Ficha bibliográfica
Titulo: BOLETÍN CULTURAL Y BIBLIOGRÁFICO 69
Autores: Banco de la República
Edición original:
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Notas:
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|...no creo en una escritura determinada por el oficio. Fíjate que sí se necesita de oficio para escribir la poesía, pero que el oficio está hecho en instantes y en instancias que no tienen un carácter cronológico inmediato [...] me ocurre normalmente que en los períodos de crisis de este país, o sea en casi todos, siento la necesidad del habla, y no necesariamente para expresar una cosa del entorno social y político, sino por una necesidad de expresión y de reafirmación de cosas en medio del caos, de mostrar cómo en medio del caos hay pequeñas isletas que son las isletas del pensamiento, de la reflexión, de la poesía, de la lírica, que nos mueven a forcejear con esa realidad. [pág. 91]

Roca tiene a la mano una cita precisa sin que por ello sintamos que hay una carta en la manga. La forma de lidiar con el tema de la poesía política se me hace de lo mejor que he leído en mucho tiempo. Dice así, nada más: "me parece que es una poesía muy difícil de realizar y por eso pienso que es excelente hacerlo [...] creo que hacer poesía política o hacer poesía que parta de lo político es algo difícil, por eso vale la pena hacerlo" (pág. 94). En no pocas ocasiones él ha recogido esos guantes y los resultados no suelen ser "poemas políticos" sino simple y llanamente poesía. Y explica: "Intentar cambiar la realidad con poesía es como intentar descarrilar un tren atravesándole una rosa en la carrilera" (pág. 96). Cuando los afectos se mezclan con los efectos, se hace ardua la ecuanimidad. Roca dice que tiene un amigo (no sabemos si él lo afeita todos los días) que opina que "el díaque se sacuda el árbol de León de Greiff, van a caer muchos cascabeles" (pág. 104). Puede ser, quién sabe. Pero si del otro lado hay una defensa cerrada de Luis Vidales (el tío materno), tendríamos que ser equitativos y contar los cascabeles y también los timbrazos al por mayor.

La entrevista con Darío Jaramillo es, junto con la de J. M. Roca, una buenísima oportunidad de acceder a reflexión basada en la solidez de la experiencia, la cultura. El humor es un ingrediente maravilloso en las palabras siempre llenas de sentido del autor de |Cantar por cantar. Yo hubiera preferido, quizá, que Piedad Bonnett se detuviera más en la poesía que en la novelística de Jaramillo Agudelo, pero parece que así se dieron las cosas y el poeta no se siente intimidado, ni mucho menos, por la entrevistadora: la contradice, le tuerce la aparente lógica que ella le plantea, y todo con despliegue de ironía y, sobre todo, de calidez. Esto se nota a la legua. Incluso cuando habla del "superego fuerte" (pág. 130), resulta luego que en el fondo ese mismo Censor (o Pepe Grillo) cambia de lugar sin que Giordano Bruno ni Pascal se den cuenta. Y eso está bien, así es la realidad multifacética: "Antes pensaba que el ritualismo era como el adjetivo barroco que sobraba; hoy ya no estoy tan seguro de eso; ahora creo que el rito es necesario, que es una forma de limar la aspereza animal, las miserias humanas..." (pág. 135). En los grandes conversadores -como D. J. A. y J. M. Roca- uno siempre va a terminar admirando el placer de recibir de ellos una frase memorable que no estaba escrita en un papelito doblado en el bolsillo de la camisa. Hay una disposición a la gratuidad con brillo. Es una gracia que, como en cualquier obra de ficción, nos empuja a releer las entrevistas. Evidentemente, cada quien es hijo de sus lecturas. Jaramillo Agudelo responde como los maestros ante la pregunta de qué novela le habría gustado escribir:

|Ah, yo soy muy modesto, a mí me hubiera gustado escribir Don Quijote, pero sin los sufrimientos de Cervantes, por favor. Me hubiera gustado escribir Las mil y una noches pero sin el anonimato del autor; me hubiera gustado escribir los cuentos de Gulliver pero sin el resentimiento de Swift, y las tres me hubiera gustado escribirlas ojalá con la luz eléctrica ya inventada... [pág. 150]

Esta respuesta habría sido celebrada por Tito Monterroso, uno de los venerados del paisa de Santa Rosa de Osos. Parece extraída de una página de |La letra e, ni más ni menos.

Ahora oigamos lo que nos tiene que decir José Manuel Arango:

|En cierto momento se puede sentir que hay allí un poema (aunque uno no debería llamar poema a lo que escribe, texto sería menos pretencioso), o le parece que hay allí algo completo, redondo, como ún pequeño organismo. Entonces lo escribe. Y lo guarda un tiempo para que lo corrijan los duendes. Cuando después de un tiempo vuelve a leerlo, la mayoría de las veces encuentra que allí no había nada. [pág. 180]

Esta modestia militante sólo podía provenir de quien sintió que la poesía es "otra cosa" (pág. 181) y que la lucha contra lo transitorio no tiene fin. Arango falleció el 2002, pero sus poemas no harán más que dar testimonio de la fortaleza del lenguaje. Ésa es la conquista: heridas del sonido, cicatrices de imágenes que hoy, separadas de la persona, reviven ante nuestros ojos con una respiración única.

Llegamos a la conversación con Rogelio Echavarría, precedida por los augurios siguientes: "Cuando revisó el original hizo cuidadosas correcciones y rectificaciones, y tuvimos cariñosas discusiones cuando se obstinó en que omitiera ciertas respuestas suyas que consideraba irrelevantes" (pág. 182). A la obstinación del personaje se le suma otro rasgo: "...un tanto vanidoso pero siempre simpático" (pág. 183). El texto recorre la vida del famoso periodista y se lee con una sensación de orfandad (separación de los padres, paulatina separación de la Iglesia) que lleva el ritmo de los relatos de aprendizaje. En este caso Echavarría nos cuenta su propio |bildungsroman en la prensa escrita de Bogotá. Y Bonnett intenta, en la medida de sus posibilidades, que nuestro escritor se detenga a reflexionar sobre su obra poética (principalmente |El transeúnte, 1964) y Echavarría se escabulle a través de numerosos escudos | 5 . Uno de ellos se mide en el mundo del periodismo por la vivacidad, la rapidez en la respuesta, esa chispa (Lima dixit) que hace del ingenio verbal un arma de ataque o defensa; los periodistas de todos los rincones terminan compartiendo estos modales del habla y la escritura. Es el contexto de las oficinas de redacción y la noche, las fechas de entrega, la hora del cierre y la imaginación veloz, el titular que surge de pronto e impone la risotada en toda la sección, las leyendas para las fotos que acompañan la nota de Internacionales y con esto nos vamos ya, que ya nos fuimos antes de que la realidad latinoamericana cambie de golpe (o por obra de un Golpe) y tengamos que modificar todo lo escrito, a ver, a ver: quién dijo salud, quién paga la primera ronda de cerveza. La picardía verbal de Echavarría no está exenta de ese bagaje que hallé en un gran poeta peruano de los años cincuenta: Juan Gonzalo Rose, autor de valses criollos, un tanto célebre por muchas cosas que había dicho y por las que ni había soñado y le eran adjudicadas. Lo vi un par de veces cuando él era un hombre que ya se despedía de todo en el declive de esa fama, pasajera como el mundillo literario de la Ciudad de los Virreyes. Felizmente, y por esos milagros de la poesía, su obra lírica, aunque sin duda tiene esos toques, se salvó del propio personaje, lo trascendió. Esta es la magia del arte. |Hallazgos y extravíos (1968) se llama una recopilación publicada por el E C. E. de México. Es una poesía urbana en la que habita una nostalgia no por el paraíso perdido, sino por aquello que la lírica empezó a perder en el espacio infernal de las ciudades. El mundo personal de Rose se acerca al de don Rogelio: la religiosidad familiar, el debate entre la pasión y esa caída de los cristos del alma, siempre retóricos.

En Echavarría hallamos esa veta de la cultura popular, digámoslo así, por el melodrama del protagonista. A la vez, un negarse (por atavismos lingüísticos, por temor a quedar a la intemperie simbólica, no sé) a una invitación más atractiva. Por ejemplo, Bonnett le pregunta por los peligros más grandes que amenazan a un poeta, y he aquí la respuesta: "Si es al transeúnte, las motocicletas" (pág. 212). Bonnett insiste y le pide su opinión acerca de lo que está pasando en la poesía actual en Colombia, y he aquí la respuesta: "Que está pasando... esperemos que llegue" (pág. 213). En un monje zen, esto constituiría un |koan; en un periodista latinoamericano, viejo y zorro, esto no pasa de ser un charango. Es la bendita facundia:

|Mi libro de adolescencia se llamó Edad sin tiempo. Ahora tengo edad con tiempo, y sin embargo estoy siempre "en busca del tiempo perdido ". El tiempo que se me ha ido es el que ayuda a salvar el tiempo que me falta. [pág. 209]

Lo bueno es que la inteligencia de don Rogelio le hace ser consciente de estos usos y abusos que provienen del periodismo en su versión cultural latinoamericana:

|También he corrido lo que ahora es otro riesgo: usar palabras que no es que hayan pasado de moda sino que han sido ignoradas u olvidadas, ya que nuestro lenguaje cada día es más pobre y sobre todo en el periodismo, que le da gusto al mal gusto. El lenguaje común se ha degradado, y el literario se ha pauperizado. De lo cual también soy culpable. [pág. 209]

Quizá en el caso de Rogelio Echavarría tengamos otra muestra del peso que uno carga cuando las dotes verbales -las poéticas, a secas fueron encauzadas hacia la escritura de la fugacidad: la crónica, la nota editorial, las efemérides de fin de año. El gusto literario de la adolescencia resistió el cambio (digamos que para la persona biográfica fue su tabla de salvación) y entonces el lenguaje (periodístico, poético) se volvió uno solo, jamás puesto en tela de juicio. Quizá Echavarría podría ser recordado como un periodista que se separó de la media proporcional. La entrada en el terreno de la poesía complicó el panorama: el juicio de valor no puede ser el mismo. Y de hecho los intereses de R. E. pasan también por la labor antológica, la lectura crítica, el comentario. |El transeúnte es un libro al que un tipo específico de lectores y un tipo de gusto por la palabra han canonizado, y eso no está mal. Cada quien tiene su propio rodeo y los caballos chúcaros serán domados con la ayuda de Dios, vale decir con lo que se pueda. Pienso, sin embargo, que los poemas "urbanos" de Echavarría poseen un valor más arqueológico, en términos literarios, y sirven como un termómetro para medir en qué momento de esa "historia literaria nacional colombiana" (juguemos a Gramsci) apareció el tema. De ahí la preocupación insistente del poeta por fijar un "tiempo verdadero", a fines de los años cuarenta, en vez de la fecha específica de la edición (a mediados del sesenta). ¿Tendrá el mismo sentido poético esta disquisición en unos treinta o cuarenta años? |Sólo su peinador lo sabe, como decía un comercial de la televisión peruana.

Mientras tanto, leamos de nuevo estas conversaciones. Disfrutémoslas. Son literatura, ni más ni menos.

 

EDGAR O'HARA
Universidad de Washington
(Seattle)

 

| 5 . Las preguntas de Bonnett son directas. Sobre las formas métricas elegidas por R. E.: "¿No te planteaste nunca que para el prosaísmo urbano sería más adecuado el verso libre o la prosa?" (pág. 208), "¿Pueden estos elementos -lo cotidiano, el humor, cierto prosaísmo- llegar a ser un riesgo para la misma poesía?" (pág. 209).