De ahí que el Gaviero traiga consigo la chirriante rabia de
Céline y el elegante desprecio con que Chateaubriand nos habla
desde ultratumba. Pero el libro que siempre lo acompaña, en los
pasillos de los aeropuertos, son los poemas de don Antonio
Machado.
Redacta así sus cartas de navegación en el elegante español de
Latinoamérica, tan sabroso como clásico. Tan revelador como
discreto. Cuenta más lo que
|no dice. Y las aventuras que
nos narra son la misma saga milenaria del hombre que rapta
espejismos. El viaje iluso, en pos de encuentros imposibles. El
cumplimiento de una cita con el caballero de la Triste Figura.
Del lado de allá
La poesía ha usado a Álvaro Mutis y nos ha revelado, por su
boca, una vez más la intensidad con que ella crece y se depura al
conversar con la muerte. De ahí sus punzantes y conmovedoras
elegías a Jorge Gaitán Durán, León de Greiff, Marcel Proust,
Alexandr Serguéievich o el Duque de Valentinois.
Sin olvidar, por cierto, que toda su obra no es más que un treno
o larga moirologhia por la siempre inminente y siempre postergada
disolución de Maqroll el Gaviero en la nada bienhechora.
El poeta sabe muy bien cómo será fusilado por los soldados de
Dios, sin remisión posible. La verdad de su mentira lo quema hasta
lograr configurarla y quedar irónicamente vacío: sus libros ya no
son suyos sino de nosotros, lectores olvidadizos. Por ello resulta
tan personal y única la poesía de Mutis.
Recuerda la sabia observación de Oscar Wilde acerca de cómo toda
la mala poesía es siempre sincera. No se afilia a ninguna causa,
por noble que resulte. Sólo le interesan sus caprichosos, obsesivos
y recurrentes motivos. Es un alivio saber que a Mutis, en su
poesía, no le preocupa la tartufería de querer buscar la paz del
mundo ni la identidad de sus compatriotas. Ya les permitió
olvidarse a sí mismos, perdidos en el deleite de esas narraciones
tan inútiles como imprescindibles. Fue fiel a su causa. Lo que le
exigía, imperiosa y arbitraria, su máscara de tahúr, con dudoso
pasaporte de Chipre: Maqroll el Gaviero.
Pero estos encuentros cara a cara con la muerte tienen una
derivación imprevista. Cuando el poeta sueña en voz alta y logra
que la clarividencia de su mirada nos permita palpar esos fantasmas
más tangibles que nosotros mismos. Tal la cita que Álvaro Mutis
cumplió en Castilla, ayer hace siglos, encontrándose en un corral
ruinoso con "el rendido amador de Dulcinea".
Maqroll, escueto y trabajado por tantas ilusiones vueltas polvo, ve
un alma afín de su mutua vigilia, "poblada de improbables
hazañas / que son nuestro pan de cada día".
Hombres que velan las armas y pasan la noche en blanco. Ambos
comparten ese pozo, "cegado por la mísera incuria de los
hombres".
En la yerma fuente de nuestros días, un español de Castilla y un
americano del Tolima, aguardan, en el ya largo desvelo de cinco
siglos, a que vuelva a brotar el agua redentora de la poesía. Le
dan la razón a Cyril Conolly cuando, en
|La tumba sin
sosiego, dijo: "Los poetas discutiendo sobre la poesía
moderna: chacales gruñendo en tomo a un manantial
seco".
Por ello ambos permanecen en silencio, cobijados por el
momentáneo consuelo de una mujer tan inabarcable como justa. La
misma Musa. Llámese Marcela, la pastora homicida, o Ilona, quien
trae la lluvia.
He aquí la almendra de una metáfora estricta. Un tiempo para el
cual no hay medida. El don aterrador de la poesía: ver lo que se
avecina y convertirlo en música. Mirar hacia atrás y lograr que de
las tumbas surja una parla melodiosa y rica.
Al separarse, ambos caballeros deben seguir su camino. Maqroll,
perdido entre los lodosos esteros de un río del trópico. Don
Quijote, por el yermo campo de Castilla, poblado de venteras y
molinos. Ambos, con la intransigencia de sus quimeras, dieron, por
fin, realidad al mundo.
Lo perdurable del fracaso
Los tres mejores relatos de Álvaro Mutis son
|La muerte del
estratega,
|La mansión de Araucaíma y
|El último
rostro. El primero y el último recrean motivos históricos: el
imperio bizantino, los últimos días de Bolívar.
|La
mansión... responde a un desafío del cineasta español Luis
Buñuel sobre la imposibilidad de una novela gótica en tierra
caliente. Mutis ganó la apuesta: sustituyó el castillo por una
hacienda cafetera y puso a hervir allí, en la sincrética marmita
del mestizaje, las crueles pasiones de los personajes.
Personajes, por cierto, que emanan de su poesía y anuncian sus
novelas. Tal el caso del dueño de la hacienda, Don Graci, un
invertido malévolo arrancado del hospital de los soberbios, y del
guardián, quien con sus maneras lacónicas refleja al siempre ubicuo
Maqroll.
El cuento tiene la ceñida agilidad de un guión cinematográfico:
un escenario, un desfile de personajes, unos hechos. Presentación,
nudo y desenlace. Pero no sólo eso: también están los sueños y la
sugerencia de un misterio. Un ser de fuera ha roto la armonía
cerrada de ese mundo pleno.
Paraíso donde reina un Dios obeso, una aspirante a estrellita
cinematográfica de diecisiete años, trae de nuevo, al primer plano,
las viejas rencillas de un fraile, un guardián, un piloto y un
sirviente negro, que han girado entre dos polos de atracción: el
dueño homosexual y esa hembra frutal llamada la Machiche, espeso
tótem de sensualidad desbordada.
Al sentirse desplazada por la joven rival, urdirá la venganza.
El dueño, al consentir en ello, verá precipitarse la ruina sobre el
pequeño imperio que había edificado. El deseo, a través de ese
chivo expiatorio que es la muchacha, encadena a estos seres en una
ronda cruel de intercambios sexuales. Donde la aparente frialdad
con que satisfacen sus instintos -"copulaban furiosos y
conversaban en amistosa y serena compañía"- se ve alterada
por la ciega fatalidad del destino, consumiéndolos en una sucia
vorágine de sangre.
|La muerte del estratega arranca de los libros que
Charles Diehl dedicó al imperio bizantino. Figuras como Ana Comnena
e Irene Doukas. Pero Mutis, más que la fidelidad histórica, busca
en realidad discernir el significado de un elemento trascendente en
un mundo donde la fe se apaga. La herencia griega y cristiana
resistiendo ante los alfanjes del islam. Perdida su razón de ser,
que era Ana la Cretense, Alar el Ilirio se inmola por defender un
imperio del cual es soldado y por lealtad final con unos valores y
una fe que contempla a distancia.
Sólo cree en "la verdad de su tibio cuerpo, la verdad
de su voz velada y fiel, la verdad de sus ojos asombrados y
leales": la mujer que ya no está a su lado. Para
encontrarla se hundirá en el torbellino de la batalla, donde
hallará, por fin, "esa desordenada alegría tan esquiva, de
quien se sabe dueño del ilusorio vacío de la muerte".
Mutis, en realidad, sólo busca pretextos para explayar sus
obsesiones: la desesperanza, el deseo y el coraje, el asumido
cumplimiento de un deber, el absurdo que roe todas nuestras
empresas. Otros dos cuentos
|suyos, Antes de que cante el
gallo y Sharaya que, como La muerte del estratega, fueron escritos
en la prisión de Lecumberri, son también variaciones sobre motivos
religiosos.
La traición de Pedro a su maestro, en una versión moderna de la
crucifixión, donde los muelles en huelga nos traen el salino aroma
de grúas y barcos oxidados. Se dará allí la tortura, el terror
policíaco, la razón de Estado que justifica el exterminio de esa
secta, y la final indiferencia de Pedro ante el legado del maestro.
Por su parte, el santón hindú que, en
|Sharaya, tiene
consigo todas las respuestas, verá cómo ellas le resultan inútiles
ante "la ira destructora y el fecundo deseo". Un
amasijo de huesos y ropa que ametrallarán para cancelar a ese
testigo incómodo que ya conoce la nada y su negra fecundidad sin
orillas. Un mundo de rapacidad ambiciosa y fuerza bruta, de doblez
y cobardía, ahoga a esos profetas iluminados. Igual sucede con el
mejor relato de Mutis, en el cual, con un artilugio propio de
Borges, y, claro está, de Conrad, nos muestra los últimos días de
Bolívar a través de los ojos de un coronel polaco que llega a Santa
Marta.
El asesinato de Sucre en Berruecos incrementará el escéptico
fatalismo del Libertador. Termina su vida acosado por "los
mismos imbéciles de siempre, los astutos políticos con alma de
peluquero y trucos de notario que saben matar y seguir sonriendo y
adulando". La elegía es feroz y conmovedora y proyecta su
figura sobre un mundo más vasto: el de los cruzados y los Kraks de
caballeros en el Líbano, la corte española y el imperio
napoleónico. Sólo que el Bolívar agonizante entre charcos de
sangre, traiciones y deslealtades, es hoy tan válido como en 1830.
Lo dijo María Zambrano en palabras que enlazan y resumen estos
cinco relatos:
Y es que posee la historia un ritmo
inexorable que condena al fracaso todo aquello que se le adelanta o
que le desborda. Fracaso en razón de su misma nobleza y de su
insobornable integridad; también porque en el fracaso aparece la
máxima medida del hombre, lo que el hombre tiene tan desprendido de
todo mecanismo, de toda fatalidad, y que nada puede quitarle. Lo
que en el fracaso queda es algo que ya nada ni nadie puede
arrebatarnos.
JUAN GUSTAVO COBO BORDA
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