Con la noche todo el día
Titulo del libro reseñado: Ciudadano de la noche
Autor del libro reseñado:
|Juan Manuel Roca
Editorial del libro reseñado: Universidad Externado de
Colombia, Bogotá, 2004, 70 págs.
El camino para llegar al libro
|Ciudadano de la noche
está en el mismo título. El poeta, desde el más atrás de su tiempo
personal, quiso ser habitante de la noche. Ahí una de las claves.
En entrevista que concede a Guillermo Linero Montes, "Juan
Manuel Roca: desde la patria de la infancia", y que
publicara el Boletín Cultural y Bibliográfico, número 63 de 2003,
el poeta, nacido en Medellín en 1946, dice: "Un juego
recurrente que recuerde, era el esconderme en un armario para
atraer a la noche" (págs. 41-42). Este truco no desaparece
en la construcción de su poesía. Cada poema es un cerrar de ojos
para introspectar noches donde aparece el goce del mundo
transformado. De los 35 poemas que trae el libro, sólo once de
ellos no incluyen la noche. La insistencia con dicha palabra, según
cuenta el mismo Roca en la mencionada entrevista, se debe a que
deseaba modificar el entorno y por ello, a pleno día, convocaba la
noche con el objeto de transferir los hechos cotidianos. Con la
noche hecha palabra, hecha poema, lograba lo que le pertenecía, lo
que quería dejar activo. El resto era de botar, de dejar por fuera
del armario: "La insatisfacción con la realidad inmediata,
con el cerco de lo real", era lo que lo conducía a
entregarse a construir su obra. La noche se paraba frente a él como
la gran deseada. En ese territorio llevaba su duda sobre todo, y
poder de este modo establecer el espacio propicio para la poesía:
"La noche pertenece al tiempo de la duda: sus paisajes
dubitativos desde siempre me han atraído. Ese clima propicio para
la poesía cuando la noche realiza su desdibujo, o cuando riega su
tinta china, esos momentos en que el baúl deja de ser baúl, el vaso
deja de ser vaso, mesa la mesa, para integrarse a un todo, es uno
de mis paisajes preferidos", ha comentado como
entrevistado (págs. 52-53). Poco a poco o de golpe, aparecen las
imágenes donde el lector tiene ante sí lo incierto, aquello que
está cifrado por él para que no sea lo que siempre son las cosas,
sino lo que por designio de su voluntad se transforme en otro
objeto con posibilidad de ser.
Vida de poeta y poesía no deben verse como entidades duales.
Tanto la una como la otra están amarradas con lazos duros, muchas
veces con alambres de púas como para tener la certeza de que, a
pesar de su indivisible unidad, jamás se podrán separar. Juan
Manuel Roca, en este sentido, al igual que Rilke, ha entendido que
la única patria del hombre es la infancia.
|Ciudadano de la noche no contradice para nada ese trazo
sobre el cual aparece él en la acción del poema, él en el contexto
de la noche. Es una ligazón que se remonta a los primeros años, a
esos donde se observan las sensaciones, las vivencias, y después la
palabra hace el resto, el complemento de ese ciclo que no es sino
aquello que la palabra disponga. Por ello se ve que la noche viene
del cine. El poema corre narrado, se desliza en su prosa:
"Entrar en un cine era como entrar a la estación: lo
primero era prepararse para el viaje. Porque había en los cines de
la infancia algo de trenes, de túneles que pasaban trepidantes como
postes de telégrafo, como casas de madera y trigales mecidos por la
música del mar" (pág. 21).
Lo que venía cifrado tiene ahora la posibilidad de ser
descifrado. Aquello que como poema reposaba en su propio expediente
de imágenes, tiene un sentido con la conversación. Falta ver cuánto
beneficio tiene para el mago contarle al público cómo es la caja de
espejos de la mujer que serrucha. Desde luego, el lector tendrá
ahora que entender que no se trata de una relación mecánica entre
lo que sucedió en vida y lo que el poema entrega en imágenes.
De todos modos, la poesía de Roca no se puede alterar desde el
ángulo que él entrega la descripción de los sucesos que la
originaron. Su poesía está hecha de lo que él vio patético y
modificó para acabar con la rudeza. A partir de este corte, lo
concebible forma parte de una nueva aceptación, de un nuevo
entender que tiene la materia moldeable de la metáfora. Desde ella
y a partir de ella trae los fantasmas con los cuales ha de soportar
la vida.
Sus poemas son evocación, remembranza que no necesita el
estribillo pueril de la nostalgia, sino la estructura que da el
reemplazo inteligente de ver una cosa por otra. Medellín de su
infancia se sale de la tradicional aplicación topográfica de calles
y carreras, para convertirse en una osamenta de animal acuático. El
poema dice cómo era la urbe del valle de Aburrá en su plano
nocturno: "Los viejos hombres recuerdan la aldea / Cuyo
mapa tenía la forma ósea de un pescado: / Una larga calle como
espina dorsal / Y pequeñas callejuelas saliendo hacia los
montes" (pág. 32). En el cuestionario biográfico la
respuesta de Roca coincide. Vivía por entonces con su familia en el
barrio La Floresta. La ciudad de los años cincuenta apenas se
sacudía con el ánimo de crecer en estructura: "Tenía
entonces una forma de esqueleto de pescado". Y la noche
ahí, en medio de todo, con el encargo de fabricar recuerdos, cosas
diferentes.
El día, como contrario, era un ser aborrecido. El día mostraba
toda la dimensión de lo execrable. En el día estaban la escuela,
los maestros, esos seres que lo disciplinaban y le hacían la vida
insoportable. Todo lo que era tocado por la noche merecía entrar en
los recuerdos del niño. Todo lo que el día flagelaba requería el
olvido: "La noche cae. / Y cae con ella una estrella en la
memoria. / El día está hecho para la desmemoria, / Pero la noche,
la susurrante noche, / Abre sus párpados al recuerdo"
(pág. 53).
Dios, para decir hágase la luz, tiene que partir de la noche. La
noche, en este sentido, está hecha para que surja la creatividad.
El día, una vez creado, muestra que los bares son feos. Las mesas
están quemadas por colillas. El día y su luz deben acabarse porque
en ellos se da la obligación. El escape, la libertad entra a las
horas de la noche. Gracias a la noche, su vida se permite sin
obligaciones. La luz que crea el día borra lo lúdico, la
oportunidad de traer las fábulas: "No conozco dos seres /
Que odien tanto la memoria: / El día y las polillas".
En esa transposición de valores que la sociedad otorga, el poeta
invierte los efectos para beneficio de su trabajo. En esta
satisfactoria anarquía poética, Roca no quiere pisotear la realidad
para hacerla desaparecer del todo. Sólo intenta sitiarla, hacerla
su esclava dentro de una masa gaseosa incorpórea. El tiempo
desaparece, la geografía desaparece. Sólo queda la reproducción de
los objetos en la plena libertad. Es ahí donde se ejerce con
habilidad la poesía. Roca sabe que el desastre para la imaginación
comienza en el momento en que el niño se condiciona al mandato del
adulto que todo lo lleve al orden. Sabe que el impulso del artista
que nace es malogrado en la infancia porque se le conduce a
reproducir la realidad como es: "que las mesas sólo tienen
cuatro patas, los caballos el mismo número, que el sol siempre está
arriba". La imaginación de Roca opuso resistencia y se
negó a ceder. Sus visiones se hacen surrealistas. Aparecen las
expresiones que pretenden explicar desde el mundo psíquico la mesa,
los caballos, el sol con imágenes simbólicas. Todo el modificar
llegaba del ejemplo que ya había dejado el cubismo francés y la
rebeldía del mundo interior. El poema
|Canción del que fabrica
los espejos así lo expone:
|Fabrico espejos:
Al horror agrego más horror,
Más belleza a la belleza
Llevo por la calle la luna de azogue:
El cielo se refleja en el espejo
Y los tejados bailan
Como un cuadro de Chagall
Cuando el espejo entra en otra casa
Borrará los rostros conocidos,
Pues los espejos no narran su pasado,
No delatan antiguos moradores,
Algunos construyen cárceles,
Barrotes para jaulas.
Yo fabrico espejos:
Al horror agrego más horror,
Más belleza a la belleza.
[pág. 45]
La poesía parece estar hecha para que nada se olvide. Todo lo
magno reposa para que la poesía resuelva lo intrascendente. Roca
reafirma su cometido. Su antojo hace perenne lo que deba pasar para
que no se aplane en el olvido.
El designio propone que lo que ha recibido con pasión debe
constituirse en letra de poema. El tren pasa sobre sus rieles pero,
para que quede en el carril de los renglones, la palabra debe
escribirlo de otra forma. Y así sucede. Roca recuerda que, además
del fútbol, su sueño de infancia era ser maquinista del tren, el
fogonero de esa máquina impulsada por carbón que iba de la vieja
estación en el barrio Guayaquil hasta la estación del Limón o de
Cisneros. ¿Son dos trenes o uno solo que se ha refundido? La noche
arroja a todo instante lo que necesita ser reclamado, traído para
su renacer: "La noche viaja hasta la blanca estación de
los rocíos / O pasa su tiempo colocando en los faroles / Una danza
de sombras y membranas" (pág. 36). Lo reiterado en Roca
surge de una experiencia que no ha podido satisfacer.
De la noche, como premisa o seña fundamental que da arranque a
la creación, el poeta establece otras guías que se relacionan con
la continuación de sus mundos. Héctor Rojas Herazo había dicho que
"Juan Manuel Roca viene de las cabeceras del
hombre". Con esto quería significar que su voz había
surgido de los instintos. Uno de esos referentes primarios está en
el miedo. El miedo, manejado desde el juego, como lo supo hacer él
en aventuras de adolescencia al ir a robar pomas en una manga
vecina, no sustrae, sino que al contrario produce una inquietud
alentadora. Su narración aclara el uso de imágenes donde el sigilo
acompaña las sombras que hurtan: "Hay ladrones que han
adiestrado su sombra, su dócil sombra que evita entrar por las
ventanas y que espera en la esquina de la noche la llegada agitada
de su dueño" (pág. 23). Es la adrenalina de antaño, salida
en todo su furor, la que sigue y acompaña al adulto que no ha
abandonado los juegos de la juventud, la aventura donde los perros
persiguen a quienes se atreven a traspasar los límites para hacerse
a la fruta prohibida.
En el circuito poético que Juan Manuel Roca instaura como
propio, el humor desequilibra la trascendencia para dar paso a una
búsqueda de un país diferente, sin guerras: "Nunca he ido
al país de los hangares, / Nunca he sido abanderado, húsar, mujik
de alguna estepa. / Nunca viajé en globo por erizados países /
Poblados de tropa y de cerveza. No he escrito como Ungaretti carta
de amor en las trincheras" (pág. 16).
La poesía es el lugar de la visión. No importa que digan que la
noche también es ciega, porque para lo que hay que ver no se puede
hacer desde la historia sino desde el poema.
ÁLVARO MIRANDA
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