Boletín Cultural y Bibliográfico. Número 35. Volumen XXXI - 1994- editado en 1995
 

VI

Zipaquirá, 5 de julio de 1868

Debo ponerme ahora a escribir esta carta, pues tenemos planeada una gran excursión y tal vez después no encuentre ninguna ocasión para enviar a tiempo cartas a Bogotá. Hemos abandonado esta vez a Bogotá en dirección norte y tenemos la intención de visitar la herrería de Pacho y las minas de esmeraldas de Muzo, así como otros lugares de interés. La excursión tomará entre 14 y 17 días. La mina de sal de Zipaquirá la visitamos ayer. Es ella un yacimiento de sal muy singular y de gran importancia para Colombia. El material extraído es cargado sobre mulas y transportado muy frecuentemente hasta el más apartado rincón de la república. Para el gobierno, las minas de sal, al lado de las aduanas, constituyen la mayor fuente de ingresos. Antes de emprender este tour, hicimos otro en dirección del puente natural de Pandi y hacia Fusagasugá. Para llegar allí, escogimos no la ruta convencional, sino una más interesante, pero también mucho más penosa. Tuvimos que ascender por una cadena montañosa y, desafortunadamente, el tiempo no fue el más favorable.

Por tramos llovía a cántaros. Del estado de lo que aquí llaman caminos, apenas es posible hacerse una idea. En medio de pantanos espesos, que pisan siempre las mulas, se originan zanjas permanentes, que son con frecuencia tan profundas, que las mulas tocan con la nariz las calzadas. No es raro encontrarse durante muchas horas con un camino en estas condiciones. Mas los animales se comportan admirablemente. La mula que me reservo para todos los caminos, la he comprado y estoy muy satisfecho con la adquisición. El precio fue razonable: 360 francos. El doctor Reiss compró una bestia elegante, pero rinde hasta ahora igual que la mía. De todas maneras, tenemos que adquirir para el viaje al Cauca dos bestias de montar más. El peso que hacen las mulas al viajero es muy grande. Cuando por la tarde se llega al lugar de dormir, lo más importante es procurar alimentarlas, lo que frecuentemente es de suma dificultad. Aquí se suelen tener los animales en pastizales que están cercados pero no ofrecen ninguna seguridad contra los ladrones. Además son estos potreros tan grandes, que al otro día se pierden algunas horas antes de lograr enlazarlas.

El puente natural de Pandi cubre, como una bóveda, un precipicio estrecho y profundo, de más de 400 metros, en medio del cual corre el río Sumapaz. El puente está formado de manera que las rocas desmoronadas que yacen abajo fueron desbastadas por el agua a través de los tiempos, mientras que la roca firme de la que surge ofrecia una fuerte resistencia. El puente pertenece a los leones de la comarca, y ya por esta debe visitarse. La región en la cual se encuentra esta atracción es verdaderamente hermosa. Colombia entera es, en realidad, una Suiza en una medida tres veces más grande. No se puede afirmar lo mismo del hotel.

Fusagasugá es la Baden-Baden de Bogotá. Los bogotanos de recursos suelen trasladarse hasta allí en junio y julio algunas semanas, para tomar aire más caliente y huir del paramito (de la lluvia con neblina). Que la gente alquile una casa en Fusagasugá y algunos de los más necesarios objetos sean transportados hasta allí, es lo más importante y entretenido de todo el asunto, pues el sitio no ofrece absolutamente nada. De las casas, tal vez unas cinco o seis estén limpias; las otras están más cerca de nuestra idea de una cabaña de barro. La posición del sitio en una planicie que comprende muchas millas valle abajo y que está encerrado por altas montañas cubiertas de bosques, es sumamente impresionante. Desde Bogotá se puede llegar Fusagasugá en un día; el viaje a caballo es, sin duda, pesado.

En Bogotá, en estos momentos, se compra en grandes cantidades todo el cambio de moneda europea, porque el gobierno pagó algunas de sus deudas.

Hoy por la tarde (7 de julio) hemos llegado a Pacho, y envío esta carta a Bogotá con un inglés que nos acompañó hasta aquí.

VII

Bogotá, 15 de agosto de 1868

Desde Pacho envié mi última carta. Hemos concluido hace pocos días nuestra excursión por las provincias del norte de Colombia, ya regresamos a Bogotá y estamos muy satisfechos. Cuánto tiempo tarda en este país un viaje, es algo imprevisible. Para el último nos habíamos fijado 14 días, y estuvimos de viaje cuatro semanas enteras. Nuestras mulas respondieron muy bien a las exigencias y ninguna se extravió. El peón que llevábamos, fue de gran utilidad. El tiempo permitió con frecuencia ser disfrutado. Pero las condiciones topográficas hacen aquí completamente imposible escoger un clima adecuado en unos sectores del territorio, aunque ellos sean contiguos. Las condiciones climáticas dificultan mucho los viajes, pues se debe contar con vestidos tanto para el calor tropical como para las más bajas temperaturas y las fuertes lluvias. En Pacho pasamos un día para visitar la herrería, que pertenece al hermano del ministro inglés en Bogotá y quien nos recibió muy amablemente. Lo que aquí significa una herrería, puede ser imaginado con facilidad, si se sabe que no existe en ninguna dirección ni una sola carretera transitable y el camino que conduce a la capital del país no es mejor que el que cruza el Monte Moro en Suiza. A nosotros nos interesaron especialmente la forma y los yacimientos de las piedras ferruginosas.

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Negociante de huevos de Chocontà

Para ir de Pacho -una población que está en un valle precioso y goza de un clima muy agradable - a Muzo, tuvimos que atravesar un páramo de unos 10.000 pies de altura, y al cuarto día llegamos a nuestro destino. Este trayecto del camino fue muy "trabajoso", como aquí se suele decir, pues uno se arriesga a quedar estancado en el barro y para las mulas y los hombres apenas se puede obtener lo indispensable para la subsistencia. En las cabañas donde es necesario pasar la noche, las personas no desean vender absolutamente nada, y después de largas horas de negociación muy de cuando en cuando se logra adquirir unos huevos o una gallina. Se requiere mucha paciencia para repetir lo mismo casi todos los días, especialmente con el estómago hambriento, con frío y humedad después de la caída de la noche. Muzo es una pequeña población completamente en ruinas, que fue construida por los españoles cuando conquistaron el país. Las ruinas están cubiertas con la vegetación más exuberante, pues Muzo pertenece a tierra caliente. Las minas de esmeraldas están a tres horas de distancia. Estábamos ocupados justamente con la determinación de la anchura geográfica, cuando Lehmann, el director de las minas, para quien teníamos algunas cartas de recomendación, llegó y se nos presentó. Que Lehmann tiene que ser judío, se entiende por sí mismo. Pues un negocio de piedras preciosas de alguna significación no puede estar en otras manos. Menos se entiende por sí mismo que Lehmann sea francés, o que él mismo al menos no juegue con destreza. Pues como nos insistió el primer peluquero de Bogotá, que nos dio una carta de recomendación para Lehmann -asegurándonos que cuando estaba en Bogotá se la pasaba todo el día en su casa -hizo que conocer a Lehmann fuera para nosotros casi tan inquietante como las minas de esmeraldas mismas, las que, como se nos aclaró en Bogotá, no parece verse con agrado que se las visite, al menos por especialistas.

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Indìgena de Suba

En compañía del primero y del segundo directores, llegamos el mismo domingo al población de Muzo, que cuenta con una muy notable mina de su tipo y donde en la casa del director encontramos dispuesta una habitación y la mesa servida para nuestro recibimiento. Los dos días siguientes visitamos las minas, pero tuvimos que pagar con amplitud al francés la hospitalidad con la conversación y el examen establecido. Las minas son trabajadas por cerca de 250 indígenas, que rinden con un resistencia increíble. Geológica y mineralógicamente son las minas muy interesantes, y la compañía, que no paga al gobierno una renta anual de más de 150.000 táleros, debe hacer pingües ganancias con ellas. Al día siguiente de nuestra estancia, el botín fue esplendoroso: se encontraron cientos de cristales, entre ellos muchos pequeños, muy valiosos, pero también dos del tamaño de un puño, en.. espatos calcáreos del esquisto negro. Lehmann no pudo aseguramos convincentemente que días como ésos eran una excepción, y nos rogó no hablar nada sobre ello en Bogotá. Para mencionar una vez más la personalidad en cuestión, sólo quiero señalar que el talento ejecutivo de Lehmann descansa única y exclusivamente en hacer esfumar, con una ambición digna de ver, hasta la más pequeña chispita de esmeralda. El comportamiento del señor director era tal, que los otros funcionarios, cuando estábamos solos, aprovechaban la oportunidad para lamentarse de que nosotros tuviéramos que llevamos una impresión tan negativa del funcionamiento de las minas. Todas las esmeraldas son enviadas a París, pulidas y desde allí comercializadas. Las piedras que son ofrecidas aquí de cuando en cuando en el mercado, proceden de épocas pasadas y fueron en ese tiempo agrupadas con buen gusto. En Bogotá, jesuitas italianos han trabajado con oro macizo.

Para proseguir nuestro viaje, fue necesario regresar a la localidad de Muzo y tomar de nuevo el peculiar puente sobre el río Minero, que había olvidado mencionar hasta ahora. El puente se compone, desde que el río destruyó uno de madera, de una serie de tiras de cuero que están tensas, a una considerable altura, sobre el amplio pero caudaloso río de unos cien pies de ancho. Para pasar de un lado a otro, uno se ata una cuerda al cuerpo y, asegurada a una madera arqueada que está. colgada sobre las tiras de cuero, se deja uno empujar. Gracias al impulso dado con las manos en la cuerda tendida horizontalmente o impulsado por indígenas, se atraviesa rápidamente de una a otra orilla. Las mulas deben, por supuesto, nadar, pero son amarradas de tal forma que la corriente no las pueda arrojar contra las piedras. El paso quita mucho tiempo, pero de todas maneras es muy original. El mismo día tuvimos que atravesar otro puente, igualmente muy particular. Era del tipo del puente en cadena, cuyas cadenas no eran fabricadas de hierro, sino que son reemplazadas por bejucos (especie de lianas). Para el afianzamiento de estas cuerdas naturaIes sirven las ramas de dos árboles situados uno frente al otro. Una obra de estas características, que los indígenas saben construir con gran ingenio, causa un efecto espectacular en medio de la exuberante vegetación.

La siguiente localidad que queríamos visitar era Santa Rosa, conocida por un enorme meteorito de hierro, que se encuentra allí mismo. En el camino pasamos por una de las ciudades más grandes de Colombia, en realidad muy visitada, a causa de la milagrosa Vlfgen María de Chiquinquirá. La catedral es grande y fue construida por los jesuitas, pero no ofrece nada de interés. En Saboyá nos desilusionamos bastante de las piedras con jeroglifos indígenas. Villa de Leiva es una localidad muy agradable. La visitamos por las petrificaciones que se encuentran en sus cercanías. En Paipa nos detuvimos a ver las aguas termales y los afloramientos salinos que cubren grandes extensiones del suelo. Finalmente llegamos a Santa Rosa, el 23 de julio. Nuestros primeros pasos se dirigieron a la plaza, donde junto a la fuente, sombreado por altos prados, está el meteorito. La piedra es tan grande y pesada, que con los medios con que aquí se cuenta no puede ser transportada. El superintendente de minas sería muy desdichado, si viera el meteorito y no tuviera la oportunidad de llevárselo. Con frecuencia se había intentado en vano quitar un trozo de la piedra. El alcalde delpueblo, con la convicción de que, como los otros, fracasaríamos, nos concedió con gusto permiso de trabajar en ese intento. Con muchos esfuerzos y con la asistencia de muchos herreros de gran fortaleza, se lograron arrancar dos trozos del tenaz hierro. La mitad de la ciudad, por supuesto, estaba allí reunida.

Desde Santa Rosa emprendimos el regreso a Bogotá y visitamos las ciudades de Sogamoso, Tunja, capital del Estado de Boyacá, y Chocontá (todos nombres indígenas). Tunja se puede comparar, por su posición y aspecto, a alguna distancia, con las montañas nevadas sajonas. Los distritos paramosos poseen tales similitudes con el escenario de los Montes Metálicos. Sobre el papel se llega a estos pueblos"con gran rapidez, pero en realidad se tiene que luchar con algunos obstáculos y pequeñas aventuras. Casi la totalidad de las ciudades y pueblos aquí mencionados están separados uno del otro por cadenas montañosas o se encuentran a sus espaldas, y los caminos, en razón de sus espantosas condiciones, superan toda descripción. Nuestras bestias de carga se han caído en algunas ocasiones, lo que nos ha obligado, con grandes esfuerzos, a ayudarlas a que se pongan de nuevo en pie. Una vez una mula que cargaba dos pequeñas maletas de cuero de buey se quedó estancada con éstas en un hueco estrecho. En otra ocasión, la mula del doctor Reiss se hundió en un lodazal solidificado en la superficie, pero tan profundo que tan sólo eran visibles algunas pequeñas rayas del lomo... y tuvimos que luchar una hora entera, antes que pusiéramos otra vez en camino a la mula.

Diez minutos antes de llegar a Chiquinquirá, nos sorprendieron las tinieblas y las lluvias, y no nos fue posible entrar a la ciudad, pues cuatro de nuestras mulas se perdieron con la carga completa de instrumentos y carpas, pese a que el arriero hacia todos los esfuerzos para mantenerlas juntas en la oscuridad. Por fortuna, cayeron en un prado cercado; de lo contrario, difícilmente las hubiéramos vuelto a ver. Alguna vez el camino se nos convirtió en una densa selva, y otra vez tuvimos que hacer un desvío que costó un día entero, porque un arroyo pantanoso, que apenas se podía saltar, se creció por las lluvias de tal manera... etc., etc. Estos son pequeños acontecimientos que tienen regularmente como consecuencia que no logremos el objetivo del día y que debamos pasar la noche en una casa solitaria en la que no hay nada de comer para las bestias ni para los hombres. Tuvimos mucha suerte con los guías, cargadores y arrieros, que estuvieron de muy buena voluntad y nunca perdieron el buen humor.

La chicha, una bebida de maíz supremamente embriagante, la toma la gente en cantidades colosales. El indígena que cargaba nuestros barómetros se tomó en cuatro semanas ocho táleros de su sueldo, a pesar de que, en cada comida y tres a cuatro, veces a lo largo del día, le ofrecíamos a discreción. El producto es tan barato, que por un franco se obtienen por lo menos cuatro botellas. Los alimentos son extremadamente baratos. Con frecuencia hemos pagado por un desayuno para nosotros tres,. para los tres peones y el alimento de seis a ocho mulas, no más de dos francos. Pero en otros sitios, la gente trata de subir los precios de la manera más descarada.

La sabana de Bogotá, con sus descensos en dirección norte y occidente, la hemos recorrido de tal manera, que conocemos su conformación geológica, al menos en forma general. Más no se puede obtener en un país tan incivilizado, si no se quiere gastar toda la vida en ello. Todavía nos faltan, para completar el cuadro, las' estribaciones orientales de la colosal altiplanicie, pues la parte sur la recorreremos al proseguir nuestro viaje a Quito. Detrás de las montañas en las que se elevan las casas de Bogotá, se extienden, a sólo tres días de camino, llanuras inabarcables con la. vista y apenas pobladas -un mar petrificado-, las que riega el Orinoco con sus innumerables afluentes casi inexplorados científicamente. El doctor Reiss, quien,con sus instrumentos universales, proyecta hacer mediciones (que quitan mucho tiempo) en los volcanes de la cordillera Central, ha desistido de hacer la excursión originalmente planeada a los "llanos". Por el contrario, yo pienso todavía llevarla a cabo. En el valle del Cauca nos volveremos a encontrar. Dónde exactamente, aún no lo hemos decidido. Posible y muy seguramente, yo regrese en 10 ó 14 días a Bogotá. y prosiga sin demora el viaje hacia el sur.

El tiempo empieza a mejorar, pero todavía llueve por lo menos diez veces al día. La temperatura oscila entre 9 y 18 grados.

Los cigarros son aquí muy baratos, pero la mayoría realmente malos. El mejor tipo: de los de Ambalema cuesta sólo entre 10 y 12 táleros el millar. Pero hay también algunos cuyo millar cuesta apenas un tálero. Casi todos los franceses fuman aquí. Según las noticias que traían los diarios de fines de junio, parece que no pasa nada en Europa. El incendio en Bremen debió de ser bastante significativo. Las revoluciones parecen apagarse en todos los Estados de la República de Colombia.

VIII

Bogotá, 15 de octubre de 1868

Del viaje a los Llanos de San Martín regresé en los últimos días de septiembre aquí a Bogotá, bien y muy satisfecho. Partí el 23 de agosto y el doctor Reiss, que deseaba ponerse en marcha dos días después hacia Ambalema, me acompañó un trecho del camino. En pocas horas se llega de Bogotá a la cresta montañosa que forma la vertiente hidrográfica entre los ríos que van al valle del Magdalena y los que corren al Orinoco. Necesité seis días para bajar desde allí, a través del valle casi deshabitado del río Negro, a Villavicencio, pueblo infeliz que está a la entrada de los Llanos. Los ríos, sin puentes y en esta época del año muy caudalosos, al lado de los frecuentes aguaceros y los caminos apenas transitable s en muchos trechos, me dieron un trabajo muy grande. Los Llanos, estas llanuras imposibles de abarcar con la vista, a través de las cuales corren lentamente el Orinoco y sus múltiples afluentes, se contemplan por primera vez antes de Villavicencio desde una alta montaña, llamada el Alto de Buenavista. Se ve, tanto como la vista alcanza, sólo selva, interrumpida aquí y allá por verdes praderas, desde las cuales resplandece el agua de los ríos. Ninguna montaña pone límite a la vista. En diversos puntos se elevan columnas (le humo de las praderas quemadas -las que son incendiadas por los indígenas para favorecer el crecimiento del pasto y exterminar las alimañas- o Nubarrones arrojan oscuras sombras sobre el mar, que es, en otros sitios, iluminado vivamente por el sol.

Desde Villavicencio planeé visitar una gran salina y después proseguir el viaje a la población de San Martín. Ambos propósitos fueron frustrados por las crecidas de los ríos. Después de quedarme seis días en Villavicencio, intenté cruzar el río Gutaquia, pero tuve que desistir, pues las mulas no pudieron resistir la violencia de la corriente. De esta manera me vi precisado a cambiar el plan del viaje y, en vez de aprovechar los ríos que vienen de la montaña en dirección a San Martín, seguí su curso. Dos días cabalgué por una región llamada Apiai -naturalmente, toda llana, con una hierba alta y oasis de palmeras- para llegar al poblado de Pachaquiaro. En este viaje nos encontramos con un indígena, armado de arco y flecha, corriendo a la caza de un venado; de resto, muy raramente se encuentran débiles huellas de la presencia humana. El indio, que formaba parte de la población de Pachaquiaro, estaba en posesión de una canoa, el único medio de transporte que de todas maneras yo deseaba alquilar. En este tronco de árbol ahuecado viajamos río Negro abajo, desembocamos en el Reheta y llegamos al segundo día, al atardecer, a un pueblito, Cabuyaro. Las orillas de este río -las que yo recorrí- están completamente despobladas, y pasan años sin que se deslice una canoa por la superficie del agua. La naturaleza está aquí abandonada a sí misma y ofrece una extraordinaria sensación de grandeza y milagroso acontecimiento. La vida animal se corresponde con la exuberante vegetación. Los monos, papagayos, y toda suerte de aves y mariposas abundan en la tierra como los peces y los caimanes en el agua. Muchas culebras enormes sobrenadan con rapidez en el río, y un gran tigre que toma agua, parece muy sorprendido con la inesperada perturbación. ¡Pero cuán poco incómodos son todos estos tenebrosos animalesde naturaleza primitiva en comparación con los insectos chupasangre, que suplen en número lo que les falta en tamaño! En la noche que pasamos sobre un banco de arena del río, pese al mosquitero, fuimos casi devorados por los mosquitos. La cara y las manos se nos hincharon.

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Figura Arqueològica de San Agustìn

Hacia Cabuyaro tiene ya el río Meta una anchura comparable a la del Rin por Maguncia. En Cabuyaro pasé dos días y cabalgué hacia las montañas detrás de las cuales está Bogotá. Después de cuatro días cerca de una población, Medina, alcancé el río, hacía donde había enviado con anticipación mis mulas desde Villavicencio. En este paseo tuvimos que cabalgar por horas sobre llanuras que están un pie de altura bajo agua y, para variar, de cuando en cuando, viene un cañón tan profundo que se debe desensillar. La recua de mulas nada con pleno placer y los indígenas transportan sobre la cabeza las montaduras y la carga a través de esa planicie, o se improvisa, con árboles puestos uno frente al otro, un puente. El agua no es muy fría; en los ríos la temperatura alcanza al mediodía 30 grados, y en las aguas sin movimiento hasta 34 grados. En Cabuyaro asciende la línea de mercurio, a la sombra, hasta los 36 grados, y bajo el sol a los 52, temperatura bastante respetable. Después de haber pasado unos días en Medina, emprendí el camino hacia las montañas, y ocho días después llegué a Bogotá. Medina está en un maravilloso valle encajonado,pero el pueblo mismo se compone sólo de algunas pocas casas muy pobres; es el punto principal de las negociaciones de ganado entre la sabana de Bogotá y 10sI Llanos. Hasta ahora los Llanos sólo producen ganado vacuno, y es negociado engran número no sólo para Bogotá, sino para el valle del Magdalena. La mayoría procede de Arauca. Un toro grande y carnoso cuesta en los Llanos 10, máximo 12 táleros. Los llanos de San Martín y el Casanare tienen para el comercio un gran futuro, y especialmente Bogotá ganará extraordinariamente, a través de una conexión con el río Meta, que es mucho más adecuado para el transporte fluvial que el rio Magdalena. El gobierno proyecta construir una carretera al Meta, pero por ahora se carece de los medios para hacerla. En relación con este proyecto, recientemente el presidente de la república me solicitó por escrito que lo visitara y le expresara mi opiniones y mis experiencias. Por supuesto que tuve que manifestarme y pedirle que señalara una hora para el recibimiento. Pero al día siguiente se presentó en Bogotà una pequeña revolución, y ella me ha descargado hasta ahora del fastidioso asunto y espero que me libre completamente de él.

En Medina y Villavicencio, donde tres o cuatro bogotanos han cultivado plantaciones de café, fui recibido muy cordialmente -naturalmente, sólo con palabras; màs allá la gente no va-, para que yo hablara con el gobierno de la conveniencia de lacarretera. Los habitantes de Villavicencio envidian la carretera -que seguramente nunca se va a construir- de los habitantes de Medina, y viceversa. La exigencia.,muy colombiana, de un hacendado de presentarle un concepto escrito desfavorable a Medina, la contesté muy enérgicamente en forma medio pública, y desde allí yo no quiero tener nada que ver con este turbio asunto. La ignorancia que los bogotano tienen de la rica e inmensa región que se extiende hacia el Orinoco -y que también determina de una manera importante las condiciones climáticas de la capital de la república- es increíble. Excepto algunos comerciantes de ganado, hay si acaso tres personas que se hayan atrevido a ir a Medina o a Villavicencio. La gente tiene un miedo muy ridículo a las características malsanas del clima, que no son tan malignas como se piensa. Yo llegué en perfectas condiciones, pero no pasé por casa alguna donde no hubiera por lo menos un niño con fiebre, lo que en gran parte se debe al condiciones insalubres en que vive la gente y a su mala alimentación.

En mi compañía tenía un servidor personal muy útil y un indígena que era un caza. dar experimentado y apasionado perseguidor de mariposas; a diez pasos de distancia sabía él si la mariposa era macho o hembra. La gente dispara a grandes y bellas mariposas como a los pájaros, con la cerbatana, sin hacerles daño. Quise llevar do personas más, pero en el momento de partir una estaba tan borracha que no pudo caminar, y la otra, a la que le correspondían las mulas, prometió alcanzamos después, pero no llegó nunca, por miedo al clima.

Mi servidor personal está tan enfermo de fiebre desde que llegó a Bogotá, quehace imposible continuar el viaje con él; también el indígena parece compartir s destino, pero él no se ha vuelto a dejar ver, pese a que deseaba con gusto proseguí conmigo el viaje al Tolima. Hoy contraté un hombre que parece serio y útil, después que tuve que prescindir de muchos otros. No se contrata aquí a la gente por meses semanas, sino que el despido o la echada de alguien es una cosa que se resuelve en cinco minutos, aunque a veces con la variante de que los señores se anticipan despido dejando repentinamente de presentarse.

Desde hace algunos días la revolución que ya mencioné ha estallado nuevamente pero parece que ha tomado escasa dimensión, pues la gobernación general impuso su autoridad con habilidad y desarmó al partido conservador sin derramar sangre. El presidente del Estado de Cundinamarca, que siente simpatías hacia los conservadores, según la opinión de los liberales había violado normas constitucionales y ambos partidos empuñaron las armas para mantener el orden o restablecerlo, respectivamente. Tanto los conservadores como los liberales se habían reunido en gran número, concentrándose en dos edificios. El domingo, temprano, debía empezar la lucha dentro y en las afueras de la ciudad. Sin embargo, esto no ocurrió, porque durante la noche la gobernación cercó el edificio, en el cual se encontraban los conservadores, con tropas y artillería, y los obligó, para gran regocijo de los liberales, a rendirse. El presidente del Estado de Cundinamarca fue apresado al lado de unos 50 cabecillas y conducido a prisión; el resto del pueblo tuvo que irse a sus casas. Ahora son enviadas divisiones de tropa en todas las direcciones, para desarmar en otros sitios a los conservadores. Cuando esto suceda, serán puestos otra vez en libertad y el juego volverá a empezar. Como la gobernación general carece de tropas suficientes, diariamente son enrolados muchos "voluntarios"; es decir, divisiones de soldados cruzan las calles y agarran a quien les parezca de utilidad. A quienes no vayan de buena gana, se les amarra una soga al cuello. Las tropas del gobierno general, compuestas en su mayoría por indígenas, son muy valientes y relativamente bien entrenadas. Los uniformes, que se llevan en las ocasiones ceremoniales, siguen todavía los modelos franceses. El resto del tiempo, los soldados van tan desharrapados como les guste. Se ven lo más parecidos a una banda de indígenas, cuando se trasladan al campo, a donde cada uno lleva su cama sobre los hombros.

En este momento el tiempo es muy malo; no pasa un día sin que llueva con fuerza durante algunas horas. Pienso partir de aquí dentro de unos ocho días e irprimero a Ibagué, al pie del Tolima, para lo cual ya alquilé unas mulas, y desde..allí proseguir el viaje al valle del Cauca, pasando por Neiva, La Plata y el páramo de Guanacas. He recibido noticias, indirectamente, del doctor Reiss: hace ocho días no había llegado aún a Cartago. El terremoto en Perú y Ecuador, sobre el cual han llegado a Europa, en todo caso, más precisas y detalladas noticias, ha causado aquí un gran pánico. El teatro fue cerrado, porque nadie quería ir allí por temor de ser sepultado por la edificación, que amenaza derruirse. Pues con estos terremotos, según parece, se han presentado grandes erupciones volcánicas al mismo tiempo en diferentes puntos. Es una feliz coincidencia que nos encontremos en sus cercanías.

IX

Neiva, 30 de noviembre de 1868

Me alegro mucho de recibir sólo buenas noticias en la última carta. Fue una sorpresa para mí que Europa se muestre tan pacífica, mientras aquí se habla mucho de una inminente guerra entre Alemania y Francia. Que nosotros, el doctor Reiss y yo, estemos haciendo nuestros recorridos en forma completamente independiente el uno del otro, es para la común empresa sólo una gran ventaja

Mi última carta la envié el 17 de octubre de Bogotá, y dejé esa ciudad el 25 de octubre, con siete mulas y tres personas; al servidor y al indígena que me acompañaron a los Llanos, lamentablemente no los pude traer, pues ambos estaban enfermos. En Ibagué, a donde llegué el primero de noviembre bastante retrasa., do, encontré el alojamiento reservado con la mayor anticipación. Apenas He llegué, me visitó el gobernador del Estado del Tolima (Ibagué es la capital) y puso a mi disposición sus servicios. La gente es de una gentileza supremamente fastidiosa, tanto que a diario, de la mañana a la tarde, me rendían tributo con su presencia y su aburrida manera de hablar hispánica. Nadie ofrece aquí una hos pitalidad desinteresada. O se tiene que pagar por ello, haciendo la inspección de supuestas minas de oro y plata, o la gente cuenta, tocada por la vanidad hispánica, con ver su nombre en letras de molde. Frecuentemente recibo de las propias manos de la gente su tarjeta de visita con la observación: "Usted tiene que escribir de todas maneras un libro y no olvidarse de pensar en su amigo..." etc. En estas circunstancias tuve que agradecer distinciones que, aun cuando hubiera venido el mismo Humboldt, no hubieran sido mayores.

En tan favorables circunstancias, fue posible en pocos días hacer los preparativos para un ascenso al nevado del Tolima. El 6 de noviembre emprendí a pie la excursión, acompañado de siete peones colosalmente fuertes, y en cuatro días llegamos a la nieve, cuyo comienzo se encuentra a 4.300 metros de altura. A cada paso el camino se tenía que desbrozar, y muchas plantas y helechos raros cayeron al filo del machete. No es fácil deshacerse de los múltiples obstáculos, y éstos deben ser superados. En las regiones de tierra alta tuvimos que padecer mucho por las lluvias y por el piso pantanoso. Los peones, con su carga sobre las espaldas, se hundían hasta las rodillas en el fango negro. Yo iba un poco mejor. A una altura superior a los 3.000 metros se acaba la vegetación arbórea y hace su aparición el frailejón, una planta muy característica, que mide entre 121 y 15 pies de altura. Dos noches pasamos a la altura de 4.300 metros, porque deseaba estudiar las piedras del volcán y su composición topográfica. La temperatura descendía, pese a que el cielo, con raras excepciones, estuvo completamente cubierto y que llovía a cántaros, hasta medio grado bajo cero. Tales condiciones, el estar con siete peones en una carpa de una tela sencilla y el dormir sobre el piso desnudo, no forma parte de las actividades más elegantes. El 12 de noviembre subí al cono del volcán, tanto como las condiciones lo permitieron, llegué hasta una altura no del todo insignificante: unos 5.000 metros. La cumbre del cono está sólo unos 500 metros más arriba. El Tolima muestra, en el presente, muy débiles huellas de su anterior actividad. La excursión fue interesante en extremo, y recorrimos un terreno volcánico hasta ahora muy poco conocido. Al noveno día de nuestra ausencia, regresamos a Ibagué sin accidente alguno. La gente que me acompañó era excelente. Tuve suerte con el tiempo, pues emprendí el ascenso en uno de los mejores meses lluviosos. Al Tolima hacen compañía, a una mayor distancia, otros tres nevados de altura parecida, que nos reservan, articulando su estructura profunda con una cadena montañosa de gran envergadura, un panorama majestuoso. El doctor Reiss ha subido a otro de los tres nevados, al páramo del Ruiz, pero también se ha quedado estancado en la nieve.

Ibagué está a una altura de 1.300 metros sobre el nivel del mar, en la desembocadura de un valle que tiene en su integridad el aspecto de un paisaje suizo. Pero desde aquí no es visible el Tolima. El clima de Ibagué es muy agradable, pues la temperatura apenas varía y se puede comparar con el calor de nuestros días de verano. Un viento ligero procedente del páramo ofrece al amanecer y al atardecer una agradable frescura. Con paquetes de cartas de recomendación y un pasaporte especial para la ciudad (sic) Tolima, que es un real ejemplar de fórmulas de cortesía y que me autoriza a extender a cualquier persona que yo indique a las autoridades un pasaporte de seguridad contra el servicio militar obligatorio, abandoné a Ibagué el 21 de noviembre y llegué, cabalgando por el ancho valle del río Magdalena hacia arriba, a Neiva el 28 del mismo mes. Desde aquí continuaré el viaje mañana por la mañana, primero hacia Gigante, La Plata y San Agustín, donde se encuentran monumentos indígenas muy significativos, y en el trayecto de la cordillera Central (para llegar a Popayán) pienso realizar una visita al volcán del Huila. El tiempo ha mejorado en el transcurso de la semana. Neiva es muy caliente; la temperatura promedio anual es de 27 grados. Las mulas se encuentran en buen estado, pero han sido víctimas de los mosquitos chupasangre tanto como los hombres arriba mencionados. En Popayán podré escribir de nuevo.

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Popayán. 13 de febrero de 1869

Dejé a Neiva los últimos días de diciembre en dirección a San Agustín, pueblo que se encuentra sólo a pocos días de viaje del nacimiento del río Magdalena; es decir, está en el fin del mundo. Pero tan pronto como pude llegar, tuve que hacer, en interés de algunos amigos de Bogotá, una inspección de una mina de plata recién descubierta que había puesto a todo el país a la expectativa. Se me había asegurado que esa mina estaba a sólo tres o cuatro horas de distancia de San Agustín. Pero cuando fui a esa región, las tres o cuatro horas se convirtieron en tres o cuatro días. También me vi precisado a acudir a esta misión tan fastidiosa para mí, ya que los señores interesados habían esperado en vano dos semanas mi arribo y yo había sido recomendado, en consideración a los servicios prestados, con grandes elogios. Pero tampoco estos tres o cuatro días fueron suficientes, pues la expedición requirió -incluido el tiempo que yo empleé en el estudio de viejos manuscritos y la redacción de un concepto- finalmente 14 días. Se trataba del hallazgo de una vieja y muy rica mina de plata -llamada La Plata-, que en el año 1583 había sido completamente destruida, junto con la ciudad aledaña, por los indios. Naturalmente, yo me había resistido a la búsqueda de minas y sólo puse a disposición de los señores mis conocimientos mineralógicos para estudiar las vetas ya descubiertas. La visita a las galerías arrojó para los interesados, por supuesto, resultados muy poco satisfactorios. Se tiene aquí, en general, la pirita de hierro por oro, y algunas personas hacen negocio derritiendo plata de la mina de hierro; es decir, estas personas les dan la mina para ser investigada -cualquiera que sea el metal-, arrojando trozos de plata como resultado del análisis, y cobran bastante por ello. Este ardid había sido utilizado en este caso, y yo tuve más tarde una conversación muy cómica con un señor, que estuvo de acuerdo, al derretir la plata de la hematites. La excursión, que hice muy en contra de mi voluntad, resultó a la postre muy interesante, aun cuando todo en este país es supremamente fastidioso; subimos a una montaña que es conocida con el nombre de Cerro Pelado. La ciudad, que también fue destruida por los indígenas, y que debió de tener unos 12.000 habitantes, la descubrimos con ayuda de algunos indígenas, guías baquianos. Se puede aún reconocer la muralla que rodeaba la ciudad, la plaza, etc., aun cuando la selva había hecho retroceder el terreno ganado. Pues, como por el descubrimiento de la famosa mina de plata se había ofrecido una suma considerable, pudo la gente estar agradecida de que yo me diera a la tarea de comparar las palabras de los viejos manuscritos con las condiciones del terreno y demostrarles que ellos no habían comprendido la cosa por el lado correcto. Uno de los señores, un bogotano muy distinguido, me acompañó durante cinco semanas y me prestó, para el resto del viaje, servicios indispensables.

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San Agustín es el único sitio de toda Colombia en donde se encuentran restos de arte precolombino; hasta ahora ha sido descrito una sola vez por un geógrafo colombiano y, por cierto, de una manera muy deficiente. Lo que allí encontré sobrepasó ampliamente mis expectativas. No existen construcciones, pero hay un número grande de estatuas sumamente interesantes, algunas de las cuales están en verdad hermosamente trabajadas y hacen recordar el arte egipcio. El material que fue utilizado aquí por los indígenas es una lava dura en extremo. El manejo de este material, que sólo era posible con herramientas muy perfeccionadas, prueba que los españoles no hubieran sido capaces de conquistar esta parte de América, si el pueblo escultor hubiera vivido aún. Esta época artística está, en todo caso, a cientos, si no a miles, de años atrás.

Vimos la cabeza de una estatua que sobresalía del piso. Creímos que no en tan grande y decidimos desenterrarla Después de tres días de trabajo se diò con la base, y fueron necesarios 23 indígenas para levantar la columna de 15 pies de alto. El tiempo fue menos favorable, pues llovió diariamente, pese a que estábamos en la mejor época del año. Y en esta selva, donde habitan los dioses astral es, había tantos bichos chupasangre que fuimos casi literalmente devorados. Logré hacer algunos dibujos, con las manos ampolladas. Después de pasar siete días en San Agustín, emprendí el regreso y me detuve un domingo (el 27 de diciembre) en Timaná, pueblo que ha ganado bastante fama por la industria de los sombreros Panamá. Los sombreros más finos salen al mercado, y en un pueblo vecino vive la persona que obtuvo por esta industria la medalla de oro en la última exposición de París. La calidad del sombrero no depende solamente de la finura del trenzado, sino también de la igualdad de la paja. Las bajas y poco visibles palmeras que dan la paja, crecen por todos lados, pero sólo en esta región tienen las propiedades más apetecidas. De tres mil a cinco mil sombreros son ofrecidos en el mercado cada domingo, y apenas pasadas dos horas se agotan, acaparados por intermediarios, en su mayoría comerciantes procedentes de Bogotá. Los sombreros finos, cuyo precio se eleva a 20 francos, deben ser encargados. El negocio principal es hecho por La Habana. La nueva conformación de las relaciones políticas en la isla presionó los precios. Timaná, en razón de esta industria, es menos miserable que el resto de pueblos del Estado del Tolima. La banda de música del pueblo, una de las instituciones más espantosas en que se pueda pensar, para colmo, se tomó el permiso ,en todo su rigor, de darle una serenata. Por supuesto, entró la banda completa al bar, y fue una gran suerte que tocara sus tambores grandes menos sobre el cuero que sobre la caja. Fue difícil quitármela de encima, y en vano acudí múltiples veces a mis expresiones hispánicas de agradecimiento.

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El 31 de diciembre entré en La Plata, en donde tuve que hacer mis preparativos para continuar el viaje a Popayán. La actual población de La Plata fue fundada después que la vieja población de La Plata fuera destruida junto con sus minas. El nombre suena bien, el sitio también es espléndido, pero la mayoría de las casas está en ruinas. Las revoluciones han devastado en forma especialmente aguda esta población. Dejar en ruinas una ciudad colombiana no es difícil, pues casi todas las casas se componen, aún en las grandes ciudades, como Popayán, de barro pisado. A excepción de dos puertas, no hay, por lo regular ninguna entrada de luz, y el techo está cubierto con paja. En Bogotá y Popayán hay también casas con techos de teja, y cuando ésta se encuentra en otras localidades, se suele mencionarla para destacar la importancia del sitio. Pues como las casas tienen por lo común sólo puertas, que deben dejarse abiertas para disfrutar de la luz y el aire, la residencia está vinculada con la lucha perpetua con gallinas, perros, gatos, cerdos, niños y hasta con el ganado y las mulas.

La Plata se encuentra a la orilla de un río maravilloso del mismo nombre. cuyas aguas descienden de la región nevada del Puracé. Un puente elegante, de 60 pasos de ancho, construido completamente de bambú y conformando sólo un arco, sobrepasa el río. El puente tiene la ventaja de que sólo se puede cruzar a pie y, por tanto, se tienen que llevar los arreos en la cabeza, lo cual es especialmente desagradable cuando éstos, como los míos, pesan cerca de 60 libras con todos sus aperos. Cuando hay guerra, la gente construye en 24 horas un puente por donde pueden pasar tropas y bestias, pero en tiempos de paz el sostener uno así sería pedir demasiado. Por esta descripción, no parece La Plata un lugar bastante importante para las comunicaciones. Pero de hecho parten de La Plata dos pasos sobre la cordillera Central hacia Popayán y hacia los altos del Valle del Cauca; es decir, hacia Guanacas y Moras. El primero es tomado semanalmente por la mula postal, que llega a Bogotá en 12 días solamente; el último lo elegí para mi travesía.

Sobre la cordillera Central descansan cuatro volcanes, cuyas nieves perpetuas dominan desde lejos. El que está más al norte es el ya muchas veces mencionado volcán del Ruiz, que escaló el doctor Reiss; después sigue el Tolima, el cual yo investigué; después viene, a una distancia considerable hacia el sur, el Huila, con muchos picos, y finaliza la cadena el Puracé, con una serie de otras cumbres nevadas. El Huila no pertenece a los volcanes conocidos menos significativos, posee una altura de más de 20.000 pies saj., pero hasta ahora ha escapado por completo a un estudio más detallado de los viajeros científicos.

No sin razón escogí el páramo de Moras para cruzar hacia el Cauca. Es, en realidad, el paso que proporcionalmente está más próximo al Huila y el único camino por el cual es posible acercarse a esa montaña. Va por el valle del río Paez, que con sus ramificaciones es conocido como "Tierra dentra" (sic), y, de todos los grandes valles que forman el costado oriental , del volcán, el único habitado. Tierra Adentra puede muy bien traducirse como "región encIaustrada". Esta región clausurada, y especialmente el pueblo de Huila, era mi objetivo final. No había yo visto el volcán ni una sola vez, pese a que me encontraba en sus cercanías desde hace seis semanas, y además en la mejor época del año, distancia a la cual deberían ser visibles sus cumbres. También el doctor Reiss, que permaneció semanas al pie de la montaña en el lado opuesto, no logró verlo, por que siempre estuvo cubierto de pesados nubarrones. Su inaccesibilidad explica la escasa atención que se ha prestado hasta ahora a ese volcán. Se me aseguró que desde el pueblo de Huila el volcán es muy visible y se encuentra tan cercano, que tal vez es posible escalarlo.

Tierra dentra está habitada por una tribu indígena que desde el principio dio mucho que hacer a los españoles y hasta hoy su idioma se ha conservado tan puro que hace muy difícil la comunicación. Además, tiene fama de ser poco hospitalaria. El 8 de enero (1869) abandoné La Plata, acompañado de personas diligentes y provisto abundantemente de víveres. Cuatro días de marcha me llevaron al pueblo de Huila. El presidente del Estado del Cauca había anunciado a los indígenas mi visita y les ordenó que la respetaran. Éstas son