Entender esto desde el punto de vista de lo adoptable, de lo que
debe ser o lo que más conviene, no significa que hayan desaparecido
vicios regionales de mal entender la cultura, de apreciar desde el
mito lo que significa ser antioqueño. La anécdota traída para
explicar los efectos de una mentalidad que puede rayar con la
intolerancia y la xenofobia se encuentra en todos los niveles, es
decir, hasta en el concurso de personas que en un momento dado han
ocupado lugares donde exponer sus puntos de vista, pero que pueden
resultar inconvenientes: "Hace sólo unos días -cuenta
Gaviria Gutiérrez-, durante la conferencia de Mario Vargas Llosa en
la reciente feria del libro una de las personas sentadas en la mesa
principal decía en su discurso, que en Antioquia bien nos podíamos
saltar el himno nacional, pero no el de la patria chica. así mismo
la publicidad en el Metro (una de nuestras últimas gestas de
grandeza) dice sin rubor: 'Antioquia el mejor país de Colombia', de
otro lado las frases de Antioquia federal pululan en los taxis y en
las gargantas de los comentaristas deportivos y los más niños ya se
sienten tocados por el hálito de grandeza de la raza
paisa" (pág- 10)
El simposio del 2002 precisa que, desde 1980, la investigación
está marcada por la tendencia de lo regional. De este modo se
supera el estancamiento que se había producido por el estudio sobre
los temas de la violencia. La violencia contemplada desde un país
general, con visión desde lo "universal", pasó su
análisis a un enfoque más preciso en el marco de lo regional. Se
analizan de este modo los fenómenos locales. Se pudo hacer
comprensible el porqué en unas regiones, más que en otras, se vive
con más vehemencia el conflicto. La precisión del estudio por
regiones tuvo que ver, por ejemplo, en Colombia, con casos como los
de Urabá, Magdalena Medio, Guaviare o Casanare.
Como ya se dijo, uno de los estudios expuestos y publicados en
el libro, corresponde a Clara Inés García. La historiadora
establece en qué cantidad o porcentaje se han desarrollado las
investigaciones sobre estos episodios de intemperancia. Los
resultados muestran en cifras los diferentes énfasis que sobre el
asunto se dieron en los centros académicos: "El 65% de la
producción teórica se genera en la Universidad de Antioquia y el
35% en universidades de Bogotá. En esta ciudad son el Instituto de
Estudios Políticos y Relaciones Internacionales (Iepri), de la
Universidad Nacional, de la Universidad de los Andes y de la
Universidad Javeriana los que realizan estudios o tesis de pregrado
en el tema" (pág. 103).
Entre los comentarios que forman parte de
|Estudios
regionales en Antioquia se encuentra uno, escrito por el
investigador Oscar Almario García, que se refiere a la ponencia de
la historiadora Beatriz Patiño. Vistas de conjunto, las
observaciones planteadas por el historiador tienen una orientación
diferente frente al tema. Aparecen como el aguafiestas, con
argumentos bien fundamentados. Arrancan con un reclamo que deja en
evidencia el poco interés para la difusión de los informes que se
realizan. Por lo general, "quedan sólo para utilidad de
los anaqueles de las bibliotecas, porque son difíciles de consultar
y porque la mayoría de las veces ni siquiera se conoce su
existencia" (pág. 59). Este señalamiento muestra una vez
más que hace falta una política de divulgación de los temas
históricos. Y no se trata de un difundir por difundir, sino de un
difundir para encontrar conocimiento que dé soluciones. Por lo
general se trata de trabajos que requieren mucho tiempo, mucho
empeño por parte de los especialistas que hacen recopilación de
referencias y de enlace de ideas que se hallan sueltas, imbuidas en
el ritmo veloz de las sociedades que producen hechos y situaciones
históricos. Los anaqueles de las bibliotecas donde dichos informes
van a parar, en vez de ser lugar de difusión, se convierten en
lugar de reposo, de cripta documental.
El historiador Eric Van Young, citado por Oscar Almario García,
hace una definición muy casera, pero a la vez muy diciente del
complejo concepto de región: "[...] las regiones son como
el amor, difíciles de escribir, pero las conocemos cuando las
vemos" (pág. 61). A partir de ello, el historiador
colombiano, como quien deshoja una margarita, busca los síes y los
noes de una cuestión que parece evidente, dado que, como sigue
argumentando el citado Young, "la mayoría de nosotros
piensa que ya sabe lo que es una región: el área que estamos
estudiando en ese momento" (pág. 61). De aquí se
desprenden varios reclamos sobre lo que el investigador interesado
en la región debe asumir. Es por ello que todo estudio de región
debe ir más allá del amor a primera vista. La analogía amor-región
debe ser superada y crear una solidez en un modelo conceptual que
ayude a pensar y trabajar sobre un "destino más o menos
claro".
El tema de territorio demarcado que se separa de ver la historia
como "universal", tuvo su momento en los años que
siguieron a 1970, cuando para entonces al hoy fallecido historiador
Germán Colmenares le pareció que el concepto de región les
facilitaba a los investigadores "salir de la cárcel de los
modelos abstractos que no se sometían a una contrastación empírica,
a la que parecía haberlos condenado el ambiente académico e
ideológico de aquellos años" (pág. 63). Sin embargo, entre
la serie de preguntas que surgen en torno al proyecto región, se
halla la de saber qué tanto se pudo desarrollar; es decir, si
después de que muchos lo entendieron, qué tanto se empleó o se
aplicó para hacer las investigaciones. La conclusión a la que llega
el historiador Almario García es la siguiente: "El tema
desapareció de los congresos nacionales y regionales, los grupos
que la practicaban se diluyeron, sus animadores se
agotaron" (pág. 65). De este modo, para el historiador
citado, el tigre anunciado se convirtió en un gatito inofensivo, y
esto, en cierta medida, por la arrogancia intelectual que no ha
desaparecido del todo de los intelectuales.
ÁLVARO MIRANDA
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