Boletín Cultural y Bibliográfico . Número 36.  Volumen XXXI - 1994 - editado en 1995

 

Sobre el arte de la simulación majestuosa


Provocaciones
Rafael Gutiérrez Girardot
Coedición de la Fundación Nuestra América Mestiza y la Fundación Editorial Investigar, Santafé de Bogotá, 1992, 156 págs.


La querella de Rafael Gutiérrez Girardot con don José Ortega y Gasset ha resultado en una serie de ensayos que bien podrían considerarse "de antología" como ejercicio de la filosofía y de la crítica. Como aquel que se publicara originalmente en el suplemento dominical del periódico Vanguardia Liberal de Bucaramanga hace unos diez años: pidiendo un Ortega desde dentro, en el cual mostraba cuán superficial había sido en realidad el contacto de Ortega con la cultura y la filosofía alemanas. Con Kant, entre otros, con quien el madrileño pretendía haber "convivido" durante lustros.

Pero lo fundamental es otro asunto —la consigna de Husserl: a las cosas mismas—. Porque la cosa misma aquí, en este caso y en este mundo que es el caso, es España, Hispanoamérica. Su equívoco, nuestro tiempo. Del cual es asombrado y responsable testigo el crítico.

Es la querella con un estilo: la grandilocuencia, la simulación, el narcisismo, que impregnó fuertemente la mentalidad de las elites suramericanas a partir de los años veinte y cuyo influjo es hoy todavía perceptible como un eco bobalicón de toda la banalidad de la pseudocultura (literalmente "cultura a medias": Halbildung, para decirlo con Adorno) que se produjo en Europa a partir de la crisis que siguió a la finalización de la gran guerra.

Al comienzo del segundo volumen de sus memorias cuenta Elías Canetti que en la pensión en donde se alojaba con su madre a comienzos de los años veinte en Frankfurt, el tema de conversación a la hora de las comidas era La decadencia de Occidente, cuyo segundo tomo acababa de aparecer: Spengler, uno de los autores favoritos de Ortega, al que haría traducir y publicar por la editorial de la Revista de Occidente.

Por la misma época otro de sus amigos, el conde de Keyserling, descendiente de aquellos Keyserling a quienes impartiera Kant instrucción general como maestro privado en su juventud (y de quienes afirma Cassirer que muy seguramente gracias a las enseñanzas que les impartiera el filósofo durante su pubertad y adolescencia se anticiparon al decreto del barón von Stein, liberando a sus propios siervos), reflexionaba en la Escuela de la Sabiduría de Darmstadt —un "Muro Blanco" que fundara allí con el dinero de damas filantrópicas cuando los bolcheviques le expropiaron su latifundio de Raykul en Estonia— sobre el destino del mundo, para las señoras de la aristocracia europea que incluía por entonces a los séquitos desequitos de los parientes destronados entonces por doquier. Como se sabe, los terratenientes del Báltico eran alemanes, descendientes de aquellos junkers que se establecieron a la sombra y bajo la protección de los Burgen de la orden teutónica desde la alta Edad Media. Aunque súbditos del zar: los famosos "bálticos", algunos de los cuales casi desde el principio —a través de la Sociedad Thule, por ejemplo, en el Munich de los tempranos años veinte— desempeñarían su papel en la tenebrosa mascarada del hombrecillo de las cervecerías.

El hecho es que este Muro Blanco del conde de Keyserling también patrocinaba viajes. Aunque no de los estudiantes sino del maestro, quien con el título de uno de sus muchísimos libros lo decía todo: Diario de un filósofo viajero. El cual también en Buenos Aires y Río de Janeiro disfrutó de una entusiasta audiencia, particularmente en la primera de las ciudades mencionadas, en la que pudo contar con los servicios de una señora cultísima que le patrocinaba sus giras allí y también era amiguísima de Ortega y Gasset.

Tal y como lo relata, con mucha gracia por lo demás, Patricio Canto, en un libro justamente intitulado El caso Ortega, al cual en realidad toma como pretexto para describir con fina ironía, un poco en el estilo de su compatriota Juan José Sebrelli (Buenos Aires, Vida cotidiana y alienación; Mar de la Plata, El ocio represivo), la vanidad, la banalidad, la fatuidad, también la inseguridad de los representantes de la gran oligarquía que periódicamente lo recibía. Por cierto que en un artículo de El Espectador del año 1929 alcanzó Ortega a registrar observaciones, algunas bien perspicaces, sobre ellos y sobre los problemas del país, indicaciones pertinentes acerca de la "patología" de la sociedad argentina, aunque mezcladas con su coquetería de siempre, que lo hace frívolo, ocurrente.

Lo más interesante del libro de Canto en lo que propiamente se refiere a la personalidad del intelectual español se encuentra ya en los primeros renglones del libro. Cuenta que cuando Ortega agonizaba exclamó "estoy tratando de concentrarme en algo y no puedo". A lo que aquél agrega: ¡Fue eso precisamente lo que le pasó toda la vida!

Al resultado de tal actitud lo llama Gutiérrez Girardot con el título del segundo ensayo consagrado al "filósofo" hispano en esta recopilación de sus ensayos: "Ortega y Gasset o el arte de la simulación majestuosa". Apresuramiento, lecturas de solapa, repentismo, brillantez. Ocurrencias, apercus y calambures, carambolas idiomáticas: ¿a quién si no a Ortega se le hubiera ocurrido decir de la obra de Bergson, Las dos fuentes de la moral y de la religión, que era un libro "con un título hidráulico"? La búsqueda del aplauso, el deseo de sorprender, de mostrarse más inteligente, más agudo, más original; pretender haberse anticipado a otro pensador, como lo muestra Gutiérrez en el capítulo intitulado "Ortega y Heidegger" (los otros se intitulan "... y Theodor Mommsen... y Hermann Cohen... y Max Scheler"), todo ello hace parte del estilo de Ortega, que tantos seguidores tuvo en nuestro continente.

La vanidad sobre todo. Estos señores se imaginaban que su presencia en el mundo resultaba imprescindible. Con cuánta frecuencia se topa uno en sus escritos con advertencias del siguiente estilo: "Ustedes no se han dado cuenta" o "no es, como la gente cree", etc. Si, esa gente que somos los seres humanos, las masas, los transeúntes, esos emigrantes que tan despectivamente consideraba Ortega en sus apreciaciones sobre la inseguridad del porteño, de la que él tanto provecho extrajo... Como lo dice el autor, "tan curiosos procedimientos del trabajo intelectual son el producto de la antihistoricidad y de la burbujeante brillantez de Ortega. La primera resulta de la segunda. Su magnífica cabeza castellana producía chispas cuando los ojos se fijaban en el título, en el índice o en algunos capítulos de un libro. Poseía una intuición penetrante y abarcadora que le dispensaba de la lectura detallada de las obras que refutaba, interpretaba, citaba y recomendaba. Su cerebro respondía, como un computador moderno, al conjunto de un título, de algunas páginas de un libro con una interpretación sumaria —un ‘escorzo’, para decirlo en lenguaje orteguiano— que siempre descubría temas que no se habían tratado hasta entonces y que él prometía dilucidar definitivamente en un libro que anunciaba para muy pronto. Su cerebro portentoso abarcaba de una vez tanto material, que se le escapaban los detalles como el contexto del libro —de ahí su ‘antihistoricidad’— y a veces hasta el contenido" (págs. 100-101).

Pero no se crea que la fatuidad y el narcisismo fuesen privativos del mundo hispánico en la época de la crisis europea durante la primera posguerra, si bien en la península ibérica, por razones que Gutiérrez ha explicado en muchos de sus ensayos, estas características impregnaban fuertemente el trabajo intelectual. Basta pensar en personajes como Moeller van der Bruck, el ideológo de la "revolución conservadora" contra la República de Weimar hasta su suicidio en el año 25, autor del libro Das Dritte Reich (El Tercer Reich). Y antes que él Marinetti y D’Annunzio. Y luego, el consabido conde filósofo viajero quien en sus Memorias, pleonásticamente intituladas Viaje a través del Tiempo y traducidas al español por José Rovira Armengol —quien dicho sea de paso quiso luego traducir a Heidegger y lo hizo sumamente mal—, intitulaba el capítulo sexto: "Kant". Y ¿de quién trata? De Hermann conde de Keyserling. Como lo puede constatar cualquier lector leyendo el primer párrafo:

Desde hace ya unos veinte años y cuando escribo estamos en 1940 me resulta casi imposible dedicar un interés sincero a la filosofía abstracta. Durante todo este tiempo nunca reflexioné a fondo el por qué de eso. Cuando me aburría más de la cuenta un libro de análisis de conceptos, no sólo famoso sino aún indudablemente bueno, me disculpaba a veces lo mismo ante mí que ante el autor considerando que a partir de cierta edad nadie puede oír realmente en lo característico de otra longitud de onda que no sea propia, y yo como filósofo encarnaba precisamente una modalidad diferente de las demás. Pero ahora, encarando en serio el problema, ya no puedo aceptar esta explicación; no soy filósofo en el mismo sentido que aquellos a quienes aludo, y por lo demás sigo siendo tan polifónico como cuando tenía treinta años. Y la verdad es que en mi juventud, antes de dedicarme a pensador crítico, la filosofía abstracta me llamaba tan poco la atención como ahora; y aun ni siquiera en mi período crítico lo hizo en sentido más profundo [...]

Sobra cualquier comentario. Lo que sí nos parece digno de ser averiguado es en qué medida este tipo de literatura influyó en hacer aún más fatuo el ambiente de cierta "intelectualidad" suntuaria, narcisista, banal, en nuestros países. Y no sólo por la época en que fue publicada: todavía hoy es claramente perceptible su huella, inclusive entre gentes nacidas hace apenas treinta o cuarenta años. La tarea de la crítica, que magistralmente ejerce Rafael Gutiérrez Girardot entre nosotros, consiste en estos casos en desenmascarar a los bufones y contribuir con ello a sentar criterios, aportando con ello a la maduración ciudadana, a la emancipación general, de acuerdo con el programa de la Ilustración cuyo proceso definiera Kant como "la salida del hombre de su condición de menor de edad de la cual él mismo es culpable".

Porque mantener a la mayoría de los ciudadanos en esa situación subordinada, tratándolos como menores de edad frente a sus propios destinos: frente a las tareas y los asuntos públicos, ha sido entre nosotros el propósito, velado o manifiesto, de grupos privilegiados que nunca llegaron a conformar una genuina "elite" en el verdadero sentido de la palabra. Por razones que desde lejos muchos tienen que ver con la circunstancia que afectó el caso Ortega, el envanecimiento, la simulación, la desmesurada vanidad y el parroquialismo característicos de nuestro medio, impregnaron el quehacer de una cultura entendida como mero entretenimiento u ornamento, de la cual estuvieron ausentes el paciente ejercicio de la reflexión y de la crítica, el desgarramiento y el coraje de la autoconciencia, el deber de enfrentar la realidad cada día más dramática de una sociedad en crisis. Tal actitud, resultado de la persistente inercia tradicional, respondió siempre en el fondo a un momento de narcisismo e inseguridad: en medio de una fraseología pomposa que todavía no termina y se disfraza ahora con la pretensión del aforismo, los cultores de la palabrería vacua, de la exaltación yoica y el exhibicionismo, reflejan en verdad el rencor ante las manifestaciones del espíritu universal de la modernidad y del acontecer contemporáneo. Su añoranza de la aldea, su nostalgia por el atraso del país pastoril —por la ignorancia, por el analfabetismo de los siervos mimetizados en el paisaje señorial— es sólo eso. Porque sólo entonces tuvieron plenamente garantizada la supremacía, de acuerdo con el viejo refrán castellano según el cual "en tierra de ciegos el tuerto es Rey".

RUBÉN JARAMILLO VÉLEZ
Departamento de Filosofía
Universidad Nacional de Colombia