Boletí­n Cultural y Bibliográfico . Número 36.  Volumen XXXI - 1994 - editado en 1995

 

Esquema para una historia de la lectura en Colombia


Leyendo a Silva
Juan Gustavo Cobo Borda, Ed.
Instituto Caro y Cuervo, Santafé de Bogotá, 1994, 2 vols.


A Enrique Santos Molano

La mujer, ¿es una mujer?, aparece en la esquina inferior derecha de la fotografí­a. Viste un poncho, quizá un tocado, y va a pasar muy cerca de dos caballeros que se han detenido un instante en medio de la calle para intercambiar saludos. Nadie se ocupa de ella. En los cien años que ha durado su rostro en ese lugar privilegiado de la historia, no la roza la vasta trama de las interpretaciones. Otra cosa debe decirse, en cambio, del fotógrafo. En 1898, al publicarse por primera vez la fotografí­a, véase página 31 , el editor de la Revista Ilustrada daba su nombre —Rafael Borrero Vega—, y cerraba el comentario con una breve noticia suya: "El autor de ese famoso Kodak murió también en la flor de la juventud, después de haber coronado brillantemente sus estudios de medicina" 1. La muerte bien podrí­a ser aquí­ una información prescindible si no fuera por el adverbio que enlaza el destino del fotógrafo al del poeta. La trama de las interpretaciones es incesante y arbitraria: captura al muchacho que juega con una Kodak pero desprecia a la mujer que se dispone a cruzar la calle en ese momento. Como una serpiente que no alcanza su cola, se extiende sobre la vida de José Asunción Silva en persecución de dos hechos herméticos de los cuales surge y que nunca se le entregan: el suicidio y la poesí­a. En ese orden.

A propósito de Sylvia Platt, Alfred Alvarez lamenta la diligencia con que el suicidio legitima sus poemas y la convierte a ella en un mito, en la ví­ctima de un sacrificio, en una inmolación oficiada sobre el altar del arte 2. Al considerar la obra de Silva, tampoco es posible prescindir del mito: aunque nos pese, aunque intentemos rebelarnos contra la interpretación que nos impone, el suicidio ha terminado por consagrar definitivamente sus poemas y transformarlos en el anuncio sutil y trágico del fin. De igual forma, no es porque ha vivido, sino porque ha muerto de manera trágica, que la vida de Silva abunda de súbito en anécdotas. La instantánea de Borrero Vega no es simplemente una instantánea; es la última fotografí­a de Silva, y el caballero con quien conversa es el doctor Antonio Vargas Vega, y el asunto de su conversación no es tan casual como parece; en la silueta del poeta el editor advierte (y nosotros con él, por supuesto) "un movimiento nervioso, casi convulsivo, impuesto —según estamos informados— por una frase con que a guisa de humorada quiso el maestro psicólogo calmar la hiperestesia de aquella alma atormentada" 3. Concedido el hecho de que hubo una nota de humor en aquella conversación callejera, cabe preguntarse todaví­a si llevaba la intención de sosegar a un alma hiperestésica. La lucidez que exhibe el maestro psicólogo en ese instante es una virtud añadida por los acontecimientos posteriores. Versos, gestos, frases, circunstancias casuales: todo se transforma con el suicidio en la crónica de una muerte anunciada.

Los primeros lectores de Silva pusieron su empeño en escribir esa crónica y en tasar su participación en ella. Amigos y simples conocidos del poeta se convirtieron de pronto en testigos, en seres privilegiados e inocentes que articulaban pormenores sin importancia en un discurso de cuya trascendencia se ufanaban. Tomás Rueda Vargas, que asistió a la última velada en casa del poeta, recordaba que Silva habí­a llamado la atención sobre la fecha, 23 de mayo, a la que consideraba aniversario de algunos sucesos históricos y familiares 4. Hernando Villa, otro de los invitados, aseveraba que en aquella última velada habrí­a habido trece comensales en la mesa si a último momento Silva no se hubiese apartado del grupo (I, pág. 379). Fortunato Pereira Gamba, que permaneció en su casa, se preguntaba si en el teléfono que con tanta insistencia repicó esa noche, y que él no quiso contestar, no estaba un Silva desesperado que él hubiese podido socorrer de algún modo (II, pág. 415). A estas supersticiones, los primeros lectores de Silva añadieron diversas hipótesis que les explicaran el suicidio del poeta y que Horacio Botero Isaza recogió en un ensayo de 1919. Así­, por ejemplo, mientras hubo quienes atribuyeron el suicidio a un atavismo (un miembro de la familia Silva se habí­a suicidado en 1860), otros lo consideraron como el inevitable fin de una cadena trágica que enlazaba la muerte del padre y de la hermana, la quiebra comercial, el naufragio del Amerique y los sueños nunca cumplidos (I, págs. 141-142). Y todaví­a hubo otros, los más perplejos, que lo entendieron como un acto que poní­a en juicio la inocencia misma de la Atenas suramericana; de acuerdo con su hipótesis más ingenua, Silva se habí­a suicidado bajo el influjo de lecturas í­ntimas y venenosas; de acuerdo con la más perturbadora, Silva se habí­a suicidado ante el asedio de un medio mezquino que no supo comprenderle.

Al dí­a siguiente de su muerte, mientras la noticia irrumpí­a en todos los lugares, Laureano Garcí­a Ortiz redactaba un artí­culo que publicarí­a una semana más tarde y en el que daba cuenta de su estupor. ¿Cómo era posible que un miembro de la clase más selecta se suicidara? La muerte de Silva vení­a a cuestionar la hegemoní­a y las inmemoriales alianzas de su clase. Habí­a que tomar partido, habí­a que señalar responsabilidades. Garcí­a Ortiz, en cambio, prefirió cerrar filas y defender esas alianzas que su amigo habí­a desconocido con sus supuestas faltas a la moderación económica y a la fe cristiana. Recordó que unos dí­as antes habí­a reí­do con Silva de un comerciante (Guillermo Uribe) que le aconsejaba al poeta sustituir sus lecturas turbulentas por El ahorro, de Samuel Smiles. Ahora, arrepentido, Garcí­a Ortiz lamentaba su propia ligereza; aunque simpatizaba con su amigo, no dudaba en declarar que Silva habí­a estado equivocado: "¡Quién hubiera podido imaginarse —exclamó— que (aquella anécdota) tan pronto tomarí­a para nosotros, a costa de dolorosí­simo desgarro, tan penetrante y honda significación!" (I, pág. 4). Y en seguida pasaba a reseñar El triunfo de la muerte, el libro que habí­a sido encontrado a la cabecera del poeta el dí­a en que se mató, un libro de gran factura artí­stica pero también "producto enfermizo y tóxico de un medio anormal" (I, pág. 4). Y, ¿por qué? Porque su protagonista era un alma hipersensible, como la de Silva; y porque habí­a en sus páginas un suicidio, como el de Silva; y porque Silva "no leí­a únicamente los libros, sino que, si se nos permite decirlo así­, los viví­a (I, pág. 2). Al final, la prosa fácil de Garcí­a Ortiz tartamudeaba y parecí­a dirigirse a un lector omnipotente con el cual querí­a congraciarse: "Las almas buenas no comprenderán tal vez nuestra incertidumbre. Quizá nos digan con el acento de la convicción: ‘Murió por falta de fe’. Así­ fue, sin duda..." ( I, pág. 5).

Años después, cuando Luis López de Mesa intenta invalidar la tesis de que Silva fuera incomprendido por su medio, pasa por alto el proceso de divisiones y conflictos que trabajaba a ese medio desde adentro. Esto es algo que Garcí­a Ortiz presentí­a en toda su extensión y que lo obligaba a considerar el caso Silva como aviso y advertencia de una élite que perdí­a solidez. ¿Cómo era posible, pues, que un miembro de la clase más selecta se suicidara? El problema no era que a Silva le faltaran contertulios. López de Mesa cita, en defensa de su argumento, a aristócratas como Marroquí­n y Urdaneta; a literatos como Saní­n Cano y Guillermo Valencia; a cientí­ficos como Liborio Zerda y Francisco Montoya; a bohemios como Soto Borda y Alfonso Caro (I, págs. 254-255); el problema era, aunque López de Mesa no lo viera, que el marco socioeconómico en que estos patricios se desenvolví­an, la hidalguí­a con que llevaban sus negocios y cultivaban una dimensión intelectual para su espí­ritu, tení­a los dí­as contados 5. Otra ética, más pragmática, se imponí­a. Todaví­a en 1946, en el cincuentenario de Silva, los descendientes de los protagonistas, don Guillermo Uribe Holguí­n y Camilo de Brigard Silva, se embarcaban en una polémica que bien puede ilustrar la profundidad de ese desgarramiento (I, págs. 399 y sigs.).

El asunto no es menos dramático cuando se considera en relación con la Iglesia. De acuerdo con la doctrina católica de ese tiempo, el suicidio era un pecado contra natura cuyo ejecutor morí­a sin obtener perdón y, en consecuencia, debí­a enterrársele en tierra de paganos. Nadie ignoraba esa doctrina que, en aquel dí­a de mayo de 1896, acorralaba a la clase de los más selectos con su inflexibilidad. Garcí­a Ortiz, con razón, tartamudeaba; Guillermo Valencia cerraba uno de sus más célebres poemas —"Leyendo a Silva"— pidiendo un perdón al Dios cuyos sacerdotes nunca concederí­an; Julio Flórez, más arrogante, otorgaba él mismo ese perdón como si fuera posible arrebatárselo a los perdonadores sagrados. En 1920, el viajero cubano Rafael A. Esténger rememoraba con indignación su paso por Colombia: "La primera visita que hice en Bogotá, fue a la tumba del primer poeta colombiano. Su tumba es muy humilde. Está en el cementerio de los suicidas, pues no ha querido el clero perdonarle" (I, pág. 168). La indignación de Esténger es comprensible: al iniciarse la segunda década del siglo XX, la Iglesia católica todaví­a conservaba suficiente poder en Colombia como para dictaminar el lugar que debí­an ocupar los sí­mbolos en el mapa de lo sagrado y lo profano. El que años después se erigiese un busto al poeta o se trasladasen sus restos mortales al lugar que ahora comparten con su hermana Elvira, bien pueden indicar las conquistas graduales de ese proceso de secularización que el mismo Silva habí­a activado en los dí­as oscuros de la Regeneración.

En 1947, en uno de los trabajos más importantes en la historia de Silva ante la crí­tica, Juan de Garganta describió el ambiente ideológico que se respiraba en Bogotá durante los últimos años del poeta. Comparado con el régimen federalista, los gobiernos de Núñez y de Caro establecieron un clima de tranquilidad y de sosiego que se fundaba en la represión (II, pág. 45). Con el concordato de 1886, la enseñanza pública se habí­a convertido en monopolio de la Iglesia y la defensa del catolicismo habí­a adquirido entonces sello oficial. Entre los ideólogos de la Regeneración descolló monseñor Rafael Marí­a Carrasquilla, "ministro de Instrucción pública durante el gobierno de Caro" y rector durante largos años del Colegio Mayor de Nuestra Señora del Rosario (II, pág. 42). Desde la rectorí­a y la cátedra, Carrasquilla promovió la escolástica neotomista y la sujeción de la literatura a férreos valores católicos. El más sobresaliente de sus discí­pulos, el irascible y fascinante Luis Marí­a Mora, fue uno de los enemigos más tenaces del modernismo y de su economí­a de la lectura. Mora, en efecto, no sólo criticaba al modernismo por su abuso de las mayúsculas, la perí­frasis o la sustantivación del adjetivo ("la muerte es la pálida, el camello es el giboso, César es el Calvo") 6; lo que lo sacaba de sus casillas era, en realidad, la hermenéutica anárquica por la que pugnaban los modernistas, esa idea de que el lector debí­a ser un artista y usar los libros menos para convenir en un valor universal que para excitar una sensibilidad desquiciada. Tan extremo individualismo, pensaba Mora, no podí­a sino dar al traste con el contrato social de la lectura, ese emblema de distinción que enarbolaban los más selectos 7.

Ismael Enrique Arciniegas, en su semblanza de Carlos Arturo Torres, evoca el ritual literario de los cí­rculos privilegiados. En contraste con la inmensa mayorí­a analfabeta, estos cí­rculos poseí­an una curiosa lista de sabores —la gramática, la ortografí­a, la métrica (I, pág. 45)— que ejercitaban en pasquines, periódicos efí­meros, libros antológicos y, con más frecuencia, en las tertulias. Ciertamente, aunque el acceso a la cultura escrita los diferenciaba de otros estratos sociales, no entendí­an el consumo de libros como un evento silencioso ni solitario; por el contrario, la lectura era para ellos la lectura en voz alta, un arte, que ejecutaban para otros y al que estimaban acaso tanto como la recitación de memoria, el ingenio de la improvisación y las buenas maneras (I, pág. 42). Su maestrí­a verbal era una prenda más de su elegancia. El chascarrillo, la humorada, la famosa chispa bogotana, eran asociados en estos cí­rculos con un término francés: la causeurie. Alfred de Bengoechea consideraba a Silva como un causeur exquis (I, pág. 8) y Hernando Villa le agradecí­a la técnica que le enseñó para ser un buen causeur y

que era la de que nunca debí­a tratar un tema hasta agotarlo, sino que intempestivamente debí­a saltar a otro y que así­ tení­a pendientes a los oyentes, esperando qué nuevo asunto tratarí­a y con gracia inimitable, intercalaba anécdotas, aparentemente insignificantes, y profundas en el fondo [I, pág. 378]

En medio de la cuestión que no acertaban a resolver —¿cómo era posible, pues, que se hubiera dado muerte?— aquellos hombres selectos destacaron en Silva los rasgos que mejor los representaban a ellos mismos y que justificaban, por un tiempo más, su hegemoní­a sobre el "vulgo" insensible e ignorante. Quizá esto permita explicarnos, a cien años de los acontecimientos, la complacencia (la monotoní­a) con que los primeros comentaristas se refirieron a la belleza fí­sica del poeta, a su poesí­a más declamativa y a su única composición patriótica.

Al menos en lo que al comienzo del siglo XX se refiere, una parte nada despreciable en el desarrollo de nuestra crí­tica literaria se debe a la necesidad de administrar la imagen de Silva. Hablar de Silva y de su poesí­a era hacer gala de sensibilidad y de buen gusto. Bengoechea declaraba para el público francés que Silva "ne confiait ses rares oeuvres qu’í  une élite d’intimes capables de le goí¹ter" (I, pág. 14), Aurelio de Castro se referí­a a su amigo Daniel Arias Argáez como miembro de ese "grupo de hombres de selección [...] que conocieron í­ntimamente a Silva" (I, pág. 174), y Abel Farina elogiaba el estudio de Botero Isaza diciéndole que sentí­a "con una delicadeza exquisita la obra genial y por siempre alejada de las multitudes" (I, pág. 115). Y así­ debí­a ser, sin duda, puesto que el mismo Botero Isaza juzgaba a tales "multitudes" como indignas del poeta:

Que el vulgo al oí­r su nombre doblegue la rodilla, está bien; pero que sus versos no sean recitados en los tugurios. ¡No!, esto serí­a una profanación a la memoria del bardo que fue todo refinamiento, todo distinción, todo arte y todo pureza [I, pág. 136]

De dos estrategias principales se valieron estos comentaristas para mostrar su "delicadeza exquisita". La primera de ellas consistí­a en exhibir su propio acervo de lecturas enumerando las influencias que Silva habí­a recibido de la literatura universal, especialmente de la francesa. Así­ pues, Raimundo Rivas, en su discurso de recepción en la Sociedad Arboleda, vinculaba a Silva con Faguett, con Renier, con Banville y también con Bécquer y Marí­a Bashkirseff (I, págs. 54 y sigs.); Ismael Enrique Arciniegas mencionaba a Hugo y a Leblod (I, pág. 46); y Baldomero Saní­n Cano, al hacer el inventario de los libros que Silva habí­a traí­do de Parí­s, incluí­a a "Flaubert, Maupassant, Leconte de Lisle, Mallarmé, Villiers de L’Isle-Adam [...] Verlaine, Rimbaud, Soulary, Dierx" (I, pág. 391).

La segunda estrategia era la perí­frasis, la prolongación de las palabras del poema en sinónimos, en ligeras variaciones de sentido cargadas de afectación. Los ejemplos son innumerables; uno de los más representativos puede hallarse en estas lí­neas de Nicolás Bayona Posada. Su estructura anafórica y su Silva desolado quieren conmover a la audiencia:

[...] Es entonces cuando, loco, interroga a la tierra con preguntas angustiosas, y al no escuchar la respuesta de la tierra, callada e impasible, dirige su amargo interrogante a las nebulosas que arden en el infinito; es entonces cuando, obsesionado más que nunca por la muerte, pide a la voz de los difuntos que lo llamen hacia la gélida negrura; es entonces, cuando, como su Don Juan de Covadonga, busca la paz en torno suyo y encuentra, con los ojos brillantes de lágrimas, que la única paz no turbada es la del reino de los que fueron [...] [I, pág. 291]

Con la perí­frasis, las palabras del crí­tico extienden el poema un poco más, le hacen eco y, también, le permiten manipular la voz del poeta, enlazarla a su propia voz, servirse de ella para prevalecer. Las páginas que entonces se escribieron sobre Silva, afirmaban ante todo la voz de sus lectores. Eran ellos los que comprendí­an textos que nadie comprendí­a, los que poseí­an una sensibilidad que no todos tení­an, los que conocí­an secretos de Silva que todos estaban dispuestos a escuchar. Es probable que la cuestión principal continuara en el misterio — ¿por qué, pues, se quitó la vida?— pero de ese misterio ellos derivaban ahora su autoridad.

Todaví­a en la segunda mitad del siglo XX hubo algunos que aquilataron su prestigio de lectores refiriéndose al misterio Silva. Sus discursos, sin embargo, ya no eran tan relevantes y sólo sirvieron para corroborar una tradición y reiterar uno de los lugares comunes de nuestra crí­tica. 1946 fue quizá el último año en que se les escuchó con alguna atención a juzgar por el número de entrevistas, reseñas, discursos, ensayos y libros que se publicaron para rendir homenaje al poeta en el cincuentenario de su muerte. León de Greiff, agudo como siempre, resumió en una nota periodí­stica de ese año el estado de la cuestión:

No quiere esto decir que yo soy contemporáneo de José Asunción Silva —coetáneos fuimos por diez meses apenas y no (nada precoz, en esa vez) no me di cuenta en oportunidad [... ]

Ni que yo vaya a aprovecharme del cincuentenario nefario de su muerte —de Silva—, para llover sobre mojado e incidir en la de escribir a tanto tonterí­as opinantes en torno a él y a lo que tampoco sé expresar (aunque lo entiendo) [I, pág. 412]

Otras posibilidades de lectura, no obstante, se vení­an abriendo paso. Ya en 1913, Rufino Blanco Fombona habí­a señalado que la difusión de la poesí­a de Silva podí­a atribuirse lo mismo a su suicidio que a su vinculación con el movimiento modernista (I, pág. 67). En los años siguientes, las discusiones en torno al modernismo establecieron una definición para el movimiento y un listado de sus caracterí­sticas estilí­sticas; de esta forma, el modernismo se convirtió en una herramienta crí­tica, en un modelo o categorí­a clasificatoria a partir de la cual era posible describir una obra poética al tiempo que ésta, en su idiosincrasia, permití­a refinar la misma definición del movimiento. La honestidad lógica de estas operaciones es sospechosa, pero aún puede encontrarse en textos escolares e historias literarias. En lo que a la crí­tica de Silva se refiere, uno de los primeros en emplear este artificio fue el académico colombiano Carlos Garcí­a Prada quien, en una conferencia de 1925, describió a Silva como el último romántico y el primer modernista y esto porque expresaba sus sentimientos con mesura y porque sus composiciones mostraban una cierta preocupación formal (I, pág. 209, 22l).

En 1946 Daniel Arango escribió uno de los ensayos más representativos dentro de esta tendencia. En "José Asunción Silva y el modernismo", Arango vinculó las obras de Silva y de Bécquer con el objeto de diferenciar ambas del romanticismo declamatorio; al mismo tiempo, asoció a Silva con el simbolismo antes que con el modernismo advirtiendo que "el hecho de que hayan sido casi paralelos el modernismo y el simbolismo, no los iguala en caracterí­sticas intrí­nsecas [...]" (I, pág. 350). A nadie deberí­a sorprender el galimatí­as a que estos razonamientos lo llevaron: "¿En qué forma es, pues, Silva, precursor del modernismo? Silva es más bien precursor de las intenciones poéticas posteriores al modernismo. Es casi, en verdad, su negación anticipada" (I, pág. 352).

La clasificación (o no) de Silva dentro de un determinado movimiento literario fue, pues, una de las tareas iniciales en el proceso de formalización de su lectura. Así­ nació Silva como materia de erudición y objeto de una disciplina y, en consecuencia, la rememoración de anécdotas, la perí­frasis emocionada y la lista de lecturas brillantes, cedieron su importancia a la meticulosa discusión de fuentes primarias y secundarias. Si en los años veinte se habí­an publicado El libro de versos (1923) y De Sobremesa (1925), en los años cuarenta aparecieron Poesí­as completas (1941), y Poesí­as completas y sus mejores páginas en prosa (1942) 8; además, para fines de esa década, ya estaba firmemente establecido el canon de autoridades, de aquellos que el lector debí­a consultar antes de escribir sobre el poeta. De ahora en adelante, nombres como Miguel de Unamuno, Baldomero Saní­n Cano, Guillermo Valencia y Rafael Maya fatigarí­an las notas a pie de página y las bibliografí­as.

Al lector selecto sucede entonces el lector especializado. Juan de Garganta, Guido Mancini y Alfredo Roggiano escriben para los enterados. Su percepción de la vida y la obra de Silva es la de un sistema, una suerte de organismo cuya comprensión puede ser enriquecida al estudiarlo desde una perspectiva determinada (II, pág. 160). Lisa E. Davis, por ejemplo, enumera los rasgos decadentes en algunas páginas de Silva, Gioconda Marún los esotéricos, Robert Jay Glickman los "tecnológicos". Acaso pueda comprobarse cierta aridez en estos trabajos. Después de todo, mientras lectores como Garcí­a Ortiz y Rueda Vargas, podí­an juzgar a Silva y su obra como uno de los eventos más trascendentales de su propia existencia, para Marún y para Glickman se trata tan sólo de un ejercicio ocasional (aunque sin duda lúcido) en el desarrollo de su profesión académica. Por lo demás, también estos lectores especializados van perdiendo vigencia. Un nuevo lector, un lector de vértigo, se va formando en la intersección de las innumerables fuentes de información que nos asedian. Como ilustran los trabajos de Hans Hinterhí¤user, Klaus Meyer-Minnemann y Aní­bal González, se trata de un lector que tiene acceso a todos los libros, que domina varias lenguas y literaturas, y que examina la obra de Silva en el contexto más amplio de la cultura europea de fin de siglo o de la ciencia de su tiempo. Sólo por señalar un lí­mite a la veracidad de su hermenéutica, he mencionado a una mujer que está a punto de cruzar la calle en el instante de una fotografí­a histórica.

Desde hace varios años recojo materiales para una historia de la lectura en Colombia, quizás no menos ambiciosa que esta reseña. José Asunción Silva es un capí­tulo privilegiado de esa historia. A las extensas bibliografí­as compiladas en el pasado por investigadores meticulosos y obsesivos como Betty Tyree Osiek y Ernesto Porras Collantes, se suman las colecciones de artí­culos que Juan Gustavo Cobo Borda viene publicando cada cierto tiempo. En 1979, junto con Santiago Mutis Durán, publicó Poesí­a y prosa, volumen en el que recogí­a no sólo la obra del poeta sino también artí­culos crí­ticos de muy diversos épocas y orientaciones. En 1988, con ocasión del aniversario de Bogotá, Cobo Borda publicó José Asunción Silva, bogotano universal, obra en que ordenaba los artí­culos según se refirieran a la vida del poeta, a su obra, o a una cansada polémica sobre su significación literaria. Esta compilación contrasta en cierta forma con la que Fernando Charry Lara habí­a publicado tres años antes, José Asunción Silva, vida y creación (1985), y que tení­a la virtud de recoger muchos de los artí­culos más definitivos y autorizados sobre Silva. Y sin embargo, las compilaciones de Cobo Borda no son menos reveladoras. Especialmente en lo que se refiere a la primera mitad del siglo XX, Leyendo a Silva reúne artí­culos que enseñan a flor de piel los móviles tan curiosos de nuestra institución literaria, el lector selecto que defienden. Esta, por supuesto, no es sino una interpretación. Existen otras muchas historias de la lectura que podrí­an contarse aunque, al final, todas ellas arribarí­an al mismo estupor que debió sorprender a Cobo Borda cuando repasaba los artí­culos que se han escrito sobre Silva: esta es la materia deleznable que permite que un autor se sobreviva, estos son los avatares de su inmortalidad.

J.EDUARDO JARAMILLO-ZULUAGA
Denison University

1 Reproducido en "Instantánea de Rafael Borrero Vega", Atenas Ilustrada [Bogotá], núm. 3, 18 de febrero de 1925, s.p.

2 A[lfred] Alvarez, The Savage God: A Study of Suicide [1971] (Nueva York, Norton, 1990), pág. 55.

3 "Instantánea de Rafael Borrero Vega", ibí­d.

4 Juan Gustavo Cobo Borda, Ed., Leyendo a Silva, Santafé de Bogotá, Instituto Caro y Cuervo, 1994, vol. I, pág. 202. En adelante indico en paréntesis las referencias a este libro (volumen y número de página).

5 Véase, por ejemplo, Joan-Lluys Marfany, "Algunas consideraciones sobre el modernismo", Cuadernos Hispanoamericanos (Madrid), núm. 382, abril, 1982, pág. 99 y Luis Vitale, "El contexto latinoamericano de la historia moderna de Colombia", en ílvaro Tirado Mejí­a, Ed., Nueva historia de Colombia, Bogotá, Planeta, 1989, t. III, pág. 122.

6 Luis Marí­a Mora, Los maestros de principios de siglo, Bogotá, ABC, 1938, pág. 151.

7 J. Eduardo Jaramillo-Zuluaga, "El modernismo en Colombia", en James J. Alstrum [et al.], Historia de la poesí­a colombiana, Bogotá, Casa de Poesí­a Silva, 1991, pág. 213.

8 Héctor H. Orjuela, Introducción del coordinador, en Obra completa, de José Asunción Silva, Madrid, Archivos, 1990, págs. xxiv y sigs.