Boletí­n Cultural y Bibliográfico . Número 36.  Volumen XXXI - 1994 - editado en 1995

 

Las Primeras Revistas Ilustradas de Antioquia

SANTIAGO LONDOí‘O Ví‰LEZ
Trabajo fotográfico: Santiago Londoño Vélez

En la última década del siglo XIX surgieron en Antioquia las primeras revistas ilustradas. La Miscelánea (1894-1901) ocasionalmente utilizó grabados facilitados por El Heraldo de Bogotá 1, constituyéndose en antecesora de El Repertorio (1896-1897), El Montañés (1897-1899) y Lectura y Arte (1903-1906), publicaciones que crearon una tradición editorial, impulsaron el cultivo de las artes gráficas, difundieron los frutos regionales de ejercicios literarios románticos y los primeros brotes modernistas, y lucharon por crear una cultura de carácter civil, ya que hasta entonces predominaron en el imaginario colectivo la Iglesia y los personajes militares. Estas revistas se pueden entender hoy como las primeras expresiones de una cultura regional, que cumplieron el papel de elaborar una necesaria transición artí­stica entre el siglo XIX y el XX.

El Medellí­n finisecular que vio surgir estos esfuerzos editoriales pioneros tení­a en 1885 cerca de 46.000 habitantes 2, de los cuales puede estimarse que probablemente no más del 30% eran alfabetizados 3. Para 1905, cuando la población ascendió a unas 54.000 personas, las condiciones habí­an mejorado notablemente. El censo estableció que el 53% de los habitantes de todas las edades sabí­a leer y escribir 4. En este contexto de mejora relativa del nivel educativo básico de la población, se ubica el surgimiento de las primeras publicaciones periódicas ilustradas, las que probablemente sólo circularon entre una pequeña minorí­a educada.

EL REPERTORIO

El primer número de El Repertorio apareció en junio de 1896, y el último en mayo de 1897. En un perí­odo de doce meses vieron la luz nueve números y, para salvar retrasos, debieron publicar números dobles y triples en febrero y mayo de 1897, respectivamente. Los directores fueron Luis de Greiff y el joven fotógrafo Horacio Marino Rodrí­guez, quienes declararon en el primer editorial:

Al emprender la publicación de esta revista, no olvidamos nuestra insuficiencia ni se nos ocultan los tropiezos y las decepciones que se nos esperan en tan ardua labor. A pesar de esto, estamos decididos a trabajar siempre con el mismo entusiasmo con que hoy principiamos, sin omitir jamás esfuerzos ni sacrificios de ninguna especie, desde que hayan de redundar en provecho de nuestra publicación 5.

Uno de los propósitos más innovadores fue el estí­mulo que se propusieron darle al grabado con el fin de hacer más atractiva la revista a los lectores. Inicialmente prometieron incluir tres grabados en cada revista, y "si el público favorece nuestra empresa, aumentaremos proporcionalmente el número de los grabados o fotograbados, sin variar por esta mejora el precio de las suscripciones" 6.

En cuanto al contenido escrito, estuvo orientado principalmente a la literatura, con preferencia por las "producciones de nuestro suelo", aunque también se incluyeron algunas traducciones. La revista mostró especial interés por divulgar crí­tica literaria y de bellas artes, ya que, según los directores:

la crí­tica imparcial, sin prejuicios temerarios, sin odios y sin personalidades, da benéficos frutos. Difí­cilmente podrán adelantar las artes si no se le muestran al artista los defectos de que su obra adolece 7.

La crí­tica era concebida como una "tarea redentora" y "elemento esencial del progreso", aunque reconocieron que en el medio "se mira siempre con desprecio a quien la ejerce y se le trata con los infamantes dictados de fatuo y pretencioso" 8.

Los editores también prometieron ocuparse de reseñar "los acontecimientos que se relacionen con el adelanto de las ciencias y las artes", y divulgar los asuntos de interés general: "de todo se tratará en nuestro periódico: Historia, Economí­a Polí­tica, Cuento, Poesí­a, Crí­tica, Sport, de todo, menos polí­tica y religión" 9. Estos dos últimos campos los desecharon tajantemente, "pues no queremos cargar con los perjuicios que trae consigo su publicación en los tiempos actuales" 10. Esta decisión de colocarse al margen de las disputas del momento definió una posición que atrajo lectores de distintas ideologí­as, asegurando un público más amplio. Demostró además que era posible un proyecto editorial de carácter esencialmente cultural que fue seguido por otras publicaciones.

Justamente en 1896 ocurrió la división del partido conservador en dos fracciones: los "nacionalistas", defensores acérrimos de la Regeneración, y los "históricos", partidarios de reformar el proyecto polí­tico y económico de Rafael Núñez, continuado por Miguel Antonio Caro. Los conservadores históricos irí­an a establecer alianzas con los liberales en contra de la Regeneración, lo que dio lugar a fuertes disputas que se tradujeron en enfrentamientos bélicos.

Los perjuicios aludidos tí­midamente por el editorialista de El Repertorio, sin duda estaban relacionados con las drásticas sanciones previstas en la ley 61 de 1888, conocida como la Ley de los Caballos, destinada a regular la prensa y la oposición a la Regeneración. En materia económica, las dos principales preocupaciones fueron las llamadas emisiones clandestinas del Banco Nacional, y los monopolios fiscales, asuntos polémicos de los que se ocupó ampliamente la prensa.

A la postre, El Repertorio no sólo logró mantenerse ajeno a las discusiones polí­ticas y económicas, sino que se convirtió en un medio de difusión "vanguardista" de la literatura antioqueña de finales del siglo XIX. En Bogotá la revista fue percibida en los siguientes términos:

Se ha dicho que el departamento de Antioquia va a la cabeza del movimiento literario de Colombia. Esta revista y La Miscelánea son valientes esfuerzos que tienden a justificar esta opinión muy generalizada. El Repertorio lleva publicados siete números, y en cada uno de ellos trae un retrato y varias ilustraciones hechas por el sistema de fotograbado, de tal mérito que no deslucirí­an en revistas extranjeras 11.

El trabajo que cumplió El Repertorio se caracteriza por la valoración de personajes regionales, el apoyo a obras literarias autóctonas, la difusión de algunas novedades cientí­ficas y el impulso y adopción, por primera vez en Antioquia, de la técnica del fotograbado para la reproducción de ilustraciones.

En cuanto a la valoración de personajes regionales, consagró en cada número un artí­culo a un personaje, ilustrado con el retrato respectivo. En tono siempre elogioso se expone la biografí­a y se reseña su obra. Así­, los lectores conocieron o reconocieron a distintos hombres públicos, como al poeta Epifanio Mejí­a, entonces recluido en el manicomio; al escritor Camilo A. Echeverry; al venerado médico Manuel Uribe Ángel; al abogado, ingeniero, literato y polí­tico Francisco de Paula Muñoz; al músico Gonzalo Vidal; al escritor Camilo Botero Guerra; al vate Gregorio Gutiérrez González; al educador y hombre público don Román de Hoyos; a los también literatos Juan José Botero y Emiro Kastos.

El proyecto de realzar la vida de personajes regionales condujo a la formación de una galerí­a de hombres ilustres, lo que contribuyó a perfilar la identidad cultural de Antioquia, y sirvió de ejemplo a la juventud. Por primera vez en la región, ocupan un lugar destacado en la sociedad ciudadanos que trabajaban en el campo de la ciencia, el arte y la educación, pues antes el lugar del héroe les correspondió a militares y eclesiásticos. Era el primer triunfo cultural de la sociedad civil, cuyos selectos representantes ya están en condiciones de encarnar un ideal de progreso espiritual y en algunos casos cientí­fico, como fue el caso del excepcional matemático e ingeniero José Marí­a Villa.

Respecto a la divulgación de la literatura regional, la revista publicó poesí­as y prosas de escritores como Epifanio Mejí­a, Julio Vives Guerra, Julio Flores, Max Grillo, Manuel Uribe Ángel, Efe Gómez, Jesús del Corral, Abel Farina, Fidel Cano, Emiro Kastos y Carlos E. Restrepo. En materia de crí­tica literaria divulgó extensos comentarios valorativos sobre Frutos de mi tierra de Tomás Carrasquilla y Blas Gil de José Manuel Marroquí­n. En el número 7-8 se encuentra una prolija discusión lingüí­stica sobre los orí­genes del verbo ser, firmada por "Piccolo". El músico Gonzalo Vidal publicó algunas partituras y "Conferencias musicales", en las que discutió distintos temas relativos a la interpretación y a la estructura musical. Entre los comentarios artí­sticos se destacan los que escribió el pintor Francisco Antonio Cano, quien publicó en la revista sus primeras incursiones en el género. Cabe mencionar también el estudio que Horacio Marino Rodrí­guez dedicó a Cano en el número 2, y algunos textos teóricos sobre estética, como el firmado por "P.N.G." bajo el tí­tulo "Arte", en el que el autor anónimo hace uno de los primeros intentos de elaborar una teorí­a del arte en el departamento:

Arte en esencia es una cosa indefinible y grande como el mismo Dios [...] el arte es tan grande, tan bello y tan elocuente como uno mismo lo pueda concebir y demostrar [...] todos tenemos derecho a hablar de él porque todos somos susceptibles de sentir 12.

En cuanto a la divulgación de temas misceláneos, la revista no sobresalió, como desearon en un principio sus fundadores. No obstante, cabe mencionar el artí­culo ilustrado sobre el famoso Puente de Occidente, la obra de ingenierí­a más importante realizada hasta entonces en Antioquia, inaugurada en diciembre de 1895.

Uno de los mayores logros de El Repertorio fue la adaptación de la técnica del fotograbado para cumplir con el propósito de ofrecer ilustraciones a los lectores. Fue así­ como en el primer número aparecieron tres grabados en madera elaborados por Cano, y una vista del citado Puente de Occidente, obra de F. A. Maya. En el segundo, fueron publicados los dos primeros ensayos de fotograbado realizados en Antioquia, como ilustraciones para el artí­culo "Nuestros artistas". El primero, elaborado a las "medias tintas" lleva por tí­tulo En el lavadero y representa una mujer que lava ropa en el rí­o. El segundo, ejecutado "a la lí­nea", denominado La vaca retrasada, fue muy elogiado por la representación que hace del movimiento del animal. Ambas obras, de pequeño formato, son originales de Cano, procesadas por Rodrí­guez y retocadas al buril por Cano 13.

El desarrollo de la técnica del fotograbado fue compartido por los inquietos fotógrafos Rafael Mesa y Horacio M. Rodrí­guez. Según escribió este último:

El Sr. Rafael Mesa P. es mi compañero de estudios en todo lo relacionado al arte que cultivamos, especialmente en el ramo del fotograbado, industria cuya iniciación entre nosotros se debe a él. Mutuamente nos hemos comunicado nuestros conocimientos en la materia, con ventaja por parte mí­a, porque entre las muchas dificultades con que hemos tropezado figuran algunas de notable significación, vencidas por la constancia de mi amigo. Por otra parte, los pocos elementos con que al principio contamos, fueron suministrados por él desinteresadamente. Si tuve la fortuna de ser el autor de los primeros ensayos publicados en Antioquia, fue debido a la circunstancia de estar ausente mi amigo Mesa en los dí­as que precedieron a la aparición del segundo número de El Repertorio; y aunque dicho trabajo fue obra mí­a exclusivamente, reconozco que sin su cooperación anterior, quizá me habrí­a sido difí­cil hacer algo que mereciera la pena 14.

Si bien los resultados pueden parecer hoy incipientes, Rafael Mesa, Horacio Marino Rodrí­guez y Francisco A. Cano adaptaron una técnica que poco a poco fue perfeccionada. Así­, fue posible iniciar una cultura visual al alcance de muchos, pues por primera vez en Antioquia circularon imágenes impresas que no tení­an carácter religioso ni militar. Al mismo tiempo, la revista propició el surgimiento de un pequeño grupo de colaboradores y aprendices que cultivaron el grabado y aportaron ilustraciones para ésta y otras publicaciones. En particular, Rodrí­guez y Cano lograron dominar la técnica del fotograbado y la xilografí­a al buril; utilizaron materiales importados y produjeron ilustraciones verdaderamente notables. Entre las más destacadas de Cano pueden citarse las que acompañan el artí­culo "Casos y cosas de Medellí­n"; el grabado para un fragmento de las "Memorias del cultivo del maí­z" de Gregorio Gutiérrez González y el retrato de Román de Hoyos. De Horacio M. Rodrí­guez pueden mencionarse sus retratos de Gregorio Gutiérrez González, Camilo Botero Guerra, Francisco A. Cano y José Marí­a Villa; de Rafael Mesa y Rodrí­guez, el retrato de Enrique Fernández y el de Juan de Dios Restrepo.

Cuando la fotografí­a Rodrí­guez y Jaramillo (hoy Foto Rodrí­guez), de la cual eran socios Horacio y su hermano Melitón, recibió en Nueva York una medalla de plata por Los zapateros, la revista publicó muy orgullosa un fotograbado de la obra elaborado en dicha ciudad. La buena calidad de la imagen contrasta con las irregularidades de las realizadas por los pioneros de las artes gráficas en Antioquia, pero al mismo tiempo muestra la magnitud e importancia de sus esfuerzos. El papel decisivo que cumplió Rodrí­guez en la adaptación local de la técnica, quedó destacado así­ en un editorial de la revista El Montañés, continuadora de la labor de El Repertorio:

[...] no es precisamente en la calidad de los clichés confeccionados por Rodrí­guez donde reside el mérito de su trabajo, por más que algunos le hayan resultado muy bellos: está en la curiosa manera como llegó a hacerse apto para ejecutarlos. Su falta de recursos le impidió aprovecharse de las lecciones de un maestro; y sin más instrucciones que las notas tomadas aquí­ y allí­ de periódicos extranjeros; sin otro texto que un breve tratado en lengua extraña para él y sólo conseguido cuando ya llevaba muy adelantados los ensayos, logró éxito muy satisfactorio en una empresa irrealizable, al parecer, con tan escasos elementos [...] Su genio artí­stico le hací­a adivinar lo que ni libros ni maestros le enseñaron; y todo esto sin poder siquiera consagrar de fotógrafo atareadí­simo; sin más estí­mulo que su afición invencible 15.

El Montañés valoró en los siguientes términos la importancia que tuvo en materia literaria y artí­stica la publicación predecesora:

El arte ilustrativo era desconocido en Antioquia. Que sepamos, sólo algunos ensayos tí­midos de grabado se habí­an hecho; aunque, con largas intermitencias, hayamos tenido periódicos literarios de mayor o menor mérito relativo, nunca se habí­a cuidado de aunar con la buena lectura algún esmero en la edición material, algo artí­stico en la forma. Fue llenar este vací­o lo que De Greiff y Rodrí­guez se propusieron con la publicación de El Repertorio, y ahí­ queda un tomo, precioso para nosotros por más de un tí­tulo, el fruto de sus esfuerzos. Aparte de algunas muestras de grabado directo sobre madera casi todas obras de Cano, para quien en materia de arte no hay imposibles, y una, que por lo pronto recordemos, de Maya, todo allí­ era obra de Rodrí­guez, y fue en su periódico donde por primera vez aparecieron aquí­ zincografí­as y fotograbados ilustrativos 16.

Aunque hoy no se conoce el tiraje que alcanzó El Repertorio, contó con lectores que viví­an tanto en Medellí­n como en distintas ciudades del paí­s y del exterior. Ello se logró mediante dos recursos. Por una parte, la publicación de un jeroglí­fico y la oferta de un premio a quien lo descifrara permitió mantener y atraer suscriptores. Por otra, los directores mantuvieron un activo canje con otras publicaciones de ciudades como Bogotá, Yarumal, Popayán, Panamá, Cartagena, Ocaña y Barranquilla, y de paí­ses extranjeros como Ecuador, Guatemala, Perú, El Salvador y Estados Unidos.

El Repertorio fue, pues, la primera revista ilustrada en Antioquia que se constituyó en un órgano de expresión de las incipientes artes y letras regionales. Fundó una tradición editorial y gráfica que distintos empeños editoriales subsiguientes tomaron como ejemplo.

EL MONTAí‘í‰S

Apenas tres meses después de suspendida la publicación de El Repertorio, apareció en septiembre de 1897 El Montañés, "revista de literatura, artes y ciencias". Los estatutos de la Compañí­a El Montañés, en su artí­culo 1o., establecieron que:

Constitúyese una sociedad anónima, de capital limitado, cuyo objeto es explotar la publicación en Medellí­n de un periódico cientí­fico y literario, de í­ndole absolutamente ecléctica y que, sin afiliarse a escuela ninguna literaria o filosófica, publique toda pieza que por su mérito literario o cientí­fico lo merezca, y no haya de acarrear a la empresa complicaciones legales 17.

En una circular a los colaboradores, previa a la aparición de la revista, insistieron en que su carácter serí­a "puramente artí­stico y cientí­fico y sus tendencias patrióticas". Con esta posición editorial, aspiraban a ganar las simpatí­as del público, y "el apoyo de las personas amantes del progreso" 18, al mismo tiempo deseaban "proporcionar esparcimiento intelectual para todos los gustos decentes, y estimular cuanto esfuerzo en artes o en ciencias se haga entre nosotros" 19.

La junta redactora estuvo integrada por Gabriel Latorre, Francisco Gómez y Mariano Ospina Vásquez. Gerardo Gutiérrez desempeñó el cargo de gerente, y José Manuel ílvarez el de agente general encargado de la distribución. Las oficinas estuvieron situadas en el No. 60 bis de la céntrica calle Juní­n de Medellí­n. La impresión la realizaba la Tipografí­a del Comercio, en la misma ciudad. Un aviso de página costaba $ 6.0, se editaban 2.500 ejemplares, y la suscripción anual valí­a $ 3.0, lo que les permitió a los editores proclamar que era "la revista más barata que se publica en Colombia" 20.

El Montañés se mantuvo activo durante dos años, a lo largo de los cuales publicó 24 números, hasta noviembre de 1899, cuando desapareció, probablemente por dificultades económicas. Al final de cada año, apareció el í­ndice de artí­culos y de autores, de tal modo que los ejemplares empastados forman dos volúmenes de fácil consulta. Los editores se sentí­an no sólo herederos directos de El Repertorio, sino sus continuadores:

[...] de semejante abolengo hacemos gala; y así­ como se exhiben con orgullo en las casas nobles los retratos de los gloriosos antepasados, muestra El Montañés en sus páginas, con cariño de hijo, los de sus predecesores de El Repertorio. Ellos fueron los iniciadores, ellos los creadores. La historia del arte en Antioquia no podrá prescindir de sus nombres 21.

Fiel a las pautas trazadas por El Repertorio, El Montañés mantuvo el programa de exaltar la vida y obra de algunos personajes de importancia regional; publicó algunas traducciones y ensayos literarios y artí­sticos; divulgó ampliamente textos en verso y prosa, y sentó una concepción sobre la literatura. Hizo de las ilustraciones parte importante del contenido e impulsó su valoración por parte del público. Estas dos últimas tareas fueron las más importantes entre las cumplidas por la revista.

El autor más destacado fue sin duda Tomás Carrasquilla, quien publicó los cuentos En la diestra de Dios padre, Blanca, Dimitas Arias, El ánima sola, San Antoñito y El baile blanco. Efe Gómez y Samuel Velásquez fueron asiduos colaboradores, al igual que Mariano Ospina V., quien además de sus ensayos, sostuvo bajo el seudónimo de Prólogus una amena columna de crí­tica y variedades titulada "Reseña mensual".

Tal como se menciona en diversos comentarios aparecidos en El Montañés, al finalizar el siglo XIX se vivió en Medellí­n lo que se consideró un "recrudecimiento literario" 22, que no fue otra cosa que la proliferación de producciones literarias, desatada por la publicación en 1896 de la novela de Tomás Carrasquilla Frutos de mi tierra. "Todo el mundo está hoy aquí­ tocado de la maní­a literaria", escribió Gabriel Latorre 23, quien no dejó de observar que

somos un pueblo demasiado pobre para que los verdaderos literatos puedan aquí­ formarse y en su labor perduren. Acaso ninguno de los que han escrito o escriben hoy en dí­a haya tenido o tenga por única ocupación el cultivo de las letras: en todos los campos, en todas las profesiones recluta el arte literario sus soledades y es sólo ocasionalmente, en ocios raros, cuando pueden consagrarle alguna ofrenda 24.

Como causas del "recrudecimiento", el agudo Prólogus señaló las siguientes:

En un paí­s donde ya no hay guerras; donde la polí­tica se acabó y las industrias las acabaron; donde las ciencias apenas si habrá quien las sospeche, y la vida social no existe, todas las energí­as que la mera lucha por la vida deja sobrantes se agrupan alrededor de la literatura, único fogón que todaví­a arde y da calor. Y así­, jamás hubo tantos periódicos como hoy, cuando el verdadero periodismo no puede existir [...] Y es nuestra literatura, no el solaz de un pueblo rico que se da el lujo de descansar, sino los cuentos con que los pobres entretienen el hambre en las noches frí­as y oscuras 25.

El Montañés también elaboró una concepción sobre el trabajo literario, sobre la función que debí­a cumplir la crí­tica, y sobre el arte y el artista. Los escritores jóvenes y poco experimentados, según objetó Latorre, quieren "cambiarlo todo con afán nacido de la inexperiencia, y de la plenitud desbordante de sus almas".

Prefieren buscar la inspiración "en las nubes, alto, muy alto, donde creen ellos que la poesí­a reside", en lugar de encontrarla en lo que tienen ante los ojos y a la mano. En contraposición a la idea romántica de la inspiración y el talento natural, Latorre opinó:

El arte de escribir no es cualidad innata, sino producto del estudio sostenido, de la meditación incesante, de una labor larga y penosa. Eso de la inspiración que cual soplo divino nos hace cantar inconscientemente como las aves, ya no es admisible en esta edad analizadora y razonable 26.

Ante la aparición de las primeras novelas antioqueñas y la publicación de Blas Gil y El Moro de José Manuel Marroquí­n, El Montañés elaboró una suerte de teorí­a de la novela, según la cual, "como obra de arte, la novela tiene por fin primordial producir en el espectador placer [...] y no es fin suyo, sino tal vez muy secundario y discutible, moralizar o instruir" 27. Se entendió que una verdadera novela era aquella que ofrecí­a un "reflejo fiel de un pedazo de vida" 28.

La obra de Carrasquilla se convirtió para muchos en el paradigma literario de Antioquia. El público devoró sus producciones, como antes lo habí­a hecho con autores franceses traducidos. Carrasquilla era visto como el caso raro de un verdadero artista, ajeno a las "preocupaciones ordinarias de las gentes de estas montañas", marginado de la polí­tica, las guerras civiles y los vicios. Donde otros veí­an oportunidades de hacer dinero, para el citado autor, Carrasquilla "ve a todos lados la belleza utilizable y las faltas de belleza" 29.

Pero la obra de don Tomás, unida a la de otros "realistas", como se consideró a Samuel Velásquez con su novela Madre y a Eduardo Zuleta Ángel con Tierra virgen, también despertó polémica en la publicación. Mariano Montoya se quejó amargamente de ciertas escenas que juzgó horripilantes en Frutos de mi tierra, como la del despojo de cadáveres. En reemplazo de estas "invenciones de mal gusto", pidió que los autores se ocuparan de pintar costumbres más bellas, más "puras y sencillas", y se ciñeran a "copiar con fidelidad sus primorosos cuadros" 30. Censuró a los escritores modernos porque

han exhibido como anatomistas despiadados, que con el escalpelo en la mano desgarran la belleza del músculo, para buscar en el hueso el caries que tal vez no existe [...] estos pintores de costumbres han mirado con desdén los hermosos cortijos de nuestros campesinos 31.

La principal conclusión de las disquisiciones de El Montañés, en materia literaria, es que Antioquia cuenta ya con una literatura propia:

decididamente la literatura antioqueña —pues hay que empezar por admitir que hay literatura antioqueña— se va tomando a sí­ misma muy en serio. Ya tení­amos novelistas y cuentistas, y ensayistas y crí­ticos; faltaban dramaturgos... y ya los vamos a tener 32.

En cuanto al papel de la crí­tica, El Montañés compartió la misma idea de El Repertorio. Latorre propendió a una crí­tica

razonable, desapasionada y sensata; ese ministerio altí­simo y noble sin cuya valiosa ayuda el gusto perece o se vicia y el progreso de las artes se dificulta; la crí­tica que tantos, tan buenos y tan oportunos servicios pudiera prestar a nuestra incipiente literatura, para encauzar sus tendencias, señalar su ruta, facilitándole su marcha y darle unidad, carácter y objeto, aprovechando esta época de verdadero renacimiento en que estamos 33.

Respecto a las ilustraciones, El Montañés publicó fotografí­as de Manuel Botero, Duperly e Hijos, Gonzalo Escobar, Bernardo Gutiérrez, Rafael Mesa, Rodrí­guez Hermanos y Pedro Velilla. Grabados de F. A. Maya, Gabriel Montoya, Horacio M. Rodrí­guez, Marco Tobón Mejí­a, Samuel Velásquez y Francisco A. Cano. Los fotograbados fueron elaborados por Manuel Botero, Rafael Mesa y Rodrí­guez y Mesa.

Esta nómina relativamente amplia de colaboradores muestra la difusión que alcanzaron los procedimientos técnicos, y el interés que despertaron las primeras revistas ilustradas entre los artistas. Del conjunto de imágenes publicadas sobresalen dos grupos: los minuciosos grabados en madera de Francisco A. Cano, en los que logró un gran refinamiento, y las fotografí­as de exteriores de Medellí­n y sus alrededores, obra de distintos fotógrafos. í‰stas últimas documentan aspectos de la ciudad sobre los cuales no se conserva hoy ningún otro testimonio. Por todo lo anterior, El Montañés fue el esfuerzo más destacado y consistente que se hizo en el Medellí­n del siglo XIX en materia literaria y artí­stica.

LECTURA Y ARTE

En julio de 1903 salió al público el primer número de la revista Lectura y Arte, dirigida por Antonio J. Cano, Enrique Vidal, Francisco Antonio Cano y Marco Tobón Mejí­a. El primero de ellos era editor, librero, literato aficionado y animador de la célebre "tertulia del Negro Cano" en la ciudad. El segundo tení­a a su cargo la litografí­a de Jorge Luis Arango, donde se imprimí­an los grabados en piedra litográfica que ilustraban la publicación. Cano y Tobón Mejí­a eran los artistas plásticos más importantes en el Medellí­n de la época; a ellos se debe la mayor parte de las ilustraciones de la revista.

Los editores se sabí­an herederos de la tradición inaugurada por El Repertorio y continuada por El Montañés. Por ello se esforzaron en que Lectura y Arte mantuviera un "carácter artí­stico" y propendieron al desarrollo del dibujo. Con ello esperaban contribuir al mejoramiento de las capacidades del artista, y a la educación visual del público.

Nuestros lectores deben fijarse en que no por llevar sólo dibujos, la primera y la última página del número, dejan de ser tan páginas como las otras [...] Si nos damos a la tarea de dibujar, grabar e imprimir, no es por encontrar un entretenimiento divertido, mucho menos por emplear en ocupación agradable un tiempo que nos sobra: sino con el más alto objeto de que esta parte de toda educación completa, nazca aquí­; que haya deseos de ver formas y colores, y que de ver se pase a juzgar y de esto, a apreciar lo poco o mucho que lo que se ofrece a nuestra vista pueda poseer 34.

En particular, procuraron que surgiera en los lectores el placer estético:

pretendemos hacer cosa útil y sana, alimento intelectual que quizá no podamos digerir ahora; pero que la costumbre de paladearla nos haga cobrarle afición, desearla con entusiasmo, buscarla ansiosos y llegar a creer que nos hace falta en la vida ese placer estético de que hemos carecido hasta hoy casi en absoluto 35.

El proyecto de Lectura y Arte fue promovido por el escultor Marco Tobón Mejí­a al regresar a Medellí­n, después de combatir en la guerra de los Mil Dí­as, en la que obtuvo el grado de capitán. Francisco A. Cano evocó así­ el papel que cumplió el joven escultor:

su entusiasmo, virgen aún de desengaños, rayó en lo más alto; y creciendo de momento en momento, fue él quien más fuerza nos hizo para emprender la publicidad de esta revista 36.

Tobón no sólo fue el principal promotor, sino el más activo ilustrador con que contó la publicación. Reprodujo en piedra litográfica, mediante lápiz graso, buril o pluma, obras ajenas y propias, y dibujó algunas caricaturas firmadas con el seudónimo de Sempronio. Según escribió Cano:

Fue Lectura y Arte su principal escuela: allí­ se ejercitó en el arte decorativo para el cual tiene Tobón sobresalientes facultades y fue ganando para aquella y para sí­ la reputación que sólo sus compatriotas ignoramos 37.

En el primer número, los editores se manifestaron conscientes de las dificultades propias de su aventura editorial, y definieron sus propósitos artí­sticos y literarios:

Empezamos hoy la dura y laboriosa tarea que nos hemos impuesto, de hacer una publicación mensual especial de carácter artí­stico y literario, a la vez que campo adecuado para las producciones de interés patrio universal, que nuestros colaboradores quieran confiarnos, toda vez que deseamos para nuestra revista no solamente lo agradable y lo ameno, sino también lo de marcada utilidad general 38.

Declararon que sentí­an un "amor desordenado" por el que consideraban "el más ingrato de los cultivos, el cultivo del espí­ritu" 39. Manifestaron que no formaban parte de ninguna escuela de pensamiento o partido polí­tico y renunciaron a los elogios o a la crí­tica:

Aquí­ tendrá cabida todo lo bueno. Al lado del cuadro y la caricatura, publicaremos el retrato de la personalidad del dí­a, del hombre que esté en alto, justa o injustamente, como nota de actualidad, sin loas, sin reproches, sin comentarios 40.

Sabiéndose dirigidos a los "espí­ritus modernos", solicitaron a sus colaboradores "escribir corto, escribir claro y escribir culto". La producción de la revista debí­a hacerse en dos etapas, por razones técnicas. Los textos se levantaban e imprimí­an en la Tipografí­a del Comercio de Félix de Bedout, mientras que las ilustraciones en piedra litográfica se procesaban y estampaban en la litografí­a de Jorge Luis Arango. El agente general de la revista era Francisco Latorre. Al principio el precio del ejemplar era de $ 12 y la suscripción anual valí­a $ 120; en el último año de vida, el ejemplar subió a $ 15 y la suscripción a $ 150.

Un numeroso grupo de autores aportó distintos textos. De un total de 64 escritores, sobresalen como los más asiduos Francisco A. Cano, Mariano Ospina V., Antonio J. Cano, Juan de Dios Vásquez y Antonio Montoya. Del primero se destaca su comentario sobre el pintor Andrés de Santamarí­a, en el que difundió los principios del movimiento impresionista, y la semblanza del escultor Tobón Mejí­a. Ospina, por su parte, publicó una serie de "Temas de conversación", en los que reflexionó sobre distintos aspectos de la educación, y enfatizó en la importancia de la universidad como fuente de civilización para contrarrestar la barbarie; también ponderó las virtudes de la educación fí­sica y la formación moral y estética. Ocasionalmente aparecieron piezas literarias de autores extranjeros, entre ellas dos poemas de Manuel Machado, y traducciones de relatos de Mark Twain, Maupassant, Merejkovsky y André Chaumeix.

Entre los distintos ensayos y polémicas que se encuentran en las páginas de la revista, se destacan los agudos comentarios crí­ticos de Gabriel Latorre, con motivo de la publicación de un fragmento del drama de Efe Gómez titulado Roque Yarza:

mucho dudamos que entre tantas cosas nuestras como poseemos en Antioquia (nuestra raza, nuestra honradez, nuestra laboriosidad, nuestro valor, nuestra independencia, etc., etc., etc.) tengamos también nuestra literatura 41.

La dura crí­tica de Latorre intentaba denunciar una literatura que no consideraba verdaderamente autóctona, sino hecha

[...] con elementos tomados de fuera y no siempre sometidos a procedimientos de adaptación que los hagan viables en medio tan distinto de aquel en que como frutos naturales se produjeron, entremezclándolos con nuestros propios abortos y raquitismos [...] No bastan obras aisladas para formar ese todo homogéneo dentro de su inmensa variedad, que se llama literatura 42.

Los ejemplos aislados a los que alude eran Tomás Carrasquilla, Efe Gómez y Samuel Velásquez. La discusión planteada sobre la existencia o no de una literatura verdaderamente regional en Antioquia no tuvo eco. La respuesta al interrogante sobre la existencia de una literatura antioqueña se encuentra en el contenido de la revista. í‰sta divulgó y promovió una literatura que, con la excepción de Carrasquilla, hoy puede apreciarse como menor y derivada de otros autores nacionales y extranjeros. Fue el resultado de un modesto y lento proceso de aprendizaje, admiración y deseo de diferenciación social de la reducida elite intelectual de la ciudad, que se esforzó en practicar y adaptar estilos literarios, más con el fin de apartarse del localismo que con el de producir una literatura autóctona.

En la prosa predominan las incursiones costumbristas teñidas de tragedia romántica, como, por ejemplo, en los relatos Sombrí­a y A flor de tierra de Saturnino Restrepo; El lirio azul de José Rodrí­guez; Un héroe oscuro de Carlos E. Restrepo, y Pecados y castigos de Francisco de Paula Rendón. Cierta contraposición a esta corriente se encuentra en algunos textos donde se detectan influencias del modernismo. En Brotes í­ntimos, Juan de Dios Vásquez adopta elementos que podrí­an asociarse con dicho movimiento: el exotismo poético, la belleza en forma de una modelo femenina desnuda, la evocación del Nocturno de Silva y de extraños estados del alma, que lleva al autor a una conclusión hermética: "lo bello es así­, lo bello es eterno [...] la poesí­a moderna, como todo, cuando es bella, es bella" 43.

En Tirria de Antonio José Montoya, se encuentra una curiosa mezcla de cuadro costumbrista con ensoñaciones modernistas; allí­ se cita una poesí­a de Rubén Darí­o y, en medio del sopor alcohólico, el protagonista sueña con grifos y ovejas.

En materia poética se encuentran muchos versos y poca poesí­a, como es usual para el lector del siglo XX que incursiona en la producción de los vates imbuidos de la estética decimonónica. En medio del romanticismo imperante, surgieron también ciertos brotes modernistas. Abel Farina es calificado de "poeta desequilibrado, enfermo, melancólico... 44 Clí­maco Soto Borda, Ví­ctor M. Londoño, Adolfo León Gómez, Eusebio Robledo, y otros, cultivaron en sus poesí­as sombras, diamantes, lágrimas, amor, alas ligeras, lunas, noches y personajes exóticos, que seguramente habrí­an sido del gusto de Rubén Darí­o.

Uno de los mayores logros de la revista fue la publicación de ilustraciones de gran calidad técnica y artí­stica, gracias a los esfuerzos de Francisco Antonio Cano y Marco Tobón Mejí­a, y a los conocimientos de la litografí­a de Jorge Luis Arango. Los editores reclamaron para las artes visuales la misma atención que podí­a despertar la literatura, y enfatizaron en el deleite que podrí­a obtenerse de la observación y estudio de una ilustración:

Por qué no demorarse pues, algún tiempo en la observación de un dibujo y tratar de explicarse su significación o estimar siquiera la abnegación, léase candidez, de quien se maltrató la cabeza, tuvo insomnios terribles, o persiguió sin tregua algo indefinido que bullí­a en su cerebro 45.

Lectura y Arte llegó a su fin en febrero de 1906. En un lacónico editorial se lee:

Suspensión. Con la presente duodécima entrega concluye nuestro compromiso con los suscriptores de Lectura y Arte. Damos aquí­ por terminada nuestra labor, improductiva bajo todos aspectos, con mucho mayor razón tratándose de una revista ilustrada. La dirección da los más expresivos agradecimientos a la prensa del paí­s, que recibió siempre con elogios fervientes la aparición de cada número de Lectura y Arte, y a los suscriptores que tan tolerantes fueron con las inevitables demoras en la salida de ella 46.

Para entonces, Marco Tobón Mejí­a ya habí­a abandonado el paí­s; se encontraba en Cuba, y en 1909 se instalarí­a en Francia. Francisco A. Cano permanecerí­a sólo seis años más en Medellí­n, antes de radicarse definitivamente en Bogotá, con la intención de buscar mejores condiciones de vida. La situación económica de la incipiente urbe no era buena, y las manifestaciones culturales al parecer perdieron vigencia social. Los empeños realizados en el ámbito económico, gracias a las medidas proteccionistas que favorecieron la manufactura, ocuparon los esfuerzos del pueblo antioqueño, junto con el cultivo del café y la colonización de nuevas tierras. Al margen y a la deriva, quedó un pequeño grupo de artistas y literatos, cuyos representantes más avanzados se agruparí­an en torno a la revista Panida en 1915.

Aunque en las tres revistas coexisten distintas vertientes, puede detectarse en su contenido visual y literario una transición paulatina del costumbrismo romántico hacia el modernismo. El esfuerzo pionero le correspondió a El Repertorio. El Montañés mostró predilección por la difusión literaria. Lectura y Arte es propiamente una revista artí­stica. El autor más importante que se dio a conocer en ellas fue Tomás Carrasquilla, y los ilustradores más destacados entre los distintos colaboradores fueron Francisco Antonio Cano y Marco Tobón Mejí­a. A los tres les correspondió fundar las bases de la cultura "moderna" en Antioquia, y cerrar el pasado colonial y decimonónico.

Las revistas contribuyeron a la creación de un lector culto, capaz de disfrute estético. La insistencia en mantenerse ajenas a las disputas polí­ticas, el impulso a la literatura y al arte, junto con el relieve que dieron a la vida de ciudadanos destacados, ilustra la espontánea función que cumplieron. í‰sta consistió en demostrarle a la sociedad antioqueña de la época que la cultura, a diferencia de la polí­tica, podí­a ser un factor de identidad y unificación social.

Notas

1 La Miscelánea, Medellí­n, año 2, septiembre de 1895, pág. 80.
2 Las cifras de población se estimaron tomando como referencia las 37.000 personas contabilizadas en el censo de 1883 y las 59.000 del de 1905, y una tasa de crecimiento demográfico del 2,18%. Todos estos datos provienen de: Libro azul de Colombia, Nueva York, s.f., pág. 211.
3 Jorge Orlando Melo, "Las vicisitudes del modelo liberal", en José Antonio Ocampo, Historia económica de Colombia, Bogotá, Siglo XXI, 1987, pág. 126.
4 Citado en Libro azul de Colombia, op. cit.
5 El Repertorio, núm. 1, Medellí­n, junio de 1896, pág. 1.
6 Ibí­d.
7 Ibí­d.
8 Ibí­d., pág. 2.
9 Ibí­d.
10 Ibí­d., pág. 1
11 El Repertorio Colombiano, citado en El Repertorio, núms. 10-11-12, Medellí­n, mayo de 1897, pág. 407.
12 P.N.G., en El Repertorio, núm. 1, Medellí­n, junio de 1896, págs. 28-32.
13 El Repertorio, núm. 2, Medellí­n, julio de 1896, pág. 64.
14 El Repertorio, núm. 3, Medellí­n, agosto de 1896, pág. 96.
15 El Montañés, núm. 12, Medellí­n, agosto de 1898, pág. 458.
16 Ibí­d.
17 Estatutos de la Cí­a. El Montañés, citado en El Montañés, núm. 1, Medellí­n, septiembre de 1897.
18 Citado en Ibí­d.
19 Ibí­d.
20 El Montañés, núms. 22-23-24, Medellí­n, septiembre-octubre-noviembre de 1899.
21 Gabriel Latorre, "Nuestros predecesores", en El Montañés, núm. 12, agosto de 1898, pág. 460.
22 Prólogus, "Reseña mensual", en El Montañés, núm. 1, Medellí­n, septiembre de 1897, y núm. 6, febrero de 1898, págs. 277 y sigs.
23 Gabriel Latorre, "Samuel Velázquez", en El Montañés, núm. 1, Medellí­n, septiembre de 1897, pág. 2.
24 Ibí­d., pág. 2.
25 Prólogus, "Reseña mensual", en El Montañés, núm. 6, Medellí­n, febrero de 1898, pág. 278. El autor alude a las restricciones impuestas a la prensa por la Regeneración.
26 Op. cit., pág. 7.
27 Prólogus, "Reseña mensual", en El Montañés, núm. 1, Medellí­n, septiembre de 1897, pág. 48.
28 Ibí­d., pág. 51.
29 José Montoya, "Tomás Carrasquilla", en El Montañés, núm. 3, Medellí­n, noviembre de 1897, pág. 107.
30 Mariano Montoya, "Carta literaria", en El Montañés, núm. 8, Medellí­n, abril de 1898, págs. 400-402.
31 Ibí­d., pág. 403.
32 Prólogus, "Reseña Mensual", en El Montañés, núm. 11, Medellí­n, julio de 1898, pág. 455.
33 Latorre, Op. cit., pág. 8.
34 Lectura y Arte, núm. 1, Medellí­n, julio de 1903, pág. 33.
35 Ibí­d., pág. 3.
36 Lectura y Arte, núm. 12, Medellí­n, febrero de 1906, pág. 215.
37 Francisco A. Cano, El Gráfico, Bogotá, 10 de marzo de 1917.
38 Lectura y Arte, núm. 1, Medellí­n, julio de 1903, pág. 3.
39 Ibí­d.
40 Ibí­d.
41 Lectura y Arte, núm. 2, Medellí­n, agosto de 1903, pág. 22.
43 Subrayado nuestro. Lectura y Arte, núm. 3, Medellí­n, pág. 49.
44 José Montoya, "Crónica literaria", en Lectura y Arte, núm. 1, Medellí­n, julio de 1903, pág. 16.
45 Ibí­d.
46 Lectura y Arte, núm. 12, Medellí­n, febrero de 1906, pág. 214.

Fotos:

Página anterior:

  • Francisco A. Cano, Retrato de Manuel Uribe Ángel, El Repertorio, núm. 3, Medellí­n, agosto de 1896.
  • Francisco A. Cano, ilustración para el poema La tórtola, xilografí­a,
    El Repertorio, núm. 1, Medellí­n, junio de 1896, pág. 17.
  • Francisco A. Cano, En el lavadero, primer fotograbado publicado en Antioquia, El Repertorio, núm. 2, Medellí­n, julio de 1896, pág. 50.
  • Horacio Marino Rodrí­guez, Retrato de Camilo Botero Guerra, xilografí­a,
    El Repertorio, núm. 5, Medellí­n, octubre de 1896.
  • Francisco A. Cano, ilustración para "En la navidad de 1890",
    El Repertorio, núm. 6, Medellí­n, diciembre de 1896, pág. 195.
  • Anónimo, Retrato de Samuel Velásquez, fotograbado,
    El Montañés, núm. 1, Medellí­n, septiembre de 1897.
  • Anónimo, Retrato de Tomás Carrasquilla, fotograbado,
    El Montañés, núm. 3, Medellí­n, noviembre de 1897.
  • Francisco A. Cano, Puerta del hospital de Honda, xilografí­a,
    El Montañés, núm. 7, Medellí­n, marzo de 1898.
  • Rodrí­guez y Mesa, Lavando oro en el rí­o Cauca, fotograbado retocado al buril, El Montañés, núm. 13, diciembre de 1898.
  • Rafael Mesa, Camino del monte, fotograbado,
    El Montañés, núm. 15, Medellí­n, febrero de 1898, pág. 115.
  • Quintero, Anuncio de molinos californianos, xilografí­a,
    El Montañés, núm. 7, Medellí­n, abril de 1898.
  • Gabriel Montoya, Nuestros predecesores (Luis de Greiff y Horacio M. Rodrí­guez), El Montañés, núm. 12, Medellí­n, agosto de 1898.
  • Marco Tobón Mejí­a, Al baile del Tándem Club,
    cubierta para el núm. 3 de Lectura y Arte, litografí­a en piedra, Medellí­n, 1903.
  • Francisco A. Cano, ilustración para Pecados y castigos,
    litografí­a en piedra al buril, Lectura y Arte, núm. 3, Medellí­n, 1903.
  • Francisco A. Cano, cubierta para Lectura y Arte, núms. 4 y 5,
    litografí­a en piedra, en dos colores, Medellí­n, noviembre de 1903.
  • Enrique Olarte, cubierta para Lectura y Arte, núms. 7 y 8,
    litografí­a en piedra, en dos colores, Lectura y Arte, Medellí­n, noviembre de 1904.
  • Marco Tobón Mejí­a, Orlas, litografí­a en piedra, Lectura y Arte, Medellí­n, 1905.
  • Francisco A. Cano, cubierta para Lectura y Arte, litografí­a en piedra, Medellí­n, febrero de 1906.
  • Marco Tobón Mejí­a, Libélulas, y abajo Francisco A. Cano, Retrato de Tobón Mejí­a,
    en Lectura y Arte, Medellí­n, febrero de 1906.
  • Marco Tobón Mejí­a, ilustración para Lectura y Arte,
    litografí­a en piedra, Medellí­n, s.f.
  • Sempronio [seudónimo de Marco Tobón M.], caricatura de Eduardo Ortega,
    litografí­a en piedra, en Lectura y Arte, Medellí­n, febrero de 1906.