IX
Popayán, 28 de
febrero de 1869
Sólo pocos días permanecí en Popayán, apenas los suficientes para
lograr los preparativos de una nueva excursión. Popayán (1.741 m), situada en la parte
alta del valle del Cauca, más o menos como Basilea al final de la llanura del Rin, es
dominada hacia el oriente por la montaña volcánica del Puracé (4.700 m), que se eleva
hasta las nieves perpetuas y cuyo pico, bellamente formado como un cono, fue destruido por
las fuertes erupciones de los años 1849-1852. En vez de una colosal montañanevada, ahora
se encuentra una cresta ancha y despuntada, cuyo pico más elevado acaso exhiba 200 pies
de nieve. Humboldt, en el año de 1801, Y más tarde Boussingault, en los años treinta
visitaron la montaña, pero lamentablemente no nos aportaron una descripción
satisfactoria y mucho menos una ilustración gráfica, de manera que es ahora apenas
posible hacerse una idea de los cambios sufridos
Primero me dirigí a Puracé (2.648 m), pueblito indígena que queda a un
día de camino desde Popayán, para organizar allí la excursión hacia el pico. Puracé
está situado en la cuesta de la majestuosa montaña, en un estrecho valle rodeado de
paredes rocosas de miles de pies de alto, en cuyo fondo los arroyos han cortado como con
un cuchillo los lechos por sobre los mil pies. En maravillosas cascadas se precipitan las
aguas en los desfiladeros sobre las oscuras masas de lava. Sobre un pequeño llano se
extienden la población y los campos de cultivo, llamativamente bien mantenidos por los
indígenas. La belleza del salvaje escenario no se puede describir con palabras. Son
suficientes pocos pasos por una de las calles que parten de la plaza para dar a un
precipicio de más o menos 1.500 pies, en el cual se ve espumar el rìo principal del
valle, el San Francisco, que algo más abajo se reúne con el Cauca. El agua del rìo,
como la de todos sus afluentes, es ácida y corrosiva, y el mismo polvillo de agua de la
bella caída de agua, de cerca de 400 pies de altura, de San Antonio posee estas
cualidades, en tan extrema medida, que sólo una breve estancia al pie es suficiente para
que seproduzcan irritaciones en los ojos durante horas. El rìo Vinagre y el río
Vinagrito son alimentados en parte por torrentes del Puracé, los cuales, a causa de los
vapores volcánicos, están viciados con ácidos sulfúricos y salinos. Boussingault
encontró, según sus análisis y apreciaciones, que la cantidad de ácido libre que
llevan estos torrentes sobrepasa sobradamente en el transcurso de un año la cantidad de
ácido que en el mismo tiempo se produce en toda Europa.
Desde Puracé parte un camino de herradura transitable hasta cerca del
pico de la montaña, pues un negocio no despreciable es ejecutado con la nieve, que aquí
nunca falta, llevándola a Popayán, donde, mezclada con frutas y azúcar, es disfrutada
diariamente con pasión por todos los habitantes. En cerca de seis horas se llega -al
principio a través de un bosque, después cabalgando por una extensa pradera- al cono
pelado, cubierto de cenizas grises. Todas las plantas desaparecieron aquí bajo las
cenizas arrojadas en los años de 1849-1852, y que cubren el suelo hasta varios pies de
altura. Las pendientes son muy escarpadas, la mayoría con más de 30 grados de declive y
están surcadas por un sinnúmero de pequeñas salidas de aguas, que corren por las
estrechas y escarpadas cuestas como nervios de la montaña. La parte de arriba del Puracé
no se puede comparar con ninguna montaña volcánica que hasta ahora haya tenido la
oportunidad de ver, y tanto más peculiar parece esta escarpada copa de ceniza cuanto ella
está puesta sobre una vieja montaña formada por torrentes de lava en declive y
aplanados, en cuyo amplio corte del valle se alcanza su base. La ceniza es tan fina, que
en épocas de lluvia se forma una masa pantanosa blanda y fácilmente removible, sobre la
que se resbalan los pies como sobre jabón reblandecido. A 4.400 metros de altura mandé
instalar nuestra tienda de campaña al pie de una vieja roca de lava, situada a unas dos
horas arriba de la región más próxima con leña y cerca de 300 pies abajo de la nieve,
de la cual esperábamos surtimos de agua.
Como una pared inmensa sostenida por innumerables pilares, se elevaba ante
nosotros el último trayecto de la montaña. Inútilmente me esforcé en divisar desde
allí la posición del cráter. Pero después de media hora de ascenso, llegando a la
cresta, que se elevaba unos 200 metros arriba de la tienda de campaña, nos encontramos en
su filo. De más de 30 grados era la pendiente pantanosa por la que habíamos subido, y
con más de 60 de inclinación caen las paredes del cráter en la profundidad. El filo del
cráter es tan angosto, que sólo personas que no sufran de vértigo pueden caminar por
él sin riesgo. El diámetro mide 550 metros de oriente a occidente, en la margen de
arriba, a 230 metros de profundidad. Un laguito verde llena el fondo. Permanentemente se
desprendían pedazos de piedra de las paredes escarpadas y se precipitaban con estrépito.
Cerca del lago, en la pendiente del norte, se fuga, emitiendo silbidos, un chorro de
vapor. Dos fumarolas similares se hallan en la pendiente externa, más o menos a la misma
altura. La margen por la cual ascendimos estaba sin nieve, pero en el sur se elevaba sobre
el filo del cráter una cumbre nevada arqueada, el más alto pico del Puracé, llamado
Ochacayó. Como mi intención era medir trigonométricamente la montaña, clavé cerca de
la tienda una corta línea de estación. El tiempo fue, entre tanto, tan desfavorable que
durante 11 días estuvimos, casi sin interrupción, envueltos en nubarrones, y finalmente
tuve que abandonar el campo sin haber alcanzado completamente mis objetivos, pues la
extraordinaria tienda de campaña que me había prestado el presidente del Estado no pudo
resistir las continuas lluvias ni las sacudidas casi permanentes de los vientos
huracanados. Eran tan fuertes, que las estacas de hierro de casi dos pies de largo, con
las que la tienda estaba asegurada al suelo, eran arrancadas de éste. La leña sólo se
podía conseguir en cantidades mínimas y a gran distancia, y no se lograba hacer que
ardiera, a causa del viento y la humedad. Por las noches se formaba sobre las paredes de
la tienda una capa de hielo. Era una existencia sin consuelo, más dura por el desaliento
de los guías, que no querían de ningún modo acampar en estas alturas. Cada dos días se
enviaba a Puracé por nuevos indígenas, pero toda la comunidad huía, abandonándonos a
nuestra suerte.
Antes de dejar la montaña, me atreví a intentar llegar hasta el pico
más alto. Así, pues, el último día subí de nuevo al filo del cráter; caminando
hacía el oriente, en dirección al cráter, llegué rápidamente a la nieve. Los
aguaceros y el calor interno de la montaña la habían llevado a un estado desagradable de
blandura y humedad, como en la época de deshielo en Europa. Durante cuatro horas vadeé
por entre esa masa, hundido hasta las caderas, y debí regresar finalmente cuando estaba a
unos 20 a o 25 metros del pico, pues el frío me había penetrado tanto que apenas podía
moverse. En esta visita pude reconocer por primera vez que sobre el lado oriental del
cono, rodeado de riscos de nieve, se extiende un segundo cráter, pero de nuevo densos
nubarrones me impidieron hacer otras observaciones. En el ascenso hacia el cono gocé de
un espectáculo característico. Hacia el oriente estaban las montañas sin nubes, en el
occidente se elevaba como un muro masas de nubes procedentes de abajo, de las tierras
calientes. Mi sombra se proyectaba en una enorme figura sobre esa tela de niebla, la
cabeza se mostraba rodeada de una aureola pintada con los colores del arco iris.
En pocas horas se llega al pueblo de Puracé, después de la población de
Coconuco (2.314 m), situada en otro valle que desciende igualmente de las montañas de
Puracé. Mientras Puracé se encuentra en una llanura, arriba del lecho de un río,
Coconuco está construido en el fondo del valle, algo más amplio, sobre una bella
planicie aluvial. En una vieja casa de campo española, en medio de un jardín sembrado de
oscuros cipreses, instalé mi campamento. En el pueblo se celebraba la fiesta mayor: el
alcalde y todos los habitantes, hasta el más humilde jornalero, estuvieron toda la semana
en la más lastimosa borrachera. Sólo con esfuerzo logré conseguir los peones
indispensables para enviar mi equipaje a Paletará, ubicado en una altiplanicie y a un
día de camino, desde donde pensaba completar mis mediciones del Puracé.
El camino es muy malo para las bestias de carga; va por un valle, que está limitado a
ambos lados por paredes rocosas de 3-4.000 pies de altura, compuestas de fuertes torrentes
de lava, sobre las que se precipitan en muchos lugares los arroyos, disolviéndose en
espuma. Arriba, en la pendiente, nace una fuente de aguas calientes, en la que, de modo
similar a como sucede en Karlsruhe, el agua salta hirviendo a borbotones en altos chorros.
Aún más arriba, se presenta una fuente de agua tibia en forma de extraordinaria piscina,
como hecha para bañarse, mientras que en el fondo del valle se encuentra una débil
fuente salina. Rápidamente el camino abandona el valle y se dirige por la pendiente, a
través de un bosque espeso, en dirección a los amplios prados dePaletará, que están a
una altura de casi 3.000 metros (2.989 m). Estamos aquí muy cerca del más alto filo de
la cordillera y del nacimiento del río Cauca, que corre como un pequeño arroyo al lado
de la casa de la hacienda.
La altiplanicie de Paletará está situada en el lado sur del Puracé, y
desde aquí vi, por primera vez y para mi gran sorpresa, que esta montaña, a la: que
dediqué tantos días, es sólo la cumbre occidental de una larga cadena de montañas
volcánicas, en la cual se encuentra, al lado oriental, un cono mucho más bello y
regular: el Pan de Azúcar. Esta cadena, hasta ahora completamente desconocida, la tengo
ya medida. Después de cinco días llegué de nuevo a Coconuco, y desde allí regresé
directamente a Popayán, pasando por el Alto del Pesar (2.660 m), desde el que se tiene la
más bella perspectiva de la montaña del Puracé y de sus valles circundantes. Cuatro
semanas había tardado en esta excursión calculada para unos pocos días!
Muy raramente, sólo en días completamente despejados, se ve desde la
ciudad el Puracé, pero más raramente el volcán del Sotará, que está aún más
distante, que por su forma cónica escarpada y despuntada es muy llamativo. Se tiene por
inescalable. Yo deseé hacer el intento. Pero una fuerte fiebreme impidió durante seis
semanas cualquier actividad.
El tiempo de mi enfermedad fue la época de las fiestas en Popayán: las
Navidades y los Tres Reyes Magos. La fiesta principal entre ambas y la más típica es
para Popayán la de los Tres Reyes. La víspera surgen multitud de jóvenes adornados
fantásticamente, en caballos igualmente adornados, desde tres puntos diferentes de la
ciudad; a ellos los siguen mulas con sacos que llevan los rótulos: oro, incienso y mirra,
que anuncian los regalos y el equipaje de los tres reyes. En la mañana del día de
fiesta, pues por la noche llegan los indígenas de los alrededores, se inicia un bullicio
endemoniado con unos piticos. Después llegan los tres reyes, cada uno acompañado de un
ayudante y un numeroso cortejo. Los reyes portan corona y cetro, están vestidos con
pesados trajes de terciopelo cosido en oro y adornados en forma medio oriental; los
ayudantes tienen, por su lado, uniformes y batutas heráldicas francesas . En la plazuela
de San Francisco se reúnen los tres reyes. . Se entabla un diálogo, y se resuelve enviar
a los ayudantes al rey Herodes, para hacerle saber la nueva del rey recién nacido. Entre
tanto, Herodes está sentado sobre un teatro instalado en la plaza, bajo un dosel y sobre
un trono, con una bata de dormir, una gorrita tejida, un pantalón de media pierna de
terciopelo, sandalias doradas, el código de leyes y una corona gigantesca ante sí. Ahora
se acercan los ayudantes, a caballo. Herodes envía un maestro de ceremonias a su
encuentro, los cuatro ayudantes (jovencitos en uniforme militar) ocupan, armados con
enormes sables, las cuatro esquinas del teatro. Herodes se devuelve, para ponerse su manto
de rey, un vestido verdaderamente espléndido, se pone la corona y recibe a los
mensajeros. Por turnos ellos formulan a viva voz su petición. Herodes decide recibir a
los reyes. Los mensajeros se retiran, y Herodes aprovecha ese tiempo para dirigirse al
público en una proclama iracunda, cuya famosa decisión final es condenar a muerte al
niño. Entonces llegan a la audiencia los reyes y conducen la plática. A lo último sube
toda la compañía otra vez, a caballo, para dirigirse a una capilla llamada Belén
-situada en una colina, detrás de la ciudad-, en donde, con música y fuegos artificiales
(de día), bajo la dirección de un niño disfrazado como "la estrella más
iluminada", el "niño Dios" representado por un muñeco de madera, recibe
los regalos y acepta con paciencia los himnos que en aullidos se dan en su honor. Con ello
concluye la peculiar fiesta. Estas representaciones se repiten todos los años, y son, por
cierto, dramas escritos en verso y canturreados en un tono altisonante por los buenos
artesanos .
Con esfuerzo me habìa reprimido y,siguiendo los consejos del
médico, había permanecido en la ciudad. Pero a finales de Enero no me pude contener
mà s. El 20 me dirigí a Sotará. Subiendo hacia el sur lentamente, se cruzan una serie de
valles, el primero de los cuales es tributario del Cauca, y por ello del mar Atlántico,
pero después se llega a las fuentes del Patía, cuyas aguas desembocan en el mar
Pacífico.
El camino ofrece poco interés. Se pasa por Paisbamba, población
localizada en un altiplano (2.550 m), que es digna de mencionar a causa de la bella vista
del Sotará, que está asentado, como un cono enriscado de 760 metros, sobre una montaña
de 3.700 metros de altura formada por viejas erupciones volcánicas (diabas). Sin embargo,
para llegar a esta montaña, tuvimos que bajar de nuevo al profundo y ancho valle del río
Quilcacé (2.091 m). En la hacienda de Sotará (2.228 m) se me presentaron las mismas
dificultades que en todas partes. Principalmente, no pude conseguir peones.
A pesar de la lluvia y la tormenta, emprendí al día siguiente el
ascenso. Cerca de una hora se va montaña abajo, después se llega propiamente al pie del
cono. Allí empieza un trabajo de los mil demonios. Ciertamente, la escalada no ofrece una
dificultad particular y es mucho menos peligrosa (que otras); pero a esta altura es de por
sí tan penoso ir montaña arriba, ascendiendo estos 760 metros con un declive muy
frecuentemente de más de 35 grados, por una pendiente en parte cubierta de prados, en
parte de arena. Requerimos tres horas para llegar al pico, y desde allí bajamos al
cráter.Habíamos escalado por el lado occidental de la montaña; descendimos por el
oriental y tuvimos que rodear la mitad de la montaña por su falda. Mis guías dudaban, se
daban irremediablemente por perdidos; entonces, sólo por un instante, pudimos ver la
región circundante a través de las nubes. Finalmente, después de doce horas de marcha
extenuante, permanentemente bajo aguaceros con tormentas, llegamos de nuevo a nuestro
campamento.
Como una torre se eleva el Sotará sobre las pendientes de la cordillera
Central. Hacia el norte se ve el caluroso valle del Cauca hasta el norte de Buga; hacia el
suroeste y el sur, la hirviente hoya del Patía. Hacia el nordeste, los nevados del
Puracé y Coconuco cortan el horizonte, sólo superados por el imponente Huila (5.750 m).
En el oriente y el sureste, se tienden los aventureros picos de traquita sobre las crestas
de la cordillera hasta Pasto, cuyo volcán humeante se eleva como una imponente isla
montañosa entre las altas cadenas de la cordillera Central y la Occidental. Más hacia el
sur se destacan los conos volcánicos de Túquerres, Cumbal y Chiles; estos dos últimos,
cubiertos de nieve.
El primero de febrero entramos de nuevo a Popayán, a donde pocos días
después también el doctor Stübel hizo su entrada. Después de nuestra separación, él
visitó las llanuras del Orinoco, regresó a Bogotá y, siguiendo río arriba el valle del
Magdalena, llegó al Huila, cuya cima deseó escalar. Un ataque de fiebre, entre tanto, lo
obligó a desistir de la empresa y a desplazarse a Popayán, para encontrar algo de
reposo.
El 9 de febrero dejé una vez más a Popayán. Queríamos observar los
sedimentos de sulfuro volcánico descubiertos recientemente. Nuestro camino va hacia el
norte. En seis horas llegamos al pueblo de Silvia (2.536 m). Desde allí se acaba de
construir un nuevo camino sobre la cordillera. Se habían intentado muchas vías y en las
exploraciones se habían descubierto las fumarolas y las fuentes de agua caliente en el
costado oriental de la cordillera Central. Cabalgamos siguiendo las orillas del río
Piendamó, por entre un valle hermoso y fértil, cuyas paredes laterales están formadas
por masas de toba volcánica -que se parecen a la piedras de tras del valle de Brohl-,
frecuentemente de más de 3.000 pies de alto y cortadas casi perpendicularmente. Pronto
siguió la selva, y aquí tuvimos que abandonar la vía construida y dejar los caballos.
Ocho indígenas cargaban el equipaje. Subiendo por la selva, llegamos rápidamente a las
fronteras de abajo de Pajonales (grandes extensiones de prados) y sobre las planicies que
aquí forman las crestas de la cordillera. En este lugar dijeron los guías que no les era
conocido ni el rumbo ni el camino, pues sólo habían pasado por aquí una vez, hacía
unos dos años. Así pues. según un guía. se debía regresar, y entonces pude proseguir
al día siguiente la marcha sobre la cordillera después del nacimiento del río Coquiyó.
Aquí, en la cuesta oriental de la cordillera, llegamos rápidamente a la selva, pero,
siguiendo el viejo sendero, pudimos avanzar un trayecto, valle abajo, hasta el primer
azufral. Un azufral, como los que hay aquí, es una porción de tierra desértica cubierta
de tallos de bambú muertos en medio de la selva, y de cuyo suelo salen, por todas las
ranuras, aguas sulfurosas y ácidos carbónicos. La vista es sorprendente y tiene e algo
de fantasmal, por el contraste entre la selva espesa y llena de vida y los troncos muertos
retorcidos.
Aquí acampamos nuevamente, pues debía abrirse un sendero a través de la
selva; una selva tan espesa, que yo, con cuatro hombres, durante dos días de duro
trabajo, había abierto un trayecto que en sólo tres horas dejamos atrás. Allí el
sendero no iba siempre por el suelo, sino que un largo trayecto iba por las copas de los
arbustos, y cuando pasamos por un arroyo, por encima de las ramas, no pudimos ver ni
rastros del agua. Otro trayecto lo hicimos por tierra firme, pero entre poderosas raíces
de árboles. Es notable la ausencia de cualquier ser viviente. Ninguna ave, ningún animal
es visible, con excepción de los insoportables mosquitos y zancudos.
Pasando por Silvia, regresamos a Popayán.
x
Pasto, 13 de mayo de 1869
Dos caminos conducen de Popayán a Pasto: el más corto y transitado va
por el valle caliente e insano del Patía, el otro, casi el doble de largo, el llamado
"Camino de los Pueblos", va siguiendo la pendiente de la cordillera, casi
siempre por regiones frías y salubres. El primero es mucho más cómodo, pues en la mitad
del tiempo se cabalga de norte a sur por la hoya del Patía, sobre una llanura aluvial,
mientras el segundo, siguiendo por entre valles profundos de la cordillera Central, es
espantosamente agotador y extenuante. Para disfrutar algo de ambos caminos, fui a caballo
desde Popayán hacia el valle del Patía, hasta cerca de la población de El Bordo (unos
700 metros sobre el nivel del mar), y después subí hacia la población de Bolívar
(1.727 m), para tomar el camino de arriba, por las regiones salubres.
El buen tiempo favoreció el primer trayecto de mi viaje. Resplandeciente
se presentaba el sol en el fondo del valle llano y sin árboles; el calor era para
nosotros, que habíamos pasado el día anterior en las altas y frías regiones, casi
insoportable. Las consecuencias del cambio de clima no dejaron de presentarse. Me dio
fiebre inmediatamente regresé a la cordillera, aun antes de haber llegado a Bolívar.
Pero el ataque sólo duró un día, no me hizo preocupar más y proseguí mi viaje. Con
frecuencia teníamos que cruzar en un día dos o tres ríos, que corren en estrechos
lechos entre abismos de 300 y 1.000 metros de profundidad. Por allí los caminos no son
adecuados para el transporte de grandes cargas, de manera que frecuentemente en un mismo
día las mulas debían ser descargadas y mis cajas transportadas por los arrieros en los
pasajes estrechos. Ocho días después de dejar a Popayán, llegué al valle del río
Mayo. El río fue famoso como frontera norte del inmenso imperio de los incas.
En Popayán ya se me había hablado de los sedimentos de piedra pómez de
esta región, pero mis expectativas fueron ampliamente superadas. Encontréun largo y
ancho valle completamente lleno de depósitos de piedra pómez de cientos de pies de
altos, y tallados en este material fácilmente triturable se hallan los cauces de los
ríos y los arroyos hasta su origen, de forma que sólo se conserva en pequeñas terrazas
la llanura de piedra pomez. De dónde procede este material eruptivo, nadie supo decirlo.
Los habitantes de la población aquí ubicada, La Cruz (2.440 m), hablaban de tres
volcanes, pero aquí se llama volcán a toda alta montaña que de cuando en cuando está
cubierta de nieve. Todos los datos que pude recopilar sobre la formación de la alta
cordillera indicaban que una expedición hacia esa cumbre era sumamente difícil, si no
imposible de realizar. Espesas a selvas entre precipicios, durante horas, y las partes
más elevadas de la montaña cubiertas casi todo el año de grandes nubarrones, hacen que
nadie pueda indicar con precisión la ubicación de los tres nevados. Ni siquiera la gente
se pone de acuerdo sobre sus nombres. No me quedaba, pues, más que confiar en la suerte
para intentar un ascenso a esas alturas. Con 15 cargueros para mi equipaje y los víveres,
salí de La Cruz. Veinticinco días anduvimos por las montañas, y durante todo ese
tiempo, con excepción de tres días, tuvimos que abrirnos camino con el machete en la
mano. Doce días estuvimos en la selva y diez días en las regiones altas, peladas, sólo
cubiertas de pequeños arbustos y plantas con espinas. Allí el tiempo fue extremadamente
malo: no pasó ni un día sin llover.
Sin embargo, aunque con muchos esfuerzos y gran perdida de tiempo y
dinero, logré mi objetivo. La investigación de la montaña fue sumamente interesante,
pues aquí ha habido erupciones volcánicas en una medida impresionante, que sólo se
conocen a pequeña escala en Europa, erupciones que pueden ser caracterizadas como del
tipo Santorín. El páramo de las Ánimas (4.242 m), el cerro de las Petacas (4.059 m) y
el páramo de Tajumbina (4.125 m) son grandes montañas volcánicas, que se componen en
gran parte de masas de lava frescas, y en parte son viejas formaciones de piedras muy
erosionadas.
La investigación de los volcanes de La Cruz me ha creado aquí en el
país una gran fama. Mi reputación se ha extendido hasta Quito, y no puedo parar en
ninguna cabaña, entrar a ningún pueblito, sin que los habitantes vengan a mi encuentro y
me llamen "mi doctor". Aquí en Pasto se reunieron a mi llegada los notables,
para darme una residencia digna de mi "distinción". Los estudiantes del
colegio, una especie de universidad, me visitaron en masa, conducidos por sus profesores;
el obispo me envió su secretario, disculpándose por encontrarse enfermo. Durante tres
días, desde la mañana a la tarde, fui asediado por visitantes. Los habitantes de Pasto
pusieron grandes esperanzas en mis conocimientos. Desde hace cuatro años, el volcán
aledaño a la ciudad está en permanente actividad. En los últimos tiempos,
especialmente, la violencia de las erupciones se ha intensificado de tal modo que los
bosques cercanos a la ciudad se han incendiado como consecuencia de las piedras en llamas
que son arrojadas allí. Los bramidos de las erupciones y las ráfagas de vientos que los
acompañan han sido tan fuertes que se ha creído que se trata de terremotos, y abrían
las -en todo caso mal hechas- puertas de las casas y habitaciones. Debería entonces
investigar el volcán y dar un juicio sobre el peligro en que se encuentra la ciudad:
pero, según opinión del pueblo, se debía taponar el volcán o al menos reducir a
obediencia al furioso demonio que está allí dentro. Desafortunadamente correspondí muy
mal a las expectativas, pues, en vez de subir inmediatamente a la montaña, permanecí en
cama ocupado, no en agarrar el demonio, sino en curarme de una fiebre muy alta. Pero como
el volcán se ha mantenido inactivo desde el día de mi llegada -sólo dos o tres veces se
han podido oír los truenos de las explosiones y ver sólo una vez columnas de humo-, ha
dado pretexto a la credulidad, para que se diga que tan sólo mi presencia ha mitigado la
furia del volcán.
XI
Pasto, 20 de julio
de 1869
A partirdel 17 de mayo cabalguè durante dos días, con el más
desagradable de los tiempos, casi ininterrumpidamente entre nubes y aguaceros, hasta el
pueblecito de Consacá, situado en el lado opuesto del volcán de Pasto. Durante seis
días pude disfrutar aquí de la tranquilidad de una casa de campo rodeada de naranjales y
platanales, pues todo ese tiempo requerí, hasta poder tomar los peones necesarios a punta
de promesas, persuasión y amenazas de encarcelamiento por parte de las autoridades, con
el fin de emprender mis investigaciones del volcán, que nunca ha sido estudiado
minuciosamente, pero que es sumamente interesante. Las pocas descripciones que hasta ahora
poseemos de la montaña la muestran como un cono escarpado con un gran cráter en la cima;
incluso Boussingault llega a afirmar que el cono, en su totalidad, se compone de un
montón de bloques sueltos y superpuestos. Como de la mayoría de los volcanes -es decir,
cuando ellos son difíciles de alcanzar desde Europa-, aquí también se dan por
satisfechos dando una descripción de la montaña después de una rápida visita. En
realidad, en este caso no se trata de ninguna manera de un simple cono, sino de una gran
montaña, la que da soporte a muchas poblaciones y cuyo pie llega hasta tierra caliente y
cuyo centro (interior) está cortado por hondonadas profundas y anchas.
Las altas crestas que corren de norte a sur de las cordilleras Central y
Occidental separan, en esta parte de América, a la profunda y caliente hoya del Patía.
Ésta empieza cerca de Popayán; primero corre hacia el sur y se quiebra, devolviéndose
de repente hacía el noroeste; después viene la cordillera Occidental, pues en el sur,
altas y viejas masas montañosas juntan ambos brazos de la cordillera e impiden que las
aguas avancen más hacia el sur. Sobre una de estas crestas que corren hacia el profundo
valle del Patía, en esta región de altas montañas, tuvieron lugar las erupciones
volcánicas que poco a poco formaron la montaña conoide que desciende hacia el oriente y
el norte; montaña, que antes era llamada El Pasto, después recibió el nombre El Galera
y ahora es conocido por los colombianos medio instruidos como volcán de Pasto. Las
erupciones no ocurrieron de ningún modo en medio del viejo y delgado brazo montañoso,
sino que se produjeron al lado, un poco hacia el oriente. En consecuencia, aquí las lavas
y otros materiales formaron un cono escarpado, mientras hacia todos los otros lados los
materiales eruptivos sólo cubren superficialmente la vieja montaña. En la empinada
pendiente oriental, en un alto valle aplanado por sedimentos de ríos, se encuentra la
ciudad de Pasto, a una altura de 2.544 metros, distante 7.700 metros de la punta más alta
de la montaña. Hacia el sur se une la montaña volcánica con las crestas que descienden
de la alta cordillera, mientras hacia el occidente las largas pendientes desembocan en el
muy profundo valle de Guáitara. Allí está la población de Consacá, distante unos
12.500 metros de la más alta cumbre, a una altura de 1.658 metros. Hacia el norte, como
hacia el sur, la nueva lava cubre las altas y viejas crestas. Las escarpadas pendientes
hacia Pasto y Jenoi están escasamente bañadas de agua, mientras las largas pendientes
hacia Consacá y La Florida (2.155 m) están cortadas por quiebres muy profundos. El más
significativo de ellos es el valle del río Consacá, que, como un delgado corte en una
región llana, fascinante, se extiende al pie del lado occidental de la alta montaña
hasta el río Guáitara, conduciendo sus aguas al agreste río de la montaña. En su parte
media está rodeado de altas montañas boscosas, y en lo más profundo de la montaña se
convierte en una hondonada ancha rodeada de montañas peladas, casi perpendiculares, cuyas
circunvalaciones soportan el pico más alto de todo el conjunto montañoso. El punto más
elevado de esta circunvalación llega a los 4.264 metros, mientras el fondo del valle
descansa sólo a 2.865 metros, de manera que las paredes rocosas toman una altura de cerca
de 1.400 metros.
En el subsuelo de este cono de unos 3.000 metros en promedio, se eleva un nuevo cono
eruptivo negro de hasta 4.180 metros. Sus erupciones han causado frecuentemente terror y
angustia a los hábitantes de las poblaciones vecinas. Desde el año 1832
permanecióinactivo, hasta que el dos de octubre de 1865 se presentó una espantosa
erupción, acompañada de truenos aterradores. Una columna de humo y cenizas se elevó
sobre su cima a alturas inconmensurables. Se sucedían erupción tras erupción,
frecuentemente dos o tres veces por día. Aun en Tumaco, a la orilla del mar Pacífico, se
podían observar los efectos. Los cultivos sufrieron bajo la fina ceniza, y los animales
del bosque, espantados y con la alimentación arrebatada por la capa de ceniza, bajaban a
las viviendas de los hombres. Bloques de piedra incandescentes, de tamaño impresionante,
fueron arrojados sobre las pendientes de toda la montaña. Los pastizales, en las laderas
altas y aun los bosques más bajos, se incendiaron y aumentaron el espanto de la
catástrofe con la presencia del fuego. Poco a poco se apaciguó algo el volcán, pero los
frecuentes bramidos subterráneos y las columnas de humo que ascendían mostraban a los
habitantes de Pasto que aún la montaña estaba activa. Desde Pasto no se puede ver el
interior de la caldera, y por tanto el cono eruptivo queda invisible; pero desde Consacá
es posible observar permanentemente el "horno" de la montaña: como en ráfagas
de fuego, se movía la masa de lava ardiente montaña abajo hacía el valle de Consacá;
los bosques cercanos a la caldera fueron abrazados por el fuego y espantosos torrentes de
lodo cubrían cada vez más el profundo cañón del río. A comienzos de 1869, nuevas
erupciones de cierta magnitud dejaron en claro el aumento de la actividad volcánica. Ya
se pensaba en trasladar la población de Pasto, para alejar el peligro, pero querían
escuchar mi opinión. Venían a mi encuentro como hacia un Mesías, y agradecí al volcán
el buen recibimiento ya descrito.
De Consacá partí con 16 peones hacia el valle. Con mal tiempo, que hacía casi imposible
cualquier trabajo, acampé seis días al pie del cono, sobre un gran torrente de lava,
espesado bajo el cabo más bajo de un fuerte torrente de lodo, y crucé la pendiente del
cono que se encuentra en actividad. Después de tres semanas, finalmente regresamos a
Pasto. Sólo tres o cuatro días permanecí en la ciudad, y me dirigí esta vez hacia el
lado occidental de la montaña, para hacer mediciones trigonométricas. Tuve que
permanecer durante 18 días en mi carpa, antes de poder lograr el objetivo. Rodeando el
lado norte de la montaña, llegué a Jenoi, un pueblito muy cercano a Pasto. Desde allí
emprendí el ascenso de la montaña y llegué esta vez hasta el cráter, cuyos gases pude
recoger con éxito. Veinticuatro horas después se produjo una erupción, cuyas columnas
de humo se elevaban a 4.600 metros sobre la montaña; es decir, alcanzaban en total la
altura de 8.800 metros. Tres de mis carpasestaciones, donde yo había pasado seis noches,
fueron sepultadas por grandes bloques incandescentes de tres a cuatro pies cúbicos. Ahora
los habitantes de aquí están firmemente convencidos de que yo sé exactamente cuándo se
producen las erupciones, pues ! de qué manera se explica que me hubiera atrevido a dormir
tan cerca de la montaña y que me hubiera puesto a salvo en el momento preciso!
El 7 de julio regresé a Pasto y algunos días después me encontré con el doctor
Stübel, procedente de Popayán. Stübel ha dejado atrás un duro viaje por el valle del
Patía, y yo también he dormido en dos meses sólo 11 días bajo techo y en forma.
XII
Túquerres, 10 de octubre de 1869
Después que en la ciudad hube descansado de mi excursión de dos meses
por las laderas del volcán de Pasto, ordenado mis colecciones y otros asuntos y dispuesto
lo pertinente para las investigaciones siguientes, preparé la visita al lago de
semifábula que está en las cercanías de Pasto, a espaldas de la cadena central. En
pocas horas se puede llegar desde Pasto hasta las orillas del lago, y sin embargo no pude
conseguir, pese a mi permanencia de algunos meses en esta ciudad, ninguna información
satisfactoria sobre él. Desde el camino, bastante transitado, hacia Sebondoi y hacia el
nacimiento del río Amazonas, algunos habitantes de la ciudad habían visto el lago, pero
nadie me pudo decir su posición exacta ni su extensión. Pero precisamente este absoluto
desconocimiento de las cosas satisface al colombiano auténtico, cuya fantasía
aventurera, que no conoce ninguna barrera, puede idearse los cuentos más inverosímiles,
sin tener nada que temer, sin inventar algo que parezca increíble a sus paisanos.
El lago deberá de estar a unos 3.000 de metros de altura, arriba de
Pasto, y debe e de tener un largo de 16 a 20 leguas y un ancho en el que no se puede
reconocer la otra orilla. Grandes volcanes debieron de elevarse en sus orillas; incluso a
uno de ellos, al del cerro Patascoi, se le atribuyó una erupción en la que quedó
destruida una gran parte de la ciudad de Pasto por un terremoto, mientras en la cuesta
oriental de la cordillera se habían aclarado grandes extensiones del bosque, por la
caída de los árboles. Pero mientras todos los "pastusos" estaban de acuerdo en
que el cerro Patascoi tuvo la erupción, dominaba un gran desacuerdo respecto a la
ubicación exacta de la montaña. En la geografía de Colombia editada a órdenes del
gobierno de Pérez, se ubica el cerro Patascoi, equivalente a Bordoncillo, en el cabo
norte del lago, de manera que el camino que conduce de Pasto a Sebondoi, el primer pueblo
indígena en la ladera oriental de la montaña, debería conducir a su pendiente. Pero los
indígenas de Sebondoi están ubicados en la montaña, en el extremo sur del lago,
bastante retirados del Bordoncillo.
El 4 de agosto dejamos a Pasto. Todos bien montados a caballo, regresamos
en corto tiempo al camino que conduce a Laguna (2.788 metros), pueblo indígena situado a
tres horas de camino. Allí nos deberían esperar 18 cargadores, para transportar nuestro
equipaje (instrumentos y víveres), pues ya cerca de la ciudad de Pasto se acaban los
caminos transitables para las mulas. A pesar de los acuerdos a que habíamos llegado, no
estaba, por supuesto, ningún peón en la población. Romper los contratos y faltar a la
palabra son aquí cosa de todos los días, y se considera como una prueba de astucia e
inteligencia, mientras al hombre honrado se le tiene por "estúpido". Con
esfuerzos logramos finalmente hacia el mediodía poner en marcha la caravana.
El trayecto de Pasto al pueblo de Laguna se hace a través del valle de
Atris por un camino, dadas las condiciones de aquí, bien construido. Sobre las amplias
llanuras del valle están esparcidos una serie de pueblos indígenas, cuyas blancas
iglesias resplandecientes son visibles desde lejos. Todos tienen una gran extensión, pues
las cabañas, desperdigadas entre los campos, se extienden sobre toda la ancha comarca.
El camino de Laguna lleva muy rápidamente a la pendiente de las
montañas espesamente boscosas que, como se ve ya desde Pasto, forman la circunvalación
del valle plano. Al principio el sendero no es malo, pero pronto aparece el lecho de un
arroyo bastante torrentoso, que ha de vadearse o si no saltar de piedra en piedra.
Envueltos en nubes, ascendimos el último trayecto de la altura. A las cuatro de la tarde
la habíamos alcanzado y nos encontrábamos a la orilla del lago. A nuestros pies se
extendía una superficie de agua rodeada de montañas boscosas redondeadas,cuyo extremo
sur nos era ocultado por las crestas saledizas de una montaña. Las orillas penetran en
una cantidad grande de ensenadas y repliegues entre las alturas, rodeadas de profundos
pantanos cubiertos de espesa vegetación. Sólo unos breves instantes pudimos gozar de la
vista, pues gruesas nubes cubrían el horizonte y un aguacero helado nos obligó a
regresar a nuestras carpas.
Sombrío y lluvioso fue el día siguiente. Descendimos a la orilla norte,
en donde una barraca miserable y en ruinas presentaba los restos de un asentamiento
abandonado. Cochapamba (2.783 m) -así se llama este paisaje- se eleva sólo un poco menos
sobre el nivel del mar (2.749 m), pero está separado de sus orillas por pantanos
impenetrables. El nombre es indígena: Pamba, que quiere decir 'llanura', Cocha, 'lago'.
El lago es conocido simplemente como Cocha. Los conquistadores españoles lo llamaron, a
causa de su gran extensión, Mar Dulce, nombre que hoy día ha caído casi en completo
olvido
En un lugar muy adecuado, donde el bosque llegaba hasta muy cerca de la
orilla y ningún pantano dificultaba el acercamiento al agua, nos dedicamos a la tarea,
durante seis días, de construir una balsa transportable y ágil, trabajo que sólo fue
posible sirviéndonos de una gran cantidad de juncos que crecen aquí, pues los árboles
recién tumbados eran muy pesados para cumplir ese objetivo. Pero cuando, en definitiva,
queríamos navegar, se produjo un fortísimo viento oriente-sur-oriente, que domina aquí
casi sin pausa. El lago producía olas enormes, y la tempestad que se nos oponía de
contraviento nos obligó rápidamente a abandonar nuestra barca y proseguir nuestro camino
por la orilla occidental del lago hacia el sur. Pero esto ofreció también sus especiales
dificultades. Largos trayectos de las crestas corren desde la cadena montañosa, rodeada
de profundas depresiones de terreno, hacia el agua, cubiertas (esas crestas) de un bosque
espeso, pero fácilmente transitable, pues aquí por todos lados han abierto pequeños
caminos los buscadores de quina (los cascarilleros). Entre estas crestas hay amplias
vaguadas llenas de masas aluviales y escombros, cuyo piso, casi horizontal, se convirtió
en los últimos años en profundos pantanos. En las épocas secas, -es decir, en invierno
en las tierras más bajas-, se puede caminar por la orilla sobre una playa de arena, pero
ahora, cuando en estas alturas caen lluvias permanentes, estaba el nivel del agua tan alto
que fuimos obligados a sobrepasar cada cresta y pasar por los pantanos. Durante horas
todos los días tuvimos que sobreaguar, empapados hasta las rodillas y muy frecuentemente
entre profundas aguas y lodo. También muy frecuentemente, seguíamos el lecho de arroyos
y no pocas veces soportamos allí aguaceros. Tres días marchamos en estas condiciones
hacia el sur, antes que alcanzáramos el cabo del lago, y, según nuestras mediciones, el
lago sólo tenía de largo 12-14.000 metros. El tiempo era espantoso, de manera que no nos
pudimos hacer una idea de la configuración del lago, para no hablar de las mediciones
trigonométricas.
Pero en el extremo sur del lago había una casa habitada por dos
indígenas, que en esta tierra de nadie cultivaban algunos campos y criaban ganado. Para
nosotros fue de la mayor importancia, pues ya empezaban a escasear sensiblemente los
alimentos y la insatisfacción de nuestros peones amenazaba originar serias dificultades.
Por fortuna, pudimos comprar aquí un buey joven, que produjo carne para todos nosotros
durante doce días. Nos quedamos aquí un día, para concederles un descanso a los
obstinados peones. Entonces comenzó el trayecto propiamente difícil de nuestra empresa,
pues tuvimos que pasar por caminos nunca pisados, sin guías y sin conocimiento de las
distancias. Afortunadamente, veíamos la meta de nuestro viaje ante nosotros: una alta y
empinada montaña hasta cuyo pie se extendía una amplia llanura. ¡Ése debía de ser al
fin el cerro Patascoi!
Para hacer comprensible lo característico de la posición de la
montaña, debo agregar algunas observaciones sobre los alrededores del Cocha. Mientras que
entre Popayán y Pasto la profunda y ancha hoya del Patía parece dividir los Andes en dos
brazos, la masa completa de la cordillera al sur de Pasto está unida por el altiplano de
Túquerres y Cumbal en una sola cadena montañosa. Ya en Pasto empieza esa elevación de
la región situada entre ambas altas cadenas, la cordillera Occidental y la Central. Sólo
lentamente se asciende por Pasto a la montaña boscosa, una continuación de la empinada
cadena de traquita, que lleva de Tajumbina y el páramo de Mayo, por Aponte, hacia el sur.
Pero aquí de nuevo y más al norte, esta cresta muy estrecha está separada por un
profundo valle, esta vez en dos cadenas de montañas. Un gran lago, de más de seis a ocho
leguas de largo y algunas de ancho, tuvo que haber llenado alguna vez esta hondonada.
Ahora las aguas se han retirado, y una gran superficie pantanosa se extiende entre las dos
altas cadenas montañosas, cuyos picos se elevan aproximadamente aún 1.000 ó 1.500
metros sobre esta llanura. El Cocha es un vestigio minúsculo de ese viejo lago, y
también es llenado poco a poco por las masas de escombros procedentes de las montañas, y
sus aguas deben buscar, serpenteando en muchos repliegues por la llanura pantanosa, una
salida hacia los tributarios del Amazonas. El cerro Patascoi es la más alta de las
montañas que delimitan hacia el oriente este viejo lago; y para llegar a sus pies,
tuvimos que atravesar una explanada amplia y completamente llana de aproximadamente cuatro
leguas.
Pese a que este camino parecía fácil, necesitamos cuatro días para
transitarlo, pues unas veces teníamos que abrir una trocha, con el machete en la mano,
por entre matorrales impenetrables; otras veces teníamos que vadear largos trayectos por
entre aguas profundas o, lo que era peor, por entre barro espeso. Pasamos muchos arroyos
sin dificultad, pero la desembocadura del Cocha, que es de cerca de 40 pies de ancho y
entre 10 y 12 de profundidad, requirió una permanencia de un día, ya que tuvimos que
tumbar muchos árboles de ambas orillas, los que, amontonados unos sobre otros en la
corriente, formaban un puente lo suficientemente resistente para poder pasar sobre él
nuestro equipaje. Teníamos la esperanza de encontrar en el cerro Patascoi una bella
montaña volcánica, pero nos decepcionamos, pues, pese a que el monte ofrece un escenario
maravilloso, se compone de granito, y la erupción de 1834, imputada a él, es, como
tantas cosas en este país, sólo una fábula.
Subimos hasta la altura de 3.500 metros, pero el tiempo era tan malo y
nuestro interés tan poco, que desistimos del ascenso a la cima, cuya altura calculo es de
cerca de 3.900 metros. Aquí y allá se dispersaron las nubes y la lluvia cesó por breve
tiempo; así que pudimos ganar una vista sobre el especial escenario que nos rodeaba: al
fondo las escarpadas rocas y picos, en forma de torre, del cerro Patascoi, desde cuyo
centro se elevan las grandes masas rocosas de la cima; alrededor, maravillosas cascadas
que riegan sus aguas en el bello y pequeño lago, pero desde el cual brotan arroyos
torrenciales y conducen las aguas por sobre las altas cascadas hacia la tierra llana del
pie de la montaña. Cientos de ríos, altas paredes rocosas, casi siempre perpendiculares,
cuestas densamente boscosas, pequeños valles llenos de baja vegetación, completan este
extraordinario panorama. Después siguen leguas enteras de altiplanicies, pobladas de
frailejones, que aquí se ofrecen en extraña belleza y tamaño. En el norte se ve, en su
integridad, el lago del Cocha, con sus cientos de bahías y su pequeña isla Corota y las
amplias y altas lomas del Bordoncillo (3.699 m), con el nudo rocoso al que la montaña
debe su nombre. En muchas ramificaciones tiende a dividirse la montaña desde el norte
hacia el cerro Patascoi, encemmdo muchos y amplios valles pantanosos, que concurren a la
gran llanura, a través de la cual la desembocadura del Cocha conduce hacia el
sur-sureste. No hay, a lo ancho y a lo largo, ninguna habitación humana; no se divisa
ningún plantío. Si estos pantanos se hubieron secado por la canalización y se hubiera
establecido una cultura, se pudiera asentar aquí un extraordinario valle con muchos
poblados y fértiles cultivos de cereales.
En dos días y medio regresamos del cerro Patascoi al Cocha, un camino que
de ida nos había costado seis días. Caminamos por la pendiente occidental dela montaña
que rodea al Cocha y después, por una trocha conservada a propósito en pésimas
condiciones, llegamos a Pasto. Pero la vista extraordinaria pagó los esfuerzos de la
marcha a través de valles interminables. En un momento podíamos divisar completamente la
montaña volcánica de Pasto, en otro el Cocha, el cerro Patascoi y las amplias llanuras
de frailejones, y de cuando en cuando contemplábamos los más diferentes cuadros a la
vez.
El 31 de agosto llegamos finalmente otra vez a la ciudad. El resultado del
viaje fue mínimo. La espesa vegetación impide las investigaciones geológicas. Tan sólo
puedo decir que una parte de la montaña al pie del Cocha, el Bordoncillo y el cerro
Tábano (3.320 m) están compuestos de bellas traquitas, mientras la parte sur de la
circunvalación occidental, como las montañas alrededor del cerro Patascoi, están
formadas de viejas piedras cristalinas. Dos bellas montañas cónicas, en la orilla
oriental del lago, parecen pertenecer a erupciones de traquita,y también más al sur,
pueden hallarse, en la montaña occidental, traquitas, ya que éstas aparecen en los
arroyos como rocalla. En una palabra, el Cocha es el lago Laach de Colombia y se podrán
hacer estudios interesantes, cuando estén despejados los bosques. En Pasto pennanecí con
el doctor Stübel hasta el 21 de septiembre. Después él se dirigió al volcán de Pasto,
y yo hacia Túquerres.
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