Boletín Cultural y Bibliográfico. Número 35. Volumen XXXI - 1994- editado en 1995
 

fórmulas de cortesía hispánica que persisten inútilmente. El primer día de millegada no fue posible comunicarme con el gobernador indígena del pueblo,pues se encontraba, al igual que la casi totalidad de los habitantes del lugar, en su estado normal; es decir, caído de la borrachera. Al fin, en los días siguientes se logró convencer a doce aborígenes de que me acompañaran y buscaran un camino. Estos indígenas no le dan ningún valor al dinero, porque no tienen ninguna necesidad de él y no saben qué hacer con él. Sal y cigarrillos, así como brandy, son lo más deseado. Costó mucho esfuerzo organizar la expedición, porque la gente siempre se iba huyendo.

Después de tres días de tardanza, fue posible al fin partir, y ese día se me mostró el volcán por primera vez, aunque no del todo libre de nubes. Era una vista maravillosa y sorpresiva, y con todo tuve la oportunidad de persuadirme de que la escarpada montaña rodeada de profundos abismos sólo era posible escalarla haciendo un gran rodeo; fue una suerte contar con provisiones de víveres para diez días. Era un cuadro muy extraño ver cómo los doce aborígenes, a paso menos que lento, iban con las hachas en las manos y acompañados por una multitud de perros hambrientos. La gente no es alta, pero sí muy fuerte y perezosa; se sirven de un vestido en verdad pírrico y llevan sus negros y abundantes cabellos de tal forma, que de la cara se les ve menos que a un perro pequinés. Sólo unas horas después que habíamos llegado, un ataque de fiebre me obligó a permanecer acostado en este sitio. Al día siguiente debí regresar al pueblo; pero mandé a los indígenas que avanzaran, para buscar y despejar entre tanto el camino.Después de tres días en los cuales se consumieron de tal manera todas las provisiones y regresaron sin haber hecho el mínimo esfuerzo para avanzar, comprendí que con esta clase de personas sería muy difícil alcanzar cualquier objetivo. No pude hacer un nuevo intento, pues después de 14 días de malestar estaba tan harto de permanecer entre los indios paeces, que preferí largarme con la fiebre alta y cabalgar por el páramo de Moras hacia Popayán. En cuatro días llegué a esa ciudad, favorecido por el buen tiempo y me volví a encontrar allí con el doctor Reiss. En pocos días me recuperé de mi malestar, y nos alegramos de disfrutar aquí por el momento de una buena alimentación, lo que en Colombia es un fenómeno muy extraño. El doctor Reiss está en Popayán desde hace tres meses, pero también perdió un mes a causa de sus malestares. Como ya terminó con sus observaciones en este lugar, partirá de Popayán antes que yo y proseguirá, pasando por Pasto, hacia Quito, donde seguramente nos volveremos a ver. A propósito, nos hemos convencido mutuamente de que un viaje juntos aquí es casi imposible, pues las necesidades de los viajes apenas pueden ser satisfechas de una mínima manera. Las casas son frecuentemente tan estrechas, que apenas hay espacio para un catre, después que el equipaje y las sillas de montar se han acomodado. Además, cargar tantas mulas, de 16 a 20 -las que llevamos juntos-, nos tomaría gran parte de la mañana. Con los primeros rayos del sol, ordeno ensillar y cargar mis 8 a 10 animales. Pero muy rara vez se logra emprender camino antes de las ocho de la mañana. Y así hay tantos inconvenientes que aumentan viajando juntos y que no compensan las ventajas.

Popayán tiene una muy buena situación, pero la ciudad ofrece una impresión poco agradable; fue construida en forma completamente irregular, las iglesias y los conventos se encuentran derruidos o sin terminar, las casas casi sin excepción son viejas y amenazan ruina, puertas y ventanas están rotas y las calles tienen un empedrado que es mejor compararlo con el lecho de un río lleno de escombros. El clima es muy agradable: la temperatura mínima por la noche no baja de 10 grados, y la más alta del día no sube de 22 grados a la sombra. Los bananos y otras frutas tropicales se multiplican en cantidad. Los indígenas traen diariamente hielo del Puracé, lo mezclan con fruta pulverizada y lo ofrecen para la venta en las calles. El bálsamo, que nosotros cultivamos en el jardín, crece como maleza entre las piedras. Hay pocos extranjeros, y éstos se dedican al negocio de la corteza de quina, que se encuentra de una calidad especialmente buena en las regiones más altas del costado occidental de la cordillera Central. La exportación se efectúa desde Buenaventura, cuyo camino tomará esta carta. Esto es lo más esencial que puedo informar de estos últimos meses de mi viaje. Muchas cosas interesantes se quedaron, por supuesto, sin mencionar.


XI


Popayán. 3 de abril de 1869

Hace unos días regresé y encontré tantos negocios y ocupaciones urgentes en Popayán, que hasta el último momento de la partida del correo debí postergar el escribir. En la carta anterior informé sobre mi fracasada expedición al volcán del Huila. Hoy podría llenar algunas hojas con la descripción de mi ahora logrado ascenso a ese maravilloso volcán. Me limitaré, sin embargo, a lo más esencial.

En cuatro días partí de aquí, después de lograr una muy completa preparación y de haber previsto todas las normas de precaución, hacia el pueblo de indios desde donde debía comenzar el ascenso. Puesto que en mi primer intento me había convencido de la inutilidad e irresponsabilidad de los indios paeces, tomé en la población de Silvia diez cargueros, blancos y mestizos, y me proporcioné de entre los indígenas sólo tres personas como guías para el trabajo suplementario en la selva. Además contraté un hombre que debía supervisar el trabajo del grupo. Aprovisionados de abundantes víveres, comenzamos el 2 de marzo la caminata de Tacuyo, donde dejé a mi servidor personal encargado del cuidado y envío de los víveres. El 12 de marzo llegamos a una altura de 4.800 metros, 16.949 pies saj., el máximo punto alcanzable: una profunda y ancha grieta en un helero obstaculiza el camino. El tiempo fue, durante toda la excursión, extraordinariamente favorable. En verdad, llovió con mucha frecuencia, pero menos de lo que esperaba, y logré alcanzar mi objetivo: la investigación topogeológica del volcán, que aún está en débil actividad. La gente que me acompañó, con excepción de los tres indígenas, que siempre estaban a punto de huir, era excelente. Sólo el último día, antes que yo mandara acampar sobre la nieve, los peones no quisieron seguir más. Pero se dejaron convencer, e hicieron lo que pedía. El presidente del Estado del Cauca me había prestado su carpa, la cual me fue de gran utilidad. En mi carpa, grande, pero no tan impermeable, se alojaron los peones. El 16 de marzo me encontraba con mis colecciones otra vez en el punto de partida, Tacuyo, desde donde emprendí el regreso a Popayán, parando en algunas poblaciones. Aquí no se tiene por posible que esta excursión hubiera sido realizada con éxito. Los costos fueron proporcionalmente mínimos, pues los salarios y la alimentación tienen un valor bajísimo.Algunos días después que el doctor Reiss me acompañara para la expedición del Huila, emprendió viaje hacia Pasto, donde, probablemente nos volvamos a encontrar. Por ahora planeo subir todavía al Puracé y al Sotará. Ambas excursiones se pueden emprender con facilidad. El volcán de Pasto debe de estar ahora activo, lo que sería una gran suerte para nosotros. Esta mañana se oyeron aquí unas explosiones atronadoras que procedían de todas las direcciones.

La comunicación postal es insuperablemente mala; desde hace meses no llega a Buenaventura ningún vapor procedente de Panamá.


XII


Popayán. 27 de mayo de 1869

A finales de marzo o principios de abril, envié mi última carta. Muy ligeramente informaba que la expedición al volcán del Huila había sido por fin realizada con éxito. Después que en Popayán ordené los resultados de mi excursión al Huila y terminé de trabajar con algún retraso los de otras excursiones, emprendí el 24 de abril el ascenso al volcán del Puracé, que se encuentra en las cercanías de Popayán. Se puede cabalgar sobre él, sin ninguna clase de dificultades, hasta los 4.400 metros de altura, cuando el tiempo no dispone otra cosa. El camino hacia el cráter del Puracé es transitado a diario por los indígenas, que recogen nieve y la traen durante la noche a Popayán, para la venta. Una carga de unas 100 libras cuesta en Popayán 10 francos. Equipos de tipo europeo para el ascenso, como en el Etna, son, naturalmente, inconseguibles en el Puracé.

Los habitantes de Popayán -es decir, los cultos- saben que la alta montaña, que de cuando en cuando resalta desde las nubes, se llama Puracé; nada más pueden informar acerca de él. En todo Popayán no hay, ciertamente. cinco personas de entre la clase trajeada con distinción que estén interesadas por la naturaleza, de manera que deseen emprender una visita al volcán. Esto es, en realidad, muy característico de la inteligencia de los "popayanejos".

Desde Popayán se llega en ocho horas a caballo al pueblo de Puracé (a 2.600 metros de altura, es decir: como Bogotá; Popayán está a 1.730), y en el mismo tiempo se puede ascender desde este pueblo hasta el filo del cráter. La excursión se puede comparar con el ascenso al Etna, el que, ciertamente, en su máxima altura mide apenas más de la mitad. Pero en realidad los cálculos salen mal. En mi primera excursión que hice al Puracé, tardé 13 días, sin que alcanzara más de una cuarta parte de mis objetivos, y seis días adicionales tomó mi segunda excursión. El mal tiempo dificulta enormemente y en medida significativa las investigaciones y observaciones que se desean hacer. Cuando en la parte baja hay "verano",está el Puracé supremamente violento, "bravísimo". Desde el pueblo de Puracé subí tres veces al cráter y pasé seis noches y siete días a unas alturas entre los 14.000 y los 15.530 pies. Durante cuatro noches y cinco días el tiempo fue tan malo, que no se podía poner un pie fuera de la carpa con agrado. Una vez llegamos a pensar en huir hacia el pueblo de Puracé, incluso abandonando todas las cosas, porque la carpa no podía mantenerse en pie en medio de los fuertes vientos y lluvias. A consecuencia del frío, los peones suelen ser inhábiles o huir de él, lo que aumenta sensiblemente la gracia de la situación, envueltos en la espesa nieve. Tampoco es posible durante días encender el fuego.

El Puracé tenía, cuando Humboldt estuvo en Popayán, un aspecto diferente del actual. Las grandes erupciones de 1830 y 1849 parecen haber conformado el cráter de hoy. La forma de esta montaña no corresponde a un cono, como suele suceder, sino a una pirámide despuntada de cuatro lados. Caldas da a la altura del Puracé 5.100 metros, mientras que actualmente sólo llega a los 4.600 metros. Puesto que en la zona ecuatorial apenas a esta altura suele empezar la nieve perpetua, carece el Puracé de este adorno, y sólo en algunos sitios especiales se conserva durante todo el año.

Para regresar a Popayán tomé por otro pueblo, llamado Coconuco, donde el "Gran General Mosquera" posee una hacienda. La hacienda se halla situada en un valle profundo y estrecho, y la vieja casa, construida por los jesuitas, está rodeada de altos cipreses. Un jardinero inglés, permanentemente borracho, deja abandonado el jardín, que está dispuesto en forma europea y cultivado con pensamientos, claveles, etc. El conjunto da una triste impresión. En todo caso, es la única huella de un jardín que he encontrado desde Bogotá. No lejos de la hacienda corre el río Cauca, que tiene aquí el aspecto de un extraordinario arroyo alpino. Desde hace tres semanas el puente es intransitable y, por tanto, constituyó un gran esfuerzo pasar las mulas por el río, que está muy crecido. Para evitar esta incomodidad en mi próximo viaje, le causé al alcalde de Coconuco, que tenía la culpa de la falla en el puente, algunos disgustos en Popayán. Dos días después, el puente estaba arreglado. El tiempo ha tomado un carácter supremamente agradable, que, sin embargo, en esta época del año no puede durar mucho, y por eso emprenderé lo más rápido posible mi viaje hacia la otra montaña volcánica, el Sotará, y más o menos en tres semanas partiré para Pasto, donde me encontraré de nuevo con el doctor Reiss. Nos acercamos, pues, considerablemente a la zona en la cual la actividad volcánica ocasionó tantos destrozos el año pasado. Supongo que la cosa se ha exagerado en extremo, pues la manera y la forma como aquí se suele mentir no la concibe un periodista europeo. Por ejemplo, se habla aquí en Popayán, desde hace largo tiempo, de erupciones extraordinarias con que el volcán de Pasto intranquiliza a los habitantes de la ciudad, y todos quisieron tener noticias por carta de ello y narran detalles y de lo que dijo el doctor Reiss, etc., etc. Por el contrario, me escribió desde allí el doctor Reiss que, para su gran desilusión, el volcán permanecía completamente tranquilo.Pasto no está más lejos de seis días a caballo de Popayan.

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La gente -es decir, los descendientes de españoles que reclaman el derecho a la cultura- son intelectualmente deplorables, en la forma más increíble. Popayán tiene -apenas se puede atrever a decir una universidad y, sin embargo, no hay en toda la ciudad siquiera una hoja para escribir y mucho menos es posible comprar un libro impreso. Magnífica es la universidad y magníficos son los conocimientos de los señores doctores que esta universidad, al lado de las universidades de Bogotá y Medellín, sientan en el mundo. Toda la gente es llamada doctor. Pero nunca se sabe de qué facultad sacan su sabiduría. Supongo que la mayoría son juristas; pues todos piensan transformar las leyes existentes y en su lugar poner otras un poco menos incómodas. De hecho, también en Bogotá la "legislación" pertenece a la primera de las disciplinas, con las cuales el zorro académico tiene que vérselas. Cuando está ya un buen tiempo en la universidad y prefiere no volver al campo a seguir con el lazo, puede -después de suficientes estudios de leyes-lograr obtener algunos fundamentos elementales de latín.

Podría escribir sobre este asunto cosas curiosas, pero deseo permitirme algunas líneas también sobre el estado moral y social, y al mismo tiempo caracterizarlo por medio de un ejemplo. Hace unos pocos meses (el doctor Reiss se encontraba en esa época en el Puracé), el suegro del "Gran General Mosquera", un tal Cárdenas Mosquera, fue a caballo a Puracé, se bajó en la casa de un indígena, entró a ella y allí apuñaló al indígena, a causa de una sospecha de robo de quina. Este hecho, del que fue testigo todo el pueblo, fue constatado por las autoridades locales, el cadáver fue reconocido, etc. Estos documentos tuvieron que ser remitidos por el alcalde a Popayán. Se enviaron, pero se perdieron en el camino. Las investigaciones se emprendieron nuevamente y. en contradicción con las primeras, se encontró que a esa hora, cuando Cárdenas se bajó delante de la casa de la víctima y salió con el cuchillo ensangrentado y partió en su caballo, el indígena se encontraba a algunas horas de distancia, en algún sitio del monte. Los primeros testigos permanecieron callados, Cárdenas fue liberado, y pese a que todos saben que él perpetró el asesinato, no hay nadie en este país que le ponga en cuestión su posición social -si es que se puede hablar aquí propiamente de una sociedad-.

Todas las personas fantasean con minas de oro y plata, queriendo enriquecerse, pero sin trabajar. Pero como éstas no son fáciles de conseguir, se dedican a la excavación de tumbas y tesoros o a la falsificación de moneda. Así, por ejemplo, dos comerciantes de la región han puesto a circular una gran cantidad de "medios" (medios reales), que son un 20 por ciento más livianos. Antes que el gobierno, debido a la escasez de medios de transporte, pueda prohibir la aceptación, el negocio ya está hecho; y cuando sobrevenga la prohibición, empieza el nuevo negocio, es decir, la readquisición con 25 por ciento de pérdida para el poseedor. Cuando se pregunte quién introdujo la moneda falsa, nadie vacilará en dar los nombres. Pero tampoco nadie vacilará en quitarse respetuosamente el sombrero ante estas personas y estrecharles amistosamente la mano, desde el presidente hasta el último peón. Por el contrario, se lamentan en silencio de no haber participado en el negocio. Cosas aún más sorprendentes pasan en la vida política.

Tres partidos, el liberal, el conservador y el mosquerista, que están, a su vez, divididos en diferentes fracciones, son enemigos entre sí todo el tiempo, y cada partido afirma, en discursos bombásticos, que sólo él pone la mira en la felicidad del Estado y en el "progreso". Naturalmente cada partido busca sólo llegar al poder, para enriquecerse a costa de los otros. Cuando estalla una revolución, y es el partido liberal el que está en el poder, traspasan los terratenientes conservadores sus haciendas, por medio de una venta simulada, a miembros del partido liberal, para que sus propiedades no sean robadas. Pero los honrados caballeros, a cuyo favor se expide la venta simulada, la consideran muy frecuentemente como real, rehusando el hijo, sobrino o amigo liberal, cuando reina de nuevo la paz, devolver los bienes a su padre, tío o amigo conservador. Los miembros del partido que "dirige la guerra", como aquí se suele decir, caen por cientos en una hacienda del enemigo, desolando las casas y permaneciendo allí hasta que haya un buey o una vaca, y prosiguen adelante, llevando consigo todo lo que se pueda mover, pero especialmente caballos y mulas. Y para después poder probar la posesión legal de esos bienes, suelen los señores generales llevar marcas de hierro, para marcar los animales. Y la gente que hace eso es la misma que nos da la bienvenida con toda suerte de dobleces, ofreciéndonos sus servicios en una forma que puede ser desagradable. Son los mismos que se llaman doctores y hablan de Humboldt y otros académicos como si estuvieran en la más íntima relación intelectual con ellos. Y cuando se llega al tema del "progreso", me cuido de que la gente no perjudique la salud de su más noble sentimiento patriótico. Todos aparentan ser ángeles y dignos de llegar a presidentes y, sin embargo, todos son, sin excepción, una canalla.

Mosquera, que es odiado a muerte por los conservadores y parte de los liberales, ha sido el único hombre en el país que, aun cuando pensaba también, por supuesto, en su bolsa, contribuyó algo al progreso mediante la construcción de caminos, la introducción de maquinaria, etc. Mosquera vive hoy día en el exilio en Perú. Pero este viejo adicto al alcohol tiene, en las próximas elecciones presidenciales (en agosto), una gran posibilidad de ser reelegido. Si su partido gana, habrá revolución. Éstas son algunas apreciaciones a vuelapluma de la situación colombiana.

XIII


Popayán. 28 de junio de 1869


Teniendo ya en mente abandonar a Popayán y continuar el viaje a Pasto, te escribo algunas líneas, básicamente de contenido práctico. He enviado desde aquí otra vez seis cajas (las últimas desde Bogotá) con muestras de historia natural, y que llegarán en unos tres meses a Dresde. El envío parte de Buenaventura, vía Panamá, hacia Southampton (Royal Mail, por vapor) "Mess'rs Smith Sundins & Co. Agents for the Hamburg American Mail-Line". Ya he escrito a esa firma solicitándole que se sirva recibir esas seis cajas, señaladas así: A=5 Nr. 1-6 Southampton, y las envíe por Hamburgo a Dresde. Te pido que inmediatamente después de recibir esta carta le repitas a cada firma la solicitud y que te aclare lo relativo al recibo de las cajas y al pago de los gastos desde Buenaventura hasta Dresde. También es de considerar que Mess'rs Smith & Co. se encargue de no abrir las cajas en Southampton, sino que las envíe directamente a su lugar de destino final.

En Dresde confío en que se procederá en la aduana, como hasta ahora con mis cosas, con el más debido cuidado. En cada caja, cuyas tapas están atornilladas, hay una lista del contenido, y a los funcionarios les bastará con abrir sólo una de ellas. Aquí tengo también las listas. Para que no te agobies con esos esfuerzos, tal vez puedas encargar a mi antiguo servidor o a alguna otra persona apropiada para esta diligencia. De todos modos, sería conveniente que hicieras valer tu influencia personal, pues, al desempacar la gran cantidad de pequeños objetos fácilmente deteriorables, podrían sufrir mucho daño.

El segundo asunto tiene que ver con el encargo que hice a Negretti & Zambra, mecánicos de Londres. Para facilitar la realización del negocio, escribí a los señores Dufour Brothers y les pedí que trasladaran el monto de la cuenta, que no puede ascender a más de 20 libras esterlinas, y que te la remitieran a ti. Te pido, pues, que reembolses a los señores Dufour los gastos (tal vez por conducto de Georg). Los asuntos de dinero me parece que quedaron en orden en mi última carta. En Quito, al principio, no requeriré dinero, porque espero utilizar una letra de cambio de 200 libras esterlinas, pagadera en Guayaquil.

Todas las bellezas y comodidades -aparte de los millones de pulgas que ofrece la capital del Cauca, creo, las mencioné y describí en mi última carta. También informé detalladamente sobre sus habitantes. Dejo esta ciudad con el pleno convencimiento de que aquí no vive ni una persona decente; es decir, nadie que no esté dispuesto a vender su honor por algunas monedas y que no tenga en la boca permanentemente una mentira. Lo mejor que se les puede decir a estas personas es que son unos canallas, sin que se indispongan.

Popayán está comunicado con Pasto a través de dos caminos. El uno corre al lado de la montaña; el otro va ) por la región casi deshabitada del río (Patía, que yo tomaré y que es mucho más corto; el doctor Reiss había elegido el primer camino. Pienso llegar a Pasto dentro de catorce días. En este 11 viaje se decidió a venir un joven ingeniero inglés, no poco empeñado en explotar la estupidez de los colombianos, pero que no obtiene nada de ello, porque la estafa vulgar es el único negocio rentable en este país. El hombre está contratado por un general colombiano (cuyos conocimientos militares corresponden más o menos a los que tiene un limpiabotas en Dresde), para investigar un río que tiene fama de ser rico en zafiros. El general quiere aprovecharse disimuladamente de mí, el inglés quiere arrancarle al general el dinero, y los zafiros no pagarán el trabajo, cuando sea el caso. Cuánto tiempo tendré que estar en Pasto, población que se halla a 2.600 metros sobre el nivel del mar - decir, lo mismo que Bogotá-, es algo que dependerá enteramente del tiempo. El volcán debe ser sumamente interesante, por lo que me escribió Reiss, pero tendré que apresurarme a llegar a Quito, a donde pido se me envíen las cartas


XIV


Pasto, 17 de septiembre de 1869

Mi última carta la envié, poco antes de mi partida de Popayán, a fines de junio a Dresde por Bogotá, y desde allí, por intermedio de los señores Kappel y Schrader, encontrará un camino seguro por Bremen. Me corresponde hoy, en consecuencia, dar una idea general de estos tres meses, lo cual es una tarea muy difícil, si no se quiere escribir un libro o dar una imagen falsificada sobre el país y la gente. Por ejemplo, informaría simplemente que en Pasto, por orden del alcalde, se dejan sueltos los criminales para que paseen libremente por la noche, lo cual haría pensar en Europa que en ningún momento está la vida segura, pero no es éste el caso. Esto sería igualmente válido para la descripción de la naturaleza. Por tanto, me restrinjo a lo más esencial, posición por la que no espero reproches.

Dejé a Popayán el primero de julio, y en la tarde del 14 de julio llegué, después de un viaje muy favorable, a Pasto. De este tiempo, sólo dos días pasé en el ascenso al cerro Munchique, una de las montañas más altas de la cordillera Occidental, justamente enfrente de Popayán (que se encuentra en el pie occidental de la cordillera Central). Desde allí me propuse orientarme respecto a ciertas condiciones del terreno difícilmente visibles, pero mi objetivo fue alcanzado de una manera limitada, a causa del mal tiempo. El cerro Munchique tiene una posición muy favorable, de manera que se contempla desde su cima, a 3.006 metros (10.620 pies saj.), el largo valle del Cauca hacia el norte, y hacia el occidente una parte del gran Mar del Sur, que limita con el casi deshabitado Chocó, como hacia el oriente se reconocen con claridad los volcanes del Huila, Puracé y Sotará.Así como de amplio es el panorama, así de fascinante es la vista de las regiones cercanas, como también de las condiciones propias del suelo, que son de tal especie, que se puede leer claramente en ellas la acción de los extraordinarios predecesores geológicos. En los dos días y las dos noches que pasé en la cima del Munchique, sólo pude pescar algunas imágenes furtivas, ora en una dirección, ora en otra, y pude hacer una precisión muy poco satisfactoria de la latitud geográfica. Este cerro, cuya subida debería ser, en cierta medida, el coronamiento por medio de la contemplación panorámica de los volcanes por mí ya escalados y las cordilleras traspasadas, representa un punto central en cada una de las poderosas cordilleras, que al mismo tiempo forma una especie de tabique para dos climas completamente diferentes. Después de encontrarme de nuevo al pie de la montaña, donde dejé en un pequeño pueblo de indígenas bonachones mi respetable caravana (dieciocho mulas y caballos y seis personas), descendí hacia la región del Patía, rodeada de incontables valles secundarios. En cuatro días de dura marcha, durante la cual sufrieron bastante, tanto los animales como los hombres, con los muy respetables calores (el mínimo por la noche era de 24 grados), llegamos al punto donde nuevamente el camino conduce a partes más altas. Después de ascender y descender por tres ocasiones 5.000 pies, alcanzamos el Alto de Arranda, desde donde se destaca en primer lugar Pasto, muy al fondo de un valle semicircular, al pie del volcán.

Pasto está, según nuestras mediciones, unos 100 metros más abajo que Bogotá, es decir, a 2.500 metros sobre el nivel del mar. Esta altura inhibe esas formas de vegetación tropical con las que los pintores suelen prodigarnos. Las partes altas de la montaña están cubiertas de un espeso bosque, que desde lejos da la impresión de un bosque europeo, y los lisos desfiladeros y pendientes más bajos, tanto del volcán como de otras montañas, están cultivados de maíz, cereales y avena, entre los cuales se extienden los potreros. Si, como ahora, estos fructíferos campos, en los cuales se encuentra también la papa, están en la víspera de la cosecha, y un frío viento del este corre tras espesos nubarrones sobre los montes, se tiene el cuadro acabado de un dìa de otoño en Dresde, en el cual no se sale, si no hay que hacerlo, pero, sobre todo, se mantienen las ventanas debidamente cerradas. Este cerrar las ventanas sería, ciertamente, lo indicado; sólo que aquí se tiene, como consecuencia, el hecho desagradable de quedar en tinieblas dentro del cuarto. Los vidrios son un lujo que sólo el obispo y otros tres o cuatro propietarios se permiten para algunas de sus ventanas. Puesto que las condiciones climáticas descritas son aquí las normales, y la temperatura raramente alcanza los 15 grados, manteniéndose la mayoría de las veces en 12 y bajando hasta los 5 grados, el observador neutral puede verse inclinado a anotar, sin arbitrariedad, que sólo una canalla perezosa puede satisfacerse con tan mínima comodidad o que tal vez disponga de medios misteriosos de calefacción. La costumbre, en cualquier caso, termina por mitigar la ira ante la precaria instalación de las casas. Pasadas unas semanas del viaje al Patía, se supone que, si uno no se murió de una fiebre, perderá la costumbre de resfriarse. Si yo disculpo la inexistencia de ventanas de vidrio como medio para fortalecer, en cierta medida, el cuerpo, entonces podría permitirme algo más que lo que se ofrece como medio sustitutivo de calefacción a un precio módico y en cantidades suficientes. Pienso en la noble sangre de la caña de azúcar, cuyo análogo producto en Sajonia suele caracterizarse como trago fuerte. De hecho se sirven los pastusos en medidas tan grandes de ese medio de calefacción, que la mayoría de la población padece de una borrachera crónica.

A mi llegada, el doctor Reiss tenía dispuesta una buena casa, tal como ellas son aquí, y el inevitable y rápido cambio de clima no produjo en mì efectos negativos. Sólo mis dos arrieros se enfermaron.

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El 21 de julio hicimos una visita furtiva a la cumbre del volcán. Desde Pasto se puede llegar en mula hasta 200 metros más abajo del filo del cráter, y el ascenso a esta montaña de 4.200 metros de alto (800 pies más alto que el Monte Blanco) es menos penoso que el del Etna. Como frecuentemente hay nubes, lluvias y vientos, regresamos sin ejecutar muchas cosas. Con los resultados de estas expediciones infructíferas se han contentado, con frecuencia, los pocos instruidos antecesores nuestros en este país. Y de ahí viene que de los volcanes de la Nueva Granada se sepa apenas un poco más de lo que los jesuitas han inventado. La ciencia tiene ahora otras exigencias y requiere saber y precisar más que las meras mediciones de altura y una elegante descripción de los peligros, con las que está vinculado un ascenso a estos macizos imponetes. La investigación de la formación geológica de estos volcanes y el cotejo con otras -esto es, en general, conocido-, es lo que exige fundamentalmente la geología del presente. Pero para hacer esos estudios en un volcán, es necesario, ante todo, poseer mapas fundados en mediciones reales. Pero como aquí sería en vano la búsqueda de éstos, se hace necesario elaborarlos. El doctor Reiss ha pasado más de dos meses completando sus mediciones trigonométricas del volcán, y a mì me falta aún terminar el trabajo cartográfico, lo que es una tarea nada fácil en medio de estos terrenos difíciles y de pesadas condiciones climáticas. Temo mucho que este trabajo me detenga de dos a tres meses por los alrededores del volcán. El doctor Reiss ha concluido su parte y abandonará a Pasto en los próximos días.

El 4 de agosto emprendimos, el doctor Reiss y yo, un viaje a la laguna de La Cocha, situada muy cerca de Pasto, cuya significación suponemos similar a la de los pequeños lagos del Eifel
o de las montañas Albacher, cerca de Roma. Creíamos que en pocos días lograríamos nuestro objetivo, pero subimos por un terreno lleno de grandes dificultades, que dieron por resultado 28 días completos de camino. Fuera de nuestros tres servidores, iban con nosotros permanentemente más de 20 cargadores, la mayoría indígenas muy tercos. La excursión pasó por un terreno completamente intransitado e inhabitado, a trechos pantanoso, a trechos boscoso, o ambas cosas a la vez. Pue¬des imaginar que el equipamiento de una de estas expediciones, en la cual se deben llevar alimentos y víveres para tantos hombres, no es ninguna insignificancia. Una cosa fundamental es empujar a los indígenas que sirven de cargadores. La peor recomendación para este objeto es una del gobierno colombiano, pues la gente piensa que no va a recibir ninguna paga. No resulta mucho mejor cuando interviene un blanco colombiano, pues el indígena lo ve, con derecho, como un miserable más grande de lo que él mismo se siente. Apenas se ha formado el grupo y se pone en camino, empiezan otras dificultades. El primero desea regresar, el segundo está muy cargado, el tercero finge estar enfermo, el cuarto no tiene alimentos, etc., y todos los días inventan nuevas mentiras, para impedir continuar adelante. Si uno cede una vez, está perdido. Lo peor es cuando escasea el alcohol. Tuvimos que enviar dos veces a uno de nuestros servidores a Pasto, para hacer traer nuevos peones y aguardiente en garrafas.

La Cocha está a una altura de 2.700 metros, mide dos leguas de largo por dos de ancho, se halla rodeada de pantanos y montañas boscosas, alimenta a uno de los afluentes más grandes del río Amazonas: el Putumayo. Llegados a la orilla de La Cocha, decidimos construimos una barca para ir a la parte sur de la laguna, y desde allí llegar a una montaña señalada como volcán: el Patascoy. Para terminar de construir la embarcación, necesitamos seis días, pues los indígenas eran inexpertos en este trabajo, y cuando estuvo lista, y el viaje de prueba arrojó un resultado muy satisfactorio, fue el viento del oeste tan fuerte, que al final tuvimos que decidirnos a abandonarla y emprender camino a través de unos nueve pantanos profundos y un bosque espeso. La barca transportaba veintitrés personas y como diez carpas, así como seis grandes remos de 10 a 12 pies de largo. La construcción fue tanto más difícil, pues las pesadas maderas era posible hacerlas flotar sólo por medio de una capa gruesa trenzada de unas hilachas de caña parecidas al papiro.

La única casa que encontramos en toda esta excursión estaba habitada por un viejo indígena y su hijo, que cuidaban, en los pantanos, de algunas vacas y bueyes semisalvajes. Con grandes esfuerzos movimos a estos "compadres" (así suele la gente dirigirse a los indígenas) a que nos vendieran un buey por el buen precio de cinco táleros. El 21, el río proveniente de La Cocha, que sólo tiene 20 pies de ancho, pero que es muy profundo y fascinante, nos taponó el camino. Este impedimento no fue para los indígenas ningún chiste; todos querían huir, diciendo que morirían en el río. Decidimos hacer un puente, cortando dos grandes árboles, que pusimos uno frente al otro. Gastamos algunas horas antes de lograr asegurar, gracias a un lanzamiento acertado, un lazo en la otra orilla, para que pudiera sobrepasarse uno de los arbustos más livianos. Los árboles cayeron, pero antes que se pudieran agarrar con las primeras ramas, el río se los tragó. Con la esperanza de que los árboles más pesados se asentaran en un banco de arena, mandamos cortar de 40 a 50 de los más grandes, y al otro día encontramos que un conglomerado de árboles conducidos río abajo posibilitaba, con alguna ayuda, cruzar el río. El 24, cuando ya nos encontrábamos a una altura de más de 3.360 metros, en el Patascoy, siguiendo nuestras huellas, nos dio alcance uno de nuestros arrieros, corredor de primer rango, y me trajo las cartas que recibí en seguida. También para el doctor Reiss tenía él un paquete. Leer las cartas en el acto, hubiera sido imposible, pues nos encontrábamos más dentro del agua que fuera de ella. Llovía a cántaros, con una temperatura cercana a los cinco grados. Sólo por la tarde, después y de haber instalado la carpa sobre este suelo desastroso y de haber tenido una enérgica disputa con todos los indígenas insubordinados, pudimos ponernos a abrir nuestra correspondencia. El doctor Reiss no sabía hasta ese momento que su madre había muerto, y cuando leí ya en la primera línea esa noticia fue para mí penoso esperar hasta que él mismo la encontrara en su carta, lo que por casualidad sucedió muy tarde. La noticia, naturalmente, debió de haberlo conmovido mucho.

La lluvia, que desde el comienzo de la excursión (el 4 de agosto) sólo cesó muy de cuando en cuando algunas horas y máximo un día, cayó día y noche a chorros, entre fuertes borrascas de viento. Tuvimos que desistir de subir hasta la cumbre, muy cercana, del Patascoy, pero pudimos convercemos de que esa montaña no pertenece a una formación volcánica. La vegetación boscosa y cenagosa cubre la firme roca en forma tan majestuosa, que ofrece a la almádena, hasta en la altura de 3.400 metros, una masa rocosa dúctil. La selva se compone primordialmente de manglares que están sobre una red de raíces aéreas enormes. Pasamos dos días y dos noches en el Patascoy, a la altura de 3.600 metros, para establecer relaciones trigonométricas de nuestro punto de ubicación con otros conocidos o fijar la latitud geográfica. El camino de regreso fue comparativamente suave, porque utilizamos de nuevo nuestra trocha. Tuvimos que construir otra vez un puente sobre el rio Cocha, pues el viejo había desaparecido. El 31 de agosto entramos de nuevo a Pasto.
Realmente, el frio se podía soportar bien durante la excursión. Pero la inacabable humedad de arriba y de abajo y la imposibilidad de mantener las cosas secas, agrava la situación. Multitud de negocios, preparativos y trabajos de aprovisionamiento y empaque nos han hecho pasar el tiempo en Pasto hasta hoy con rapidez, y ya están dispuestas las bestias, para llevármelas a la otra ladera del volcán. El volcán no da muestras, en el presente, de ninguna actividad. Pero ha hecho, durante los cinco meses de estadía del doctor Reiss, varias veces erupción. Un leve temblor de tierra a principios de agosto intranquilizó a Pasto, mientras estuvimos en La Cocha, pero sin ninguna consecuencia grave. La gente está aquí sobrecogida de terror.

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Pasto tiene unos 8.000 habitantes y está. como todas las ciudades colombianas, muerta. Ningún café, ningún paseo público, ninguna muestra de relaciones cordiales, excepto las desagradables fórmulas de cortesía verbales. Lo único que contribuye a dar vida a las calles son los borrachos perdidos; los blancos, algo menos humorísticos que los indígenas. Como en Popayán, los indios paeces dan vida aquí al mercado, en determinados días; los indios sebundoyes son aún más originales en sus vestidos y aspecto. Pasto tiene una industria muy peculiar: la del barnizado de recipientes de madera o cáscara de calabaza. El barniz es una especie de caucho que se puede extractar conforme a una especial preparación, y convertirse en un material delgado como el papel, y se adecúa a la forma del recipiente, poniéndolo encima y calentándolo, de manera tan perfecta que se tiene el objeto por lacado. Los indígenas sebundoyes traen este caucho de la región del Mocoa.

A uno de los episodios más peculiares pertenece también el examen oficial de los colegios, al que asiste el obispo. Fuimos invitados y recibidos muy correctamente, pues la gente tiene mucho sentido para la teatralidad. Los asistentes en pleno se levantaron a nuestra entrada en la catedral, y los maestros nos condujeron a las sillas, ya reservadas, al lado del obispo. Con esta pompa concordaban las preguntas de los examinadores casi no menos en solemnidad que las respuestas dadas. Los examinadores son las personas de mayoría de la ciudad, que aprovechan gran oportunidad para oírse hablar a sí mismos. Pero para que estos señores puedan hacer las preguntas y los alumnos no se vean en apuros, las preguntas, que pueden ser dirigidas, son repartidas por escrito. Uno de los examinadores en historia nos preguntó, disimuladamente, si el Tíber estaba todavia en Roma. Calígula... las caballerizas y la causa de la muerte de Cleopatra ocupaban a la gente muy especialmente, y parecía interesarle mucho al obispo. Las preguntas no sólo se dirigian a los niños, sino también a los adultos.  En otra disciplina, afirmó uno de los examinadores que la elasticidad del caucho descansaba en el aire que contenía. El estudiante replicó tan enérgicamente que sostuvo su opinión hasta el cansancio de los oyentes. París fue declarada como nación, y la respuesta "eso no está en el libro" fue vista muy bien. Suficiente de Pasto.

Ecuador debe de ser más civilizado que Colombia. Si nos vamos directamente de aquí al Ecuador, podríamos estar entrando a Quito dentro de ocho días. El viaje es aquí tan pesado, porque hay que viajar con todo lo necesario para el hogar. En general, no se encuentran ni posadas para pasar la noche ni víveres. Y cuando hay una casa, yo nunca omito expresarles a los propietarios mi admiración cuando tienen una silla o incluso una mesa. En Pastoconservamos una cocinera propia y comemos las dos personas por dos francos diariamente, siempre tres veces, tan bien como cualquier presidente de la república. Ciertamente, se podría decir en nuestra casa, esta comida es una porquerìa

xv

Túquerres, 17 de enero de 1870

Pasto, la "jaula bonita de los pajeros [sic] malos", la abandoné el 13 de enero de este año y pude proseguir mi viaje a Túquerres. Después que llevé a cabo dos excursiones más que requirieron mucho tiempo, fuera de la realizada con e el doctor Reiss a La Cocha, en todas a las ciudades me detiene un trabajo sumamente fatigante y que exige mi atención; vale decir, la conclusión del mapa topográfico del volcán de Pasto, que fue elegido por nosotros, que tiene por fronteras de un lado la región de donde brota el río Putumayo y de otro lado el río Patía. Este trabajo fue tanto más penoso, pues la revolución en Pasto tomaba cada día mayores dimensiones y me fastidiaba en gran medida, sin que yo pudiera rehuir las fatales consecuencias. Más detalles sobre esta realidad, puramente mexicana, en otra oportunidad. En la región donde nace el río Putumayo tuve la ocasión de realizar una visita a una tribu indígena muy interesante, los sebundoyes, y conocer un nuevo volcán de 3.600 metros de altura, el Juanoy, así como el verdadero cerro Patascoy, que en realidad no es e un volcán. Después pasé tres días en el volcán Bordoncillo, a 3.660 metros de altura

Túquerres es un villorrio completamente miserable, pese a que se llama a ciudad. Las casas están construidas de barro, como en casi toda la ejemplar República de Colombia; no están pintadas y, con excepción de tres o cuatro techos de teja, los demás son de paja.La temperatura media al año apenas alcanza los lO grados, que corresponde e a una altura de más de 3.000 metros. El maíz necesita un año para la cosecha, y la mayoría de los campos están sembrados de avena y cebada. El camino que une a Túquerres con Pasto se puede transitar en dos días, pero en la actual estación del año, la cual dura unos te diez meses, se halla en tal estado que, el viajando aun en las mejores mulas, con frecuencia no se sabe cómo empezar a el pasar por entre los profundos lodazales. Detrás de la ciudad se eleva un volcán unos 1.000 metros más alto, llamado de lo Túquerres o Azufral, que tal vez mañana escalaré, si puedo conseguir el número de peones necesarios. Deberé pasar algunos días a sus espaldas, para lograr captar algunos instantes libres de nubes. En el mes de enero debería entrar propiamente un verano corto, un "veranillo", Pero parece que se retrasa, pues llueve con persistencia día a día, sin parar. El clima de Túquerres es, como se puede deducir del promedio anual de la temperatura, nada agradable, pues de hecho no se sabe nunca cómo empezar a calentarse las manos y los pies. En las casas hace aún más
frío que en la calle; con lO grados debe uno contentarse.

Después de regresar del Azufral de Túquerres, emprenderé sin demora mi viaje a Quito, pero todavía me quedan dos volcanes más por visitar; es decir, el Cumbal y el Chiles, el último de los cuales me tomará entre dos y tres semanas. No me quedaré aquí innecesariamente ni una hora, pues tanto el tiempo como el estado de abyección de la población y el desharrapamiento sin límites de todo el país me impulsan a la impaciencia. Mucho mejor viajaría por un país donde, de cuando en cuando, fuera asaltado en la calle por ladrones, pero también, de cuando en cuando, me encontrara con un hombre decente, que por un país donde todos poseen un carácter de asaltantes de caminos y no se está ni un instante seguro de cuándo este asalto se presentará. Desde hace diez años los bribones colombianos han contribuido a atrasar el país en tal forma que hoy es apenas reconocible. El juicio más fuerte que se puede emitir sobre esta república reside en el hecho de que casi ningún extranjero intente establecerse (comprando una propiedad) en el interior del país, pese a que la región es maravillosa y el suelo y los víveres son extraordinariamente baratos, o que alguien se atreva a instalar un negocio. Un breve resumen de las condiciones políticas que tuve la oportunidad de estudiar en la revolución de Pasto, así como la relación que hay entre el blanco y el indígena, serían de algún interés para el cónsul Andree. Pero por el momento no tengo tiempo para reelaborar las notas. Al lado de la ocupación en las necesarias exigencias de los viajes, que frecuentemente demandan muchísima energía, hay cosas, como son los trabajos inaplazables, las observaciones corrientes y la conservación de los instrumentos, que no me han permitido un descanso después del regreso de los pesados viajes por los páramos. Cuando, además, se contempla en qué miserables condiciones climáticas y circunstanciales deben realizarse estos viajes, se podría disculpar que yono envié siempre relatos de viaje que cumplan con todas las expectativas.

Con la contribución a la expedición al polo norte y al monumento a Humboldt estoy completamente de acuerdo. El largo retraso de nuestro viaje en esta parte de América llamará la atención, pero éste se disculpa por el hecho conocido de que quien dice A, tiene que agregar frecuentemente B.