Ficha bibliográfica
Titulo: BOLETÍN CULTURAL Y BIBLIOGRÁFICO 69
Autores: Banco de la República
Edición original:
Edición en la biblioteca virtual:
Notas:
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Edmundo Paz Soldán, en "La literatura latinoamericana en la era de la saturación mediática", analiza las condiciones en las que se da una literatura no alineada, ni estilística ni políticamente, explicando que "esta generación ha crecido desconfiando de propuestas ideológicas y promesas utópicas de liberación social, se mueve con soltura en un mundo de  |fast-food y |fast-culture, se halla a veces demasiado preocupada por las leyes del mercado que, hoy por hoy, parecen regir hasta el valor estético de una obra literaria. A sus autores más conocidos no les interesa cultivar el tradicional linaje del intelectual latinoamericano, comprometido con su sociedad y dispuesto a usar su rol público de conciencia moral. Fuertemente individualistas, a veces ni siquiera se sienten cómodos representando a su generación" (pág. 148).

"Blogsivela. Escribir a inicios del siglo XXI desde la blogósfera", de Cristina Rivera Garza -la única mujer presente-, es una invitación a la colonización del ciberespacio por medio de la escritura, en búsqueda de nuevas posibilidades estructurales, técnicas y expresivas que expandan los territorios de la literatura incluso en sus soportes tradicionales; dice ella: "Quiero novelas semiherméticas. Novelas que produzcan la distancia exacta entre el escritor del texto y el lector de la escritura de ese texto. En papel o en el espacio virtual de la blogósfera, aspiro a producir y leer novelas que puedan velar (en el sentido de ocultar y proteger, y también de trasnochar y custodiar) el mundo en el momento mismo en que producen los significados dentro de los cuales existe ese mundo" (pág. 179).

Iván Thays advierte, en "Andreas no duerme", acerca de la futilidad de aventurar dictámenes basándose para ellos únicamente en el pasado y apresurar conjeturas apoyándose tan sólo en el momento presente, especialmente acerca de un tema de dinámica tan compleja como la literatura hispanoamericana, ya que, según él, "tan idiota como pedirle a García Márquez que escriba como José Eustasio Rivera, así es pedirle a Santiago Gamboa que escriba como García Márquez. [...] La literatura latinoamericana última es algo que se está haciendo, y por lo tanto es susceptible a cambiar en cualquier momento. ¿Que ya no hay compromisos políticos? Bueno, eso fue hasta ayer. ¿Que el discurso fragmentado? Quizá hoy. ¿Que el individualismo? Habrá que ver. De nada le servirá a la crítica establecer reglas y ecuaciones para reducir un movimiento que está en expansión"
(pág. 187).

Jorge Volpi cierra el volumen con "El fin de la narrativa latinoamericana", que es básicamente una respuesta indignada a un artículo de Lucius J. Berry, en donde en tono sarcástico se hace un recuento de los argumentos allí expuestos y se desechan los mismos sin una refutación convincente; el texto termina asumiendo un talante irónicamente escatológico, proponiendo entender ese supuesto fin como un nuevo comienzo y recordando que "como demostraron los escritores del |boom, la narrativa latinoamericana sólo persistirá como una tradición viva y poderosa si cada escritor latinoamericano se empeña en destruirla y reconstruir la día con día" (pág. 223).

Éste es, en un breve pero justo sumario, el libro; un libro que, más que un trabajo testimonial, reflexivo o crítico, es un producto publicitario; además de su contenido -evidentemente autopromocional por parte de sus autores-, los paratextos -aún más transparentes en su intención-, así lo atestiguan, empezando por la portada, que, con un diseño puramente textual, además del título despliega una serie de nombres, encabezada por los de la colección y la editorial y seguida por la lista de los autores incluidos, como una clara táctica de  |branding; el breve comentario de la contracarátula, escrito por Adolfo García Ortiga, en el que pondera el encuentro como "un hito generacional que perdurará por los años", ha sido -predeciblemente- citado por reseñistas y comentaristas convirtiéndolo casi en un eslogan; el prólogo "Cita en Sevilla", de Guillermo Cabrera Infante, y el epílogo, "Para otra posible  |Salutación del optimista", de Pere Gimferrer, el primero perteneciente a la generación del  |boom, el segundo miembro de la Rae, validan y legitiman con su padrinazgo lo dicho por estos "jóvenes" escritores y puede que incluso (por qué no, todo vale) ayuden a elevar las cifras de venta.

Así pues, el encuentro y la consiguiente publicación resultan siendo sencillamente parte de una estrategia de mercadeo, una campaña corporativa lanzada por parte de una editorial que pretende recuperar su papel protagónico en el flujo trasatlántico de la literatura en castellano. Poco importa, al parecer, cualquier información adicional a las breves biobibliografías de catálogo que aparecen al final del libro; no se indica si el criterio alfabético que rigió la edición fue el mismo que determinó el orden de lectura de las ponencias o, en caso de no haber sido así, cual fue el orden de ellas; tampoco se incluye la discusión que, se supone, debió de seguir a cada ponencia; aunque de todas maneras esto hubiera estado de más, pues lo que tuvo lugar fue un diálogo de sordos, sin mayor profundidad. La abundancia de retórica no logra disimular la escasez de ideas; poco había qué decir y poco se dijo, pero se habló, y eso, parece, era lo que importaba. Manifiestos de ocasión, construidos en forma de diario, relato o crónica personal, pocos de estos textos son verdaderamente conferencias, ya que fueron escritos no para ser leídos en voz alta y luego discutidos ante la presencia viva de una audiencia (que es el sentido y propósito real que debería tener un encuentro físico de estas características), sino que, como resulta evidente, dado el estilo, estaban destinadas de antemano a la imprenta, y los autores eran demasiado conscientes de esto.

Escribiendo a la defensiva, todos se justifican (¿ante quién?) por no escribir como se supone (¿según quién?) que debe escribir un "escritor latinoamericano"; ésta etiqueta, que todos asumen aunque sea para renegar de ella, es un fantasma que los acecha precisamente allí donde pretenden huir de él; deseosos de evadir el localismo, defienden un cosmopolitismo aséptico; ansiosos por rechazar el 'compromiso' político, caen en la entelequia de la literatura por la literatura; como tardíos adolescentes incomprendidos, exigen que se les defina pero no admiten que se les compare; buscan desesperadamente señas de identidad pero no quieren parecerse a nadie; hacen frente común para deplorar de los rótulos generacionales. grupales, o regionales que se les endosan, y agitan sus contradicciones como una bandera, orgullosos de su propia inconsecuencia; buscan su lugar en el mundo, o al menos en los anaqueles, pero este lugar lo determinan por negación y lo delimitan por sustracción, pues a su pesar no pueden dejar de estar a la sombra del mercado, de la Academia, de los medios, de Europa y de sus mayores, en fin, no pueden dejar de explicarse y entenderse con referencia a todo lo que no son.

Las tesis fundamentales expuestas por el panel se pueden resumir sin pérdida en los siguientes tres fragmentos extraídos de las ponencias de los colombianos. El primero, una apreciación de Mendoza: "No considero que la literatura deba ceñirse a nada en especial. Su magnificencia radica en esa pluralidad, en esa multidimensionalidad, en esa capacidad subversiva, en esa violencia, en ese intermedio que existe entre la banalidad de un lenguaje vehicular y la excesiva seriedad de un lenguaje trascendental" (pág. 128). El segundo, una opinión de Gamboa: "Sí hay un compromiso, pero éste se expresa de un modo diferente, de un modo que tal vez podríamos llamar 'ciudadano', pues el escritor de hoy, como el de hace treinta años, sigue siendo una conciencia crítica de la sociedad en la que vive, sólo que, al hacerlo, no se adscribe a ningún movimiento en particular" (pág. 86). Y el último, un lamento de Franco: "Hay una sensación general de extravío, y tal vez es ésa la razón por la que no podemos hablar hoy de una unidad temática y estilística; la tendencia se parece más a una búsqueda de cada quien por su propia cuenta y por su propio lado. Esta actitud no pertenece estrictamente a la literatura latinoamericana, la atomización es universal, la desesperanza es una constante en el mundo de las letras" (pág. 43).

En conclusión, no hay conclusiones; todos se asemejan en sus diferencias, y entre bomberos no se pisan las mangueras; nadie queda mal con nadie y todos quedan bien ante el público y la prensa; cada uno se lamenta por su propia lista de ausentes, intentando al mismo tiempo halagar a los presentes, mientras hablan de los unos, de los otros y de sí mismos usando todos sus bombos y platillos, ejecutando una vez más, con virtuoso equilibrio, malabar y contorsión, el viejo acto circense del mutuo elogio, que, ya se sabe, es una competencia sin perdedores; no hay que olvidar que un encuentro de escritores -nuevos o viejos, latinoamericanos o no- es ante todo un evento social, al que se asiste para departir, beber, brindar, dar entrevistas y posar para las cámaras; las fotos y las declaraciones caben igual de bien en la sección cultural que en la de farándula, y de pronto, por qué no, en la crónica rosa; lo importante, lo saben los publicistas, es figurar, y que luego se hable de uno, aunque se hable mal, eso genera "recordación" y sube las cotizaciones; al final, cada cual sale contento y todo queda entre amigos. Bolaño tenía razón.

 

CARLOS SOLER