|...no creo en una escritura determinada por el oficio. Fíjate
que sí se necesita de oficio para escribir la poesía, pero que el
oficio está hecho en instantes y en instancias que no tienen un
carácter cronológico inmediato [...] me ocurre normalmente que en
los períodos de crisis de este país, o sea en casi todos, siento la
necesidad del habla, y no necesariamente para expresar una cosa del
entorno social y político, sino por una necesidad de expresión y de
reafirmación de cosas en medio del caos, de mostrar cómo en medio
del caos hay pequeñas isletas que son las isletas del pensamiento,
de la reflexión, de la poesía, de la lírica, que nos mueven a
forcejear con esa realidad. [pág. 91]
Roca tiene a la mano una cita precisa sin que por ello sintamos
que hay una carta en la manga. La forma de lidiar con el tema de la
poesía política se me hace de lo mejor que he leído en mucho
tiempo. Dice así, nada más: "me parece que es una poesía
muy difícil de realizar y por eso pienso que es excelente hacerlo
[...] creo que hacer poesía política o hacer poesía que parta de lo
político es algo difícil, por eso vale la pena hacerlo"
(pág. 94). En no pocas ocasiones él ha recogido esos guantes y los
resultados no suelen ser "poemas políticos" sino
simple y llanamente poesía. Y explica: "Intentar cambiar
la realidad con poesía es como intentar descarrilar un tren
atravesándole una rosa en la carrilera" (pág. 96). Cuando
los afectos se mezclan con los efectos, se hace ardua la
ecuanimidad. Roca dice que tiene un amigo (no sabemos si él lo
afeita todos los días) que opina que "el díaque se sacuda
el árbol de León de Greiff, van a caer muchos cascabeles"
(pág. 104). Puede ser, quién sabe. Pero si del otro lado hay una
defensa cerrada de Luis Vidales (el tío materno), tendríamos que
ser equitativos y contar los cascabeles y también los timbrazos al
por mayor.
La entrevista con Darío Jaramillo es, junto con la de J. M.
Roca, una buenísima oportunidad de acceder a reflexión basada en la
solidez de la experiencia, la cultura. El humor es un ingrediente
maravilloso en las palabras siempre llenas de sentido del autor de
|Cantar por cantar. Yo hubiera preferido, quizá, que Piedad
Bonnett se detuviera más en la poesía que en la novelística de
Jaramillo Agudelo, pero parece que así se dieron las cosas y el
poeta no se siente intimidado, ni mucho menos, por la
entrevistadora: la contradice, le tuerce la aparente lógica que
ella le plantea, y todo con despliegue de ironía y, sobre todo, de
calidez. Esto se nota a la legua. Incluso cuando habla del
"superego fuerte" (pág. 130), resulta luego que
en el fondo ese mismo Censor (o Pepe Grillo) cambia de lugar sin
que Giordano Bruno ni Pascal se den cuenta. Y eso está bien, así es
la realidad multifacética: "Antes pensaba que el
ritualismo era como el adjetivo barroco que sobraba; hoy ya no
estoy tan seguro de eso; ahora creo que el rito es necesario, que
es una forma de limar la aspereza animal, las miserias
humanas..." (pág. 135). En los grandes conversadores -como
D. J. A. y J. M. Roca- uno siempre va a terminar admirando el
placer de recibir de ellos una frase memorable que no estaba
escrita en un papelito doblado en el bolsillo de la camisa. Hay una
disposición a la gratuidad con brillo. Es una gracia que, como en
cualquier obra de ficción, nos empuja a releer las entrevistas.
Evidentemente, cada quien es hijo de sus lecturas. Jaramillo
Agudelo responde como los maestros ante la pregunta de qué novela
le habría gustado escribir:
|Ah, yo soy muy modesto, a mí me hubiera gustado escribir Don
Quijote, pero sin los sufrimientos de Cervantes, por favor. Me
hubiera gustado escribir Las mil y una noches pero sin el anonimato
del autor; me hubiera gustado escribir los cuentos de Gulliver pero
sin el resentimiento de Swift, y las tres me hubiera gustado
escribirlas ojalá con la luz eléctrica ya inventada... [pág.
150]
Esta respuesta habría sido celebrada por Tito Monterroso, uno de
los venerados del paisa de Santa Rosa de Osos. Parece extraída de
una página de
|La letra e, ni más ni menos.
Ahora oigamos lo que nos tiene que decir José Manuel Arango:
|En cierto momento se puede sentir que hay allí un poema
(aunque uno no debería llamar poema a lo que escribe, texto sería
menos pretencioso), o le parece que hay allí algo completo,
redondo, como ún pequeño organismo. Entonces lo escribe. Y lo
guarda un tiempo para que lo corrijan los duendes. Cuando después
de un tiempo vuelve a leerlo, la mayoría de las veces encuentra que
allí no había nada. [pág. 180]
Esta modestia militante sólo podía provenir de quien sintió que
la poesía es "otra cosa" (pág. 181) y que la
lucha contra lo transitorio no tiene fin. Arango falleció el 2002,
pero sus poemas no harán más que dar testimonio de la fortaleza del
lenguaje. Ésa es la conquista: heridas del sonido, cicatrices de
imágenes que hoy, separadas de la persona, reviven ante nuestros
ojos con una respiración única.
Llegamos a la conversación con Rogelio Echavarría, precedida por
los augurios siguientes: "Cuando revisó el original hizo
cuidadosas correcciones y rectificaciones, y tuvimos cariñosas
discusiones cuando se obstinó en que omitiera ciertas respuestas
suyas que consideraba irrelevantes" (pág. 182). A la
obstinación del personaje se le suma otro rasgo: "...un
tanto vanidoso pero siempre simpático" (pág. 183). El
texto recorre la vida del famoso periodista y se lee con una
sensación de orfandad (separación de los padres, paulatina
separación de la Iglesia) que lleva el ritmo de los relatos de
aprendizaje. En este caso Echavarría nos cuenta su propio
|bildungsroman en la prensa escrita de Bogotá. Y Bonnett
intenta, en la medida de sus posibilidades, que nuestro escritor se
detenga a reflexionar sobre su obra poética (principalmente
|El
transeúnte, 1964) y Echavarría se escabulle a través de
numerosos escudos
|
5
. Uno de ellos se
mide en el mundo del periodismo por la vivacidad, la rapidez en la
respuesta, esa chispa (Lima dixit) que hace del ingenio verbal un
arma de ataque o defensa; los periodistas de todos los rincones
terminan compartiendo estos modales del habla y la escritura. Es el
contexto de las oficinas de redacción y la noche, las fechas de
entrega, la hora del cierre y la imaginación veloz, el titular que
surge de pronto e impone la risotada en toda la sección, las
leyendas para las fotos que acompañan la nota de Internacionales y
con esto nos vamos ya, que ya nos fuimos antes de que la realidad
latinoamericana cambie de golpe (o por obra de un Golpe) y tengamos
que modificar todo lo escrito, a ver, a ver: quién dijo salud,
quién paga la primera ronda de cerveza. La picardía verbal de
Echavarría no está exenta de ese bagaje que hallé en un gran poeta
peruano de los años cincuenta: Juan Gonzalo Rose, autor de valses
criollos, un tanto célebre por muchas cosas que había dicho y por
las que ni había soñado y le eran adjudicadas. Lo vi un par de
veces cuando él era un hombre que ya se despedía de todo en el
declive de esa fama, pasajera como el mundillo literario de la
Ciudad de los Virreyes. Felizmente, y por esos milagros de la
poesía, su obra lírica, aunque sin duda tiene esos toques, se salvó
del propio personaje, lo trascendió. Esta es la magia del arte.
|Hallazgos y extravíos (1968) se llama una recopilación
publicada por el E C. E. de México. Es una poesía urbana en la que
habita una nostalgia no por el paraíso perdido, sino por aquello
que la lírica empezó a perder en el espacio infernal de las
ciudades. El mundo personal de Rose se acerca al de don Rogelio: la
religiosidad familiar, el debate entre la pasión y esa caída de los
cristos del alma, siempre retóricos.
En Echavarría hallamos esa veta de la cultura popular, digámoslo
así, por el melodrama del protagonista. A la vez, un negarse (por
atavismos lingüísticos, por temor a quedar a la intemperie
simbólica, no sé) a una invitación más atractiva. Por ejemplo,
Bonnett le pregunta por los peligros más grandes que amenazan a un
poeta, y he aquí la respuesta: "Si es al transeúnte, las
motocicletas" (pág. 212). Bonnett insiste y le pide su
opinión acerca de lo que está pasando en la poesía actual en
Colombia, y he aquí la respuesta: "Que está pasando...
esperemos que llegue" (pág. 213). En un monje zen, esto
constituiría un
|koan; en un periodista latinoamericano,
viejo y zorro, esto no pasa de ser un charango. Es la bendita
facundia:
|Mi libro de adolescencia se llamó Edad sin tiempo. Ahora
tengo edad con tiempo, y sin embargo estoy siempre "en
busca del tiempo perdido ". El tiempo que se me ha ido es
el que ayuda a salvar el tiempo que me falta. [pág. 209]
Lo bueno es que la inteligencia de don Rogelio le hace ser
consciente de estos usos y abusos que provienen del periodismo en
su versión cultural latinoamericana:
|También he corrido lo que ahora es otro riesgo: usar palabras
que no es que hayan pasado de moda sino que han sido ignoradas u
olvidadas, ya que nuestro lenguaje cada día es más pobre y sobre
todo en el periodismo, que le da gusto al mal gusto. El lenguaje
común se ha degradado, y el literario se ha pauperizado. De lo cual
también soy culpable. [pág. 209]
Quizá en el caso de Rogelio Echavarría tengamos otra muestra del
peso que uno carga cuando las dotes verbales -las poéticas, a secas
fueron encauzadas hacia la escritura de la fugacidad: la crónica,
la nota editorial, las efemérides de fin de año. El gusto literario
de la adolescencia resistió el cambio (digamos que para la persona
biográfica fue su tabla de salvación) y entonces el lenguaje
(periodístico, poético) se volvió uno solo, jamás puesto en tela de
juicio. Quizá Echavarría podría ser recordado como un periodista
que se separó de la media proporcional. La entrada en el terreno de
la poesía complicó el panorama: el juicio de valor no puede ser el
mismo. Y de hecho los intereses de R. E. pasan también por la labor
antológica, la lectura crítica, el comentario.
|El transeúnte
es un libro al que un tipo específico de lectores y un tipo de
gusto por la palabra han canonizado, y eso no está mal. Cada quien
tiene su propio rodeo y los caballos chúcaros serán domados con la
ayuda de Dios, vale decir con lo que se pueda. Pienso, sin embargo,
que los poemas "urbanos" de Echavarría poseen un
valor más arqueológico, en términos literarios, y sirven como un
termómetro para medir en qué momento de esa "historia
literaria nacional colombiana" (juguemos a Gramsci)
apareció el tema. De ahí la preocupación insistente del poeta por
fijar un "tiempo verdadero", a fines de los años
cuarenta, en vez de la fecha específica de la edición (a mediados
del sesenta). ¿Tendrá el mismo sentido poético esta disquisición en
unos treinta o cuarenta años?
|Sólo su peinador lo sabe, como
decía un comercial de la televisión peruana.
Mientras tanto, leamos de nuevo estas conversaciones.
Disfrutémoslas. Son literatura, ni más ni menos.
EDGAR O'HARA
Universidad de Washington
(Seattle)
|
5
. Las preguntas de Bonnett
son directas. Sobre las formas métricas elegidas por R. E.:
"¿No te planteaste nunca que para el prosaísmo urbano
sería más adecuado el verso libre o la prosa?" (pág. 208),
"¿Pueden estos elementos -lo cotidiano, el humor, cierto
prosaísmo- llegar a ser un riesgo para la misma poesía?"
(pág. 209).
|