Boletí­n Cultural y Bibliográfico . Número 36.  Volumen XXXI - 1994 - editado en 1995

 

Máximo adefesio


Historia de la poesí­a antioqueña (Vol. I de Historia de la literatura antioqueña)
Humberto Bronx
Edición del autor, Medellí­n, 1994, 325 págs.


A fines de 1994 se publicó en Medellí­n una Historia de la poesí­a antioqueña, cuyo propósito, volumen, distribución y presentación publicitaria evitan que pase inadvertida, a más de que su autor cuenta con cierta audiencia en determinado sector local, por motivos religiosos y polí­ticos.

El libro aparece sin fecha ni pie de imprenta, lo primero por razones comerciales, y lo segundo porque la imprenta que lo hizo no tiene pie ni cabeza. En efecto, el principal reproche que puede hacerse al libro es que constituye un auténtico esperpento tipográfico lanzado al comercio sin el más mí­nimo respeto por el lector, y en el que no alcanzan las páginas para anotar la multiplicidad de errores. Sólo en las veinte páginas dedicadas a León de Greiff pudimos señalar trescientas veinte (320) erratas, entre ellas empastelamientos, repeticiones, cambios o falta de tí­tulos, alteración significativa o falta de versos, falta o sustitución de palabras, etc. Aunque el autor tiene publicados ciento diez (110) volúmenes, incurre en tan imperdonable descuido, que prácticamente anula su trabajo, inconsistente en sí­ mismo.

Ante esta clase de obras la posición aconsejada es el silencio, lo que juzgamos errado, porque al situarlas fuera de discusión quedan de hecho aceptadas con sus secuelas. Aventuramos, por lo tanto, este comentario, con toda consideración por la persona del autor, pero con objetividad frente a su texto, y en favor de una historia mal tratada, sobre la cual hasta el presente no se ha realizado un completo estudio.

Si al disparate tipográfico se suma la ligereza mostrada por el autor, el resultado no puede ser más lamentable. Para las ilustraciones y reproducción de páginas, por ejemplo, se tomaron malas fotocopias de algunos libros y se imprimieron caóticamente, sin rubor. Así­ mismo el autor incorpora, sin advertencia, extensos apartes y capí­tulos de otros libros suyos, repitiendo los errores iniciales, como ocurre cuando nos adjudica por segunda vez el conocido poema de Jotamario, correspondiente a su primera obra, No se sacian las sedes.

El dislate editorial es inenarrable. Basten algunas muestras:

1. Presenta a los autores indistintamente por nombre o apellido (Abel Farina, Uribe Velásquez Manuel) y con tipografí­a muy diversa en fuente y tamaño.

2. En ocasiones mezcla versos o estrofas de poemas distintos: a) En pág. 49 intercala una estrofa de ¿Por qué no canto? en otro poema de Gutiérrez González. b) En pág. 167 las dos lí­neas finales después de los tercetos no corresponden al texto que se transcribe, el cual queda inconcluso.

3. La selección de poemas se ofrece con fuentes tipográficas disí­miles.

4. Con frecuencia omite, cambia o modifica los tí­tulos de los poemas. Ocurre nueve veces en el capí­tulo sobre León de Greiff.

5. Cita poemas incompletos, sin advertencia. a) En pág. 61 al poema Las hojas de mi selva, de Epifanio Mejí­a, le faltan las dos primeras estrofas, además de que no se atiende a la disposición original de los versos, y no por falta de espacio, puesto que la cuarta parte de la página quedó en blanco. b) Al popular Relato de Sergio Stepansky le faltan los veinte versos finales. Se suspende de pronto, en una coma, al estilo de Darí­o Ruiz Gómez.

6. En pág. 99 los dos últimos versos de un poema aparecen como tí­tulo en negrita alta de 18 puntos.

7. En pág. 115 la última estrofa de un soneto cambia bruscamente de itálica a futura.

8. Por varios motivos las viñetas resultan pobres, cursis, ridí­culas. a) En pág. 68 la palomita con esquela, adornando un poema de Epifanio. b) En pág. 153 la escogida para ilustrar el poema Los niños de Barba-Jacob.

9. Empastelados de varias lí­neas, como las finales de págs. 172-173, distorsionan el texto en varias ocasiones.

10. Cita estrofas de un poema con el tí­tulo de otro, como en pág. 168 Andante con variazioni. El tí­tulo correspondiente es Balada del disparatorio báquico.

Aunque en pág. 162 el autor asegura que releyó el texto "cuidadosamente para descubrir por tercera vez algún error, de fecha o de otra clase", probablemente lo leyó dormido, pues los errores se cuentan por miles, tanto tipográficos como de redacción. Si en veinte páginas escogidas al azar el promedio de errores detectables es de dieciséis (16), en 325 debe haber alrededor de cinco mil. Ejemplos:

1 En pág. 136 el poema Constelaciones, de J. M. Rivas Groot, se adjudica a José Eustasio Rivera, en futura negra 10/20.

2. Hay varias fechas erradas, incompletas, o quedó el espacio blanco entre paréntesis, caso en el cual se nota el propósito olvidado de completar la información, lo que en un historiador no es minucia.

3. Las notas aparecen mal numeradas, en desorden, sin normatividad.

4. Son frecuentes las citas erradas, caracterí­stica del escritor que confí­a demasiado en su memoria. Así­ mismo, cita estrofas sin indicar el poema de donde proceden.

5. Al hacer las citas corta lo que le parece "inmoral", como en el célebre Ritornello de León de Greiff, del que elimina ciertos versos "eróticos" que todo el mundo sabe de memoria.

6. No referencia debidamente las citas para que los textos respectivos puedan ser consultados por el lector.

7. Por falta de investigación incurre en errores biográficos: Ni Darí­o Lemos es de Cali (pág. 245), ni David Pineda Salazar es antioqueño (pág. 285). El segundo nació en Barranquilla (1951), y el primero en Jericó (1942) y murió en Medellí­n de cáncer en la garganta, debido al cigarrillo, no a la hostia.

8. Ni siquiera las citas que incluye resultan gratas a la lectura, por estar mal hechas, sin ningún respeto por su autor. Destruye la puntuación original, cambia palabras, adultera el texto al editarlo con el mayor descuido. Todo por el afán de ser "el más fecundo de los autores colombianos", como declara al comenzar la solapa.

9. Cambia los nombres de algunos autores: Orlando Antonio Gallo Isaza se convierte en Orlando Martí­nez Gallo (pág. 297); Jaime León Castaño cambia su apellido por Castro (pág. 214). Etc.

10. La bibliografí­a está mal hecha: por fuera de la norma académica general, desordenada, incompleta, repetitiva, e incluye obras que no se relacionan con el tema, y por lo tanto, no prestan utilidad al lector.

11. El í­ndice temático está incompleto y falta un í­ndice onomástico, imprescindible en cualquier estudio histórico contemporáneo.

Confundir los criterios que deben orientar al historiador, al ensayista y al antólogo produce obras indefinidas, carentes de rigor académico. La historia se mancha entonces con opiniones personales y juicios de valor propios del ensayo, y su verdad se falsea con las preferencias del compilador, no exentas de parcialidad y arbitrariedad. La obra que comentamos no merece, pues, el tí­tulo que ostenta. Basten las siguientes observaciones:

1. El registro de los poetas antioqueños desde el Tí­o Pacho (1753) suma cerca de trescientos, de los cuales la historia que comentamos recoge 103 nombres (88 según el í­ndice), o sea la tercera parte, sin ningún criterio explí­cito u observable de selección, incluyendo foráneos (como el versificador español D. Amadeo Pérez Pérez, interpolado abruptamente en medio del capí­tulo sobre León de Greiff) y algunos que, a pesar de su renombre, apenas se mencionan de paso en relación con otro autor, como acontece con Juan Manuel Roca (pág. 298).

2. Puesto que se trata de una historia, debiera seguir un orden cronológico progresivo o regresivo, mas no ocurre así­, y los poetas aparecen desordenadamente, o su figuración se fragmenta en distintos capí­tulos, con lo cual el panorama se distorsiona y el historiador no logra dar la visión ordenada de conjunto.

3. Omite a casi todos los poetas del siglo pasado, porque ya no se leen en éste, cuando la función de la historia, y mucho más si se precia de erudita, es precisamente conservar para la posteridad cuanto el pasado representa de significativo en la formación de un pueblo. En eso se parece a algunas bibliotecas públicas que desechan los libros no consultados en varios años, sin ningún criterio de patrimonio cultural, con el argumento de que no hay espacio ni presupuesto para la conservación de libros "viejos". Todo lo contrario de lo que sucede en los paí­ses civilizados, en donde los libros viejos son objeto del mayor cuidado, y es por eso por lo que tienen lo que nosotros despreciamos: una historia.

4. Aunque en el autoelogio de las solapas se dice que fue "escrito con erudición crí­tica, elaborado en estilo elegante y castizo", su deprimente lectura muestra que el autor en su prisa omitió redactar el libro, limitándose a acomodar desatentamente las notas fragmentarias y los apartes recopilados. A veces olvida lo que está exponiendo y sigue con otra cosa, sin concordancia y sin estilo. Entre el desastre tipográfico se observa claramente la pésima factura del texto. Además, ningún escritor que se estime escoge para su libro al impresor más inepto de la galaxia.

5. Las frecuentes y extensas citas y la repetición de sí­ mismo (incluye capí­tulos de otros libros) indican que no tiene nada nuevo qué decir.

6. El verso libre, en su diversidad, constituí­a una medida rí­tmica y por eso no se podí­a cortar en cualquier parte, sino de acuerdo con la cadencia. Pero no fue suficientemente comprendido en Colombia, ni siquiera por los mismos poetas, puesto que de todos modos se sustentaba en una preceptiva sobre la cual se perdió todo interés. Por falta de oí­do se le confundió con la prosa poemática, de donde pasó a escribirse simplemente en prosa segmentada, con apariencia de verso. Así­ como se escribe prosa en verso y prosa rimada, también se escribe, con dudoso gusto, poesí­a en prosa, pues el verso es una forma de la lengua, no de la poesí­a. Quienes nunca entendieron el verso libre lo identifican con un modo de la prosa, como también se toma por verso libre la prosa fragmentada de la generalidad de los poetas actuales. Falta de un mejor estudio del asunto, y ligereza al presentarlo en público sin suficiente ilustración. La prosa mal partida que se emplea en la poesí­a de hoy significa la muerte del verso, no de la poesí­a. Compartimos con el autor del libro cierta nostalgia por el verso, pero, claro está, algún dí­a tení­a que acabarse. Hasta el sol se está acabando.

7. Aunque se destinan 33 páginas a Porfirio Barba-Jacob y 20 a León de Greiff, con declarada predilección, su obra no deja de considerarse manchada, en el primer caso por sus atractivos vicios, y en el segundo por su indiferencia religiosa. Al respecto dice la pág. 171: "Es una compasión ver tan inmenso vate, repleto de estro, hecho para Dios, plegar voluntariamente sus alas, prefiriendo el cieno al hermoso azul de lo alto; y no consultar oráculos eternos". La pág. 174 lo remata así­: "Fuera de los cenáculos literarios y de las pocas poesí­as de él que se siguen publicando, ‘Juego mi vida’ y ‘Esta rosa fue testigo’ (ambos tí­tulos errados), y conocen muchí­simos, todo lo demás murió". El año del centenario del nacimiento de León de Greiff mostrará la importancia de su obra en su nivel. Decir que la popularidad le fue esquiva es plantear el asunto al revés. Nunca se propuso ser popular. Aún más: dejó escritas ciertas frases gruesas contra el populacho. Que la izquierda lo reclame como propio no es más que astucia y paradoja. Su indiferencia fue la expresión inconmovible de su sabidurí­a. Parecí­a chino.

8. Tergiversar la historia ha sido con demasiada frecuencia el oficio de los historiadores, razón por la cual ese género no goza de muchas simpatí­as. El historiador que muestra su apasionamiento pierde todo crédito y se circunscribe a una parcialidad. Si no puede evitarlo, los lectores tienen una manera muy silenciosa de resolver el asunto.

Gonzalo Arango y el nadaí­smo son el clavo en el zapato del autor. Para sacárselo apela a medios impropios, como hacerse eco de infamias de oscura procedencia, con lo cual, a la postre, se concede la razón a quien se pretende agredir, porque así­ es la dialéctica de la mala fe. Gonzalo Arango siempre acometió de frente, con intrepidez. Sus enemigos, a falta de argumentos, apelaron al innoble recurso de la calumnia.

"Oveja con piel de lobo" fue llamado Gonzalo Arango por quienes lo conocieron de cerca, caracterí­stica común de los guerreros, que por eso se disfrazan con máscaras y artefactos. Si se lee su obra sin prejuicios se encuentra a un humanista, un pensador convencido de que habí­a que aplicar tratamiento de choque a la sociedad colombiana de entonces, para despertarla de su prolongado y peligroso sueño. No fue posible despertarla, porque estaba casi muerta en el más allá de una inconsciencia de pedernal. La despertaron después las bombas de los guerrilleros, pero ya era muy tarde y no supo reaccionar. La Colombia de hoy es irreconocible en cualquier pronóstico de hace cincuenta años. El rumbo que tomó no estaba calculado en las oficinas de planeación, pero era previsible, como puede verse hoy en los vaticinios de Gonzalo Arango.

Que 34 años después de ocurrido el famoso sacrilegio nadaí­sta en la basí­lica de Medellí­n continúe siendo tema de actualidad en boca de varias generaciones, indica que allí­ no ha pasado todaví­a lo que tendrá que pasar para que una ciudad cambie de tema, y entonces añorarán la profanación de hostias como juego de niños.

Magnificado por la imaginación popular con ayuda de religiosos, medios de comunicación y los mismos nadaí­stas, aquel suceso opacó toda la historia criminal de Medellí­n, que no es de poca monta, hasta el punto de que se narran, como históricas, fantasí­as inverosí­miles. Eduardo Escobar, en la introducción a su libro Correspondencia violada cuenta lo que pasó, pero su testimonio se desestima, porque prevalece la leyenda.

El verdadero escándalo no fue la comunión de aquella fecha, sino el que después se ha seguido haciendo por la imaginación morbosa, acostumbrada a creer en espantos y fantasmas.

Tanto alboroto que se ha mantenido alrededor de acontecimiento tan peregrino, y venir a ver que hoy en dí­a los mismos sacerdotes les hacen llevar a las señoras puñados de formas consagradas para consumir en casa.

En otro libro, el autor les recuerda a los nadaí­stas admonitoriamente que son reos de excomunión reservada, pero él mismo, como historiador sabe que hubo un tiempo en que la Iglesia católica tení­a dos papas, los cuales se excomulgaron mutuamente con todos sus fieles, de modo que en aquella época toda la cristiandad estuvo excomulgada.

Gonzalo Arango no regresó al catolicismo. Lo regresaron después de su muerte. Otra cosa son sus menciones a Jesús, en quien se inspiran muchas iglesias adversarias, "pues siempre son enemigos los que de un oficio son" (Quevedo).

Con independencia de su realidad histórica, ya que si ha vivido dos mil años no es necesario insistir en los primeros treinta, el Jesús mí­tico en su diversidad de aspectos retiene la admiración por ser el único que alcanzó categorí­a divina entre los iniciadores de religiones, gracias a la paradoja de la crucifixión. Rey de los magos por haberles sido dado el primer aviso, haber efectuado múltiples prodigios, y finalmente haber resucitado al tercer dí­a, Jesucristo es también la figura erótica más exitosa del mundo en veinte siglos, y por eso adonde llega destierra a los demás dioses. El contenido erótico del mito garantiza su permanencia, como se observa históricamente.

En la doble personalidad de Gonzalo Arango predominó al final la del poeta, y en ello no tuvo nada que ver el promotor Ruibal, como afirma el historiador, quien agrega en otro aparte el siguiente parco elogio: "Los nadaí­stas profanaron el verso con blasfemias y procacidades de vulgaridad rayana en pornografí­a". Lo que no nos gusta de esa afirmación es la palabra "rayana", pues quiere decir que no fuimos suficientemente lejos, aunque el camino sigue y todaví­a falta trecho. A muchas personas se les ha acabado la fe en la Iglesia, pero no en el nadaí­smo, pues la actitud nihilista se afirma cada vez más en nuestro tiempo, según se ve en la elección masiva de un anarquista a la alcaldí­a mayor de Bogotá, representante de la nueva generación de nadaí­stas en Colombia.

En pág. 239 el historiador de la poesí­a antioqueña se pregunta: "¿Dónde están las obras de los nadaí­stas?", y luego destina las páginas 264 a 266 para transcribir una bibliografí­a de Gonzalo Arango y el nadaí­smo, inactual, incompleta y errada.

La impunidad literaria que ha favorecido al autor no le permitió desarrollar el sentido de autocrí­tica, defecto común a todos los creadores antioqueños que han permanecido en Medellí­n. Donde no hay crí­tica no hay arte. La crí­tica es piedra de toque para todo escritor.

La conocida máxima de que no hay libro tan malo que no contenga algo bueno, también podrí­a decirse al revés. En realidad, como ya lo advertí­a Cervantes y lo muestra Umberto Eco, todos los libros están envenenados, y tal vez sea esa una de las causas principales del fin de la civilización escrita. Leer es encontrar agujas de oro en un pajar. Búsquelas el lector y goce el placer de hallarlas por sí­ mismo.

El crí­tico tiene que probar sus afirmaciones, razón por la cual sobrepasamos la extensión convencional de la reseña, habida cuenta de que se trata de un medio especializado. Pero no queremos tampoco aparecer en el libro de los récords como autores de las reseñas más largas del mundo.

JAIME JARAMILLO ESCOBAR