Ficha bibliográfica
Titulo: BOLETÍN CULTURAL Y BIBLIOGRÁFICO 69
Autores: Banco de la República
Edición original:
Edición en la biblioteca virtual:
Notas:
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Ramón Cote Baraibar

 

Hijo de poeta, como María Mercedes Carranza y Santiago Mutis, Ramón Cote nació en Cúcuta el 19 de mayo de 1963- Su primer libro fue publicado en 1984 por ediciones Arnao, de Madrid, donde se graduó en historia del arte en la Universidad Complutense. Al instalarse en Colombia, se dedicó a la publicidad. Ha publicado ensayos sobre poesía colombiana en revistas como ínsula, y en 1992, con el título de  |Diez de ultramar publicó una muestra de joven poesía latinoamericana que abarcaba nombres como José Luis Rivas, Coral Bracho, Raúl Zurita, Fabio Morabito, Yolanda Pantin y Eduardo Chirinos. Entre la nueva poesía colombiana, su voz es una de las más reconocibles. Vale la pena, entonces, repasar la totalidad de su trayectoria.

  |Poemas para una fosa común, su primer libro, reeditado en Colombia en 1985 por la Fundación Guberek, es una impaciente mezcla de influencias. Desde la voz de su padre, Eduardo Cote Lamus, en sus imágenes de árboles y ríos, como en el poema  |Pasado, hasta en sus incursiones en la historia y en la coagulación de ésta en una ciudad, como aquella que albergó la biblioteca de Alejandría. "La historia obtuvo una ciudad".

Está también el proverbial triángulo de la época que integraban Aurelio Arturo, Álvaro Mutis y Alejandra Pizarnik.

"Cuenta / cosas, describe ciénagas remotas, / relata hombres y navíos" (pág. 15), dice apropiándose de la voz de Mutis, en su afán narrativo. Quizá también de allí provengan esas presencias como las de Conrad y esas "memorias de poco tiempo" hacia hombres y hechos fugaces, sometidos al inexorable desgaste.

Pero no sólo hay allí la apropiación de la literatura. Una berlina varada cerca de Bucaramanga, un cementerio de Suba, le dan pie para fotografiar una realidad escueta y un ámbito muy colombiano, donde el paisaje se siente respirar. Proseguirá estas búsquedas en su segundo volumen,  |El confuso trazado de las fundaciones (1991), donde de Bogotá vamos a Grecia, y el viejo edificio del colegio, en un domingo vacío, le restituye la inutilidad como "único don / reconocible", en esa aseveración que apunta tanto al poeta como a la misma poesía. Se fijará así en "la desolación / que nace en las cosas que se descuidan" (pág. 17).

Su palabra se ha vuelto más suya en su afán de acotar espacios y erigir imágenes. De dibujar un mapa propio donde el color y la reflexión conjugan sus armas:

|Un paisaje es una lengua. Únicamente el movimiento de las manos
podrá repetir la suavidad de aquellos ábsides
y la timidez de sus cúpulas azules.

[pág. 68]

  |Botella papel (1999) fue pensado como un libro unitario. A partir de la voz de quien compra bultos de periódico y botellas vacías, intenta una antropología del recuerdo, al rescatar esas figuras ya casi desaparecidas que cruzaban Bogotá con el pregón de sus oficios: un afilador, un calderero, un vendedor de carbón o de corbatas, un fotógrafo de parque. No quedan muchos y los réquiem que les dedica buscan mostrar un legado de humanidad terca y trabajada. De infancia marcada por esos sonidos. Y constatando, a la vez, lo inexorable de su eclipse: el fotógrafo decaerá en mendigo, y la desaparición, en el barrio, del zapatero remendón presagiará la conversión de aquél de casas en negocios y oficinas. La ciudad de hoy, voraz de rápidas tecnologías, los dejará de lado. Sólo que Cote busca darles un postrer ámbito de resonancia. Detrás de lo cotidiano alienta el mito. El calderero, con su endeble carro cargado de trastos viejos, bien puede ser el "último encantado sobre la tierra" (pág. 39). Un guerrero que aún lleva su escudo en alto.

Del mismo modo los objetos, un hidrante, una bicicleta de carnicería, un pasaje del abolido cine Almirante, lo confirmará en su pérdida de referencias y en la erosión de sus recuerdos. Entre tantas demoliciones y nuevos parqueaderos, estos vestigios de palabras clásicas, como  |alcándara, tratan de refundar unas raíces. El muro sobre el cual intenta fijar una permanencia.

Finalmente, en el 2003, publica en España  |Colección privada, ganadora del III Premio Casa de América de Poesía Americana, donde rinde homenaje a cuadros y pintores amados. Su formación le permite intentar una fusión entre la poesía y la historia del arte para situar, en diálogo afectivo, esas obras que hace suyas incorporándolas a su lenguaje. Así el olvido, en un cuadro de Leonardo da Vinci, es combatido con el verbo:

|Entonces la memoria
en una desesperada maniobra de rescate,
emplea palabras verdes
como enebro enredadera boscaje
y se vale de una mandolina
como música de fondo
para lograr su restitución.

[pág. 21]

Por ello estas ocho salas llegan a reunir figuras consagradas vistas con óptica nueva, como en el caso de Durero y su consideración, ante la ballena, de la desproporción como otro atributo divino.

En el poema dedicado a las manzanas de Cézanne, éstas, tan estáticas en su autonomía plástica, se truecan en metáfora de esos dientes apasionados con que los amantes se marcan posesivos. Pero tal rapto vuelve al final a su cauce pictórico. A lo que ya Cézanne advirtió: simples hexaedros cuyas puntas se tocan, en el exultante rojo de una pintura feliz.

"Lo que rabiosamente amaron sus ojos": el legado que nos deja Alejandro Obregón puede contrastar con el rezo y la blasfemia de Caravaggio o con ese "humus del amanecer" (pág. 73), con que Morandi niega los contornos y envenena la nitidez del aire. Pero el hidrante abandonado en un parque, como los cacharros del pintor, adquiere con la erosión un halo perdurable: el de la palabra que es luz y el del color que es lenguaje. Plenos, autónomos, suficientes en su estilo propio, Cote los ha restituido al mundo, antes de borrarse en el recuerdo. Su escritura emotiva, circundada de metáforas, los ha pintado de nuevo, al igual que los grandes pintores sintetizan el mundo íntegro en tres líneas como lo hace Cote al referirse a Joaquín Torres-García:

|Ahora reúne estos tres elementos:
el pescado, la ciudad, la puerta
y tendrás ante tus ojos el universo.

[pág. 68]

 

La prosa del poeta

En el 2002 Ramón Cote publicó un libro singular: como lector, y a partir de una cita, da su propia versión de los hechos. Desarrolla, amplía o fantasea con un incidente minúsculo o un personaje marginal. Trátese de una novela de Paul Auster o de Antonio Tabucchi, las memorias de Pablo Neruda, un poema de Enzensberger sobre el Titanic o, dato revelador, los libros de Marcel Schwob, estas  |páginas de en medio, como titula su libro, le permiten hacer también biografías imaginarias de seres que acompañaron a Hernán Cortés en la conquista de México o recrear, ya en nuestros días, un incidente de infancia en la vida del escultor colombiano Bernardo Salcedo.

La prosa se hace ágil e imaginativa e incorpora el tono y el color del lenguaje de la época, trátese de un sacerdote franciscano en una Bogotá colonial como de los orígenes de la familia del poeta Robert Graves en los Alpes bávaros. Dirá en esta viñeta: "los poemas deben ser como esas truchas, que a pesar de su ceguera son capaces de alcanzar la más perturbadora fosforescencia" (pág. 95). Y esa reflexión creativa sobre las trampas de la memoria y la capacidad transmutadora de la imaginación, recomponiendo lo que se creía ya establecido, hace ágil y deleitable el conjunto, con sus cambios de velocidad narrativa, del ascetismo kafkiano a la sensualidad lírica con que Neruda y un amigo comparten una sensual mujer. Como sucede en su poesía, la parcela colombiana se enriquece en diálogo con el mundo, y hay algo de hedonista viajero letrado en este recorrido por rincones, recortes de periódico y curiosas marginalias. La literatura recobra así la arbitrariedad de su osadía al permitir que el lector, en definitiva, sea el inventor cómplice de un texto que las palabras ocultan a quien escribe. Pero no a quien lee, con libérrima fruición.

 

JUAN GUSTAVO COBO BORDA