Boletí­n Cultural y Bibliográfico . Número 36.  Volumen XXXI - 1994 - editado en 1995

 

Regionólogos


Territorios, regiones, sociedades
ílvaro Camacho Guizado y otros. Compilación y presentación de Renán Silva.
Universidad del Valle, Departamento de Ciencias Sociales, CEREC, Santafé de Bogotá, 1994, 242 págs.


Este libro es el compendio de las ponencias presentadas en el V Coloquio Colombiano de Sociologí­a, en el que se reunieron sociólogos, antropólogos e historiadores para dialogar acerca del tema de la región, cómo se han ido conformando los territorios en Colombia, y cómo se redefinen en el marco de la Constitución de 1991.

Las ponencias presentadas fueron las siguientes: "Poblamiento y conflicto social en la historia colombiana" por Fernando E. González G.; "Región, nación y diversidad cultural en Colombia" por Myriam Jimeno; "Territorialidad y Estado en la Amazonia colombiana" por Darí­o Fajardo Montaña; "El desierto guajiro: aridez del capital y fecundidad Wayú" por Hernán Darí­o Correa; "Territorios de la violencia en Colombia" por Alejandro Reyes Posada; "Territorios, regiones y acción colectiva: el caso del bajo Cauca antioqueño" por Clara Inés Garcí­a; "Héroes y banano en el golfo de Urabá: la construcción de una frontera conflictiva" por Claudia Steiner; "El campesino en la formación territorial del suroccidente colombiano" por José Marí­a Rojas y Elí­as Sevilla Casas; y "Violencia, conflicto y región: perspectivas de análisis sobre el Valle del Cauca y el Cauca" por ílvaro Guzmán.

Igualmente, se agregan tres ensayos: "Los nuevos hacendados de la provincia de Sumapaz (1890-1930)" por Rocí­o Londoño; "Empresarios ilegales y región: la gestión de éticas locales" por ílvaro Camacho Guizado; y "El reordenamiento territorial: itinerario de una idea" de Orlando Fals Borda, con el fin de darle al tema un tratamiento más globalizante.

En Territorios, regiones, sociedades se hace un análisis del concepto de región, aplicado en especial a aquellas zonas del paí­s que se han caracterizado por una reducida presencia estatal y que han tenido su propio proceso de autorreconocimiento, y de lucha por sus derechos y su tierra.

El hilo conductor que se extiende a lo largo del libro —y que pareciera extenderse, igualmente, a lo largo de la historia de nuestro paí­s— es la violencia, mostrada desde diferentes ángulos y utilizada para variados fines, tales como la búsqueda de la identidad local o regional, o la subsistencia, en el caso del narcotráfico.

El mayor aporte del libro es el análisis de la violencia a partir de la lógica regional y local, en el cual se da una visión del proceso de construcción de la identidad de un paí­s que hace muy poco empezó a reconocerse como multiétnico y con una amplia diversidad cultural.

La ponencia de Clara Inés Garcí­a, por ejemplo, muestra cómo la integración de la región en el bajo Cauca antioqueño es el producto de una territorialidad de guerra y de movimientos sociales. Es la acción del movimiento guerrillero la que obliga a una presencia del Estado en un sitio donde ésta nunca antes habí­a existido y al cual ni siquiera se le habí­a dado el reconocimiento de región.

Es, pues, el conflicto armado el que permite forjar la identidad, ya que por esta ví­a se cohesionan los intereses de la sociedad civil y se constituyen movimientos sociales para exigir el reconocimiento de los derechos de los habitantes de la zona afectada.

Fue la generalización y la intensificación de la guerra entre el Ejército y la guerrilla, la que motivó el estallido de la acción colectiva. Se trataba de reaccionar contra los estragos que ésta dejaba a todo lo largo y ancho del territorio [...] [pág 128]

Así­ es como esta zona, llamada de "reciente colonización", logra identificarse y constituirse como una región, a pesar de los enfoques tradicionales que siempre han supuesto que la heterogeneidad cultural y los procesos de colonización no son elementos aptos para lograr identidad y arraigo.

Puede, pues, afirmarse que los actores y la región son formados por el sentimiento de arraigo a la tierra de la cual se han apropiado, al mismo tiempo que por una violencia que los obliga a unirse para defender algo que se siente propio.

Así­, el problema de la "identidad" que toda conceptualización de lo regional implica, puede también ser abordado en territorios de nueva colonización, a partir del "sentido" que va adquiriendo un mismo territorio para cada grupo a su manera, "sentido" que en medio de la diversidad y las transformaciones en que se construye, demuestra que un territorio se convierte en importante para muchos [...] [pág. 132]

Sin embargo, la violencia tiene otra serie de facetas, tal y como lo muestra ílvaro Camacho Guizado en su ponencia. El autor se refiere, desde una perspectiva netamente local, al proceso de inserción de los narcotraficantes en la sociedad; es decir, a la manera como este nuevo actor —el narcotraficante— entra a la comunidad local y utiliza inevitablemente la violencia para sobrevivir e implantar el orden dentro de su negocio.

La violencia es un recurso para subsistir en el negocio, pero también para garantizar tanto la no presencia de competidores como para mantener un orden local. [pág. 224]

Al recorrer esas "zonas de frontera", el libro las encuentra enfrentadas a un proceso de reconocimiento y de inserción en un paí­s que avanza por las ví­as de la apertura económica y del desarrollo capitalista, los cuales no tienen asiento en estos terrritorios, pues la mayorí­a de las actividades económicas que en ellos se desarrollan podrí­an calificarse de precapitalistas y que coexisten con lo que podrí­a llamarse "economí­as de enclave".

Son los casos, entre otros, de la Amazonia y la Guajira, donde se pone de manifiesto un conflicto de supervivencia y de reconocimiento de culturas que se pierden en el afán del consumo. Otro ejemplo lo constituyen la región del Pací­fico y las comunidades negras, que encaran un gran reto con la ley 70 de 1993, pues mientras en ésta se dan las bases para que logren conservar sus costumbres y sus formas de propiedad colectiva, la realidad las obliga a armonizarlas con el resto de la economí­a y con un paí­s que las fuerza a sumarse a él como si fuera uno solo.

Y este reto no es únicamente para las comunidades; es también para el Estado, que debe darle un viraje a su papel represivo y hegemónico para convertirse en el escenario de encuentro y de concertación de los actores sociales y en real apoyo del proceso de desarrollo de aquellas regiones que requieren tecnologí­a apropiada para el manejo de sus recursos, como son el Pací­fico y la Amazonia.

Por ello el esfuerzo para que este paí­s se consolide realmente, reconociéndose diverso en etnias y culturas, es de las comunidades y del Estado, aceptando todos los actores sociales. Es un proceso largo, del cual se ha empezado a tomar conciencia de una manera dolorosa y violenta. Para lograr su feliz culminación en un futuro —espero— no muy lejano, ojalá encontremos las ví­as sin tener que hablar de violencia.

GLORIA BEATRIZ SALAZAR