VI
Zipaquirá, 5 de
julio de 1868
Debo ponerme ahora a escribir esta carta, pues tenemos planeada una gran
excursión y tal vez después no encuentre ninguna ocasión para enviar a tiempo cartas a
Bogotá. Hemos abandonado esta vez a Bogotá en dirección norte y tenemos la intención
de visitar la herrería de Pacho y las minas de esmeraldas de Muzo, así como otros
lugares de interés. La excursión tomará entre 14 y 17 días. La mina de sal de
Zipaquirá la visitamos ayer. Es ella un yacimiento de sal muy singular y de gran
importancia para Colombia. El material extraído es cargado sobre mulas y transportado muy
frecuentemente hasta el más apartado rincón de la república. Para el gobierno, las
minas de sal, al lado de las aduanas, constituyen la mayor fuente de ingresos. Antes de
emprender este tour, hicimos otro en dirección del puente natural de Pandi y
hacia Fusagasugá. Para llegar allí, escogimos no la ruta convencional, sino una más
interesante, pero también mucho más penosa. Tuvimos que ascender por una cadena
montañosa y, desafortunadamente, el tiempo no fue el más favorable.
Por tramos llovía a cántaros. Del estado de lo que aquí llaman caminos,
apenas es posible hacerse una idea. En medio de pantanos espesos, que pisan siempre las
mulas, se originan zanjas permanentes, que son con frecuencia tan profundas, que las mulas
tocan con la nariz las calzadas. No es raro encontrarse durante muchas horas con un camino
en estas condiciones. Mas los animales se comportan admirablemente. La mula que me reservo
para todos los caminos, la he comprado y estoy muy satisfecho con la adquisición. El
precio fue razonable: 360 francos. El doctor Reiss compró una bestia elegante, pero rinde
hasta ahora igual que la mía. De todas maneras, tenemos que adquirir para el viaje al
Cauca dos bestias de montar más. El peso que hacen las mulas al viajero es muy grande.
Cuando por la tarde se llega al lugar de dormir, lo más importante es procurar
alimentarlas, lo que frecuentemente es de suma dificultad. Aquí se suelen tener los
animales en pastizales que están cercados pero no ofrecen ninguna seguridad contra los
ladrones. Además son estos potreros tan grandes, que al otro día se pierden algunas
horas antes de lograr enlazarlas.
El puente natural de Pandi cubre, como una bóveda, un precipicio estrecho
y profundo, de más de 400 metros, en medio del cual corre el río Sumapaz. El puente
está formado de manera que las rocas desmoronadas que yacen abajo fueron desbastadas por
el agua a través de los tiempos, mientras que la roca firme de la que surge ofrecia una
fuerte resistencia. El puente pertenece a los leones de la comarca, y ya por esta debe
visitarse. La región en la cual se encuentra esta atracción es verdaderamente hermosa.
Colombia entera es, en realidad, una Suiza en una medida tres veces más grande. No se
puede afirmar lo mismo del hotel.
Fusagasugá es la Baden-Baden de Bogotá. Los bogotanos de recursos suelen trasladarse
hasta allí en junio y julio algunas semanas, para tomar aire más caliente y huir del
paramito (de la lluvia con neblina). Que la gente alquile una casa en Fusagasugá y
algunos de los más necesarios objetos sean transportados hasta allí, es lo más
importante y entretenido de todo el asunto, pues el sitio no ofrece absolutamente nada. De
las casas, tal vez unas cinco o seis estén limpias; las otras están más cerca de
nuestra idea de una cabaña de barro. La posición del sitio en una planicie que comprende
muchas millas valle abajo y que está encerrado por altas montañas cubiertas de bosques,
es sumamente impresionante. Desde Bogotá se puede llegar Fusagasugá en un día; el viaje
a caballo es, sin duda, pesado.
En Bogotá, en estos momentos, se compra en grandes cantidades todo el
cambio de moneda europea, porque el gobierno pagó algunas de sus deudas.
Hoy por la tarde (7 de julio) hemos llegado a Pacho, y envío esta carta a
Bogotá con un inglés que nos acompañó hasta aquí.
VII
Bogotá, 15 de agosto de 1868
Desde Pacho envié mi última carta. Hemos concluido hace pocos días
nuestra excursión por las provincias del norte de Colombia, ya regresamos a Bogotá y
estamos muy satisfechos. Cuánto tiempo tarda en este país un viaje, es algo
imprevisible. Para el último nos habíamos fijado 14 días, y estuvimos de viaje cuatro
semanas enteras. Nuestras mulas respondieron muy bien a las exigencias y ninguna se
extravió. El peón que llevábamos, fue de gran utilidad. El tiempo permitió con
frecuencia ser disfrutado. Pero las condiciones topográficas hacen aquí completamente
imposible escoger un clima adecuado en unos sectores del territorio, aunque ellos sean
contiguos. Las condiciones climáticas dificultan mucho los viajes, pues se debe contar
con vestidos tanto para el calor tropical como para las más bajas temperaturas y las
fuertes lluvias. En Pacho pasamos un día para visitar la herrería, que pertenece al
hermano del ministro inglés en Bogotá y quien nos recibió muy amablemente. Lo que aquí
significa una herrería, puede ser imaginado con facilidad, si se sabe que no existe en
ninguna dirección ni una sola carretera transitable y el camino que conduce a la capital
del país no es mejor que el que cruza el Monte Moro en Suiza. A nosotros nos interesaron
especialmente la forma y los yacimientos de las piedras ferruginosas.
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Negociante
de huevos de ChocontÃ
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Para ir de Pacho -una población que está en un valle precioso y
goza de un clima muy agradable - a Muzo, tuvimos que atravesar un páramo de unos 10.000
pies de altura, y al cuarto día llegamos a nuestro destino. Este trayecto del camino fue
muy "trabajoso", como aquí se suele decir, pues uno se arriesga a quedar
estancado en el barro y para las mulas y los hombres apenas se puede obtener lo
indispensable para la subsistencia. En las cabañas donde es necesario pasar la noche, las
personas no desean vender absolutamente nada, y después de largas horas de negociación
muy de cuando en cuando se logra adquirir unos huevos o una gallina. Se requiere mucha
paciencia para repetir lo mismo casi todos los días, especialmente con el estómago
hambriento, con frío y humedad después de la caída de la noche. Muzo es una pequeña
población completamente en ruinas, que fue construida por los españoles cuando
conquistaron el país. Las ruinas están cubiertas con la vegetación más exuberante,
pues Muzo pertenece a tierra caliente. Las minas de esmeraldas están a tres horas de
distancia. Estábamos ocupados justamente con la determinación de la anchura geográfica,
cuando Lehmann, el director de las minas, para quien teníamos algunas cartas de
recomendación, llegó y se nos presentó. Que Lehmann tiene que ser judío, se entiende
por sí mismo. Pues un negocio de piedras preciosas de alguna significación no puede
estar en otras manos. Menos se entiende por sí mismo que Lehmann sea francés, o que él
mismo al menos no juegue con destreza. Pues como nos insistió el primer peluquero de
Bogotá, que nos dio una carta de recomendación para Lehmann -asegurándonos que cuando
estaba en Bogotá se la pasaba todo el día en su casa -hizo que conocer a Lehmann fuera
para nosotros casi tan inquietante como las minas de esmeraldas mismas, las que, como se
nos aclaró en Bogotá, no parece verse con agrado que se las visite, al menos por
especialistas.
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Indìgena
de Suba
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En compañía del primero y del segundo directores, llegamos el
mismo domingo al población de Muzo, que cuenta con una muy notable mina de su tipo y
donde en la casa del director encontramos dispuesta una habitación y la mesa servida para
nuestro recibimiento. Los dos días siguientes visitamos las minas, pero tuvimos que pagar
con amplitud al francés la hospitalidad con la conversación y el examen establecido. Las
minas son trabajadas por cerca de 250 indígenas, que rinden con un resistencia
increíble. Geológica y mineralógicamente son las minas muy interesantes, y la
compañía, que no paga al gobierno una renta anual de más de 150.000 táleros, debe
hacer pingües ganancias con ellas. Al día siguiente de nuestra estancia, el botín fue
esplendoroso: se encontraron cientos de cristales, entre ellos muchos pequeños, muy
valiosos, pero también dos del tamaño de un puño, en.. espatos calcáreos del esquisto
negro. Lehmann no pudo aseguramos convincentemente que días como ésos eran una
excepción, y nos rogó no hablar nada sobre ello en Bogotá. Para mencionar una vez más
la personalidad en cuestión, sólo quiero señalar que el talento ejecutivo de Lehmann
descansa única y exclusivamente en hacer esfumar, con una ambición digna de ver, hasta
la más pequeña chispita de esmeralda. El comportamiento del señor director era tal, que
los otros funcionarios, cuando estábamos solos, aprovechaban la oportunidad para
lamentarse de que nosotros tuviéramos que llevamos una impresión tan negativa del
funcionamiento de las minas. Todas las esmeraldas son enviadas a París, pulidas y desde
allí comercializadas. Las piedras que son ofrecidas aquí de cuando en cuando en el
mercado, proceden de épocas pasadas y fueron en ese tiempo agrupadas con buen gusto. En
Bogotá, jesuitas italianos han trabajado con oro macizo.
Para proseguir nuestro viaje, fue necesario regresar a la localidad de Muzo y tomar de
nuevo el peculiar puente sobre el río Minero, que había olvidado mencionar hasta ahora.
El puente se compone, desde que el río destruyó uno de madera, de una serie de tiras de
cuero que están tensas, a una considerable altura, sobre el amplio pero caudaloso río de
unos cien pies de ancho. Para pasar de un lado a otro, uno se ata una cuerda al cuerpo y,
asegurada a una madera arqueada que está. colgada sobre las tiras de cuero, se deja uno
empujar. Gracias al impulso dado con las manos en la cuerda tendida horizontalmente o
impulsado por indígenas, se atraviesa rápidamente de una a otra orilla. Las mulas deben,
por supuesto, nadar, pero son amarradas de tal forma que la corriente no las pueda arrojar
contra las piedras. El paso quita mucho tiempo, pero de todas maneras es muy original. El
mismo día tuvimos que atravesar otro puente, igualmente muy particular. Era del tipo del
puente en cadena, cuyas cadenas no eran fabricadas de hierro, sino que son reemplazadas
por bejucos (especie de lianas). Para el afianzamiento de estas cuerdas naturaIes sirven
las ramas de dos árboles situados uno frente al otro. Una obra de estas características,
que los indígenas saben construir con gran ingenio, causa un efecto espectacular en medio
de la exuberante vegetación.
La siguiente localidad que queríamos visitar era Santa Rosa, conocida por
un enorme meteorito de hierro, que se encuentra allí mismo. En el camino pasamos por una
de las ciudades más grandes de Colombia, en realidad muy visitada, a causa de la
milagrosa Vlfgen María de Chiquinquirá. La catedral es grande y fue construida por los
jesuitas, pero no ofrece nada de interés. En Saboyá nos desilusionamos bastante de las
piedras con jeroglifos indígenas. Villa de Leiva es una localidad muy agradable. La
visitamos por las petrificaciones que se encuentran en sus cercanías. En Paipa nos
detuvimos a ver las aguas termales y los afloramientos salinos que cubren grandes
extensiones del suelo. Finalmente llegamos a Santa Rosa, el 23 de julio. Nuestros primeros
pasos se dirigieron a la plaza, donde junto a la fuente, sombreado por altos prados, está
el meteorito. La piedra es tan grande y pesada, que con los medios con que aquí se cuenta
no puede ser transportada. El superintendente de minas sería muy desdichado, si viera el
meteorito y no tuviera la oportunidad de llevárselo. Con frecuencia se había intentado
en vano quitar un trozo de la piedra. El alcalde delpueblo, con la convicción de que,
como los otros, fracasaríamos, nos concedió con gusto permiso de trabajar en ese
intento. Con muchos esfuerzos y con la asistencia de muchos herreros de gran fortaleza, se
lograron arrancar dos trozos del tenaz hierro. La mitad de la ciudad, por supuesto, estaba
allí reunida.
Desde Santa Rosa emprendimos el regreso a Bogotá y visitamos las ciudades
de Sogamoso, Tunja, capital del Estado de Boyacá, y Chocontá (todos nombres indígenas).
Tunja se puede comparar, por su posición y aspecto, a alguna distancia, con las montañas
nevadas sajonas. Los distritos paramosos poseen tales similitudes con el escenario de los
Montes Metálicos. Sobre el papel se llega a estos pueblos"con gran rapidez, pero en
realidad se tiene que luchar con algunos obstáculos y pequeñas aventuras. Casi la
totalidad de las ciudades y pueblos aquí mencionados están separados uno del otro por
cadenas montañosas o se encuentran a sus espaldas, y los caminos, en razón de sus
espantosas condiciones, superan toda descripción. Nuestras bestias de carga se han caído
en algunas ocasiones, lo que nos ha obligado, con grandes esfuerzos, a ayudarlas a que se
pongan de nuevo en pie. Una vez una mula que cargaba dos pequeñas maletas de cuero de
buey se quedó estancada con éstas en un hueco estrecho. En otra ocasión, la mula del
doctor Reiss se hundió en un lodazal solidificado en la superficie, pero tan profundo que
tan sólo eran visibles algunas pequeñas rayas del lomo... y tuvimos que luchar una hora
entera, antes que pusiéramos otra vez en camino a la mula.
Diez minutos antes de llegar a Chiquinquirá, nos sorprendieron las tinieblas y las
lluvias, y no nos fue posible entrar a la ciudad, pues cuatro de nuestras mulas se
perdieron con la carga completa de instrumentos y carpas, pese a que el arriero hacia
todos los esfuerzos para mantenerlas juntas en la oscuridad. Por fortuna, cayeron en un
prado cercado; de lo contrario, difícilmente las hubiéramos vuelto a ver. Alguna vez el
camino se nos convirtió en una densa selva, y otra vez tuvimos que hacer un desvío que
costó un día entero, porque un arroyo pantanoso, que apenas se podía saltar, se creció
por las lluvias de tal manera... etc., etc. Estos son pequeños acontecimientos que tienen
regularmente como consecuencia que no logremos el objetivo del día y que debamos pasar la
noche en una casa solitaria en la que no hay nada de comer para las bestias ni para los
hombres. Tuvimos mucha suerte con los guías, cargadores y arrieros, que estuvieron de muy
buena voluntad y nunca perdieron el buen humor.
La chicha, una bebida de maíz supremamente embriagante, la toma la gente en cantidades
colosales. El indígena que cargaba nuestros barómetros se tomó en cuatro semanas ocho
táleros de su sueldo, a pesar de que, en cada comida y tres a cuatro, veces a lo largo
del día, le ofrecíamos a discreción. El producto es tan barato, que por un franco se
obtienen por lo menos cuatro botellas. Los alimentos son extremadamente baratos. Con
frecuencia hemos pagado por un desayuno para nosotros tres,. para los tres peones y el
alimento de seis a ocho mulas, no más de dos francos. Pero en otros sitios, la gente
trata de subir los precios de la manera más descarada.
La sabana de Bogotá, con sus descensos en dirección norte y occidente, la hemos
recorrido de tal manera, que conocemos su conformación geológica, al menos en forma
general. Más no se puede obtener en un país tan incivilizado, si no se quiere gastar
toda la vida en ello. Todavía nos faltan, para completar el cuadro, las' estribaciones
orientales de la colosal altiplanicie, pues la parte sur la recorreremos al proseguir
nuestro viaje a Quito. Detrás de las montañas en las que se elevan las casas de Bogotá,
se extienden, a sólo tres días de camino, llanuras inabarcables con la. vista y apenas
pobladas -un mar petrificado-, las que riega el Orinoco con sus innumerables afluentes
casi inexplorados científicamente. El doctor Reiss, quien,con sus instrumentos
universales, proyecta hacer mediciones (que quitan mucho tiempo) en los volcanes de la
cordillera Central, ha desistido de hacer la excursión originalmente planeada a los
"llanos". Por el contrario, yo pienso todavía llevarla a cabo. En el valle del
Cauca nos volveremos a encontrar. Dónde exactamente, aún no lo hemos decidido. Posible y
muy seguramente, yo regrese en 10 ó 14 días a Bogotá. y prosiga sin demora el viaje
hacia el sur.
El tiempo empieza a mejorar, pero todavía llueve por lo menos diez veces
al día. La temperatura oscila entre 9 y 18 grados.
Los cigarros son aquí muy baratos, pero la mayoría realmente malos. El
mejor tipo: de los de Ambalema cuesta sólo entre 10 y 12 táleros el millar. Pero hay
también algunos cuyo millar cuesta apenas un tálero. Casi todos los franceses fuman
aquí. Según las noticias que traían los diarios de fines de junio, parece que no pasa
nada en Europa. El incendio en Bremen debió de ser bastante significativo. Las
revoluciones parecen apagarse en todos los Estados de la República de Colombia.
VIII
Bogotá, 15 de octubre de 1868
Del viaje a los Llanos de San Martín regresé en los últimos días de
septiembre aquí a Bogotá, bien y muy satisfecho. Partí el 23 de agosto y el doctor
Reiss, que deseaba ponerse en marcha dos días después hacia Ambalema, me acompañó un
trecho del camino. En pocas horas se llega de Bogotá a la cresta montañosa que forma la
vertiente hidrográfica entre los ríos que van al valle del Magdalena y los que corren al
Orinoco. Necesité seis días para bajar desde allí, a través del valle casi deshabitado
del río Negro, a Villavicencio, pueblo infeliz que está a la entrada de los Llanos. Los
ríos, sin puentes y en esta época del año muy caudalosos, al lado de los frecuentes
aguaceros y los caminos apenas transitable s en muchos trechos, me dieron un trabajo muy
grande. Los Llanos, estas llanuras imposibles de abarcar con la vista, a través de las
cuales corren lentamente el Orinoco y sus múltiples afluentes, se contemplan por primera
vez antes de Villavicencio desde una alta montaña, llamada el Alto de Buenavista. Se ve,
tanto como la vista alcanza, sólo selva, interrumpida aquí y allá por verdes praderas,
desde las cuales resplandece el agua de los ríos. Ninguna montaña pone límite a la
vista. En diversos puntos se elevan columnas (le humo de las praderas quemadas -las que
son incendiadas por los indígenas para favorecer el crecimiento del pasto y exterminar
las alimañas- o Nubarrones arrojan oscuras sombras sobre el mar, que es, en otros sitios,
iluminado vivamente por el sol.
Desde Villavicencio planeé visitar una gran salina y después proseguir el viaje a la
población de San Martín. Ambos propósitos fueron frustrados por las crecidas de los
ríos. Después de quedarme seis días en Villavicencio, intenté cruzar el río Gutaquia,
pero tuve que desistir, pues las mulas no pudieron resistir la violencia de la corriente.
De esta manera me vi precisado a cambiar el plan del viaje y, en vez de aprovechar los
ríos que vienen de la montaña en dirección a San Martín, seguí su curso. Dos días
cabalgué por una región llamada Apiai -naturalmente, toda llana, con una hierba alta y
oasis de palmeras- para llegar al poblado de Pachaquiaro. En este viaje nos encontramos
con un indígena, armado de arco y flecha, corriendo a la caza de un venado; de resto, muy
raramente se encuentran débiles huellas de la presencia humana. El indio, que formaba
parte de la población de Pachaquiaro, estaba en posesión de una canoa, el único medio
de transporte que de todas maneras yo deseaba alquilar. En este tronco de árbol ahuecado
viajamos río Negro abajo, desembocamos en el Reheta y llegamos al segundo día, al
atardecer, a un pueblito, Cabuyaro. Las orillas de este río -las que yo recorrí- están
completamente despobladas, y pasan años sin que se deslice una canoa por la superficie
del agua. La naturaleza está aquí abandonada a sí misma y ofrece una extraordinaria
sensación de grandeza y milagroso acontecimiento. La vida animal se corresponde con la
exuberante vegetación. Los monos, papagayos, y toda suerte de aves y mariposas abundan en
la tierra como los peces y los caimanes en el agua. Muchas culebras enormes sobrenadan con
rapidez en el río, y un gran tigre que toma agua, parece muy sorprendido con la
inesperada perturbación. ¡Pero cuán poco incómodos son todos estos tenebrosos
animalesde naturaleza primitiva en comparación con los insectos chupasangre, que suplen
en número lo que les falta en tamaño! En la noche que pasamos sobre un banco de arena
del río, pese al mosquitero, fuimos casi devorados por los mosquitos. La cara y las manos
se nos hincharon.
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Figura
Arqueològica de San Agustìn
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Hacia Cabuyaro tiene ya el río Meta una anchura comparable a la
del Rin por Maguncia. En Cabuyaro pasé dos días y cabalgué hacia las montañas detrás
de las cuales está Bogotá. Después de cuatro días cerca de una población, Medina,
alcancé el río, hacía donde había enviado con anticipación mis mulas desde
Villavicencio. En este paseo tuvimos que cabalgar por horas sobre llanuras que están un
pie de altura bajo agua y, para variar, de cuando en cuando, viene un cañón tan profundo
que se debe desensillar. La recua de mulas nada con pleno placer y los indígenas
transportan sobre la cabeza las montaduras y la carga a través de esa planicie, o se
improvisa, con árboles puestos uno frente al otro, un puente. El agua no es muy fría; en
los ríos la temperatura alcanza al mediodía 30 grados, y en las aguas sin movimiento
hasta 34 grados. En Cabuyaro asciende la línea de mercurio, a la sombra, hasta los 36
grados, y bajo el sol a los 52, temperatura bastante respetable. Después de haber pasado
unos días en Medina, emprendí el camino hacia las montañas, y ocho días después
llegué a Bogotá. Medina está en un maravilloso valle encajonado,pero el pueblo mismo se
compone sólo de algunas pocas casas muy pobres; es el punto principal de las
negociaciones de ganado entre la sabana de Bogotá y 10sI Llanos. Hasta ahora los Llanos
sólo producen ganado vacuno, y es negociado engran número no sólo para Bogotá, sino
para el valle del Magdalena. La mayoría procede de Arauca. Un toro grande y carnoso
cuesta en los Llanos 10, máximo 12 táleros. Los llanos de San Martín y el Casanare
tienen para el comercio un gran futuro, y especialmente Bogotá ganará
extraordinariamente, a través de una conexión con el río Meta, que es mucho más
adecuado para el transporte fluvial que el rio Magdalena. El gobierno proyecta construir
una carretera al Meta, pero por ahora se carece de los medios para hacerla. En relación
con este proyecto, recientemente el presidente de la república me solicitó por escrito
que lo visitara y le expresara mi opiniones y mis experiencias. Por supuesto que tuve que
manifestarme y pedirle que señalara una hora para el recibimiento. Pero al día siguiente
se presentó en Bogotà una pequeña revolución, y ella me ha descargado hasta ahora del
fastidioso asunto y espero que me libre completamente de él.
En Medina y Villavicencio, donde tres o cuatro bogotanos han cultivado
plantaciones de café, fui recibido muy cordialmente -naturalmente, sólo con palabras;
mà s allá la gente no va-, para que yo hablara con el gobierno de la conveniencia de
lacarretera. Los habitantes de Villavicencio envidian la carretera -que seguramente nunca
se va a construir- de los habitantes de Medina, y viceversa. La exigencia.,muy colombiana,
de un hacendado de presentarle un concepto escrito desfavorable a Medina, la contesté muy
enérgicamente en forma medio pública, y desde allí yo no quiero tener nada que ver con
este turbio asunto. La ignorancia que los bogotano tienen de la rica e inmensa región que
se extiende hacia el Orinoco -y que también determina de una manera importante las
condiciones climáticas de la capital de la república- es increíble. Excepto algunos
comerciantes de ganado, hay si acaso tres personas que se hayan atrevido a ir a Medina o a
Villavicencio. La gente tiene un miedo muy ridículo a las características malsanas del
clima, que no son tan malignas como se piensa. Yo llegué en perfectas condiciones, pero
no pasé por casa alguna donde no hubiera por lo menos un niño con fiebre, lo que en gran
parte se debe al condiciones insalubres en que vive la gente y a su mala alimentación.
En mi compañía tenía un servidor personal muy útil y un indígena que
era un caza. dar experimentado y apasionado perseguidor de mariposas; a diez pasos de
distancia sabía él si la mariposa era macho o hembra. La gente dispara a grandes y
bellas mariposas como a los pájaros, con la cerbatana, sin hacerles daño. Quise llevar
do personas más, pero en el momento de partir una estaba tan borracha que no pudo
caminar, y la otra, a la que le correspondían las mulas, prometió alcanzamos después,
pero no llegó nunca, por miedo al clima.
Mi servidor personal está tan enfermo de fiebre desde que llegó a
Bogotá, quehace imposible continuar el viaje con él; también el indígena parece
compartir s destino, pero él no se ha vuelto a dejar ver, pese a que deseaba con gusto
proseguí conmigo el viaje al Tolima. Hoy contraté un hombre que parece serio y útil,
después que tuve que prescindir de muchos otros. No se contrata aquí a la gente por
meses semanas, sino que el despido o la echada de alguien es una cosa que se resuelve en
cinco minutos, aunque a veces con la variante de que los señores se anticipan despido
dejando repentinamente de presentarse.
Desde hace algunos días la revolución que ya mencioné ha estallado nuevamente pero
parece que ha tomado escasa dimensión, pues la gobernación general impuso su autoridad
con habilidad y desarmó al partido conservador sin derramar sangre. El presidente del
Estado de Cundinamarca, que siente simpatías hacia los conservadores, según la opinión
de los liberales había violado normas constitucionales y ambos partidos empuñaron las
armas para mantener el orden o restablecerlo, respectivamente. Tanto los conservadores
como los liberales se habían reunido en gran número, concentrándose en dos edificios.
El domingo, temprano, debía empezar la lucha dentro y en las afueras de la ciudad. Sin
embargo, esto no ocurrió, porque durante la noche la gobernación cercó el edificio, en
el cual se encontraban los conservadores, con tropas y artillería, y los obligó, para
gran regocijo de los liberales, a rendirse. El presidente del Estado de Cundinamarca fue
apresado al lado de unos 50 cabecillas y conducido a prisión; el resto del pueblo tuvo
que irse a sus casas. Ahora son enviadas divisiones de tropa en todas las direcciones,
para desarmar en otros sitios a los conservadores. Cuando esto suceda, serán puestos otra
vez en libertad y el juego volverá a empezar. Como la gobernación general carece de
tropas suficientes, diariamente son enrolados muchos "voluntarios"; es decir,
divisiones de soldados cruzan las calles y agarran a quien les parezca de utilidad. A
quienes no vayan de buena gana, se les amarra una soga al cuello. Las tropas del gobierno
general, compuestas en su mayoría por indígenas, son muy valientes y relativamente bien
entrenadas. Los uniformes, que se llevan en las ocasiones ceremoniales, siguen todavía
los modelos franceses. El resto del tiempo, los soldados van tan desharrapados como les
guste. Se ven lo más parecidos a una banda de indígenas, cuando se trasladan al campo, a
donde cada uno lleva su cama sobre los hombros.
En este momento el tiempo es muy malo; no pasa un día sin que llueva con fuerza durante
algunas horas. Pienso partir de aquí dentro de unos ocho días e irprimero a Ibagué, al
pie del Tolima, para lo cual ya alquilé unas mulas, y desde..allí proseguir el viaje al
valle del Cauca, pasando por Neiva, La Plata y el páramo de Guanacas. He recibido
noticias, indirectamente, del doctor Reiss: hace ocho días no había llegado aún a
Cartago. El terremoto en Perú y Ecuador, sobre el cual han llegado a Europa, en todo
caso, más precisas y detalladas noticias, ha causado aquí un gran pánico. El teatro fue
cerrado, porque nadie quería ir allí por temor de ser sepultado por la edificación, que
amenaza derruirse. Pues con estos terremotos, según parece, se han presentado grandes
erupciones volcánicas al mismo tiempo en diferentes puntos. Es una feliz coincidencia que
nos encontremos en sus cercanías.
IX
Neiva, 30 de noviembre de 1868
Me alegro mucho de recibir sólo buenas noticias en la última carta. Fue
una sorpresa para mí que Europa se muestre tan pacífica, mientras aquí se habla mucho
de una inminente guerra entre Alemania y Francia. Que nosotros, el doctor Reiss y yo,
estemos haciendo nuestros recorridos en forma completamente independiente el uno del otro,
es para la común empresa sólo una gran ventaja
Mi última carta la envié el 17 de octubre de Bogotá, y dejé esa ciudad el 25 de
octubre, con siete mulas y tres personas; al servidor y al indígena que me acompañaron a
los Llanos, lamentablemente no los pude traer, pues ambos estaban enfermos. En Ibagué, a
donde llegué el primero de noviembre bastante retrasa., do, encontré el alojamiento
reservado con la mayor anticipación. Apenas He llegué, me visitó el gobernador del
Estado del Tolima (Ibagué es la capital) y puso a mi disposición sus servicios. La gente
es de una gentileza supremamente fastidiosa, tanto que a diario, de la mañana a la tarde,
me rendían tributo con su presencia y su aburrida manera de hablar hispánica. Nadie
ofrece aquí una hos pitalidad desinteresada. O se tiene que pagar por ello, haciendo la
inspección de supuestas minas de oro y plata, o la gente cuenta, tocada por la vanidad
hispánica, con ver su nombre en letras de molde. Frecuentemente recibo de las propias
manos de la gente su tarjeta de visita con la observación: "Usted tiene que escribir
de todas maneras un libro y no olvidarse de pensar en su amigo..." etc. En estas
circunstancias tuve que agradecer distinciones que, aun cuando hubiera venido el mismo
Humboldt, no hubieran sido mayores.
En tan favorables circunstancias, fue posible en pocos días hacer los preparativos para
un ascenso al nevado del Tolima. El 6 de noviembre emprendí a pie la excursión,
acompañado de siete peones colosalmente fuertes, y en cuatro días llegamos a la nieve,
cuyo comienzo se encuentra a 4.300 metros de altura. A cada paso el camino se tenía que
desbrozar, y muchas plantas y helechos raros cayeron al filo del machete. No es fácil
deshacerse de los múltiples obstáculos, y éstos deben ser superados. En las regiones de
tierra alta tuvimos que padecer mucho por las lluvias y por el piso pantanoso. Los peones,
con su carga sobre las espaldas, se hundían hasta las rodillas en el fango negro. Yo iba
un poco mejor. A una altura superior a los 3.000 metros se acaba la vegetación arbórea y
hace su aparición el frailejón, una planta muy característica, que mide entre 121 y 15
pies de altura. Dos noches pasamos a la altura de 4.300 metros, porque deseaba estudiar
las piedras del volcán y su composición topográfica. La temperatura descendía, pese a
que el cielo, con raras excepciones, estuvo completamente cubierto y que llovía a
cántaros, hasta medio grado bajo cero. Tales condiciones, el estar con siete peones en
una carpa de una tela sencilla y el dormir sobre el piso desnudo, no forma parte de las
actividades más elegantes. El 12 de noviembre subí al cono del volcán, tanto como las
condiciones lo permitieron, llegué hasta una altura no del todo insignificante: unos
5.000 metros. La cumbre del cono está sólo unos 500 metros más arriba. El Tolima
muestra, en el presente, muy débiles huellas de su anterior actividad. La excursión fue
interesante en extremo, y recorrimos un terreno volcánico hasta ahora muy poco conocido.
Al noveno día de nuestra ausencia, regresamos a Ibagué sin accidente alguno. La gente
que me acompañó era excelente. Tuve suerte con el tiempo, pues emprendí el ascenso en
uno de los mejores meses lluviosos. Al Tolima hacen compañía, a una mayor distancia,
otros tres nevados de altura parecida, que nos reservan, articulando su estructura
profunda con una cadena montañosa de gran envergadura, un panorama majestuoso. El doctor
Reiss ha subido a otro de los tres nevados, al páramo del Ruiz, pero también se ha
quedado estancado en la nieve.
Ibagué está a una altura de 1.300 metros sobre el nivel del mar, en la desembocadura de
un valle que tiene en su integridad el aspecto de un paisaje suizo. Pero desde aquí no es
visible el Tolima. El clima de Ibagué es muy agradable, pues la temperatura apenas varía
y se puede comparar con el calor de nuestros días de verano. Un viento ligero procedente
del páramo ofrece al amanecer y al atardecer una agradable frescura. Con paquetes de
cartas de recomendación y un pasaporte especial para la ciudad (sic) Tolima, que es un
real ejemplar de fórmulas de cortesía y que me autoriza a extender a cualquier persona
que yo indique a las autoridades un pasaporte de seguridad contra el servicio militar
obligatorio, abandoné a Ibagué el 21 de noviembre y llegué, cabalgando por el ancho
valle del río Magdalena hacia arriba, a Neiva el 28 del mismo mes. Desde aquí
continuaré el viaje mañana por la mañana, primero hacia Gigante, La Plata y San
Agustín, donde se encuentran monumentos indígenas muy significativos, y en el trayecto
de la cordillera Central (para llegar a Popayán) pienso realizar una visita al volcán
del Huila. El tiempo ha mejorado en el transcurso de la semana. Neiva es muy caliente; la
temperatura promedio anual es de 27 grados. Las mulas se encuentran en buen estado, pero
han sido víctimas de los mosquitos chupasangre tanto como los hombres arriba mencionados.
En Popayán podré escribir de nuevo.
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Popayán. 13 de febrero de 1869
Dejé a Neiva los últimos días de diciembre en dirección a San
Agustín, pueblo que se encuentra sólo a pocos días de viaje del nacimiento del río
Magdalena; es decir, está en el fin del mundo. Pero tan pronto como pude llegar, tuve que
hacer, en interés de algunos amigos de Bogotá, una inspección de una mina de plata
recién descubierta que había puesto a todo el país a la expectativa. Se me había
asegurado que esa mina estaba a sólo tres o cuatro horas de distancia de San Agustín.
Pero cuando fui a esa región, las tres o cuatro horas se convirtieron en tres o cuatro
días. También me vi precisado a acudir a esta misión tan fastidiosa para mí, ya que
los señores interesados habían esperado en vano dos semanas mi arribo y yo había sido
recomendado, en consideración a los servicios prestados, con grandes elogios. Pero
tampoco estos tres o cuatro días fueron suficientes, pues la expedición requirió
-incluido el tiempo que yo empleé en el estudio de viejos manuscritos y la redacción de
un concepto- finalmente 14 días. Se trataba del hallazgo de una vieja y muy rica mina de
plata -llamada La Plata-, que en el año 1583 había sido completamente destruida, junto
con la ciudad aledaña, por los indios. Naturalmente, yo me había resistido a la
búsqueda de minas y sólo puse a disposición de los señores mis conocimientos
mineralógicos para estudiar las vetas ya descubiertas. La visita a las galerías arrojó
para los interesados, por supuesto, resultados muy poco satisfactorios. Se tiene aquí, en
general, la pirita de hierro por oro, y algunas personas hacen negocio derritiendo plata
de la mina de hierro; es decir, estas personas les dan la mina para ser investigada
-cualquiera que sea el metal-, arrojando trozos de plata como resultado del análisis, y
cobran bastante por ello. Este ardid había sido utilizado en este caso, y yo tuve más
tarde una conversación muy cómica con un señor, que estuvo de acuerdo, al derretir la
plata de la hematites. La excursión, que hice muy en contra de mi voluntad, resultó a la
postre muy interesante, aun cuando todo en este país es supremamente fastidioso; subimos
a una montaña que es conocida con el nombre de Cerro Pelado. La ciudad, que también fue
destruida por los indígenas, y que debió de tener unos 12.000 habitantes, la descubrimos
con ayuda de algunos indígenas, guías baquianos. Se puede aún reconocer la muralla que
rodeaba la ciudad, la plaza, etc., aun cuando la selva había hecho retroceder el terreno
ganado. Pues, como por el descubrimiento de la famosa mina de plata se había ofrecido una
suma considerable, pudo la gente estar agradecida de que yo me diera a la tarea de
comparar las palabras de los viejos manuscritos con las condiciones del terreno y
demostrarles que ellos no habían comprendido la cosa por el lado correcto. Uno de los
señores, un bogotano muy distinguido, me acompañó durante cinco semanas y me prestó,
para el resto del viaje, servicios indispensables.
San Agustín es el único sitio de toda Colombia en donde se
encuentran restos de arte precolombino; hasta ahora ha sido descrito una sola vez por un
geógrafo colombiano y, por cierto, de una manera muy deficiente. Lo que allí encontré
sobrepasó ampliamente mis expectativas. No existen construcciones, pero hay un número
grande de estatuas sumamente interesantes, algunas de las cuales están en verdad
hermosamente trabajadas y hacen recordar el arte egipcio. El material que fue utilizado
aquí por los indígenas es una lava dura en extremo. El manejo de este material, que
sólo era posible con herramientas muy perfeccionadas, prueba que los españoles no
hubieran sido capaces de conquistar esta parte de América, si el pueblo escultor hubiera
vivido aún. Esta época artística está, en todo caso, a cientos, si no a miles, de
años atrás.
Vimos la cabeza de una estatua que sobresalía del piso. Creímos que no en tan grande y
decidimos desenterrarla Después de tres días de trabajo se diò con la base, y fueron
necesarios 23 indígenas para levantar la columna de 15 pies de alto. El tiempo fue menos
favorable, pues llovió diariamente, pese a que estábamos en la mejor época del año. Y
en esta selva, donde habitan los dioses astral es, había tantos bichos chupasangre que
fuimos casi literalmente devorados. Logré hacer algunos dibujos, con las manos
ampolladas. Después de pasar siete días en San Agustín, emprendí el regreso y me
detuve un domingo (el 27 de diciembre) en Timaná, pueblo que ha ganado bastante fama por
la industria de los sombreros Panamá. Los sombreros más finos salen al mercado, y en un
pueblo vecino vive la persona que obtuvo por esta industria la medalla de oro en la
última exposición de París. La calidad del sombrero no depende solamente de la finura
del trenzado, sino también de la igualdad de la paja. Las bajas y poco visibles palmeras
que dan la paja, crecen por todos lados, pero sólo en esta región tienen las propiedades
más apetecidas. De tres mil a cinco mil sombreros son ofrecidos en el mercado cada
domingo, y apenas pasadas dos horas se agotan, acaparados por intermediarios, en su
mayoría comerciantes procedentes de Bogotá. Los sombreros finos, cuyo precio se eleva a
20 francos, deben ser encargados. El negocio principal es hecho por La Habana. La nueva
conformación de las relaciones políticas en la isla presionó los precios. Timaná, en
razón de esta industria, es menos miserable que el resto de pueblos del Estado del
Tolima. La banda de música del pueblo, una de las instituciones más espantosas en que se
pueda pensar, para colmo, se tomó el permiso ,en todo su rigor, de darle una serenata.
Por supuesto, entró la banda completa al bar, y fue una gran suerte que tocara sus
tambores grandes menos sobre el cuero que sobre la caja. Fue difícil quitármela de
encima, y en vano acudí múltiples veces a mis expresiones hispánicas de agradecimiento.
El 31 de diciembre entré en La Plata, en donde tuve que hacer
mis preparativos para continuar el viaje a Popayán. La actual población de La Plata fue
fundada después que la vieja población de La Plata fuera destruida junto con sus minas.
El nombre suena bien, el sitio también es espléndido, pero la mayoría de las casas
está en ruinas. Las revoluciones han devastado en forma especialmente aguda esta
población. Dejar en ruinas una ciudad colombiana no es difícil, pues casi todas las
casas se componen, aún en las grandes ciudades, como Popayán, de barro pisado. A
excepción de dos puertas, no hay, por lo regular ninguna entrada de luz, y el techo está
cubierto con paja. En Bogotá y Popayán hay también casas con techos de teja, y cuando
ésta se encuentra en otras localidades, se suele mencionarla para destacar la importancia
del sitio. Pues como las casas tienen por lo común sólo puertas, que deben dejarse
abiertas para disfrutar de la luz y el aire, la residencia está vinculada con la lucha
perpetua con gallinas, perros, gatos, cerdos, niños y hasta con el ganado y las mulas.
La Plata se encuentra a la orilla de un río maravilloso del mismo nombre.
cuyas aguas descienden de la región nevada del Puracé. Un puente elegante, de 60 pasos
de ancho, construido completamente de bambú y conformando sólo un arco, sobrepasa el
río. El puente tiene la ventaja de que sólo se puede cruzar a pie y, por tanto, se
tienen que llevar los arreos en la cabeza, lo cual es especialmente desagradable cuando
éstos, como los míos, pesan cerca de 60 libras con todos sus aperos. Cuando hay guerra,
la gente construye en 24 horas un puente por donde pueden pasar tropas y bestias, pero en
tiempos de paz el sostener uno así sería pedir demasiado. Por esta descripción, no
parece La Plata un lugar bastante importante para las comunicaciones. Pero de hecho parten
de La Plata dos pasos sobre la cordillera Central hacia Popayán y hacia los altos del
Valle del Cauca; es decir, hacia Guanacas y Moras. El primero es tomado semanalmente por
la mula postal, que llega a Bogotá en 12 días solamente; el último lo elegí para mi
travesía.
Sobre la cordillera Central descansan cuatro volcanes, cuyas nieves
perpetuas dominan desde lejos. El que está más al norte es el ya muchas veces mencionado
volcán del Ruiz, que escaló el doctor Reiss; después sigue el Tolima, el cual yo
investigué; después viene, a una distancia considerable hacia el sur, el Huila, con
muchos picos, y finaliza la cadena el Puracé, con una serie de otras cumbres nevadas. El
Huila no pertenece a los volcanes conocidos menos significativos, posee una altura de más
de 20.000 pies saj., pero hasta ahora ha escapado por completo a un estudio más detallado
de los viajeros científicos.
No sin razón escogí el páramo de Moras para cruzar hacia el Cauca. Es,
en realidad, el paso que proporcionalmente está más próximo al Huila y el único camino
por el cual es posible acercarse a esa montaña. Va por el valle del río Paez, que con
sus ramificaciones es conocido como "Tierra dentra" (sic), y, de todos los
grandes valles que forman el costado oriental , del volcán, el único habitado. Tierra
Adentra puede muy bien traducirse como "región encIaustrada". Esta región
clausurada, y especialmente el pueblo de Huila, era mi objetivo final. No había yo visto
el volcán ni una sola vez, pese a que me encontraba en sus cercanías desde hace seis
semanas, y además en la mejor época del año, distancia a la cual deberían ser visibles
sus cumbres. También el doctor Reiss, que permaneció semanas al pie de la montaña en el
lado opuesto, no logró verlo, por que siempre estuvo cubierto de pesados nubarrones. Su
inaccesibilidad explica la escasa atención que se ha prestado hasta ahora a ese volcán.
Se me aseguró que desde el pueblo de Huila el volcán es muy visible y se encuentra tan
cercano, que tal vez es posible escalarlo.
Tierra dentra está habitada por una tribu indígena que desde el
principio dio mucho que hacer a los españoles y hasta hoy su idioma se ha conservado tan
puro que hace muy difícil la comunicación. Además, tiene fama de ser poco hospitalaria.
El 8 de enero (1869) abandoné La Plata, acompañado de personas diligentes y provisto
abundantemente de víveres. Cuatro días de marcha me llevaron al pueblo de Huila. El
presidente del Estado del Cauca había anunciado a los indígenas mi visita y les ordenó
que la respetaran. Éstas son
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