|
fórmulas de cortesía
hispánica que persisten inútilmente. El primer día de millegada no fue posible
comunicarme con el gobernador indígena del pueblo,pues se encontraba, al igual que la
casi totalidad de los habitantes del lugar, en su estado normal; es decir, caído de la
borrachera. Al fin, en los días siguientes se logró convencer a doce aborígenes de que
me acompañaran y buscaran un camino. Estos indígenas no le dan ningún valor al dinero,
porque no tienen ninguna necesidad de él y no saben qué hacer con él. Sal y
cigarrillos, así como brandy, son lo más deseado. Costó mucho esfuerzo organizar la
expedición, porque la gente siempre se iba huyendo.
Después de tres días de tardanza, fue posible al fin partir, y ese día se me mostró el
volcán por primera vez, aunque no del todo libre de nubes. Era una vista maravillosa y
sorpresiva, y con todo tuve la oportunidad de persuadirme de que la escarpada montaña
rodeada de profundos abismos sólo era posible escalarla haciendo un gran rodeo; fue una
suerte contar con provisiones de víveres para diez días. Era un cuadro muy extraño ver
cómo los doce aborígenes, a paso menos que lento, iban con las hachas en las manos y
acompañados por una multitud de perros hambrientos. La gente no es alta, pero sí muy
fuerte y perezosa; se sirven de un vestido en verdad pírrico y llevan sus negros y
abundantes cabellos de tal forma, que de la cara se les ve menos que a un perro pequinés.
Sólo unas horas después que habíamos llegado, un ataque de fiebre me obligó a
permanecer acostado en este sitio. Al día siguiente debí regresar al pueblo; pero mandé
a los indígenas que avanzaran, para buscar y despejar entre tanto el camino.Después de
tres días en los cuales se consumieron de tal manera todas las provisiones y regresaron
sin haber hecho el mínimo esfuerzo para avanzar, comprendí que con esta clase de
personas sería muy difícil alcanzar cualquier objetivo. No pude hacer un nuevo intento,
pues después de 14 días de malestar estaba tan harto de permanecer entre los indios
paeces, que preferí largarme con la fiebre alta y cabalgar por el páramo de Moras hacia
Popayán. En cuatro días llegué a esa ciudad, favorecido por el buen tiempo y me volví
a encontrar allí con el doctor Reiss. En pocos días me recuperé de mi malestar, y nos
alegramos de disfrutar aquí por el momento de una buena alimentación, lo que en Colombia
es un fenómeno muy extraño. El doctor Reiss está en Popayán desde hace tres meses,
pero también perdió un mes a causa de sus malestares. Como ya terminó con sus
observaciones en este lugar, partirá de Popayán antes que yo y proseguirá, pasando por
Pasto, hacia Quito, donde seguramente nos volveremos a ver. A propósito, nos hemos
convencido mutuamente de que un viaje juntos aquí es casi imposible, pues las necesidades
de los viajes apenas pueden ser satisfechas de una mínima manera. Las casas son
frecuentemente tan estrechas, que apenas hay espacio para un catre, después que el
equipaje y las sillas de montar se han acomodado. Además, cargar tantas mulas, de 16 a 20
-las que llevamos juntos-, nos tomaría gran parte de la mañana. Con los primeros rayos
del sol, ordeno ensillar y cargar mis 8 a 10 animales. Pero muy rara vez se logra
emprender camino antes de las ocho de la mañana. Y así hay tantos inconvenientes que
aumentan viajando juntos y que no compensan las ventajas.
Popayán tiene una muy buena situación, pero la ciudad ofrece una impresión poco
agradable; fue construida en forma completamente irregular, las iglesias y los conventos
se encuentran derruidos o sin terminar, las casas casi sin excepción son viejas y
amenazan ruina, puertas y ventanas están rotas y las calles tienen un empedrado que es
mejor compararlo con el lecho de un río lleno de escombros. El clima es muy agradable: la
temperatura mínima por la noche no baja de 10 grados, y la más alta del día no sube de
22 grados a la sombra. Los bananos y otras frutas tropicales se multiplican en cantidad.
Los indígenas traen diariamente hielo del Puracé, lo mezclan con fruta pulverizada y lo
ofrecen para la venta en las calles. El bálsamo, que nosotros cultivamos en el jardín,
crece como maleza entre las piedras. Hay pocos extranjeros, y éstos se dedican al negocio
de la corteza de quina, que se encuentra de una calidad especialmente buena en las
regiones más altas del costado occidental de la cordillera Central. La exportación se
efectúa desde Buenaventura, cuyo camino tomará esta carta. Esto es lo más esencial que
puedo informar de estos últimos meses de mi viaje. Muchas cosas interesantes se quedaron,
por supuesto, sin mencionar.
XI
Popayán. 3 de
abril de 1869
Hace unos días regresé y encontré tantos negocios y ocupaciones urgentes en Popayán,
que hasta el último momento de la partida del correo debí postergar el escribir. En la
carta anterior informé sobre mi fracasada expedición al volcán del Huila. Hoy podría
llenar algunas hojas con la descripción de mi ahora logrado ascenso a ese maravilloso
volcán. Me limitaré, sin embargo, a lo más esencial.
En cuatro días partí de aquí, después de lograr una muy completa preparación y de
haber previsto todas las normas de precaución, hacia el pueblo de indios desde donde
debía comenzar el ascenso. Puesto que en mi primer intento me había convencido de la
inutilidad e irresponsabilidad de los indios paeces, tomé en la población de Silvia diez
cargueros, blancos y mestizos, y me proporcioné de entre los indígenas sólo tres
personas como guías para el trabajo suplementario en la selva. Además contraté un
hombre que debía supervisar el trabajo del grupo. Aprovisionados de abundantes víveres,
comenzamos el 2 de marzo la caminata de Tacuyo, donde dejé a mi servidor personal
encargado del cuidado y envío de los víveres. El 12 de marzo llegamos a una altura de
4.800 metros, 16.949 pies saj., el máximo punto alcanzable: una profunda y ancha grieta
en un helero obstaculiza el camino. El tiempo fue, durante toda la excursión,
extraordinariamente favorable. En verdad, llovió con mucha frecuencia, pero menos de lo
que esperaba, y logré alcanzar mi objetivo: la investigación topogeológica del volcán,
que aún está en débil actividad. La gente que me acompañó, con excepción de los tres
indígenas, que siempre estaban a punto de huir, era excelente. Sólo el último día,
antes que yo mandara acampar sobre la nieve, los peones no quisieron seguir más. Pero se
dejaron convencer, e hicieron lo que pedía. El presidente del Estado del Cauca me había
prestado su carpa, la cual me fue de gran utilidad. En mi carpa, grande, pero no tan
impermeable, se alojaron los peones. El 16 de marzo me encontraba con mis colecciones otra
vez en el punto de partida, Tacuyo, desde donde emprendí el regreso a Popayán, parando
en algunas poblaciones. Aquí no se tiene por posible que esta excursión hubiera sido
realizada con éxito. Los costos fueron proporcionalmente mínimos, pues los salarios y la
alimentación tienen un valor bajísimo.Algunos días después que el doctor Reiss me
acompañara para la expedición del Huila, emprendió viaje hacia Pasto, donde,
probablemente nos volvamos a encontrar. Por ahora planeo subir todavía al Puracé y al
Sotará. Ambas excursiones se pueden emprender con facilidad. El volcán de Pasto debe de
estar ahora activo, lo que sería una gran suerte para nosotros. Esta mañana se oyeron
aquí unas explosiones atronadoras que procedían de todas las direcciones.
La comunicación postal es insuperablemente mala; desde hace meses no llega a Buenaventura
ningún vapor procedente de Panamá.
XII
Popayán. 27 de
mayo de 1869
A finales de marzo o principios de abril, envié mi última carta. Muy ligeramente
informaba que la expedición al volcán del Huila había sido por fin realizada con
éxito. Después que en Popayán ordené los resultados de mi excursión al Huila y
terminé de trabajar con algún retraso los de otras excursiones, emprendí el 24 de abril
el ascenso al volcán del Puracé, que se encuentra en las cercanías de Popayán. Se
puede cabalgar sobre él, sin ninguna clase de dificultades, hasta los 4.400 metros de
altura, cuando el tiempo no dispone otra cosa. El camino hacia el cráter del Puracé es
transitado a diario por los indígenas, que recogen nieve y la traen durante la noche a
Popayán, para la venta. Una carga de unas 100 libras cuesta en Popayán 10 francos.
Equipos de tipo europeo para el ascenso, como en el Etna, son, naturalmente,
inconseguibles en el Puracé.
Los habitantes de Popayán -es decir, los cultos- saben que la alta montaña, que de
cuando en cuando resalta desde las nubes, se llama Puracé; nada más pueden informar
acerca de él. En todo Popayán no hay, ciertamente. cinco personas de entre la clase
trajeada con distinción que estén interesadas por la naturaleza, de manera que deseen
emprender una visita al volcán. Esto es, en realidad, muy característico de la
inteligencia de los "popayanejos".
Desde Popayán se llega en ocho horas a caballo al pueblo de Puracé (a 2.600 metros de
altura, es decir: como Bogotá; Popayán está a 1.730), y en el mismo tiempo se puede
ascender desde este pueblo hasta el filo del cráter. La excursión se puede comparar con
el ascenso al Etna, el que, ciertamente, en su máxima altura mide apenas más de la
mitad. Pero en realidad los cálculos salen mal. En mi primera excursión que hice al
Puracé, tardé 13 días, sin que alcanzara más de una cuarta parte de mis objetivos, y
seis días adicionales tomó mi segunda excursión. El mal tiempo dificulta enormemente y
en medida significativa las investigaciones y observaciones que se desean hacer. Cuando en
la parte baja hay "verano",está el Puracé supremamente violento,
"bravísimo". Desde el pueblo de Puracé subí tres veces al cráter y pasé
seis noches y siete días a unas alturas entre los 14.000 y los 15.530 pies. Durante
cuatro noches y cinco días el tiempo fue tan malo, que no se podía poner un pie fuera de
la carpa con agrado. Una vez llegamos a pensar en huir hacia el pueblo de Puracé, incluso
abandonando todas las cosas, porque la carpa no podía mantenerse en pie en medio de los
fuertes vientos y lluvias. A consecuencia del frío, los peones suelen ser inhábiles o
huir de él, lo que aumenta sensiblemente la gracia de la situación, envueltos en la
espesa nieve. Tampoco es posible durante días encender el fuego.
El Puracé tenía, cuando Humboldt estuvo en Popayán, un aspecto diferente del actual.
Las grandes erupciones de 1830 y 1849 parecen haber conformado el cráter de hoy. La forma
de esta montaña no corresponde a un cono, como suele suceder, sino a una pirámide
despuntada de cuatro lados. Caldas da a la altura del Puracé 5.100 metros, mientras que
actualmente sólo llega a los 4.600 metros. Puesto que en la zona ecuatorial apenas a esta
altura suele empezar la nieve perpetua, carece el Puracé de este adorno, y sólo en
algunos sitios especiales se conserva durante todo el año.
Para regresar a Popayán tomé por otro pueblo, llamado Coconuco, donde el "Gran
General Mosquera" posee una hacienda. La hacienda se halla situada en un valle
profundo y estrecho, y la vieja casa, construida por los jesuitas, está rodeada de altos
cipreses. Un jardinero inglés, permanentemente borracho, deja abandonado el jardín, que
está dispuesto en forma europea y cultivado con pensamientos, claveles, etc. El conjunto
da una triste impresión. En todo caso, es la única huella de un jardín que he
encontrado desde Bogotá. No lejos de la hacienda corre el río Cauca, que tiene aquí el
aspecto de un extraordinario arroyo alpino. Desde hace tres semanas el puente es
intransitable y, por tanto, constituyó un gran esfuerzo pasar las mulas por el río, que
está muy crecido. Para evitar esta incomodidad en mi próximo viaje, le causé al alcalde
de Coconuco, que tenía la culpa de la falla en el puente, algunos disgustos en Popayán.
Dos días después, el puente estaba arreglado. El tiempo ha tomado un carácter
supremamente agradable, que, sin embargo, en esta época del año no puede durar mucho, y
por eso emprenderé lo más rápido posible mi viaje hacia la otra montaña volcánica, el
Sotará, y más o menos en tres semanas partiré para Pasto, donde me encontraré de nuevo
con el doctor Reiss. Nos acercamos, pues, considerablemente a la zona en la cual la
actividad volcánica ocasionó tantos destrozos el año pasado. Supongo que la cosa se ha
exagerado en extremo, pues la manera y la forma como aquí se suele mentir no la concibe
un periodista europeo. Por ejemplo, se habla aquí en Popayán, desde hace largo tiempo,
de erupciones extraordinarias con que el volcán de Pasto intranquiliza a los habitantes
de la ciudad, y todos quisieron tener noticias por carta de ello y narran detalles y de lo
que dijo el doctor Reiss, etc., etc. Por el contrario, me escribió desde allí el doctor
Reiss que, para su gran desilusión, el volcán permanecía completamente tranquilo.Pasto
no está más lejos de seis días a caballo de Popayan.
La gente -es decir, los descendientes de españoles que reclaman el derecho a la cultura-
son intelectualmente deplorables, en la forma más increíble. Popayán tiene -apenas se
puede atrever a decir una universidad y, sin embargo, no hay en toda la ciudad siquiera
una hoja para escribir y mucho menos es posible comprar un libro impreso. Magnífica es la
universidad y magníficos son los conocimientos de los señores doctores que esta
universidad, al lado de las universidades de Bogotá y Medellín, sientan en el mundo.
Toda la gente es llamada doctor. Pero nunca se sabe de qué facultad sacan su sabiduría.
Supongo que la mayoría son juristas; pues todos piensan transformar las leyes existentes
y en su lugar poner otras un poco menos incómodas. De hecho, también en Bogotá la
"legislación" pertenece a la primera de las disciplinas, con las cuales el
zorro académico tiene que vérselas. Cuando está ya un buen tiempo en la universidad y
prefiere no volver al campo a seguir con el lazo, puede -después de suficientes estudios
de leyes-lograr obtener algunos fundamentos elementales de latín.
Podría escribir sobre este asunto cosas curiosas, pero deseo permitirme algunas líneas
también sobre el estado moral y social, y al mismo tiempo caracterizarlo por medio de un
ejemplo. Hace unos pocos meses (el doctor Reiss se encontraba en esa época en el
Puracé), el suegro del "Gran General Mosquera", un tal Cárdenas Mosquera, fue
a caballo a Puracé, se bajó en la casa de un indígena, entró a ella y allí apuñaló
al indígena, a causa de una sospecha de robo de quina. Este hecho, del que fue testigo
todo el pueblo, fue constatado por las autoridades locales, el cadáver fue reconocido,
etc. Estos documentos tuvieron que ser remitidos por el alcalde a Popayán. Se enviaron,
pero se perdieron en el camino. Las investigaciones se emprendieron nuevamente y. en
contradicción con las primeras, se encontró que a esa hora, cuando Cárdenas se bajó
delante de la casa de la víctima y salió con el cuchillo ensangrentado y partió en su
caballo, el indígena se encontraba a algunas horas de distancia, en algún sitio del
monte. Los primeros testigos permanecieron callados, Cárdenas fue liberado, y pese a que
todos saben que él perpetró el asesinato, no hay nadie en este país que le ponga en
cuestión su posición social -si es que se puede hablar aquí propiamente de una
sociedad-.
Todas las personas fantasean con minas de oro y plata, queriendo enriquecerse, pero sin
trabajar. Pero como éstas no son fáciles de conseguir, se dedican a la excavación de
tumbas y tesoros o a la falsificación de moneda. Así, por ejemplo, dos comerciantes de
la región han puesto a circular una gran cantidad de "medios" (medios reales),
que son un 20 por ciento más livianos. Antes que el gobierno, debido a la escasez de
medios de transporte, pueda prohibir la aceptación, el negocio ya está hecho; y cuando
sobrevenga la prohibición, empieza el nuevo negocio, es decir, la readquisición con 25
por ciento de pérdida para el poseedor. Cuando se pregunte quién introdujo la moneda
falsa, nadie vacilará en dar los nombres. Pero tampoco nadie vacilará en quitarse
respetuosamente el sombrero ante estas personas y estrecharles amistosamente la mano,
desde el presidente hasta el último peón. Por el contrario, se lamentan en silencio de
no haber participado en el negocio. Cosas aún más sorprendentes pasan en la vida
política.
Tres partidos, el liberal, el conservador y el mosquerista, que están, a su vez,
divididos en diferentes fracciones, son enemigos entre sí todo el tiempo, y cada partido
afirma, en discursos bombásticos, que sólo él pone la mira en la felicidad del Estado y
en el "progreso". Naturalmente cada partido busca sólo llegar al poder, para
enriquecerse a costa de los otros. Cuando estalla una revolución, y es el partido liberal
el que está en el poder, traspasan los terratenientes conservadores sus haciendas, por
medio de una venta simulada, a miembros del partido liberal, para que sus propiedades no
sean robadas. Pero los honrados caballeros, a cuyo favor se expide la venta simulada, la
consideran muy frecuentemente como real, rehusando el hijo, sobrino o amigo liberal,
cuando reina de nuevo la paz, devolver los bienes a su padre, tío o amigo conservador.
Los miembros del partido que "dirige la guerra", como aquí se suele decir, caen
por cientos en una hacienda del enemigo, desolando las casas y permaneciendo allí hasta
que haya un buey o una vaca, y prosiguen adelante, llevando consigo todo lo que se pueda
mover, pero especialmente caballos y mulas. Y para después poder probar la posesión
legal de esos bienes, suelen los señores generales llevar marcas de hierro, para marcar
los animales. Y la gente que hace eso es la misma que nos da la bienvenida con toda suerte
de dobleces, ofreciéndonos sus servicios en una forma que puede ser desagradable. Son los
mismos que se llaman doctores y hablan de Humboldt y otros académicos como si estuvieran
en la más íntima relación intelectual con ellos. Y cuando se llega al tema del
"progreso", me cuido de que la gente no perjudique la salud de su más noble
sentimiento patriótico. Todos aparentan ser ángeles y dignos de llegar a presidentes y,
sin embargo, todos son, sin excepción, una canalla.
Mosquera, que es odiado a muerte por los conservadores y parte de los liberales, ha sido
el único hombre en el país que, aun cuando pensaba también, por supuesto, en su bolsa,
contribuyó algo al progreso mediante la construcción de caminos, la introducción de
maquinaria, etc. Mosquera vive hoy día en el exilio en Perú. Pero este viejo adicto al
alcohol tiene, en las próximas elecciones presidenciales (en agosto), una gran
posibilidad de ser reelegido. Si su partido gana, habrá revolución. Éstas son algunas
apreciaciones a vuelapluma de la situación colombiana.
XIII
Popayán. 28 de
junio de 1869
Teniendo ya en mente abandonar a Popayán y continuar el viaje a Pasto, te escribo algunas
líneas, básicamente de contenido práctico. He enviado desde aquí otra vez seis cajas
(las últimas desde Bogotá) con muestras de historia natural, y que llegarán en unos
tres meses a Dresde. El envío parte de Buenaventura, vía Panamá, hacia Southampton
(Royal Mail, por vapor) "Mess'rs Smith Sundins & Co. Agents for the Hamburg
American Mail-Line". Ya he escrito a esa firma solicitándole que se sirva recibir
esas seis cajas, señaladas así: A=5 Nr. 1-6 Southampton, y las envíe por Hamburgo a
Dresde. Te pido que inmediatamente después de recibir esta carta le repitas a cada firma
la solicitud y que te aclare lo relativo al recibo de las cajas y al pago de los gastos
desde Buenaventura hasta Dresde. También es de considerar que Mess'rs Smith & Co. se
encargue de no abrir las cajas en Southampton, sino que las envíe directamente a su lugar
de destino final.
En Dresde confío en que se procederá en la aduana, como hasta ahora con mis cosas, con
el más debido cuidado. En cada caja, cuyas tapas están atornilladas, hay una lista del
contenido, y a los funcionarios les bastará con abrir sólo una de ellas. Aquí tengo
también las listas. Para que no te agobies con esos esfuerzos, tal vez puedas encargar a
mi antiguo servidor o a alguna otra persona apropiada para esta diligencia. De todos
modos, sería conveniente que hicieras valer tu influencia personal, pues, al desempacar
la gran cantidad de pequeños objetos fácilmente deteriorables, podrían sufrir mucho
daño.
El segundo asunto tiene que ver con el encargo que hice a Negretti & Zambra,
mecánicos de Londres. Para facilitar la realización del negocio, escribí a los señores
Dufour Brothers y les pedí que trasladaran el monto de la cuenta, que no puede ascender a
más de 20 libras esterlinas, y que te la remitieran a ti. Te pido, pues, que reembolses a
los señores Dufour los gastos (tal vez por conducto de Georg). Los asuntos de dinero me
parece que quedaron en orden en mi última carta. En Quito, al principio, no requeriré
dinero, porque espero utilizar una letra de cambio de 200 libras esterlinas, pagadera en
Guayaquil.
Todas las bellezas y comodidades -aparte de los millones de pulgas que ofrece la capital
del Cauca, creo, las mencioné y describí en mi última carta. También informé
detalladamente sobre sus habitantes. Dejo esta ciudad con el pleno convencimiento de que
aquí no vive ni una persona decente; es decir, nadie que no esté dispuesto a vender su
honor por algunas monedas y que no tenga en la boca permanentemente una mentira. Lo mejor
que se les puede decir a estas personas es que son unos canallas, sin que se indispongan.
Popayán está comunicado con Pasto a través de dos caminos. El uno corre al lado de la
montaña; el otro va ) por la región casi deshabitada del río (Patía, que yo tomaré y
que es mucho más corto; el doctor Reiss había elegido el primer camino. Pienso llegar a
Pasto dentro de catorce días. En este 11 viaje se decidió a venir un joven ingeniero
inglés, no poco empeñado en explotar la estupidez de los colombianos, pero que no
obtiene nada de ello, porque la estafa vulgar es el único negocio rentable en este país.
El hombre está contratado por un general colombiano (cuyos conocimientos militares
corresponden más o menos a los que tiene un limpiabotas en Dresde), para investigar un
río que tiene fama de ser rico en zafiros. El general quiere aprovecharse disimuladamente
de mí, el inglés quiere arrancarle al general el dinero, y los zafiros no pagarán el
trabajo, cuando sea el caso. Cuánto tiempo tendré que estar en Pasto, población que se
halla a 2.600 metros sobre el nivel del mar - decir, lo mismo que Bogotá-, es algo que
dependerá enteramente del tiempo. El volcán debe ser sumamente interesante, por lo que
me escribió Reiss, pero tendré que apresurarme a llegar a Quito, a donde pido se me
envíen las cartas
XIV
Pasto, 17 de
septiembre de 1869
Mi última carta la envié, poco antes de mi partida de Popayán, a fines de junio a
Dresde por Bogotá, y desde allí, por intermedio de los señores Kappel y Schrader,
encontrará un camino seguro por Bremen. Me corresponde hoy, en consecuencia, dar una idea
general de estos tres meses, lo cual es una tarea muy difícil, si no se quiere escribir
un libro o dar una imagen falsificada sobre el país y la gente. Por ejemplo, informaría
simplemente que en Pasto, por orden del alcalde, se dejan sueltos los criminales para que
paseen libremente por la noche, lo cual haría pensar en Europa que en ningún momento
está la vida segura, pero no es éste el caso. Esto sería igualmente válido para la
descripción de la naturaleza. Por tanto, me restrinjo a lo más esencial, posición por
la que no espero reproches.
Dejé a Popayán el primero de julio, y en la tarde del 14 de julio llegué, después de
un viaje muy favorable, a Pasto. De este tiempo, sólo dos días pasé en el ascenso al
cerro Munchique, una de las montañas más altas de la cordillera Occidental, justamente
enfrente de Popayán (que se encuentra en el pie occidental de la cordillera Central).
Desde allí me propuse orientarme respecto a ciertas condiciones del terreno difícilmente
visibles, pero mi objetivo fue alcanzado de una manera limitada, a causa del mal tiempo.
El cerro Munchique tiene una posición muy favorable, de manera que se contempla desde su
cima, a 3.006 metros (10.620 pies saj.), el largo valle del Cauca hacia el norte, y hacia
el occidente una parte del gran Mar del Sur, que limita con el casi deshabitado Chocó,
como hacia el oriente se reconocen con claridad los volcanes del Huila, Puracé y
Sotará.Así como de amplio es el panorama, así de fascinante es la vista de las regiones
cercanas, como también de las condiciones propias del suelo, que son de tal especie, que
se puede leer claramente en ellas la acción de los extraordinarios predecesores
geológicos. En los dos días y las dos noches que pasé en la cima del Munchique, sólo
pude pescar algunas imágenes furtivas, ora en una dirección, ora en otra, y pude hacer
una precisión muy poco satisfactoria de la latitud geográfica. Este cerro, cuya subida
debería ser, en cierta medida, el coronamiento por medio de la contemplación panorámica
de los volcanes por mí ya escalados y las cordilleras traspasadas, representa un punto
central en cada una de las poderosas cordilleras, que al mismo tiempo forma una especie de
tabique para dos climas completamente diferentes. Después de encontrarme de nuevo al pie
de la montaña, donde dejé en un pequeño pueblo de indígenas bonachones mi respetable
caravana (dieciocho mulas y caballos y seis personas), descendí hacia la región del
Patía, rodeada de incontables valles secundarios. En cuatro días de dura marcha, durante
la cual sufrieron bastante, tanto los animales como los hombres, con los muy respetables
calores (el mínimo por la noche era de 24 grados), llegamos al punto donde nuevamente el
camino conduce a partes más altas. Después de ascender y descender por tres ocasiones
5.000 pies, alcanzamos el Alto de Arranda, desde donde se destaca en primer lugar Pasto,
muy al fondo de un valle semicircular, al pie del volcán.
Pasto está, según nuestras mediciones, unos 100 metros más abajo que Bogotá, es decir,
a 2.500 metros sobre el nivel del mar. Esta altura inhibe esas formas de vegetación
tropical con las que los pintores suelen prodigarnos. Las partes altas de la montaña
están cubiertas de un espeso bosque, que desde lejos da la impresión de un bosque
europeo, y los lisos desfiladeros y pendientes más bajos, tanto del volcán como de otras
montañas, están cultivados de maíz, cereales y avena, entre los cuales se extienden los
potreros. Si, como ahora, estos fructíferos campos, en los cuales se encuentra también
la papa, están en la víspera de la cosecha, y un frío viento del este corre tras
espesos nubarrones sobre los montes, se tiene el cuadro acabado de un dìa de otoño en
Dresde, en el cual no se sale, si no hay que hacerlo, pero, sobre todo, se mantienen las
ventanas debidamente cerradas. Este cerrar las ventanas sería, ciertamente, lo indicado;
sólo que aquí se tiene, como consecuencia, el hecho desagradable de quedar en tinieblas
dentro del cuarto. Los vidrios son un lujo que sólo el obispo y otros tres o cuatro
propietarios se permiten para algunas de sus ventanas. Puesto que las condiciones
climáticas descritas son aquí las normales, y la temperatura raramente alcanza los 15
grados, manteniéndose la mayoría de las veces en 12 y bajando hasta los 5 grados, el
observador neutral puede verse inclinado a anotar, sin arbitrariedad, que sólo una
canalla perezosa puede satisfacerse con tan mínima comodidad o que tal vez disponga de
medios misteriosos de calefacción. La costumbre, en cualquier caso, termina por mitigar
la ira ante la precaria instalación de las casas. Pasadas unas semanas del viaje al
Patía, se supone que, si uno no se murió de una fiebre, perderá la costumbre de
resfriarse. Si yo disculpo la inexistencia de ventanas de vidrio como medio para
fortalecer, en cierta medida, el cuerpo, entonces podría permitirme algo más que lo que
se ofrece como medio sustitutivo de calefacción a un precio módico y en cantidades
suficientes. Pienso en la noble sangre de la caña de azúcar, cuyo análogo producto en
Sajonia suele caracterizarse como trago fuerte. De hecho se sirven los pastusos en medidas
tan grandes de ese medio de calefacción, que la mayoría de la población padece de una
borrachera crónica.
A mi llegada, el doctor Reiss tenía dispuesta una buena casa, tal como ellas son aquí, y
el inevitable y rápido cambio de clima no produjo en mì efectos negativos. Sólo mis dos
arrieros se enfermaron.
El 21 de julio hicimos una visita furtiva a la cumbre del volcán. Desde Pasto se puede
llegar en mula hasta 200 metros más abajo del filo del cráter, y el ascenso a esta
montaña de 4.200 metros de alto (800 pies más alto que el Monte Blanco) es menos penoso
que el del Etna. Como frecuentemente hay nubes, lluvias y vientos, regresamos sin ejecutar
muchas cosas. Con los resultados de estas expediciones infructíferas se han contentado,
con frecuencia, los pocos instruidos antecesores nuestros en este país. Y de ahí viene
que de los volcanes de la Nueva Granada se sepa apenas un poco más de lo que los jesuitas
han inventado. La ciencia tiene ahora otras exigencias y requiere saber y precisar más
que las meras mediciones de altura y una elegante descripción de los peligros, con las
que está vinculado un ascenso a estos macizos imponetes. La investigación de la
formación geológica de estos volcanes y el cotejo con otras -esto es, en general,
conocido-, es lo que exige fundamentalmente la geología del presente. Pero para hacer
esos estudios en un volcán, es necesario, ante todo, poseer mapas fundados en mediciones
reales. Pero como aquí sería en vano la búsqueda de éstos, se hace necesario
elaborarlos. El doctor Reiss ha pasado más de dos meses completando sus mediciones
trigonométricas del volcán, y a mì me falta aún terminar el trabajo cartográfico, lo
que es una tarea nada fácil en medio de estos terrenos difíciles y de pesadas
condiciones climáticas. Temo mucho que este trabajo me detenga de dos a tres meses por
los alrededores del volcán. El doctor Reiss ha concluido su parte y abandonará a Pasto
en los próximos días.
El 4 de agosto emprendimos, el doctor Reiss y yo, un viaje a la laguna de La Cocha,
situada muy cerca de Pasto, cuya significación suponemos similar a la de los pequeños
lagos del Eifel
o de las montañas Albacher, cerca de Roma. Creíamos que en pocos días lograríamos
nuestro objetivo, pero subimos por un terreno lleno de grandes dificultades, que dieron
por resultado 28 días completos de camino. Fuera de nuestros tres servidores, iban con
nosotros permanentemente más de 20 cargadores, la mayoría indígenas muy tercos. La
excursión pasó por un terreno completamente intransitado e inhabitado, a trechos
pantanoso, a trechos boscoso, o ambas cosas a la vez. Pue¬des imaginar que el
equipamiento de una de estas expediciones, en la cual se deben llevar alimentos y víveres
para tantos hombres, no es ninguna insignificancia. Una cosa fundamental es empujar a los
indígenas que sirven de cargadores. La peor recomendación para este objeto es una del
gobierno colombiano, pues la gente piensa que no va a recibir ninguna paga. No resulta
mucho mejor cuando interviene un blanco colombiano, pues el indígena lo ve, con derecho,
como un miserable más grande de lo que él mismo se siente. Apenas se ha formado el grupo
y se pone en camino, empiezan otras dificultades. El primero desea regresar, el segundo
está muy cargado, el tercero finge estar enfermo, el cuarto no tiene alimentos, etc., y
todos los días inventan nuevas mentiras, para impedir continuar adelante. Si uno cede una
vez, está perdido. Lo peor es cuando escasea el alcohol. Tuvimos que enviar dos veces a
uno de nuestros servidores a Pasto, para hacer traer nuevos peones y aguardiente en
garrafas.
La Cocha está a una altura de 2.700 metros, mide dos leguas de largo por dos de ancho, se
halla rodeada de pantanos y montañas boscosas, alimenta a uno de los afluentes más
grandes del río Amazonas: el Putumayo. Llegados a la orilla de La Cocha, decidimos
construimos una barca para ir a la parte sur de la laguna, y desde allí llegar a una
montaña señalada como volcán: el Patascoy. Para terminar de construir la embarcación,
necesitamos seis días, pues los indígenas eran inexpertos en este trabajo, y cuando
estuvo lista, y el viaje de prueba arrojó un resultado muy satisfactorio, fue el viento
del oeste tan fuerte, que al final tuvimos que decidirnos a abandonarla y emprender camino
a través de unos nueve pantanos profundos y un bosque espeso. La barca transportaba
veintitrés personas y como diez carpas, así como seis grandes remos de 10 a 12 pies de
largo. La construcción fue tanto más difícil, pues las pesadas maderas era posible
hacerlas flotar sólo por medio de una capa gruesa trenzada de unas hilachas de caña
parecidas al papiro.
La única casa que encontramos en toda esta excursión estaba habitada por un viejo
indígena y su hijo, que cuidaban, en los pantanos, de algunas vacas y bueyes
semisalvajes. Con grandes esfuerzos movimos a estos "compadres" (así suele la
gente dirigirse a los indígenas) a que nos vendieran un buey por el buen precio de cinco
táleros. El 21, el río proveniente de La Cocha, que sólo tiene 20 pies de ancho, pero
que es muy profundo y fascinante, nos taponó el camino. Este impedimento no fue para los
indígenas ningún chiste; todos querían huir, diciendo que morirían en el río.
Decidimos hacer un puente, cortando dos grandes árboles, que pusimos uno frente al otro.
Gastamos algunas horas antes de lograr asegurar, gracias a un lanzamiento acertado, un
lazo en la otra orilla, para que pudiera sobrepasarse uno de los arbustos más livianos.
Los árboles cayeron, pero antes que se pudieran agarrar con las primeras ramas, el río
se los tragó. Con la esperanza de que los árboles más pesados se asentaran en un banco
de arena, mandamos cortar de 40 a 50 de los más grandes, y al otro día encontramos que
un conglomerado de árboles conducidos río abajo posibilitaba, con alguna ayuda, cruzar
el río. El 24, cuando ya nos encontrábamos a una altura de más de 3.360 metros, en el
Patascoy, siguiendo nuestras huellas, nos dio alcance uno de nuestros arrieros, corredor
de primer rango, y me trajo las cartas que recibí en seguida. También para el doctor
Reiss tenía él un paquete. Leer las cartas en el acto, hubiera sido imposible, pues nos
encontrábamos más dentro del agua que fuera de ella. Llovía a cántaros, con una
temperatura cercana a los cinco grados. Sólo por la tarde, después y de haber instalado
la carpa sobre este suelo desastroso y de haber tenido una enérgica disputa con todos los
indígenas insubordinados, pudimos ponernos a abrir nuestra correspondencia. El doctor
Reiss no sabía hasta ese momento que su madre había muerto, y cuando leí ya en la
primera línea esa noticia fue para mí penoso esperar hasta que él mismo la encontrara
en su carta, lo que por casualidad sucedió muy tarde. La noticia, naturalmente, debió de
haberlo conmovido mucho.
La lluvia, que desde el comienzo de la excursión (el 4 de agosto) sólo cesó muy de
cuando en cuando algunas horas y máximo un día, cayó día y noche a chorros, entre
fuertes borrascas de viento. Tuvimos que desistir de subir hasta la cumbre, muy cercana,
del Patascoy, pero pudimos convercemos de que esa montaña no pertenece a una formación
volcánica. La vegetación boscosa y cenagosa cubre la firme roca en forma tan majestuosa,
que ofrece a la almádena, hasta en la altura de 3.400 metros, una masa rocosa dúctil. La
selva se compone primordialmente de manglares que están sobre una red de raíces aéreas
enormes. Pasamos dos días y dos noches en el Patascoy, a la altura de 3.600 metros, para
establecer relaciones trigonométricas de nuestro punto de ubicación con otros conocidos
o fijar la latitud geográfica. El camino de regreso fue comparativamente suave, porque
utilizamos de nuevo nuestra trocha. Tuvimos que construir otra vez un puente sobre el rio
Cocha, pues el viejo había desaparecido. El 31 de agosto entramos de nuevo a Pasto.
Realmente, el frio se podía soportar bien durante la excursión. Pero la inacabable
humedad de arriba y de abajo y la imposibilidad de mantener las cosas secas, agrava la
situación. Multitud de negocios, preparativos y trabajos de aprovisionamiento y empaque
nos han hecho pasar el tiempo en Pasto hasta hoy con rapidez, y ya están dispuestas las
bestias, para llevármelas a la otra ladera del volcán. El volcán no da muestras, en el
presente, de ninguna actividad. Pero ha hecho, durante los cinco meses de estadía del
doctor Reiss, varias veces erupción. Un leve temblor de tierra a principios de agosto
intranquilizó a Pasto, mientras estuvimos en La Cocha, pero sin ninguna consecuencia
grave. La gente está aquí sobrecogida de terror.
Pasto tiene unos 8.000 habitantes y está. como todas las ciudades colombianas, muerta.
Ningún café, ningún paseo público, ninguna muestra de relaciones cordiales, excepto
las desagradables fórmulas de cortesía verbales. Lo único que contribuye a dar vida a
las calles son los borrachos perdidos; los blancos, algo menos humorísticos que los
indígenas. Como en Popayán, los indios paeces dan vida aquí al mercado, en determinados
días; los indios sebundoyes son aún más originales en sus vestidos y aspecto. Pasto
tiene una industria muy peculiar: la del barnizado de recipientes de madera o cáscara de
calabaza. El barniz es una especie de caucho que se puede extractar conforme a una
especial preparación, y convertirse en un material delgado como el papel, y se adecúa a
la forma del recipiente, poniéndolo encima y calentándolo, de manera tan perfecta que se
tiene el objeto por lacado. Los indígenas sebundoyes traen este caucho de la región del
Mocoa.
A uno de los episodios más peculiares pertenece también el examen oficial de los
colegios, al que asiste el obispo. Fuimos invitados y recibidos muy correctamente, pues la
gente tiene mucho sentido para la teatralidad. Los asistentes en pleno se levantaron a
nuestra entrada en la catedral, y los maestros nos condujeron a las sillas, ya reservadas,
al lado del obispo. Con esta pompa concordaban las preguntas de los examinadores casi no
menos en solemnidad que las respuestas dadas. Los examinadores son las personas de
mayoría de la ciudad, que aprovechan gran oportunidad para oírse hablar a sí mismos.
Pero para que estos señores puedan hacer las preguntas y los alumnos no se vean en
apuros, las preguntas, que pueden ser dirigidas, son repartidas por escrito. Uno de los
examinadores en historia nos preguntó, disimuladamente, si el Tíber estaba todavia en
Roma. Calígula... las caballerizas y la causa de la muerte de Cleopatra ocupaban a la
gente muy especialmente, y parecía interesarle mucho al obispo. Las preguntas no sólo se
dirigian a los niños, sino también a los adultos. En otra disciplina, afirmó uno
de los examinadores que la elasticidad del caucho descansaba en el aire que contenía. El
estudiante replicó tan enérgicamente que sostuvo su opinión hasta el cansancio de los
oyentes. París fue declarada como nación, y la respuesta "eso no está en el
libro" fue vista muy bien. Suficiente de Pasto.
Ecuador debe de ser más civilizado que Colombia. Si nos vamos directamente de aquí al
Ecuador, podríamos estar entrando a Quito dentro de ocho días. El viaje es aquí tan
pesado, porque hay que viajar con todo lo necesario para el hogar. En general, no se
encuentran ni posadas para pasar la noche ni víveres. Y cuando hay una casa, yo nunca
omito expresarles a los propietarios mi admiración cuando tienen una silla o incluso una
mesa. En Pastoconservamos una cocinera propia y comemos las dos personas por dos francos
diariamente, siempre tres veces, tan bien como cualquier presidente de la república.
Ciertamente, se podría decir en nuestra casa, esta comida es una porquerìa
xv
Túquerres, 17 de enero de 1870
Pasto, la "jaula bonita de los pajeros [sic] malos", la abandoné el 13 de enero
de este año y pude proseguir mi viaje a Túquerres. Después que llevé a cabo dos
excursiones más que requirieron mucho tiempo, fuera de la realizada con e el doctor Reiss
a La Cocha, en todas a las ciudades me detiene un trabajo sumamente fatigante y que exige
mi atención; vale decir, la conclusión del mapa topográfico del volcán de Pasto, que
fue elegido por nosotros, que tiene por fronteras de un lado la región de donde brota el
río Putumayo y de otro lado el río Patía. Este trabajo fue tanto más penoso, pues la
revolución en Pasto tomaba cada día mayores dimensiones y me fastidiaba en gran medida,
sin que yo pudiera rehuir las fatales consecuencias. Más detalles sobre esta realidad,
puramente mexicana, en otra oportunidad. En la región donde nace el río Putumayo tuve la
ocasión de realizar una visita a una tribu indígena muy interesante, los sebundoyes, y
conocer un nuevo volcán de 3.600 metros de altura, el Juanoy, así como el verdadero
cerro Patascoy, que en realidad no es e un volcán. Después pasé tres días en el
volcán Bordoncillo, a 3.660 metros de altura
Túquerres es un villorrio completamente miserable, pese a que se llama a ciudad. Las
casas están construidas de barro, como en casi toda la ejemplar República de Colombia;
no están pintadas y, con excepción de tres o cuatro techos de teja, los demás son de
paja.La temperatura media al año apenas alcanza los lO grados, que corresponde e a una
altura de más de 3.000 metros. El maíz necesita un año para la cosecha, y la mayoría
de los campos están sembrados de avena y cebada. El camino que une a Túquerres con Pasto
se puede transitar en dos días, pero en la actual estación del año, la cual dura unos
te diez meses, se halla en tal estado que, el viajando aun en las mejores mulas, con
frecuencia no se sabe cómo empezar a el pasar por entre los profundos lodazales. Detrás
de la ciudad se eleva un volcán unos 1.000 metros más alto, llamado de lo Túquerres o
Azufral, que tal vez mañana escalaré, si puedo conseguir el número de peones
necesarios. Deberé pasar algunos días a sus espaldas, para lograr captar algunos
instantes libres de nubes. En el mes de enero debería entrar propiamente un verano corto,
un "veranillo", Pero parece que se retrasa, pues llueve con persistencia día a
día, sin parar. El clima de Túquerres es, como se puede deducir del promedio anual de la
temperatura, nada agradable, pues de hecho no se sabe nunca cómo empezar a calentarse las
manos y los pies. En las casas hace aún más
frío que en la calle; con lO grados debe uno contentarse.
Después de regresar del Azufral de Túquerres, emprenderé sin demora mi viaje a Quito,
pero todavía me quedan dos volcanes más por visitar; es decir, el Cumbal y el Chiles, el
último de los cuales me tomará entre dos y tres semanas. No me quedaré aquí
innecesariamente ni una hora, pues tanto el tiempo como el estado de abyección de la
población y el desharrapamiento sin límites de todo el país me impulsan a la
impaciencia. Mucho mejor viajaría por un país donde, de cuando en cuando, fuera asaltado
en la calle por ladrones, pero también, de cuando en cuando, me encontrara con un hombre
decente, que por un país donde todos poseen un carácter de asaltantes de caminos y no se
está ni un instante seguro de cuándo este asalto se presentará. Desde hace diez años
los bribones colombianos han contribuido a atrasar el país en tal forma que hoy es apenas
reconocible. El juicio más fuerte que se puede emitir sobre esta república reside en el
hecho de que casi ningún extranjero intente establecerse (comprando una propiedad) en el
interior del país, pese a que la región es maravillosa y el suelo y los víveres son
extraordinariamente baratos, o que alguien se atreva a instalar un negocio. Un breve
resumen de las condiciones políticas que tuve la oportunidad de estudiar en la
revolución de Pasto, así como la relación que hay entre el blanco y el indígena,
serían de algún interés para el cónsul Andree. Pero por el momento no tengo tiempo
para reelaborar las notas. Al lado de la ocupación en las necesarias exigencias de los
viajes, que frecuentemente demandan muchísima energía, hay cosas, como son los trabajos
inaplazables, las observaciones corrientes y la conservación de los instrumentos, que no
me han permitido un descanso después del regreso de los pesados viajes por los páramos.
Cuando, además, se contempla en qué miserables condiciones climáticas y
circunstanciales deben realizarse estos viajes, se podría disculpar que yono envié
siempre relatos de viaje que cumplan con todas las expectativas.
Con la contribución a la expedición al polo norte y al monumento a Humboldt estoy
completamente de acuerdo. El largo retraso de nuestro viaje en esta parte de América
llamará la atención, pero éste se disculpa por el hecho conocido de que quien dice A,
tiene que agregar frecuentemente B.
|