Boletí­n Cultural y Bibliográfico . Número 36.  Volumen XXXI - 1994 - editado en 1995

 

Una ruta llena de leyendas


Los mitos del sol
Hugo Niño
Banco de Colombia, Santafé de Bogotá, 1994, 125 págs.


Leer Los mitos del sol es hacer un viaje a través de los orí­genes, cuando sólo existí­a la oscuridad o sólo existí­a la luz. Faltaba ese ritmo que da lugar al tiempo y a la existencia del hombre sobre la tierra.

El Cartograma nos guí­a: es un derrotero que sigue la ruta del sol. Se inicia en el oriente, con los yucunas, pobladores del nordeste amazónico. Sigue con los tucanos, viajeros del gran Vaupés, y continúa con los cuibas, custodios de los Llanos Orientales.

Del oriente continuamos hacia el desierto de la Guajira, territorio de los wayús. Se desciende a la Sierra Nevada de Santa Marta, asiento kogui, para luego continuar hacia el occidente, a donde los emberás, en el Chocó.

De allí­ se baja al sur, a la tierra de los sionas, en el Putumayo, pasando luego a donde los witotos, en el Caquetá y el Amazonas.

Termina el viaje en el centro del paí­s, en los Andes cundiboyacences, donde "desde hace más de dos siglos no se volvieron a contar estas maravillosas historias en lengua muisca".

Nueve mitos, procedentes de nueve diferentes culturas aborí­genes, que se asemejan a ese universo poblado por los dioses antes que el hombre apareciera y fuera creada la dimensión humana del tiempo. El devenir marcado por el ritmo de la luz y la oscuridad.

Unos van en busca de la noche, otros del fuego, otros de la luz que los libere de tanta oscuridad.

Para los yucunas, la búsqueda fue la de la noche y el tiempo.

Todo comenzó cuando sólo existí­a sobre la tierra Caamu Sol, únicamente el dí­a. Sus pobladores eran cinco hermanos, herederos de la eternidad, los maestros guardasecretos, hijos de la eternidad. "Sólo dí­a, sólo calor... Debemos procurar cosas para que la descendencia tenga ritmo".

De esta excursión surgen las casas construidas con palma de techar, para que los hermanos puedan resguardarse de tanto calor y tanta luz.

Ja’echí­n les entregó las cinco palmas para la construcción de los techos de las casas, pero también les entregó la prohibición: "No destapen la cesta antes, si no es frente a los arcos, las vigas ya tendidas". Pero la curiosidad puede más que la voluntad y la prohibición fue transgredida. De esta transgresión surge el conocimiento del tejido de la palma.

Al encontrar la sombra para ellos, quisieron buscarla hacia afuera, para que la descendencia pudiera habitar la tierra. Y así­ fue. Al no soportar la curiosidad, igualmente destaparon la totuma en la que estaba encerrada la noche y, al hacerlo, el dí­a desapareció. "Todo se oscureció como una antorcha inmensa que se apaga". …se fue el inicio de la noche y el dí­a para los yucunas, pero fue también el inicio de la creación del mundo. Ese dí­a comenzó la vida de los descendientes, ese dí­a comenzó el tiempo.

Para el pueblo tucano, la historia es diferente. Todo surge del amor de Bugipu Ibiko-Khi, el sol, quien después del encuentro con la Gente Estrella, se enamora de la joven del resplandor de brasa apagada, habitante del mundo de arriba, a donde él va todas la mañanas, para regresar al mundo de acá.

Después que la joven es arrojada al pozo profundo, Bugipu la rescata despojándose de sus rayos y haciendo con ellos un brazo larguí­simo que hace llegar hasta el fondo de ese terrible y oscuro lugar. Se la lleva a vivir a la región donde se juntan el dí­a con la noche, lugar poco visitado por las estrellas.

Bugipu no regresó por un tiempo al mundo de allá, a donde la Gente Estrella. Durante su ausencia surgió el fruto del árbol anhelado: el chontaduro, fruto sagrado. Al recoger Bugipu la primera cosecha, enuncia las palabras que les permitirán disfrutar del fruto prodigioso: "Ahora ya pueden cocinarlos y comerlos".

Entonces se despidió definitivamente y se vino con su mujer para el mundo de acá, desde donde cada mañana emprende su correrí­a haciendo el dí­a. Eso es todo.

Así­ termina el mito tucano: "Bugipu Ibiko-Khi".

La versión cuiba del mito del sol comienza así­:

A veces sólo frutas, miel. Comiendo lo que se encontrara, como se encontrara, sin poder conservarlo más allá, sin poder transformar los alimentos para apetecerlos, para placerse en ellos. Los niños padeciendo en los montes y los llanos. A veces sólo carne secada al viento. Siempre con el temor de alejarse y no encontrar alimento de probar con gusto. Así­ transcurrí­a la vida de los hombres antes de esto que se cuenta aquí­: antes del fuego.

Paloma robó el fuego a Namon para entregárselo a los hombres. Ahora, poseedores del fuego, su vida será otra.

La vida era entonces un solo dí­a pleno, continuo. Dí­a afuera, en el llano, gracias a la presencia de Yomé-To, sol, que siempre estaba ahí­, gracias al fuego.

La bóveda celeste se rompió, haciéndose un boquete por donde se derramó la noche. Una oscuridad desconocida se regó sobre la llanura. Viene la catástrofe. Las golondrinas reparan el cielo. En adelante el dí­a ya no será continuo como antes.

Fue así­ al comienzo y es así­ mismo ahora. Pero la anciana serpiente a veces se agota y entonces puede verse el arco iris como recogiéndose del cansancio.

Los wayús, habitantes de la Guajira, viví­an en una noche oscura permanente. Ka’i solí­a cubrirse con un sombrero de alas muy anchas que tapaban por completo su rostro, de manera que a la tierra no llegaba ni una sola punta de luz. Tanta oscuridad no era grata.

Perro y Gavilán intentaron, cada uno a su manera, robarle el sombrero a Ka’i, pero sus intentos fueron fallidos. Finalmente Alcaraván, usando el ingenio, esperó a que Ka’i hiciera una de sus fiestas y, después de cantar, tocar y bailar, los invitados fueron cansándose y quedándose dormidos, incluido Ka’i, ese fue el momento que aprovechó Alcaraván para robarse el sombrero.

Y entonces el mundo se rebosó de luz.

Los koguis crearon el cocuyo como el primer ser que alumbrarí­a todo lo creado. Pero fue un intento fallido. Era una lumbre clara, insuficiente, que sólo se alumbraba a sí­ misma. Era necesario un ser que tuviera rostro como sus hermanos. Nació entonces Niuwi, a quien fue necesario recubrir de oro para que alumbrara. Niuwi fue transformado en Sol Mama para que alumbrara.

Pero sus mujeres querí­an ir con él. Saxa, al ser cubierta por cenizas arrojadas por la segunda mujer de Niuwi, se convirtió en la luna. Así­ fue el amanecer del mundo para los koguis.

Para los emberás, la creación de la noche y el dí­a es una historia de amor entre la noche y el dí­a, entra la luna y el sol, Umadau y Hedeko.

En este mito se evidencia la importancia que tiene para los emberás el rí­o. Después de una gran inundación que avasalló todo, sólo quedaron dos palmas. Un viento fuerte y frí­o zarandeó la tierra y las dos palmas se vinieron abajo. Al caer, sus troncos formaron un rí­o. De la cabecera del rí­o surgió la luna, y del final del rí­o surgió el sol.

Es por esto que los dos enamorados nunca se encuentran. Cuando él llega, ella se va.

Para los sionas, habitantes del Putumayo, la luna y el sol nacen de un viaje de yajé realizado por dos hermanos: Ja’Ja Gi e I’Si-Gi.

Mientras que para los witotos, quienes viví­an al principio en el vientre de la tierra, fue necesario salir a la superficie, debido a una pelea de celos entre Gitoma y Nokaido. Del enfrentamiento entre estos dos seres surgen los hombres y surge el sol: Gitoma convertido en sol resplandeciente.

Antes de comenzar a leer el mito del sol de los muiscas hay una aclaración: "La corona española prohibió en 1783 la enseñanza del muisca en la Nueva Granada. La medida jamás entró en uso, pues décadas atrás el muisca ya no se hablaba en este territorio. En menos de tres siglos de ocupación sólo quedaba el olvido".

La recopilación de este mito tiene un doble valor y una intención de rescate explí­cita: "Que se conozca entonces". Así­ comienza.

Los mitos del sol es un trabajo valioso como recuperación de una cultura cada vez más olvidada, más desconocida y sobre todo más desarraigada. ¿Qué les queda a los indí­genas en nuestro paí­s? ¿A los emberás, por ejemplo, les han robado el rí­o, lugar sagrado, en aras de un progreso cada vez más sospechoso. ¿Acaso sólo les queda su palabra recuperada como nostalgia para que el blanco la lea y acaso la recree como ejemplo de lo que alguna vez fue y ya no es?

Pero el valor de este libro no es sólo de rescate. Su trascripción es cuidadosa, evidenciando un profundo respeto por la palabra oral, precisa y directa. El autor, por fortuna, sabe esconderse, no necesita hacer sentir su presencia con adjetivaciones o giros tan comunes en algunas obras de nuestra literatura que parten de la tradición oral.

Es un libro preciosamente editado, con grabados y dibujos de Dioscórides, quien hace una interpretación muy personal de la riqueza de imágenes que hay en estos mitos. Es una edición de lujo patrocinada por el Banco de Colombia y editada por Arte dos gráfico.

Este libro deberí­a estar en todas las bibliotecas a donde los niños tengan acceso. Es una valiosa posibilidad de conocer no sólo las diferentes versiones que de la creación del mundo tienen las culturas aborí­genes de nuestro paí­s, sino sus personajes, sí­mbolos e imágenes primeras: las que dieron lugar al surgimiento del hombre según cada mirada.

Es una hermosa y necesaria lección de diversidad, tan necesaria en estos tiempos aciagos.

BEATRIZ HELENA ROBLEDO