Inorgánico y sin
elaboración
Historia diplomática de Colombia. La Gran Colombia.
Alfredo Vázquez Carrizosa
Pontificia Universidad Javeriana, Santafé de Bogotá, 1993, 376 págs.
Este libro, el primero de "una serie de tres que pretende cubrir la historia
de las relaciones internacionales de Colombia" según se indica en el
prólogo, tiene como objetivo "enseñar a las nuevas generaciones el manejo de
los asuntos internacionales del país", a través del uso de "un esquema
sencillo de indicación de las tesis fundamentales y de los episodios más destacados de
nuestra actividad exterior", evitando promesa incumplida la anécdota,
con la intención de redactar "un manual de doctrinas sacadas de los textos mismos de
nuestros diplomáticos [,] como de las actitudes sobresalientes". Un objetivo
didáctico loable, pero no de fácil cumplimiento.
Desde el punto de vista cronológico, esta Historia diplomática abarca
"los diez años fulgurantes" que van desde el Congreso de Angostura (1819) hasta
la separación de Bolívar del poder (1829). Un período realmente sobresaliente. En el
plano internacional se trata de una fase de "restauración": el fin de las
guerras napoleónicas, el restablecimiento de Fernando VII en el trono español y el
dominio de la política europea por la Santa Alianza. Y en el plano nacional se trata de
años riquísimos en hechos e iniciativas diplomáticos, relacionados con la
determinación de las fronteras de los nuevos países en formación, con las primeras
experiencias de una política continental, con la búsqueda de reconocimiento en el plano
internacional y con profundas tensiones que la sociedad no dejaba de percibir
en lo que tiene que ver con los nuevos esquemas de relación con la Santa Sede. Como se
ve, un período realmente llamativo para la investigación.
Sin embargo, muchas dudas asaltan al lector después de una primera lectura.
Dudas que parecen confirmadas por una segunda lectura. Y es que, para decirlo de una vez,
este libro no tiene objeto, no construye ningún problema. Nombra de manera bastante
inorgánica un montón de hechos... pero no los elabora. En el extremo, ya que se
trata de un texto didáctico, de un pretendido manual (¡y cuánta falta nos hace un buen
manual en este y otros terrenos!), ni siquiera ordena ni clasifica los datos que por
páginas y páginas se repiten.
Con todo el respeto que merece la obra pública y docente del autor de este
libro, hay que decirlo con claridad, repitiendo las viejas palabras programáticas de
Lucien Febvre, dichas ya a principios de siglo: "Pas de problí¨me... pas
dhistoire". Tratemos de comprobarlo, en la brevedad de una reseña, observando
el tratamiento que se ofrece de dos o tres problemas básicos.
Primero, el elemental problema de límites. Como se sabe, un inicial dolor de
cabeza de las jóvenes repúblicas, por razones históricas perfectamente explicables y
conocidas. Los límites efectivos de los distintos espacios regionales en que se
constituirán los nuevos Estados jamás estuvieron claramente definidos. Las
jurisdicciones fueron siempre un punto de enfrentamiento y hubo territorios (por ejemplo,
el actual Ecuador y la propia provincia de Popayán) cuya asignación a uno u otro
virreinato fue siempre objeto de discusión. En razón de ello, y no de la mala voluntad
de nadie ni de la incomprensión del "genio" de Bolívar, la doctrina
"colombiana" del "uti possidetis juris de 1810" (reconocimiento de la
soberanía definida por los títulos coloniales en el momento de la emancipación), estaba
llamada a conocer problemas y fracasos desde el comienzo mismo, porque tal doctrina
sencillamente dejaba de lado aspectos básicos de la realidad colonial que se heredaba.
Pero en cambio de un análisis que muestre las condiciones efectivas que
impedían la realización de una doctrina o la mostraban como lo que era, es decir,
francamente ilusoria, debemos contentarnos con largos párrafos retóricos como el
siguiente: "Los pueblos hispanoamericanos tenían una misma cultura, una religión y
unos mismos ideales, además de una sola lengua. Nada podía dividirlos en el momento de
la emancipación y todo contribuyó a unificarlos. Los odios nacionales en ese ambiente de
fraternidad mal podían aparecer. Los asuntos de fronteras revestían de esa guisa el
carácter de cuestiones internas dentro de un continente unificado en sus propósitos
comunes de libertad política" (pág. 259).
En esa misma línea segundo, el ultraconocido problema de la
perspectiva "continental" de Bolívar, destinada a fracasar desde el primer
momento como en verdad ocurrió, pues iba contra la corriente de las
realidades históricas más elementales de una región que, particularmente a través del
comercio, había venido conformando desde por lo menos la segunda mitad del siglo XVIII
grupos regionales dominantes y espacios económicosociales diferenciados. El autor del
libro reconoce que la perspectiva continental y su correspondiente política de alianzas
estaba en crisis desde antes de reunirse el Congreso de Panamá y que "el ideal
había sido superior a las posibilidades inmediatas". Sí, desde luego, pero como
análisis histórico ello es completamente insuficiente y nada se gana hablando a
continuación de las "resistencias a Bolívar" o de la falta de "voluntad
colectiva" o de "la penuria fiscal". Todo ello es cierto y conocido. Sólo
que no alcanza valor explicativo si no se coloca en relación con los determinantes
estructurales de los procesos. Y sobre esto último, silencio o proliferación de palabras
que narran de manera repetida conocidos eventos, casi siempre presentados como producidos
por las intenciones o los perfiles psicológicos de los respectivos enviados o delegados
de turno.
Finalmente, el problema ejemplar para una historia diplomática de
Colombia de las relaciones con la Santa Sede. Aquí la situación vuelve a ser la
misma: una narrativa prolija que nos comunica las angustias del pobre delegado colombiano,
a quien ni siquiera dejan establecer en Roma y de cualquier manera debe estar aquí y
allá, sometido a la palabra de este o aquel clérigo-funcionario, sin que la misión de
reconocimiento, concordato, patronato y disposición libre de diezmos se concluya jamás.
Hasta que un buen día, pero no podemos saber por qué, la Santa Sede muda su política,
reconoce la nueva república aunque de manera práctica desconozca el patronato y se
niegue a llamar por sus nuevos títulos de primera autoridad civil al vicepresidente
Santander. Los hechos están ahí. Pero ni un solo análisis explicativo sobre los
elementos básicos del problema: aquellos que tienen que ver, por ejemplo, en el plano
internacional, con las perspectivas de formación de iglesias nacionales en América
Latina gran fantasma del siglo XIX; y aquellos otros del plano nacional que
permitieran entender la solución que al problema se dio: una sociedad que, en virtud de
su más profundo tejido interno, no encontraba la posibilidad de darle un fundamento
profano a la ley y que, por ello, no podía adoptar otra solución que la que, casi
setenta años después, con la Regeneración, obtuvo un carácter institucional estable.
Desde luego, la llamada historia diplomática tiene su propia entidad y se encarga de un
tipo particular de hechos. Pero sobre ella pesan determinantes. Ella no puede ser
comprendida, aun en un manual, sino por una perspectiva relacional.
¿De dónde pueden proceder, en sentido estricto, las múltiples debilidades de
una historia diplomática como la que comentamos? Sin lugar a dudas, de su concepción, la
que podemos volver visible por la vía de una rápida consideración sobre la
bibliografía utilizada en este libro. No propiamente por su "olvido" de
trabajos colombianos y extranjeros no tan recientes básicos sobre el problema
y el período (M. González sobre Bolívar y el Caribe, J. D. Caicedo sobre Bolívar y
lord Canning, M. Deas sobre Santander y los ingleses. S. Randall sobre los Estados Unidos
y Colombia, y un gran etcétera). No por ese olvido. Lo que la bibliografía nos revela, a
través del tipo de documentos que privilegia, es una concepción, ya inservible, de la
historia diplomática, que Lucien Febvre hace muchos años había caracterizado con estas
palabras: "Atrincherados detrás de un criterio simplista, el de utilizar sólo
documentos diplomáticos propiamente dichos: los de las compilaciones oficiales [...] los
de las grandes colecciones nacionales [...] la correspondencia y las memorias de los
protagonistas y de los testigos de los acontecimientos, sólo se preocupan de la corteza
superficial de su globo, de su esfera político-diplomática [...] (L. Febvre,
"Contra la simple historia diplomática", en Combates por la historia,
Barcelona, Ariel, 1970, pág. 97).
Debemos agregar, ya para concluir, que la edición de este libro es inaceptable,
como producto de una maestría universitaria, y que representa una total falta de
consideración para con el doctor Vázquez Carrizosa. Nosotros, sencillamente, renunciamos
a contar el número de errores tipográficos, y los editores y responsables de la obra
bien harían en retirarla del mercado para agregarle, cuando menos, una voluminosa fe de
erratas.
- RíNAN SILVA
- Universidad del Valle
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