Ficha bibliográfica
Titulo: BOLETÍN CULTURAL Y BIBLIOGRÁFICO 69
Autores: Banco de la República
Edición original:
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Notas:
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Una obra en estudio de luz

 

Titulo del libro reseñado: Socavón

Autor del libro reseñado: |Helcías Martán Góngora
Editorial del libro reseñado: Programa Editorial Universidad del Valle, Cali, 2004, 98 págs.

Silvio Villegas fue uno de los primeros críticos que pusieron atención a  |Socavón, esa obra corta que su autor, Helcías Martán Góngora, nacido en Guapi (Cauca), había enviado al concurso de novela de la compañía petrolera Esso. Lo primero que intuye Villegas de ese texto, que en dicho concurso alcanza una mención de honor, es no de tener frente a él una novela, sino de algo complicado de catalogar. "Se trata -dice el crítico- del relato de mineros e inmigrantes que difícilmente se puede clasificar en el género novelesco. Propiamente es un poema lírico". Los editores actuales de la obra coinciden con lo que casi cuarenta años atrás había comentado Silvio Villegas, cuando dicen: " |Socavón, novela, romance, poema, se lee con deleite, con notas de subyugadora belleza y es un precioso lienzo del paisaje, de la vida y de las costumbres del litoral caucano". Tal vez el que tenga la clave de qué clase de libro se trata sea el mismo autor: "Ni historia, folclor, ni memorial de agravios. He utilizado el procedimiento de los planos superpuestos, de los raudos brochazos, de las síntesis argumentales, la técnica del contrapunto musical".

En la superposición de planos, el narrador omnisapiente participa de la misma narración para explicar que un sacerdote, o "pastor de almas" como le llama, le ha entregado en el litoral los papeles que preceden a su nota para que los pusiera en orden, corrigiera y concluyera el relato que el lector ha tenido frente a sus ojos y que se ha realizado "con base a las sintéticas observaciones contenidas en una libreta de bolsillo". Hasta aquí el manejo de la construcción de una estructura narrativa que para el año 1964 no era común en la literatura que se hacía en Colombia. En este sentido, se puede hablar de una originalidad en nuestro medio en la creación de Helcías Martán Góngora. Se agrega otro sentido en la disposición de los cortos capítulos. Se trata de tres divisiones: "Los inmigrantes", "El aeropuerto" y "Los socavones". Estas tres partituras se subdividen en numerales, como para que el lector aprecie los diversos sentidos que el autor quiere proponer con la escritura en analogía impresionista. El ánimo creador de Martán Góngora establece, de esta forma, en raudos brochazos narrativos, las síntesis argumentales, la técnica del contrapunto musical, como si así, en la descripción fugaz del modelo al estilo Monet, el paisaje o figura no fuera más que un estudio de luz.

Las vidas de los personajes en  |Socavón transcurren como sombras, "cinco sombras, tal como si las enumerara con los dedos de una mano remota". Vienen de lejos, pertenecen a un grupo de emigrantes que la guerra europea ha arrojado a la costa del Pacífico colombiano como si se tratara de una marginalidad. La difícil geografía de esa región marina colombiana hace el resto. Los manglares, las marismas y la manigua producen el embrujo en estos seres que llegan de Europa para ser devorados por la fiebre amarilla de las minas, para perderse en los esteros, en "la tiniebla palúdica del trópico". Martán Góngora se cuida en su prosa de desabrocharse con regionalismos folclóricos. Sólo deja caer, sobre los peregrinos que actúan como personajes de su obra, el peso de una vida que para nadie es fácil y menos cuando se ha nacido lejos del "idioma caudaloso de los ríos".

El relato gira en torno al holandés Hans, una especie de Maqroll el Gaviero de la aventura, que en lo físico es un esperpento fantasmal, huesudo, de cabellos nórdicos, que pudo haber nacido en las dunas de Helder o en los astilleros de Flessinga. Sus antecedentes lo colocan en cualquier oficio: "Estudiante escapado de las aulas de  |Tilburg o |Delft; mano de obra de los  |polders; asalariado en las granjas meridionales, donde se cría el trigo y la cebada fructifica; pescador o aprendiz de jardinero cotizado en un modesto fajo de florines, igual da. Aunque alguien lo imagine con sus manos cerúleas, a través de las cuales es posible seguir el largo curso de sus venas, regando una parcela de tulipanes o patatas, o ahumando su cosecha de arenques con innata pericia" (pág. 44).

Sabe el navegante que navega de bolina cuando su nave hace el menor ángulo posible con el viento. Así, con ese sesgo de proa surcaba El Maravelí, ese bergantín fantasma que acostumbraba a llevar cargamento de madera y que de vez en cuando muchos veían por los mares de luto y tempestad en el Pacífico, entre las costas de Sanquianga y Satinga en el Cauca. Era como si lord Dunsany, con sus narraciones de aventuras por aguas misteriosas y oscuras, estuviera en la mano de Martán por este lado del mar: "En la oscuridad despavorida, como un llanto en el alba, o el eco desgarrado de un recuerdo de amor. Los marineros repetían la lección de claridad del último crepúsculo, y el piloto seguía la rutina de un rumbo desconocido" (pág. 46). El capitán se había enamorado de su única pasajera, Carmen, una mujer alta, delgada y embelesada, cuya piel bronceada lucía como almíbar de los molinos de caña. El capitán la solicita en amores. Ella elude el cerco. Hasta aquí se puede ver una historia de amor no correspondido. Pero cuando el capitán se siente despreciado en su empeño, toma una decisión: incendiar su barco para que el fuego consuma lo que el amor no logra. Helcías Martán Góngora narra en un tejido de palabras que extienden su tono por la poesía en la recurrencia de la imagen: "Alta mar. Media noche en el corazón y en el tiempo. Media noche en la razón, en el deseo y en la ira, la mujer se empinaba sobre el desdén. Ya era una estatua en la cima de la montaña". De inmediato el cruce con una descripción que se hace precisa en el actuar del capitán: "Dirigiose al puente de proa, sacó una lata de | querosín y con ella regresó a la popa solitaria. Poseído de súbita locura, con pulso firme, regó el petróleo y acercó la llama. ¡Fuego!... Ardía el barco. Los marineros dormían en sus camarotes. Carmen también dormía" (pág. 47).

El Maravelí no desaparece; se torna leyenda entre los habitantes por donde alguna vez navegó con sus velas henchidas a la bolina por los vientos suaves que lo empujaban ahora a una memoria de cultura colectiva. Alfonso Martán Bonilla, quien hace un análisis introductorio  a |Socavón, establece que se trata de una recreación de lo real maravilloso. Durante la época de la cuaresma los pueblos costeros están atentos a la entrada de El Maravelí a las bocanas de los ríos del Pacífico. Es entonces cuando el capitán comienza a llamar a lista a quienes quieren obtener dones del enamoramiento, fortuna o fuerzas. Si el nombre mencionado está muerto, los tripulantes contestan, ¡presente!; si está vivo, el mismo coro de la marinería responde, ¡ausente! El buen tino de Martán Góngora estuvo en llevar su narración por fuera de los parámetros del folclor y del costumbrismo para darle una categoría universal donde los elementos narrativos se estabilizan a una altura en que la magia popular se torna magia literaria. Arrullos, balsadas, cantos de bogas, alabaos, currulaos, curanderías y leyendas son empleadas en la narración como para indicar que hay un territorio donde la voz, el dialecto del litoral existen entrelazados a una naturaleza soberbia. Los efectos de la ruina que las compañías extranjeras sufren por causa de allá, de Europa, en el territorio de acá, se debe a la guerra. No van ni vienen remesas de esas empresas. La compañía The Timbiquí Gold Mines ha tenido que liquidar sus operaciones por tiempo indefinido. Sus geólogos y funcionarios administrativos han tenido que regresar a París llamados con urgencia a prestar el servicio militar. Con la ida de los extranjeros la selva no se derrumba; lo único que entra en deterioro reverencial son esos lugares donde su influencia se hacía sentir: "Entre las calles de Santa María de Sesé flotaba aún el aire de un bulevar desmantelado. Clima de colonia europea, atmósfera cosmopolita. El diálogo criollo se hibridaba de locuciones francesas, supérstites del cercano esplendor, y hasta el buen amor se matizaba de íntimos galicismos" (pág. 56).

La colonización comercial es dramática. Los que han llegado al Cauca no venían para hacer historia, sólo para lograr un pucho de metal precioso, de mercancías que vender, de madera que expoliarle a la selva y de esta forma paliar esa pobreza que ahora los lanzaba a la aventura. Eran hombres de trabajo no tanto por su empeño, sino porque siempre vislumbraban frente a sus ojos un becerro de oro. Hans, el holandés, como personaje de Martán Góngora, es la síntesis de la herrumbre. A él, como a muchos de los que por distintos caminos habían llegado al litoral pacífico, el destino le enseñaba que había que habituarse a las palabras de quienes lo rodeaban, a la extraña comida constituida muchas veces de plátano, de  |yuyo y agua de panela. No había para ellos presente ni futuro resuelto: "Hans aprendió, sin mucho esfuerzo, la cruel dialéctica del hambre, cuando todas las puertas de los graneros, una tras otra, se cerraban. Muy pronto se recibió de doctor en promesas y fallidas esperanzas. Los días fueron meses y los meses refrendaban con años los éxitos fugaces y los fracasos prolongados" (pág. 57).

  |Socavón es un relato simbólico de un territorio que impone la fuerza de su naturaleza por encima de toda consideración humana. Ésa es la estatura de una región que no se ha dejado domesticar a pesar de los embrujos que lanza para que la conquisten. En ese embrujo ha estado toda la conquista del territorio nacional. La particularidad regional que trata Martán Góngora se puede explayar para entender lo que ha sido la colonización de una geografía difícil como la colombiana. La universalización debe precisarse en la captación del ritmo de la aldea que se interpola en un escenario donde el autor descubre literariamente un nuevo paisaje.

El monólogo mental de Rosa Seibel en el capítulo denominado "El aeropuerto" es un renacimiento de alguien que con avidez muerde la fruta de la ira. La cólera de una mujer que se autodefine como "nacida en aldea lejana, anclada en el mar verde de la selva, en el límite de los manglares", no es otra cosa que la protesta a la imposición del hombre, del padrastro violador: "Aún me quema el rostro de su vaho alcohólico y me persigue su ráfaga de infierno. Su cara, sin afeitar, dejó en mi ser la huella de un arado" (pág. 68).

La vida en  |Socavón adquiere, al lado de lo extranjero, color mestizo, un mismo cuenco para que todo se revuelva en su distancia y significado. Rosa Seibel es la estética de lo rudimentario de aquella mujer que al tener que huir a Colón y Panamá ejerce, como ella misma lo dice, todos los oficios honestos que una muchacha fea y pobre puede desempeñar. Es ella el destino limitado y a la vez la tragedia sin salvación de quien todo lo recibe en su silencio porque su vinculación con el destino solo tiene salida cada vez que se sumerge en el río, en "el agua purificadora de rencores pretéritos", donde puede ella, que ha sido cocinera, nodriza, vendedora de lotería, dependiente de almacén y modista, restañar las profundas heridas que le ha brindado la vida.

Al lado de Isabel, en este cuenco literario de un destino fatal y sin salida, por su lado, que es por igual el lado de todos los que han venido a integrarse y a vivir este territorio, están las voces, las historias que entran a su bar La "Panameña". Nadie sabe quién dirá las palabras. Las palabras están ahí, en el papel, como para que se sepa que es de todos. "Así habló alguien, en la tienda de Rosa Isabel". De inmediato comienza la descripción de lo que todos se suponen han de saber por ser parte de los vasos comunicantes de un discurso que les es común. Sin embargo, la descripción del buzo cuando es sacado de su escafandra es como para que todos sepan y nunca olviden lo que significó el fin de la vida bajo el mar: "Despojado de la férrea vestidura, una flor de sangre brotó desde su boca. Y todo él se doblegó, vencido por el peso infinito de la muerte".

La propuesta de Martán Góngora lleva a que en el Pacífico hay otro tipo de muerte que pasa más allá de las circunstancias accidentales que sufrió el buzo. Se trata de la integración a la selva, donde la individualidad se disuelve como para que todos en el poder verde del mar queden absorbidos como la chispa en el fuego del nirvana. Las aguas llaman, el tibio rumor de las olas reiteran en su cadencia. El mar con sus aromas contribuiría a la enajenación de los sentidos, a esa embriaguez sin vino que frente al mar envolvía al holandés. Vivir en el Pacífico es un estado de arrebato místico: "Como el pez cautivo de una naturaleza muerta, al que por un milagro, de improviso, devolvieron a su líquido imperio. Él no tenía ya memoria de tan sutiles reflexiones, porque advertía en su sangre un rumor desesperado de adioses".

 

ÁLVARO MIRANDA