Ficha bibliográfica
Titulo: BOLETÍN CULTURAL Y BIBLIOGRÁFICO 69
Autores: Banco de la República
Edición original:
Edición en la biblioteca virtual:
Notas:
Consulte y lea en línea libros completos, textos, revistas, imágenes y páginas interactivas sobre temas relacionados con Colombia.

|
|

De ahí que el Gaviero traiga consigo la chirriante rabia de Céline y el elegante desprecio con que Chateaubriand nos habla desde ultratumba. Pero el libro que siempre lo acompaña, en los pasillos de los aeropuertos, son los poemas de don Antonio Machado.

Redacta así sus cartas de navegación en el elegante español de Latinoamérica, tan sabroso como clásico. Tan revelador como discreto. Cuenta más lo que  |no dice. Y las aventuras que nos narra son la misma saga milenaria del hombre que rapta espejismos. El viaje iluso, en pos de encuentros imposibles. El cumplimiento de una cita con el caballero de la Triste Figura.

 

Del lado de allá

La poesía ha usado a Álvaro Mutis y nos ha revelado, por su boca, una vez más la intensidad con que ella crece y se depura al conversar con la muerte. De ahí sus punzantes y conmovedoras elegías a Jorge Gaitán Durán, León de Greiff, Marcel Proust, Alexandr Serguéievich o el Duque de Valentinois.

Sin olvidar, por cierto, que toda su obra no es más que un treno o larga moirologhia por la siempre inminente y siempre postergada disolución de Maqroll el Gaviero en la nada bienhechora.

El poeta sabe muy bien cómo será fusilado por los soldados de Dios, sin remisión posible. La verdad de su mentira lo quema hasta lograr configurarla y quedar irónicamente vacío: sus libros ya no son suyos sino de nosotros, lectores olvidadizos. Por ello resulta tan personal y única la poesía de Mutis.

Recuerda la sabia observación de Oscar Wilde acerca de cómo toda la mala poesía es siempre sincera. No se afilia a ninguna causa, por noble que resulte. Sólo le interesan sus caprichosos, obsesivos y recurrentes motivos. Es un alivio saber que a Mutis, en su poesía, no le preocupa la tartufería de querer buscar la paz del mundo ni la identidad de sus compatriotas. Ya les permitió olvidarse a sí mismos, perdidos en el deleite de esas narraciones tan inútiles como imprescindibles. Fue fiel a su causa. Lo que le exigía, imperiosa y arbitraria, su máscara de tahúr, con dudoso pasaporte de Chipre: Maqroll el Gaviero.

Pero estos encuentros cara a cara con la muerte tienen una derivación imprevista. Cuando el poeta sueña en voz alta y logra que la clarividencia de su mirada nos permita palpar esos fantasmas más tangibles que nosotros mismos. Tal la cita que Álvaro Mutis cumplió en Castilla, ayer hace siglos, encontrándose en un corral ruinoso con "el rendido amador de Dulcinea". Maqroll, escueto y trabajado por tantas ilusiones vueltas polvo, ve un alma afín de su mutua vigilia, "poblada de improbables hazañas / que son nuestro pan de cada día".

Hombres que velan las armas y pasan la noche en blanco. Ambos comparten ese pozo, "cegado por la mísera incuria de los hombres".

En la yerma fuente de nuestros días, un español de Castilla y un americano del Tolima, aguardan, en el ya largo desvelo de cinco siglos, a que vuelva a brotar el agua redentora de la poesía. Le dan la razón a Cyril Conolly cuando, en  |La tumba sin sosiego, dijo: "Los poetas discutiendo sobre la poesía moderna: chacales gruñendo en tomo a un manantial seco".

Por ello ambos permanecen en silencio, cobijados por el momentáneo consuelo de una mujer tan inabarcable como justa. La misma Musa. Llámese Marcela, la pastora homicida, o Ilona, quien trae la lluvia.

He aquí la almendra de una metáfora estricta. Un tiempo para el cual no hay medida. El don aterrador de la poesía: ver lo que se avecina y convertirlo en música. Mirar hacia atrás y lograr que de las tumbas surja una parla melodiosa y rica.

Al separarse, ambos caballeros deben seguir su camino. Maqroll, perdido entre los lodosos esteros de un río del trópico. Don Quijote, por el yermo campo de Castilla, poblado de venteras y molinos. Ambos, con la intransigencia de sus quimeras, dieron, por fin, realidad al mundo.

 

Lo perdurable del fracaso

Los tres mejores relatos de Álvaro Mutis son  |La muerte del estratega, |La mansión de Araucaíma y |El último rostro. El primero y el último recrean motivos históricos: el imperio bizantino, los últimos días de Bolívar.  |La mansión... responde a un desafío del cineasta español Luis Buñuel sobre la imposibilidad de una novela gótica en tierra caliente. Mutis ganó la apuesta: sustituyó el castillo por una hacienda cafetera y puso a hervir allí, en la sincrética marmita del mestizaje, las crueles pasiones de los personajes.

Personajes, por cierto, que emanan de su poesía y anuncian sus novelas. Tal el caso del dueño de la hacienda, Don Graci, un invertido malévolo arrancado del hospital de los soberbios, y del guardián, quien con sus maneras lacónicas refleja al siempre ubicuo Maqroll.

El cuento tiene la ceñida agilidad de un guión cinematográfico: un escenario, un desfile de personajes, unos hechos. Presentación, nudo y desenlace. Pero no sólo eso: también están los sueños y la sugerencia de un misterio. Un ser de fuera ha roto la armonía cerrada de ese mundo pleno.

Paraíso donde reina un Dios obeso, una aspirante a estrellita cinematográfica de diecisiete años, trae de nuevo, al primer plano, las viejas rencillas de un fraile, un guardián, un piloto y un sirviente negro, que han girado entre dos polos de atracción: el dueño homosexual y esa hembra frutal llamada la Machiche, espeso tótem de sensualidad desbordada.

Al sentirse desplazada por la joven rival, urdirá la venganza. El dueño, al consentir en ello, verá precipitarse la ruina sobre el pequeño imperio que había edificado. El deseo, a través de ese chivo expiatorio que es la muchacha, encadena a estos seres en una ronda cruel de intercambios sexuales. Donde la aparente frialdad con que satisfacen sus instintos -"copulaban furiosos y conversaban en amistosa y serena compañía"- se ve alterada por la ciega fatalidad del destino, consumiéndolos en una sucia vorágine de sangre.

  |La muerte del estratega arranca de los libros que Charles Diehl dedicó al imperio bizantino. Figuras como Ana Comnena e Irene Doukas. Pero Mutis, más que la fidelidad histórica, busca en realidad discernir el significado de un elemento trascendente en un mundo donde la fe se apaga. La herencia griega y cristiana resistiendo ante los alfanjes del islam. Perdida su razón de ser, que era Ana la Cretense, Alar el Ilirio se inmola por defender un imperio del cual es soldado y por lealtad final con unos valores y una fe que contempla a distancia.

Sólo cree en "la verdad de su tibio cuerpo, la verdad de su voz velada y fiel, la verdad de sus ojos asombrados y leales": la mujer que ya no está a su lado. Para encontrarla se hundirá en el torbellino de la batalla, donde hallará, por fin, "esa desordenada alegría tan esquiva, de quien se sabe dueño del ilusorio vacío de la muerte".

Mutis, en realidad, sólo busca pretextos para explayar sus obsesiones: la desesperanza, el deseo y el coraje, el asumido cumplimiento de un deber, el absurdo que roe todas nuestras empresas. Otros dos cuentos  |suyos, Antes de que cante el gallo y Sharaya que, como La muerte del estratega, fueron escritos en la prisión de Lecumberri, son también variaciones sobre motivos religiosos.

La traición de Pedro a su maestro, en una versión moderna de la crucifixión, donde los muelles en huelga nos traen el salino aroma de grúas y barcos oxidados. Se dará allí la tortura, el terror policíaco, la razón de Estado que justifica el exterminio de esa secta, y la final indiferencia de Pedro ante el legado del maestro. Por su parte, el santón hindú que, en  |Sharaya, tiene consigo todas las respuestas, verá cómo ellas le resultan inútiles ante "la ira destructora y el fecundo deseo". Un amasijo de huesos y ropa que ametrallarán para cancelar a ese testigo incómodo que ya conoce la nada y su negra fecundidad sin orillas. Un mundo de rapacidad ambiciosa y fuerza bruta, de doblez y cobardía, ahoga a esos profetas iluminados. Igual sucede con el mejor relato de Mutis, en el cual, con un artilugio propio de Borges, y, claro está, de Conrad, nos muestra los últimos días de Bolívar a través de los ojos de un coronel polaco que llega a Santa Marta.

El asesinato de Sucre en Berruecos incrementará el escéptico fatalismo del Libertador. Termina su vida acosado por "los mismos imbéciles de siempre, los astutos políticos con alma de peluquero y trucos de notario que saben matar y seguir sonriendo y adulando". La elegía es feroz y conmovedora y proyecta su figura sobre un mundo más vasto: el de los cruzados y los Kraks de caballeros en el Líbano, la corte española y el imperio napoleónico. Sólo que el Bolívar agonizante entre charcos de sangre, traiciones y deslealtades, es hoy tan válido como en 1830. Lo dijo María Zambrano en palabras que enlazan y resumen estos cinco relatos:

Y es que posee la historia un ritmo inexorable que condena al fracaso todo aquello que se le adelanta o que le desborda. Fracaso en razón de su misma nobleza y de su insobornable integridad; también porque en el fracaso aparece la máxima medida del hombre, lo que el hombre tiene tan desprendido de todo mecanismo, de toda fatalidad, y que nada puede quitarle. Lo que en el fracaso queda es algo que ya nada ni nadie puede arrebatarnos.

 

JUAN GUSTAVO COBO BORDA