Boletín Cultural y Bibliográfico. Número 35. Volumen XXXI- 1994- editado en 1995
 

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Bogotá, 15 de agosto de 1868

El 21 de julio abandonamos a Bogotá nuevamente. Esta vez nuestra intención era visitar el famoso puente natural llamado el “Puente de Pandi”. Pero para no tener que hacer a la ida y a la vuelta el mismo camino, decidimos tomar de ida el camino por Usme (2.780 m) y Pasca (2.145 m) hacia Fusagasugá (1.718 m), un camino que en el mapa parece menos largo que la vía directa por la que se llega en un día a esa población. Nuestra caravana consistía, como en la expedición al Tequendama, en nosotros dos, dos peones (arrieros), uno de los cuales estaba encargado del barómetro y el otro del equipaje, y una mula con nuestras camas y otros utensilios. A las ocho de la mañana salimos de la casa, rumbo al sur, por la sabana de Bogotá. Después de unas dos horas de cabalgar, desembocamos en un valle procedente de las montañas del oriente y proseguimos por éste hacia adelante. Al mediodía llegamos Usme, villorrio miserable que está significativamente más alto que Bogotá. Allí nos enteramos de que para ir a Pasca teníamos que atravesar otro páramo; es decir, una altiplanicie casi desprovista de vegetación, de más de 10.000 pies de altura.

Hasta cerca de las seis de la tarde subimos lentamente a la altura del valle. La vegetación decrecía cada vez más, y los campos desaparecieron casi por completo. Finalmente, cuando entraba la oscuridad, llegamos a una casa solitaria, la hacienda El Hato (3.121 m). Pero aquí no hallamos un amistoso recibimiento. Con esfuerzos logramos encontrar un techo que nos resguardara de las lluvias torrenciales y alimentos para los hombres y los animales. La lluvia duró toda la noche, de tal manera que al día siguiente el camino se había convertido en un completo lodazal. Tuvimos que tomar un guía de aquí, pues el páramo carece de caminos. Con esfuerzos y lentamente, ascendían las mulas por el suelo embarrado en las pendientes del valle hacia las lomas de la montaña. No había ya árboles ni arbustos, y apareció una planta muy particular, el llamado “frailejón”, cuyas hojas grandes y lanciformes, espesamente pobladas de barbas blancas, sobre el tronco negro, frecuentemente de la altura de un hombre, ofrecen un espectáculo especial, sobre todo cuando sobre las extensas planicies no hay durante horas enteras otra vegetación que ver. Ahora el camino conducía hacía las altas lomas, a través de bajas depresiones. El suelo es completamente pantanoso; todas las montañas están peladas; no obstante, no se ve ningún tramo rocoso, pues todo está cubierto de gruesas capas cenagosas. Estos páramos son muy temidos por los habitantes. Las partes más altas, formadas por montañas, están sometidas a fuertes vientos, se hallan casi continuamente envueltas en nubes y por lo general reina en ellas un riguroso frío. Éste fue el primer páramo que cruzamos, y desde el principio conocimos sus horrores. Desde las seis de la mañana hasta la una de la tarde estuvimos a una altura de 3.722 metros, envueltos permanentemente en nubes, bañados casi sin interrupciones por lluvias tormentosas. Allí soplaba un viento helado; los dedos se congelaban de tal forma, que apenas podíamos abrir las manos; las mulas tiritaban de frío y, pese a las mantas de caucho, la humedad penetraba por todas partes.

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Ambalema

Sin ver mucho de las dos lagunas que se hallan situadas en esta altura, hacia la una de la tarde llegamos al extremo superior del valle, que bajando conduce hacia Pasca. A pesar de que espesas nubes cubrían los precipicios, pudimos convencemos rápidamente de que teníamos ante nosotros un precipicio espantosamente escarpado. Por cierto que la afirmación del guía de que caminar hacia abajo era impensable, nos había preparado para los malos caminos, pero no habíamos esperado una pared pedregosa tan espeluz nante. En un tiempo increíblemente corto, por esos caminos se llega de la pelada región paramosa a bosques maravillosos, llenos de plantas tropicales y lianas y vegetación palmiforme. La exuberancia de esta vegetación del valle sorprende cada vez de nuevo; nunca se hastían los ojos de estas riquezas de hermosas formas y agrupadas con tanta belleza. Si habíamos sufrido arriba en el páramo, a cinco grados, por la humedad, aquí tuvimos que aprender que ello era sólo un anticipo de los torrenciales aguaceros tropicales. El agua se precipitaba en densas masas. El suelo del estrecho y por lo general bastante profundo camino servía de lecho a un arroyo torrencial, a través del cual tuvimos que buscar con dificultades nuestro camino por las piedras enfangadas. Finalmente la explanada del valle se tomaba menos empinada, y entonces confiábamos en subir sobre nuestros animales y así poder alcanzar más rápidamente un lugar para dormir, pues el guía dijo que la parte propiamente mala del camino empezaba y sólo con esfuerzos saldríamos antes de la noche de la región boscosa.

Y realmente tuvimos muy pronto la oportunidad de convencemos de que entrada la oscuridad era impensable proseguir adelante. En la parte plana y baja del estrecho valle, sombreado por un selva espesa, se acumulan todas las aguas; el piso, una masa arcillosa grasa, se había inundado fuertemente y formaba un pantano viscoso y sin fondo. A cada paso resbalaban hombres y animales. Para posibilitar de alguna manera el paso de los animales, fueron conducidos sobre estrechas zanjas paralelas al camino, en las cuales la mula tiene que poner primero el pie delantero y después el pie trasero. Estas zanjas, al principio muy planas, cada vez se desbordaban más, hasta que poco a poco alcanzaron una profundidad tal que a cada paso la mula empujaba la barriga contra las costillas allí interpuestas. Las zanjas y huecos están rellenos de agua y barro, y frecuentemente es el camino un charco ancho, pues el sendero, originalmente angosto, se ensancha, progresivamente, convirtiéndose en un amplio camino, por lo que todos buscan serpentear por el bosque, al margen de las masas pantanosas. En los lugares muy fangosos, es decir, en los que algunas mulas ya se han hundido, hay pasos construidos con troncos del grosor de un brazo y de cerca de cuatro pies de largos, sobre los cuales caminan las mulas con paso inseguro. Pero también estos pasos de madera se cubren poco a poco de barro, la madera se pudre y cada paso puede conducir al barrizal sin fondo. Después que habíamos superado un buen trecho del camino por entre estas masas fangosas, decidí montar en mi mula, pues caminar con el impermeable grande, con los zamarros de muchas libras de peso y con espuelas dotadas de estrellas de una pulgada de largo, es sumamente penoso, especialmente por esta región. Cabalgar por estos caminos ofrece también sus incomodidades; es más un continuo caerse en los profundos barrizales, y apenas se logra entender cómo una mula puede abrirse camino por entre este barro.

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Ambalema

Emporcados de barro hasta la cabeza, llegamos finalmente a Pasca, entrada la noche. Es una pequeña y agradable población, más o menos 1.500 pies más baja que Bogotá, situada en un hermoso valle (2.145 m), que está ubicado al pie de la confluencia de dos torrentes tumultuosos.

Como era costumbre, habíamos escogido la peor época del año para visitar el páramo, pues en las altas regiones ahora tenemos invierno (es decir, estación lluviosa), mientras la sabana de Bogotá y los valles más bajos gozan del llamado verano. Para un extranjero es completamente imposible elegir la estación apropiada para un viaje, pues con frecuencia a pocas horas de camino se encuentra verano e invierno en una u otra región.

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Ambalema

El 23 de junio cabalgamos valle abajo hasta su desembocadura en el amplio y gran valle de Fusagasugá (1.718 m). Esta población es la Baden-Baden de Nueva Granada. Faltan aquí los baños termales y las salas de juego, lo que no quita que los bogotanos tengan predilección por esta pequeña ciudad como "veraneadero". Durante los meses de junio, julio y agosto domina en la misma Bogotá un tiempo característico. Fuertes vientos conducen permanentemente espesas nubes desde las llanuras del Orinoco a las montañas, y una fina lluvia cae casi permanentemente sobre la altiplanicie. Hay frío, y la humedad penetrante produce un sentimiento de tristeza y malestar. Quien puede busca huir de este tiempo y, como los valles profundos y templados están libres de las molestias de las lluvias, las mejores familias se desplazan hastaallí "para temperar", como aquí se dice. Y, ciertamente, merece Fusagasugá esa predilección, pues sin ser caliente, ofrece un clima en el que crecen bananos y palmas; también su ubicación es extraordinaria. Un amplio valle rodeado de bellas montañas de miles de pies de altura desciende de nordeste a sureste. El piso, relleno de sedimentos rocosos, forma una meseta alargada, en la que el lecho de muchos torrentes es recortado hasta 300 y 400 pies de profundidad. Bellos prados, campos de caña de azúcar y maíz rodean la localidad, hasta cuyas casas alcanzan los bosques de los montes. En las pendientes del valle, en su llanura y en los precipicios se encuentran desperdigadas las casas campesinas entre los naranjales.

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Ambalema

El mismo día cabalgamos por la pendiente oriental del valle, por entre valles laterales y sobre sus altas lomas, hasta la localidad de Pandi, cuyo emplazamiento (941 m) alcanzamos a las nueve de la mañana.

No pudimos dormir tranquilamente, pues hasta muy tarde de la noche sonaban las guitarras Y los tiples (una especie de viola), y hacia las tres de la mañana nos despertó un torbellino de tambores, pitos y un enloquecedor repique de campanas, acompañado del grito estridente y repetido de: "¡Hi San Juan!". Era el día de san Juan Bautista, la fiesta más popular en todo el país. Con el grito "San Juan" se saluda, y el saludado lo da a su vez como respuesta. En la noche de la fiesta corre el agua sagrada, y jóvenes y viejos, muchachos y muchachas, van con luces y lámparas hacia el arroyo más cercano, para gozar, en compañía, de un baño orgiástico. Antes del amanecer todos regresan, y entonces ahora se va a caballo. Quien tenga una silla y una mula no puede quedarse en casa. Todos los hombres jóvenes del pueblo y muchas muchachas se reúnen en la plaza, que no falta ni en el pueblo más pequeño, se persiguen corriendo por las calles, regresan a la tienda para tomar un trago, y se persiguen de nuevo a través de las calles y sigue el juego... hasta que la oscuridad da término a la diversión.

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Ambalema

!Pobre del gallo que ese día se asome por las calles! Pasando como un rayo a galope, el jinete se agacha hasta el suelo, agarra al desdichado animal, lo blande en triunfo sobre la cabeza, y aceptado (el reto) por toda la multitud de jinetes, empieza en el acto una salvaje cacería, cuyo fin y objetivo es arrebatar el gallo de las manos del afortunado. Es un espectáculo peculiar, lleno de colorido, ver cazando, de aquí para allá, a las figuras semisalvajes, con sus roanas al vuelo, sobre caballos excitados y entre fuertes gritos. Adquieren especialmente las jóvenes muy buen aspecto con sus amplios vestidos, el cabello suelto y colorada la cara de entusiasmo. Este juego del gallo, como lo vimos en Pandi, es un remanente de viejas costumbres, pues en realidad -y esto sucede en muchas otras localidades- una muchacha con los ojos vendados tiene que tomar de la cabeza un gallo enterrado hasta el cuello, en recuerdo de la decapitación de san Juan. La fiesta no tiene, de ninguna manera, un carácter religioso. La iglesia permanece cerrada, por lo que se baila y se toma toda la noche y al día siguiente se celebra el "San Pedro" de la misma manera.

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Ambalema

Gozamos allí de la amable hospitalidad de una "calentana" (mujer habitante de tierra caliente). Con placer observábamos el apacible cumplimiento de las labores domésticas de la mujer de 30 años, que cuidaba de una horda de dulces niños, el orden de la casa, una taberna y de nosotros, sus huéspedes, mientras su marido, recostado todo el día en la hamaca, se dedicaba a no hacer nada. ¡Qué contraste el que producen estas personas frente a los sucios habitantes de las altas montañas! Aquí, en los climas calientes, es la limpieza una necesidad indispensable; allá, en la tierra fría, entran en contacto con el agua sólo cuando llueve, pues ni interior ni exteriormente quieren usar ese elemento, que según el decir de los curas, requiere primero la bendición eclesiástica. Las telas de lana, oscuras y pesadas, de las tierras altas están llenas de suciedad en hombres y mujeres; una camisa blanca es una rareza; hollín, grasa y restos de comida han oscurecido hace tiempos este color. En las tierras calientes domina la ropa blanca resplandeciente;los hombres, en pantalones de lino y camisas blancas; las mujeres y las jovencitas en camisas muy escotadas, blancas como la nieve y adornadas con cordones negros, largas faldas con muchos pliegues y cabellos espléndidamente peinados. El cielo oscuro y el frió hacen al hombre hosco; el sol y el calor, alegre y lleno de vida; y casi parece que un determinado grado de calor es necesario para producir esa gracia tan maravillosa en movimientos y formas de hablar -para nosotros, los nórdicos, inimitable-, que es propia de casi todos los países de tierras calientes.

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Ambalema

De Pandi salimos cabalgando lentamente hacia el sur, a través de dos hermosos valles, hasta llegar, después de tres cuartos de hora, al valle de "Suma Paz", cercado de escarpadas paredes rocosas. Suma paz se llama propiamente el más alto pico, casi siempre cubierto de nieve, de la cordillera Oriental. El río que se precipita con una violenta corriente desde esa altura, lleva por él el nombre de "río Suma paz". En la parte alta de su curso, corre el río por un valle amplio, que se angosta hacia abajo poco a poco hasta formar, a la entrada del valle principal de Fusagasugá, sólo un estrecho torrente. Aquí, en la población de Pandi, tiene esa quebrada, en sus orillas superiores, cerca de 30 pies de ancho y más o menos 300 pies de profundidad; grandes rocas, sujetas las unas con las otras, forman un puente natural. El corte, rodeado de rica vegetación, con paredes de ángulos rectos escindidos como a cuchillo, las violentas y estrepitosas aguas en lo profundo, forma un cuadro tan variado por todas las otras corrientes de agua, que es altamente interesante para los geòlogos su investigación. En lo profundo de esta quebrada, envuelta en una eterna media luz viven aves nocturnas características. Un disparo en la profundidad retumba como truenos en estampidos sin fin, aterrorizando a las aves lucífugas. Con graznidos desagradables que se multiplican en ecos, éstas vuelan, como apariciones fantasmales, de aquí para allá. Sólo por un desvío de varias horas se puede llegar, por el agua, al pie de estas paredes rocosas, igual que en el Tequendama. Para nosotros no ofrecía ningún interés esa expedición extenuante y peligrosa.

Una vez que regresamos a Pandi, inspeccionamos en las cercanías de la población un bloque de piedra que está en las pendientes de la montaña, con un jeroglifo, una "piedra pintada". Quedamos verdaderamente desengañados. Una superficie de pocos metros cuadrados está emborronada con dibujos rojos e irregulares, entre los cuales se repiten con la mayor frecuencia elementales viñetas lineales, como se encuentran en todas las épocas sobre objetos de barro. Con todo, también se encuentra la imagen de un sol y un escorpión, pero nos parece el conjunto más la mamarrachada de algún aprendiz de cerámica que los testimonios de viejas y profundas transformaciones geológicas, como lo afirman los letrados de Nueva Granada. Por razones geológicas, se creen estos mismos señores con derecho a suponer un vaciamiento intempestivo de una gran laguna en este sitio. Los jeroglifos deben representar plásticamente ese suceso: el sol significa la fertilidad de esta tierra alguna vez cubierta de agua; el escorpión, la aparición de los animales terrestres; una serie de ornamentos lineales representan sapos croantes, que, según su opinión, simbolizan, en el lenguaje plástico indígena, una gran acumulación de agua. Los otros dibujos, incomprensibles para esos mismos genios, se refieren al detalle del suceso natural, y propiamente ellos sirven a la confirmación indudable de la interpretación correcta del lenguaje de símbolos de los indígenas.

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Ambalema

El 25 de junio regresamos a Fusagasugá en medio de una tormenta. El 26 cabalgamos por el camino que va directo a la sabana. El camino es bueno (es decir, entre nosotros se declararía como espantoso); el escenario, magnífico; hasta ahora no habíamos visto tan bellos bosques selváticos como aquí. Hasta la sabana el camino sigue empinado por entre el bosque, hasta que se llega de repente a la altiplanicie; en seguida llegamos a Soacha. El 27 temprano llegamos de nuevo a Bogotá. Animales y hombres necesitaban descansar.

VI

Ambalema, 17 de septiembre de 1868

Stübel dejó a Bogotá el 24 de agosto, para emprender, pese a todos los consejos en contrario, el viaje a los llanos de San Martín. Yo me despedí el 26 de la casa que había llegado a ser tan familiar y de la ciudad tan amable con nosotros, para, gracias a Dios, no regresar nunca más. Seguí mi camino hacia el oriente, andando muchas horas por la misma vía que habíamos seguido hace meses, a nuestra llegada. Esa vez llegamos por el Roble, cerca de Facatativá, a la sabana. Ahora deseaba dejarla por Boca del Monte (2.642 m), para llegar al río Magdalena por el ancho valle del río Bogotá.

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Después de un paso a galope, llegué hacia las tres de la tarde a la punta oriental de la altiplanicie. Bajas colinas delimitan la escisión formada por un valle profundo y escarpado procedente del sudeste. Masas de gruesas nubes se estacionaban justamente a la altura del paso, de manera que la corriente de aire ascendente se introducía violentamente en él después de dejar el altiplano, y poco a poco nos íbamos envolviendo en una densa niebla. La vista del valle, si bien bella y maravillosa, no se puede comparar de ningún modo con la exuberante vegetación de los valles extraordinarios que de la sabana conducen al sur hacia las corrientes de agua (valles de Pasca, Fusagasugá, Tequendama). Un buen y amplio camino desciende en zigzag por la empinada pared, y muy pronto se llega por entre una hermosa selva boscosa al fondo del valle, que se precipita intempestivamente. Falta aquí la deslumbrante vegetación tropical, pero cada vez más abajo la vegetación es más rica. La vía estaba animada en forma notoria: nos encontrábamos con caravanas completas de mulas, cargadas de melaza, y numerosos jinetes (hombres y mujeres). Pasamos la noche en una casa aislada. en la nada agradable compañía de cerca de 30 ó 40 arrieros

Antes del amanecer emprendimos otra vez la marcha. Muy pronto pasamos por una pequeña población, Tena (1.350 m), famosa por sus extensas plantaciones de azúcar de caña y tristemente célebre por la arbitrariedad de sus ricos hacendados. Aquí se une el arroyo, por cuya vertiente habíamos descendido, con el río Bogotá. Éste lleva también, en la sabana, el nombre de río Funza; se precipita por el salto de Tequendama, desde cuyo estrecho desfiladero, apareciendo en unión de múltiples y caudalosos afluentes, riega un amplio valle lleno de rocallas. Muchas mesetas, ubicadas una sobre otra, son formadas por estas viejas masas rocosas cortadas ahora de nuevo por el río; en la más alta de ellas se encuentra el pueblo de La Mesa (1.258 m), que en la misma Alemania se tendría que considerar una pequeña ciudad. Es una estación central de comercio para la circulación interna. Tres días a la semana se celebra aquí un gran mercado, y cientos de mulas llegan, desde las partes altas del valle del Magdalena, cargadas con cacao y otros productos de tierra caliente, mientras que de la sabana la sal de Zipaquirá y los cereales de los climas fríos son traídos hasta aquí. En La Mesa se realiza el intercambio; por tanto, una vida agitada domina aquí, y el bienestar se refleja en el aspecto de las casas y los habitantes.

El 28 proseguí mi viaje, siguiendo siempre el buen camino del río Bogotá. Descendiendo sobre la meseta rocallosa, se llega rápidamente a Anapoima (676 m) y después a la orilla del mismo río en su unión con otro caudaloso río secundario, el Apulo (420 m). Desde allí conduce el camino hacia abajo a una población bastante significativa: Tocaima (408 m). Situada a unos 100 pies del río, que aquí tiene 70 pies de ancho, se levanta sobre la me. seta rocallosa, y goza de una temperatura verdaderamente tropical. El valle es muy ancho; la llanura, al lado del río, está rodeada de arbustos, y frente a la desembocadura del valle en el Magdalena se eleva una cadena de altas montañas, de tal manera que los vientos refrescantes están casi interrumpidos. La temperatura más baja, por la noche, llega a los 23 grados; en Bogotá, por el contrario, es de 8 a lO grados. Los grandes calores permiten ver la cercanía del bello río como doblemente agradable.Ya con la caída de la tarde empieza la romería hacia el baño, y la primera oscuridad de la noche da término al movimiento en las playas. Cientos de personas de todas las edades y de los dos sexos chapotean a todas horas del día en la fría corriente. Pero fuera de este buen baño, posee Tocaima algunas aguas llamadas sulfurosas –turbias como leche-, que, naturalmente, no contienen sulfuro, pero que le han creado la reputación y el honor de ser el , sitio de residencia elegido por todos los leprosos.

El 29 de agosto, dejando el valle de Tocaima, seguimos al principio el curo so de un arroyo, subimos una montaña i empinada y bellamente poblada de bosques (835 m), para llegar al río Seco,que desemboca directamente en el Magdalena. Nos quedamos por la noche en un poblado compuesto de 6 a 8 casas,llamado Casas Viejas (324 m), y llegamos el 30 de agosto, siguiendo el río Seco y atravesándolo varias veces, al Magdalena, cerca de una pequeña población, Guataquí, después de ir río abajo durante cerca de dos horas. Desde aquí, en las orillas de la gran corriente, hasta Ambalema se extienden unas amplias llanuras formadas de escombros de piedras volcánicas. Cubiertas actualmente de arbustos o utilizadas como pasto para la ganadería, estas llanuras ofrecerían las más aptas tierras para las plantaciones de tabaco. Pero precisamente la permanente escasez de agua en las tierras situadas entre Guataquí y Ambalema dificulta este cultivo. Durante horas se cabalga bajo el más ardiente sol, sin ver una casa, sin encontrar una gota de agua. Ningún árbol lo protege a uno contra los rayos del sol, que caen casi perpendicularmente; ningún vientecito se hace sentir. Para evitar al menos el calor más insoportable, pasamos algunas horas en un "canei", es decir, en una casa habitada por un campesino cultivador de tabaco.

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Esta choza, de cerca de 20 a 30 pasos de largo, está compuesta sencillamente por algunas estacas clavadas en el suelo, que soportan un techo cubierto de hojas de palma; s610 pocas poseen entre las estacas principales un enrejado construido de cañas de bambú partidas; la mayoría tiene para exhibir s610 una suerte de baranda, para impedir el acceso de los animales. Una muy pequeña parte de la casa está separada de un espacio grande por un tabique de bambú, para servir de habitación a las mujeres. Alrededor de la habitación grande se halla una banca baja de bambú; en una de sus esquinas están algunas piedras grandes sobre las cuales se encuentra una olla de barro grande y una pequeña, como únicos artefactos de cocina. Entre las piedras se enciende el fuego. Nunca falta un importante mueble: una inmensa olla de barro sin pies que por lo regular descansa sobre un tenedor de madera. Ése es el recipiente de agua, en el que debe asentarse el barro y la mugre del líquido tomado del Magdalena. Bajo el techo se cuelga en cordeles el tabaco, para secarlo, y algunas pieles de res sin curtir están extendidas en el suelo como cama.

Nuevamente proseguimos cabalgando hacia Ambalema. Eran cerca de las seis de la tarde cuando llegamos a nuestro destino, pero aún debíamos pasar el río, antes de que pudiéramos descansar de las fatigas del día en la bien acondicionada mesa de un gran establecimiento de Frühling y Gösche, en compañía alemana y con una cerveza también alemana.

El 2 de septiembre estábamos de nuevo en camino, para encontrar un llanura adecuada a las mediciones trigonométricas, pues quería determinar desde allí las alturas de los nevados de la cordillera Central. A tres horas, aproximadamente, de Ambalema encontramos un sitio propicio. Mi servidor permaneció con las barras de señalización al final de una larga base de cerca de 3.000 metros, mientras nosotros nos te trasladábamos al otro extremo ríos torrentosos y empinadas montañas nos impedían seguir un camino directo. Cinco horas tardamos en ir cabalgando y cruzamos cuatro o cinco arroyos y un río. Y, sin embargo, todo el trabajo fue en vano, pese a que durante tres días y medio permanecí tirado en una casa miserable llena de toda clase de bichos (Tasajeras). Sin resultado alguno, regresé el 6 de septiembre a Ambalema, puesallí tendría la oportunidad de viajar en barco a Honda. Pero allí también me fue bastante mal, y me vi obligado emprender el largo viaje de siete horas en un tronco de bambú ahuecado. Es mejor ni hablar de las comodidades de esa canoa: sólo había sitio para ir en cuclillas, medio sentado. En la posición estomada inicialmente había que permanecer más o menos todo el tiempo, pues de por la extrema delgadez de la barca se podía voltear fácilmente con cualquier un movimiento imprevisto. El sol quemaba allí sin clemencia, el calor era insoportable. El lO de septiembre cabalgué de regreso nuevamente por la amplía ce llanura del Magdalena, y llegué a Rastrojos por la tarde y a Ambalema, una vez más, hacia las 12 del día siguiente. Durante este viaje estaba clara y despejada toda la cordillera Central, por lo que me decidí a hacer nuevos intentos de medición de alturas. De nuevo mande a transportar mis instrumentos por todos los ríos, de nuevo me expuse a las picaduras de mosquitos, garrapatas y pulgas, y de nuevo regresé lleno de picaduras, heridas e inflamaciones y con las cosas sin ejecutar. Nueve días había perdido en esos intentos, sin lograr el mínimo resultado.

VII

Manizales, 11 de octubre 1968

El 19 de septiembre partimos de Ambalema, para llegar a la pequeña ciudad de Lérida (343 m), a sólo seis horas de camino. Allí tuve que alquilar seis bueyes, para poder proseguir nuestro viaje el21 de septiembre. Dejada atrás la amplia llanura del Magdalena, emprendimos el ascenso, a través de malos caminos, por las primeras pendientes de la cordillera Central, compuestas de granito, hornablenda , pizarrosa, gneis y esquisto arcilloso. Vistas maravillosas del valle del Magdalena se ofrecen desde algunas alturas, teniendo como telón de fondo la agradable población de Lérida. Ya subiendo, ya bajando, llegamos hacia las seis de la tarde a La Honda (1.088 m), un pueblo aislado en un valle profundo, espesamente poblado de bosques y matorrales de bambú.

A la mañana siguiente marchamos durante cerca de dos horas hasta Líbano, pues nuestros guías tenían que aprovisionarse para la permanencia en las deshabitadas altas montañas. Este sitio, el último en la pendiente (1.591 m), ofrece un cuadro característico. Apenas hace dos años había aquí una selva espesísima. Hoy hay grandes superficies taladas. Unas 20 casas irregularmente desperdigadas se disponen en calles amplias cruzándose en ángulos rectos; una plaza grande en la mitad del pueblo ofrece, como las calles y los campos, un cuadro de violenta confusión: por todas partes sobresalen enormes cepas del suelo, troncos caídos interrumpen el camino: en resumen, aquí. se repiten todas las circunstancias, tan conocidas por nosotros, de los campamentos norteamericanos

El 23 de septiembre proseguimos hasta cerca de la frontera de vegetación de zona alta, siempre a través de selvas espesas. No era de pensar en un camino: se trepaba por entre troncos de árboles, se cortaba con el machete la vegetación que estorbaba; en fila iban los animales uno detrás de otro. En esta región selvática, el suelo, cubierto de humus y fuertes capas de tierra, está emblandecido, específicamente en las épocas de lluvias, hasta varios pies de profundidad. Espantosos huecos de barro, estrechos caminos de madera rellenos de barro, sólo de unos tres a cuatro pies de ancho y después, nuevamente, raíces cruzadas en el camino o árboles caídos hacen de este trayecto el peor de toda Colombia. Con los bueyes se avanza muy lentamente. Tuvimos que pernoctar en Pajonales (2.469 m), unos prados en medio del bosque, ahora abandonados. Afortunadamente encontramos, al llegar, un pequeño galpón de paja que nos resguardó, a nosotros y a las sillas de montar, de la persistente lluvia. También el 24 de septiembre anduvimos lentamente por caminos intransitables en medio de la selva. Nuestras sillas de montar se despedazaron en el camino. Pernoctamos en Sabanalarga (3.186 m), en una casa abandonada.

El 25 de septiembre dejamos finalmente la selva y llegamos a una región de hortalizas y matorrales. También ese día se hizo un poco de camino. Pasamos la noche bajo una roca voladiza, la llamada "Cueva de las Peñitas" (4.086 m). En ella la temperatura bajó a dos grados centígrados.

El 26 de septiembre fue para los animales el día más fatigante. Subiendo a través de un césped espeso, se llega de repente a la pared, casi perpendicular, de un valle hondo, de un promedio de tres cuartos de legua. Se va hacia abajo unos mil pies, después de cruzar por la hondonada, y por el otro lado otra vez a la altura de mil pies. Aquí estamos muy cerca de los límites de las nieves perpetuas. Las inmensas masas de nieve de la "Mesa nevada de Herveo" están cerca, sobre nosotros. Los arroyos llevan todas las aguas glaciales; pero éstas son ácidas y están saturadas de alumbre y vitriolo de hierro. El paso más alto lo acabábamos de sobrepasar. Pernoctamos de nuevo en un valle estrecho bajo el resalto de un enorme torrente de lava, en la llamada "Cueva de Nieto" (4.038 m).

Como las provisiones de los guías se habían acabado, el 27 de septiembre se envió a traer de Manizales, la población siguiente, carne, arepas y chocolate. De manera que tuve que maldecir durante dos días la inactividad, pues los guías que habían quedado conmigo padecían de dolores reumáticos. En estas altura se sufren sobre todo, por el mínimo esfuerzo corporal, calambres y fuertes dolores de cabeza.

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El 29 de septiembre pude al fin comenzar mis investigaciones. Las inmensas masas de nieve se encuentran en el norte, el occidente y el sur. Glaciales extraordinarios se ofrecen por todas partes a la investigación. Pero los poderosos torrentes de lava y los grandes arenales dificultan la marcha. Hacia las tres de la tarde llegamos a Olleta, el único cono de erupción reconocible al lado de la montaña (4.900 m) , pero que también está apagado. Hoy había alcanzado a llegar a una altura de 4.900 metros, es decir, 90 metros más arriba que el Monte Blanco.

La mañana del 30 de septiembre la pasé en la cueva, ocupado en organizar las piedras recogidas; en la tarde visité de nuevo el valle encajonado, para recoger aguas ácidas.

Pese a que el primero de octubre el tiempo parecía más adecuado, sólo pude hacer mover a dos de mis cinco acompañantes, para intentar el ascenso a las masas nevadas. Por todas partes teníamos que subir escalones, y muy pronto, después de algunos intentos malogrados, me abandonaron los dos guías. Ahora que estaba completamente solo, tomé el camino correcto. Después de múltiples trabajos y esfuerzos, llegué a cerca de 400 pies del pico. Pero allí me sorprendió un aguacero de nieve y granizo que hacía impensable proseguir un metro más. Refrenado por la nieve, que me llegaba frecuentemente hasta más arriba de las caderas, pude finalmente regresar, después de haber marchado cuatro horas solo por esas nieves, al sitio donde se habían quedado mis acompañantes, que tiritaban de frío y humedad.

El 2 de octubre, a causa de una carencia absoluta de víveres, partimos de la cueva. Entre lluvias torrenciales, descendimos al valle del Cauca. Este camino es todavía peor que el del lado del Magdalena y con frecuencia, en razón de los abismos, realmente peligroso. Pero la vegetación es maravillosa. A las cuatro de la tarde llegamos a Frailes, la primera casa en la pendiente (2.525 m) y desde allí, el 3 de octubre, en tres horas, a Manizales (2.135 m), población fundada hace apenas 20 años.

VIII

Popayán, 9 de noviembre de 1868

El16 de octubre pude partir finalmente de Manizales. Necesité 2 días y medio para llegar a la pendiente de la cordillera siguiendo a Cartago (912 m), en el valle del Cauca. El 18 de octubre, el día de mi arribo allí, un fuerte temblor de tierra aterrorizó a los habitantes, tanto más intensamente, pues ocurrió en el preciso momento en que toda la población se encontraba reunida en la iglesia. La misa tuvo que concluirse al aire libre, pues el pueblo había desalojado con violenta precipitación la iglesia.

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El 21 de octubre dejé a Cartago para investigar en Naranjal (935 m) unos huesos de mamut; desafortunadamente, fue en vano. El 22 de octubre llegué a Paila (941 m), pues la crecida de los ríos, causada por las fuertes lluvias, había retrasado mucho nuestra marcha. El 23 llegué a Tuluá (993 m), y el 24 a Buga (960 m). Todo el camino va por un valle plano que frecuentemente es de 6 a 8 leguas de ancho, en cuyos costados oriental y occidental se elevan hermosas y altas montañas, que alcanzan a veces la altura de las nieves perpetuas. Lamentablemente vi de ellas poco, pues la cordillera permanecía cubierta por densas nubes. Me quedé en Buga el domingo y marché el 26 de octubre a Palrnira (1.011 m), la capital del cultivo del tabaco en el valle del Cauca; el 27 a Cali (1.014 m), una plaza comercial importante, desde la cual el camino conduce al puerto marítimo de Buenaventura; el 31 de octubre a Paso de la Bolsa (981 m), a la orilla del Cauca, y el primero de noviembre a Quilichao (1.073 m). Aquí me quedé algunos días para investigar las muchas y muy ricas minas y lavados de oro. En todas partes del Cauca fui recibido amistosa y hospitalariamente; en todas las poblaciones se pusieron casas a mi disposición. Las personas más respetables de las ciudades se agolpaban en torno de mí; con frecuencia, entre veinte y treinta personas me rodeaban y observaban mis investigaciones.

El 8 de noviembre llegué finalmente a Popayán. Montar a caballo en clima caliente me fatigó en exceso.