.
Tales carencias en cuanto a lectura de la bibliografía secundaria
básica, de la cual sólo hemos mencionado algunos títulos, hacen de
la obra que comentamos, un libro interesante por las descripciones
y testimonios presentados pero poco analítico.
Sólo resta felicitar a quienes cumplieron la cuidadosa labor
editorial y de imprenta realizada en Villavicencio para sacar a la
luz pública este trabajo. Es un buen ejemplo de que en la
provincia, si se quiere y se tiene el deseo e interés, se pueden
hacer las cosas bien.
JOSÉ EDUARDO RUEDA ENCISO
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