| Poe y su
inventor
Poemas en prosa
Charles Baudelaire
(Traducción y prólogo de ílvaro Rodríguez Torres)
El íncora Editores, Santafé de Bogotá, 1994, 148 págs.
El cuervo
Edgar Allan Poe
(Traducción y prólogo de Piedad Bonnett)
El íncora Editores, Santafé de Bogotá, 1994, 63 págs.
Dos ejercicios van ligados casi inevitablemente con el oficio del poeta: son
ellos el ensayo y la traducción. Dos flores para un mismo tallo, dos alas para una misma
ave. Los registros en la historia de nuestras letras son notables: Antonio Machado, Juan
Ramón Jiménez, Jorge Luis Borges, Alfonso Reyes, Octavio Paz, son algunos casos en
lengua castellana de estas transmigraciones. Ensayo y traducción no nacen del vacío, son
fuentes nacidas sobre otras fuentes, hacen avanzar otra criatura, expanden fronteras
ajenas hasta constituirse como seres autónomos, estructuras bifrontes. El ensayo aclara;
la traducción difunde. Es curioso que en Colombia, supuestamente país de poetas, se haya
carecido y se carezca de una tradición en estos dos campos. Hoy sabemos que sólo a
partir de la revista Mito se esboza ya un panorama: Hernando Valencia Goelkel, Hernando
Téllez, Rafael Gutiérrez Girardot, en lo que respecta al ensayo; Jorge Zalamea, Eduardo
Zalamea, ílvaro Mutis, León de Greiff, Aurelio Arturo y el propio Jorge Gaitán Durán,
en la traducción.
Concentrémonos en la traducción, a la luz de los libros Poemas en prosa
de Baudelaire y El cuervo de Edgar Allan Poe, en versión de ílvaro Rodríguez y
Piedad Bonnett, respectivamente. Para Colombia un buen proyecto de antología en
traducción es el que realizan conjuntamente, después de Mito y Eco, Editorial Norma y El
íncora. Clásicos de la lírica y narrativa universal han sido vertidos a nuestra lengua
por escritores de la talla de José Manuel Arango, Nicolás Suescún, Mario Jursich
Durán, William Ospina, Henry Luque Muñoz, Carlos Martín, Rubén Sierra Mejía, Carlos
Iván Fernández, Javier Escobar, Héctor Abad Faciolince, Carlos José Restrepo, Elkin
Obregón, Eva Zímerman, Elsa Villar, el propio Valencia Goelkel, para citar algunos
nombres de este fenómeno que hoy vemos consolidarse gracias al auspicio de la empresa
privada.
El maestro Alfonso Reyes, en La experiencia literaria, ya intenta una
aproximación a una teoría de la traducción (1941). Da cuenta de las metamorfosis,
mutaciones a medias que sufren las obras en esta operación de alquimia. Puntualiza cómo
en la mayoría de los casos la traducción sustancial es posible, mientras la formal no lo
es. Cómo se logra la significación pero se pierde el estilo, cómo el problema no es de
significados sino de signos. Cómo al valerse de la palabra articulada, se encarna una
porción de su presencia y de su ausencia. Cita a George Moore: "El objeto del
traductor debe ser el no quitar a la obra su sabor extranjero", y concluye afirmando
que "traducir es una tarea humilde y dócil como el servir, y a la vez un peligroso
viaje sobre dos carriles; yo diría sobre dos caballos de desigual carrera".
Estos argumentos permiten un acercamiento a la traducción de Piedad Bonnett del
clásico El cuervo (The Raven, 1845) de Edgar Allan Poe. Encontramos una
explicación de Poe en el ensayo La filosofía de la composición (The
philosophy of composition), donde sostiene que para escribir esta obra quiso partir
del concepto de belleza, y que el tono que debía tener era el de la melancolía. También
plantea el problema de la longitud más idónea, diciendo que el centenar de versos era
ideal para un buen efecto psicológico. Después, como punto de apoyo temporal, Poe
decidió introducir un estribillo breve, de sonido rotundo y lúgubre: la palabra
"nevermore" (nunca más), repetida por un cuervo. Poe afirma que los detalles
fueron minuciosos en la composición del texto, no dejando nada al azar; su estructura
pretende ser geométrica. Todo para sustentar su reacción contra el romanticismo. Poe no
creía en la inspiración. Todo poema, afirmaba, debe nacer de una programación, de una
elaboración más cercana a la ciencia que al corazón.
El cuervo fue construido a partir de la música del lenguaje: las rimas,
las reiteraciones, las aliteraciones, los efectos sonoros, las onomatopeyas son los
fundamentos de su base fónica. Pero también una base narrativa o semántica que da
cuenta de un proceso secuencial, con preguntas del amante que nos trasladan en un
"clímax" hasta la formulación final, donde la racionalidad rompe el espejismo.
Es, pues, El cuervo un poema fono-semántico.
La imposibilidad radica -como diría Reyes- en la traducción formal (fónica),
pero no en la traducción sustancial (semántica). Piedad Bonnett, en su prólogo, afirma:
"He tenido la difícil conciliación entre la música y la fidelidad al texto a
través de un verso dúctil que no sacrifique el sentido [...] En ciertos momentos, y
siempre por razones de musicalidad, me he visto obligada a suprimir uno de los términos
(adjetivo, preposición, o añadir una palabra), como el quinto verso de la primera
estrofa".
He aquí precisamente la flaqueza de su traducción: "ofrecer una
traducción sin los peligros de la literalidad total y no desprovista de sensibilidad
poética". La "traducción literal" puede ser suplida por una traducción
sustancial, capaz de atraer un ritmo, un estilo que para nada arrebate la llamada
"sensibilidad poética". Ritmo no es medida, verso o rima, ritmo es música
interna o, como diría Octavio Paz, tiempo original. La rima superficial -casi a manera de
adorno, de accesorio- que le añade la traductora al poema de Poe, le roba sobriedad al
texto, le roba ese ritmo interior, esa "música donde el alma alcanza de más cerca
el alto fin", en términos del mismo Poe. La rima, en efecto, no es simple semejanza
sonora.
La rima se define por su relación con el significado, una relación interna, de
ritmo. En este punto, es bueno recordar al maestro José Ortega y Gasset, en su texto Miseria
y esplendor de la traducción, cuando plantea dos tipos de traductores:
"Traductores que acercan o acortan distancias o traductores que respetan las
distancias".
Por su parte, Baudelaire escribió: "¿Quién es el que entre nosotros, en
sus horas de ambición, no ha soñado con el milagro de una prosa poética, musical, sin
ritmo y sin rima, lo suficientemente flexible y agitada como para adaptarse a los
movimientos líricos del alma, a las ondulaciones del sueño, a los sobresaltos de la
conciencia?". Esta ambición la realizó el propio Baudelaire en sus Pequeños
poemas en prosa o Spleen de Paris (Hastío de París), cincuenta textos que el
poeta empezó a escribir en 1857. ¿Quién discutiría, no obstante, que el gran maestro
es el de Les fleurs du mal?
Para Baudelaire, sus Poemas en prosa constituyen la parte más acabada,
pulida, madura y "peligrosa" de su obra. Quiso con estos textos "crear un
patrón" de lo que debía ser el lírico futuro, el "poeta moderno"
(término que él acuñó), en la ciudad como su hábitat. Un lenguaje crítico, moral e
irónico que, como afirma ílvaro Rodríguez Torres, le otorgan "el morboso
refinamiento de un moderno y el gravísimo acento de un poeta antiguo".
ílvaro Rodríguez, en su versión de los Pequeños poemas en prosa, no se
olvida de estos presupuestos, y nos ofrece un libro diáfano y abierto, como resultado del
rigor que este ejercicio conlleva en los diversos campos del conocimiento y principalmente
en el manejo puntual de los múltiples instrumentos verbales e idiomáticos.
Su apego a los textos de Baudelaire no es servil. Mesura y atrevimiento para este
estilo tan frágil y parco, para esta delicada tarea de desviar lo que en otra época ya
ha sido desviado. Economía y condensación en el lenguaje, en una exploración aguda de
los sentidos y las formas es lo que nos presenta ílvaro Rodríguez en estas recreaciones
o transvasaciones. Sin perder nunca el ritmo, fiel en cuanto al sentido pero libre y
generoso en cuanto a estos cambios necesarios que el léxico de la nueva lengua comporta.
La versión final de Rodríguez es sobria, directa, sin adornos.
Como reza en las solapas del libro: "Toda la poesía que se ha escrito en el
mundo occidental desde mediados del sigo XIX, en cualquiera de sus multiples lenguas,
formas o variedades, tiene su punto de partida en Baudelaire (1821-1867)" y, por
supuesto, en su maestro E. A. Poe (1809-1849).
Tanto en Baudelaire como en Poe, sus poemas nos indican el camino; su prosa nos
orienta teóricamente. En ellos se unen el genio poético (diálogo explícito) con la
inteligencia crítica (diálogo implícito). Baudelaire tradujo a Poe y repite sus
palabras: "La capacidad de sentir del corazón no conviene a las tareas
poéticas", y añadiría: tampoco a las tareas de la traducción.
Jorge Hernando Cadavid |